White Bird in a Blizzard: Pictures Of You

“You were stone white, so delicate lost in the cold; you were always so lost in the dark…” - The Cure

“There are three sides to every story. Your side, my side and the truth… and nobody’s lying” escribió Robert Evans en su autobiografía The Kid Stays in the Picture. La cita me recordó a White Bird in a Blizzard, la más reciente película de Gregg Araki, que si bien se presenta como varias cosas en simultáneo, no deja de ser una obra atravesada por los recuerdos y tres de sus ramificaciones: cómo uno recuerda algo, cómo eso que uno recuerda está empapado por el deseo interno y cómo eso que uno recuerda nos termina dejando al descubierto (elijo detenerme en esto, ergo: soy esto). Lo que plantea el discurso de Evans es que no existe eso de la verdad empírica y de que la memoria no hace más que desnudar hasta qué punto nos gusta envisionarnos (y envisionar al otro) de una determinada forma. White Bird in a Blizzard abre de manera contrapuesta a su desenlace. La primera escena nos muestra a Eve (Eva Green) tirada en una cama, vestida de negro, como preparándose para su propio funeral. La imagen es profundamente terrenal. Una mujer casi en contacto con el suelo, descalza, palpando con los sentidos el entorno como modo de sentirse un poco menos sola, vacía, muerta. La última escena, por el contrario, se centra en su hija Kat (Shailene Woodley, simplemente sublime), arriba de un avión, en pleno día, con una suerte de aura que la circunda mientras su rostro se ilumina en primer plano. Araki apuesta continuamente por lo especular, por el choque de colores, estados anímicos, sensaciones, maneras de ver el mundo. La adolescencia de Kat (digitada por el terreno inexplorado) colisionando con la adultez de su madre (digitada por el anhelo de redescubrir esa faceta que ve en su hija y que ya no reconoce en ella misma). La realidad más inobjetable (el sexo como modo de aprehender lo inmediato) colisionando con la utopía más devastadora (Kat soñando con su madre desaparecida, con la nieve como símbolo). En definitiva, una hija colisionando con una madre, un vínculo que es escudriñado bajo el espectro más brutal (y, como se trata de Araki, ineludiblemente grotesco), incluso con una veta psicoanalítica. Esa mujer que pasó a convertirse en ama de casa resiente la libertad que observa en su hija (el “white bird” describe tanto a una como a la otra) y no le permite hacer uso de esa libertad con placer sino que la interpela, la condena, la invade y eventualmente la tortura.

“She remains an absence to me. An empty space. An invisible, half-remembered ghost. I catch myself thinking that I’m gonna run into her someday. Like I’ll be at a stoplight, look over at the car next to me and there she’ll be, scowling at me with disapproval” dice Kat sobre su madre, de algún modo subrayando la mejor decisión que toma Araki al adaptar la novela de Laura Kasischke: el discurso de su protagonista está supeditado a los recuerdos y la vez está anhelando su reconstrucción. Cuando Kat habla de su madre – con nosotros, con sus amigos, con su novio, con su amante – lo hace como quien es asaltado por esas imágenes de las que habla Robert Smith en su himno sobre el acto de evocar; es decir, a través de una sucesión de fotogramas. Su madre irrumpiendo en su cuarto, su madre riendo histéricamente, su madre tirada en esa cama. Sin embargo, es Eve quien termina siendo su espejo, la voz de la conciencia, la figura omnipresente que la acompaña en su salto de la adolescencia a la adultez temprana. Kat le exige otra cosa a la memoria. Le exige una suerte de estampa de su madre antes de su propia existencia. Así, ese proceso de rearmado le permite a esa joven inferir que antes de ser quien le dio la vida, su madre fue una mujer succionada por el desencanto. “Remembering you standing quiet in the rain / Remembering you running soft through the night / Remembering you fallen into my arms / Remembering you, how you used to be…”. No es casual que Araki haya elegido “Pictures Of You” como parte de esta historia, como leit-motiv, como columna vertebral. White Bird in a Blizzard – por momentos invadida por el thriller, cuando podría haber sido una efectiva coming of age, acaso más perturbadora que otras – no hace más que exponer lo mucho que habla de nosotros el prisma por el que decidimos mirar lo que vivimos. Por lo tanto, cuando Kat toma ese avión sabiendo qué pasó con su madre, logra encontrar, entre tanta colisión, entre tanto blanco y negro, entre tanto sueño y pesadilla, el punto intermedio para que los what if sobre los que canta Smith (“If only I’d thought of the right words…”) pesen un poco menos. Kat imagina que su madre se le aparece y le susurra tan solo dos palabras (“I’m here”), dos palabras que, como esas tres aristas de los recuerdos esbozadas por Evans, pueden disparar para cualquier lado pero cuyo resultado será siempre el mismo, porque esas figuraciones convergen en una afirmación universal. Estoy acá del modo en que elijas recordarme. Pero estoy acá. Nada hará que mi imagen se nuble, que la memoria se anule o que la foto se rompa.

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► [TRAILER] Algunas imágenes de White Bird in a Blizzard:

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / NOS PEGÓ LA NOSTALGIA] 100 canciones ochentosas mencionadas en el post de hoy; gracias por los aportes, que la disfruten mucho:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy les dejo tres consignas: 1. ¿Vieron White Bird in a Blizzard? ¿Qué les pareció la película de Gregg Araki? 2. En relación al tópico del film, ¿qué otras interesantes relaciones madre-hija del cine mencionarían en el post? Si quieren, los invito a que se explayen sobre cómo es el vínculo que tienen ustedes con sus madres; 3. Por último, ¡armemos playlist! El puntapié, inspirado por la banda sonora del film, es que mencionemos canciones ochentosas; ¡como siempre, los leo! ¡hasta mañana!

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