Carol: Estoy viviendo, no estoy matando el tiempo

“It’s so effortless to let my loneliness defeat me, make me mold myself to whatever would (in some way – but not wholly) relieve it. I am infinite – I must never forget it…I want sensuality and sensitivity, both…I was more alive and satisfied with Harriet than I have ever been with anyone else…Let me never deny that…I want to err on the side of violence and excess, rather than to underfill my moments…” – Reborn (Susan Sontag)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Therese Belivet formula y reformula preguntas que no pueden venir desde otro lugar más que la plena ingenuidad ante lo que le está sucediendo. ¿Qué son estas cosas que siento? En una de esas preguntas, que contiene la respuesta en el interrogante mismo, pone al amor y al miedo en la misma posición, casi como queriendo describir un estado de incomodidad. “How was it possible to be afraid and in love…the two things did not go together; how was it possible to be afraid, when the two of them grew stronger together every day? And every night; every night was different, and every morning; together they possessed a miracle”. Hace unos meses, me tomé un micro para, entre otras cosas, hablar con una mujer sobre esas que cosas que sentía. Como Therese, pensaba que tenía un pequeño milagro entre mis manos, uno conformado por el amor y el miedo, cualidades que no llegaban nunca a anularse mutuamente. Es que esas cosas sí van juntas, cada noche, cada mañana, indisolubles. Era extraño pero no quería que el viaje se termine. Una parte de mí necesitaba, para mantener el control, estar en movimiento constante. La imagen simbólica de poner los pies en el asfalto como forma de ilustrar el enfrentarse a la realidad se volvía cada vez más vívida con cada paso que daba hacia ese encuentro inevitable. Mientras caminaba, recordé un mail que le había mandado a otra mujer, algunos años atrás, y en un estado de semi-inconsciencia. Un mail que envié sin censurarme y que se me hizo presente al día siguiente, cuando la resaca me obligó a lidiar con esa acción que podía parecer insignificante. El punto es que no, que de insignificante no tenía nada. Tres palabras se me confundían, se me mezclaban, como si no supiera de dónde habían salido, como si otra persona las hubiera escrito. “I like you”. ¿Por qué había pensado eso y por qué me había animado a ponerlo por escrito? ¿Qué son estas cosas que siento? Con su respuesta (“me too, but not in that way”), paradójicamente, llegó el alivio. Listo, ya está. Fue una confusión, ¿no? No importa si esos días con ella, días de aprender sus costumbres finlandesas, de planear una visita a Helsinki y de sentirnos solas en la multitud, habían despertado algo nuevo, desconocido. O algo conocido que yo no estaba dispuesta a conocer. Algo que apareció súbitamente para hacerme cuestionar mis necesidades. An angel, flung out of space. Cuatro años después, a medida que me iba acercando a esa segunda mujer a la que le había dicho algo mucho más que “me gustás”, empecé a calcular cada movimiento. ¿Ahora cómo la miro? ¿Qué digo? ¿Tengo que hacer algo? ¿Quién va a decir la primera palabra? A veces estamos bajo la falsa impresión de que las grandes decisiones que tomamos se ejecutan del mismo modo, en enorme escala, con declaraciones pulcras a las que no se les corre una coma de lugar. No sé si es tan así. Es en las sutilezas, es en los gestos, en donde nos escondemos tanto como nos proclamamos. Ese mediodía, mi gesto fue dar un abrazo y alegar, una vez más, confusión. Claro que uno alega confusión cuando más seguro está. Saberme/sentirme bisexual o saberme/sentirme enamorada de una mujer y no hacer nada al respecto me parecía una hipocresía. Uno siempre suele aconsejar a un amigo, un hermano, un conocido, la trillada composición de palabras “tenés que hacer lo que sentís”. Pero al estar en la misma encrucijada, ese miedo del que habla Therese, desembocaba en esas preguntas que se hace, desembocaba en ese “¿y qué pasa si hago esto?”. Y si me sentía extraña, si había algo de temor en mí, no era tanto por la reacción de terceros. Siempre me sentía rara pero por no saber qué hacer conmigo, o conmigo en función del alguien más. Hasta que volví a hacer eso que hacemos todos sin notarlo. Llevé a cabo un gesto. Dejé de dar la espalda, me di vuelta y di un beso. Ese gesto, uno que había hecho muchas veces antes sin atribuirle valor, de repente era el gesto más valiente que me podían pedir. Y me sentí un poco orgullosa. Porque sabía que el amor y el miedo iban a andar juntos por un tiempo más, pero no me importó. Del otro lado estaba ella. My angel, flung out of space.

En Reborn, su colección de diarios, Susan Sontag escribe, entre otras cosas, sobre su resignación a experimentar una falsa idea de amor, a un amor que no la colmara o que la colmara de a ratos, a uno que la enviara de vuelta a un estado de reclusión, de familiar misantropía. Sin embargo, Sontag no iba a permitir que la soledad la derribe e iba a seguir buscando esa clase de sentimiento en el cual también convivieran dos polos (¿acaso el amor no es siempre una conversación entre dos rivales que buscan la conciliación?), la sensualidad y la sensibilidad. La primera, como forma de reconquista diaria, observando al otro, reconociéndolo con el cuerpo (los pequeños gestos, otra vez), sucumbiendo a una mirada o a una media sonrisa reveladora. La segunda, como forma de padecer, con los brazos desplegados, todo aquello que el otro entrega, desde la lectura de un libro hasta una discusión que exude una necesidad de llegar a un punto en común. Para Sontag y durante el año 1957, Harriet Sohmers Zwerling era esa persona que no estaba ahí en su cama, en su mesa, para matar el tiempo sino para vivirlo. Vivirlo como lo quería vivir Therese con Carol Aird: “I feel I stand in a desert with my hands outstretched, and you are raining down on me”. Patricia Highsmith, por su parte, las concibió a Therese y a Carol en el invierno de 1948. En plena Navidad, deprimida y pasando sus días en un departamento chico (quizás también sin calefacción, como la propia Therese), comenzó a trabajar en una tienda de Manhattan, en la sección de juguetes. Highsmith describiría posteriormente ese constante ir y venir de personas que observan y compran o compran sin siquiera observar como una suerte de frenesí de caos y confusión. En ese contexto dolorosamente rutinario donde la nieve dejaba de representar el romanticismo para ser un factor más de entumecimiento ante el entorno, apareció una mujer. Highsmith no hizo más que anotar sus datos en un papel para realizar el envío de un regalo pero esa breve interacción la dejó en un estado febril. An angel, flung out of space. Cuando llegó a su departamento, y luego de rebobinar y reproducir mil veces el episodio en su cabeza, empezó a escribir la novela The Price of Salt (posteriormente retitulada Carol y publicada en 1952 bajo el seudónimo Claire Morgan), cuyo manuscrito fue terminado en dos horas. “Me sentía mareada y nuevamente con fiebre, como si hubiese sido testigo de una aparición” contaría luego Highsmith. Sin quererlo (o probablemente intencionalmente, quién lo sabe), estaba comparando el arte de escribir con el amor a primavera vista. La escritora nunca emplea la palabra “musa” pero ésta se siente en sus palabras, yace entrelineas, es casi palpable. Highsmith, al contemplar a esa mujer, padeció lo mismo que al concluir su novela. La salvación en estado puro. La exaltación en estado puro. Eso que escribiría Sontag en sus diarios. “An unreasonable passion”. Por lo tanto, The Price of Salt es mucho más que una historia de amor prohibida entre dos mujeres. Esa descripción no alcanza (ni siquiera comienza) a rascar la superficie de su núcleo. The Price of Salt es una historia sobre el ser observado en la multitud, sobre dos personas que se miran dentro de la vorágine, y se rescatan de ese estado que nuevamente podría ser abordado por la prosa de Sontag: “I don’t want to underfill my moments”. ¿Se puede disentir con ese manifiesto? Es así. Los días avanzan con demasiada presura como para llenarlos a medias.

Somos accidentes esperando a suceder. Somos infinitos. Como dice Carol en su declaración epistolar a Therese: “Dearest, there are no accidents and everything comes full circle”. La guionista Phyllis Nagy adaptó la novela de Highsmith con unas ligeras variaciones en función de que prevalezca lo cinematográfico, detalles como que Therese quiera ser fotógrafa y no diseñadora teatral, o como que Therese regale un vinilo y no una cartera (lo personal derrotando a lo impersonal), o como abordar a Carol como una mujer más terrenal, lejos de la figura idealizada en la que Therese la convierte en la novela, que está narrada enteramente bajo su perspectiva. Sin embargo, quien mejor supo captar el espíritu cíclico de The Price of Salt fue Todd Haynes. Su película empieza (casi) como termina. Con Carol (Cate Blanchett) y Therese (Rooney Mara) sentadas en una mesa. Sabemos que algo sucedió entre ellas, algo que generó una tensión que emana de los labios apretados de Therese y de la risa nerviosa de Carol. Cuando se está a punto de desgranar el conflicto, Haynes interrumpe la conversación haciendo entrar en escena a Jack, un hombre que solo conoce a Therese tangencialmente, un actante que está en un plano muy inferior, alguien que interrumpe una gran decisión con un ingenuo saludo. Nuevamente estamos ante otra evidencia de cómo un simple gesto de un tercero (el grito de “Therese, is that you!?”) puede invadir una situación clave para la vida de dos personas. Con esa elección narrativa que le sugerió a Nagy, Haynes no está solo homenajeando a dos películas claves para el universo Carol (especialmente por sus finales) como lo son Brief Encounter de David Lean y Lovers and Lollipops de Morris Engel y Ruth Orkin – la primera, sobre un tercero que irrumpe; la segunda, sobre un gesto que reemplaza las palabras – sino también mostrando esa naturaleza cíclica de las relaciones, sobre cómo es imperativo denotar el recorrido para resignificar un momento. De esta manera, la resignificación llega en Carol con una escena que es el colmo de lo climático por el brillante uso que hace Haynes de dos recursos: las miradas de sus protagonistas y la música de Carter Burwell. Luego de haber sido abandonada por Carol en pleno viaje idílico, y luego de que Carol advierte que el precio de la libertad puede ser la infelicidad (para ella, disfrutar de su sexualidad implica estar lejos de su hija), Therese se arrepiente de negarse/negarle una segunda oportunidad y va a buscarla. La tensión previa a ese cruce final de miradas es una obra de arte en sí misma, con la lenta caminata de Therese hacia Carol, una Carol que se confunde entre la gente hasta el momento mismo del contacto visual. “Carol brushed her hair and Therese smiled because the gesture was Carol, and it was Carol she loved and would always love, in a different way now, because she was a different person, and it was meeting Carol all over again and no one else”. Las palabras de la novela que prefiguran ese recorrido que dura segundos (pero que se siente interminable) son reemplazadas por los precisos gestos de Blanchett y Mara (su química llega hasta esos extremos, hasta esos detalles imperceptibles), quienes se unen sin siquiera besarse, o al besarse con los ojos, con la sonrisa, con todo el cuerpo, con un mundo de gente de por medio. La resignificación, asimismo, permite que veamos ese vínculo especular entre Therese y Carol. Ed Lachman fotografía de manera impecable actos que se repiten en circunstancias contrapuestas. Es Therese quien inicialmente observa a Carol a través de vidrios (esperándola en un restaurante, viéndola irse en auto con su amiga Abby) y luego es Carol quien, al despedirse de Therese (“I should have said ‘wait…’”), la ve cruzar las calles neoyorkinas con un corte de cabello más adulto y un atuendo acorde. Así como en The Price of Salt el proceso de madurez le pertenece solo a Therese – podemos interpretar a la novela como una coming of age similar al comic de Julie Maroh Le bleu est une couleur chaude -, en el film de Haynes son ambas mujeres las que se devuelven a la vida mutuamente (“I’ve never been more awake in my life!” le grita Therese a su novio Richard / “I wanted it and I will not deny it” le dice Carol a su marido Harge), las que deben vencer sus propios impedimentos. Los cambios – como todo lo que sucede en el film – son intangibles. Los cambios provienen de una Therese que dice que no por primera vez en su vida con total convicción (“how should I know what I want when I always say ‘yes’ to everything?”) y de una Carol que por primera vez se permite mostrarse vulnerable (“I love you”).

En Carol, cada palabra, cada prenda que se remueve, cada sonrisa ante un regalo, cada lágrima que cae, golpea, resuena, remueve. Carol se te mete bajo la piel con tanta sensualidad como sensibilidad, justamente por esa valentía de mostrar al amor a la par del miedo, a la par del sufrimiento, como yace en otro pasaje del diario de Sontag: “It hurts to love; it’s like giving yourself to be flayed and knowing that at any moment the other person may just walk off with your skin”. Creo que todos tenemos una Carol. Y no hablo solo de mi experiencia con otra mujer. Hablo de cualquier género, de cualquier relación, de cualquier identidad sexual. Todos tenemos a ese ángel que cayó del espacio para cambiarnos la vida. Alguien que nos vio en nuestros más mínimos detalles, con nuestros accesorios (“I like the hat”) y con nuestros cuerpos al desnudo (“I never looked like that”), alguien que dejó un guante atrás porque quiso retomar el contacto. Carol me hizo notar todas las veces que maté el tiempo en lugar de vivirlo, todas las veces que caminé segura pero sin el miedo que conlleva el desafío, todas las veces que besé de manera insignificante; y al mismo tiempo me hizo notar que lo que tengo ahora, eso que me asusta y que al mismo tiempo me eleva, fue un accidente esperando a suceder, algo tan indetenible como ese tren omnipresente en el film de Haynes. “I see her the same instant she sees me, and instantly, I love her. Instantly, I am terrified, because I know she knows I am terrified and that I love her” escribe Highsmith en The Price of Salt hablando un poco de ella, un poco de Therese, un poco de todos. De todos los que alguna vez hemos sido observados.

“I’ll be seeing you in all the old familiar places that this heart of mine embraces, all day and through”. 

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► [SECUENCIA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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► [DE YAPA] La banda sonora de Carol, a cargo de Carter Burwell:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Hoy les dejo dos consignas: 1. Por un lado, dejar sus impresiones sobre Carol de Todd Haynes 2. Por el otro, y como previa al Día de los Enamorados y en el contexto de este post, me gustaría que mencionen esas películas románticas que han tenido un cierto parecido con sus propias experiencias; como siempre, gracias por leer; nos reencontramos mañana con un nuevo podcast para debatir la vigencia de Clueless; ¡hasta entonces!

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Rescate nostálgico: Las canciones de I’m Not There (y nuestra música favorita del 2015)

Hoy en Cinescalas escribe: Diego Valente

“If they follow you, don’t look back, like Dylan in the movies”

Belle and Sebastian

Caleidoscópicamente, I’m Not There proyecta múltiples visiones de todas aquellas personas que Bob Dylan fue. Por momentos, incluso pareciera que la película pusiese al propio Dylan dentro de un cuarto de espejos y lo enfrentase a sus diferentes reflejos deformados por la crítica, los fans y por sí mismo: el cantautor alucinógeno que se reía de todos en la última mitad de los sesenta, el cantante folk de protesta de la primera, el compositor más cool y estilizado envuelto en problemas de pareja, el aprendiz de poeta simbolista francés (con Arthur Rimbaud como guía), el renegado country fascinado por Billy the Kid, el músico convertido el catolicismo y entregado al gospel, todos entran y salen de la película como fantasmas que atraviesan paredes, demostrando que Bob era todos ellos y ninguno al mismo tiempo. No en vano, “Nunca reveles tu verdadero nombre” es una de las “siete reglas simples para esconderse de la vida” que se mencionan en el filme y es ésa constante fuga hacia adelante, ese impulso camaleónico (un poco como Bowie, aunque el gran David es infinitamente inglés y Dylan representa como ningún otro músico a la Norteamérica profunda) donde I´m Not There hace foco. Es interesante observar que esa zona de confusión e irresolución que Dylan alimentó durante toda su carrera es la misma en la que el film de Todd Haynes (que se graduó en Arte y Semiótica, por lo cual en este film parece que aplicó todo lo que aprendió en la Universidad) se ubica. De hecho, la pregunta que surge es a qué género pertenece este largometraje. ¿Biopic? ¿Falso documental? ¿Ficción? Otra vez, a todos y a ninguno. Por supuesto, también está el mito. Se sabe que Dylan construyó su imagen pública alrededor del misterio y Haynes no hace más que abonar la tierra fértil de la leyenda colocando aquí y allá pistas y guiños para los más acérrimos fans de Bob sin dar demasiadas explicaciones a los legos. Y ése es uno de los grandes logros de esta fascinante película: la manera fragmentada, aleatoria, caprichosa por momentos, pero siempre cohesiva en que se desarrolla una trama que no busca la vana tarea de abarcar la vida de un hombre que vivió varias vidas en una sino en recorrer fragmentos de esa vida imposible de manera no lineal. Los otros dos aciertos son la elección del reparto y de la banda sonora.

Del combinado de estrellas que actúan en la película, desde luego sobresale la impresionante, convincente y andrógina caracterización de Cate Blanchett, pero también hay que prestar atención a la mucho menos publicitada interpretación de Richard Gere, como un forastero melancólico y misterioso que refiere a Billy the Kid y a la fascinación que Bob tiene con él (de hecho, el propio Dylan musicalizó y actuó en el western Pat Garrett & Billy the Kid de 1973). Otras dos actuaciones impecables son las de la conflictiva pareja que forman Heath Ledger y la gran – y no siempre reconocida – Charlotte Gainsbourg, en un papel sobrio y sin fisuras. En cuanto a lo que nos ocupa, el maravilloso soundtrack, el mismo también está rodeado por el halo de misterio y la confusión que trabaja la película. De hecho, la canción que la titula es una gema que Bob jamás grabó oficialmente (una suerte de work in progress continuo) y que circuló durante décadas de forma pirata como parte de sus míticos Basements Tapes junto a The Band. Este tema se editó por primera vez oficialmente con la banda sonora de la película y es la única versión original de Dylan que aparece en el álbum. Y aquí surgen los malos entendidos. El CD incluye una magnífica cantidad de covers, varios de ellos musicalizados por “The Million Dollar Bashers”, un supergrupo creado especialmente para la ocasión con miembros de Sonic Youth, Wilco y, entre otros, Tom Verlaine y John Medeski, pero en la película se usan básicamente las versiones originales de Dylan que, por otra parte, producen algunos momentos memorables. En este sentido, vale la pena chequear esa especie de videoclip incluído en medio del film de la maravillosa y alegre “I Want You” o la irrupción desoladora de esa obra de arte de la melancolía llamada “One More Cup of Coffee (Valley Below)” En cuya letra Dylan podría estar haciendo referencia a sÍ mismo cuando canta aquello de que “tu corazón es como un océano oscuro y misterioso”.

Asimismo, dentro de los covers sin dudas sobresalen la demoledora versión de “Ballad of a Thin Man” (esta sí está incluida en una de las escenas claves del film, cuando Blanchett devenida Dylan descarga toda su furia sobre la figura de un crítico musical) a cargo del líder de Pavement Stephen Malkmus junto a The Million Dollar Bashers y la relectura que hace Sonic Youth del track que titula a la película son dos picos dentro de una lista de interpretaciones de un seleccionado indie que incluye a Calexico, Cat Power y Jeff Tweedy.

Una posible traducción de la bellísima dedicatoria que hizo Jorge Luis Borges a un amor imposible en Historia universal de la infamia es la siguiente: “Te ofrezco ese núcleo de mí mismo que he salvado, de algún modo: ese corazón que no comercia con palabras, que no trafica con sueños, y que no ha sido tocado por el tiempo, por el júbilo, por las adversidades”. Y es ése mismo núcleo el que los álter egos de Dylan en I’m Not There parecen querer conservar intacto a lo largo de la película. Tal vez Por eso, luego de cruces, saltos temporales y cambios de identidades varios, todos ellos confluyen en la escena final que muestra al verdadero Bob Dylan tocando la armónica en una presentación clásica de los años sesenta.

Por Diego Valente

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► [DE REGALO] El enorme soundtrack de I’m Not There:

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*TOP FIVE MUSICAL DEL 2015:

► 1. MI DISCO DEL AÑO: HONEYMOON (Lana Del Rey)

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► 2. MI CANCIÓN DEL AÑO: “Hasta la raíz” (Natalia Lafourcade)

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► 3. MI MOMENTO MUSICAL (dentro de una película) DEL AÑO: “Wonderwall” suena mientras Steve abre la pantalla en Mommy:

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► 4. RECITAL DEL AÑO: BLUR EN PLAZA DE LA MÚSICA

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► 5. SOUNDTRACK DEL AÑO: LOVE & MERCY

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / AWESOME MIX VOL. 2015] 60 canciones que marcaron el cine de este año + las canciones que los acompañaron a ustedes durante el mismo:

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¡BUEN LUNES PARA TODOS! Seguimos de balance en el blog eligiendo, como hicimos en el 2014, los mejores momentos/escenas musicales que nos ha dado el cine en el año; asimismo, están más que invitados a mencionar los discos, canciones, soundtracks y recitales que los marcaron en el 2015; como siempre en estos casos, voy a dejarles una playlist con sus aportes; desde ya que también pueden debatir I’m Not There y el indeleble cine de Todd Haynes; nosotros nos reencontramos mañana con un post sobre Aloha y las películas que más nos decepcionaron en el año; ¡hasta entonces! ¡los leo!

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*EL RECORDATORIO DE CADA LUNES: 

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 La última vez escribió Luis Alberto Pescara López sobre… LA INTERTEXTUALIDAD EN EL CINE

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Lo mejor del 2013: Las actrices

Hace poco leí una entrevista en la que Noah Baumbach aludía a cómo el cine podía convertir una situación ordinaria en un evento extraordinario. Baumbach no se refería al cine desde las generalidades, sino más bien a cómo ciertos personajes llevan a su autor a crear esa clase de momentos, a cómo un personaje en particular puede propulsar un acto heroico para lo que es su mundo. De inmediato recordé Greenberg y algo sobre lo cual escribí por acá (y posteriormente en el libro), vinculado a cómo sobre el final Roger le demuestra a Florence que puede hacer algo por ella. Y esa demostración poco tiene que ver con lo que se consideraría “grande” o “llamativo”. Esa demostración es el hecho simple de colgar un cuadro en una pared y, sin embargo, en el contexto de Roger, ese hecho es enorme. Es un paso adelante para quien luego se quedaría sentado en una cama, mientras esa chica escucha un mensaje de voz que él le había dejado con total seguridad de que era lo correcto. Es un detalle. Pero ese detalle es sintomático de lo que alguien puede provocar en uno. No de todos podemos esperar lo mismo. No todos demuestran amor de la misma manera. A veces esos detalles se nos escapan. No siempre tenemos los ojos abiertos. Ese mismo concepto se reutiliza en la extraordinaria Frances Ha, la flamante película que Baumbach co-escribió con su protagonista, Greta Gerwig. Más allá de los homenajes velados (y no tanto) que se concentran en ella (desde guiños a Léos Carax, reminiscencias a la Nouvelle Vague y un cierto aire a los slackers de Kevin Smith y Richard Linklater), más allá de ser una obra que se define a partir de lo que hace su protagonista (los bailes de Frances, su salida a la calle al ritmo de Bowie, hablan de una película libre y encantadora), termina convirtiéndose, por sobre todo, en otro film de Baumbach sobre el gesto como la manera más depurada que tiene el individuo para llegar al otro. Porque Frances podrá mudarse de casa en casa (“I’m tired, I’m always so tired”), podrá sentir el peso de su edad en cada acción (“I’m not mad, I’m disappointed”), podrá autoconvencerse de lo que tiene que hacer según lo que digita el entorno (“I have so much to do, I think I’ll probably read Proust, because sometimes it’s good to do what you’re supposed to do when you’re supposed to do it”), pero en medio de ese desconcierto comprende que los vaivenes carecen de importancia cuando se sabe quién es la persona que estará (aún sin estar) para ayudarte (aún sin saberlo) a sobrepasar los ciclos. Así, el film de Baumbach se revela como una obra sobre la amistad, sobre lo que Sophie (una genial Mickey Summer) significa para Frances y sobre cómo ese significado llega mediante una epifanía. Todo está dicho en ese brillante monólogo donde Gerwig se luce, donde explica cómo un instante tan simple puede hablar volúmenes sobre los vínculos: “It’s that thing when you’re with someone and you love them and they know it, and they love you and you know it, but it’s a party! And you’re both talking to other people and you’re laughing and shining and you look across the room and catch each other’s eyes. But…but not because you’re possessive or it’s precisely sexual but because that is your person in this life. And it’s funny and sad but only because this life will end. And it’s this secret world that exists right there in public unnoticed that no one knows about. It’s sort of like how they say that other dimensions exist all around us, but we don’t have the ability to perceive them. That’s…that’s what I want out of a relationship or just life, I guess”. En esa confianza en el otro, en los gestos del otro, es donde reside la belleza de una película que, como su protagonista, baila con los días, con los cambios. En esencia: con la libertad.

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 ► [TRAILER] Greta Gerwig en Frances Ha:

Frances Ha - Official Theatrical Trailer from IFC Films on Vimeo.

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*MENCIONES ESPECIALES PARA…

Jennifer Lawrence (Silver Linings Playbook)

Sandra Bullock (Gravity)

Mary Elizabeth Winstead (Smashed)

Cate Blanchett (Blue Jasmine)

Julie Delpy (Before Midnight)

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¡Hola muchachada! Arrancamos el balance de lo mejor del año con la siguiente consigna: ¿Cuáles les parecieron las mejores actuaciones femeninas del 2013, ya sea en roles protagónicos como en secundarios? Espero sus comentarios así armo una galería con los aportes; ¡Que tengan todos un gran jueves! ¡Hasta mañana!

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 ► [GALERÍA]: Sus actuaciones femeninas favoritas del año:

  

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Para ver cuáles fueron las mejores actrices del 2012… HACER CLICK ACÁ

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Blue Jasmine: Cuando la canción deja de sonar

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

“Acabo de conocer a un hombre maravilloso. Es de ficción, pero no se puede tener todo”. Eso dice Cecilia (Mia Farrow) en una de las películas más románticas de Woody Allen – si por romanticismo entendemos no sólo una nostalgia por el pasado sino también una relación de amor con el cine -, la brillante La rosa púrpura del Cairo. Con Medianoche en Paris, el director habría de construir una relectura de aquella obra de 1985, ahondando nuevamente en ese concepto de la nostalgia legislada, la cual postula que es efectivamente posible entristecerse por no haber formado parte de una determinada época. Con ambas películas, Allen habla sobre la necesidad de escape que aprisiona a sus personajes (o los libera, dependiendo de cómo lo veamos) y, al mismo tiempo, está hablando del Séptimo Arte. Está trazando un marcado paralelismo entre cómo los viajes al pasado son igual de románticos que los viajes que uno hace cuando va al cine. Todo vendría a confluir en un mismo punto: aquello que no podemos asir nos resulta, en ciertas ocasiones, absolutamente fascinante. Por lo tanto, la frase de Cecilia alude a ese hombre que escapa de la pantalla pero también toca otro eje más sensible: ¿qué hacer cuando se quiere poseer lo inaprensible? En su estudio crítico sobre Allen, Miguel Fernández Labayen focaliza en Hannah y sus hermanas (para quien les escribe, la mejor película del director) para dar cuenta de cómo el dolor existencial de los personajes de ese film se hace extensivo a gran parte de la obra de Allen, y cómo es ese dolor el que les impide anclarse en una cotidianeidad que no parece satisfacerlos. Por el contrario, para Labayen, la mirada parece estar, en reiteradas oportunidades, en una falsa concepción de paraíso: “Todo se reduce a la necesidad de vivir según unas reglas de comportamiento que nadie sabe muy bien cuáles son (…) el dolor existencial se reconoce a través de un idealismo nostálgico”.

Esa nostalgia, a su vez, coloca a los personajes de cara a sus propias frustraciones, incluso a personajes que se reconocen (o que se muestran) incapacitados para pensar en la muerte como algo inevitable. Por el contrario, ese pensamiento sobre la muerte – o sobre las pérdidas – los ubica en un sitial donde predominan los nervios, ansiedades y neurosis. “La obra de Allen bascula alrededor de la afirmación del individuo contra todas las presiones que intentan constreñirlo” escribe Labayen, remitiendo a quienes, al no disfrutar la vida, terminan invadidos por una melancolía difícil de erradicar. Blue Jasmine es la síntesis más cruda de los tópicos mencionados previamente. El “no se puede tener todo” de Cecilia es equivalente al comportamiento general de Jasmine (Cate Blanchett) – quien no logra aceptar su verdadera identidad y por eso modifica su nombre -, una mujer de la aristocracia neoyorkina que cae en desgracia por el proceder fraudulento de su marido. Su negación de la realidad es tan rotunda que, incluso no teniendo demasiado dinero a su disposición, viaja en primera clase a San Francisco, ante el asombro de su hermana Ginger (Sally Hawkins), quien no duda en recibirla. Lo que hace Allen para abrir su película es magistral: delinea a la mujer central de su obra ya con las dos primeras escenas. Pero acaso se pueda hilar un poco más fino. Su maestría para la simpleza bien entendida también se pone sobre la mesa con las primeras palabras de Jasmine al evocar el encuentro iniciático con su esposo: “’Blue Moon’ was playing, you know the song ‘Blue Moon’?”. Esa pregunta retórica de Jasmine ante una desconcertada compañera de vuelo – en una de esas dos secuencias a las que aludí anteriormente – saca a relucir los ejes temáticos de la historia con una elegancia en el vocabulario que opera como una de las improntas de Allen. Los ejes van desde el juego con los dos significados de “blue”, pasando por el “was playing” (es decir, la película comienza con el pasado como foco temporal predominante) hasta la notoria significancia que tiene el hecho de rememorar un episodio a través de una canción. De una canción que ya no suena. De un momento que ya no está.

El principal conflicto que acarrea Jasmine se centra, como en otros de los personajes de Allen que se corren de lo autorreferencial, en la falta de herramientas para confrontar la sociedad. También por esto la segunda secuencia donde Jasmine espera las valijas es crucial. Allen la presenta como una mujer con la visión incuestionablemente desenfocada, quien habla independientemente de su interlocutora porque, como la desoladora secuencia final nos va a mostrar (la película, además, tiene una estructura cíclica perfecta), Jasmine en realidad se está hablando siempre a sí misma. Se está engañando a sí misma. Está escuchando “Blue Moon” en loop, sin poder salir de allí. Pero el pasado (y lo que uno decide hacer con él) no solo está representado por ella sino también por otros personajes que sufrieron el coletazo de acciones propias y ajenas. El suicidio de su marido Hal (Alec Baldwin) es expuesto por Jasmine de modo conciso y brutal, sin darnos tiempo de reacción, no sólo para mostrar otra clase de respuesta ante lo desesperante, sino también para fijar esa acción como algo de lo que hay que hablar escuetamente, como si no hubiese sucedido. Asimismo, Allen decide poner en boca de Augie, el ex esposo de Ginger, la descripción de la difícil tarea de hacer las paces con el pasado y seguir viviendo aceptando las consecuencias. Él confronta a Jasmine desde una posición que podría tomarse como inferior, como quien debe trabajar en Alaska porque no le quedó más remedio. Sin embargo, esa posición, para Allen, no es tan unívoca. Aún a esa vida no del todo satisfactoria Augie la sabe reconocer por lo que es. Jasmine, en cambio, mira anillos de compromiso en una vidriera, y huye de la realidad repitiendo el ciclo (volvemos a la estructura cíclica) con un nuevo marido en escena, hasta que la abrupta mención del hijo de Hal es lo que la trae al aquí y ahora, poniéndole stop a la canción.

Lo apabullante de Blue Jasmine es su oscilar entre pasado y presente – toda la película se estructura mediante un ir y venir cargado de revelaciones, de disparadores, de frases que activan recuerdos – y cómo ambos chocan de modo inevitable, provocando dos clases de efectos dominó. Para Jasmine, ese choque es invisible, ella sigue viviendo como si fuera factible recuperar lo perdido o, peor aún, como si nunca lo hubiese perdido en un principio. Para Ginger, sin embargo, la llegada de su hermana (quien vendría a representar otra vida, pero también un pasado negativo) le crea la falsa ilusión de que no es feliz con lo que tiene y comienza a eludir su propio presente en busca de espejitos de colores en los que antes ni hubiese reparado. Si bien Allen retoma su muestreo de miserias humanas y conflictos morales de sendas películas de su obra – desde Crímenes y pecados hasta El sueño de Casandra -, jamás castiga. Jamás, en ese juego especular, en esa colisión de una hermana con otra, en ese final donde Ginger vuelve a la vida que quería y Jasmine persiste en refugiarse en la vida que pereció, decide cargar las tintas sobre la culpabilidad de una u otra o sobre la lógica de un desenlace por sobre el otro. Por el contrario, el realizador retoma las palabras de Jasmine (“anxiety, nightmares and a nervous breakdown…there’s only so many traumas a person can withstand until they take to the streets and start screaming”) para observarla en el banco de un parque como lo hacía en ese avión. De cerca. Inquietando. Diciéndonos que no es necesario empezar a gritar como única forma de canalizar lo que implica el ver a un sueño hecho añicos. A veces, en lo más imperceptible se encuentra lo más aterrador (no es casual que Chili, el novio de Ginger, reaccione a los gritos ante un desengaño, mientras que en la vida de Jasmine todo se tape, se mire de reojo, se apacigüe con pastillas); a veces, el hablar en soledad es lo más pesadillesco de todo, el momento de mayor peligro, en el que uno puede autoconvencerse de cualquier cosa por un factor insoslayable: nadie puede escucharte, nadie puede contradecirte.

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Mucho se ha escrito sobre el paralelismo entre Blanche DuBois y Jasmine y lo cierto es que hay una innegable simetría entre el film de Allen y Un tranvía llamado deseo. Sin embargo, el director también se nutre de su fascinación por la estructura narrativa de su querido León Tolstói: “me gustan esas novelas, como Anna Karenina, en las que tenés un trocito de la historia de alguien y otro trocito de la historia de otra persona y luego de otra. Me gusta ese formato de conjunto” expresó una vez el director. Blue Jasmine se sostiene tanto por ese vaivén temporal como por ese conglomerado de trozos, de voces que se posicionan en dos veredas opuestas cuando se produce una caída. Y si hablamos de caída, el deterioro paulatino de Jasmine está puesto de manifiesto en la enorme actuación de Cate Blanchett, quien se compromete con cada situación emocional de su personaje (desde la negación mediante una sonrisa eterna hasta el quiebre en la descomunal secuencia del llamado telefónico) y quien, con un caminar errático o en estado de constante agitación, va mostrando cómo Jasmine no está por desmoronarse: ya se desmoronó hace tiempo. “’Blue Moon’ was playing, you know the song ‘Blue Moon’?” vuelve a preguntar(se), ahora no con los pies en el aire sino sobre la tierra (nada es arbitrario en el binomio apertura-cierre de esta gran obra melancólica); ahora no acompañada sino sola; ahora no prolijamente vestida sino visiblemente desarreglada. De todos modos, la prueba de que proseguirá moviéndose en círculos está justamente en eso: las circunstancias pudieron haberse alterado y la canción pudo haberse detenido, pero ella, así y todo, va a creer que nunca dejó de sonar. 

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► [ESCENA] Les dejo este gran momento de Cate en Blue Jasmine:

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► [GALERÍA] Actores que enaltecieron determinadas películas:

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¡Buen miércoles! Dos consignas para este día: 1. ¿Vieron Blue Jasmine? ¿Qué les pareció? Dejen sus apreciaciones así la debatimos entre todos 2. Teniendo en cuenta el descomunal trabajo de Cate Blanchett en la película de Woody, me gustaría que sumemos otras interpretaciones que “hacen” un film, es decir, esas películas que son enaltecidas por el trabajo de un solo actor; la idea es reunir todos los aportes en una galería; como siempre muchachada, los leo; ¡que tengan un excelente miércoles!

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