Bombal: Los pequeños goces perdurables

“Las palabras sobre el papel me alimentan y quitan la sed, manchada de errores que quiero borrar 
si cierro la boca y me dejo llevar…”

Para María Luisa Bombal el violín era un instrumento endiablado. Le hacía demandas. La ataba. La tenía presa a sus tiempos y exigencias. La forzaba a establecer un vínculo perenne, siempre receloso de cualquier otra pulsión que pudiera alejarla de él. Sin embargo, por muchos años, Bombal quería ceder a esas presiones y dominar el instrumento, develando ya desde temprano ese fervor que la conducía a todo lo que eventualmente implicara tanto una condena como una salvación. Pero llegó la escritura. Llegaron los primeros poemas de los que renegaba porque, para ella, no había nada de extraordinario en concebirlos, como si las cualidades de ser joven y escritor estuvieran a priori vinculadas a la composición. Como si esos raptos de inspiración sucedieran con frecuencia. Era el violín o era la escritura. Bombal eligió lo segundo y, aún así, su prosa (poética, siempre poética) nunca abandonó la razón por la cual ese instrumento parecía llamarla. Así, se convirtió en una autora de frases eufónicas maravillosas, sabiendo que uno de los modos para ilustrar esas distintas penetraciones a las que aludía era mediante la sonoridad, ofreciéndole al lector un entretejido rítmico donde nada estaba librado al azar. Quienes hayan leído a Bombal sabrán que la pasión con la que vivió, su espíritu obseso y persistente, reverbera en cada uno de sus párrafos. Sin embargo, la gran paradoja es que ese desborde emocional nunca provocó un alejamiento de la escritura como acto disciplinario. Es decir, que por más que uno la imagine con la pluma en la mano en cualquier lugar del mundo escudriñando en lo oscuro, Bombal creía que un escritor no podía simplemente hacer erupción independientemente del contexto, por lo cual fue su estadía en Paris lo que terminó de configurarla como mujer de letras. Esas letras, asimismo, eran representaciones de sueños. Pero no me refiero a componentes literarios oníricos, sino específicamente al soñar, de manera casi atormentada, por los pequeños goces que dan las palabras, todas ellas protagonistas indiscutidas de esos instantes orgásmicos que Bombal no dejaba morir, como si quisiera retenerlos eternamente. Lo que a los fines prácticos se terminó denominando “realismo mágico”, para ella era un recurso vital a la hora de borrar los límites, para que la dualidad presente en su novela La última niebla – siendo “niebla” la palabra clave -, se apoderara de todo su proceso de escritura, cimentado en difuminar las separaciones entre realidad y sueño, cimentado en la proliferación de imágenes narcóticas.

¿Qué quiero contar? ¿Algo real? ¿Quiero que me lean y me capten de inmediato? ¿Quiero que decodifiquen o quiero que todos vayan caminando hacia un humo sagrado, hacia el cuestionamiento de los hechos, hacia un tiempo que está fuera del tiempo? Bombal seguramente se preguntó todo eso e indiscutiblemente se encontraba arraigada a la última alternativa. ¿Qué la llevó a representar la subjetividad femenina con el ímpetu de quien quiere, mediante la vigorosidad del lenguaje, describir las aventuras amorosas como tumbada en medio de una ensoñación? Como no podía ser de otra manera, fueron dos mundos; mejor dicho: dos figuras coincidentes con esa duplicidad. Las personas de su vida y los personajes. Según ella, cuando un individuo que había empezado a crear era abandonado, se le aparecía con el único fin de desvelarla, de demandarle el ser despertado a la vida. Así, Bombal no podía huirle a sus personajes, quienes, como contó una vez, la atormentaban, la acosaban, incluso llegando al punto de que ella podía verlos sentados a los pies de su cama, como niños que hacen reproches. Por otro lado, están las personas de su vida. Un hombre (Eulogio Sánchez) con quien entabló una relación fogosa, desatada, incontrolable, que la hizo protagonizar un hecho criminal (un disparo inconsciente) luego de que él no soportara su personalidad y se entregara a las conveniencias, a un vínculo más “sensato”. El ascenso y descenso de su romance con Sánchez – o el ascenso y descenso a secas que podía llegar a experimentar -, arrojó a Bombal a un terreno donde su concepción de la felicidad era mutable, y por lo general escindida en dos polos bien opuestos. En ocasiones solía definirla como algo embriagador: “Durante muchos días viví aturdida por la felicidad. Me habías marcado para siempre. Aunque la repudiaras, seguís poseyendo mi carne humillada, acariciándola con tus manos ausentes, modificándola. Ni un momento pensé en las consecuencias de todo aquello. No pensaba sino en gozar de esa presencia tuya en mis entrañas y escuchaba tu beso, lo dejaba crecer dentro de mí”. El amor filoso, como un arma penetrante, es clave en Bombal. Sus permanentes menciones a las entrañas, a los cuerpos fundidos e indisolubles (otro ejemplo de esa neblina, de dos mundos que hacen bullicio juntos, hasta el punto de perder autonomía) hablan de una escritora (y de una mujer, por sobre todo) dispuesta a la búsqueda de retención de la dicha. Así lo escribió cuando la felicidad ya no era más que algo utópico y, en un punto, inaprensible: “Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son lo más perdurables”. Acá se ve, como en ninguna otra frase de Bombal, la armonía entre la escritura y la experiencia. Escribir, a fin de cuentas, implica el querer poner algo dentro de una burbuja, mantenerlo eterno, impoluto, a salvo del paso del tiempo, como dejando constancia en tinta de un momento de efervescencia, enmarcando las sensaciones del cuerpo en lo inmediato.

Blanca Lewin como María Luisa Bombal

Bombal, la biopic sobre la escritora chilena dirigida por Marcelo Ferrari, encuentra en la seducción y vulnerabilidad de Blanca Lewin su punto fuerte. La actriz, que ya en las películas de Matías Bize En la cama y La vida de los peces había sabido mostrar tanto el erotismo como la fragilidad femenina, en Bombal combina ambas facetas y uno no podría pensar en otra intérprete mejor para exponer las razones que hicieron de Bombal una de las primeras mujeres en atravesar la prosa con una sexualidad recalcitrante y arrolladora. Cuando Lewin yace en la cama o flota en el agua, la esencia de María Luisa está allí. La de una mujer que vivió como escribió: desnuda, expuesta, entregada, abrazando el erotismo y el deseo de fijar en el aquí y ahora todos los pormenores de la memoria imposible. “He conocido el perfume de tu hombro y desde ese día soy tuya. Te deseo. Me pasaría la vida tendida, esperando que vinieras a apretar contra mi cuerpo tu cuerpo fuerte y conocedor del mío, como si fuera su dueño desde siempre. Me separo de tu brazo y todo el día me persigue el recuerdo de cuando me suspendo a tu cuello y suspiro sobre tu boca” escribió en La última niebla. Su anhelo por detenerse en un momento de perdurabilidad la condujo a elaborar sentencias breves y contundentes, casi cinematográficas, equivalentes a secuencias cortas y voraces, dolientes y testimoniales de una colisión apasionada. “Yo vivo de los recuerdos” confesó en una entrevista. Eso se desprende instantáneamente de sus páginas con ese modo de evocar tan arrebatado: “¡Qué importa que mi cuerpo se marchite, si conoció el amor! Y qué importa que los años pasen, todos iguales. Yo tuve una hermosa aventura, una vez…tan sólo con un recuerdo se puede soportar una larga vida de tedio, y hasta repetir, día a día, sin cansancio, los mezquinos gestos cotidianos”. Y si bien uno en su prosa la nota pujar entre la buena o mala convivencia con esos instantes que se desarrollaron de igual manera que los esplendores de las mariposas (“si olvidara todo…mi aventura, mi amor, mi tormento; si me resignara a vivir como antes de mi viaje a la ciudad, tal vez recobraría la paz”), la Bombal triunfante es que la supo siempre, con la misma seguridad con la que comprendió en qué consistía la belleza de un violín, que no hay otro modo de abordar las situaciones y las palabras que entregándose a ellas con el corazón abierto, sangrante, sin remedio. Como lo ilustra ese breve diálogo de la película de Ferrari: “¿Y ahora cómo voy a vivir?”. La respuesta es una sola: “como siempre lo has hecho: escribiendo”. ◄    

……………………………………………………………………………………….

► [TRAILER] Algunas imágenes de la biopic Bombal:

………………………………………………………………………………………..

► [GALERÍA] Citas, imágenes y algunas cosas más de sus escritoras favoritas, que la disfruten:

………………………………………………………………………………………….

Retomamos una sección que nos gusta mucho, CINE y LITERATURA, con una consigna: ¿Cuáles son sus escritoras favoritas? ¿Qué novelas/poemas/ensayos de ellas recomendarían en este post? ¿Las han podido ver reflejadas en cine en buenas biopics? Por último, recordemos los mejores personajes femeninos de ficción literaria (arranco yo con Naoko de Tokio Blues) Ahora sí, ¡espero sus comentarios, muchachada! Tengo ganas de armar una galería con fotos de las autoras que mencionen y de las portadas de los libros, así que están más que invitados a explayarse con tranquilidad ;) ¡Los leo! ¡Buen miércoles!

………………………………………………………………………………………

………………………………………………………………………………………..

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Aunque sea

“Fuiste mi recreo antes del resto de mi vida y yo fui la aventura antes de tu viaje; no somos nada, no fuimos nada y no seremos nada”

Creo que en la vida cotidiana hay pocos momentos de intimidad con nosotros mismos y que uno de esos momentos lo encontramos en el simple hecho de apoyar la cabeza sobre la almohada, en la cama. Ahí es donde uno, solo o acompañado, piensa en el día, cierra los ojos con satisfacción, se duerme rápido, tiene insomnio, tiene pesadillas, piensa en otro, piensa en quien tiene al lado, no piensa en nada, se arrepiente, proyecta, sueña, se despierta sin motivaciones o con ganas de hacer todo junto. Es el momento de mayor sinceridad con nuestra propia mente. Cuando las luces se apagan y no hay ningún sonido, cuando ya se concluyeron las actividades de la jornada, cuando es hora de poner el freno. Ahí aparece la vulnerabilidad, la honestidad. Porque, ¿a quién vamos a engañar? ¿A quién vamos a mentir en ese instante? Uno, la cabeza en la almohada, y todo lo que eso puede generar. Uno así como es, sincero, desnudo. En la cama, la segunda película de Matías Bize – que inspiró la mucho más pretenciosa Habitación en Roma de Julio Medem, idéntica en contenido pero más desangelada – transcurre, como su título lo anticipa y desde que comienza hasta que termina, en una habitación. Un hotel, dos extraños que se conocen en una fiesta (Daniela y Bruno) y mucho sexo. En los primeros diez minutos, Bize parece meter literalmente la cámara en el espacio intermedio que hay entre los cuerpos de ambos. La penetración, el jadeo, el sudor, son mostrados por el director con esa naturalidad que lo caracteriza y que es lo que le permite conectar con el espectador. Así como en La vida de los peces esa espontaneidad estaba reflejada en las conversaciones entre sus protagonistas (incómodas al principio y cada vez más honestas sobre el final), acá se traslada al sexo, porque es el sexo el punto de partida del vínculo entre Daniela y Bruno. Porque, aunque parezca lo contrario, es eso mismo: un punto de partida. Nunca la llegada. Nunca el único objetivo.

►”Será que es el principio de algo que ya terminó”◄ 

Es fácil contar una historia de amor que tiene un determinado origen, que se desmorona por un conflicto y que puede (o no) lograr una recomposición. Pero, ¿cómo se cuenta la historia de un paréntesis? ¿Cómo se refleja, en solo una hora y veinte, un momento de transición en la vida de dos personas? Bize sabe que la cama no es solo un lugar para coger sino para todo lo que mencioné más arriba. Y si bien acá las palabras no tienen el mismo peso que en La vida de los peces, sí lo tienen los gestos. Desde miradas de reojo para tratar de dilucidar cómo se está sintiendo el otro hasta un abrazo que puede hacer tambalear un futuro. Aunque sea por un rato. Bize muestra los cuerpos desnudos de Blanca Lewin y Gonzalo Valenzuela (pareja de química innegable) y, cuando no, muestra a sus personajes interactuar contando anécdotas de su infancia, debatiendo sobre el sexo casual, y aseverando lo mucho que dicen nuestras preferencias cinéfilas sobre nuestras personalidades (con inevitable mención a Alta fidelidad). Pero todo el sexo, y todas esas conversaciones que resultan hasta casi triviales (en casi una hora no hay nada demasiado revelador, o sí, si pensamos que aquello que nos revela por lo general es lo más trivial) van preparando el terreno, funcionan como episodios progresivos hasta los veinte minutos finales. Acá Bize apela (como lo haría en La vida de los peces) a la expresividad de Blanca Lewin, quien puede volver transparente su conflicto interno solo yaciendo en un baño y con la mirada en otra parte. La economía de recursos juega a favor de la película y no necesitamos más que dos o tres pensamientos dichos en voz alta para conocer de dónde vienen (y hacia dónde quieren ir) esos dos extraños que empiezan a dejar de serlo.

Les dejo el trailer de En la cama:

“Todas las personas con las que nos relacionamos son nuestro problema” opina Bruno; “hay que saber cortar los lazos” sentencia por su lado Daniela. El conflicto que plantea En la cama es dónde se produce el quiebre, dónde podemos rastrear el momento en que dos personas que solo buscaban sexo empiezan a sentir que ahí, en ese espacio intermedio que filma Bize, hay algo más que un mero deseo físico. Daniela cree que todo pasa por cómo un cuerpo reacciona ante la presencia de otro, que todo se puede explicar con una especie de manual, aunque haya sido el destino el que quiso que coincidieran en esa misma fiesta (“I could have stayed at home and gone to bed. I could have gone to see a film instead. You might have changed your mind and seen your friends. Life could have been very different but then…something changed”). Sin embargo, sobre el final, Daniela también advierte que las cosas cambian cuando uno hace uso y desuso de lo más poderoso/peligroso: la palabra. Daniela no permite que Bruno ahonde en su vida, en su relación con un tal Rodrigo, en su incapacidad para cortar lazos (aunque, paradójicamente, pregone lo contrario) porque desde el momento en que pasamos a compartir con otro algo que nos define, que ese otro puede contenernos de una manera ideal y, por ende, hacernos dudar de qué es lo queremos (“dejá de hablarme como si hubiera un futuro, dejá de preguntarme si soy feliz”). Daniela sabe que si responde a cualquiera de esas preguntas, o sabe que si a Bruno le interesan las respuestas, ese paréntesis que representan esas dos horas en el hotel puede amenazar todo lo que hay del otro lado de la puerta. ¿Y qué hay del otro lado? O, mejor dicho: ¿Qué tan aterrador puede ser volver a enfrentar las decisiones tomadas por fuera de ese micromundo? Porque sí, aunque sea por dos horas, el sexo puede ser un escape. Pero hay que ver qué sucede cuando una caricia, una mirada, un abrazo (o veinte minutos de esto) nos ponen de cara a la vida que tenemos (la que nos sale) y nos hacen apoyar la cabeza en la almohada, en la cama, imaginándonos si en realidad existen otras alternativas, si hay algo que todavía no encontramos; si en realidad, y aunque nos duela reconocerlo, nos merecemos algo más.

…………………………………………………………………………………….

A los que vieron En la cama, los invito a compartir sus impresiones; a los que no, ¿cómo se llevan con escenas de sexo (casi) explícito en el cine? ¿En qué películas les parece que están bien empleadas y en cuáles los incomodan? ; ¡Comenten! ¡Buen miércoles para todos!

………………………………………………………………………………………

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Hablando del pasado

Es bien fácil andar de viajero en tránsito viendo el mundo como turista, lo difícil es quedarse y bancarse el día a día…”

“Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras (…) Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”. Hay algo de este extracto del cuento de Borges El jardín de los senderos que se bifurcan en la película del chileno Matías Bize, La vida de los peces. ¿Qué hay? Para empezar, una mirada sobre el destino, sobre los caminos que se eligen, las decisiones que se toman y, especialmente, una mirada a las realidades perdidas, a esos otros caminos que no se emprendieron y que, en consecuencia, configuraron una realidad determinada, en este caso insatisfactoria y dolorosa. Sin embargo, en la obra de Borges (con todo la temática del sino/destino con ecos de La Ilíada) el foco está puesto en un tiempo presente, en un hoy insoslayable. En el film de Bize, por el contrario, tenemos a un protagonista detenido en el pasado.

Les dejo una escena de La vida de los peces:

Andrés (Santiago Cabrera) dejó Chile para irse a Europa. Dejó su mundo conocido, su familia, sus amigos, una tragedia latente y una novia llamada Beatriz. Al irse, pasó del desarraigo a la vida de turista, a trabajar como periodista (de turismo, justamente), viviendo en hoteles, escribiéndoles a los lectores sobre qué lugares visitar, dónde comer y cuánto gastar, pero sin vivir él esos mismos espacios, sin poder disfrutarlos. Andrés reside en Berlín, pero en realidad no reside en ninguna parte. Lo que proyecta no es más que un efecto ilusorio de lo que realmente es. Su aparente movilidad constante, su devenir, su volar de un lado al otro no es sinónimo de avanzar sino de estar detenido, viendo otros mundos desde una suerte de pecera. No sale, no se involucra. Su trabajo es ser observador, espectador de otras vidas en movimiento. Para ilustrar este confinamiento, Bize hace transcurrir su película – el paralelismo con Antes del atardecer resulta inevitable, sobre todo al estar ambas películas trabajadas en tiempo real – en un ámbito cerrado y único: una casa. Una casa donde se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Una casa en Chile a la que Andrés vuelve diez años después de ese alejamiento. Lo hermoso de La vida de los peces es cómo Andrés va recorriendo cansino ese lugar (como nadando), hablando con viejos amigos (“hablando del pasado, siempre del pasado”), revisitando habitaciones que fueron testigo de momentos de su juventud y mirando la misma pecera una y otra vez.

Pero La vida de los peces, además de ser la crónica de un hombre solo (uno que se quedó estancado, mientras los demás, aún en conflicto, siguieron adelante, no fueron evasivos a la cotidianeidad) es, también, la historia de un amor trunco. Porque esa decisión de irse a Andrés le costó una relación con Beatriz, con quien se reencuentra en la fiesta y a quien necesita recuperar y tomar de la mano para reescribir el cuento, para trazar un brillante porvenir. Pero esa mujer (interpretada con triste crudeza por Blanca Lewin) eligió un camino, aún sabiendo que hay otra vida posible, quizás una vida paralela (“quiero asomarme y mirar otra vida”) donde ella y Andrés salen de ese idilio adolescente y emprenden un vínculo maduro. El monólogo de Beatriz sobre esos mundos posibles es tan real como devastador. ¿Quiénes avanzaron? ¿Quiénes quedaron detenidos? ¿Son más libres los que están dentro de la pecera porque no conocen otro mundo o los que salieron de ese mundo pero terminaron confinados en otro? Como dice la canción de Inverness que forma parte del soundtrack del film: “el cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás”. Hay toda una realidad que perdimos, que en el hoy se vuelve inalcanzable, inaprensible. Solo resta convivir con la tristeza y aceptar el peso de las decisiones. Avanzar. Romper las peceras. Salir. Hablar del presente. Convivir con (y no vivir en) el pasado.

* BONUS TRACK: Banda sonora del film:

La vida de los peces OST by Milagros Amondaray on Grooveshark

¿Vieron La vida de los peces? Los invito a sumar otras historias de (des)amor del cine; ¡Comenten!

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ. Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” ¡GRACIAS!