Anton Yelchin (1989-2016)

Only Lovers Left Alive: El tiempo no para

Hoy en Cinescalas escribe: Natalia Paez

“…yo veo al futuro repetir el pasado, veo un museo de grandes novedades y el tiempo no para, no para” - “El tiempo no para” (Bersuit Vergarabat)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

El tiempo es tirano dicen, y a veces pienso cuánta razón hay en esa afirmación. Lo que hoy está, mañana puede no estarlo, y así tan preocupados como estamos (estoy, lo reconozco) en llegar a horario al trabajo, en tomar el subte diez minutos antes y no viajar parados; en trabajar y que pasen más rápido las horas para salir, para volver a casa y rebobinar el día hablando de lo que nos pasó e hicimos. En dormir, y nuevamente empezar el mismo preciso guion al otro día, como si nada. Repetir, barajar y volver a dar hasta que sea el momento final. El paso del tiempo es inexorable, de eso no hay ninguna duda. Ni siquiera es posible detenerse y apreciar el cambio del color de las hojas de los árboles, o cómo es que de pronto el cielo se torna plomizo, y el viento enfría nuestras caras y manos sin piedad, pero también como invitándonos al abrigo de ese abrazo que transmite, sin decirlo, cuánto te quiero. No hay tiempo de regodearnos en estas pequeñas contemplaciones. Sin embargo, podemos mirar las noticias desde el teléfono, o reírnos con un tuit o algún video gracioso en Facebook. Mirar para abajo se convirtió en el nuevo mirar hacia adelante. Quien nos viera de afuera pensaría que somos zombies, con la mirada perdida e inmersos en la automatización rutinaria de llegar del punto A al B.

Ese es el conflicto que ve Adam (Tom Hiddleston como un rockero de alma torturada) en Only Lovers left Alive, mientras observa a sus fans por la ventana de su casa en la destruida Detroit, en ese cuarto tapiado y atestado de discos de vinilo y guitarras clásicas, como la Hagstrom eléctrica de 1966 o la Silverstone acústica de principio de los sesenta. Adam no tiene tiempo de regodearse en la adulación de esos otros que no lo conocen, esos otros que le repugnan. Los zombies, les dice, esos que escuchan melodías pre-producidas y editadas en formato digital, despojando a la música de la contribución creadora y la sensibilidad del artista. Él así lo siente, y por eso se aísla hacia un ambiente lleno de reliquias, mientras toca su violín. Adam parece apreciar la reclusión más que a ninguna otra cosa en esta vida, aun a pesar de necesitar de Ian (Anton Yelchin) y sus servicios. Ah, y la sangre. Fundamentalmente, Adam necesita la sangre para seguir viviendo.

Adam es un vampiro, sí, pero fundamentalmente es un defensor acérrimo de todo aquello que la modernidad se llevó puesto en la carrera por eso que llaman progreso. Paradójicamente, Adam podría ser un espejo directo del director de la película, Jim Jarmusch, quien lucha desde hace años la pulseada contra el cine industrial. Aquel que, por caso, transfiguró  a los vampiros y los disfrazó de drama juvenil sólo apto para mayores de 13. Jarmursch, quien tardó siete años en conseguir la financiación para esta película, nunca se planteó reconvertirla en algo quizás más atractivo para los consumidores actuales, poco impresionables y acostumbrados a que la historia tenga un punto concreto al cual llegar. Por el contrario, y como él mismo lo explica, se demoró por no traicionar sus convicciones ni su estilo personalísimo (“The reason it took so long, is that no one wanted to give us the money. It took years to put it together. It’s getting more and more difficult for films that are a little unusual, or not predictable, or don’t satisfy people’s expectations of something. Boy, I wish I had an answer why it took so long. But we’re here now.”). Como Adam, Jarmusch no permite que el tiempo dicte la manera en que puede expresar sus deseos más profundos y plasmarlos en la pantalla. A diferencia del director, Adam tiene esa paradoja completamente acorralada: el tiempo no pasa para él, se detuvo y lo dejó joven y hermoso para siempre. Afortunadamente, tampoco lo dejo solo, porque donde hay un Adán no puede faltar una Eva. Luminosa, ecléctica, profunda Eva, vestida de luna y  absorbiendo el conocimiento en cada objeto y persona que encuentra a su alrededor. La primera vez que el lente de Jarmusch se posa sobre Eve (la gloriosa Tilda Swinton), uno no puede evitar deslumbrarse. No es hermosa, la belleza es un concepto que la excede completamente. Es sublime, se cuela por los poros y te atraviesa con su mirada felina y su melena blanca.

Eve, que vive en la ciudad de Tanger, en Marruecos, no tiene que sobrepasar el espacio personal de Adam para demostrarle su amor eterno, unido en matrimonio hace quién sabe cuánto tiempo atrás. Solo vuelve porque Adam se lo pide, mientras habla por videoconferencia. Contemplando parar su reloj, Adam prepara una bala de madera y la mete en la pistola que le consiguió Ian (Jarmusch explica que el mito original de Nosferatu habla de balas de madera para matar a los vampiros no de plata como se cree, y claro, él quiere seguir con la concepción tradicional de la historia) y con eso desata el viaje de vuelta de Eve, quien deja atrás a su mejor amigo Marlowe (John Hurt, en un papel alejadísimo del dictador que compuso en V de Venganza). En avión, con anteojos de sol, guantes y por la noche únicamente, con una valija llena solo con los tesoros más grandes de la historia moderna de la humanidad: libros, decenas de ellos (Don Quijote, Endgame, Infine Jest, entre otros títulos). Eve carga con la sabiduría zombie en sus manos al momento de rescatar a su amor.

Ese amor se consume con mayor pulso que si estuvieran vivos los dos. Amor animal, lúgubre. Velado por un juego de luces y sombras, pieles blanquísimas y una cuota del silencio más dulce, ese que lo dice todo cuando no hay lugar para los conceptos cerrados. El idilio que experimentan Adam y Eve no podría haber sido transmitido mejor por Hiddleston y Swinton, quienes parecen haber estado predestinados para representar a los amantes eternos. “Shall I tell you again about Einstein’s theory of spooky action at a distance?”, le susurra Adam a su Eve. Y uno ya podría morir feliz, porque ¿qué cosa vale más la pena que los susurros dulces después de enlazarse con otro en la intimidad más perfecta, y jurarle amor por siempre? Bailar, dice Eve, mientras escuchan a Denise Lasalle quien también está atrapada en esa cosa llamada amor. Sin embargo, a toda acción le corresponde una reacción, y la vuelta de Eve trae la aparición de Ava (Mia Wasikowska) su hermana más chica, que llega para trastocarlo todo. Para Adam, Ava representa la decadencia de su estirpe: descuidada, irresponsable, llena de deseos de experimentarlo todo. De hecho en la ceremonia que es para ellos tomar la sangre para seguir viviendo, Adam reprende a Ava y su impulsividad por tomar demás, y le advierte a Eve que las cosas no van a terminar de buena manera. No hay goce real en Ava, no se deja llevar tranquilamente por el éxtasis como sí lo hacen ellos dos, los amantes eternos, al compás de la música de  que los envuelve en un aura esotérica.

Es el propio Jarmusch quien musicaliza muchas partes de este relato, con canciones de su banda SQÜRL. El mérito, compartido con el compositor danés Jozef van Wissem (quien ganó el premio a la mejor banda de sonido por la película, en el festival de Cannes en 2013), es llevar a los oídos del espectador la atmosfera sensual y densa, perfumada y cautivante en que se mueven los personajes de Only Lovers Left Alive. Esto hace que la experiencia sensorial se dé por partida doble, como si uno pudiera alucinar con ellos, luego de tomar la sangre en copas de cristal. Renovando el rito de vivir un día más, pudiendo observar el paisaje sin necesidad de pensar cuándo se acaba.

Por Natalia Paez

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 ► [TRAILER]: Algunas imágenes de Only Lovers Left Alive:

  

Trailer - Only Lovers Left Alive from quadroporquadro on Vimeo.

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 ► [SOUNDTRACK]: Las canciones que suenan en la película de Jarmusch:

  Only Lovers Left Alive by Cinescalas on Grooveshark

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¡BUEN COMIENZO DE SEMANA! En este día, tres consignas propuestas por la autora de esta nota: 1. ¿Vieron Only Lovers Left Alive? ¿Qué opinión tienen de la película de Jarmusch? 2. ¿Recuerdan otros soundtracks que sean de la autoría del mismo director del film al que pertenecen? 3. Por último, ¿son proclives a hacer cualquier cosa por amor, como Adam y Eve? Yo pregunto: ¿Cómo son cuando se enamoran? Nati y yo aguardamos sus comentarios; ¡buen lunes para toda la muchachada, que les sea leve! ¡hasta mañana!

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—> La última vez escribió Tais Gadea Lara sobre… LO MEJOR DE NUESTRAS VIDAS

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[OFF TOPIC] Quería agradecerles tanto a Mili Barcala y Caro Torfano como a todos los que contribuyeron a mi entrevista para el documental de Cinescalas con sus preguntas; ya filmamos mi testimonio y en este post podrán ver fotos y videos alusivos; asimismo, nos queda una jornada doble de rodaje y en junio comienza el largo proceso de edición de la película; como siempre, los voy a ir manteniendo al tanto y, como siempre, gracias ;)

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La otra mitad

“Only fools rush in…”

Jacob (Anton Yelchin) le pide a Anna (Felicity Jones) que le lea eso que escribió, y eso que escribió puede parecerse a lo que muchos de nosotros o bien dejamos morir en el pensamiento o bien expulsamos, porque ya no podemos ahogarlo más, como dice un texto por ahí: “¿De qué murió?” – “Se asfixió con las palabras que nunca dijo”. Las palabras de Anna, las primeras en leerle a ese chico que luego le construye una silla de madera para que escriba más cómoda, es el preludio que elige el director Drake Doremus para Like Crazy, su película semi-autobiográfica. Toda la historia de amor entre estos adolescentes está completamente teñida de ese análisis que con tanta naturalidad y precisión verbaliza Felicity Jones. “Pensé que podía entenderlo, de que podía aprehenderlo, pero realmente no. Solo la parte borrosa, la ansiedad semi-preciosa, toda contenida. Nunca pensé que la idea de estar completos es una idea lujosa. Yo no sé…no sé nada de los momentos intermedios, del costado sangriento tuyo y del costado sangriento mío”.

“It’s the halves that halve you in half”

Like Crazy es una película que, filmada con candidez, con cierta presura en remarcar ingenuidad y, sobre todo, con flashes que van y vienen, se confunden y yuxtaponen (“watching the flashbacks intertwine”), habla sobre las mitades que se encuentran para completarse. Por eso, la primera media hora de espíritu adolescente, de caminatas sobre la arena, de abrazos y roces en la cama, refuerzan esa idea de que cuando alguien es atraído por una persona, es atraído por esa necesidad de sentirse completo gracias al modo en el que el otro puede colocar la pieza faltante. Sin embargo, como bien describe Anna, pensarse a uno mismo como íntegro gracias a la irrupción de un tercero es un lujo, es un ideal, un sueño. Simplemente no sucede. Simplemente el amor llega no para completarnos sino para potenciarnos. De lo contrario, al irse esa mitad, quedaríamos vacíos de identidad, ya no seríamos nosotros mismos. No seríamos uno.

Por eso, Like Crazy toma ese sueño y lo quiebra, lo que comienza como un idilio adolescente, como otra obra indie más sobre el primer amor, se va poniendo cada vez más oscura y dolorosa. Para ello, Doremus no se aferra a artilugios, no da vueltas de tuerca, sino que muestra con escasez de recursos cómo el paso del tiempo, las decisiones que tomamos y las experiencias que acumulamos van alterando ese camino que creíamos trazado. Así, la relación entre Jacob y Anna se configura como paradójica: es pura, envalentonada y sincera, pero también es compleja porque las vicisitudes contrarrestan la simpleza del sentimiento. Y el tiempo pasa, y no hay nada que podamos hacer. Lo que era un viaje en subte compartido, pasa a ser un viaje solitario; lo que era una noche debajo de las sábanas con el amor de tu vida pasa a ser una mañana de desayuno con alguien distinto, que jamás podría ocupar ese lugar único. Y así la vida va modificando el amor, lo va desidealizando, lo va ubicando en ese estante que está más al alcance, o en ese cajón que se abre y se abre, para recordarnos que las cosas no siempre salen como queremos sino como la suma de decisiones se encarga de hacerlas suceder. Lo trae con fuerza al plano real. Y eso no siempre es agradable. No es agradable considerar un final, o enfrentarse a cómo los sentimientos se modifican forzándonos a empezar de cero, manoteando como un ahogado esos instantes lejanos de felicidad.

Así, Like Crazy concluye de la única manera posible, con un final abierto, un disparo a la utopía, un “test para saber si sos un romántico o un cínico”, concluye con esos dos jóvenes del comienzo que se enfrentan a ese amor puro pero ya más adultos y ahora con miedo, incertidumbre e incomodidad. El significado de la última mirada de Anton Yelchin es equivalente al del poema que lee Felicity Jones. Cuando la otra mitad se aleja, conteniendo en el rostro una catarata de pensamientos y sensaciones encontradas, nosotros solo podemos comprender una parte de la historia, no podemos contarla completa porque para eso, necesariamente, habría que tener un manual para los sentimientos, un oráculo sobre lo que es el amor y cómo el otro procesa y canaliza el sentimiento, sobre el que no tenemos control alguno. Si hay algo que hace Like Crazy es evidenciar con realismo cómo los sentimientos son alterables y cómo el recomponer un vínculo requiere del mismo ímpetu que se tiene cuando la fábula recién comienza a ser contada, ese momento en el que el sueño en común parece tan conquistable como indestructible.

Si vieron Like Crazy, los invito a discutir sobre ella; si no, los invito a que sumen esas películas que los deprimieron/sensibilizaron, ¿llegaron al punto de no poder volver a verlas?; ¡Dejen sus comentarios!

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