La mejor película para…fanáticos de la música

“Querido Diario:

Yo. Yo. Yo. Finalmente me senté a escribir sobre lo que creo que está mal conmigo. Mis culpas, mis inseguridades y mis problemas. Quizás si hago una lista de todas mis equivocaciones después la pueda tomar de referencia para estar al tanto de ellas todos los días. Así me siento y si lo leo más tarde quizás entienda por qué mis sentimientos controlan mis acciones. Si escribo también sobre personas que conozco, quizás también pueda saber qué les pasa a ellas. Quizás si me concentro en mis relaciones con los demás pueda ayudarme a mí mismo. Pero quizás si me preocupo siempre por mis problemas y mis problemas con los demás pueda desarrollar un número aún más grande de problemas producto de tantas preocupaciones…”

A Kurt Cobain le gustaba mucho escribir. Escribir en el sentido más práctico del término. No solo las canciones de Nirvana. Escribir en un cuadernillo todo lo que se le cruzaba por la cabeza, como eso que ven más arriba. Como él decía, quizás el hecho de tomar una lapicera y traducir el pensamiento luego iba a servir como recordatorio para no recaer, para no tener miedo, para que los fantasmas desaparezcan, o para llegar a la raíz, al motivo de la aparición constante de ellos. Kurt escribía y tachaba, anotaba reflexiones sueltas al margen de las páginas, se quedaba sin tinta, dejaba las frases inconclusas. Cuando escribía, era espontáneo. Tan espontáneo como ese “oh well, whatever, nevermind” que anotó como parte del proceso de creación de “Smells Like Teen Spirit”. Y Kurt grababa cassettes. Tampoco solo de canciones de Nirvana. Cassettes donde hablaba de sí mismo, donde se exponía, donde a través de los monólogos (con o sin música detrás) denotaba una sinceridad pero también un pedido de ayuda encubierto. Escribir sobre uno mismo puede ser tan catártico como duro, puede darte paz como hacerte enroscar en un espiral interminable. Pero siempre ayuda. Escribir siempre ayuda. “Es una buena idea” dice en una de las páginas de su diario. “Me odio a mí mismo y quiero morir” se lee en letra más grande en esa misma página. A veces él se reencontraba con esos diarios íntimos y se reía de lo que había escrito (como cuando se grababa releyéndolos) pero me pregunto si alguna vez volvió a las palabras oscuras, así, expresadas con rayones, fibra negra, dibujos, y pensó si había efectivamente una manera de escaparles.

A Kurt Cobain le gustaba usar la remera del disco Hi, How Are You de Daniel Johnston. Acá no tengo que preguntarme o especular. Estoy segura de que veía mucho de Johnston en sí mismo. Porque a ese artista de California que recreaba episodios familiares con su cámara también le gustaban los cassettes. También le gustaba grabar todo lo que pensaba, dejar constancia de sus peores estados, de la inconsciencia sobre determinados aspectos de su conducta hasta el conocimiento de los orígenes de la misma. En The Devil and Daniel Johnston, documental de Jeff Feuerzeig, lo vemos al cantante expulsar las diagnosis, los momentos en los que le dan pastillas, los segundos en los que pierde noción de la realidad y lastima a alguien, los instantes en los que se siente acorralado por el demonio (“I believe in God and I certainly believe in the devil; the Devil certainly exists, and he knows my name”). Hay algo noble en lo que hizo Kurt y en lo que hizo Johnston en esa época. Grabar algo y ponerle nombre, no esconderse, hacerse cargo. Sentirse representado por el arte. Sentirse representado sabiendo que el arte puede, como ya he dicho, salvarte. “Hola, mi nombre es Daniel Johnston y este es el nombre de mi cassette. Se llama Hi, How Are You… y estaba teniendo una crisis nerviosa cuando lo grabé”. Así dio a conocer a ese gran disco al mundo. Así, con una tapa dibujada por él mismo y con una cierta timidez que no le hacía ver cuán influyentes iban a ser esas letras para muchísima gente.

Si prosigo con las asociaciones, puedo nombrar a Antolín, quien grabó en su casa “No siento nada”, con ese espíritu low-fi, quizás sin tener noción de que una frase (“Yo no siento nada del mundo”) podía conmover tanto a, por ejemplo, quien les escribe. Pienso en Daniel Johnston componiendo “True Love Will Find You in The End”, con su enfermedad pesándole, y lo admiro. Lo admiro por poder concebir algo tan esperanzador cuando quizás no se sentía de igual modo. Lo importante para Johnston era seguir (“walking down the road I’m feeling lonely. But don’t be sad, be glad. You’re just one stop closer to the girl you’re going to meet” dijo una vez). Y un día apareció Laurie Allen, la mujer que inspiraría gran parte de sus canciones, a pesar de no haber podido estar con ella porque, como expresaron sobre él: “A Daniel le gustaba esa clase de amor, el amor con el que no podía conectarse exitosamente. Necesitaba tener algo que perseguir, nunca podía tener algo que pudiese atrapar”. ¿No es ese acaso el motor de muchas canciones? La prefiguración de un ideal. La concepción de una utopía. Algo que se desea pero que no se puede aprehender. Supongo que cuando uno escribe, cuando Kurt y Daniel lo hacían, era para exorcizar, poniéndose en una posición fetal con el corazón hacia afuera, con los pensamientos dando vueltas alrededor, como en una viñeta de cómic. Y ahí reside la magia y la paradoja de todo: cómo alguien pudo componer algo tan hermoso en un estado de soledad que, posteriormente, haría sentir a otros seres inmensamente acompañados. Pero la paradoja no muere allí. Porque también detrás de la belleza, como dijo Bob Dylan, va a estar el polo opuesto. “Detrás de la belleza siempre tuvo que haber existido algo de dolor”. 

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► Les dejo una escena de The Devil and Daniel Johnston:

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► DE YAPA: Canciones de Daniel Johnston, interpretadas por él mismo y también algunos covers:

Daniel Johnston by cinescalas on Grooveshark

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¿Cuáles son las mejores películas para un fanático de la música? Pueden ser documentales, largometrajes de ficción, films que despierten la melomanía, ¡lo que les guste!; como siempre, espero sus aportes y los invito a proponer otro “La peor/mejor película para…” para un viernes futuro; ¡Dejen sus comentarios! ¡Buen Finde para todos! Los que quieran ver a Daniel Johnston en vivo, pueden ir consultando las fechas en la página de Niceto, pero se cree que estaría llegando a fin de mes a nuestro país ;)

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La última vez hablamos sobre la peor película para… ver si estás triste

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La frontera invisible

“I’m not here to know the things I cannot do, we’ve seen the outcome of the boys who didn’t fly”

Supongo que estoy harta de las despedidas. Curiosamente, una de las personas a las que despedí esta semana me regaló La invención de la soledad de Paul Auster y ya desde el comienzo, mientras armaba el post de hoy, volví a asombrarme por la manera en que los puntos se conectan. “(la muerte) sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad. Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la accidental podemos achacarla al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte, que no sabemos de qué lado nos encontramos. La vida se convierte en muerte…”. Auster comienza así su relato, a raíz del fallecimiento de su padre. Me hizo pensar en eso de lo que suelo escribir con frecuencia, acerca de cómo la vida es una sucesión de pequeñas muertes, y que esas pequeñas muertes son, esencialmente, las despedidas. Las buscadas, las que nos encuentran de modo imprevisto e incluso aquellas que son irremisibles, que forman parte de lo cotidiano. Sí, lo lógico sería que esas pequeñas muertes nos hicieran crecer, que en esa frontera invisible entre lo que se tuvo y lo que se perdió encontráramos algo de lo cual sostenernos para no caer en lo inevitable: el pensamiento de que todo pasa a ser un recuerdo. Como dice Auster, enfrentar eso, aún con menos entereza cuando ataca con desconcierto, nos pone en contacto con la mortalidad, nos hace mirar de frente, aunque no queramos, a cómo a medida que uno va despidiéndose se vuelve más consciente del fin de las cosas. No sé, es como si me observara a mí misma una década atrás, cuando la sensación de mortalidad prácticamente no existía porque era siempre reemplazada (o tapada) por otra: la de eternidad. Lo posible. Lo conquistable. Antolín, en su canción “Jóvenes y eternos” también escribió sobre esto: “Estoy cansado de tanta eternidad, prefiero el tiempo que dura un beso en la oscuridad”. Es decir, acabemos con el regodeo en esos desenlaces (“no le demos al final tanta importancia” diría, también, Fito) para que eso conquistable sea nada más y nada menos que lo inmediato. Sí, el presente. El presente y nada más. Antolín, a su vez, enarbola una seguidilla de afirmaciones: “Todos llevamos dentro de un Elliott muerto. Un Cobain muerto. Un Ledger muerto”. La lectura puede ser doble. Todos llevamos dentro a esos jóvenes que murieron pero se volvieron eternos y, también, todos estamos en contacto con la aceptación (mayor o menor) de esa irreductibilidad de la muerte. Debió haber sido esa mención a Ledger la que, inconscientemente, me hizo recordarlo como ya lo había hecho tiempo atrás. Y esa sí que es una pequeña muerte difícil de explicar, porque uno la sufre por lo que disfrutó de ver y por lo que quedó trunco. Pero también por lo que cuesta aceptarla. “Tal vez sea eso lo que cuenta: llegar a lo más profundo del sentimiento humano”, agrega Auster. Heath, en  mi caso, lo hizo. Cuando despide a Jack en Secreto en la montaña se lamenta, como podríamos lamentarnos nosotros, de todo ese futuro que ya no podrá ser. Sus palabras quedan por la mitad. Pero por la ventana se ve el campo, vasto, y un cielo abierto. La posibilidad. La posibilidad de volver a conquistar y de sentirnos, al menos por cuestión de segundos, en amos, en dueños, en conquistadores de lo eterno.

*1. Heath en 10 cosas que odio de ti:

*2. Heath en Secreto en la montaña:

*3. Heath en El caballero de la noche:

¿A qué actores y/o directores les gustaría tener de vuelta para una actuación/película más? ¿Qué “pequeña muerte” del cine los afectó?; Leo sus comentarios… ¡Buen miércoles para todos!

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* DE YAPA: Playlist de jóvenes eternos:

Jóvenes y eternos by Milagros Amondaray on Grooveshark

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El barón rampante

“Aquella profusión de ramas corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños, y se acaba.”

Trato de no pensar mucho en el porqué, simplemente disfrutarlo cuando sucede, pero hay veces en las que la perfecta convergencia de cosas me abruma. Por ejemplo: hace unos días releía El barón rampante de Ítalo Calvino. Es una novela que me deslumbra cada vez, un relato de iniciación sobre un joven que sube a los árboles motivado por un impulso rebelde, y termina encontrando un mundo nuevo, con códigos propios. Cósimo está decidido a abarcar un lugar que se rehúsa a ser tomado en toda su dimensión. Para aprehenderlo, deberá entablar una comunicación con la naturaleza y amoldarse a ella. Al mismo tiempo que redescubría este relato de aprendizaje, escuchaba En vivo desde la casa del árbol, el nuevo disco de Antolín, una reinterpretación de sus mejores canciones.

Como siguiendo el mismo patrón que Cósimo, Antolín hace un disco en el que siempre están en primer plano la ingenuidad, la niñez, el espíritu boy scout, el contacto con la naturaleza, lo primitivo. Pero no solo lo primitivo en relación a ese mundo nuevo (“Lo nuevo somos vos y yo”) sino también en relación al amor, al amor más puro e inocente, ese que lo lleva a implorar (“visitame todo el día y cada día de tu vida, el futuro ya pasó y ahora estoy esperando que vuelvas”) y que lo lleva a explicitar sus deseos más infantiles (“darte la mano y pasear por la diagonal y sacar muñecos de las máquinas”). En definitiva, tanto Cósimo como Antolín son dos jóvenes exploradores. Uno ansía “conocer y poseer aquel reino suyo” y el otro se considera un forastero, un retador del peligro capaz de combatir osos en el bosque por el amor de su chica (“seré tu escudo y te protegeré”).

[ANTI-EL OSO] “Solo en el bosque soy feliz”:

Leer la novela escuchando el disco fue la confirmación de que dos obras pueden entrar en sintonía, al menos cuando uno está abierto a esa intersección, a esa profusión de ramas sobre las que escribe Calvino. Porque saltar y saltar en los árboles, en el bosque, también me recordó a Stand by Me, a la construcción de un universo personal inquebrantable (El mundo mágico de Terabithia también habla sobre esto). Curiosamente, en todos los casos mencionados, hay una casa en el árbol, esa a la cual podemos subir todo aquello que queramos porque no hay nadie más que contamine ese conglomerado de objetos, de testimonios de nuestra personalidad. Como dice Antolín en una de sus canciones, “Quiero una vida en un lugar salvaje (…) días nublados junto a vos”. Juventud. Eternidad. En fin…nada más (y nada menos que) cosas extraordinarias.

* 1. Si tuvieran que elegir solo los imprescindibles, ¿qué películas, discos y libros subirían a su propia casa del árbol? ¡Comenten, vamos!

* 2. En relación al post de hoy, la semana que viene voy a hacer uno donde podamos ver en fotos las videotecas de todos; los interesados, manden durante esta semana una foto de su video/dvd-teca a milyyorke@gmail.com; ¡gracias!

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