“If you like it, it’s not stupid”

Hace tiempo que dejé de preguntarme si a medida que voy creciendo me voy volviendo más selectiva con ciertas cosas. Me lo dejé de preguntar porque sé la respuesta. Sí, me volví más selectiva. Me volví más impaciente. Me volví más intolerante. ¿Hacia qué? Hacia todo lo que básicamente implique una pérdida de tiempo. Las distintas variaciones de “vivir el presente”, las distintas frases que engloban el mismo concepto, podrán resultar trilladas, o incluso hiperbólicas, pero supongo que cada uno sabe hasta cuándo está haciendo lo que quiere y hasta cuándo está haciendo lo que debe. Es difícil no convertir eso de vivir el presente en algo catastrófico. Al fin y al cabo, no podemos pasar las veinticuatro horas del día rodeados de las personas que queremos y/o haciendo lo que queremos. Creo que parte de madurar es saber cuándo hacer concesiones y cuándo ser egoísta. Por bastante tiempo tuve la ingenua idea de que para sentirme feliz tenía que perseguir una meta algo inasible: repetir la sensación de placidez evitando todo aquello que no la provocara. Es ingenuo porque vivir así tiene un costo (cuando llega un día malo, se vuelve inabordable) y es ingenuo porque uno no está solo y porque no se puede perpetuar ese estado de comodidad. A veces, simplemente, uno tiene que pasar el tiempo con gente que no tiene ganas de ver. Me puse a pensar en esto hace poco, cuando experimenté algo similar, cuando me pregunté qué hacía en un lugar donde a nadie realmente le importaba lo que yo tenía para decir y donde la ignorancia (o el desconocimiento) derivaba automáticamente en prejuicio. Contrasté esa situación con otras, aquellas en las cuales no me cohíbo para hablar de lo que me gusta, y lo que me gusta va desde levantarme temprano para responder sus comentarios hasta, como expresaba Matías Rojo aquí mismo, vivir en un lugar lejos del mundanal ruido tan solo porque me hace bien. Y acá es donde entra en juego, nuevamente, el tiempo. Yo elijo dónde pasarlo y elijo dónde no perderlo. Estos pensamientos sueltos (o no tan sueltos, porque el cine siempre se encarga de unirlos) se hilvanaron con algunas frases de The Spectacular Now. “If you like it, it’s not stupid” le dice Sutter Keely (Miles Teller) a Aimee Finicky (Shailene Woodley) en relación a las historietas que ella disfruta leer. Ese momento, como tantos otros, conecta a la película de James Ponsoldt con uno de The Breakfast Club, aquel en el que se nos dice algo así como: “spend a little more time trying to make something of yourself and a little less time trying to impress people”. Un día antes de la publicación de fin de año, y en el prometido post de las citas, me adelanto al gracias. Porque en pocos espacios uno percibe que lo que tiene para decir o para mostrar no es estúpido. Gracias por hacerme sentir eso. Por hacerme sentir que el “do what you love and fuck the rest” no es un capricho: es una necesidad.

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MI PODIO DE CITAS DEL AÑO SE COMPLETA ASÍ:

 ► [A ROYAL AFFAIR]: “I would recognize you blindfolded”:

  

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 ► [SILVER LININGS PLAYBOOK]: “It’s a song, don’t make it a monster”:

  

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 ► [BEFORE MIDNIGHT]: “If you want true love, this is it, this is real life”:

  

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 ► [CLOUD ATLAS]: “I believe there is another world waiting for us, a better world; and I’ll be waiting for you there”:

  

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PERSONAJE DEL AÑO: TIFFANY MAXWELL

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¡Buen jueves, muchachada!: Hoy son más que bienvenidos a comentar en el penúltimo post balance con las siguientes consignas: *1. ¿Cuáles fueron las frases de película que más les gustaron de este 2013? *2. ¿Cuáles fueron los mejores personajes del año? Los invito a citar compulsivamente, algo que hacemos seguido por acá; ¡nos reencontramos mañana en el megapost de fin de año con muchas sorpresas!

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Lo mejor del 2013: Las actrices

Hace poco leí una entrevista en la que Noah Baumbach aludía a cómo el cine podía convertir una situación ordinaria en un evento extraordinario. Baumbach no se refería al cine desde las generalidades, sino más bien a cómo ciertos personajes llevan a su autor a crear esa clase de momentos, a cómo un personaje en particular puede propulsar un acto heroico para lo que es su mundo. De inmediato recordé Greenberg y algo sobre lo cual escribí por acá (y posteriormente en el libro), vinculado a cómo sobre el final Roger le demuestra a Florence que puede hacer algo por ella. Y esa demostración poco tiene que ver con lo que se consideraría “grande” o “llamativo”. Esa demostración es el hecho simple de colgar un cuadro en una pared y, sin embargo, en el contexto de Roger, ese hecho es enorme. Es un paso adelante para quien luego se quedaría sentado en una cama, mientras esa chica escucha un mensaje de voz que él le había dejado con total seguridad de que era lo correcto. Es un detalle. Pero ese detalle es sintomático de lo que alguien puede provocar en uno. No de todos podemos esperar lo mismo. No todos demuestran amor de la misma manera. A veces esos detalles se nos escapan. No siempre tenemos los ojos abiertos. Ese mismo concepto se reutiliza en la extraordinaria Frances Ha, la flamante película que Baumbach co-escribió con su protagonista, Greta Gerwig. Más allá de los homenajes velados (y no tanto) que se concentran en ella (desde guiños a Léos Carax, reminiscencias a la Nouvelle Vague y un cierto aire a los slackers de Kevin Smith y Richard Linklater), más allá de ser una obra que se define a partir de lo que hace su protagonista (los bailes de Frances, su salida a la calle al ritmo de Bowie, hablan de una película libre y encantadora), termina convirtiéndose, por sobre todo, en otro film de Baumbach sobre el gesto como la manera más depurada que tiene el individuo para llegar al otro. Porque Frances podrá mudarse de casa en casa (“I’m tired, I’m always so tired”), podrá sentir el peso de su edad en cada acción (“I’m not mad, I’m disappointed”), podrá autoconvencerse de lo que tiene que hacer según lo que digita el entorno (“I have so much to do, I think I’ll probably read Proust, because sometimes it’s good to do what you’re supposed to do when you’re supposed to do it”), pero en medio de ese desconcierto comprende que los vaivenes carecen de importancia cuando se sabe quién es la persona que estará (aún sin estar) para ayudarte (aún sin saberlo) a sobrepasar los ciclos. Así, el film de Baumbach se revela como una obra sobre la amistad, sobre lo que Sophie (una genial Mickey Summer) significa para Frances y sobre cómo ese significado llega mediante una epifanía. Todo está dicho en ese brillante monólogo donde Gerwig se luce, donde explica cómo un instante tan simple puede hablar volúmenes sobre los vínculos: “It’s that thing when you’re with someone and you love them and they know it, and they love you and you know it, but it’s a party! And you’re both talking to other people and you’re laughing and shining and you look across the room and catch each other’s eyes. But…but not because you’re possessive or it’s precisely sexual but because that is your person in this life. And it’s funny and sad but only because this life will end. And it’s this secret world that exists right there in public unnoticed that no one knows about. It’s sort of like how they say that other dimensions exist all around us, but we don’t have the ability to perceive them. That’s…that’s what I want out of a relationship or just life, I guess”. En esa confianza en el otro, en los gestos del otro, es donde reside la belleza de una película que, como su protagonista, baila con los días, con los cambios. En esencia: con la libertad.

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 ► [TRAILER] Greta Gerwig en Frances Ha:

Frances Ha - Official Theatrical Trailer from IFC Films on Vimeo.

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*MENCIONES ESPECIALES PARA…

Jennifer Lawrence (Silver Linings Playbook)

Sandra Bullock (Gravity)

Mary Elizabeth Winstead (Smashed)

Cate Blanchett (Blue Jasmine)

Julie Delpy (Before Midnight)

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¡Hola muchachada! Arrancamos el balance de lo mejor del año con la siguiente consigna: ¿Cuáles les parecieron las mejores actuaciones femeninas del 2013, ya sea en roles protagónicos como en secundarios? Espero sus comentarios así armo una galería con los aportes; ¡Que tengan todos un gran jueves! ¡Hasta mañana!

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 ► [GALERÍA]: Sus actuaciones femeninas favoritas del año:

  

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Para ver cuáles fueron las mejores actrices del 2012… HACER CLICK ACÁ

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Antes de la medianoche: Cada una de tus cosas

“…será un momento nada más, de eternidad, de esos que me das todos los días, todos los segundos, infinitamente, la alegría de vivir, el sentido que da la vida vivir contigo, en el cielo, en el suelo, en cada una de tus cosas…”

Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Fue como encerrarme en mi habitación y agarrar un diario íntimo del pasado para ver con qué parte de mí iba a encontrarme. Para ver si cambié o si sigo siendo la misma. Yo, con cada una de mis cosas. Para ver si a los treinta todavía quedaba algo de esa mujer que hace nueve años fue al cine, y quien nueve años después acumuló más experiencias (encantamientos, decepciones, todo en un permanente círculo de repeticiones), y en los que parecieron haber sucedido millones de cosas, y en el fondo no tantas, porque siempre vuelvo a lo mismo. El tiempo. Es el tiempo (“you and me have our own sense of time”) el que se convirtió en mi compañía, es al tiempo al que tengo que extenderle las manos con confianza, casi como esperando ser salvada por su sabiduría. El tiempo me ayudó y, asimismo, me condenó a pensar que hay vínculos invariables. El tiempo a veces me congeló en convicciones que ya no tengo, que eran puras especulaciones hechas sobre arenas movedizas. El tiempo también me arrastró hacia el pasado (“después, qué importa del después, toda mi vida es el ayer que se detiene en el pasado”), se empecinó en que vuelva a revisar en los cajones rastros de episodios que podían regresar bajo otra forma, o que al menos yo creía que podían hacerlo, esas fotos de una temporada en el amor. Esas cartas. Esos papeles que uno conserva como teniendo la certeza de que, al retomarlos, al sacarles el polvo, y sin abrir los ojos, nos permiten teletransportamos adonde desearíamos estar. ¿Pero querríamos realmente estar ahí o es solo el romanticismo que el pasado parece tener como cualidad intrínseca y que nos juega una mala pasada? “The past is the past, it was meant to be that way” y, claro: “certain things are better off forgotten”. El evocar es un acto tramposo. En el camino uno puede terminar engañándose, creyendo que si hubiese movido una ficha de modo diferente, las cosas se hubiesen resuelto de una manera mejor. Nunca peor. Uno nunca quiere pensar que simplemente las decisiones pudieron haber sido acertadas. Uno siempre le pone la connotación del what if. Por fortuna, el tiempo también me forzó a anclarme en lo cotidiano, me dio un respiro de sus movimientos pendulares y me hizo fijar la vista en lo más difícil: retroalimentar esos “ever-renewing desires” pero con la conciencia del presente (“I like getting older, life feels more inmediate”). Sí. Fue como encerrarme en mi habitación y tomar un diario íntimo del pasado. Me refiero a entrar al cine para ver Antes de la medianoche. No solo estaba por reencontrarme con Jesse y Céline sino conmigo misma. Con cómo eran (y son) las cosas. Antes de la medianoche es más que una película, es incluso complejo abordarla siguiendo el abecé de la crítica. Lo más cercano a una definición certera de la saga es pensar en ella como si fuera una persona, una persona con la que entablaste una relación tan profunda y significativa, que todo el vínculo es como un gran temblor que fue dejando sus réplicas. Antes del amanecer representa a los daydreamers, a la libertad, la promesa, la ingenuidad (“I feel some kind of connection…”); es la que le da entidad a quienes tienen impulsos y deciden seguirlos, a quienes parecen asombrarse con cada pequeño detalle que encuentran en cada lugar al que van, desde un cementerio hasta un parque de diversiones. Es el período de vacaciones que tan bien define la Céline de entonces: “when I’m travelling I kind of force myself not to expect anything from anywhere or anyone. And then, whatever happens is a surprise. The most insignificant thing can become and endless subject of interest”.  Incluso el relato de Jesse sobre la muerte de una de sus abuelas, a quien aseguró ver mientras regaba el jardín y se formaba un arcoíris, es incuestionablemente optimista. Porque fue ese suceso el que le hizo creer en la magia y le quitó su miedo a la muerte. Antes del atardecer, por otro lado, implica mirar hacia atrás, autodefinirse como “jóvenes y estúpidos”, para reconocerse en el presente como dos personas que, a pesar de haber dado pasos hacia adelante, no hicieron más que tirar manotazos de ahogado para recuperar lo que habían perdido cuando sus respectivos trenes dejaron Viena. Un libro (“This Time”) o un vals (“A Waltz for a Night”) funcionaban como métodos para sobrellevar el peso de ese “moment in time that is forever gone”. Sin embargo, aunque ellos hablen de cómo disfrutan crecer, sabemos que siguen inmersos en su propia burbuja, y Linklater los baña de una luz tenue y encantadora, haciéndolos ingresar a un ámbito cerrado (la casa de Céline) que paradójicamente se siente abierto a cualquier posibilidad. El tiempo suspendido se convierte en la prefiguración idealista por excelencia. La fantasía de que las responsabilidades se evaporen, las agujas no corran y podamos ser eternamente invadidos por esa sensación de eternidad que no muchas cosas generan. Una de ellas es el instante de intimidad con el otro. Esa cama de la que uno no quisiera levantarse nunca.

“I fucked up my whole life because of your singing”

“We are back in real time” dice Jesse en Antes del amanecer, adelantándose a la tercera parte de la saga. Jesse y Céline salieron de esa cama de esa casa de ese idílico barrio parisino y tomaron decisiones. Ahora están juntos, tienen dos hijas y varios conflictos (o uno grande que se ramifica) que están aguardando por salir a la superficie si alguien emite un comentario de más. Ver Antes de la medianoche se sintió como la experiencia de alguien que va corriendo hacia un cajón para corroborar que hubo un pasado que podía volver, o para ver cómo era ese pasado, para escarbar en la nostalgia. Ver Antes de la medianoche se sintió como bajar del cielo y poner los pies en el suelo, un suelo frío, áspero, incómodo. Tanto que dan ganas de volver a la cama y recordar esa reconfortante calidez. Por eso es más que una película. Esta vez, es alguien que súbitamente agarra tu costado idealista con el único fin de hacerlo añicos. Pero el problema no reside en la angustia que puede producir el verlos a ellos (o a nosotros, para el caso) más fácilmente irritables. De hecho, hay una razón por la cual las dos primeras partes de la saga se funden con naturalidad: los rasgos de Jesse y Céline, ese “core” del que habla ella, se mantienen. Son imperfectos aún en pleno idilio. Ya teníamos indicios bastante pronunciados de que Jesse era el escritor errante con cierta pedantería. No es casual que esa mujer apenas haya querido leerle la palma de sus manos en Antes del amanecer y que se haya limitado a un mero y sentencioso “he’s learning”. A Céline, en cambio, le dice lo siguiente: “you are interested in the power of woman. In a woman’s deep strength and creativity. You are becoming this woman”. Ése es uno de los puntos de más rebosante nobleza de la saga: nos define la esencia de sus personajes ya desde el comienzo. Antes de la medianoche, por el contrario, simboliza el quiebre pero haciendo recaer todo el peso del lapidario paso del tiempo en el personaje de Julie Delpy. Aunque parecen existir (tanto de un lado como del otro) razones valederas para alimentar rencores, la figura de Jesse se erige como la principal y la más conciliadora. Su conflicto es expuesto en la primera gran escena en el aeropuerto, que es de una economía de recursos extraordinaria (si hablamos de simetrías, aquí es imposible no asociar la carga positiva que tenían los aviones en Antes del atardecer y su final abierto con la carga negativa que tienen en esta tercera parte), cuando le toca presenciar, una vez más, la partida de su hijo. Luego del episodio (símil bomba de tiempo), Jesse sale del lugar y se reencuentra con la vida que armó, con Céline discutiendo sobre una ley medioambiental que no se aprobó, y con sus dos hijas (Nina y Ella, uno de los pocos guiños positivos a las películas anteriores, junto con el del pinball), y con otro viaje en auto donde vemos interactuar a quienes dejamos nueve años atrás como si el tiempo no hubiese transcurrido. Esa escena es magia pura. Los diálogos son de abundante velocidad, y la manera en la que Hawke y Delpy nos hacen reconectar con sus personajes como sabiendo que nunca los dejamos atrás es formidable. Es en el segundo acto – las menciones al teatro en el film tampoco son arbitrarias – donde se vuelve más notorio lo desdibujada que está Céline, quien no encuentra el momento de brillar y quien, cuando protagoniza una secuencia reminiscente a las anteriores entregas, lo hace con una inversión de las intenciones. Un ejemplo de esto es la visita a una pequeña iglesia, claro guiño al paseo por esa catedral de Viena, paseo que tuvo otro impacto en Céline (“it fascinates me how a single place can join so much pain and happiness, for so many generations”), impacto que ahora se reduce a gestos sexuales y un desencanto que incluso poco tiene que ver con Jesse o con su agotamiento acumulado. Uno de los momentos más conmovedores del film, curiosamente, tiene como protagonista a Natalia (Xenia Kalogeropoulou), a quien le ceden un emotivo monólogo sobre la transitoriedad y cuyas palabras bien podrían haber salido de la boca de Céline. Sin embargo, es ella quien ahora escucha, ya no es quien tiene la voz sobre esos temas, como sí sucedía en Antes del amanecer y su lectura sobre la obra de Seurat (“his human figures always seem so transitory”). El Jesse de Antes de la medianoche, por el contrario, sí se conecta con el de Antes del atardecer, al volver a relatar la idea de una próxima novela, nuevamente con interlocutores atentos, nuevamente con el tiempo como eje ineludible de sus aspiraciones creativas. Pero Céline no canta, Céline invierte su energía en discutir más que en ser “la reencarnación de Django Reinhardt” (uno de los retruques más hilarantes y angustiantes del film, que curiosamente fue escrito por Delpy). Céline, vuelvo a lo mismo, perdió la voz. El guión, contrariamente a lo que plantea la puesta en escena en el final donde encierra a los personajes (otro paralelismo con Antes del atardecer, solo que aquí la habitación es efectivamente opresiva), se ocupa más de machacar en el tópico de la batalla de los sexos – algo presente en las entregas previas, pero aquí absolutamente desproporcionado -, incluso trivializando la importancia que tiene para Céline el hecho de perder su independencia. Por algo uno de los instantes de guión más certeros es cuando expresa lo sola que se sintió en una situación en la que jamás pensó en hallarse. Ella en una casa, criando sola a sus hijas con un bagaje de inseguridades, mientras su pareja viaja o sale a caminar buscando inspiración. Esos minutos – vulnerables, tristes – se hacen eco de algo que jamás estuvo en duda: cuando los guionistas quieren, pueden pintarte en tres frases todo un panorama. Es decir, Linklater no tenía motivos para prolongar el plano de Jesse mirando a una joven para que entendiéramos el punto. Dos o tres observaciones de Céline pueden cumplir la misma función, eludiendo la obviedad y potenciando el sarcasmo.

“Still there, still there, still there…gone”

Por otro lado, Antes de la medianoche ocasionalmente se dedica a forzar algunas conversaciones (durante el almuerzo se alude a las relaciones y los cambios generacionales con una inexplicable falta de inspiración) que en otras oportunidades fueron sintomáticas de los respectivos caracteres de Jesse y Céline, y que aquí trastocan por completo sus pensamientos. En el film se produce, en off, la muerte de otra abuela. Lo sabemos: esto no se narra caprichosamente. A fin de cuentas, es la muerte de la abuela de Céline la que provoca el efecto dominó y retrasa el reencuentro en Viena. En esta oportunidad, fallece la otra abuela de Jesse y al tema ya no se lo aborda como entonces, con la imagen de su nieto viéndola mientras se forma el arcoíris. Acá el diálogo sobre la muerte es algo perezoso, menos trascendente, como si Linklater, Hawke y Delpy quisieran magnificar las consecuencias del desgaste de la pareja, pareja que ya no logra mantener una conversación sobre la muerte sin resultar desaprensiva. Podría ser un acierto si pensamos que Antes de la medianoche es una película que ataca visiblemente cosas antes celebradas (la barba roja de Jesse, motivo de enamoramiento para Céline, ahora desaparece ante sus ojos) para ilustrar la desidealización que tiene consigo toda relación que se prolonga en el tiempo. Pero para una saga que está sustentada en el poder del guión, de las palabras, de la comunicación, todo momento forzado es aún más notorio, como si no hiciera falta poner la lupa. Y es aquí donde reside mi conflicto interno con la película: sabemos a priori que es una obra sobre el desencanto. Pero una obra sobre el desencanto también puede ser virtuosa – de hecho, aquí Linklater se reprime de ese virtuosismo, hay dos primeros planos que desconciertan y que no tienen correlato con lo narrativo, y todo el camino previo al fundido a negro final carece de la fuerza del de Antes del atardecer-, también puede volver sobre reflexiones acerca de la muerte naturalizándola, y no por eso plantearla primero para abandonarla con liviandad después. Quizás por eso Antes de la medianoche es una película brutal, incluso siendo la más cínica de las tres con varios intercambios brillantes y divertidos (tanto en el auto como en el hotel hay intensos diálogos mediante los cuales Jesse y Céline se ríen de sí mismos y que son un verdadero triunfo,  operando como atenuantes del melodrama): porque está continuamente remitiendo a las entregas anteriores, pero pocas veces con una complicidad que nos deje respirar ante los inevitables choques. Asimismo, cuando lo hace a Jesse acercarse a Céline, sentada en una mesa, con la mirada perdida, es cuando más notamos hasta qué punto las cosas efectivamente cambiaron. Ahora es él quien le lee las manos, quien la pone a ella de cara a sus inseguridades, a la pérdida de su brillo, mientras nosotros aguardamos su reacción. Pero la mejor reacción, el instante donde Antes de la medianoche impacta con sus palabras (lo sabemos: ése es su fuerte), recae en los hombros de Jesse y esa imploración a Céline, esa necesidad por sacarle la venda de los ojos para mostrarle que la búsqueda de un ideal es un callejón sin salida. Que lo más cerca que se puede estar de la perfección es, justamente, sabiendo lidiar con lo imperfecto. Difícilmente se pueda procesar esa frase de manera inmediata, difícilmente se le pueda escapar a lo hondo que cala, sobre todo cuando la historia va llegando a su (momentánea) conclusión. Una de las características más fascinantes de la saga es su manera de presentarse autoconsciente, con ese famoso “test para ver si sos un romántico o un cínico”. De todas maneras, Antes de la medianoche nos priva ocasionalmente de esa posibilidad, nos deja todo al descubierto y en ciertos pasajes corrompe la fuerte base en la que se había cimentado: la simetría entre Jesse y Céline. Me leo y pienso en ella, en su “I’m not getting angry, I’m not getting angry” de Antes del atardecer y me percato de hasta qué punto me he definido (y me he sentido definida/representada) por esta saga. Hasta qué punto estas películas me acompañaron en mi vida, hasta qué punto años atrás hubo un Jesse, hasta qué punto me vivo reencontrando con viejas versiones de mí misma, con mis propias neurosis, inseguridades y planteos sobre el amor y su perdurabilidad.

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No. Antes de la medianoche no es una película más en mi vida. “I feel that life is just a series of momentary connections. I mean, of all the people you’ve ever known, how many of them are still in your life in any way?” preguntó una vez Jesse, a lo que Céline le respondió: “For some people, there are no real goodbyes. I think if you have a meaningful experience with someone else, a true communication, they are with you forever in a way”. Como siempre, ellos son los que ponen en palabras las sensaciones, son ellos quienes hablan por mí. Estas películas, incluso con una tercera parte menos homogénea, terminan volviéndose eternas para uno, terminan pasando por todos los estados: encantamiento, fascinación, decepción, angustia, despegue, aterrizaje. Todo, como en una relación. Como en ese vínculo al que siempre se vuelve. “I read my journal from ’83 the other day. What really surprised me is that I was dealing with life the same way I am now. I was much more naïve and hopeful, but the core, and the way I was feeling things, was exactly the same. I haven’t changed much at all” asegura Céline en Antes del atardecer y yo me pregunto si quizás Antes de la medianoche me desconcertó no por ser más “real” ni por esas miserias escupidas en una habitación de hotel sino porque, en su afán de querer poner los pies bien sobre el suelo, terminó perdiendo alguna de esas cosas que hacen de Jesse y Céline todo lo que son. Me pregunto si, en un punto, terminó perdiendo su esencia… 

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► [ESCENA] Uno de los mejores intercambios entre Jesse y Celine en Antes de la medianoche:

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► [DE YAPA]: Los trailers de la trilogía en un solo video:

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 ► [GALERÍA] Algunas de las más inolvidables citas de Antes del amanecer y Antes del atardecer:


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El momento de la verdad: ¿Les gustó Antes de la medianoche? ¿Cuál es su relación con la trilogía de Richard Linklater y qué opinan de este tercer film como posible cierre a la historia de Jesse y Celine? Imagino que el debate de hoy va a ser muy fructífero, ¡los leo, como siempre! Dejen sus comentarios…

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