American Hustle: La quimera del oro

Hoy en Cinescalas escribe: João Rodrigues da Silva

Hay una canción popular en mi casa que es importante explicar antes de decir algo acerca de American Hustle. En los 70, el cantante Raul Seixas lanzó un tema llamado “Ouro de Tolo” o bien “Oro de tonto”, por así decir. El tema en sí es muy bueno, y habla de un hombre que logró todo lo que quería, pero que sin embargo ingresó en una profunda decepción, no entendiendo bien todo lo que le pasó. Muchas veces cuando en la vida encontramos nuestros oros de tontos, y la sensación de “solo eso” o “esperé tanto para eso” es tan visible que casi se entra en el llanto o la decepción. Este año, como casi todos los años, nos llegan películas de puro oro y otras que son literalmente oro de tonto. Una que sin dudas genera ese debate es la nueva película de David O. Russell.

Cuando empezó el boom de la película con las críticas positivas en los Estados Unidos y al mismo tiempo el avance en determinadas premiaciones como el Globo de Oro y las indicaciones al Oscar me dejaran muy feliz. Así como la mayoría de todos acá, quedarán enamorados con la última película del director, y podrán compartir con amigos por qué sienten una identificación tan pura con la película que muchas veces generó que piensen: “¿David hizo eso pensando en mí?”. Para su flamante film, el realizador repite el mismo equipo que fue victorioso en su largometraje anterior, como el caso de Bradley Cooper y Jennifer Lawrence, pero al mismo tiempo convoca a dos grandes presentes en The Fighter: Amy Adams y Christian Bale. De ahí se inicia el “despertar”, cuando una avalancha de críticas mostraban a espectadores desilusionados con el film. Sé que quizás las expectativas se han convertido en una especie de monstruo en el cine actual. Me acuerdo de casos personales en los cuales tenía una expectativa gigantesca que se convirtió en oros de tontos. Buscando a Nemo, El Laberinto de Fauno, Let the Right One In, entre otros ejemplos. Sin embargo, al mismo tiempo, es bueno tener expectativas porque muchas veces son esos tipos de sentimientos los que hacen que el cine sea más rico. Una cosa es bien segura: cuando tienes un director o un actor en particular que siempre generan una confianza tan grande que sabés que vas estar delante de una buena película o quizás al revés, cuando ves una productora (en mi caso, con Millennium) o con un actor/director malísimo y se ve que pasa lo esperado. En el caso de American Hustle, hay que analizar por partes.

Uno de los mayores errores que he visto cuando se habla de la película es la inferencia casi sin sentido de que Russell quiere ser Martin Scorsese. Por la estética de los años 70 y la trama de estafadores para muchos y (de una manera muy errónea) recuerdan la estética de las películas del director de Goodfellas. Sin duda hay referencias, pero sin intento de hacer una película como las de Scorsese. En realidad, ya en la primera escena, en la relación de sus personajes principales teníamos una invitación que estábamos listos para mirar una película de David O. Russell y no de otro realizador. Viendo con mucho más cuidado, es interesante e imposible no involucrarse con el destino de Sydney (Amy Adams) e Irving (Christian Bale), dos personas que siempre tuvieron dificultades en sus vidas pero que cuando se encuentran por una casualidad, una sonrisa, un cariño de los dos… ambos con sus vulnerabilidades, conforman un vínculo tan verdadero que la única cosa que se desea es la felicidad de ambos. La vida de los dos cambia cuando un agente del FBI, Richie DiMaso (Bradley Cooper), los obliga a hacer una estafa para capturar la atención de un político posiblemente corrupto, Carmine Polito (Jeremy Renner).

Existe un conjunto de puntos claves para entender por qué esta película es una genialidad. La primera es la construcción de los personajes. Russell se preocupa desde el inicio de la película hasta el final que sus principales actores fluyan en sus roles y la prueba son las escenas de Jennifer Lawrence en la película. Hay secuencias en las que uno hasta siente el cambio en el tono de voz, demostrando así sentimientos muy encontrados todo el tiempo. El segundo punto reside en la química entre sus actores. Todos se encuentran de una manera armoniosa y decisiva. Un ejemplo es la secuencia del Studio 54 o la del museo cuando ocurre lo que quizá sea una pregunta eterna para el cine: “Who is the master? The painter or the forger?”. Pero ninguna secuencia va a estar a la altura de la del personaje de Bale y Adams en la tintorería. Todo lo que se ve en esa escena es mágica. Es la prueba de que pocos pueden transmitir esa sensibilidad como David O. Russell. Ya lo vislumbrábamos en Silver Linings Playbook y ahora lo hacemos acá. Pero es imposible no dejar pasar que mismo teniendo su fuerte (es un gran director de actores), Russell también falla en lo que son los peores close-ups que vi en mi vida. Muchos querían una película de estafadores llenas de excesos y trampas. Pero Russell pone una trampa aún mayor: cuenta una historia de un grupo de gente que intenta buscar un lugar en el sol mediante el engaño y que se termina involucrando con una estafa mayor que ellos mismos. Russell dijo que vendió oro, pero para muchos y al final… un oro de tontos. De todos modos, y más allá de si su película es oro o no, estamos frente a un proyecto único. Una joya rara del cine.

Por João Rodrigues da Silva

………………………………………………………………………………………….

 ► [ESCENA]: Amy Adams y Christian Bale en una secuencia de la película de David O. Russell:

  

…………………………………………………………………………………………………

 ► [DE YAPA]: Un especial sobre American Hustle:

  

……………………………………………………………………………………………………

¡Buen comienzo de semana para todos! Hoy, dos consignas: 1. Los invito a dejar sus impresiones sobre American Hustle, la nueva película de David O. Russell, ¿coinciden con las apreciaciones de Joao o disienten con ellas? 2. Por otro lado, me gustaría saber cuáles fueron las recientes decepciones cinematográficas que padecieron; los leo, muchachada; ¡que tengan un excelente lunes, nos reencontramos mañana!

…………………………………………………………………………………………………….

—> La última vez escribió Julieta Montero sobre… HER

…………………………………………………………………………………………………………

……………………………………………………………………………………………………….

[OFF TOPIC] Quería compartir con ustedes el hermoso video que hizo Carolina Torfano para la última etapa de recaudación de la película de Cinescalas; como saben, llegamos a la meta pero todavía restan catorce días para seguir sumando aportes; gracias a Caro y gracias a todos por el apoyo en este importante emprendimiento ;)

Cinescalas - La Película from Carolina Torfano on Vimeo.

……………………………………………………………………………………………………….

“You are nothing to me until you are everything”

……………………………………………………………………………………………………….

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Her: Sólo una pantalla, un espejo…

Hoy en Cinescalas escribe: Julieta Montero

“Our love is plastic, we’ll break it to bits, I want to break free, but will they break me?”  - Arcade Fire

*Aclaración: este es el post que originalmente iba a salir publicado ayer; por primera vez, habrá dos notas de una misma película/estreno, ya que mi texto sobre Her saldrá publicado en un par de semanas; ahora los dejo con la visión de Juli…

Nunca una filmografía me resultó tan coherente en su temática y líneas de fuga como la de Spike Jonze. Su preocupación principal está en explorar los contactos, el significado de estar con otros, comunicarse, amarse, intercambiarse. En esta exploración, se vale de lo fantástico (un fantástico naturalista y sin explicaciones) como recurso que le permite indagar sobre los límites. Y así en Her, como antes en Being John Malcovich, Adaptation y Where the Wild Things Are, existe un mundo imaginado paralelo a la realidad, hacia donde se escapan todas las preguntas…

Esta vez, son el tiempo y el espacio las variables que construyen ese otro universo. La historia sucede en un futuro inmediato, sin grandes cambios pero con una asepsia, una corrección y una presencia de las tecnologías potenciada casi evolutivamente, como en un mundo igual pero más. Y si el tiempo es mañana, el lugar ya existe: Los Ángeles, esa ciudad con vista al cielo y llena de construcciones de futuro, como el Walt Disney Music Hall o el Pacific Desing Center de César Pelli. Una ciudad que, por su arquitectura enorme e inabarcable, obliga a sus habitantes a delegar en los nuevos medios digitales las posibilidades de contacto. De eso habla Her, de cómo estamos con otros en una sociedad crecientemente mediada por las tecnologías, de cómo es y será el amor si seguimos igual pero más.

La excusa es un tristísimo y solísimo Theodore/Joaquin Phoenix (¿existe Phoenix en otro estado, acaso?), que se enamora de su nuevo sistema operativo, Samantha/Scarlett Johansson. A partir de ese momento, y con Arcade Fire de fondo, la existencia de Theodore transcurre entre dos amores fantasmales: la esposa que ya no tiene y su Siri transmedia y supersimétrica, creada especialmente para él (“I know you´re living in my mind/It´s not the same as being alive”). Como suele suceder en los mundos de Jonze, el entorno asume este amor entre humano y máquina con total corrección política, incluso cuando empiezan a hacerse evidentes las distancias de cualidad y dimensión entre los mundos de uno y otro (“If telling the truth is not polite/ then I guess you´ll have to fight”). Es en esta dinámica donde encuentro preguntas que me persiguen desde hace tiempo y en la que vislumbro respuestas más pesimistas que nunca.

En su libro Hello Avatar, Beth Coleman plantea que aquellos que vivimos conectados a otros a través de nuestros dispositivos digitales, ya no habitamos en la realidad o en la virtualidad, sino que transitamos cada vez más en el medio, en una x-realidad donde tiene poca importancia cuándo el contacto es de carne o de espíritu. Ya no estamos solos, cargamos a nuestros amigos, amores y contactos en el celular, de tal modo que estar sentado en la computadora se transformó en un momento más social que individual. Lo bello de Her es que agrega a ese contexto una (y sólo una) variable novedosa: la inmaterialidad del otro. ¿Hay alguna diferencia si el que está del otro lado tiene existencia real? ¿O alcanza con compartir lo mundano y lo extraordinario, aunque el otro sea un conjunto  (aunque no predeterminado) de ceros y unos? Seguro hace un rato hubiera dicho que no, que no alcanza, pero ahora vivo la vida post-Her. Ahora, no sé: ese paseo por la playa, feliz de cara al sol, rodeado pero en la intimidad del otro, no parece menos feliz o menos paseo porque Samantha sólo sea una inteligencia artificial.

Seguramente, lo acepto, toda esta lectura tenga que ver con que trabajo en cuestiones vinculadas a la comunicación y las nuevas tecnologías. O con que muchos de mis vínculos laborales y sociales, incluidos aquellos con los cinescaleros, suceden en el espacio virtual y gracias a la creciente conectividad y ubicuidad de los medios. O con que hace dos meses que estoy enamorada del disco Reflektor de Arcade Fire, que en mi mente se hace las mismas preguntas que me plantea Her. Juntos, película y álbum, me sugieren una visión oscura de lo que se viene, especialmente en relación a qué significa estar juntos hoy, cuánto de alma o de reflejo hay en el intercambio sin cuerpo que sucede a través de las tecnologías y hasta dónde podemos llegar antes de cuestionarnos la neutralidad de este mundo que deviene a nuestro alrededor.

Por Julieta Montero

………………………………………………………………………………………….

 ► [ESPECIAL]: Un imperdible mini documental sobre Her:

  

…………………………………………………………………………………………………

 ► [ESCENA]: “Falling in love is a crazy thing to do”:

  

……………………………………………………………………………………………………

¡Buen martes para todos! Hoy, tres consignas: 1. ¿Vieron Her? ¿Qué opinión tienen de la película de Spike Jonze? 2. A raíz de la nota de Juli, me gustaría que compartan cuál es su relación con lo “virtual”, y cuánto espacio le dan en sus vidas3. Por último, es hora de hablar de Joaquin Phoenix y qué actuación de él les ha quedado más grabada; en breve sale mi análisis de Her, pero no quería dejar de felicitar a Juli por el suyo; ¡buen martes para todos y nos vemos mañana, por supuesto!

…………………………………………………………………………………………………….

—> La última vez escribió Tais Gadea Lara sobre… BLACKFISH

…………………………………………………………………………………………………………

……………………………………………………………………………………………………….

……………………………………………………………………………………………………….

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Si está Joaquin Phoenix, la veo

La nombro en muchos posts. De hecho, la nombré este lunes. Como un avión estrellado. La nombro porque se estrenó en un momento en el que parecía que su director, Ezequiel Acuña, me estaba leyendo la mente. Cuando terminé de verla y llegaron los créditos, me sentí vacía (por la tristeza que viene con ese final), pero al mismo tiempo completa. Muchas obsesiones de mi universo personal las había visto ahí en pantalla. Un chico que se tira al pasto. Una chica que baila con Radiohead. Un avión que despega. El disco Grace de Jeff Buckley. La sonoridad del silencio. La vida que sigue a pesar de las ausencias. Salinger. Fuguet. Cómo Nico se imagina el amor con Luchi. Cómo Nico se imagina la manifestación de ese amor: en un bosque mientras Mi pequeña muerte canta “en realidad, mi pasado es todo un desastre; si quieres cambiarlo, no me negaré”. Desde ese instante supe no solo que seguiría de cerca el cine de Ezequiel sino que hay películas que, cuando logran aunar inquietudes personales (los pormenores de la melancolía, por ejemplo) y aditamentos bien específicos (vuelvo a Grace) ya de por sí se convierten en favoritas de manera instantánea. Incluso antes de verlas. Pero este post – contracara de aquel que tuvo como protagonista a Sean Penn – no surgió tanto por el cine de Acuña como por el hecho de haber visto el trailer de Her, la nueva película de Spike Jonze. Es raro, pero sé que me va a gustar o que, aunque tenga falencias, las podría pasar por alto. Pienso en que la banda sonora es de Arcade Fire. Pienso en Joaquin Phoenix enamorado de alguien a quien no puede tocar (lo que me remitió al episodio “Be Right Back” de Black Mirror). Pienso en Rooney Mara. En Amy Adams nuevamente al lado de Phoenix diciendo cosas como “falling in love it’s a crazy thing to do, kind of like a form of socially acceptable insanity”. Pienso en el universo de Jonze, en la música de Karen O. Pienso en todo eso y estoy convencida de que voy a querer explorarlo, y encontrar más planos, encontrar más canciones, encontrar otra historia de amor que me conmueva. La última vez que me sucedió algo similar fue cuando una mente brillante (quien sea que haya sido) usó un cover de “Creep” para el trailer de The Social Network. Después de atestiguar esa amalgama pensé: “no, esta no va a ser una biopic más”. Y vaya si estaba en lo cierto. 

……………………………………………………………………………………..

 ► [TRAILER] HER (Joaquin Phoenix+ Rooney Mara + Amy Adams + Spike Jonze + gran banda sonora = aaaahhhh!):

………………………………………………………………………………………….

Este miércoles, una consigna: ¿Qué componentes tiene que tener una película para “comprarlos” de antemano y hacerlos ir a ciegas a la sala? Como hicimos con el post de Sean Penn, la idea es dejar frases del estilo de “si actúa x  la veo”, “si es de género x la veo” , “si la banda sonora es de x la veo”,”si la dirige x la veo”; como siempre, leo sus comentarios; nos reencontramos mañana, muchachada; ¡que tengan un buen día! ;)

………………………………………………………………………………………….

 ……………………………………………………………………………………………..

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

The Master: ¡Yo ya estaba curado!

“Did I fall or was I pushed…then where’s the blood?”

Atención: se revelan algunos detalles del argumento

“El hombre se ha liberado de la religión y ha saludado la muerte de sus dioses; las imperativas lealtades de la antigua nación-estado se desvanecen y los viejos valores éticos y sociales van desapareciendo. El hombre del Siglo XX flota a la deriva en un bote sin timón que surca las aguas de un mar desconocido; si quiere sobrevivir, debe tener algo en qué ocuparse, algo que sea más importante que él mismo”. Esto fue escrito, hace tiempo, por Stanley Kubrick. ¿A raíz de qué? Uno puede pensar que se vincula directamente con todo lo que yace en La naranja mecánica, obra que plantea, esencialmente, lo amorfa que es la noción de “sociedad” y los variables que pueden ser los métodos para adaptarse a ella. La pregunta sería: ¿el hombre puede efectivamente moverse dentro de un orden o termina, como el propio Kubrick lo ha dicho, como un bote sin timón en una odisea interminable? Su cine está compuesto por una sucesión de individuos que se adentran en pequeñas cruzadas con destinos inciertos, desde un Alex que se vuelve víctima de sus propios métodos (toda su relación entre tortuosa y juguetona con la música, ya sea con Gene Kelly o con Beethoven) hasta un William que en Eyes Wide Shut sale a la calle sin saber no solo dónde va a terminar sino qué papel está jugando en ese recorrido signado por los misterios. A Kubrick no le gustaba que esos misterios se resolviesen, más bien se regodeaba en la idea de que, al estar todos inmersos en un mar de fatalismos, por lógica vamos a oscilar entre las polaridades, y vamos a terminar decidiendo no tanto por voluntad propia sino más bien porque el mundo nos está empujando a elegir, incluso con crueldad. La crueldad de no poder responder por uno mismo, de estar sujeto a algo externo, siendo uno casi un ornamento, un componente instrumental. Finalmente, la decisión pasa o bien por hartarse de la presión y volarse la cabeza (Gomer Pyle en Full Metal Jacket) o, por el contrario, por no sucumbir a la idea de “normalidad” y lejos de cuestionar, seguir actuando con las mismas reglas que se tenían desde un principio (el propio Alex en el final de La naranja mecánica). Ese planteo idéntico al de Rousseau de que cuando un hombre pierde la capacidad de elegir deja de ser quién es (“renunciar a la libertad es renunciar a ser un hombre”) se despliega en toda la novela de Anthony Burgess para luego ser acogido por Kubrick porque responde a cada una de sus obsesiones, siendo la primordial la de la impotencia del ser humano en ese entorno ya infectado. ¿Acaso existe una tercera alternativa? ¿Acaso es necesario, imperativo, fundamental decidir entre esos dos polos o se puede estar en un plano intermedio? ¿Acaso se puede estar permanentemente a la deriva? ¿Es esto plausible?

“Talkers are no good doers: be assured we come to use our hands and not our tongues”

No es casual que Paul Thomas Anderson se pregunte todo lo antes mencionado en The Master, su película más hermética hasta la fecha. A diferencia de Magnolia, Embriagado de amor o incluso de Petróleo sangriento, su sexto largometraje se/nos interroga sobre muchísimas cuestiones (¿Qué es la libertad? ¿Qué es la normalidad? ¿Qué es la enfermedad? ¿Qué es la cura?) jamás permitiendo que sus personajes expliciten las respuestas. The Master es, en realidad, una película que cuestiona desde su percepción caleidoscópica de las cosas. No por nada esos interrogatorios entre Freddie Quell y Lancaster Dodd son prometedores pero eventualmente fútiles. Inertes. Porque sí, Freddie repite su nombre más de tres veces. Freddie puede decir él mismo quién es. “Freddie Quell. Freddie Quell. Freddie Quell. Freddie Quell”. Pero, ¿qué encierra un nombre? ¿Cuánto de verdad hay en él? ¿Cuánto más podemos saber de Freddie a medida que él ratifica su identidad en ese primer ejercicio que le propone Dodd? No demasiado. Y cuando menciono esa visión caleidoscópica – incluso mostrada en algunos afiches del film -, me refiero a que el título The Master es, también como ese nombre, un título que no le pertenece a nadie. ¿Quién es el maestro y el discípulo en esta película? ¿Lo es realmente Dodd o lo es Peggy, una figura incluso más enigmática que la de Freddie? Anderson juega con nuestras percepciones. El hombre errante no tiene por qué ser, necesariamente, el hombre más complejo o difícil de descifrar. Lo de Freddie es mucho más primitivo que lo de Dodd, sí. Lo de Freddie es ir con la corriente, moverse siempre sobre el agua, viajar (porque… “how else do you get some place?”), tomar una moto y no mirar atrás. Sin embargo, esto no implica que sea más impenetrable que Peggy o que Dodd, quienes saben qué decir y en qué momento decirlo, pero a la vez se mueven con una ira subyacente (extraordinarios los dos exabruptos de Philip Seymour Hoffman, en especial en una secuencia con Laura Dern), que los lleva no solo a reprimir esos deseos primitivos que para Freddie, y por el contrario, son absolutamente indomables.

Porque a él lo conocemos masturbándose junto al agua o abrazando a una figura femenina hecha de arena. Se supone que él es el animal, es él quien, a los ojos de la sociedad, es el enfermo que necesita irremediablemente de una cura. Sin embargo, Anderson – en otro notable homenaje a Kubrick de los tantos que hay en su film – nos muestra una fiesta con ojos desnudos, para luego confinar a Dodd y a Peggy en un baño, donde ella lo masturba para evitar que él ejecute cualquier tipo de fantasía que haya concebido (homoerótica o no, depende de cómo uno interprete determinados diálogos con Freddie). The Master es una película sobre la arbitrariedad de la mirada y sobre la arbitrariedad, también, del instinto. Anderson modera su meticulosidad con un resguardo de las emociones que se muestran exacerbadas solo en momentos puntuales y, curiosamente, en aquellos en los que la música funciona como disparador (otro rasgo que comparte con La naranja mecánica). Porque si Freddie es quien necesita un remedio, un guía, un acompañante para no perder el rumbo (o para encontrarlo), ¿por qué es Freddie el único en mostrarse vulnerable ante un recuerdo, ante Doris, ante el pasado, las cartas y esa voz a la que quiere regresar? “I want you to place something in the future for yourself” le ordena Peggy, a la noche, antes de darle un beso en la mejilla. Para ella, si no hay destino fijo, si no hay compromiso con “la causa” (“this isn’t fashion”), eso equivale a que el hombre está, efectivamente, perdido. Sin embargo, Freddie llora en dos oportunidades (lo de Joaquin Phoenix aquí y en todo el film es sencillamente hipnótico y descomunal, una interpretación creada de la nada). Freddie llora cuando recuerda la voz de Doris cantando y cuando lo escucha también a Dodd cantar sobre el final. Entonces, ¿es Freddie quien no conoce su destino o es Freddie el único en saber el lugar al que quiere regresar aunque ya no exista, y con el correr como tercera y última alternativa?

“When a man cannot chooses, he ceases to be a man” 

“Away”. Ésa es la única palabra que dice Freddie, al menos la única palabra que se permite decir sin pestañear, porque “lejos” es algo tan vacío como su propio nombre, es algo tan vacío y relativo como los monólogos de Dodd, todos cargados de frases seductoras, persuasivos en su forma, pero desprovistos de contenido para quien los escucha más de una vez. Por eso, no importa si The Master es una película sobre los inicios de la cienciología o una película sobre las consecuencias de la guerra. Probablemente no sea sobre ninguna de las dos. Lo que importa, más que otra cosa, es cómo su visión de la humanidad está arraigada a preconceptos sobre la libertad y el (auto)conocimiento. En una de las primeras escenas nos encontramos con una idéntica a la del hospital de La naranja mecánica, excepto que aquí Freddie se somete al test de Rorschach. En ambos casos, sin embargo, tanto él como Alex conciben respuestas de contenido sexual gráfico, fuerte y directo, que son, para la mirada del resto, las respuestas equivocadas. En ambos casos, también, los dos son sometidos a una figura de autoridad, quienes vendrían a representar el orden (el gobierno por un lado, y la causa de Dodd por el otro); y en ambos casos, a su vez, las distintas terapias de condicionamiento no son efectivas. Tanto Alex como Freddie no evolucionan más allá de la cantidad de circunstancias de las que son participantes activos. Ninguno de los ejercicios de Dodd pueden frenar a Freddie, quien se aleja en una moto cuando se le presenta la oportunidad o quien disfruta del sexo antes de volver a tirarse en la arena. Lo mismo sucede con Alex y el tratamiento Ludovico, que busca “corregirlo” sin éxito, ya que eventualmente él vuelve a concebir una orgía en su mente. “¡Yo ya estaba curado!” son sus últimas palabras. La ironía no pasa inadvertida. Para su mirada, para su verdad, no hay nada enfermo en su conducta. Él es así y no intenta disfrazarlo.

♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦

En The Master se nos plantea lo mismo, la verdad vuelve a ser moldeada no tanto al antojo de Anderson sino al antojo del espectador, independientemente de los brillantes guiños (el barco donde se encuentran Dodd y Freddie se llama Alétheia: “Verdad” en griego). La película comienza con el sonido del agua y termina casi del mismo modo, no sin antes proveer una conversación en una habitación tan amplia pero a la vez tan opresiva (reminiscente, sin dudas, a la de Daniel Plainview cerca del final de Petróleo sangriento en esa dura charla con su hijo), donde Dodd, el hombre que asegura tener la respuesta sobre todo (“I have unlocked and discovered a secret to living in these bodies that we hold”) es el hombre que se enfrenta a una proyección de sí mismo (Freddie), quien vendría a configurar toda su parte explosiva. Freddie es el actante de todo lo pasivo que pasa por el cuerpo y la mente de Dodd. Y Dodd lo sabe. Por eso le canta “I wanna get you on a slow boat to China”, porque sabe que va a quebrarlo, y así lo castiga como un manotazo de ahogado para reconciliarse con la parte de sí mismo que esconde y esconde, mientras Peggy está a su lado, en un sitial no menos superior al de él (por eso la nomenclatura “The Master” es atribuible a cualquiera de los tres, pero más que nada a ella). The Master es una película sin respuestas, es una película que nos obliga a escudriñar, a meter las manos en la arena en busca de algo que no sabemos bien qué es. “If you figure out a way to live without a master, any master, be sure to let the rest of us know, for you would be the first in the history of the world” le pide Dodd a Freddie. Desde Kubrick que la paradoja del libre albedrío no había encontrado un mejor director para abordarla. A fin de cuentas, Anderson nos deja a nosotros mismos a la deriva, mientras, con cierta ironía, se ríe de lo que no podremos descubrir nunca, y se ríe a través de Freddie y esa poción mágica que prepara, suerte de símbolo de la película misma. Dodd le pregunta: “Cómo científico y conocedor, no tengo ni idea de qué contiene esta extraordinaria poción, ¿qué hay en ella?”. A lo que Freddie responde: “Secretos”.  

………………………………………………………………………………

► Les dejo mi escena favorita de The Master:

…………………………………………………………………………………………..

► DE YAPA: La banda sonora de Jonny Greenwood:

The Master by cinescalas on Grooveshark

…………………………………………………………………………………

¿Vieron The Master? ¿Qué impresión les produjo? Los invito a debatir sobre la película y sobre el cine de Paul Thomas Anderson; de yapa, elijamos el mejor papel de Joaquin Phoenix; ¡Espero sus comentarios! ¡Buen martes para todos!

………………………………………………………………………………………

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Oscars 2013: Las actrices

Al igual que el sábado pasado, les dejo otra de las entrevistas en conjunto que realizó The Hollywood Reporter, en este caso focalizada en las actrices que posiblemente más premios se lleven el próximo año por sus actuaciones en el 2012. Forman parte del intercambio: Helen Hunt (The Sessions), Rachel Weisz (The Deep Blue Sea), Marion Cotillard (Rust and Bone), Naomi Watts (The Impossible), Anne Hathaway (Les Misérables), Sally Field (Lincoln) y Amy Adams (The Master). Particularmente me gustaron mucho las anécdotas de Sally Field y algunas observaciones de Rachel Weisz, quien está más encantadora que de costumbre. Que la disfruten.