Sus películas del año (y un video de regalo) (y una nueva playlist) (¡y Feliz 2014!)

Foto: Ezequiel Saul

“Seguiré, igual lo haré, aunque todo esté mal, lo haré” - “Tanta Gente” (Estelares)

“Antes no quise estar. Ahora sí”. Siempre me impactó esa frase que escribió Moretti. No me sorprende que sea oscura. Al fin y al cabo, gran parte de las canciones de Estelares lo son. Sí me afecta la connotación del “estar”. ¿Estar vivo? ¿Estar presente? ¿Estar despierto? ¿Estar alerta? Puedo añadirle cualquier adjetivo y, sin embargo, creo que el “estar” tiene, para cada uno de nosotros, un significado completamente diferente. Recuerdo con claridad mi momento de no querer estar y lo asocio al no querer estar conectada. Conectada con el entorno. Conectada con las pasiones. Conectada con la escritura. Conectada, en definitiva, con la belleza. Me recuerdo como entumecida, como impenetrable, como indiferente a las pulsiones y aún hoy, bien lejos de esa sensación, ese recuerdo me aterroriza. Porque ese “antes” que equivale a un “no querer” implica que el no poder sentir las cosas, o no poder ver conexiones en todos lados como diría John Green, es casi lo mismo que estar perdido. Ya lo conté en ese post que simboliza el espíritu del blog y que hoy funciona como una suerte de parábola de mi 2013. El haber estado perdida o desconectada de las cosas fue lo que me condujo a la creación de un lugar donde me sintiera más acompañada. La compañía vino, en primera medida, de las palabras. Hay situaciones en las que uno se amolda a los demás, en las que uno deja de ser uno, no por hipocresía, sino porque sencillamente hay que adaptarse, hay que filtrar, hay que medirse. Sin embargo, todos, en algún momento del día, estamos a solas con el pensamiento. Y ahí no nos mentimos. Ahí somos nosotros. Ahí recordamos, nos refugiamos en la nostalgia, nos autoimponemos cambios, cumplimos fantasías, no nos traicionamos. Me pasa algo así cuando escribo. Encuentro compañía en las palabras porque esas palabras son el testimonio de lo que siento/creo/pienso en ese determinado momento, y eso me ayuda a (re)conocerme mejor. Pero aunque la compañía pueda provenir de uno mismo (somos quienes más nos conocemos y, al mismo tiempo, quienes más batallamos para poder cambiar), la conexión necesita de alguien más. Quién hubiera pensado que el “antes no quise estar conectada” iba a encontrar su correlación más literal con un blog. Me quiero ceñir a lo fáctico: desde que empecé a escribir acá en el 2010 que mi conexión con las cosas se enriqueció. No solo porque escribo más. Porque leo más. Escucho más. Miro más. Asocio más. Anoto más. Absorbo más. Y es todo tan azaroso porque quizás lucho con un post (de esos que cuestan) y meses más tarde alguien lo lee y se identifica con él y ya no tengo que cuestionarme para qué (o para quién) escribo. Escribo porque quiero estar conectada con los demás.

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“Se trataba de encontrar un significado en lo que se produce y se desecha en masa y que, al fin y al cabo, nos rodeaba a todos diariamente. Filtrarlo y encontrar algo de belleza en todo eso. Échale un vistazo: está ahí”. Eso escribió Jarvis Cocker en relación a cómo la palabra “Pulp” debía representar a la banda. Lo que dice Jarvis es real. La búsqueda de la belleza es lo que nos mantiene en movimiento. Y esa belleza, como siempre, habita en los detalles. La belleza este año (y en relación al blog) fue abrir una caja y ver mi libro, fue caminar seis cuadras muchas veces para mandarlo por correo, fue verlos a ustedes con el ejemplar en la mano. La belleza este año también fue ver una película que dolió pero fue ese dolor el que me motivó a escribir sobre ella. La belleza fue armar una playlist o ver los videos que filmaron. La belleza también fueron las conversaciones. Como cuando conversamos acá. Como cuando conversamos por fuera. La belleza está en ponerles rostros a los nicks o en cruzarme con alguno de ustedes en un recital indie, o en dar y recibir abrazos, o en buscar la foto perfecta para un post que hayan escrito. Sí, Jarvis tiene razón. La belleza está ahí, solo hay que saber buscarla, o no perderse uno para encontrarla. Por eso Moretti también asocia la carencia de percepción con la tristeza: “no se ve bien la belleza, es casi igual que ser infeliz”. Creo que por eso disfruto escribir sobre películas tan disímiles como Bombal o The Vicious Kind. Porque me gusta encontrar algo luminoso en ellas. Ya sea la prosa endiablada de María Luisa que iría a salvarla, o la autodestrucción de Caleb para poder resurgir con menos culpas. Y acá me quiero detener, otra vez, en lo fáctico. Muchos de ustedes llegaron acá en un momento difícil y encontraron algo que los hizo quedarse. Ese “algo” varía, ese “algo” puede ser articulado de distintos modos, ese “algo” puede ser una película o puede ser una interacción en los comentarios. Puede ser una especificidad y simultáneamente una cosa abstracta. Puede ser que cuando el “antes no” se convirtió en un “ahora sí”, yo empecé a conectarme y naturalmente la conexión se reprodujo. Se formaron vínculos y esos vínculos devinieron en detalles: el disco del blog, ustedes en el epílogo del libro, la remera, las reuniones, la necesidad de corroborar que si no estamos solos en muchas cosas es porque esto jamás se sintió virtual. Por eso, no hay mejor imagen para ilustrar este post que la de esa corrida en tiempo suspendido. Una suerte de metáfora de que hoy sí quiero seguir corriendo y espero poder tener ganas de hacerlo siempre. No quisiera volver a ese antes. No después de haber conocido el ahora. Un ahora que se renueva día tras día, un ahora que es el regalo que ustedes, sin darse cuenta, me hicieron cuando comentaron por primera vez. Mi agradecimiento es tan vasto como los motivos por los cuales lo siento. Hoy siento decirles gracias por darme un ahora. Yo les prometo, para el año que viene, más posts, más consignas, más conexiones. Un después.

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 MI TOP FIVE DE PELÍCULAS DEL AÑO:

 *1. Silver Linings Playbook (David O. Russell)

 *2. Tabú (Miguel Gomes)

*3. Gravity (Alfonso Cuarón)

*4. Frances Ha (Noah Baumbach)

*5. The Place Beyond the Pines (Derek Cianfrance)

 MI PODIO DE SEIS MENCIONES ESPECIALES:

*1. Locaciones (Alberto Fuguet)

 *2. Drinking Buddies (Joe Swanberg)

*3. Cloud Atlas (Lana y Andy Wachowski)

*4. Laurence Anyways (Xavier Dolan)

*5. La herida (Fernando Franco)

*6. El desconocido del lago (Alain Guiraudie)

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AHORA SÍ: SUS PELÍCULAS DEL AÑO:

Cinescalas - Video Fin de año 2013 from lanacion.com on Vimeo.

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*De yapa: Como siempre en esta clase de posts, les dejo un compilado que encontré con lo mejor del año; si bien en este no van a poder ver todas las películas del 2013 sino una selección, se trata de un video insuperable a nivel edición y musicalización; ¡que lo disfruten!

THE 25 BEST FILMS OF 2013: A VIDEO COUNTDOWN from david Ehrlich on Vimeo.

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] 100 canciones que marcaron nuestro 2013 (y el de Cinescalas); ¡que la disfruten!

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¡Hola muchachada! Ya hemos llegado al post de fin de año y los invito a celebrarlo juntos y a responder estas dos consignas: *1. ¿Cuáles son sus cinco películas favoritas del 2013 + su podio de menciones especiales? *2. Como no podía concluir el año sin una playlist, dejen sus aportes de las mejores canciones del 2013, o de aquellas que marcaron estos doce meses así armo una nueva lista de reproducción para este día especial; ¡Espero sus comentarios! Que tengan un excelente festejo de fin de año y que comiencen el 2014 lo mejor posible; Gracias por estar siempre acá y nos reencontramos el jueves 2 de enero para iniciar nada menos que el cuarto año de CINESCALAS ¡Felicidades para todos!

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¡FELIZ 2014, MUCHACHADA!

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Encontré un amigo. Mi mejor amigo. Encontré un doble. Por fin.

Pienso. Pienso. Pienso. Pienso todo el tiempo. Pienso por demás, claro. Sobreanalizo las cosas. ¿Por qué lo hago? El proceso sería algo así: a veces creo saber lo que va a suceder en el futuro inmediato, entonces busco el modo de adelantarme al hecho, como si estuviera andando en bicicleta y alguien me estuviera pasando y yo pedaleara para estar primera y poder decir “claro, este iba a ser siempre el resultado”. Lo de sobreanalizar las cosas, estimo, también se relaciona con una suerte de autoboicot, o con tener la certeza de que algo va a suceder porque nos movemos dentro del mismo espiral, y los resultados no podrían variar demasiado. Sin  embargo, ese pedaleo para llegar a la meta y ganarle a una cosa abstracta (no sé bien a qué…. ¿sería el ganarle a lo que yo pienso que es inevitable?) es una acción, un mecanismo, que se suscita cuando creo hallarme en un terreno intermedio. ¿Cómo lo explico? Supongamos que súbitamente debo lidiar con los pormenores de una situación novedosa y se presentan dos vías: disfrutarla tal cual es sin desglosarla punto por punto o enredarme en todas mis limitaciones hasta decir “no puedo” incluso antes de comenzar el pedaleo. Enredarse es, justamente, el verbo clave. Porque soy consciente de cuál es la alternativa más saludable y, aun sabiéndolo, me inclino por la segunda como si una parte de mí quisiera estar siempre complicándolo todo. La primera vez que leí Mala onda pensé que era imposible que un adolescente de dieciocho años estuviera hablando por mí. ¿En qué me convertía eso? ¿El espejo me devolvía a otra adolescente moviéndose siempre en el plano de lo incierto? ¿O la incertidumbre es algo universal, y son solo unos pocos afortunados los que saben lidiar con ella?

Alberto Fuguet abre su novela homenaje a El guardián entre el centeno con una letra de Mike Patton: “Indecision clouds my vision (…) I’m somewhere in between (…) somebody put me together”. Cada una de esas frases se esparcen a lo largo del viaje del protagonista Matías Vicuña, viaje atravesado por esos tres tópicos. En primer lugar, la indecisión, que lo conduce a repetir de manera incesante el “creo, creo, creo”, lo que no solo revela lo inseguro que está de las cosas sino también lo mucho que le falta conocer(se). Es decir, ¿realmente creo que esto es así o me engaño porque no sé qué postura tomar?. En segundo lugar, está el hecho de moverse en los grises. Algunos podrán con eso. Matías no. Matías se enamora y lo arruina, y lo arruina porque ese sentimiento es más fuerte que su capacidad para adaptarse a él minuto a minuto. “Si esto es la felicidad, ¿por qué pienso en otra cosa?” se pregunta. No puede disfrutarlo, y en un punto encuentra en amar a Antonia a la distancia, en verla con otro, en pelearla (“odio casi todo lo que hace, detesto cómo piensa, me fascina cómo le cae la ropa, me calienta su inteligencia”) el mejor vehículo para convivir con el sentimiento. ¿Cuál sería la otra vía? El amarla sin querer cambiarla, el disfrutarla sin querer aislarse. Sería ideal. Pero a él le cuesta. En tercer lugar, Mala onda, con esa plegaria profética de “somebody put me together”, se autodefine como una novela sobre la salvación en el sentido menos religioso del término. Sobre el necesitar de alguien pero, al mismo tiempo, sobre el poder salvarse uno mismo (de uno mismo). En ese sentido, Vicuña se reconoce como su principal y único enemigo, extrayendo conclusiones de cada vivencia pero con la falta de ímpetu como para revertir todo aquello que percibe como dañino para sus vínculos. Matías no es necio: es, como Holden, un observador del entorno y es, claro, quien mejor asevera conocerse. De ahí surge la bronca por no poder alterar conductas. Si sé que voy a comportarme de una manera que no me condujo a un buen lugar antes, ¿por qué no hago nada por cambiarlo? La respuesta no es otra más que el miedo. Es lo único que se interpone entre uno y la posibilidad de decir “yo me conozco, pero voy a intentar hacerlo diferente”. En ese sentido, Vicuña es tan Holden Caulfield como Franny Glass. Se adelanta a los hechos de manera constante. “Esta sensación la conoces bien. Te ha acompañado tantos años como los que tienes, ¿no?. Siempre está ahí, nunca desaparece del todo, busca el momento preciso para reaparecer y hacerte recordar que sí, que es verdad, que no eres igual al resto. Eres peor. Aunque si hicieran una encuesta probablemente el resultado sería el contrario. Tú mismo dirías que estás sobre la medida, pero quizás sea ese, justamente el problema. Eres peor, pero nadie lo sabe: ése es tu secreto. Es una cuestión de desigualdad, de no saber amoldarse, de ser distinto, nada más. ¿Quién sabe? Pero da lo mismo, igual duele igual incomoda, igual te aleja de todos, igual aleja a todos.”

Que algo sea pasado no implica necesariamente que sea menos pesado. Mala onda vuelve sobre eso una y otra vez bajo dos ángulos. Uno de ellos relacionado con cómo la memoria lastima cuando se arriba a la conclusión de que no es tan importante el recuerdo en sí como la sensación que ese hecho/recuerdo produjo (“un buen recuerdo se borra y cuesta volver a sentir lo que sentiste en ese momento”). El otro ángulo es la resignificación del pasado con las herramientas del presente. El hacer de un recuerdo todo un acontecimiento poético y, en consecuencia, romántico. “Lo recuerdo casi todo y la mayor parte de lo que olvidé igual lo tengo claro, porque de puro hilvanar los cabos sueltos fui captándolo todo y ahora creo tenerlo mucho más nítido, mejor de lo que sucedió”. No creo que Matías tenga más nítido el recuerdo, sí creo que en su afán de sobreanalizarlo, de observarlo microscópicamente, lo hizo más presente de lo debido. Asimismo, y a pesar de asegurar que le caga la gente que espera cosas de él porque “me enreda, me complica, me obliga a responder”, toma otra postura sobre el hecho de relacionarse cuando mira a Antonia e intenta, por esa compulsión a pensarlo todo (por él y por el otro), encontrar en sus ojos, en sus manos, una mínima prueba concreta de que el recuerdo de sus días juntos sigue vivo: “Decido mirarla fijo. Mirarla a los ojos, como me lo enseñó mi madre. Ella no responde, no acusa recibo, pero me consta que se sabe observada. Me impresiona su fuerza de voluntad. No es que crea que me ama o alguna ingenuidad por el estilo; más bien me sorprende eso de que haya logrado sacarme, así de raíz, de su sistema. Dicho y hecho. No es que haya sido importante para ella alguna vez. Lo dudo. Aunque igual sueño que lo fui. Uno tiene esa prerrogativa: creer que porque uno sintió algo, ese algo de alguna manera logró colarse y depositarse en el sistema digestivo del otro”. ¿Quién no lo ha pensado alguna vez? Que si uno sintió algo eso implica que el otro también lleva el mismo sentimiento alojado en el cuerpo, listo para aflorar al menor roce, o como respuesta a la palabra justa. Es como si uno estuviera arriba, en la cima de la entrega, con la angustia de la piel palpitante, y el otro estuviera abajo, menos perdido en su propia cabeza, más consciente del acá, ni del allí del allá.

El pensar, pensar, pensar tanto, es agotador para uno y para el otro. Todo se vuelve irremontable, difícil, casi intraducible. Es como si para uno tuviera lógica el planteo interno pero, al momento de expulsarlo, las palabras juntas no formaran nada cohesivo. Eso debió haber quedado guardado, creo, como cree Matías. “Es como si lo que siento se esfumase – o se volviera ridículo – a la hora de comunicárselo al otro” asegura, y se autoproclama conocedor absoluto de la imposibilidad de sostener una conversación con alguien que le interesa, ya que la misma “nueve de cada diez veces se va a pique”. Por el miedo. Sí, por el miedo a creer que lo que él verbaliza no será suficiente. Por creer que puede saber qué piensa el otro y que eso nunca es bueno, más bien aniquilante (“estar a su lado, que creo es justamente donde deseo estar, equivale a estar aún más solo”). Si la pensamos de manera episódica, el último tramo de Mala onda es su momento álgido. Es Matías ejemplificando a través de una breve odisea nocturna el valor que tienen las palabras de otros cuando – parafraseándolo a él mismo -, se depositan en el sistema digestivo de uno. Vicuña se siente representado por Holden Caulfield primero, y por un músico apócrifo (Josh Remsen) después. Al conocerlos, su reacción es netamente adolescente y, al mismo tiempo, atemporal (había encontrado a sus amigos, a sus mejores amigos, había encontrado a sus dobles, por fin). Quiere escuchar todo sobre Remsen, persigue obseso sus discos, y quiere leer todo sobre Holden, saber si se menciona en otra novela/cuento de Salinger, vestirse como él, usar el mismo gorro. Sus ojos abiertos por la fascinación ante una entrevista donde Remsen asegura que “ser artista es más fácil que vivir” también, como efecto dominó, abrieron los míos. Porque me pasa algo similar: a veces encuentro en la escritura un modo de salvación, mientras que la vida por momentos se hace más pesada. Pero Vicuña eventualmente tiene que despertar (El durmiente debe despertar es uno de los discos de Remsen), debe dejar de precipitarse a las situaciones (“algo se ha perdido o se va a perder y no sé qué es”) y, si sigue dando vueltas, deberá hacerlo por necesidad y no como un gesto autoimpuesto (“no quiero aislarme porque sí, quiero aislarme cuando lo desee”). No es fácil combatir la onda, la falta de onda, la mala onda. En cambio, sí es fácil enredarse, llevar la cabeza a un lado para que actúe en lo que uno cree que es consecuente al sentimiento, cuando en realidad es evasivo a éste. Porque no podemos pretender encontrar algo si nos rehusamos a disfrutarlo de antemano, si nos perdemos en otro momento (“te perdiste en un momento, te escondiste en un lugar”). La novela empieza con un Matías tumbado en la arena pero concluye con él pedaleando. Ya no espera lo peor. De algún modo se salva. No sé por cuánto tiempo. No sé por cuánto tiempo podría salvarme yo. Me salvo por ahora. Me salvo (de mí, de mis miedos) en un pedaleo constante. Me salvo, creo, día a día. ◄  

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Para este miércoles, una consigna bajo otra gran consigna titulada LIBROS QUE ME ENTIENDEN: ¿En qué oportunidades sintieron que una novela/cuento/poema estaba hablando por ustedes o que un personaje ponía en palabras sus propios pensamientos? Me gustaría, si tienen tiempo, que me dejen el fragmento así armo otra de esas lindas galerías literarias que solemos hacer; ¡los leo con atención así incorporo más citas imprescindibles a mi vida! ¡Gracias muchachada, nos reencontramos mañana!

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► [GALERÍA] Libros y fragmentos que hablan por ustedes:

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[OFF TOPIC] Muchachada, me habían pedido que les deje el link a mi nota sobre el final de Breaking Bad, así que cumplo con lo prometido y les cuento que pueden acceder a la nota acá mismo; por otro lado, quienes quieran debatir el final como off topic en este post, también podrán hacerlo ;)

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El cine bajo la mirada de…Alberto Fuguet

“Una película si es sincera, si es real, muchas veces te representa, te revela, te obliga a situarte a un lado de la calle” - Alberto Fuguet

“Hay cosas, por ejemplo, que uno vive a solas pero que solo cobran vida cuando logras compartirlas con alguien que también está interesado” dicen en Mala onda, la segunda y punzante novela de Alberto Fuguet, en la que su protagonista, Matías Vicuña, escupe sus pensamientos, en su mayoría misantrópicos y pesimistas como los de su venerado Holden Caulfield: “Anoche conocí a Holden Caulfield. Fue algo químico, absolutamente arrollador. No podía creerlo. Ya no estaba tan solo, me sentí menos mal. Había encontrado un amigo. Mi mejor amigo. Había encontrado un doble. Por fin”. En la decimoquinta edición del BAFICI se pudo ver Locaciones: Buscando a Rusty James, el primer documental de Fuguet (VelódromoMúsica campesina) que trata, en esencia, sobre eso que dice Matías: encontrarse/verse/sentirse representado. Al director le sucedió esto con La ley de la calle, film de 1983 de Francis Ford Coppola, que apareció en un momento de su vida donde necesitaba, quizás inconscientemente, su propio credo, o su propia nafta para seguir andando, o cualquier clase de musa para seguir escribiendo. Locaciones encuentra a Fuguet recorriendo las calles de Tulsa donde se filmó la adaptación de S.E. Hinton, arrojando pensamientos al cielo (o al espectador que quiera tomarlos), pensamientos sobre cuán poderoso es el cine cuando modifica tu existencia, te acompaña, te abraza o te da la mano, como si fuera algo concreto. Por eso, para volver tangible a La ley de calle, para aprehenderla, Fuguet emprendió esa suerte de road trip, su ensayo cinéfilo sumamente poético, con el mismo mantra de Mala onda: “Lo que no guardo en mi memoria, no me interesa conservarlo”. El escritor y director conservó La ley de la calle lo suficiente como para homenajearla, lo suficiente como para sumarse a quienes padecen el cine con la ebullición como primer síntoma. “Cada tanto aparece alguien que tiene una visión del mundo diferente a la usual. Eso no lo hace loco. Lo hace perceptivo” dicen en La ley de la calle. Locaciones es una película de locos y para locos, si por locos entendemos las compulsiones, el corazón, la emoción y todo eso que implica el rendirle tributo a algo que amamos con la hipérbole como bandera y, claro, sin cabida para las medias tintas.

Dado que tu documental es sobre el fanatismo, quería decirte en primer lugar que me emocionó mucho el uso de “Codex” de Radiohead, más teniendo en cuenta que no es una canción muy conocida del grupo… ¿por qué la elegiste?

Con mi productor conseguimos los derechos del tema, a Radiohead le gustó la película, tuvimos que pagar muy poco dinero y nos aceptaron porque les pareció que Locaciones no era una chambonada y llegamos a un acuerdo de que el film no iba a hacer dinero, que no tenía fines de lucro, que no íbamos a estrenarla comercialmente. Ellos nos consideraron serios y por eso nos cedieron los derechos. Ahora, ¿cómo la elegí? Hablando con un amigo, el co-guionista de Velódromo [René Martín], a partir de una cosa que él dice sobre La ley de la calle, que la veía a cada rato, que se iba a acostar y la dejaba encendida, “como escuchar un disco”. “¿Pero qué disco?” le pregunté yo. “Como un disco de Radiohead” me respondió. Lo primero que pensamos fue en buscar un tema que no fuera de los discos anteriores a The King of Limbs, y a mí también me gustaba mucho “Codex” y así fue cómo la seleccioné. Porque básicamente Locaciones es una película que muestra el fanatismo que puede generar el cine, pero también la música con un determinado álbum, un autor, un libro…

Sí, yo creo en eso de que las películas te salvan…

Sí, es que es así. Uno también mitifica, uno se inventa su propio cuento, o le suma cosas, recuerdos, uno tiene que inventarse su película favorita, sería muy triste no tener una. Y yo creo que uno tiene muchas, pero opta siempre por una, como sucede con el equipo de fútbol

El tema de las locaciones es clave, yo hice el recorrido de Antes del atardecer en Paris por todo lo que me generaron Jesse y Celine

Bueno, ¿ves? Eso que para otra gente podría resultar algo de demente, me parece que es lo que corresponde, mucho mejor que ir a los museos, las iglesias, es mucho más legítimo hacer una ruta gastronómica de restaurantes famosos donde se inventaron platos, o ir a ver dónde vivió tal escritor. Nueva York está más armada porque podés conocer algunas locaciones de películas de Woody Allen o en Irlanda sucede lo mismo con James Joyce. Pero Tulsa estaba virgen en ese sentido, y el día más emocionante fue cuando llegué al puente. No podía creer que estaba debajo del mismo puente que Rusty James

¿Cuántas veces estuviste en Tulsa?

Estuve dos veces. Una vez acompañado de alguien que trabajaba para una ONG para salvar los lugares históricos de la ciudad, y quien no había visto La ley de la calle. Él me ayudó con algunas cosas, como conseguir los permisos para filmar allí

► [VIDEO] Les dejo el trailer de Locaciones: Buscando a Rusty James:

En La ley de la calle es fundamental el tiempo – representado sobre todo por la figura del personaje de Tom Waits -, y a su vez el tiempo afecta cómo uno se reencuentra con ciertas películas. ¿Cómo fue evolucionando tu relación con el film de Coppola?

Pasé por distintos períodos. Le tuve distancia, le tuve miedo. Ahora me parece que es una película que está muy bien, que me gusta mucho, pero que claramente no me afecta tanto como cuando la vi por primera vez

¿Por qué decís en el documental que la película te salvó?

Fue una suma de cosas. Por la edad que tenía entonces, tendían a gustarme películas de teenagers, y yo sentía que no había películas así latinoamericanas sino más bien políticas. Eran películas con las que me identificaba mucho, como Un pequeño romance, también con Diane Lane; no sé si la viste, es como Antes del atardecer pero en Venecia, con algunas cosas de Melody…

¡Con Laurence Olivier!

Sí, esa misma. Es muy buena. Entonces lo que ocurrió fue que yo estaba en la universidad y todo el mundo quería ver películas intelectuales y yo empecé a ir al cine Normandie, a ver films como Gandhi y no me llenaban, no me producían nada a nivel físico

No había nada emocional

Claro, no había nada de sangre, de que el corazón se te ponga tibio, de que las piernas te tiriten, de que genere sensaciones que uno antes no conocía

¿Te pasa frecuentemente? ¿Las cosas te llegan así siempre?

Me gustaría pensar que soy una persona a la que siempre le llegan las cosas, pero la verdad es que cada vez me llegan menos, no sé si es porque uno está mayor, es más exigente, ya que no creo que sea porque las películas sean peores. Ahora, de vez en cuando sí aparece algo que te llega. Por eso sigo yendo al cine, sigo leyendo y sigo haciendo: porque me gustaría provocar eso en otros. Pero no pasa siempre, por eso cuando algo te llega, te llega más. Tiene que ver con la edad de uno, uno vio más, tiene más experiencia. Si bien está muy buena la emoción que te puede provocar Un pequeño romance o My Bodyguard con Matt Dillon, no es lo mismo ver a esos actores en La ley de la calle, que también es una película teen pero a la vez es mucho más que eso

Me gustó en Locaciones un testimonio que habla de lo que es ver a Matt Dillon con camisa hawaiana en Loco por Mary, con el recuerdo de La ley de la calle. Es muy fuerte crecer a la par de un intérprete, o reencontrarse con ellos, como me sucede a mí con Ethan Hawke y Julie Delpy…

…y ahora viene Antes del anochecer. Ojalá muestren nuevamente imágenes de ellos de nueve años atrás, porque así uno va viendo cómo el tiempo pasa. Es fuerte eso también

El tiempo es mi obsesión

Es lo que dicen en Locaciones. El cine es una manera de ver pasar el tiempo en pantalla

Me gustó esa frase también

Sí, yo estoy muy orgulloso de mis entrevistados. Por eso saqué a muchos que si bien son más famosos no hablaban con el corazón, más allá de que son brillantes

¿Y cuál fue el disparador para tu ensayo cinéfilo sobre La ley de la calle?

Yo tenía como cuenta pendiente, como vos con Paris y Antes del atardecer, el hecho de ir a Tulsa. No había manera, nunca estaba ni cerca, no tengo conocidos, nada. Pero uno necesita una excusa. Y apareció la propuesta de escribir sobre mi película favorita, sentí que no era capaz, ya había filmado Velódromo y Música campesina. Hasta que finalmente fui a Tulsa en noviembre del 2010 y las entrevistas para el documental las hice en el 2011 en Buenos Aires y Santiago. Me sentí tan bien en Nashville filmando sin equipo Música campesina y con una cámara pequeña, y estaba invitado a Miami a la Feria del Libro así que finalmente dije “voy a ir Tulsa, me voy a dar ese gusto”

Cuando en Locaciones mencionás que te quedaste en un hotel de medio pelo me acordé del personaje de Pablo [Cerda] en Música campesina, que se hospedaba en hoteles de mala muerte al lado de la autopista…

(risas) Sí, también había mucho de eso, de repetir, yo me sentía que era como Alejandro Tazo (risas), porque tenía a Música campesina en el cuerpo todavía

¿Caminaste solo con la cámara a la noche por Tulsa? ¿Los lugares son tan oscuros como parecen?

No son para nada oscuros, esa sensación te la da La ley de la calle. Yo nunca me metí en un barrio que me diera miedo, nunca pensé que podía sucederme algo, nada. Más bien me hubiera gustado ver a alguien (risas), y la única preocupación era el frío o que se me cayera la cámara por el viento. Pero la ciudad no es para nada decadente, hay librerías, está la universidad, hay edificios modernos

En la película te hacés muchas preguntas sobre el cine pero también sobre otras expresiones artísticas y la relación con el receptor, ¿todo eso que te planteás lo ibas anotando?

Sí, anotaba mucho, una vez que veía las imágenes tenía que tomar un poco de licor y encerrarme en la sala de grabación y también improvisar un poco. Estuve un día largo en el estudio, terminé cuando mis piernas no podían más, estuve parado como once horas, pero tomando mucho té para la voz, pero yo siento que las típicas cosas que tenía tan adentro eran preguntas que me había hecho siempre, esas cosas que tenía para decir, aunque a veces estuviera un poco over the top (risas), hablando del cine como religión. Pero parte de esto consiste en exagerar un poco. Si uno dice “el cine está bueno” no basta. Si uno quiere impactar tiene que haber algo como de predicador

Sí, la película en sí es una suerte de peregrinaje

Por eso, lo que yo buscaba era que la gente que no había visto La ley de la calle la viera; que quienes ya la habían visto la vuelvan a ver y que quienes estuvieran creando algo sintieran como un impulso para continuar con eso

¿Cómo te vino esa reflexión final? Porque hablás de eso, de defender lo que uno hace, de amarlo, de tener la convicción suficiente como para continuar más allá de lo que te puedan decir

La película efectivamente me afectó mucho porque yo estaba en un taller literario con Donoso, y él terminó expulsándome, diciéndome que me faltaba un mundo literario, que me faltaba haber sido amigo de los Ocampo, que me faltaba tener una casa en el Tigre y salir de mi mundo suburbano, que le parecía poco literario

En la película hay muchos objetos fetichistas, la banda sonora de Stewart Copeland tanto en vinilo como en cassette, posters con la escena del reloj…

Sí, para cada uno de los testimonios entrábamos a casas donde nos encontrábamos con esos objetos relacionados no solo con la película sino también con artistas que podían ser similares, como la imagen de Patti Smith, ediciones del libro de Hinton. Entraba a esas casas y pensaba “este tipo es de mi misma religión”.

Sí, en mi caso cuando algo me gusta quiero tener todo lo que esté vinculado a eso

Es que sí, estoy de acuerdo, te hace sentir que todo es más real, que no es falso, como cuando vas a las locaciones. Hay algo que tiene que ver, nuevamente, con la religión, como colgar una cruz porque eso te hace sentir que tenés a Cristo en tu casa. Pero no ocurre con tanta frecuencia que una película te provoque eso

¿Sobrevalorás algunas?

Solo sobrevaloro cuando creo que la película se acerca a lo que quiero. Yo trabajo con teorías de conspiración: es mejor apoyar a tu amigo que ayudar al enemigo

¿Qué sentís cuando una película traduce tus pensamientos? Porque aludís a que no se la puede poseer porque es abstracta, pero a la vez dan ganas de poseerla

Me siento acompañado, más tranquilo

Menos solo…

Exacto, menos solo y, quizás esto sea demasiado, pero siento como si los planetas se ordenasen, que no soy el único, que hay gente a la que le sucede lo mismo, y que conformarían una suerte de hermandad cósmica. Porque yo no sé si La ley de la calle es perfecta, pero a veces uno le perdona esas imperfecciones más que a…no sé…El discurso del Rey, que quizás funciona mejor pero que no te provoca nada. Y eso que me gusta el film, porque lo veo como una metáfora de dirigir

Sí, la camaradería entre ellos es lo mejor

Sí, claro, porque a su modo es una historia sobre un director de cine que trabaja con un actor

En Locaciones asegurás que una película puede realmente cambiarte la vida, a mí me sucedió con Red social, es la sensación de salir transformado de la sala

Sí, a mí esa película me impactó también porque filma el presente como si fuera histórico. No podía creerlo, era tan inmediata, pero es sobre otras cosas, sobre la competencia, la soledad, el pertenecer. Es un film sobre cómo nada puede ser tan distinto a su creador. Facebook no fue creado por Sean Parker: fue creado por Mark Zuckerberg, un nerd. No debería sorprender que todos terminen como él. Es notable. Me emocionó mucho más de lo que esperaba. Y me pasa eso, que quizás no haya tantas películas que me impacten en general, pero sí dos o tres momentos que me destrozan, y eso ya vale mucho

¿Quién había dicho eso?

Billy Wilder creo, que una película son dos o tres buenas escenas bien pegadas (risas)

Me pasó con Cloud Atlas, a la cual reconozco imperfecta, pero también tiene una ambición elogiable, tiene corazón

No me atreví a verla, pero ése es el punto: uno busca lo que tiene corazón. Uno puede notar lo que se hizo por una compulsión, tanto en un cine industrial como en el cine alternativo y hay películas y libros que tienen que ver con las edades, con los momentos. Por eso La ley de la calle sigue impactando a la gente joven

¿Y pensás que todo está interrelacionado? ¿Que el hecho de que a mí me guste Radiohead y tu obra como director vuelva no casual que Locaciones tenga un tema de la banda?

Sí, porque el que está interconectado es el espectador, porque asociás lo que te gusta. Por ejemplo, a mí me gustaban las baladas de Nine Inch Nails como “Hurt” y “Something I Can Never Have” y de repente Reznor hace la música de Red Social que es melancólica y te destroza, así que definitivamente sí, siempre se producen esas interconexiones. 

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 ► [DE YAPA] Matt Dillon y Mickey Rourke en La ley de la calle:

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Este martes, la consigna es cuádruple: 1. ¿Vieron Locaciones: Buscando a Rusty James de Alberto Fuguet? ¿Les gustó? 2. ¿Vieron La Ley de la calle de Francis Ford Coppola? 3. ¿Por qué película harían lo mismo que Alberto y recorrerían las locaciones donde fue filmada? ¿O lo hicieron ya? Si es así, cuenten sus anécdotas 4. ¿Sobre qué película, si pudieran, harían un documental, profesándole su amor por todo lo que significó en sus vidas?; ¡Dejen sus comentarios, muchachada, los leo, como siempre! ¡Hasta mañana!

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“Dile que me vine por amor”

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Mi relación con el BAFICI fue cambiando ha medida que fui creciendo. Empezó allá por el 2002 cuando recién venía del campo a la ciudad, con toda mi ingenuidad de estudiante y mis ganas de hacer maratón de películas; la relación sigue hoy, desde otro lugar, ya como crítica de cine (aunque todavía en formación), pero de una crítica de cine que extraña esas épocas donde tenía casi todo el día para meterme de una sala a otra sin preocupaciones. Ahora, los tiempos son otros, pero siempre me hago un lugar para a) – ver cosas nuevas que creo que pueden llegar a atraerme, aunque luego me equivoque b) - ver los más recientes trabajos de directores que me gustan (Kelly Reichardt, Alberto Fuguet, en esta edición).

Hablando de Fuguet, en la edición previa del festival tuve la posibilidad de ver Velódromo, una película libre, divertida, sobre un hombre que va por la vida en dos ruedas, con la remera de Mad Men, y con conceptos claros sobre lo que no quiere para su vida, más que sobre lo que sí quiere. En este BAFICI, Fuguet volvió con Música campesina, nuevamente protagonizada por Pablo Cerda. En este caso, su personaje es el de Alejandro Tazo, un muchacho errante que cae en Nashville (“por amor”, nos adelanta al comienzo del film) para sentirse fuera de lugar, ofuscado y, sobre todo, triste.

Mirá la entrevista que le hicimos a Fuguet a propósito de Velódromo:

Con el chiste recurrente de las barreras idiomáticas como excusa, Fuguet vuelve a focalizar en un hombre que intenta hacer lo que puede con las consecuencias de una bofetada de la vida, y no solo lo hace con ese humor despuntado en diálogos (muchos de ellos cinéfilos) sino también con la música bien al frente (rasgo que comparte con Ezequiel Acuña). Por eso, el final – similar al de Velódromo aunque más agridulce – es otro hermoso ejemplo de cómo un director nos hace vislumbrar el futuro de su personaje mostrándolo aferrado a su herramienta catártica (la bicicleta, en este caso, es reemplazada por la guitarra). Porque no importa dónde estemos, no hay nada peor que la incertidumbre de no saber adónde vamos.

¿Cuál es su relación con el Bafici? ¿Qué descubrimientos que hicieron en el festival todavía recuerdan y cómo lo están viviendo este año? ¡Comenten!

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