Manglehorn: Todas las llaves, mi llave

“Stop sending letters, letters always get burned”

A diferencia de Undertow – a mi criterio, su película más lograda -, en Manglehorn David Gordon Green no permite que nadie interfiera entre la experiencia de su protagonista y la forma en la que esa experiencia le llega al interlocutor (personajes, espectadores). En su tercer largometraje, un abuelo describía el germen que ocasionó una disputa familiar signada por la violencia (subrepticia primero, táctil después), con cierta melancolía atravesando su relato: “I never dreamed that the life of my grandsons, which began with such love and comfort, would turn to see so much violence and bloodshed. This is their story as it was told to me”. La tradición oral puede devenir en reformulación de las vivencias y Undertow es, sobre todo, un drama cruel sobre la intersección de esas dispares perspectivas. Manglehorn (personaje) no tiene a nadie que hable por él y posiblemente no quisiera que nadie lo hiciera. Es su autoconsciencia lo que lo salva de engañarse a sí mismo y es su autoconsciencia lo que lo convierte en alguien que tiene a su disposición diferentes llaves – que el guionista Paul Logan le haya dado el oficio de cerrajero es todo un símbolo que funciona acorde a lo metafórico del universo Gordon Green – para destrabar un presente desenfocado. Angelo es un hombre confinado. Su casa está descuidada. No puede conectar con su hijo. No extraña a su difunta a esposa sino a un amor idílico. No tiene deseos de superación. La única realidad que lo protege es la conocida, la cómoda, la del trabajo de toda su vida y la del cuidado de su gata. Este sería el momento en el que Logan debería, por lógica, introducir un conflicto que empuje a Manglehorn a huir de esa cárcel autoimpuesta. Sin embargo, el cine de David Gordon Green es uno que cuestiona con buenos (All The Real Girls) y malos (Your Highness) resultados cualquier clase de narración apegada a las fórmulas.

En consecuencia, el realizador emplea su ya clásico enfoque saturado en la fotografía – cortesía de su colaborador habitual Tim Orr – y reposa en planos de rostros que se deforman bajo la visión del protagonista. Así, lo onírico se convierte en un elemento cohesivo y las viñetas surrealistas que cada tanto resaltan en Manglehorn representan dos aspectos vitales del devenir del personaje homónimo. Por un lado, nos terminan de sumergir en su existencia borrosa, cansina, autómata. Por el otro, hablan de un pasado trágico, de un vacío, de esa pieza (o llave) faltante. En este reverso de Danny Collins (ese hombre que lo tiene todo pero en el fondo no posee nada), Al Pacino interpreta a Manglehorn (ese hombre que no tiene nada pero en el fondo lo posee todo) como ese individuo se lo requiere: disperso, agotado, hermético. Porque si bien Logan incluye dos subtramas que nos muestran el carisma que Manglehorn supo tener – por cómo conecta con una empleada bancaria interpretada por Holly Honter y por cómo reconecta con un ex alumno de béisbol, personificado con perfecta inconsciencia por Harmony Korine -, a fin de cuentas los momentos más honestos del film son aquellos en los que se lo ve en soledad escribiendo persistentemente cartas que nunca van a llegar a destino, o rodeado de esa infinidad de llaves que no abrirán su propia cerradura. En Manglehorn parece no suceder mucho, y la música shoegaze contemplativa de Explosions in the Sky refuerza esa suerte de irrealidad en la que Angelo (sobre)vive, como si estuviera moviéndose al paso de una melodía de otro mundo. Hasta que llega el final. Con una sola escena, Green se afianza como uno de los grandes directores contemporáneos en conjugar dramas mundanos de pocos personajes con elementos de realismo mágico que tan bien les sientan. “This is the story as it was told to me” decía el abuelo de Undertow, tajante y resolutivo. Manglehorn, en cambio, verbaliza entre esperanzado y acompasado que “someday you’ll know how much love you’ve got inside you”. Algún día, quizás. El día en que la llave mágica aparezca. ♦

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► [TRAILER] El adelanto de Manglehorn de David Gordon Green:

Manglehorn 2014 Trailer from Dziaulis on Vimeo.

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► [GALERÍA] 50 guiones originales del cine mencionados en el post de hoy (¡gracias por los aportes!):

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Dos consignas para este post: 1. Quienes hayan visto Manglehorn los invito a debatirla en este espacio, junto a todo el peculiar cine de David Gordon Green 2. Es hora de elegir los mejores guiones originales del cine (por “original” aludiremos a los que no están basados en material previo), así luego les dejo una galería con citas de los mismos; como siempre, los leo y, por otro lado, los veo mañana en el post de Trainwreck; ¡hasta entonces! ¡que tengan un excelente martes!

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Películas “de bondi larga distancia”

Como siempre en estos posts lúdicos, el crédito va primero (y a quien corresponde). Por lo tanto, muchas gracias a Luis Alberto Pescara López por la propuesta/consigna para este miércoles, ya revelada en el título que ven allí arriba. Sí, es momento de hablar de ese sub-sub-sub-género de películas que acá denominaremos (o que Luis Alberto ha denominado) “de bondi larga distancia”. Como ya he contado en otras oportunidades, aunque más no sea en los comentarios, tengo cierta fobia a volar que hace que, cuando tengo que moverme dentro del país, prefiera un viaje en micro a uno en avión. Siguiendo esta lógica (o falta de) la cantidad de horas de viaje me resulta completamente indiferente. Prefiero estar con los pies sobre la tierra. En consecuencia, y también porque al empezar a estudiar allá por el 2001 me tomaba el bendito Chevallier todos los días de la semana, he padecido más de una de esas películas a las que se refiere Luis. Sin embargo, si tengo que rastrear la peor experiencia cinematográfica sobre ruedas de los últimos años (la contracara fue ver Avengers dos veces consecutivas, una grata sorpresa en un reciente viaje en micro), me quedo con Jack and Jill.

No sé si les sucede lo mismo, pero cuando están pasando un film en un micro, me es indistinta la necesidad de dormir: algo me empuja a mirar el televisor. Por ende, y como no había visto todavía la “comedia” de una de las peores uniones “creativas” que dio el cine (la dupla Dennis Dugan-Adam Sandler), no encontré otra opción más que la de intentar buscarle el lado positivo a semejante cataclismo cinéfilo. A pesar del sueño, a pesar del pésimo humor y a pesar de la inexistente resolución de imagen del mini-televisor, puedo decir que hallé el único aspecto rescatable de la ya trillada concepción misógina que tienen Sandler y Dugan de la estabilidad familiar (la mujer no existe más que para poner el oído y cuidar a los niños) y ese aspecto es Al Pacino. La trama de Jack and Jill es la de la alteración de la vida de Jack (Sandler) ante la extensa visita de su hermana melliza Jill (Sandler, de nuevo). Es decir, la trama es una excusa para que Sandler haga “la gran Martin Lawrence” y resulte insoportable al cuadrado. Sin embargo, cuando aparece Pacino interpretándose a sí mismo como el interés romántico de Jill, el film se vuelve más tolerable, especialmente cuando el actor – un poco a la manera de Eddie Redmayne en Jupiter Ascending – se presta a la locura de lleno, sin atisbos de conservadurismo, y le da vida a un stalker desaforado en los escasos gags eficaces de la película. Entonces, a la hora de elegir “mi película de bondi larga distancia”, me quedo con Jack and Jill porque, como todo exponente de esta clase de producciones, se puede ver sin estar viéndola realmente. ♦ 

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¡BUEN MIÉRCOLES, MUCHACHADA! A pedido de Luis Alberto y varios más, los invito a contar sus peores experiencias cinematográficas arriba de un micro y sus peores experiencias arriba de un micro a secas; de paso, les comparto esta nota sobre el declive de Adam Sandler para debatirla y armar nuestro propio ranking de lo mejor y peor del actor; ¡los leo, como siempre! Nos reencontramos el lunes con un post sobre Ocho apellidos vascos y el cine español; ¡que tengan un excelente día!

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Deathmatch: Los mejores protagónicos masculinos del cine

Lo más llamativo de Dog Day Afternoon es su dicotomía entre la espontaneidad y la meticulosidad. Ambos rasgos se funden de manera permanente. Por un lado están sus protagonistas, dos hombres arrebatados, expulsados por el sistema (“I’m an outcast and that is it” se autodefine Sonny) que deciden robar un banco por fines que convergen en un mismo lugar: el amor. Sonny hacia su pareja y Sal hacia sí mismo y su avidez de superación. Por otro lado, Sydney Lumet calcula la acción, la maneja con una precisión tal que hace que todo ese transcurrir de los personajes no sea caótico al punto de la desprolijidad. Así, lo que podría haber sido la mera historia de un robo que sale mal, adquiere otra tesitura cuando Lumet deja entrever una vasta cantidad de observaciones con la naturalidad de quien rechaza los sermones. La relación entre Sonny y Leon, esos hombres enamorados (el que se sacrifica y el que espera), permite que se aborden tópicos como la homofobia y la ignorancia ante la diversidad sexual con la cintura como para también aludir a otra clase de brecha: la que divide a los privilegiados de quienes buscan progresar y no pueden (ver la cómica, improvisada y simultáneamente reveladora escena “de Wyoming”). Por lo tanto, toda la película es propulsada por oposiciones, siempre hay dos caras, siempre hay dos miradas. Y esto no sólo lo notamos en el vínculo puntual entre Sonny y Sal – mucho más que dos perdedores – sino también entre ellos y los rehenes y, sobre todo, entre ellos y la policía. Pero si Dog Day Afternoon, además de ese montaje que va a la par del desenfreno y el calor fiel al período canicular de su título, nunca se permite perder el corazón en el camino, esto se lo debe a la interpretación de Al Pacino. Sonny habla, gesticula, se mueve, duda, avanza y recula sin sacrificar su espíritu desbocado. Ni siquiera sobre el final – ese glorioso final -, cuando cae la noche, ese calor decrece, y la chispa se apaga. 

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► [ESCENA NÚMERO 1] La charla telefónica entre Sonny (Al Pacino) y Leon (Chris Sarandon), mi momento favorito de la película:

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► [ESCENA NÚMERO 2] El inolvidable John Cazale junto a Pacino en otra grandiosa secuencia del film de Sidney Lumet:

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► [GALERÍA] Los mejores protagónicos masculinos del cine, según sus aportes en el post de hoy:

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¡BUEN JUEVES PARA TODOS! En el Deathmatch de hoy, enfrentamos las mejores actuaciones protagónicas masculinas del cine; como siempre en estos casos, espero sus aportes para poder armar una gran galería; ¡los leo, muchachada, que tengan un gran día! ¡hasta mañana! PD. No dejen de ver este breve documental, por favor ;)

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DEATHMATCH WINNER: ROBERT DE NIRO

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LA ÚLTIMA VEZ ENFRENTAMOS A… LAS MEJORES ENTREVISTAS

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Siempre serás…

…Jeffrey Wigand.

A los dieciocho años le escribí un mail. Un mail que él respondió de manera precisa, escueta, elegante. No me sorprendió que así fuera. La imagen que había configurado de él en mi mente estaba vinculada a cierto hermetismo, y a un modo de decir las cosas tan directo como persuasivo. Le escribí después de que El informante me lo presentara como una persona imperfecta pero con una verdad para defender, más allá de esas imperfecciones, más allá de que el periodismo haya querido poner la lupa sobre su figura para encontrar lo más sucio, algo que terminara por desacreditar cualquier denuncia que saliera de su boca. Le escribí después de que Michael Mann lo siguiera por los campos de golf, de noche, con miedo; o por los pasillos de la escuela, poniendo monedas en un teléfono público para hablar con Lowell Bergman y asegurarle que él no es la clase de hombre que resiste ser mirado con un microscopio y salir limpio, pero sí uno de los que está dispuesto a sentarse en una silla a contar una verdad. Con riesgos. Poniendo en riesgo a su familia. Perdiéndola. Perdiendo lujos. Perdiendo su condición de individuo anónimo. Le escribí después de que Russell Crowe captara de Wigand esos gestos que lo hicieron quijotesco y, al mismo tiempo, alguien que se pierde en la habitación de un hotel y putea porque no puede ver a sus hijas, o porque sus hijas no pueden descifrar cuál es su misión. “¿Who are these people?” le inquiere Mike Wallace (Christopher Plummer) a Bergman (Al Pacino) luego de conocer a Wigand y su esposa. Wallace le responde: “Ordinary people under extraordinary pressure”. El informante fue (y sigue siendo) una película crucial en mi formación como crítica de cine. Una obra perfecta, mordaz, no sólo sobre el periodismo, o sobre los ideales; sino también sobre dos odiseas paralelas y bien particulares que confluyen en un mismo lugar: mantener la ética intacta (“fame has a fifteen minute half-life, infamy lasts a little longer”). Y si a los dieciocho años le escribí ese mail a Wigand no fue solo porque estaba obsesionada con cada detalle del film de Mann (como el ralenti usado cuando los personajes entran y salen de edificios opresivos), fue también porque comprendí hasta qué punto Russell Crowe estaba viviendo ese personaje en carne propia. Como cuando mira el horizonte preguntándose si vale la pena arriesgarlo todo aún con posibilidades de salir perdiendo o como cuando ingresa a un estudio de televisión y verbaliza su discurso con convicción pero con resabios de temor, ese temor que se percibe en cómo sus manos no cesan de moverse, de reflejar esos estados anímicos que se apoderaron de él y de los cuales tardó en liberarse por culpa del demonio del nerviosismo, de la intranquilidad, de la constante persecución. 

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► [ESCENA] El momento que más me ha quedado grabado del extraordinario film de Michael Mann:

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Otro martes, otra consigna: ¿A qué actores no pueden disociar de un determinado personaje, al punto de que verlo en otra película/serie implica inevitablemente recordar su gran papel?; como siempre, dejen sus aportes que más tarde voy a reunirlos todos en una misma galería; ¡los leo, como siempre! ¡buen martes para todos! ¡nos vemos mañana!

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 [BONUS TRACK] Tarde pero seguro: el póster para Clau de Lincoln (gracias Ezequiel Saul por la imagen):

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 ► [GALERÍA] Los actores a los que les cuesta despegarlos de un determinado personaje (gracias por sus contribuciones ;) ):


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Deathmatch: Al Pacino vs. Robert De Niro

Hola a toda la muchachada. Los tiempos apremian en estos días por razones que tienen que ver con algo de esto. Sin embargo, y aunque algunos posts sean cortitos y al pie, intento que esta semana en particular del blog transcurra lo más normal posible. Dicho esto, y aún con ganas de escribir mucho sobre De Niro y Pacino, les dejo el versus de hoy y dos momentos clave del cine que cada uno de ellos logró inmortalizar. Lo que llegó después, es decir, todo aquello que vienen haciendo ahora, con sus traspiés, con sus malas decisiones, no me decido si implica un “estar de vuelta” o simplemente una necesidad de seguir actuando/trasladando modismos o tics a un cierto extremo. Pero son dos grandes, nadie puede discutirlo. Y quizás acaso esa grandeza los exonera, les da luz verde para que, como a Jack Nicholson por ejemplo, les perdonemos todo. Para el caso, veamos las dos escenas que les dejo más abajo. ¿Se les puede discutir su presente actoral desdibujado o ya son inimputables? Yo, por mi parte, me inclino por lo segundo.

* 1. ROBERT DE NIRO EN TAXI DRIVER:

* 2. AL PACINO EN SCARFACE:

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DEATHMATCH WINNER(S): LOS DOS A LA FINAL

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¿Robert De Niro o Al Pacino? ¿Cuál creen que desarrolló una filmografía más pareja?; de  yapa, propongan  una secuencia y/o versus que quieran ver el jueves próximo; ¡Gracias!

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