“If you like it, it’s not stupid”

Hace tiempo que dejé de preguntarme si a medida que voy creciendo me voy volviendo más selectiva con ciertas cosas. Me lo dejé de preguntar porque sé la respuesta. Sí, me volví más selectiva. Me volví más impaciente. Me volví más intolerante. ¿Hacia qué? Hacia todo lo que básicamente implique una pérdida de tiempo. Las distintas variaciones de “vivir el presente”, las distintas frases que engloban el mismo concepto, podrán resultar trilladas, o incluso hiperbólicas, pero supongo que cada uno sabe hasta cuándo está haciendo lo que quiere y hasta cuándo está haciendo lo que debe. Es difícil no convertir eso de vivir el presente en algo catastrófico. Al fin y al cabo, no podemos pasar las veinticuatro horas del día rodeados de las personas que queremos y/o haciendo lo que queremos. Creo que parte de madurar es saber cuándo hacer concesiones y cuándo ser egoísta. Por bastante tiempo tuve la ingenua idea de que para sentirme feliz tenía que perseguir una meta algo inasible: repetir la sensación de placidez evitando todo aquello que no la provocara. Es ingenuo porque vivir así tiene un costo (cuando llega un día malo, se vuelve inabordable) y es ingenuo porque uno no está solo y porque no se puede perpetuar ese estado de comodidad. A veces, simplemente, uno tiene que pasar el tiempo con gente que no tiene ganas de ver. Me puse a pensar en esto hace poco, cuando experimenté algo similar, cuando me pregunté qué hacía en un lugar donde a nadie realmente le importaba lo que yo tenía para decir y donde la ignorancia (o el desconocimiento) derivaba automáticamente en prejuicio. Contrasté esa situación con otras, aquellas en las cuales no me cohíbo para hablar de lo que me gusta, y lo que me gusta va desde levantarme temprano para responder sus comentarios hasta, como expresaba Matías Rojo aquí mismo, vivir en un lugar lejos del mundanal ruido tan solo porque me hace bien. Y acá es donde entra en juego, nuevamente, el tiempo. Yo elijo dónde pasarlo y elijo dónde no perderlo. Estos pensamientos sueltos (o no tan sueltos, porque el cine siempre se encarga de unirlos) se hilvanaron con algunas frases de The Spectacular Now. “If you like it, it’s not stupid” le dice Sutter Keely (Miles Teller) a Aimee Finicky (Shailene Woodley) en relación a las historietas que ella disfruta leer. Ese momento, como tantos otros, conecta a la película de James Ponsoldt con uno de The Breakfast Club, aquel en el que se nos dice algo así como: “spend a little more time trying to make something of yourself and a little less time trying to impress people”. Un día antes de la publicación de fin de año, y en el prometido post de las citas, me adelanto al gracias. Porque en pocos espacios uno percibe que lo que tiene para decir o para mostrar no es estúpido. Gracias por hacerme sentir eso. Por hacerme sentir que el “do what you love and fuck the rest” no es un capricho: es una necesidad.

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MI PODIO DE CITAS DEL AÑO SE COMPLETA ASÍ:

 ► [A ROYAL AFFAIR]: “I would recognize you blindfolded”:

  

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 ► [SILVER LININGS PLAYBOOK]: “It’s a song, don’t make it a monster”:

  

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 ► [BEFORE MIDNIGHT]: “If you want true love, this is it, this is real life”:

  

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 ► [CLOUD ATLAS]: “I believe there is another world waiting for us, a better world; and I’ll be waiting for you there”:

  

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PERSONAJE DEL AÑO: TIFFANY MAXWELL

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¡Buen jueves, muchachada!: Hoy son más que bienvenidos a comentar en el penúltimo post balance con las siguientes consignas: *1. ¿Cuáles fueron las frases de película que más les gustaron de este 2013? *2. ¿Cuáles fueron los mejores personajes del año? Los invito a citar compulsivamente, algo que hacemos seguido por acá; ¡nos reencontramos mañana en el megapost de fin de año con muchas sorpresas!

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La mejor película para…encontrar inspiración

“Waiting to catch that lightening,we’ll wait and see what grows,all we’ve reaped and all that we’ve sown,this blood is our own”

Hay algo en el hecho de entrar a una habitación y detenerse en una biblioteca. Hay algo en el hecho de revisarla, rozar los libros, tomar uno u otro, oler las páginas, pedirlo prestado o simplemente leer uno de sus fragmentos para después volver a colocarlo en el mismo lugar. Hay algo en el hecho de saber que cada uno fue adquirido en un momento particular, en un lugar en particular y que quizás pasó días en una mochila, fue abandonado por meses, fue motivo de relecturas, fue un disparador de un recuerdo involuntario, o incluso un testimonio de una situación clave. Como una vez señaló Hornby respecto a los discos, contemplar la biblioteca de alguien es sencillamente ingresar a su mundo, a su modo de ordenar, de darle valor a una edición específica, de incluir señaladores que quizás también dicen mucho sobre el instante en el que ese libro pasó a pertenecerle. “Por medio de la literatura, la colectividad pasa a la reflexión y a la mediación y adquiere una conciencia turbada y una imagen desequilibrada de sí misma que trata sin tregua de modificar y mejorar. Pero, al fin de cuentas, el arte de escribir no está protegido por los decretos inmutables de la Providencia: es lo que los hombres le hacen; lo eligen al elegirse” concluye Jean-Paul Sartre su apasionante manifiesto ¿Qué es la literatura?. Me gusta que emparente al destino con el acto de escribir, acto sobre el cual se hacía tres preguntas insondables (el qué, el por qué y el para quién) y me gusta, sobre todo, que use el verbo elegir. Me remite a esa acción de tomar un libro de una biblioteca, sí, pero también a cómo cuando uno lo hace está estableciendo una suerte de pacto con el autor (aunque sea momentáneo, uno decide acercarse a él) y también con esa otra persona que lo eligió previamente. Un universo puede fundirse con otro a través de un hecho imperceptible que termina estando, como decía Sartre, protegido por el decreto del destino. Un hecho imperceptible es la clase de hecho que, por lo general, cambia el rumbo de las cosas.

 “You recognised me” – “I would recognise you blindfolded”

A Royal Affair es una película histórica centrada en Caroline Matilde, reina de Dinamarca, quien se casó muy joven con Christian VII, pero terminó enamorándose del médico personal de su esposo, Johann Struensee, un hombre dispuesto a usar su vehemencia para cambiar la mentalidad (y las leyes) de una Dinamarca del Siglo XVIII que le huía al progresismo, y que se encontraba impermeable a cualquier clase de propuesta ilustrada. Si elegí este film para la consigna de hoy es, entre otras cosas, por lo que escribí previamente. El primer contacto sin prejuicios entre Caroline y Johann se produce gracias a la observación aguda que hace ella de la biblioteca de él. Su mundo, el literario, el de las ideas, el de la urgencia por aunar potencias para pregonar (y poner en práctica) los pensamientos de Rousseau, no le es ajeno a Caroline. Su vista se detiene en esos libros, escondidos tras otros menos conflictivos, suerte de simbolismo de aquello en lo que se terminaría convirtiendo su relación con Johann: algo que no podía pasar a un primer plano. Pero no solo Rousseau los une. Los une Voltaire y una carta que les escribió. Los une esa mezcla de pragmatismo y torbellino, esa combinación que los hizo ir tan lejos como pudieron, tan lejos como les fue permitido. Con sus espíritus arrebatados, claro. Pero también con la claridad como para poner en palabras todo por lo que estaban combatiendo. “Cada cual debe solucionar su problema, es decir, su estilo, su técnica, sus temas. Si el escritor tiene conciencia de la urgencia de este problema, se puede tener la seguridad de que propondrá soluciones en la unidad creativa de su obra, es decir, en la indistinción de un movimiento de creación libre” escribió también Sartre. Las conversaciones de Caroline y Johann sobre, justamente, la libertad y la capacidad creadora de un futuro del que ellos no formarán parte – como tristemente lo aceptan las miradas deslumbrantes de Alicia Vikander y Mads Mikkelsen – son el eje de A Royal Affair, el centro de todos los planteos. Una idea, si se suma a otra, termina forjando esa unidad creativa y provocando un efecto, por más mínimo que éste sea. La película es en extremo sensorial, pone a dos individuos en permanente goce con sus emociones (“you chased the storm and then I followed”), con lo que los hace vibrar, conmoverse, apasionarse, desde gotas de lluvia hasta un beso robado.

Hace poco me regalaron un libro. Vino de lejos y con una dedicatoria que hablaba sobre la hermandad cósmica. Sobre quienes están conectados por gustos afines, por pensamientos similares. Me inspiró, como el film de Arcel, a seguir leyendo, a mantener una apertura a lo que leen los demás. A no correr la vista de las bibliotecas. Y eso me recordó al primer instante de conocimiento de Caroline y Johann, quienes podrían haber permanecido indiferentes a sus respectivas preferencias, pero cuyas sensibilidades estaban tan volcadas sobre la mesa, tan desenfrenadamente expuestas, que no había manera de que un libro nos los llame, no los busque, no los encuentre, no los una. ◄  

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 ► [TRAILER] Algunas imágenes de A Royal Affair:

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 ► [ESCENA] Uno de mis momentos favoritos de la película (no lo encontré con subtítulos, sepan disculpar):

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Otro viernes, nuevas consignas: 1. ¿cuáles son las mejores películas para encontrar inspiración? Si quieren, pueden formular sus respuestas con “x película me inspiró a…”; 2. Por otro lado, me gustaría saber si son de detenerse en bibliotecas ajenas y que me cuenten cómo lucen las suyas, qué libros tienen, cómo están ordenados, etc.; dejen sus comentarios, quiero leerlos; nos reencontramos el fin de semana; ¡saludos para todos!

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La última vez hablamos sobre la mejor y peor película para… jugar al “Dígalo con mímica”

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