Super 8 y las “Coming of Age”

Hoy en Cinescalas escribe: Florencia Gaudio

Hace unos días finalmente tuve la posibilidad de ver Super 8, una película de la que se habló bastante debido a su campaña viral, que despertó muchas incógnitas desde antes de su estreno. El sello de Amblin Entertainment, la productora del celebrado Steven Spielberg, en un film de ciencia ficción ya de por sí era un buen augurio para los fanáticos del género. La firma del guionista y director J.J. Abrams, el hombre Lost, prometía además algunos misterios para ir descubriendo a medida que avanzara la cinta.

Como en su anterior producción, Cloverfield, Abrams vuelve a apelar a los extraterrestres, y nada mejor que recurrir al padre de E.T. para asegurarse el visto bueno del público. Pero los pingos se ven en la cancha dicen, y a Super 8 le fue bastante bien con la crítica y el público, por lo que se siguió hablando también después de que apareciera en los cines. Yo, que no soy particularmente seguidora de Spielberg ni amante de la ciencia ficción, y que además le guardó un poco de rencor a J.J. Abrams luego del final de Lost, no me vi seducida desde un principio. Sin embargo, a la larga, la premisa de este film terminó por atraparme: a fines de la década de los setenta, un grupo de chicos es testigo de un accidente de tren que cambiará no solo el guión de film en super 8 que están filmando, sino también la vida de su pequeño pueblo. Ah, sí, también hay militares y alienígenas, pero a esa parte no le presté atención, porque una de las reseñas que estaba leyendo colocó las palabras “coming of age” junto al título de la cinta y eso bastó para atraer mi atención. Coming of age, un término que siempre formó parte de mi existencia…

Cada época de mi vida estuvo marcada por alguna película desde el momento en que mis padres me llevaron en pañales a ver el estreno de Karate Kid. Durante mis primeros años fue una extraña obsesión por Tiburón 3, film con el que desayunaba cada mañana (resalto el “cada”). Algunos pensarían que era una pequeña bastante extraña que sentía fascinación por un monstruoso e irreal escualo que se la pasaba desmembrando a los empleados de un acuario, pero en realidad creo que se debía a que estaba desmedidamente prendada de una joven Lea Thompson. La pre adolescencia me trae recuerdos de la Patrulla Juvenil (The B.R.A.T. patrol), película de aventuras de un grupo de chicos en una base militar, que mis padres no podían dejar de alquilarme cada vez (y resalto el “cada”) que pasaban por el videoclub. Por aquellos tiempos moría de amor por un Sean Astin canchero y bonito, mucho antes de comerse unos estofados en la comarca para luego ir a destruir el famoso anillo con su amigo hobbit Elijah Wood.

Sin embargo, fue unos años más tarde cuando aparecería el film que dejaría su marca en mi corta existencia: Now and then, o Amigas para siempre, como se lo conoció por estas tierras: la historia de cuatro amigas treintañeras que vuelven a reunirse después de muchos años, para recordar un momento clave de su amistad. Que a la vez terminó resultando un momento clave en mis relaciones amistosas, porque mis amigas todavía recuerdan con una mezcla de odio y humor cómo las obligué a ver el film sin subtítulos por primera vez. Es que ellas tenían que entender lo maravillosa que era esta historia (salvo que hasta el día de hoy creo que aún no han logrado comprenderme). Es precisamente a raíz de esta película (que no hizo más que confirmar mi admiración hacia Christina Ricci, e introdujo en mi radar a Gaby Hoffmann y a Thora Birch) que conocí por primera vez el concepto del “coming of age”.

Por aquellos años el idioma inglés y yo no nos llevábamos demasiado bien, así que estas tres palabras unidas me causaban confusión. Recuerdo buscarlas en el diccionario, pero sus definiciones no formaban nada claro al unirlas, y los traductores automáticos no me ayudaban demasiado. En épocas en que para mí la internet solo era algo que utilizaba Sandra Bullock en La Red, no tenía la suerte de poder escribir este término en un buscador y recibir miles de resultados en pocos segundos. De todas maneras, a medida que pasó el tiempo me fui encontrando con el famoso coming of age en críticas y reseñas de otras películas, que observaba y analizaba con detenimiento, por lo que finalmente comencé a sacar algunas conclusiones.

Estaba claro que coming of age tenía algo que ver con la adolescencia. Son adolescentes, pero esta vez varones, los que caminan por unas vías de ferrocarril en Cuenta conmigo (Stand by me), el clásico de River Phoenix basado en la historia corta de Stephen King (no solo maestro del terror, también un apasionado en la creación de historias coming of age, como ha demostrado con Nostalgias del pasado y con IT). Y andan por los años teen los protagonistas de Los Goonies (con Sean Astin nuevamente a la cabeza, aunque al nombrar este film no puedo dejar de mencionar mi pasión por la extraña Martha Plimpton), y también la niña de Mi primer beso (My Girl) que sufría de hipocondría y se ligaba un pico de Mi pobre angelito. Pero llega el momento en que debo preguntarme (y perdónenme la licencia): ¿todas las películas de adolescentes son coming of age? Mmm, yo creo que no. No pondría a Mean Girls (Chicas pesadas) o a Bring it On bajo este subgénero, y en este punto quizás difiera de los especialistas, si es que existe algo por el estilo, porque cuando se buscan títulos que entren en la categoría antes mencionada, aparecen desde American Pie y Sweet Sixteen hasta En busca del destino o 8 Mile (sí, la de Eminem).

A adolescencia yo sumo “experiencia”. En general, el coming of age está relacionado con una transición, un rito de paso, en algunas culturas marcado por un evento o por una edad específica, pero en la vida diaria, quizás no tan signada por cuestiones religiosas o de costumbres, la experiencia nos arrastra de la niñez a la adultez, casi sin escalas; puede suceder en cualquier momento, de cualquier manera. Todos los protagonistas de estos films atraviesan un momento en particular, donde la inocencia se pierde, donde el peso de eso que significa crecer recae sobre sus hombros. En las películas que elegí, como en Super 8, la historia se apropia del verano, la estación en la Rueda Anual de las festividades paganas que precisamente representa a la juventud. Sin las obligaciones del colegio, las Amigas para siempre juntan dinero para comprar una casita en el árbol que, como una de ellas mismas asegura, termina por separarlas, porque luego de esos meses estivales todo cambia para las adolescentes. Un primer beso; el desarrollo sexual; el primer cigarrillo; el mundo adulto tras el estandarte del divorcio; la guerra de Vietnam; y la investigación sobre un asesinato que tuvo lugar en ese pequeño pueblo de Indiana, un pueblo donde ese atroz crimen, creen ellas, no puede haber sucedido jamás. Un pueblo una vez inocente y ahora ultrajado por la mismísima realidad. El paralelismo con el pasaje de la infancia a la juventud no podría ser más delicioso, mientras “Sugar, Sugar” suena de fondo.

En Cuenta conmigo es “Lollipop” la canción que suena, pero también es el sol del verano el que calienta las cabezas de los cuatro amigos, que están a pasos de encontrarse con la muerte cara a cara. Para la nena de Mi primer beso es, precisamente, el primer amor, la nueva relación amorosa de su padre, la pérdida final de una madre a la que nunca conoció. En el caso de Los Goonies, es el mundo adulto el que los termina sumergiendo en la aventura, cuando los más chicos del grupo decidan conseguir el dinero que sus padres necesitan para no perder sus casas. Así van tras la pista de la leyenda de un antiguo barco pirata… Bueno, cada uno lidia con sus problemas como puede, ¿no?

Yo no sé si Super 8 sigue las reglas de la ciencia ficción. De hecho, me tiene sin cuidado, porque en algún punto la presencia de la vida alienígena termina resultando una anécdota en la historia. Las reglas que sí se siguen son las de este subgénero llamado “coming of age”, tan amplio y confuso como la adolescencia misma, porque los elementos básicos se colocan en fila bajo las órdenes de Abrams: púberes dispuestos a vivir su verano de una manera inolvidable, los primeros escarceos amorosos (¿cuán adorables son Joel Courtney y Elle Fanning?), y los típicos asuntos adultos que se entrometen en sus inocentes vidas y los alejan de la niñez, aunque ellos aún no lo sepan (la muerte de un progenitor, peleas inentendibles entre padres, asuntos militares, la injusticia, la falta de comunicación, los celos).

Si la historia de Super 8 es interesante o sólida o si sus efectos especiales son tan buenos para hacerla memorable, no lo sé, el tiempo lo dirá. De la misma manera que me muevo a tientas cuando se trata de ese término en inglés que es tan especial en mi vida, solo sé que el clima de este film es entrañable, y al verlo por primera vez me resultó imposible no volver a andar en bicicleta con las Amigas para siempre, o a llorar en el pantano con los muchachitos de Cuenta conmigo, o a aventurarme en una cueva con Los Goonies, porque cuando las palabras “coming of age” aparecen frente a mí, ya no me esfuerzo por buscarlas en diccionarios. Para mí coming of age es inocencia perdida, iniciación, amistad, transición, miedos y alegrías. Es música antigua, remeras a rayas, bicicletas sin cambios y el sol del verano… algún verano que siempre perdurará en mi mente. Sobre todo, coming of age es mucha nostalgia.

Por Florencia Gaudio

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La escena del día: 8 Mile

“If you had one shot, one opportunity to seize everything you ever wanted, one moment, would you capture it or just let it slip?”

Post dedicado a George

Recuerdo ciertas observaciones de Edgar Allan Poe respecto a la poesía y su estrecha relación con la matemática, con el puro cálculo, con el orden, con lo esquemático de todo el asunto. La poesía, al ser considerada de tal manera, se desmitificaba, perdía su corazón, su espontaneidad, para responder a un modelo estrecho, difícil de romper. Poe hablaba de su propia experiencia a la hora de concebir El cuervo y, por más pruebas que nos haya dado de que se movió siguiendo un orden preestablecido de composición, esa obra no deja de ser magistral. La poesía, entonces, puede venir desde distintos ángulos, puede tener algo de matemático, puede no por eso traicionar su naturaleza pasional y puede, también, llegar bajo la forma de una canción de rap. Eminem siempre fue un músico que escribió desde el corazón, ya sea un corazón perturbado por sus propios demonios como un corazón honesto con sus propias debilidades. Sus canciones son incuestionablemente sanguíneas. Eminem es un poeta. Pero no solo por su habilidad para rimar (algo que no determinada un poema, ya lo sabemos) sino por su habilidad para que en ese viaje literario (con música, sí, pero literario primero que nada) se logren entrelazar la crudeza de su lenguaje con la universalidad de los temas que plantea. La canción “Lose Yourself” es perfecta justamente por eso, porque Eminem no solo habla de su alter ego en 8 Mile: habla de sí mismo tirando data específica y mirando hacia atrás (el trabajo era una mierda, la casa donde vivía también), pero con un trasfondo que puede llegarle a cualquiera. Ese trasfondo, justamente, es lo que toma Curtis Hanson para darle relieve y se vincula con la capacidad que tenemos de reinventarnos, de aprovechar las oportunidades, de mirarnos al espejo como hace Rabbit, con la moral por el piso, para minutos después salir a hacer lo que mejor sabemos, sin impedimentos. En el caso de Jimmy, lo suyo es el rap, las improvisaciones, el perderse en la música y en las palabras. Por eso, cuesta coincidir con Poe en eso de la matemática de la poesía, sobre todo si te lo imaginás a Marshall Mathers escribiendo “Lose Yourself” en un papel de cuadernillo roto y sucio, con una lapicera que se está quedando sin tinta y con el corazón en la mano.

Mirá esta escena de 8 Mile:

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