La escena del día: 10 cosas que odio de ti

“Siempre busqué tenerte aquí, sólo que no sabía vivir y hoy al llegar te vi brillar, se desarmó el viejo disfraz”

A veces creemos tener la fórmula cuando se trata de conocer al otro. Creemos tenerla porque, en el afán de descubrir sus peculiaridades, nos es más sencillo establecer preconceptos. A veces, sin querer, uno prejuzga, uno observa y, en esa observación, ve lo que quiere ver, acaso por miedo a encontrarse con algo que no cuadre dentro de esa fórmula, con algo que haga repensar, readaptarse, aceptar. A veces uno se responde lo que se quiere responder, para hacer(se) las cosas más fáciles, para no levantar la mirada del piso y darse de frente con ese otro que está ahí, así tal cual es. Como fue antes de conocerlo a uno, antes de que los caminos se entrecrucen. 10 cosas que odio de ti, además de ser una relectura de La fierecilla domada, además de su romanticismo icónico mediante una canción entonada sin miedo al ridículo y mediante un poema que se lee en voz alta de igual manera, es una película que se mantiene vigente por cómo aborda los prejuicios, el temor al verdadero conocimiento y lo vertiginoso y arrollador que puede ser ese transcurrir en el que las cosas se nos revelan. “Vos no parecés tenerme miedo” le dice Patrick (Heath Ledger, con esa eterna sonrisa desplegada) a Kat (Julia Stiles). “No, ¿debería?”, contrarresta ella. Kat, tabula rasa, no solo no le teme porque decidió dejar de vivir bajo la mirada ajena (y, por ende, a prejuzgar a su entorno) sino porque, sin darse cuenta, no se vincula con él como el resto sino como lo que él es: su par. 10 cosas que odio de ti está sintetizada en ese poema que ella le escribe, donde detalla todos esos gestos que hacen a Patrick un ser único. Y así le demuestra tanto ese amor incipiente como lo mucho que aprendió a verlo. “Tú sabes más de mí que yo de mí” entonan en una canción. Una canción que, como el film de Gil Junger, nos conquista con la celebración del cortejo, con lo revelador que puede ser que alguien te mire, te perciba, te despoje de las máscaras y te haga, en ese proceso, conocerte a vos mismo bastante más. 

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►[VIDEO]: La declaración de amor de Kat Stratford a Patrick Verona en 10 cosas que odio de ti:

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►[PLAYLIST]: Sus canciones “para declararse”:

Para declararse by cinescalas on Grooveshark

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►[GALERÍA]: Sus poemas “para declararse”:


Created with flickr slideshow.

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Este jueves, la consigna es doble: 1. ¿Vieron 10 cosas que odio de ti? ¿Les gustó? 2. ¿Con qué canción y/o poema le declararían su amor a alguien? Dejen sus aportes que más tarde les dejo tanto una playlist con las canciones como una galería con extractos de los poemas mencionados; como todos los jueves, también pueden proponer un Deathmatch (¡tienen que volver los versus!)  y/o Escena del día; ¡Gracias a todos! ¡Dejen sus comentarios muchachada, los leo como siempre!

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La frontera invisible

“I’m not here to know the things I cannot do, we’ve seen the outcome of the boys who didn’t fly”

Supongo que estoy harta de las despedidas. Curiosamente, una de las personas a las que despedí esta semana me regaló La invención de la soledad de Paul Auster y ya desde el comienzo, mientras armaba el post de hoy, volví a asombrarme por la manera en que los puntos se conectan. “(la muerte) sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad. Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la accidental podemos achacarla al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte, que no sabemos de qué lado nos encontramos. La vida se convierte en muerte…”. Auster comienza así su relato, a raíz del fallecimiento de su padre. Me hizo pensar en eso de lo que suelo escribir con frecuencia, acerca de cómo la vida es una sucesión de pequeñas muertes, y que esas pequeñas muertes son, esencialmente, las despedidas. Las buscadas, las que nos encuentran de modo imprevisto e incluso aquellas que son irremisibles, que forman parte de lo cotidiano. Sí, lo lógico sería que esas pequeñas muertes nos hicieran crecer, que en esa frontera invisible entre lo que se tuvo y lo que se perdió encontráramos algo de lo cual sostenernos para no caer en lo inevitable: el pensamiento de que todo pasa a ser un recuerdo. Como dice Auster, enfrentar eso, aún con menos entereza cuando ataca con desconcierto, nos pone en contacto con la mortalidad, nos hace mirar de frente, aunque no queramos, a cómo a medida que uno va despidiéndose se vuelve más consciente del fin de las cosas. No sé, es como si me observara a mí misma una década atrás, cuando la sensación de mortalidad prácticamente no existía porque era siempre reemplazada (o tapada) por otra: la de eternidad. Lo posible. Lo conquistable. Antolín, en su canción “Jóvenes y eternos” también escribió sobre esto: “Estoy cansado de tanta eternidad, prefiero el tiempo que dura un beso en la oscuridad”. Es decir, acabemos con el regodeo en esos desenlaces (“no le demos al final tanta importancia” diría, también, Fito) para que eso conquistable sea nada más y nada menos que lo inmediato. Sí, el presente. El presente y nada más. Antolín, a su vez, enarbola una seguidilla de afirmaciones: “Todos llevamos dentro de un Elliott muerto. Un Cobain muerto. Un Ledger muerto”. La lectura puede ser doble. Todos llevamos dentro a esos jóvenes que murieron pero se volvieron eternos y, también, todos estamos en contacto con la aceptación (mayor o menor) de esa irreductibilidad de la muerte. Debió haber sido esa mención a Ledger la que, inconscientemente, me hizo recordarlo como ya lo había hecho tiempo atrás. Y esa sí que es una pequeña muerte difícil de explicar, porque uno la sufre por lo que disfrutó de ver y por lo que quedó trunco. Pero también por lo que cuesta aceptarla. “Tal vez sea eso lo que cuenta: llegar a lo más profundo del sentimiento humano”, agrega Auster. Heath, en  mi caso, lo hizo. Cuando despide a Jack en Secreto en la montaña se lamenta, como podríamos lamentarnos nosotros, de todo ese futuro que ya no podrá ser. Sus palabras quedan por la mitad. Pero por la ventana se ve el campo, vasto, y un cielo abierto. La posibilidad. La posibilidad de volver a conquistar y de sentirnos, al menos por cuestión de segundos, en amos, en dueños, en conquistadores de lo eterno.

*1. Heath en 10 cosas que odio de ti:

*2. Heath en Secreto en la montaña:

*3. Heath en El caballero de la noche:

¿A qué actores y/o directores les gustaría tener de vuelta para una actuación/película más? ¿Qué “pequeña muerte” del cine los afectó?; Leo sus comentarios… ¡Buen miércoles para todos!

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* DE YAPA: Playlist de jóvenes eternos:

Jóvenes y eternos by Milagros Amondaray on Grooveshark

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Los actores que extrañamos

heath

Hay una frase de Norman Jewison que me quedó grabada: “las películas son para siempre”. Son cinco palabras que, ordenadas de ese modo, dicen algo simple y hasta obvio. Pero siempre me gustó. El porqué seguramente tenga que ver con el hecho de que, no importa cuánto el tiempo nos modifique a nosotros, las películas van a seguir estando ahí, esperando a ser vistas por segunda, tercera, cuarta vez, para reinterpretarlas, para entenderlas mejor en un momento determinado.

“Las películas son para siempre” también me gusta porque habla de la importancia de dejar un legado. No importa si ese legado es El ciudadano y toda su vitalidad para los estudiantes de cine o si es un puñado de películas ochentosas que te hacen querer ser Duckie o Watts. No importa si sos Orson Welles o si sos John Hughes. Quedás para siempre y llegás al lugar que tenés que llegar, al espectador que tenés que llegar. En el instante indicado.

Con los actores que fallecieron sucede lo mismo. La mayoría de nosotros nunca los conocimos, no compartimos un momento cotidiano, no entramos por la puerta de sus casas ni vimos sus cepillos de dientes. Pero igual los conocemos. De otro modo. Menos terrenal, más mágico. Menos personal, más idílico. No los miramos a los ojos, pero a la vez sí. Por eso, la muerte de ciertos actores/actrices también nos golpean. Particularmente, me sucedió con Jack Lemmon y Heath Ledger. Me entristecí porque lo recordé a Lemmon vestido de mujer en Some Like it Hot y a Heath cantando en 10 cosas que odio de ti. Y sentí que, a mi manera, los había conocido.

“Las películas son para siempre”. Los actores también. Ya no habrá un nuevo film protagonizado por Heath pero cierro los ojos y lo recuerdo como Ennis, fumando, esperando en una ventana, muy Brando, al reencuentro con el amor de su vida y eso queda para siempre. Eso queda.

Heath Ledger en 10 cosas que odio de ti:


¿A qué actor fallecido recordás más?