Una imagen…

 

Hoy en Cinescalas escribe: José Tripodero

Hace unos días falleció Gordon Willis, el célebre director de fotografía de icónicas películas de la década del 70. Como sucede con aquellos que dejan este mundo para pasar otro estadio (vaya uno a saber cuál), a mí lo que me gusta hacer es recordar su obra, en un sentido pragmático bien alejado del duelo de viuda llorona. En el caso de Willis es muy sencillo implementar esta estrategia del homenaje, porque su trabajo nos deja ver antes que leer o escuchar; sin embargo, previo a sumergirme en el meollo de este texto, quería desmitificar ciertas convenciones sociales. Una de ellas es la “ver para creer”. El cine como ensamble de otros lenguajes paradójicamente ha servido para crear mentiras que disfrutamos siempre (of course). El cine como (re) construcción de un acontecimiento o directamente como materialización de un invento no alcanzado, un estatuto impoluto en la dualidad binaria de mentira y verdad o – en un tono más riguroso – de realismo y ficción. Si algo nos han demostrado los Antonioni, los De Palma y muchos otros es que una imagen nos miente tanto o más que un relato oral. Me detengo en otra frase usada hasta el hartazgo: “una imagen vale más que mil palabras”. Yo la reformularía como “una imagen vale mil imágenes” y eso me eyecta al centro de la cuestión (ya que estamos con frases hechas). Si vemos la imagen en blanco y negro de Manhattan, la de los dos protagonistas sentados frente al puente de Brooklyn, no sólo inmediatamente identificamos el film, sino que también es posible que se nos venga a la cabeza gran parte del resto de la película, es decir, una imagen puede operar simbólicamente y sí, ahí darle cierta practicidad a esa frase de “una imagen vale mil imágenes”.

El disparador mental se lanza a transitar los recovecos de la mente al visualizar una imagen, en especial aquellas que simbolizan diferentes temas y que por diversas razones tienen esa producción de sentido, relacionadas con lo simbólico. Así me sucedió cuando por las redes sociales se subían “still shots” (fotos fijas) de películas fotografiadas por Willis, el día que se conoció su muerte. Además de la mencionada Manhattan, la trilogía de El padrino se ubicaba entre las más buscadas para extraer esa suerte de unidad mínima del lenguaje cinematográfico, en “modo homenaje”. Yo me quedo con esa imagen del niño Vito Corleone (en El padrino: parte II) que llegado de Italia mira por la ventanita de su habitación a la Estatua de la Libertad, reflejada en un costado de la imagen. En este caso, el recuerdo juega también con los sonidos, en esa escena el niño (que hasta ese momento del film no había pronunciado palabra) canta la canción de la trilogía, le da letra a esa música de Nino Rota que ya la teníamos tatuada desde la película anterior y que en la tercera película el hijo de Michael la ofrendaría en una reunión familiar. Así es como esa mera fotografía me retrotrae a tres películas, además de la película a la que pertenece. Se repite la operación matemática de una imagen = mil imágenes. Otra es la de Jeff Daniels vestido de explorador en blanco y negro, contemplado por Mia Farrow a color dentro de un cine. Estamos en el mundo de La rosa púrpura del Cairo, el mundo de cómo el cine se nos mete en nuestra vida a través de la fantasía o de cómo nosotros podemos subirnos a esa pantalla más grande que la vida misma. El trabajo de Willis marca esa diferencia entre el color y el blanco y negro para dividir los dos mundos. Mi link mental redirige esa imagen a lo sensorial, a ese ritual de entrar a una sala de cine: buscar dubitativamente una butaca, sentarse, mirar la hora, acomodarse, mirar a los costados y esperar a que las luces se apaguen completamente. Si bien este ritual lo repito cada vez menos, le entrego toda mi atención y mi quietud para asombrarme o decepcionarme pero siempre con la misma expectativa que el personaje de Mia Farrow. Es paradójico que muchos optemos por ver un film en una sala, que como acto comprende ciertas restricciones (como las nombradas en mi ritual) por encima de la comodidad de un hogar, y claro está que muchos prefieren esta opción, solventada también por la mediocre oferta de películas en pantalla grande.

Recuerdo muchas otras “still shots” de películas. Pienso en el plano de una joven parada con sus hombros al descubierto, casi en actitud provocadora e intimidatoria (al espectador más que nada) con sus ojos cerrados hacia el sol, pienso en Un verano con Mónica de Ingmar Bergman. Esa imagen más que operar, como en los casos anteriores, bajo un efecto de simple recuerdo, me invita a subirme al Delorean hipotético de cómo se recibió tal osadía, de mostrar un cuerpo femenino en una situación tan erotizante como interpeladora, es la soberanía de un cuerpo moderno por sobre unas convenciones sociales conservadoras. La interpelación también aparece en esa imagen de Mónica fumando y conectando sus ojos con el espectador; el cine nos mira, hay una dialéctica generada por el poder de las imágenes. Como se ve en las mismas, éstas tienen diversos vectores que se cristalizan bajo una operación simbólica.

Las imágenes suelen aferrarse a la piel de nuestra vida, para bien o para mal. Aquí lejos de regodearme en la nostalgia o en la melancolía (dos estados inevitables, al parecer, cuando recordamos), lo que intento demostrar es que una imagen no vale más que mil palabras, su valor está en la posibilidad de multiplicar el poder de sus cualidades sin la necesidad de una “intervención divina” de otro lenguaje. En estos tiempos (tan digitales), en los que las imágenes son tan efímeras como las palabras que se dicen, las primeras pueden descender al nivel del carácter perecedero que tiene la oralidad. La preservación de nuestros recuerdos parece (de)pender de la unidad mínima del medio audiovisual, la imagen capaz de atravesar esa dualidad espacio-tiempo, de detenernos en un momento exacto y/o de transportarnos a lugares conocidos o desconocidos. En el cine (como también en su madre, la fotografía) la imagen representa la preservación de la memoria, un bien intangible y preciado que no puede entregarse a ningún progreso tecnológico.

Me quedo con dos temas: el poder de la imagen y el poder de la mirada, a partir de esa interpelación de Mónica ya descrita. Para otros momento quedará hablar de la “edad de la imagen”, de su nacimiento en la pintura, su transformación con la fotografía y, a su vez, de ésta como antecedente del cine y… del futuro. No quería alejarme de los despertares sensoriales y reconstructores de las “still shots”, en un sentido más bien subjetivo y estrictamente personal del asunto. Las imágenes son perfectas excusas para un repaso, para un recorrido hacia atrás en la memoria, una invitación al redescubrimiento (¿por qué no?) de uno mismo.

Por José Tripodero

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¡BUEN COMIENZO DE SEMANA PARA TODOS! En el día de hoy, con José les dejamos una única consigna: que mencionen otras famosas “still shots”/fotos fijas del cine; es decir, esas imágenes que se asocian irremisiblemente a una determinada película (a no confundir con secuencias completas, que de eso hablaremos el miércoles en esta suerte de semana temática); yo voy con la bicicleta de E.T. ;) ¡que tengan un excelente lunes, nos reencontramos mañana!

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—> La última vez escribió María Agustina Schirripa sobre… CLOSER

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