Atención: se revelan algunos detalles del argumento
“Llamame Ismael”. Con esa interpelación abre la imprescindible novela de Herman Melville Moby Dick, novela por momentos algo áspera, pero con un modelo de narración que encuentra el equilibrio entre el excesivo detalle como complemento y el detalle como medio para succionarnos dentro de esa odisea. Life of Pi es una película que también comienza con una interpelación, y una que puede sonar pretenciosa: “Voy a contarte una historia que te hará creer en Dios”. Que el film se presente de esta manera no es un dato menor. No es un dato a secas. No estamos ante una pregunta. No estamos ante un deseo. Estamos ante una aseveración. Por ende, no nos deja margen de duda. No hay muchas películas que sean autorreferenciales en su progresión o que transcurran a la par de un manifiesto (por más breve que éste sea) de algunos de sus protagonistas. Ya hablamos en otra oportunidad acerca de cómo Antes del atardecer es una obra que, mediante una frase de Jesse (“[el final de mi novela] es un test para saber si sos un romántico o un cínico”), se estaba definiendo a sí misma, se estaba haciendo cargo de su modo de contar los sucesos posteriores. A fin de cuentas, Antes del atardecer terminó siendo precisamente eso: una forma de hacernos encontrar nuestro propio camino (como individuos más que como espectadores), de configurar nuestra mirada sobre, en ese caso, el amor. Sobre el futuro del amor. Life of Pi tiene el mismo procedimiento, pero la mirada que nos ayuda a conformar está emparentada con la fe. No con una religión en particular (como queda asentado en ese bellísimo recorrido por la infancia de Piscine Patel) sino con la fe como bálsamo, como una necesidad que nos urge a todos, incluso a quienes viven creyendo que no es imprescindible tenerla. En la novela de Yann Martel – cuya adaptación, afortunadamente, cayó en manos del brillante David Magee -, esa concepción de la fe proviene de los momentos en los que nos resulta imperativo tener algo (y por “algo” me refiero a desde una mirada compasiva hasta una comunión interior, siendo esto último una tarea bastante difícil de llevar a cabo), de momentos en los que, de alguna manera, nos sentimos con tendencia a aferrarnos a aquello que finalmente terminará develando que, parafraseando una canción, lo que nos falta no es la falta de fe sino el hallarle un destino, un lugar al cual dirigirla. La novela de Martel define ese momento clave como aquel en el que nuestra personalidad es puesta a prueba (como le sucede a Pi luego del naufragio), en la que la vida desarma el rompecabezas, haciéndonos únicos responsables de su reestructuración. Así, somos los artífices del porvenir. “Algunos se rinden en la vida con un mero suspiro. Otros luchan un poco, y luego pierden la esperanza. Sin embargo, también están quienes no se rinden en ningún momento. Yo soy uno de ellos. Peleamos, peleamos y peleamos. Peleamos sin que nos importe el costo de la batalla, las pérdidas que sufrimos, la improbabilidad del éxito. Peleamos hasta el final. Pero no es una cuestión de coraje. Se relaciona con otra cosa: con la imposibilidad de dejar ir”.
En la película de Lee, esta percepción que tiene Pi de la lucha proveniente de algo casi constitucional como el hecho de no poder soltar la mano se fusiona con ese deseo de creer en algo en una misma figura: la de Richard Parker. Ese tigre que será la única compañía de Pi en ese bote a la deriva no es solo un símbolo religioso, no es solo el costado espiritual de la película (siendo la figura de Pi y su accionar el costado pragmático, aunque esto también es discutible) sino la representación, el hacer corpórea la dificultad (“give me hard times and I’ll work harder” dice otra canción). Hace un tiempo, cuando me tocó atravesar una situación compleja, el mejor consejo que me dieron fue el de “buscá algo en lo que creer”. Porque incluso cuando pensamos que no creemos en nada, o cuando desafiamos esa lógica seguros de que la superación es algo innato y que no requiere de una cuota de esperanza proveniente de (o depositada en) lo que sea, a su modo estamos creyendo en algo (“ya no hay cosas en lo que creer, al menos te tengo a vos, el camino está limpio” escuché en otra canción), siempre se nos presenta una figura que nos devuelve el ímpetu para poner los pies sobre el piso. Lo hablamos también hace poco: a veces levantarse de la cama es un proceso natural carente de significación, algo que “tenemos” que hacer. Sin embargo, a veces levantarse de la cama se vuelve más significativo cuando nos encontramos del otro lado de la vereda, cuando, justamente, parece no haber nada en lo que creer. En toda esa naturaleza desplegada – siento que cualquier adjetivo que aluda a las secuencias de Life of Pi jamás le harán justicia, es una obra de arte descomunal que no puede ser descrita sino simplemente percibida -, pero particularmente en la figura de Parker es donde Pi no solo halla, como él mismo admite, la fuerza para mantenerse de pie sino también la madurez. El tigre es eso a lo que se aferra y la demostración de que su fe tuvo un correlato con la realidad: “cuando parecía que Dios me había abandonado, me estaba mirando. Cuando parecía indiferente a mis sufrimientos, estaba mirando. Y cuando yo estaba casi sin salvación, me dio tregua, y luego una señal para que continúe con mi viaje”.

Pero la madurez de Pi no está únicamente circunscripta a ese enfrentamiento de las dificultades o a encontrar la fe en un lugar que sea honesto para (con) él (“no está escrito en ningún mapa, los verdaderos lugares nunca lo están” se lee también en Moby Dick) sino que también se vincula con todo el trayecto que debe recorrer para aprender a despedirse. Una despedida no es algo simple, incluso Pi no recuerda el instante exacto en el que se despide de su novia antes de subir al barco. Sin embargo, la película ahonda en algo mucho más doloroso, en algo que genera impotencia y frustración en iguales dosis: no haber encontrado el momento adecuado para decir adiós. No haberlo encontrado porque las despedidas, por más concretas que suenen, en la mayoría de las ocasiones están ceñidas a los deseos de un otro (de ahí que la vida patee el tablero). Toda la película de Lee se construye tanto a través de esa aseveración inicial como de la imposibilidad que tuvo Pi de despedirse de su familia. En la novela de Martel, el joven cuenta en detalle lo que implican cada una de las pérdidas que a él le tocó sufrir (“perder a un hermano es perder a alguien con quien compartís la experiencia de crecer; perder a un padre es perder a tu guía, a quien te sostiene; perder a una madre…perder a una madre es como perder al sol que está encima tuyo”) y Magee adapta ese emotivo pasaje solo con un adiós, triste y desaforado, con un lamento, con un “I’m sorry”, sostenido por las imágenes de Lee de ese bote que se va alejando cada vez más de dónde provino. El “dejar ir” pasa a estar representando por una imagen poética. Lo interesante del film es que por más preparado que creía estar Pi para una nueva pérdida, Richard Parker le demuestra que, aunque no encuentre el momento para decir adiós, eso no hace de la despedida un acto menos consciente, menos real. Por el contrario, el “dejar ir” es un acto de madurez en tanto nos esté pidiendo una aceptación. Así, Life of Pi adquiere una dimensión mucho más grande, más épica, más hermosa en sus planteos, con la naturaleza en primer plano como ejemplo de lo extraordinaria que es la cotidianeidad (“la vida es tan bella que la muerte se enamoró de ella con un amor tan celoso y posesivo, que querrá destruirla ni bien pueda”). La muerte como un acto de envidia se contrarresta con el temple de Pi y su conducta temeraria (“aunque en algunos aspectos el mundo visible parece estar formado por el amor, las esferas invisibles fueron formadas por el miedo” escribió Melville), consciente de que solo ese miedo podrá vencer a la vida, porque es el miedo el que te hace sucumbir a la oscuridad. Y en esos momentos de oscuridad, la fe de Pi le pone a su lado a Parker, quien se va sin (casi) mirar atrás cuando su misión ha concluido (“sin alguien al lado, la vista por la ventanilla es triste” escribió Martel). “Te voy a contar una historia que te hará creer en Dios” nos dice Lee con su película. Y, aunque nos halle escépticos en un comienzo, logra precisamente ese propósito, el mismo que tiene Pi con su fiel oyente.
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Life of Pi ofrece una mirada sobre el mundo tan contemplativa como significante. Es una mirada sobre cómo el mundo existe siempre y cuando sepamos entenderlo. Porque, como dice su protagonista, al entenderlo estamos nosotros mismos dándole algo. Ese “algo” en lo que creer, ese “algo/alguien” de quien a veces no podemos despedirnos con palabras, ese “algo” que ponemos de nosotros para que el bote siga a flote, esa suma de cosas, son la base de nuestra propia historia. Como la(s) historia(s) de Pi, como esos retazos que dicen cómo somos, en qué creemos y qué observamos del mundo para celebrarlo. Para salir de la cama. Para encontrar un compañero de viaje. Para tener el coraje de decir adiós. ◄
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► Ang Lee presenta una escena de Life of Pi:
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► Les dejo un especial en el que James Cameron alude a la belleza y magnitud del film de Ang Lee:
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¿Vieron Life of Pi? ¿Qué opinan sobre ella? Los que no la vieron, están más que invitados a hablar sobre el cine de Ang Lee; por otro lado, quienes se animen a ponerse personales me gustaría que me cuenten en qué creen ustedes; ¡espero sus aportes, que tengan un gran día! ¡Nos reencontramos mañana!
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