La mejor película para…quedarte pensando

“It isn’t that hard to like you or love you, I’d follow you down down down, you’re unbelievable, If you’re going crazy just grab me and take me, I’d follow you down down down, anywhere anywhere…”

“Es evidente que tengo alterado el sistema nervioso, ya no soy dueña de mis reacciones: hace un instante, en el gabinete, me puse histérica y ahora en este lugar siniestro me siento calmada y bien, incluso me permito bromas y discursos morales. Ah, de nada sirve mentir: es su presencia la que ha operado este cambio”. No es que El año del diluvio de Eduardo Mendoza sea esencialmente una novela romántica. Sin embargo, su descripción del romanticismo se propulsa mediante dos palabras fundamentales que, a pesar de no pronunciarse seguido, igualmente están ahí, como aguardando el momento de dar el latigazo para trastocarlo todo. Las palabras son alteración y entrega. Una ligada a la otra. La alteración que sólo puede provocar alguien específico, alguien que, como esas mismas palabras, lo toman a uno desprevenido en una situación que parecía trivial. ¿Acaso no sucede? No esperar nada y súbitamente encontrarlo todo. ¿Qué remedio queda más que esa entrega? O esa entrega quizás sea lo único sobre lo que uno tiene poder de decisión. Es decir, si nos sentimos alterados por una presencia, está claro que nunca tuvimos control sobre el momento en el que su polo opuesto, la ausencia, se colmó con el ingreso en escena de una determinada persona. Uno ahí no puede elegir cómo reaccionar, es la primera reacción (o la concatenación de reacciones) lo que va a marcar el pulso de todo lo que se suscite después. Es como si el contexto pasara a ser completamente arbitrario. Como escribe Mendoza, cuando los cambios no vienen solos, cuando sin proponérselo alguien termina operando sobre nuestro sistema nervioso, se produce una suerte de bloqueo de los instantes previos y de los que nosotros imaginábamos que iban a sucederles. Por lo tanto, uno hoy está acá, pensando en algo, o no pensando en nada, solo, aburrido, acompañado, contento, entumecido, jovial, con la cabeza en el pasado, trazando planes, o con la cabeza en ningún lado. O uno simplemente puede estar. No sabiendo hasta qué punto el estar (infinitivo así, pelado, seco, sin ningún participio que indique acción, movimiento) implica una trampa. Nos podemos creer vivos hasta que la alteración se produce. Sí, creo que no hay dudas. Ahora uno puede estar acá y en un segundo estar allá, en ese lado que el otro propone y donde uno puede ir obedeciendo a la reacción primigenia o de donde uno puede escapar, no necesariamente traicionando esa reacción, sino simplemente eludiéndola. Eso es lo fascinante y eso es lo que da miedo: no saber cuándo alguien nos va a empujar hacia su lado. No saber cuándo alguien se va a adueñar de nosotros.

Breathe In es la película que filmó Drake Doremus después de Like Crazy. Más allá de que se trata de una historia más “adulta”, el realizador vuelve a escudriñar en lo mismo: hay hechos que se generan como consecuencia de un efecto dominó, que son irreversibles, y donde la culpa de los involucrados nunca es algo de interés. Mejor dicho: no hay culpas. La rareza en la interacción entre Jacob y Anna de  aquella devastadora película es lógica en el marco de su reencuentro. No se puede borrar el pasado. Convivir con él no es fácil. El pasado puede modificar nuestra predisposición, no importa cuán duro nos empeñemos en llevarla hacia un lugar mejor. Breathe In es otra obra (particularmente bella, más gris que Like Crazy y sus atardeceres, con menos luz, menos calma, con más irrupciones y más lluvia) donde lo irreversible es primordial. Sophie (Felicity Jones, nueva musa de Doremus que contribuye a la dolorosa belleza del film) es una estudiante de intercambio que se dispone a pasar unos meses con una familia neoyorkina. En esa casa conoce a Keith (Guy Pearce), un profesor de música con deseos de formar parte de una orquesta, y quien no parece intranquilo dentro la rutina con su esposa y su hija adolescente. Doremus hace algo audaz: toma a su favor los prejuicios que la simpleza narrativa de su historia contiene (un hombre con crisis de mediana edad subyugado por los encantos de una brillante joven de dieciocho años) y los interpela tomando las vías más impensadas. Breathe In no es una película sobre sexo, no es una película sobre un hombre cansado de su vida que encuentra en esa joven las respuestas a todas sus carencias. Es una película sobre dos personas que se conocen y se alteran, con un denominador común: ambos están obsesionados con los conceptos de elección y de libertad (“I don’t wanna be living a life where I’m not choosing stuff”, dice ella; “a lot of people fucked themselves up” dice él) y no necesitan consumar la atracción (más intelectual que física) para que la complicidad se esclarezca. Con intensas miradas (a Jones no le cuesta la química instantánea con sus protagonistas) y una escena magistral en la que Sophie y Keith ingresan a la casa después de una tormenta, se desvisten en sus respectivos cuartos y se reencuentran en el living, Doremus alude a la alteración y alude a la entrega y revolotea en lo cíclico. Así es como Breathe In parece terminar como comienza. Parece. Porque en el medio se produjo todo un torbellino. En el medio se produjo un cambio. En el medio, Keith advirtió algo que lo liberó y condenó al mismo tiempo. Keith advirtió que, antes de Sophie, solo estaba. No vivía. No reaccionaba. Entonces, Doremus deja latente un dilema (¿cómo volver a la normalidad después de eso?) y yo me pregunto sobre su pregunta: ¿volver a la normalidad? ¿acaso eso se puede? 

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 ► [TRAILER] Les dejo un adelanto de Breathe In:

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 ► [RECUERDO] Algunos momentos de Like Crazy:

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¡Hola a todos! La consigna para este viernes: Mencionar las películas que no pudieron (o que incluso no pueden) sacarse de la cabeza, aquellas que los dejaron maquinando, ya sea porque les llegaron a nivel personal o porque dispararon muchos interrogantes; espero sus comentarios, y quienes hayan visto Breathe In también pueden explayarse sobre ella; ¡nos reencontramos en la canción de mañana! ;)

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… UNA NOCHE DELIRANTE

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La mejor película para…una noche delirante

This Is the End es una película fácil de desacreditar, ya con el preconcepto de que se trata única y exclusivamente de un vacuo ejercicio onanista. En un punto, se la puede comparar con Jay and Silent Bob Strike Back de Kevin Smith, otra comedia donde se parte desde un mismo lugar: el hacernos ingresar a una fiesta donde podemos quedar como outsiders y donde quienes entienden los chistes son únicamente quienes la organizaron. Es cierto, en ambos casos hay una autorreferencialidad ineludible, pero a diferencia de la película de Smith (la cual me sigue resultando brillante), This Is the End empuja un poco los límites y emplea esa acción de mirarse el ombligo con múltiples propósitos. En este aspecto, Seth Rogen y su co-guionista Evan Goldberg hilan más fino que Ben Stiller con Tropic Thunder, y se meten con los estereotipos con la mirada más enfocada en casos particulares. Así, los protagonistas del film son ridiculizados a partir de la visión que el espectador o la crítica puedan tener sobre ellos, trastocando esa visión o llevándola al extremo. Así, Michael Cera no es el chico bueno de Juno y sus derivados: es un cocainómano misógino que toquetea a Rihanna sin pudor. Así, Jonah Hill es el pretencioso del grupo luego de su nominación al Oscar por Moneyball, mientras que James Franco es el alma de la fiesta, para el desconcierto de Jay Baruchel, la cara menos “conocida”. This Is the End está propulsada por una sucesión de episodios, si se quiere, inconexos, pero igualmente efectivos. Hay un segmento en el que Hill es poseído cual Linda Blair en El exorcista y otro en el que el Apocalipsis deriva en puesta a prueba de la generosidad del Hombre. El punto culmine es ese final, donde el delirio deviene en fantasías pop y donde se entiende con mayor claridad algo que Rogen y Franco conversan en el inicio del film. Las mejores ideas – como una secuela para Pineapple Express – no necesariamente surgen de una habitación con máquina de escribir y la serenidad marcando el ritmo. A veces, las mejores ideas, como casi todas las de This is the End, surgen de una charla entre amigos, con ambos riéndose, tirados en el piso.

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 ► [TRAILER] El adelanto de This Is the End:

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 ► [ESCENA] Les dejo un hilarante momento de la película:

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La consigna para este viernes: Nombrar cuáles fueron las películas más delirantes que vieron en sus vidas, ya sea las que los hayan divertido mucho como aquellas que les hicieron decir, en más de una oportunidad, la frase “what the f…?”; a ver con qué salen, muchachada; ¡espero sus comentarios! ¡nos reencontramos en la canción de mañana! ;)

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… VER CON TU MAMÁ

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La mejor película para…ver con tu mamá

Imagínense que están viendo la historia de una niña de ocho años que es tironeada por sus padres en medio de una disputa legal. Imagínense que esa niña es, en un acto de inconsciencia de su madre, abandonada en la puerta de un bar creyendo que dentro habrá alguien para recibirla. Imagínense que esa niña pasa la noche en la casa de una pareja de desconocidos, donde la oscuridad y la desprotección la hacen llorar como nunca antes. Imagínense, además, que tanto su padre como su madre vuelven a casarse y ella, súbitamente, comienza a pasar sus horas con dos individuos extraños a sus ojos. Imagínense que ver todo eso no implique una experiencia insostenible. Imagínense, por el contrario, que todo aquello que presenciamos, por más desolador que sea, lo hacemos a través de la mirada de esa pequeña, de Maisie, y que, en consecuencia, cada una de las experiencias se padecen con un cierto enrarecimiento, se comprenden pero desde una posición ingenua, como la de quien contempla su entorno y no termina por descifrarlo, como la de quien se acerca a las cosas con un candor que contrarresta los actos de egoísmo más repudiables. What Maisie Knew, la flamante película de la dupla integrada por Scott McGehee y David Siegel es, ante todo, una fábula. Los directores (junto a las guionistas Nancy Doyne y Carroll Cartwright) adaptan la novela de Henry James sosteniendo durante toda la historia esa fidelidad por respetar el punto de vista de Maisie ante una situación caótica: la separación de sus padres, ese hecho que implica que el rompecabezas se desarme y que las piezas parezcan imposibles de reacomodar.

Así, será siempre la niña quien observe todos los sucesos (desde los más asfixiantes hasta los más agradables), por medio de una puerta entreabierta o a través de un vidrio, como quien está espiando el desorden de su propia vida. Lo brillante del film es cómo, en esa decisión de autodefinirse como fábula, contiene una luminosidad y un juego con los colores que jamás se disipan sino que revelan que la inocencia y el optimismo de Maisie van a permanecer impolutos no importa cuán conflictivo sea el ámbito en el que ella se mueva. Asimismo, What Maisie Knew desemboca en una subtrama totalmente inesperada y efectiva. Esa niña, por el abandono emocional de sus padres, termina hallando en las respectivas parejas de ellos el afecto y contención que necesita. Es en ese tramo final donde la dinámica entre Maisie (Onata Aprile, sencillamente extraordinaria), Lincoln (Alexander Skarsgård) y Margo (Joanna Vanderham) funciona con naturalidad, dinámica que representa el bálsamo de una niña que se ve forzada, a su corta edad, a comprender los traspiés de su madre (una perfecta Julianne Moore), una madre quien le revela con honestidad qué la llevó a comportarse de modo cuestionable. Por lo tanto, cuando Maisie obtiene esos ansiados minutos de libertad de esas peleas de adultos, elige perdonar a su mamá, refugiarse en Lincoln y Margo, y salir corriendo hacia un barco. En ese correr (con la sonrisa en primer plano) reside el eje de esta película que muestra el dolor sin manipularlo, que reflexiona sin predicar y que no se corre jamás del lado de su protagonista y de la sucinta manera de desplegar su mundo. 

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 ► [TRAILER] Un adelanto de What Maisie Knew:

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 ► [DE YAPA] Onata Aprile y Alexander Skarsgård hablan sobre la película de McGehee-Siegel:

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Dos consignas para este viernes: 1. ¿Vieron What Maisie Knew? ¿Qué les pareció? 2. Por otro lado, como hicimos en el post del Día del Padre, los invito a sumar películas ideales para ver con sus mamás y que dejen anécdotas sobre films que vieron con ellas o simplemente que cuenten si comparten o no la cinefilia con sus madres; les deseo a ellas un gran día el domingo y, hablando de domingo, voy a empezar a dejarles frases de directores/actores/escritores/músicos sobre una foto de ellos, frases vinculadas a algún post de la semana, como hago con las canciones, y bajo la categoría “Cita de domingo”; nos vemos mañana con un tema y que sus mamás tengan un lindo día, y que las mujeres mamás que aquí comentan pasen una bella jornada también; ¡saludos para todos!

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La última vez hablamos sobre la peor película para… ENCONTRAR UNA MORALEJA

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La mejor película para…recordar la adolescencia

“Reina, tus ojos grandes miran los míos para desarmarme; nunca, nunca fui bueno para despedirme de lo que más quiero”

En Submarine, de cara al agua, Oliver le insiste a Jordana: “ask me how deep the ocean is”. Ella responde: “shut up”. Él no se resigna: “come on, just ask me”. Ella pregunta: “¿por qué?”. Él le dice: “because I know the answer”. Después de un tironeo, ella cede (“how deep is the ocean?”) y él retrocede (“I’m not gonna say”). Ella se vuelve irónica (“I’m brokenhearted”) hasta que él afirma: “the ocean is six miles deep”. El “good” que emite luego Jordana es sucedido por una mirada cómplice y lo que una vez hablamos: el detenerse en el agua sabiendo que para caminarla hay que entenderla primero. O bien sucumbir al impulso adolescente. Abro esta nota sobre Dulce de leche – película de Mariano Galperín que también tuve la posibilidad de ver en el UNASUR Cine – recordando Submarine, porque a pesar del claro paralelismo que se puede trazar con Melody y su desprejuicio, su bienvenida actitud de rehusarse a dar explicaciones, el film protagonizado por Ailín Salas y Camilo Cuello Vitale tiene una gran cantidad de escenas donde abundan esos intercambios que en superficie parecen irrelevantes pero que terminan desembocando en acciones más profundas. Es decir, que Oliver le pregunte a Jordana que le pregunte y que ella pregunte sobre su pregunta y que él se niegue a responder su propia pregunta es un juego entre dos chicos (sí), es un tira y afloje proveniente de una pelea (también), pero a su vez es sintomático de otra cosa. Es un adolescente diciéndole a la chica que ama que le haga hablar sobre cosas que sabe. Para impresionarla. Para sentirse orgulloso. Para pararse a su lado de igual a igual. En consecuencia, la sonrisa de Jordana es una forma de desnudar su “no puedo odiarte”. Y así, no queda otra alternativa más que vislumbrar el futuro, inmediato o lejano, a corto o largo plazo. En Dulce de leche casi no hay peleas entre Luis y Anita, pero sí esas mismas conversaciones de tono lúdico, como cuando él, viendo que la directora del colegio es otro escollo más en su necesidad de disfrute del primer amor, sugiere hacerle daño. El chiste va y viene. Sabemos que no hablan en serio. Sabemos que mientras Luis mire a Anita con su remera de Bart Simpson, ella le va a sonreír y le va a quitar el peso a la situación conflictiva.

“Como un rayo de luz llegaste sonriendo, ayudaste a destruir el tiempo, me di cuenta de que nunca volveré a ver a alguien como vos, volando como vos, tan linda como vos, es tuya mi voz”

Dulce de leche le cierra las puertas (al menos hasta su desenlace algo precipitado) a cualquier posibilidad de desproporcionar lo dramático, incluso en circunstancias donde podría haber adoptado una postura sentenciosa, cargada de moralina. Dos adolescentes se enamoran y punto. Se enamoran tanto que cumplen al pie de la letra con esa suerte de axioma de que el mundo deja de existir cuando ellos se conectan, por medio de detalles que Galperín no necesita remarcar porque están ahí, los vemos y los absorbemos como eso, desde el momento en el que Luis y Anita intercambian sus remeras, desde el momento en que Luis y Anita se hacen probar el más rico dulce de leche, incomparable a cualquier otro, análogo al amor que los une. “Ya es tuya la voz con la que antes cantaba” dice una canción. La película de Galperín no pide disculpas, se envalentona hacia la más natural de las acciones (el entregarse a alguien) y si no desproporciona lo dramático, sí lo hace con lo verdaderamente importante: esos episodios adolescentes. Así, el campo de girasoles es, como ese “six-mile deep ocean” de Submarine, el lugar para besarse, darse la mano, caminar, abrazarse. Por otro lado, el primer encuentro sexual entre Luis y Anita está filmado con un bienvenido virtuosismo no tan presente en los trabajos previos de Galperín. La secuencia está cimentada en planos cerrados, en la superposición de las sonrisas de uno y otro, en el sudor de ella, en su cadenita atada al cuello, en la remera que él se saca, en (otra vez) la mirada cómplice cuando todo se acaba. Y cuando todo se reinicia. En gran medida gracias a las actuaciones de sus protagonistas, Dulce de leche irradia naturalidad, presura, gestos de amor inocente (mensajitos al celular, besos a escondidas, manos que se rozan con los ojos puestos en el cielo) y, especialmente, mantiene un respeto por lo que es un romance de la adolescencia, esos romances que no son inferiores a los de la adultez, ya que incluso en la adultez podemos encontrarnos sonriendo porque sabemos que los días son mejores desde que apareció alguien, entrando a escondidas por nuestra ventana, para instalarse en nuestro mundo.

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 ► [TRAILER] Un breve delanto de Dulce de leche:

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¡Hola a toda la muchachada! Tres consignas para este viernes: 1. ¿Vieron Dulce de leche? ¿Qué les pareció?  2. ¿Qué otras películas y/o series sobre la adolescencia podrían sumar al post? 3. Por último, ya que estamos hablando sobre esa etapa, me gustaría saber  qué recuerdos conservan de la adolescencia y qué películas tienen asociadas a ese momento de sus vidas; como siempre, los leo a todos; ¡buen viernes! ¡nos reencontramos mañana con una canción!

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… SOÑAR DESPIERTO

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La mejor película para…soñar despierto

Let’s spend our last quarter stance randomly, go down to the outlet once again (…) last time is the last time…”

Hace unas semanas soñé con mi libro. Lo soñé antes de que se editara. Soñé que la tapa se veía deformada y que el índice estaba todo desordenado. Después soñé que los capítulos tenían los títulos equivocados y que había páginas en blanco. Cuando lo recibí, me entró pánico por tener que releerlo y reencontrarme con decisiones de escritura que no me gustaran o con errores de tipeo. Lo curioso es que la tapa se ve perfecta, el índice está perfecto, los capítulos tienen los títulos correspondientes, no hay páginas en blanco, pero sí encontré que faltaba una coma en la Nota de autor y que había un error de tipeo (ViNcentico en lugar de VIcentico). Obviamente me preocupé y después me di cuenta de que no solo siempre hay margen para las equivocaciones sino que además uno nunca puede estar completamente seguro de nada. Un momento de distracción o de cansancio fue lo que seguramente me llevó a omitir esa coma, pero es esa coma que falta lo que me da pauta de lo inmersa que estuve en ese libro, lo sumergida en él que me encontraba (y que me encuentro). Entonces, gracias a ese detalle pensé que a veces lo bueno, contrario a lo que se pueda creer, viene de lo que está fuera de nuestro control. Es decir, ¿yo planee escribir un libro? Sí, era uno de mis objetivos. Pero, ¿yo planee escribir un libro con textos de un blog que alberga a una gran comunidad? No, jamás. Jamás pensé en tener un blog, si vamos a lo básico. Este libro es, entre otras cosas, una prueba de que hay sueños que se concretan de un modo incluso inconsciente, y que esa concreción genera más y más réplicas y ni pienso adónde me puede llevar porque me abruma. Pero sí pienso que el no tener certezas, el meter los pies en el agua con ese grado de despreocupación (pero con una despreocupación que paradójicamente está ligada al instinto de que las cosas van a salir bien porque comenzaron desde un buen punto), es lo que me reencuentra con lo impredecible. Y no hay nada como eso. Porque lo impredecible es lo que me mantiene en movimiento. El no saber qué sucederá con una decisión, con un proyecto, con una palabra que se dice. Lo hablé hace unos días con alguien: a veces uno no toma conciencia del impacto que algo personal/creativo que lleva a cabo puede tener en otra persona. Yo le hablaba de su trabajo y él me hablaba del mío, pero íbamos a lo mismo: lo hicimos en una circunstancia compleja, y nos trajo devoluciones luminosas. Reitero: no hay nada como eso.

“And why are you so quiet now standing there in the doorway? You chose your journey long before you came upon this highway”

“Un par de dilemas, serios traumas, decisiones que tomar. ¿Qué hacer? ¿Virarse? ¿Mandar todo a la cresta? ¿Escapar? ¿Qué pasaría? Imagínate. Piénsalo un poco, pongamos las cosas en la balanza. ¿Qué pasaría? ¿Qué? Y si te fueras, por ejemplo, si te marcharas sin mirar atrás, asumiendo la soledad sabiendo que puede ser un grave error, pero que igual te sentirías bien, ¿lo harías? Perderías la seguridad pero, ¿qué significa estar seguro? ¿Alguien lo está? ¿Podrías admitir, sin hacer trampas, que realmente estás seguro? Hay preguntas que es mejor dejar sin responder, ¿no?”. Vuelvo a citar Mala onda, ahora en relación a The Art of Getting By, una película completamente anclada en eso de dejar preguntas sin responder. Porque sabemos que George (un Freddie Highmore contenido, melancólico y entrañable) está imposibilitado de llevar adelante un acto que parece simple (mantener en orden la tarea escolar), pero no sabemos bien por qué. ¿Importa la razón? ¿Acaso no es más elocuente verlo tirado en su cama escuchando Leonard Cohen con la mirada en el techo?  El director Gavin Wiesen no cuenta una historia demasiado original, pero lo sabe. Justamente el atractivo es presentarnos a George como uno de los tantos adolescentes que, en plena etapa de autodescubrimiento, registra qué es lo que le apasiona (el arte) pero no encuentra el modo de vivir cada día sin una alarma encendida. Porque, en efecto, es alarmante el no poder disfrutar de una fiesta, de un beso, de una conversación, si se piensa en que todo eso tiene fecha de caducidad. “I was happy. I was open. I was curious. But I’ll tell you this: I knew when it was ending. I was overwhelmed with sadness when I realized that I was going to change, and that it was all most likely going to get worse, like a nostalgia for the present. I couldn’t shake it” dice George. Nostalgia por el presente. Creo que eso es precisamente lo que lo lleva a pintar, como en su momento lo discutimos en este post, ya que ese proceso se vincula con el encapsular un instante. Pintar: durar. Pintar: hacer algo eterno. Hasta que aparece Sally (Emma Roberts, en una actuación de registro similar a la de It’s Kind of a Funny Story) y ese “I fear life” de George muta en un “I was nothing, I felt like nothing, less than. You changed that”. Y así, la incertidumbre empieza a dejar de ser una mala palabra y lo mismo la felicidad, felicidad que, para la madre de George, nos obliga a convertirnos en vigilantes. A esa felicidad no hay que descuidarla. En una canción de Jaime Sin Tierra se puede escuchar la frase “me diste tantas cosas, dejé de ser quien solía ser”. Parte de los sueños, de los proyectos, de las metas o de las pasiones, por lo general no dependen solo de nosotros, siempre hay una cuota ligada al otro. ¿Y quién es ese otro que está dentro de la palabra nosotros? Justamente quien nos dio algo y nos transformó; quien, sin saberlo, puso la primera piedra (la del impulso, la de la inspiración) para la construcción de algo mayor. Ya lo dijo Angela Chase: “sometimes someone says something really small and it just fits right into this empty place in your heart”.

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 ► [TRAILER] Imágenes de The Art of Getting By:

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 ► [PLAYLIST] Les dejo la gran banda sonora de la película:

The Art of Getting By Soundtrack by cinescalas on Grooveshark

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Este viernes nos ponemos más personales con tres consignas: 1. ¿Vieron The Art of Getting By? ¿Les gustó?  2. ¿Ya que la película habla sobre sueños y pasiones, me gustaría saber eso mismo: ¿cuáles son las cosas que los apasionan (desde lo macro a lo micro) y cuáles son los objetivos/metas/proyectos que han tenido y pudieron cumplir y los que esperan poder cumplir en un futuro? 3. Por último, así como George le dice a Sally que antes de ella él no era nada, quisiera saber qué personas han tenido un impacto en sus vidas al punto de modificarlas; bueno, desde ya, si se explayan sobre estas preguntas, les agradezco la confianza; yo haré lo propio; ¡buen viernes para todos! ¡nos reencontramos mañana con un tema!

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La última vez hablamos sobre la peor película para… CALMAR LA ANSIEDAD

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