La escena del día: Hierro 3

“It’s hard to tell that the world we live in is either a reality or a dream…”

Yo vivo la vida de la ausencia. En realidad, creo que todos en un momento u otro la vivimos o sentimos así. O bien porque hay una carencia que no se termina de llenar o bien porque el concepto de ausencia lo padece otro, sin que lo sepamos, otro para el cual nosotros estamos ausentes. No es posible huirle a eso. Yo vivo la vida de los enigmas. Todos somos enigmas. ¿Cuántas veces alguien habrá querido descifrarnos para bajar los brazos en la mitad de la contienda? No podemos terminar de comprendernos a nosotros mismos, entonces, ¿cómo podría alguien, como escribió Benedetti, coleccionar nuestros despojos, decodificar nuestras claves, nuestros sigilos? El extravío parece, al igual que la ausencia, inevitable. No es fácil abordar Hierro 3, no es fácil ponerla en palabras. Podría decirse que es poesía (porque sí, es poesía de la ausencia y también de su contracara) y aún así se estaría apelando a una generalización de su efecto puntual. En esta historia de amor entre Tae-suk y Sun-hwa no hay diálogos, no podemos aferrarnos a declaraciones hiperbólicas para decir que lo que se genera entre ellos es una afinidad que se produce fortuitamente. Sin embargo, notamos esa afinidad, notamos que hay un hombre que vive no más de unos días en casas temporalmente deshabitadas, y notamos que hay una mujer víctima de abuso que quiere, al menos por un segundo, acostar la cabeza en un lindo almohadón, beber té y dar un beso en paz. Tanto uno como el otro se nos presentan como enigmas y como seres ausentes (él y su esencia fantasma, ella y su desconexión con el mundo, producto del dolor), pero tampoco importa que se nos contextualice demasiado el qué los llevó a estar así, el qué los hizo elegirse. Ellos encajan tan bien como sus pies juntos en una balanza. A fuerza de imágenes simbólicas, Kim Ki-duk nos muestra el romance progresivo, como preparándonos para una media hora final extraordinaria donde, y también sin palabras, surgen todas las respuestas. Porque si no se puede alcanzar la perfección amorosa por una infinidad de razones (que en este caso abarcan desde la corrupción hasta la desprotección de los parias), entonces a la perfección hay que encontrarla en la aceptación de los despojos, en abrazar la ausencia, en hacer un sacrificio por el otro, en activar los sentidos para percibir eso (alguien, un llamado a la distancia, un presentimiento, lo que fuere) que a veces se nos escurre entre los dedos. Ése es el asunto. Aquel que “está en tus ojos y los cierras”, que “está en tus manos y las quitas”, que “está en tus pechos y los cubres”, que “está en mi enigma y lo abandonas”. ♦   

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► [ESCENA] Uno de mis momentos favoritos de Hierro 3:

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► [GALERÍA] Amores trágicos/tristes/complicados del cine:

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Dos consignas para este jueves: 1. ¿Vieron Hierro 3? ¿Qué opinión tienen de ella? 2. ¿Cuáles son las historias de amor más tristes y/o imposibles del cine, y aquellas que más les han impactado a ustedes? ¿Prefieren esta clase de films románticos o los que tienen finales felices?; espero sus comentarios y alguna propuesta para la Escena del día y Deathmatch; ¡los leo, muchachada! ¡buen jueves! ¡nos vemos mañana con un festejo!

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La escena del día: Los amantes del círculo polar

“Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar…o empezar”

Para los rostros indelebles

Hay cosas predestinadas a acompañarlo a uno toda la vida. Puede ser una tragedia, puede ser el peso de una decisión, puede ser una circunstancia inmodificable o puede ser, como lo es casi siempre, solo un momento. El amor en un momento. En una realidad donde la mayoría vamos siendo empujados por la rutina, el consumismo, las pautas que nos aseguren cierto modo de vida que nos satisfaga, el rostro de alguien, su presencia indeleble y romántica, se erige como algo que contrarresta ese vértigo, se opone a lo concreto y se configura como un ideal poético. En una entrevista, Adolfo Bioy Casares trazó una línea divisoria entre el universo de las posesiones y el de los desprendimientos, como refiriéndose a la escritura desde una postura casi espiritual: “Hay dos comunidades parejas en el mundo. Una es la de los que buscan felicidades que cesan con la posesión, que son las personas que trabajan en empresas, y producen las cosas que consumimos los otros. La otra comunidad, en cambio, es la de las personas como yo, que tratamos de buscar felicidades que van más allá de la posesión. De esto, doy un ejemplo: la poesía. Si uno sabe un poema, va toda la vida con él”. Es una reflexión hermosa. El convivir con todo lo que se alojó en nuestra mente (la escena de una película, el fragmento de una canción, o un poema como dijo Bioy), todo eso que sale a la luz en instantes precisos, porque otro impulso lo activó, porque hubo algo que le devolvió vida, o lo despertó de un sueño. A fin de cuentas, son incorporaciones que están siempre semidormidas, que efectivamente van toda la vida con nosotros, aunque no siempre vuelvan, aunque no siempre se resignifiquen. Me atrevo a hacer extensivo el ejemplo de Bioy a esos rostros que persisten, o quizás a uno solo, al del gran amor. Y por “gran amor” no aludo a uno idealista sino más bien a ese que también se podría ubicar en la vereda opuesta al de la posesión concreta, porque es aquel al que se lo posee en el recuerdo. El que es imprescindible sí, pero que puede no estar y, sin embargo, yace dentro, como ese poema, como diciendo: “no te necesito para amarte, vas a ir toda la vida conmigo”. Los amantes del círculo polar es una de las películas más intencionalmente simétricas de Julio Medem, con una poesía menos ruidosa, menos barroca que la de Habitación en Roma y con una carga sexual más atenuada en contraposición a Lucía y el sexo o Caótica Ana. Es una película sobre ese gran amor que nos acompaña con persistencia y en ausencia, en distintos puntos geográficos (Medem lleva este planteo a los extremos para cerrar el relato en Finlandia, en el borde del círculo polar), y como un secreto bien guardado. 

Desde el inicio comprendemos que el vínculo entre Otto y Ana, ese de “la vida en capicúa”, es uno geométrico, y Medem aplica esa geometría a los puntos de vista (el primer contacto visual, el primer beso, el primer encuentro sexual, todo se observa desde dos perspectivas) y a la puesta en escena. El film comienza y termina de igual manera, hay sentencias que se repiten en sincronía (“mi vida solo ha dado la vuelta una vez y no del todo, falta lo más importante”, “estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande y eso que las he tenido de muchas clases, podría contar mi vida uniendo casualidades”) pero hay, por sobre todo, un trayecto constante de un mundo a otro (del más poético y esperanzador al más realista y crudo), eso que tan bien le sale a Medem, que es tan imperceptible como sobrecogedor. El director está explorando en simultáneo dos universos que no solo son los de Otto y Ana, sino los del destino y las casualidades. Lo que está inevitablemente encadenado y lo que es simplemente inevitable. “Cuando hace frío la mayoría de las cosas van más deprisa, o llegan antes. Me refiero a las casualidades. Me encanta que haga frío” dice Ana. Y así la lógica interna de la película se vuelve irrefutable. La pasión, el amor, el rojo, el corazón, lo que late de manera rabiosa e incesante, lo que debe escucharse (“Estar enamorada no es fácil. No basta con desearlo. Hay que oírlo”) está supeditado a un clima oscuro, denso, que congela, hiere, lastima. Y si el contexto es ese, no es solo por la simetría, es también porque Los amantes del círculo polar es, intrínsecamente, la historia de un desencuentro definitorio. “Una tarde de mucho frío leí una pregunta de amor, demasiado bonita para la letra de un niño”, evoca Ana. “He escrito tantas veces su nombre dentro” asegura Otto. Ambos recuerdan, siempre vuelven a ese momento en que un simple hecho (una pelota que se fue lejos) provocó otro (la colisión de ambos). Pero la vida es implacable. Medem lo sabe, pone, valiente, y en palabras de sus personajes, reflexiones sobre la caducidad, sobre el tiempo y su naturaleza lapidaria, y sobre cómo el amor tampoco está a salvo de la destrucción por un número de acciones hilvanadas. Como ya he señalado, Medem siempre se caracterizó por la creación de dos mundos a la vez, por “contemplar varios sitios”, uno más real y reconocible y otro que funcione como contraste. Aquí lo hace, especialmente, sobre el final, cuando un suceso repentino y trágico obliga a imaginar otro que se le oponga. “Si se llama románticos a los que sueñan, yo soy una romántica. Soñaremos tranquilamente los dos solos cuando sea el momento de soñar. Salvo en ese valioso momento, no saldré de la cocina ni de esos sitios donde hay que ser realista, solemne, serio” escribió Anaïs Nin. Como Bioy, ella no se refería a la comunión con otra persona sino con la palabra. Con Los amantes del círculo polar, Medem también nos está forzando a pensar en otro escenario, ese en el que podamos olvidar lo que su película nos dice a los gritos, pero también con la mirada (“Otto en los ojos de Ana”): lo que fue desunido no siempre podrá volver a unirse. Sin embargo, irá eternamente con nosotros, sin principio ni final, como ese poema. Como ese rostro. Ambos indelebles. Ambos vivos en la memoria, clavados en las pupilas. ♦  

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►[ESCENA]: El desencuentro entre Otto y Ana:

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Este jueves, la consigna es doble: 1. ¿Vieron Los amantes del círculo polar? ¿Qué les pareció? ¿Qué piensan de otras películas de Julio Medem? 2. ¿Qué opinión tienen sobre el destino, las casualidades, etc.? ¿Han tenido situaciones en las que dicho destino jugó un rol importante? ¡Dejen sus comentarios!; como todos los jueves, también pueden proponer un Deathmatch (con “antes y después” también)  y/o Escena del día; ¡Gracias a todos! ¡Dejen sus comentarios, los leo como siempre!

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La escena del día: 10 cosas que odio de ti

“Siempre busqué tenerte aquí, sólo que no sabía vivir y hoy al llegar te vi brillar, se desarmó el viejo disfraz”

A veces creemos tener la fórmula cuando se trata de conocer al otro. Creemos tenerla porque, en el afán de descubrir sus peculiaridades, nos es más sencillo establecer preconceptos. A veces, sin querer, uno prejuzga, uno observa y, en esa observación, ve lo que quiere ver, acaso por miedo a encontrarse con algo que no cuadre dentro de esa fórmula, con algo que haga repensar, readaptarse, aceptar. A veces uno se responde lo que se quiere responder, para hacer(se) las cosas más fáciles, para no levantar la mirada del piso y darse de frente con ese otro que está ahí, así tal cual es. Como fue antes de conocerlo a uno, antes de que los caminos se entrecrucen. 10 cosas que odio de ti, además de ser una relectura de La fierecilla domada, además de su romanticismo icónico mediante una canción entonada sin miedo al ridículo y mediante un poema que se lee en voz alta de igual manera, es una película que se mantiene vigente por cómo aborda los prejuicios, el temor al verdadero conocimiento y lo vertiginoso y arrollador que puede ser ese transcurrir en el que las cosas se nos revelan. “Vos no parecés tenerme miedo” le dice Patrick (Heath Ledger, con esa eterna sonrisa desplegada) a Kat (Julia Stiles). “No, ¿debería?”, contrarresta ella. Kat, tabula rasa, no solo no le teme porque decidió dejar de vivir bajo la mirada ajena (y, por ende, a prejuzgar a su entorno) sino porque, sin darse cuenta, no se vincula con él como el resto sino como lo que él es: su par. 10 cosas que odio de ti está sintetizada en ese poema que ella le escribe, donde detalla todos esos gestos que hacen a Patrick un ser único. Y así le demuestra tanto ese amor incipiente como lo mucho que aprendió a verlo. “Tú sabes más de mí que yo de mí” entonan en una canción. Una canción que, como el film de Gil Junger, nos conquista con la celebración del cortejo, con lo revelador que puede ser que alguien te mire, te perciba, te despoje de las máscaras y te haga, en ese proceso, conocerte a vos mismo bastante más. 

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►[VIDEO]: La declaración de amor de Kat Stratford a Patrick Verona en 10 cosas que odio de ti:

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►[PLAYLIST]: Sus canciones “para declararse”:

Para declararse by cinescalas on Grooveshark

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►[GALERÍA]: Sus poemas “para declararse”:


Created with flickr slideshow.

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Este jueves, la consigna es doble: 1. ¿Vieron 10 cosas que odio de ti? ¿Les gustó? 2. ¿Con qué canción y/o poema le declararían su amor a alguien? Dejen sus aportes que más tarde les dejo tanto una playlist con las canciones como una galería con extractos de los poemas mencionados; como todos los jueves, también pueden proponer un Deathmatch (¡tienen que volver los versus!)  y/o Escena del día; ¡Gracias a todos! ¡Dejen sus comentarios muchachada, los leo como siempre!

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La escena del día: Los amores imaginarios

*Escena propuesta por: Facundo Sutherland

Atención: se revelan algunos detalles del argumento

“Estoy en un café. Lo estoy esperando. Está atrasado. Pero solo por un minuto, así que no es importante. Entonces, el primer paso: amar su llegar tarde. Pienso que eso lo hace más humano, que le da un cierto sex appeal. El segundo paso: chequear mi agenda. Me hago preguntas. Quizás yo me equivoqué. Entonces invento escenarios. Me imagino llegando tarde a otro café. Después miro el lugar en donde estoy y sí, estoy en el lugar adecuado. Pasaron 32 minutos. El tercer paso: me digo a mí misma que no me importa esperar. Me mantengo entretenida, leo. Pretendo que leo el mismo puto párrafo. Voy al baño, después me pido algo más de tomar. Ahora lo odio. Lo insulto en mi cabeza. Pienso en frases que suenen inteligentes para cuando aparezca. Pasaron 39 minutos. Él llega. Sin aliento. Hermoso. El tráfico fue un infierno. Sí. Lo perdono. Me digo a mí misma que claro, que por supuesto, que es normal que llegue tarde. Porque…porque soy débil y alguien a quien ponés en un pedestal siempre tiene la razón”. En esta breve anécdota narrada por uno de los personajes secundarios de Los amores imaginarios (aquellos que aparecen en fragmentos semi-documentales) se concentra la esencia del segundo film de Xavier Dolan: el pseudoamor, aquel al que se lo mantiene incandescente siempre y cuando no se mire a los costados, siempre y cuando importe más el concepto que cualquier clase de detalle sustancial. Dos mejores amigos, Francis (el propio Dolan) y Marie (una extraordinaria y nouvellevaguiana Monia Chokri) se enamoran de la misma persona, Nicholas (Niels Schneider), un despreocupado, bohemio y bello joven que brinda cariño con la misma facilidad con la que se desliga de las consecuencias de su accionar. La consecuencia, en este caso, no es tanto la irrupción que su presencia genera en esa amistad (o el quiebre de la misma) ante situaciones inmanejables (un viaje de a tres, una noche durmiendo de a tres, un desayuno de a tres), sino lo que la obsesión de Francis y Marie está diciendo sobre su visión (una sola, la misma, la más cobarde) del amor. Dolan indudablemente retoma ese regodeo en la belleza del mejor Wong Kar-wai pero el énfasis extremo en la puesta en escena no es un rasgo de autor superfluo sino la única vía posible para ilustrar esa sensación onírica que provoca el enamoramiento más infantil, ese acto de poner a alguien “en un pedestal” perdiéndose uno en el camino, o aún peor: intentando ser otro por creer, acaso ingenuamente, que el objeto de nuestro afecto está buscando eso, pero jamás con la necesidad de corroborarlo. Por ende, Dolan traza una línea entre quienes experimentan las relaciones como aviones estrellados (los testimonios documentales vendrían a pertenecer a ese grupo y son, justamente, los menos estilizados visualmente, aquellos donde la palabra predomina por sobre la imagen) y quienes, como Francis y Marie, experimentan el amor con narcisismo, observando en su caso a Nicholas como si se tratase de un dios (griego), como si todo su transcurrir se produjese en un hipnótico ralenti.

En su libro El arte de amar, Erich Fromm, además de puntualizar en cómo la mayoría de los individuos están más preocupados por ser amados que por aprender ellos mismos a amar, desglosa todas las formas de amor que pueden suscitarse. Dos de ellas están ligadas a la concepción que muestra Dolan a través de ese triángulo: la forma idolátrica y la forma sentimental, las únicas en provocar la obnubilación del juicio (“enamorarse siempre linda con lo anormal, siempre se acompaña de ceguera a la realidad, de compulsividad” había dicho Freud). La idolátrica, para Fromm, se despierta cuando “la persona está enajenada de sus propios poderes y los proyecta en la persona amada, a quien adora como al súmmum bonum (…) y, puesto que ninguna persona puede, a la larga, responder a las expectaciones de su adorador, inevitablemente se produce una desilusión, y para remediarla se busca un nuevo ídolo, a veces en una sucesión interminable”. Por otro lado, la forma sentimental tiene una esencia que consiste en experimentar al amor únicamente a partir de la fantasía, nunca “en el aquí y ahora de la relación con otra persona real”. En definitiva, estamos hablando de dos modos de amar que, como les sucede a los protagonistas del film, evaden el pleno conocimiento de ese ser idolatrado (Dolan muestra esa idolatría como algo tierno y al mismo tiempo patético, como esa pelea entre los amigos en un campo, totalmente inmadura, logra manifestar), dándole más valor a las percepciones que a lo sustancial (“quien no conoce nada no ama nada”). El hecho de que los únicos que hablen del amor como algo imperfecto, doloroso y muchas veces problemático sean los personajes adyacentes a Francis y Marie está vinculado a que esos amigos son, por su forma de observar las cosas desde su apariencia (un corte de pelo, un sweater, un vestido vintage), por su postura ante las horas de sexo (a las que Dolan se aproxima desde los roces, la sutileza, lo artificial, es decir: lo sensual y no sexual), dos eternos soñadores encapsulados en una misma burbuja. Por eso, el director no nos muestra ni sus familias ni sus conflictos económicos y/o crisis de identidad o laborales: para ellos solo importa Nicholas y así es cómo nosotros atestiguamos su mundo, con la mirada siempre restringida. “El polo opuesto del narcisismo es la objetividad, es la capacidad de ver a la gente y las cosas tal como son, y poder separarla de la imagen formada por los propios deseos” escribió también Fromm. Sobre el final, cuando llega la desilusión y con ella la compulsiva necesidad de buscar otro ídolo para emular, para complacer, para fundirse y perderse en él, Dolan filma los rostros de Francis y Marie con un alto nivel de grotesco, como quien muestra a dos personas que descansan en la fantasía por miedo a dar el salto y amar como un acto que requiere de valentía, de afrontar el momento en el que se achica la brecha. Como se preguntan en el film: “Vos amás el concepto, amás el concepto más de lo que lo amás a él. Amás la distancia, pero… ¿qué vas a hacer cuando no haya más distancia?”. 

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► [VIDEO] Les dejo la gran escena que propuso Facundo:

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► DE YAPA: La playlist romántica que armaron ustedes:

Songs for Lovers by cinescalas on Grooveshark

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Este jueves, la consigna es triple: 1. ¿Vieron Los amores imaginarios? ¿Qué les pareció? 2. ¿Les gusta el cine francés? ¿Qué films en particular? 3. Como se ve en la secuencia que propuso Facundo, ¿con qué canción musicalizarían los momentos más románticos de su vida cotidiana?; hagan sus aportes que más tarde les dejo una playlist; como todos los jueves, también pueden proponer un Deathmatch y/o Escena del día; ¡Gracias a todos! ¡Dejen sus comentarios, los leo!

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[OFF TOPIC] Muchachada, estoy haciendo unas entrevistas en el BAFICI para publicar en el blog la semana que viene, por lo cual se me complica postear mañana; ¡el lunes vuelvo a la normalidad, lo prometo! ¡gracias por la paciencia de siempre! ¡nos vemos pronto! ;)

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La escena del día: Siete psicópatas

“I’m sick of all these stereotypical Hollywood murderer scumbag type psychopath movies. I don’t want it to be one more film about guys with guns in their hands. I want it… overall… to be about love… and peace” 

Ayer hablábamos de la honestidad a la hora de contar una historia, de todo lo que implica la narración y la defensa de una idea, por más descabellada o trivial que pueda resultarle a un otro (quien quiera que sea). Siete psicópatas es una película donde el juego narrativo es su caballito de batalla, una película escrita y dirigida por alguien que no solo defiende su idea (o conjugación de un sinfín de éstas) sino que elige un método clave para defenderla: la moldea, la quebranta, la estira, la cambia y (re)cambia sin preocuparse demasiado por el resultado. Pero esa indiferencia por la culminación no es necesariamente un defecto de Martin  McDonagh, es precisamente la única manera posible de hacerse cargo de que Siete psicópatas es, ante todo, una gran historia que no parece destinada a concluirse. Sus personajes no dan giros radicales (el ejemplo de esto es el de Colin Farrell, protagonista de un brillante epílogo) y la libertad en la propulsión de los hechos se hace concreta en esa última hora en el desierto, todo un símbolo de ese viaje de lo más gore hasta lo más melancólico que emprende el propio McDonagh. Pero el fuerte de Siete psicópatas es su postura relajada, su disfrute de lo inverosímil, su autoconsciencia siempre por encima de la fanfarronería. Para su director hubiese sido fácil desplegar las vueltas de guión, los diálogos ingeniosos, la estructura de cajas chinas, con un cierto aire de superioridad. No es este el caso. Lo impredecible es igual de fascinante y novedoso tanto para el espectador como para el creador. Pero además de todo esto, Siete psicópatas es una película sobre la amistad: que el personaje de Sam Rockwell (por lejos, lo mejor del film) se empecine en ayudar al de Farrell a escribir un guión, exponiéndolo a la experiencia y alejándolo del alcohol y el encierro es no solo una declaración de principios sobre lo que implica contar algo desde lo personal, lo cercano y reconocible (en este sentido, toda la película opera como un homenaje a la tradición oral, bellamente ilustrado por las historias de Harry Dean Stanton, Christopher Walken y Tom Waits) sino también una vía para mostrar cómo la generosidad puede provenir de los lugares más impensados y de los excéntricos/aterradores/encantadores individuos (porque sí, McDonagh suele emparentar estas cualidades) que forman parte de él.   

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► Una de las mejores escenas de la película:

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► [GALERÍA] Sus psicópatas favoritos del cine:


Created with flickr slideshow.

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Este jueves, la consigna es doble: A los que vieron Siete psicópatas, los invito a dejar su impresión sobre la película; a los que no la vieron, los invito a sumar los mejores psicópatas (no necesariamente masculinos) que ha dado el cine; más tarde recopilo sus aportes y les armo la galería; como todos los jueves, también pueden proponer un Deathmatch y/o Escena del día; ¡Gracias a todos! ¡Dejen sus comentarios, los leo!

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