Podcast Cinescalero Volumen XVI / Revisionando los ’90: CLUELESS

♦ ¿Qué veredicto dan ustedes en el “juicio” de hoy? ¿Clueless se mantiene en el 2016 o no tanto? ¡Los invitamos a debatir! ¡Hasta el lunes, muchachada! ♦

Carol: Estoy viviendo, no estoy matando el tiempo

“It’s so effortless to let my loneliness defeat me, make me mold myself to whatever would (in some way – but not wholly) relieve it. I am infinite – I must never forget it…I want sensuality and sensitivity, both…I was more alive and satisfied with Harriet than I have ever been with anyone else…Let me never deny that…I want to err on the side of violence and excess, rather than to underfill my moments…” – Reborn (Susan Sontag)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Therese Belivet formula y reformula preguntas que no pueden venir desde otro lugar más que la plena ingenuidad ante lo que le está sucediendo. ¿Qué son estas cosas que siento? En una de esas preguntas, que contiene la respuesta en el interrogante mismo, pone al amor y al miedo en la misma posición, casi como queriendo describir un estado de incomodidad. “How was it possible to be afraid and in love…the two things did not go together; how was it possible to be afraid, when the two of them grew stronger together every day? And every night; every night was different, and every morning; together they possessed a miracle”. Hace unos meses, me tomé un micro para, entre otras cosas, hablar con una mujer sobre esas que cosas que sentía. Como Therese, pensaba que tenía un pequeño milagro entre mis manos, uno conformado por el amor y el miedo, cualidades que no llegaban nunca a anularse mutuamente. Es que esas cosas sí van juntas, cada noche, cada mañana, indisolubles. Era extraño pero no quería que el viaje se termine. Una parte de mí necesitaba, para mantener el control, estar en movimiento constante. La imagen simbólica de poner los pies en el asfalto como forma de ilustrar el enfrentarse a la realidad se volvía cada vez más vívida con cada paso que daba hacia ese encuentro inevitable. Mientras caminaba, recordé un mail que le había mandado a otra mujer, algunos años atrás, y en un estado de semi-inconsciencia. Un mail que envié sin censurarme y que se me hizo presente al día siguiente, cuando la resaca me obligó a lidiar con esa acción que podía parecer insignificante. El punto es que no, que de insignificante no tenía nada. Tres palabras se me confundían, se me mezclaban, como si no supiera de dónde habían salido, como si otra persona las hubiera escrito. “I like you”. ¿Por qué había pensado eso y por qué me había animado a ponerlo por escrito? ¿Qué son estas cosas que siento? Con su respuesta (“me too, but not in that way”), paradójicamente, llegó el alivio. Listo, ya está. Fue una confusión, ¿no? No importa si esos días con ella, días de aprender sus costumbres finlandesas, de planear una visita a Helsinki y de sentirnos solas en la multitud, habían despertado algo nuevo, desconocido. O algo conocido que yo no estaba dispuesta a conocer. Algo que apareció súbitamente para hacerme cuestionar mis necesidades. An angel, flung out of space. Cuatro años después, a medida que me iba acercando a esa segunda mujer a la que le había dicho algo mucho más que “me gustás”, empecé a calcular cada movimiento. ¿Ahora cómo la miro? ¿Qué digo? ¿Tengo que hacer algo? ¿Quién va a decir la primera palabra? A veces estamos bajo la falsa impresión de que las grandes decisiones que tomamos se ejecutan del mismo modo, en enorme escala, con declaraciones pulcras a las que no se les corre una coma de lugar. No sé si es tan así. Es en las sutilezas, es en los gestos, en donde nos escondemos tanto como nos proclamamos. Ese mediodía, mi gesto fue dar un abrazo y alegar, una vez más, confusión. Claro que uno alega confusión cuando más seguro está. Saberme/sentirme bisexual o saberme/sentirme enamorada de una mujer y no hacer nada al respecto me parecía una hipocresía. Uno siempre suele aconsejar a un amigo, un hermano, un conocido, la trillada composición de palabras “tenés que hacer lo que sentís”. Pero al estar en la misma encrucijada, ese miedo del que habla Therese, desembocaba en esas preguntas que se hace, desembocaba en ese “¿y qué pasa si hago esto?”. Y si me sentía extraña, si había algo de temor en mí, no era tanto por la reacción de terceros. Siempre me sentía rara pero por no saber qué hacer conmigo, o conmigo en función del alguien más. Hasta que volví a hacer eso que hacemos todos sin notarlo. Llevé a cabo un gesto. Dejé de dar la espalda, me di vuelta y di un beso. Ese gesto, uno que había hecho muchas veces antes sin atribuirle valor, de repente era el gesto más valiente que me podían pedir. Y me sentí un poco orgullosa. Porque sabía que el amor y el miedo iban a andar juntos por un tiempo más, pero no me importó. Del otro lado estaba ella. My angel, flung out of space.

En Reborn, su colección de diarios, Susan Sontag escribe, entre otras cosas, sobre su resignación a experimentar una falsa idea de amor, a un amor que no la colmara o que la colmara de a ratos, a uno que la enviara de vuelta a un estado de reclusión, de familiar misantropía. Sin embargo, Sontag no iba a permitir que la soledad la derribe e iba a seguir buscando esa clase de sentimiento en el cual también convivieran dos polos (¿acaso el amor no es siempre una conversación entre dos rivales que buscan la conciliación?), la sensualidad y la sensibilidad. La primera, como forma de reconquista diaria, observando al otro, reconociéndolo con el cuerpo (los pequeños gestos, otra vez), sucumbiendo a una mirada o a una media sonrisa reveladora. La segunda, como forma de padecer, con los brazos desplegados, todo aquello que el otro entrega, desde la lectura de un libro hasta una discusión que exude una necesidad de llegar a un punto en común. Para Sontag y durante el año 1957, Harriet Sohmers Zwerling era esa persona que no estaba ahí en su cama, en su mesa, para matar el tiempo sino para vivirlo. Vivirlo como lo quería vivir Therese con Carol Aird: “I feel I stand in a desert with my hands outstretched, and you are raining down on me”. Patricia Highsmith, por su parte, las concibió a Therese y a Carol en el invierno de 1948. En plena Navidad, deprimida y pasando sus días en un departamento chico (quizás también sin calefacción, como la propia Therese), comenzó a trabajar en una tienda de Manhattan, en la sección de juguetes. Highsmith describiría posteriormente ese constante ir y venir de personas que observan y compran o compran sin siquiera observar como una suerte de frenesí de caos y confusión. En ese contexto dolorosamente rutinario donde la nieve dejaba de representar el romanticismo para ser un factor más de entumecimiento ante el entorno, apareció una mujer. Highsmith no hizo más que anotar sus datos en un papel para realizar el envío de un regalo pero esa breve interacción la dejó en un estado febril. An angel, flung out of space. Cuando llegó a su departamento, y luego de rebobinar y reproducir mil veces el episodio en su cabeza, empezó a escribir la novela The Price of Salt (posteriormente retitulada Carol y publicada en 1952 bajo el seudónimo Claire Morgan), cuyo manuscrito fue terminado en dos horas. “Me sentía mareada y nuevamente con fiebre, como si hubiese sido testigo de una aparición” contaría luego Highsmith. Sin quererlo (o probablemente intencionalmente, quién lo sabe), estaba comparando el arte de escribir con el amor a primavera vista. La escritora nunca emplea la palabra “musa” pero ésta se siente en sus palabras, yace entrelineas, es casi palpable. Highsmith, al contemplar a esa mujer, padeció lo mismo que al concluir su novela. La salvación en estado puro. La exaltación en estado puro. Eso que escribiría Sontag en sus diarios. “An unreasonable passion”. Por lo tanto, The Price of Salt es mucho más que una historia de amor prohibida entre dos mujeres. Esa descripción no alcanza (ni siquiera comienza) a rascar la superficie de su núcleo. The Price of Salt es una historia sobre el ser observado en la multitud, sobre dos personas que se miran dentro de la vorágine, y se rescatan de ese estado que nuevamente podría ser abordado por la prosa de Sontag: “I don’t want to underfill my moments”. ¿Se puede disentir con ese manifiesto? Es así. Los días avanzan con demasiada presura como para llenarlos a medias.

Somos accidentes esperando a suceder. Somos infinitos. Como dice Carol en su declaración epistolar a Therese: “Dearest, there are no accidents and everything comes full circle”. La guionista Phyllis Nagy adaptó la novela de Highsmith con unas ligeras variaciones en función de que prevalezca lo cinematográfico, detalles como que Therese quiera ser fotógrafa y no diseñadora teatral, o como que Therese regale un vinilo y no una cartera (lo personal derrotando a lo impersonal), o como abordar a Carol como una mujer más terrenal, lejos de la figura idealizada en la que Therese la convierte en la novela, que está narrada enteramente bajo su perspectiva. Sin embargo, quien mejor supo captar el espíritu cíclico de The Price of Salt fue Todd Haynes. Su película empieza (casi) como termina. Con Carol (Cate Blanchett) y Therese (Rooney Mara) sentadas en una mesa. Sabemos que algo sucedió entre ellas, algo que generó una tensión que emana de los labios apretados de Therese y de la risa nerviosa de Carol. Cuando se está a punto de desgranar el conflicto, Haynes interrumpe la conversación haciendo entrar en escena a Jack, un hombre que solo conoce a Therese tangencialmente, un actante que está en un plano muy inferior, alguien que interrumpe una gran decisión con un ingenuo saludo. Nuevamente estamos ante otra evidencia de cómo un simple gesto de un tercero (el grito de “Therese, is that you!?”) puede invadir una situación clave para la vida de dos personas. Con esa elección narrativa que le sugerió a Nagy, Haynes no está solo homenajeando a dos películas claves para el universo Carol (especialmente por sus finales) como lo son Brief Encounter de David Lean y Lovers and Lollipops de Morris Engel y Ruth Orkin – la primera, sobre un tercero que irrumpe; la segunda, sobre un gesto que reemplaza las palabras – sino también mostrando esa naturaleza cíclica de las relaciones, sobre cómo es imperativo denotar el recorrido para resignificar un momento. De esta manera, la resignificación llega en Carol con una escena que es el colmo de lo climático por el brillante uso que hace Haynes de dos recursos: las miradas de sus protagonistas y la música de Carter Burwell. Luego de haber sido abandonada por Carol en pleno viaje idílico, y luego de que Carol advierte que el precio de la libertad puede ser la infelicidad (para ella, disfrutar de su sexualidad implica estar lejos de su hija), Therese se arrepiente de negarse/negarle una segunda oportunidad y va a buscarla. La tensión previa a ese cruce final de miradas es una obra de arte en sí misma, con la lenta caminata de Therese hacia Carol, una Carol que se confunde entre la gente hasta el momento mismo del contacto visual. “Carol brushed her hair and Therese smiled because the gesture was Carol, and it was Carol she loved and would always love, in a different way now, because she was a different person, and it was meeting Carol all over again and no one else”. Las palabras de la novela que prefiguran ese recorrido que dura segundos (pero que se siente interminable) son reemplazadas por los precisos gestos de Blanchett y Mara (su química llega hasta esos extremos, hasta esos detalles imperceptibles), quienes se unen sin siquiera besarse, o al besarse con los ojos, con la sonrisa, con todo el cuerpo, con un mundo de gente de por medio. La resignificación, asimismo, permite que veamos ese vínculo especular entre Therese y Carol. Ed Lachman fotografía de manera impecable actos que se repiten en circunstancias contrapuestas. Es Therese quien inicialmente observa a Carol a través de vidrios (esperándola en un restaurante, viéndola irse en auto con su amiga Abby) y luego es Carol quien, al despedirse de Therese (“I should have said ‘wait…’”), la ve cruzar las calles neoyorkinas con un corte de cabello más adulto y un atuendo acorde. Así como en The Price of Salt el proceso de madurez le pertenece solo a Therese – podemos interpretar a la novela como una coming of age similar al comic de Julie Maroh Le bleu est une couleur chaude -, en el film de Haynes son ambas mujeres las que se devuelven a la vida mutuamente (“I’ve never been more awake in my life!” le grita Therese a su novio Richard / “I wanted it and I will not deny it” le dice Carol a su marido Harge), las que deben vencer sus propios impedimentos. Los cambios – como todo lo que sucede en el film – son intangibles. Los cambios provienen de una Therese que dice que no por primera vez en su vida con total convicción (“how should I know what I want when I always say ‘yes’ to everything?”) y de una Carol que por primera vez se permite mostrarse vulnerable (“I love you”).

En Carol, cada palabra, cada prenda que se remueve, cada sonrisa ante un regalo, cada lágrima que cae, golpea, resuena, remueve. Carol se te mete bajo la piel con tanta sensualidad como sensibilidad, justamente por esa valentía de mostrar al amor a la par del miedo, a la par del sufrimiento, como yace en otro pasaje del diario de Sontag: “It hurts to love; it’s like giving yourself to be flayed and knowing that at any moment the other person may just walk off with your skin”. Creo que todos tenemos una Carol. Y no hablo solo de mi experiencia con otra mujer. Hablo de cualquier género, de cualquier relación, de cualquier identidad sexual. Todos tenemos a ese ángel que cayó del espacio para cambiarnos la vida. Alguien que nos vio en nuestros más mínimos detalles, con nuestros accesorios (“I like the hat”) y con nuestros cuerpos al desnudo (“I never looked like that”), alguien que dejó un guante atrás porque quiso retomar el contacto. Carol me hizo notar todas las veces que maté el tiempo en lugar de vivirlo, todas las veces que caminé segura pero sin el miedo que conlleva el desafío, todas las veces que besé de manera insignificante; y al mismo tiempo me hizo notar que lo que tengo ahora, eso que me asusta y que al mismo tiempo me eleva, fue un accidente esperando a suceder, algo tan indetenible como ese tren omnipresente en el film de Haynes. “I see her the same instant she sees me, and instantly, I love her. Instantly, I am terrified, because I know she knows I am terrified and that I love her” escribe Highsmith en The Price of Salt hablando un poco de ella, un poco de Therese, un poco de todos. De todos los que alguna vez hemos sido observados.

“I’ll be seeing you in all the old familiar places that this heart of mine embraces, all day and through”. 

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► [SECUENCIA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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► [DE YAPA] La banda sonora de Carol, a cargo de Carter Burwell:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Hoy les dejo dos consignas: 1. Por un lado, dejar sus impresiones sobre Carol de Todd Haynes 2. Por el otro, y como previa al Día de los Enamorados y en el contexto de este post, me gustaría que mencionen esas películas románticas que han tenido un cierto parecido con sus propias experiencias; como siempre, gracias por leer; nos reencontramos mañana con un nuevo podcast para debatir la vigencia de Clueless; ¡hasta entonces!

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Podcast Cinescalero Volumen XV / Revisionando los ’90: SHAKESPEARE IN LOVE

♦ ¿Qué veredicto dan ustedes? ¿Shakespeare in Love se mantiene en el 2016 o no tanto? ¡Los invitamos a debatir! ¡Hasta el miércoles post-feriado! ♦

Concurso Oscars 2016

¡Buen miércoles para todos! A pedido de Lore y compañía, renovamos el concurso de los Oscars con su edición 2016 ¿Cómo son las reglas? Al igual que cada año, tienen que hacer en este mismo post, y con tiempo hasta el domingo 21, sus predicciones en las categorías que dejo más abajo. ¿Quién gana? Quien acierte en todas esas categorías. Si más de una persona logra ese cometido, entonces habrá un premio para cada uno. ¿De qué premio se trata? Del Blu-ray de Guardians of the Galaxy. ¿Cuándo daré a conocer al ganador? En el post de los Oscars del lunes 29, donde como siempre haré un balance de la ceremonia. Por otro lado, los invito a que no solo listen a quiénes piensan que van a ganar (la mejor modalidad para sumar aciertos) sino también a quiénes les gustaría ver recibiendo el premio. Sin más preámbulos, les deseo suerte a todos y los reencuentro mañana con el podcast de los jueves-revisión de los ’90, con Shakespare in Love. ¡Que tengan un excelente día!

CATEGORÍAS DE LOS OSCARS PARA VOTAR:

► MEJOR PELÍCULA: The Revenant, Mad Max: Fury Road, Brooklyn, Bridge of Spies, The Big Short, The Martian, Spotlight, Room

► MEJOR ACTOR: Bryan Cranston (Trumbo), Matt Damon (The Martian), Leonardo DiCaprio (The Revenant), Michael Fassbender (Steve Jobs), Eddie Redmayne (The Danish Girl)

► MEJOR ACTRIZ: Cate Blanchett (Carol), Brie Larson (Room), Jennifer Lawrence (Joy), Charlotte Rampling (45 Years), Saoirse Ronan (Brooklyn)

► MEJOR ACTOR DE REPARTO: Christian Bale (The Big Short), Tom Hardy (The Revenant), Mark Ruffalo (Spotlight), Mark Rylance (Bridge of Spies), Sylvester Stallone (Creed)

► MEJOR ACTRIZ DE REPARTO: Jennifer Jason Leigh (The Hateful Eight), Rooney Mara (Carol), Rachel McAdams (Spotlight), Alicia Vikander (The Danish Girl), Kate Winslet (Steve Jobs)

► MEJOR DIRECTOR: Adam McKay (The Big Short), George Miller (Mad Max: Fury Road), Alejandro G. Iñárritu (The Revenant), Lenny Abrahamson (Room), Tom McCarthy (Spotlight)

► MEJOR GUIÓN ORIGINAL: Bridge of Spies (Matt Charman, Joel & Ethan Coen), Ex Machina (Alex Garland), Inside Out (Pete Docter, Josh Cooley & Meg LeFauve), Spotlight (Tom McCarty & Josh Singer), Straight Outta Compton (Jonathan Herman & Andrea Berloff)

► MEJOR GUIÓN ADAPTADO: The Big Short (Charles Randolph & Adam McKay), Brooklyn (Nick Hornby), Carol (Phyllis Nagy), The Martian (Drew Goddard), Room (Emma Donoghue)

► MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA: El abrazo de la serpiente, Mustang, Son of Saul, Theeb, A War

► MEJOR PELÍCULA ANIMADA: Inside Out, Shaun The Sheep Movie, Anomalisa, Boy and the World, When Marnie Was There

► MEJOR CANCIÓN ORIGINAL: ”Earned It” (50 Shades of Grey), “Til It Happens To You” (The Hunting Ground), “Writings On The Wall” (Spectre), “Manta Ray” (Racing Extiction), “Simple Song #3″ (Youth)

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► [GRAN COMPILADO] Todas las películas nominadas al Oscar 2016, juntas en un mismo video:

The Oscars 2016: Best Picture Nominees from Jacob T. Swinney on Vimeo.

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¡BUENA SUERTE PARA TODOS!

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GIF OBLIGATORIO:

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Spotlight: Con sudor de tinta y rechinar de dientes

Mike Wallace: And do you wish you hadn’t come forward? Do you wish you hadn’t blown the whistle?

Jeffrey Wigand: There are times when I wish I hadn’t done it. There are times when I feel com… compelled to do it; if you asked me, would I do it again, do I think it’s worth it? Yeah, I think it’s worth it

The Insider

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento 

Del otro lado del teléfono, a Jeffrey Wigand se lo nota agitado, molesto, volcánico. Tan solo unos segundos antes, el productor de 60 Minutes Lowell Bergman lo había acribillado con una seguidilla de preguntas personales, incómodas, vergonzosas. Para ese informante, para ese hombre que había arriesgado su estabilidad física, emocional y profesional, los traspiés de su pasado no podían tener correlación alguna con la causa puntual contra Brown & Williamson de la que se había convertido, involuntariamente, en su abanderado. Lowell sube la voz para hacerse entender, para hacerle entender que los errores acumulados – por más triviales que parezcan – dejan de ser mínimos cuando hay un Goliat poniéndoles la lupa encima. Wigand, ese hombre ordinario bajo circunstancias extraordinarias que carecía de “la gracia y consistencia” que pretendía el periodista Mike Wallace, se obnubila y repite incansablemente la misma pregunta (retórica). “¿Qué tiene que ver eso con mi testimonio? ¡Yo dije la verdad!”. Bergman, hastiado, sube la voz una vez más y le aclara que “no hace una puta diferencia si dijiste la verdad o no”. Por unos minutos, entre un hombre y el otro, entre un teléfono y el otro, el tiempo se suspende y se crea un silencio notorio, silencio contra el que Wigand atenta susurrando su manifiesto. “Yo dije la verdad” y cuelga el tubo. The Insider, a mi criterio la mejor película de Michael Mann, muestra en una rabiosa secuencia de menos de cinco minutos las distintas posiciones que se toman ante el tumultuoso proceso de exponer una verdad. Por un lado, Bergman representa el cinismo de quien ha presenciado cómo se mueve el engranaje, de cómo para poder informar como se debe es necesario eludir la presura y resolver cada obstáculo con la mente clara. Bergman es consciente de que uno de los titanes de las tabacaleras no tendrá impunidad en extirpar una potencial falla del denunciante en cuestión para humillarlo, desmotivarlo y eventualmente desacreditarlo. El contenido cuenta, claro. Pero la forma en la que es presentado cuenta aún más. Por otro lado, Wigand, un hombre a priori temperamental, considera que su verdad está por encima de cualquier interna o agenda empresarial. En consecuencia, le es indistinto si CBS no puede emitir su testimonio porque en ese caso la cadena puede ser demandada y comprada por Brown & Williamson, así como le es indistinto si pagó unas multas de tránsito años atrás. La verdad es una sola: “we are in the nicotine delivery business”. De este modo, The Insider toma la inseguridad de Wigand y su superación como el mero puntapié de un largo recorrido. Entre emitir un testimonio y el presenciar su repercusión hay una brecha enorme, achicada a fuerza de noches de insomnio por investigación, de noches de insomnio por acoso telefónico, de noches de insomnio por reuniones burocráticas. El apuro del damnificado, en ese contexto, es la mejor arma del enemigo. La perseverancia, por el contrario, es la cualidad ideal para derribar el sistema.

En su imprescindible prólogo a Los lanzallamas, Robert Arlt esboza un número de razones por las cuales escribir es algo tan arduo como gratificante, una tarea que conlleva el esfuerzo como rasgo intrínseco, que vale la pena por todo lo que se deja en el papel, independientemente de la hora, del día, de la semana, de las circunstancias. En un extraordinario pasaje, Arlt concibe una plegaria para los escritores en formación (la formación que solo te da el escribir todos los días de tu vida), solicitándoles que si tienen algo para contar, tomen cualquier herramienta que tengan a mano, un papel, una servilleta, un cuaderno, un lápiz, una lapicera, lo que sea que cumpla esa particular función. Su visión tiene una cierta filiación con aquello escrito por Alejandra Pizarnik: “el poema se hace con palabras”. Es decir, uno es escritor cuando escribe. Para escribir no hay otra receta más que la de sentarse a hacerlo. Para Arlt, asimismo, se trata casi de un derecho. “Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes (…) con manos fatigadas hora tras hora, hora tras hora; a veces se le caía a uno la cabeza de fatiga”. Spotlight, la obra maestra de Thomas McCarthy co-escrita con Josh Singer (quien explotó sus conocimientos respecto al vértigo de la investigación y al vértigo de la libertad de expresión ya abordado en sus guiones para The West Wing y para la fallida The Fifht Estate), no solo puede ser hermanada con The Insider por cómo expone el entreverado camino hacia arrojar luz (o lanzar llamas) sobre un hecho sino también con ese prólogo de Arlt, uno que cuestiona las presiones en esa tarea casi quirúrgica de concebir un determinado texto: “estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento; escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana”. En Spotlight convergen cuatro mundos. En primera medida, tenemos el caso en el que está basada: la investigación del equipo Spotlight del periódico The Boston Globe que desenmascaró una red de pedofilia de curas en Massachusetts. En segunda medida, tenemos el contexto. Boston, un universo aparte, una ciudad repleta de iglesias a las que McCarthy filma como si estuvieran en un cuarto plano, a lo lejos, omnipresentes, con niños corriendo alrededor o con una víctima de pedofilia caminando frente a ellas. En tercer lugar, nos encontramos con el marco de la redacción de un diario que necesita aumentar su volumen de lectores y que recibe con aprehensión la llegada de un nuevo editor, Marty Baron (un Liev Schreiber impecable), un outsider con fama de hacer ajustes, un hombre oriundo de Florida, judío y sin intenciones de responder al arzobispo Bernard Law. En una magistral escena, Baron visita a Law para presentarse, una formalidad habitual a la que accede con reticencia. Baron se sienta frente a él y escucha consejos que revelan la ideología del arzobispo, una que apunta a que el diario más importante de la ciudad debe colaborar con la Iglesia con el fin de lograr una mejoría en conjunto (no tan así, dado que el beneficio es más bien unilateral). Baron, quien solo quiere hacer su trabajo (como todos los personajes de Spotlight) y quien considera que la novela The curse of the Bambino de Dan Shaughnessy es la verdadera guía no eclesiástica de Boston, respetuosamente lo contradice: “para que un diario funcione mejor en realidad debe sostenerse solo”. Esa frase marca el tono de Spotlight, un film extremadamente contenido y sutil, que se vale de detalles subrepticios para resonar aún más fuerte. Así es cómo, en tercera medida, entran en juego los periodistas del equipo de trabajo en cuestión. Michael Rezendes (Mark Ruffalo), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d’Arcy James) y su editor en jefe (“yo prefiero que me digan ‘entrenador’”) Walter “Robby” Robinson (Michael Keaton) inician la investigación con un solo cura como figura a investigar y gracias a la mirada de Baron, que al no estar contaminada por la familiaridad con Boston, observa lo que nadie hizo antes (así, el título Spotlight adquiere más de un sentido: no es solo una persona quien “ve la luz” sino que es una revelación en conjunto, algo así como “quien quiera oír que oiga”) y propulsa lo que sería el artículo definitivo escrito por Rezendes en el 2002 que les valió a todos el Pulitzer. Asimismo, y como otro ejemplo de la sobriedad del film, hallamos un monólogo de Baron sobre la importancia de la investigación, una que derivó en el descubrimiento de noventa curas y sus víctimas en el área. A McCarthy y a Singer no les interesa remarcar el dato del Pulitzer (relegado a una placa final), dado que el verdadero premio es el impacto de la publicación y la vital diferencia que puede hacer la labor de un periodista: “a veces es fácil olvidarse de que pasamos mucho tiempo en la oscuridad hasta que alguien prende la luz (…) pero todos han hecho un buen trabajo, uno que va a tener un impacto considerable e inmediato; en mi opinión, es por historias como esta que hacemos lo que hacemos”. La cotidianidad del trabajo del periodista es clave para Spotlight, película que convierte acciones mundanas en algo magnético. Desde el cambio en el color de las lapiceras (Robby como editor escribe con una negra, sus periodistas con unas azules y, sobre el final, la tinta de todas es roja), pasando por los movimientos imperceptibles de la redacción (Baron escribiendo en una oficina de fondo, mientras que la cámara se centra en el caminar de Robby con su jefe Ben Bradlee Jr.) hasta la brillante secuencia de la recolección y entrega de datos, Spotlight habla de cómo esa perseverancia fue vital para no apurar la historia, una que debía mostrar lo sistémico, es decir, la complicidad del Vaticano hacia Law y otros curas que no fueron excomulgados por las denuncias sino reubicados en otras parroquias. Por ende, la historia jamás debía abocarse a un solo arzobispo protegiendo a un solo cura, ya que ese ángulo para el informe iba a ser irremisiblemente inocuo.

“Siempre pensé que iba a volver a la iglesia” le confiesa Michael a su compañera Sacha, a lo que ella le responde: “sí, yo dejé de ir, es un sentimiento horrible, pero estás así porque te importa la historia, a todos nos pasa”. Con excepción de un arrebato de bronca por parte de Rezendes (precedido por otra gran secuencia de lectura de una carta reveladora, carta narrada en voz alta arriba de un taxi que atraviesa toda la ciudad, mostrando así a una víctima con su hijo como diciéndonos que Boston es más chica de lo que parece), Spotlight no tiene momentos de estridencia y jamás pierde el eje. Si el espectador recibe golpes – a fin de cuentas, el abuso infantil contiene sucesos gráficos difíciles de escuchar – es a partir de gestos tan simples e íntimos como una víctima que se rasca el brazo dejando entrever los pinchazos de una aguja; como los ojos llorosos de Mitchell Garabedian (Stanley Tucci), el abogado representante de esas víctimas, al recibir el artículo finalmente publicado; como la punzante frase de Phil Saviano, fundador del grupo de autoayuda SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), sobre lo ingenuo de su reacción ante el abuso: “cuando sos un chico pobre de una familia pobre y un cura te presta atención es algo importante, ¿cómo se le dice que no a Dios?”; como la lapicera del abogado representante de la Iglesia Jim Sullivan, amigo de Robby, subrayando todos los nombres de los curas acusados no sin antes preguntarle al periodista acerca de por qué no descubrió antes lo que estaba sucediendo a metros suyo. En este aspecto, Spotlight también pone el foco en la dinámica de las reuniones sociales, del método “a guy leans on a guy”, de cómo una mentira sumada a otra y a otra y otra crea una red de protección en apariencia impenetrable (“if it takes a village to raise a child, it takes a village to abuse one” dice Garabedian, en una de las citas más fuertes del film). Por lo tanto, cuando McCarthy muestra las famosas reuniones de sumario, espacio en el que Baron, Robinson y Bradley Jr. se debaten la fecha de publicación del artículo (pospuesta por la tragedia del 11 de septiembre, otro hecho al que se lo aborda de forma medida; y luego pospuesta porque “no se puede publicar este caso en plena Navidad”) queda más en evidencia que el tiempo es el verdadero amigo del porvenir, como afirmaba Arlt. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, el trabajo como parábola del cross a la mandíbula para los eunucos que bufan. En su discurso de aceptación del premio Whisteblower publicado por Zeit Online, Edward Snowden dijo lo siguiente: “ser reconocido como un defensor de las libertadas por haber hecho estallar la verdad es un inmenso honor; sin embargo, esos honores deberían corresponder a los individuos y organizaciones de todo el mundo que, juntos, superaron barreras geográficas y lingüísticas; no fui yo: fueron los periódicos del mundo entero los que levantaron la voz”. Snowden alude, claro, a la violación de los derechos constitucionales, a la violación de la privacidad en un momento en el que la tecnología era (y sigue siendo) un arma de doble filo.

Spotlight, desde su ascetismo, habla de cómo hacer estallar la verdad es también un honor desde el momento en el que el Boston Globe (cuyo edificio está ubicado junto a un cartel de AOL, todo un símbolo que yace en el film acerca de cómo los medios de comunicación entablan esa obsoleta puja como si fueran mutuamente excluyentes), con la tapa en la que se lee el titular “church allowed abuse by priest for years”, cae en la puerta de los vecinos de la ciudad como paso previo a llegar a todo el mundo. La voz levantada de los periodistas a la que alude Snowden se revierte en el final del film de McCarthy cuando cada uno de esos miembros del equipo atienden el teléfono, se anuncian como “spotlight” y pasan a ser los que aguardan la ascensión de las voces de otras víctimas, cuya valentía hizo posible que ese sudor de tinta se mantenga activo para escribir nada menos que seiscientos artículos más. √ 

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Spotlight:

Spotlight - Domestic Trailer from InSync + BemisBalkind on Vimeo.

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► [DE YAPA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy simplemente les dejo dos consignas: 1. Debatir Spotlight de Tom McCarthy: ¿qué opinión tienen del film? 2. ¿Qué otras películas de periodistas y/o de investigación quisieran destacar en este post? Como siempre, los espero en los comentarios y nos reencontramos mañana con el clásico concurso/prode de los Oscars; ¡hasta entonces, muchachada!

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