No soy tu fan

Al hacer un repaso por lo que a mi entender es una involución en la filmografía de Steve McQueen, advertí que el momento en el que se produjo el desencanto (uno bastante abrupto teniendo en cuenta su acotada producción) fue en la transición entre Hunger y Shame. Mejor dicho: fue en lo que se perdió en el camino entre un eslabón y el otro. Hace unos años me explayé sobre cómo el definir una película a través de otra expresión artística podía ser un cliché algo molesto, pero que aplicaba a las intenciones de McQueen. Así, el procesar a Hunger como una gran obra poética no sólo no resultaba descabellado sino que era precisamente lo que la volvía única. Hunger tomaba un suceso histórico y lo miraba desde dos aristas. Una más calculadora y pragmática (la división en actos, a través de la cual el director ya revelaba su profunda conexión con el universo teatral y asimismo nos remitía a Full Metal Jacket) y otra más lírica y bucólica (el hermoso plano final donde la muerte es contrarrestada con la naturaleza a cielo abierto). Sin embargo, cuando McQueen traslada ese proceso metódico a Shame, lo hace ya no tanto para conmover al espectador dándole su espacio de reflexión, sino para aniquilarlo privándolo de cualquier impresión individual. En Shame se me decía que la historia era importante, se me gritaba, y lo que es peor: se me estaba dictaminando cómo yo debía posicionarme frente a un subtexto que de “sub” tenía poco y nada. De ese modo, McQueen pasó a creerse vital para el cine y su tercera película no hizo más que acentuar esa desesperación por una nomenclatura tantas veces bastardeada (perdón, Andrew Sarris), como lo es la de “autor”. En 12 Years a Slave los gritos de desesperación de Solomon Northup son equivalentes a la voracidad de McQueen como cineasta, quien incesantemente parece estar filmando “en voz alta”. Recuerdo ese último plano de Hunger y pienso en cuánto dista del último de 12 Years a Slave, porque en el espacio intermedio el realizador perdió al Bresson que llevaba dentro y estableció con el espectador un relación unilateral. No quiero que me digas que así debo sentirme. Dejame que, como tantas otras veces en cine, simplemente yo lo sienta.

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► [ESPECIAL] Para los que disfrutan de su cine, les dejo un interesante repaso por la filmografía de Steve McQueen:

Steve McQueen (2008 - 2013) from Hello Wizard on Vimeo.

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¡BUEN MIÉRCOLES, MUCHACHADA! En este día, una sola consigna vinculada al análisis de directores y sus filmografías e involuciones: ¿cuáles son esos directores que o bien los decepcionaron o que simplemente no les gustan en absoluto? Los invito a delimitar cuándo se produjo el momento de ruptura con esos realizadores que sí prometían; ¡es hora de hacer catarsis en este post! ¡Nos reencontramos el lunes, que tengan un excelente día!

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¿A QUÉ DIRECTORES LES CIERRAN LA PUERTA?

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White Bird in a Blizzard: Pictures Of You

“You were stone white, so delicate lost in the cold; you were always so lost in the dark…” - The Cure

“There are three sides to every story. Your side, my side and the truth… and nobody’s lying” escribió Robert Evans en su autobiografía The Kid Stays in the Picture. La cita me recordó a White Bird in a Blizzard, la más reciente película de Gregg Araki, que si bien se presenta como varias cosas en simultáneo, no deja de ser una obra atravesada por los recuerdos y tres de sus ramificaciones: cómo uno recuerda algo, cómo eso que uno recuerda está empapado por el deseo interno y cómo eso que uno recuerda nos termina dejando al descubierto (elijo detenerme en esto, ergo: soy esto). Lo que plantea el discurso de Evans es que no existe eso de la verdad empírica y de que la memoria no hace más que desnudar hasta qué punto nos gusta envisionarnos (y envisionar al otro) de una determinada forma. White Bird in a Blizzard abre de manera contrapuesta a su desenlace. La primera escena nos muestra a Eve (Eva Green) tirada en una cama, vestida de negro, como preparándose para su propio funeral. La imagen es profundamente terrenal. Una mujer casi en contacto con el suelo, descalza, palpando con los sentidos el entorno como modo de sentirse un poco menos sola, vacía, muerta. La última escena, por el contrario, se centra en su hija Kat (Shailene Woodley, simplemente sublime), arriba de un avión, en pleno día, con una suerte de aura que la circunda mientras su rostro se ilumina en primer plano. Araki apuesta continuamente por lo especular, por el choque de colores, estados anímicos, sensaciones, maneras de ver el mundo. La adolescencia de Kat (digitada por el terreno inexplorado) colisionando con la adultez de su madre (digitada por el anhelo de redescubrir esa faceta que ve en su hija y que ya no reconoce en ella misma). La realidad más inobjetable (el sexo como modo de aprehender lo inmediato) colisionando con la utopía más devastadora (Kat soñando con su madre desaparecida, con la nieve como símbolo). En definitiva, una hija colisionando con una madre, un vínculo que es escudriñado bajo el espectro más brutal (y, como se trata de Araki, ineludiblemente grotesco), incluso con una veta psicoanalítica. Esa mujer que pasó a convertirse en ama de casa resiente la libertad que observa en su hija (el “white bird” describe tanto a una como a la otra) y no le permite hacer uso de esa libertad con placer sino que la interpela, la condena, la invade y eventualmente la tortura.

“She remains an absence to me. An empty space. An invisible, half-remembered ghost. I catch myself thinking that I’m gonna run into her someday. Like I’ll be at a stoplight, look over at the car next to me and there she’ll be, scowling at me with disapproval” dice Kat sobre su madre, de algún modo subrayando la mejor decisión que toma Araki al adaptar la novela de Laura Kasischke: el discurso de su protagonista está supeditado a los recuerdos y la vez está anhelando su reconstrucción. Cuando Kat habla de su madre – con nosotros, con sus amigos, con su novio, con su amante – lo hace como quien es asaltado por esas imágenes de las que habla Robert Smith en su himno sobre el acto de evocar; es decir, a través de una sucesión de fotogramas. Su madre irrumpiendo en su cuarto, su madre riendo histéricamente, su madre tirada en esa cama. Sin embargo, es Eve quien termina siendo su espejo, la voz de la conciencia, la figura omnipresente que la acompaña en su salto de la adolescencia a la adultez temprana. Kat le exige otra cosa a la memoria. Le exige una suerte de estampa de su madre antes de su propia existencia. Así, ese proceso de rearmado le permite a esa joven inferir que antes de ser quien le dio la vida, su madre fue una mujer succionada por el desencanto. “Remembering you standing quiet in the rain / Remembering you running soft through the night / Remembering you fallen into my arms / Remembering you, how you used to be…”. No es casual que Araki haya elegido “Pictures Of You” como parte de esta historia, como leit-motiv, como columna vertebral. White Bird in a Blizzard – por momentos invadida por el thriller, cuando podría haber sido una efectiva coming of age, acaso más perturbadora que otras – no hace más que exponer lo mucho que habla de nosotros el prisma por el que decidimos mirar lo que vivimos. Por lo tanto, cuando Kat toma ese avión sabiendo qué pasó con su madre, logra encontrar, entre tanta colisión, entre tanto blanco y negro, entre tanto sueño y pesadilla, el punto intermedio para que los what if sobre los que canta Smith (“If only I’d thought of the right words…”) pesen un poco menos. Kat imagina que su madre se le aparece y le susurra tan solo dos palabras (“I’m here”), dos palabras que, como esas tres aristas de los recuerdos esbozadas por Evans, pueden disparar para cualquier lado pero cuyo resultado será siempre el mismo, porque esas figuraciones convergen en una afirmación universal. Estoy acá del modo en que elijas recordarme. Pero estoy acá. Nada hará que mi imagen se nuble, que la memoria se anule o que la foto se rompa.

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► [TRAILER] Algunas imágenes de White Bird in a Blizzard:

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► [PLAYLIST] Algunas canciones que suenan en la gran banda sonora de la película de Gregg Araki:

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / NOS PEGÓ LA NOSTALGIA] 100 canciones ochentosas mencionadas en el post de hoy; gracias por los aportes, que la disfruten mucho:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy les dejo tres consignas: 1. ¿Vieron White Bird in a Blizzard? ¿Qué les pareció la película de Gregg Araki? 2. En relación al tópico del film, ¿qué otras interesantes relaciones madre-hija del cine mencionarían en el post? Si quieren, los invito a que se explayen sobre cómo es el vínculo que tienen ustedes con sus madres; 3. Por último, ¡armemos playlist! El puntapié, inspirado por la banda sonora del film, es que mencionemos canciones ochentosas; ¡como siempre, los leo! ¡hasta mañana!

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Hay lugares que te llaman: Cinescalas en Nueva York

Hoy en Cinescalas escribe: Rodrigo Bravo

Jenny Curran: “I wish I could’ve been there with you”.
Forrest Gump: “You were”.

Hay lugares que te llaman.

Por supuesto que es una sensación medio difícil de explicar, no se trata de simples ganas de conocer o de salir de vacaciones, esto es más complicado. El llamado en sí es bastante particular, se presenta imperceptible y va impregnándote de a poco hasta el punto en que necesitas respirar hondo para descomprimir la ansiedad. No sabés muy bien cuándo ni dónde empezó pero está ahí, haciéndote mordisquear los labios cada tanto. Te define una meta para alcanzar y te acompaña en el trayecto. Es como que un montón de pequeños detalles con el tiempo van tejiendo una frazada de ilusiones que usas para abrigarte cuando el mal tiempo arrecia.

Tal y como hace Max:

Edgar Allan Poe: “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.”

El lugar con el que yo soñaba de día era Nueva York. Desde que tengo uso de razón ese lugar ejerció sobre mí una endiablada atracción, la cual se fue potenciando a través de los años gracias a la literatura y, en especial, al cine. Leer a Paul Auster o ver cualquier peli de Woody Allen no me generaba otra cosa que agregarme pendientes a la lista. Durante años me compré la guía de Horacio de Dios y la leía extasiado como si fuera una aventura de Pérez-Reverte. Les arme el viaje entero a familiares y amigos casi de memoria, siempre sumergido en la inexplicable tranquilidad de saber que algún día se alinearían las estrellas y sería mi turno. Después de veinte años de espera, en mayo de 2014 ese día llegó. Como se podrán imaginar, luego de tanto tiempo de organización hubo muchas cosas que fueron tal cual las tenía idealizadas en mi cabeza. Pero también viví momentos que nunca me imaginé, instantes que escaparon a cualquier planificación previa. Dentro de esta última categoría de experiencias, algunas de ellas se dieron gracias a este blog.

Sin mucho preámbulo puedo afirmar que la cantidad de vivencias y sentimientos que compartimos post tras post han calado hondo en mi rutina diaria, dejado una especial impronta que se presenta como ineludible en determinadas situaciones. Desde hace un tiempo éste es mi lugar para charlar de temas que no puedo hablar en ningún otro lado, si cuento alguna anécdota relacionada con música o arte o literatura estoy seguro que habrá alguien del otro lado que la pueda apreciar tanto como yo lo hice. Por esa razón, incorporarlos a este viaje era tan natural para mí como obligatorio. Porque sólo aquí pueden dimensionar la razón que me llevó a buscar una calle o una esquina en particular. Porque sólo un cinéfilo puede apreciar las locuras de otro cinéfilo. Porque, en estos tiempos, el poder compartir pasiones se torna un circunstancia invaluable.

Ernest Hemingway: “Nunca escribas sobre un lugar hasta que estés lejos de él”.

Más allá de los lugares turísticos, los rascacielos y los museos, caminar por las calles de esa ciudad es como abrir la caja de chocolates de Forrest: nunca sabes con lo que te vas encontrar. Un homeless cantando con voz de tenor en la vereda de la Ópera, una primera edición de The Sun Also Rises dedicada por su autor, una pareja de músicos tocando arpa y xilófono en el Central Park con un cartelito a sus pies que decía “The World Needs More Bach”, la casa donde creció Piazzola ubicada en el mismo barrio donde se juntaban Ginsberg, Kerouac y Cía., una carta de Francis Ford Coppola colgada en la pared del restaurant donde Brando comía mientras filmaban The Godfather, el peluquero de Truman Capote y Luca Brasi (?), una foto de Marilyn en el lobby de un hotel que te revela el verdadero significado de la palabra “inmortal”, una partitura con arreglos de puño y letra de Mozart, un ponja vendiendo guiones de pelis en dos esquinas al mismo tiempo, un par de cartas entre Edith Wharton y Henry James, un recuerdo para James Gandolfini en cada negocio de Little Italy, la primera portada de The Great Gatsby que inspiró a Fitzgerald para terminar el libro, una anécdota de Frank Sinatra arremangado en la cocina de un restaurant preparando la salsa para los linguini, un colombiano preparando martinis en un bar subterráneo, un viejito vendiendo en la calle (sus) fantásticas colecciones de libros arriba de un tablón despintado…

Pero vamos al tema que nos convoca. Ya desde el inicio uno de mis objetivos era pasar por alguna locación famosa, siempre pensé que tener la posibilidad de caminar por las mismas calles que viste en la pantalla grande era un privilegio único, te puede tocar una vez en la vida. Pero cuando me puse a averiguar me encontré con una ciudad entera enmarcada por escenarios de películas famosas. Y la tentación fue demasiada para resistir. Opté entonces por agregarle un touch cinescalero a mi viaje: le intercalé al recorrido inicial la mayor cantidad de sets fílmicos que pude identificar y acto seguido (contando ya con la debida venia de nuestra anfitriona) cargué la remera del blog en la mochila para dejar el fundamental e imprescindible registro gráfico. Sin dudas que tenerlos como excusa se convirtió en un factor decisivo que afecto a todo mi derrotero, conocer estos lugares fue una experiencia que no habría tenido sino me ponía como meta esta nota. Me obligó a hacer esas dos cuadras de más que no figuran en ninguna guía. Y dos cuadras aquí, dos allá, al final termine conociendo la ciudad mucho mejor lo que hubiera esperado.

Les confieso que algunas locaciones me decepcionaron un poco porque no era lo que me esperaba, uno a veces llega con la vívida imagen de la peli en la cabeza y por ahí la magia del cine metió la cola y los convierte en algo que no son en realidad. Cuando subís al Empire State lo primero que buscas es el ascensor de donde se baja Tom Hanks para encontrarse con Meg Ryan en Sleepless in Seattle y no está!!! O por lo menos no está tal cual como sale en la peli. El día que fui a visitar el Museo Metropolitano entré como una bala buscando el cuadro de Monet que Pierce Brosnan se roba en The Thomas Crown Affair (que dicho sea de paso lo tengo colgado en el living de mi casa) y me di con la cruel noticia de que NUNCA estuvo ahí in the first place! WTF!!

Pero, en el otro lado de la moneda, hubo algunas que me emocionaron profundamente: la ventana de Tiffany donde Holly Golightly iba a desayunar, el estudio donde Barbra Streisand conoce a Nick Nolte en The Prince of Tides, la entrada del laburo de Griffin Dunne en After Hours, el café en donde Kathleen Kelly y Joe F-O-X se citan por primera vez en You´ve Got Mail…. En este punto creo que la locación que se lleva el premio es el banquito de Manhattan, directamente me puso la piel de gallina. Lo más loco fue que esa misma noche cuando llego al hotel de rebote engancho wifi, entro al blog y me encuentro con el post que José escribió recordando a Gordon Willis, encabezado por LA foto que me llevó a ir a ése lugar. Increíble.

Nelson Mandela: “No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuánto has cambiado tú”.

Después de viajar nunca volvemos a ser las mismas personas. Ya sea porque descubrimos algo de nosotros que estaba adormecido, o porque cumplimos con esa asignatura pendiente, o simplemente porque ganamos nuevos recuerdos que nos van a acompañar de por vida. Cualquiera sea la razón o el lugar, lo importante es que puedas recuperar aquello que la vorágine diaria te hizo olvidar, que te vuelvas sin suspiros porque te los gastaste todos, que sientas que tu patrimonio creció a pesar de que te volviste sin un peso: las cosas más valiosas siempre son las que no tienen precio, las que te llenan los bolsillos del alma, las que nadie te puede quitar porque las llevas atesoradas en la alcancía de tu corazón.

[GALERÍA] El paseo de la remera de Cinescalas por la ciudad de Nueva York, registrado por Rodrigo:

Muchas veces escuchar las experiencias de viaje de otra persona se puede tornar medio plomazo, trasladar sensaciones de lugares específicos por ahí se convierte en una misión harto difícil de lograr. Pero esta vez me pareció que la excepción bien valía la pena porque precisamente ésa era la sensación que me generaba la remera de Cinescalas en la mochila: me garantizaba que valía la pena hacer cinco cuadras más y sacar la foto.

El rescate de calles y esquinas que se ocultan en el anonimato urbano no tiene sentido sin alguien especial que les dé un marco o un significado que les devuelva su importancia. Cuando Mily y Cinescalas me dieron la certeza de que ya no estaba más solo en esto me regalaron la invalorable posibilidad de conocer un lugar repleto de esas personas especiales. Y eso era todo lo que necesitaba para meter la remera en la valija. Todo ese tiempo los extrañe, pero no tanto. Porque estuvieron conmigo siempre.

Por Rodrigo Bravo

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¡BUEN LUNES PARA TODA LA MUCHACHADA! Gracias por la paciencia de la semana pasada, como siempre; arrancamos un nuevo lunes con esta gran nota/producción de Rodri y dos consignas: 1. ¿Qué locaciones de película tuvieron la suerte de visitar y cuáles están en sus listas de pendientes? Los invito a dejar imágenes de esos momentos vividos 2. ¿Cuál fue la experiencia más inolvidable que tuvieron viajando? Espero que podamos compartir anécdotas en este post; ¡los leo! ¡que tengan un excelente comienzo de semana y nos reencontramos mañana! ¡saludos para todos! PD. Gracias a quienes escribieron para esta sección por aguardar hasta que les llegue el lunes; tengo todas sus notas listas para ir publicándolas paulatinamente ;)

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—> La última vez escribió Ezequiel Saul sobre… SNOWPIERCER

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Composición: Tema libre (decimoséptima entrega)

En el post de ayer les pedí que, dado que estaré ausente durante una semana cubriendo este festival, sugirieran consignas para un Open Post. La ganadora de esa votación breve y espontánea fue Luján Noguera, quien propuso que hablemos de nuestras expectativas respecto a películas que están por estrenarse y/o de las que están en pleno rodaje, a la vez sumando datos sobre recientes decisiones de casting y/o trivia. Es decir, que hablemos de todo el cine que está por venir. Por ende, yo les dejo un disparador (¿qué les parece la noticia de que Ezra Miller será The Flash?) y ustedes sigan desde ahí. Se los va a extrañar, los vuelvo a ver el lunes 27. ¡Saludos para toda la muchachada! 

“¿No te gusta Zoolander?” – “Adiós para siempre”

Como el post de ayer lo puso en evidencia, no hay aspecto del cine más enriquecedor que los debates que se desprenden del mismo, debates que colaboran a replantearnos aquellas opiniones que parecían inalterables. Siguiendo esa temática, me parecía interesante que abordemos la polémica ya no tanto desde el análisis más formal y/o sesudo sino desde lo lúdico. Por ende, llegamos a este post que les venía prometiendo desde hace un tiempo. Todos los cinéfilos tenemos esos puntos débiles que, al ser golpeados por una sentencia ajena, ponen a prueba nuestro nivel de tolerancia. ¿Qué frases nos resultan simplemente inadmisibles? ¿Con qué percepciones no podríamos concordar nunca? Yo voy con Zoolander. Porque una vez, en plena cita, alguien atinó a hablar mal de la película de Ben Stiller y mi decepción fue indisimulable. Ahora los leo a ustedes, quiero conocer cuáles son sus “relax”, esos disparadores que desatan, como le pasó a Derek, su más sentida furia. ♦

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 *GRACIAS A LOS RESPONSABLES DE LA FANPAGE ADIÓS PARA SIEMPRE POR ESTE FLYER COSTUMIZADO:

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¡BUEN MIÉRCOLES, MUCHACHADA! En este día, la consigna es que mencionemos esas opiniones cinéfilas  - que pueden llegar a ser impartidas por nuestro entorno – que nos harían decir “ADIÓS PARA SIEMPRE”; espero sus comentarios, estimo que este será otro de esos posts lúdicos para el recuerdo; por otro lado, les cuento que la semana que viene voy a estar cubriendo el Festival Internacional de Cine de las Tres Fronteras desde Misiones; por lo tanto, les dejaré un Open Post ya que me será imposible actualizar con normalidad; ¡gracias por la paciencia eterna, hay muchas novedades en el futuro, se los prometo! ¡Nos reencontramos el lunes 27!

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NUESTRA REACCIÓN ANTE ALGUNOS COMENTARIOS IMPERDONABLES…

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Gone Girl: La verdad incompleta

“Meaning is found solely by him who seeks it.
Into one another flow dream and waking,
truth and falsehood. Certainity is nowhere.
We know naught of others, nor of ourselves.
We are forever at play – he who knows that is the wiser!” - Arthur Schnitzler (Paracelsus) 

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

En Traumnovelle, la novela de Arthur Schnitzler en la que se basaron Stanley Kubrick y Frederic Raphael para la película póstuma del último, Eyes Wide Shut, la palabra “trauma” no es solo un concepto que se arroja al vacío para definir al relato de modo perezoso o simplista, como si se quisiera poner por delante el tópico “serio” que se va a abordar, como si se nos quisiera enarbolar una suerte de moraleja, de mensaje, como si se quisiera guiar nuestra reflexión. Schnitzler ejecuta un movimiento audaz en su prosa. Los personajes están incuestionablemente digitados por un deseo perturbado, trastocado, removidos de cualquier mirada lateral acaso más realista y menos perjudicial. En consecuencia, y a pesar de su raíz psicoanalítica que lo llevó a ser una especie de doppelgänger literario de Sigmund Freud, a Schnitzler no le importa si los movimientos de su protagonista Fridolin son normales (para él o para la figura de un tercero). La moralidad acá tiene peso muerto y, por ende, la narrativa se desarrolla aprehendiendo esa naturaleza, ubicando a los personajes frente a sus propios reflejos. Ellos son los únicos autorizados para cuestionarse. Ellos son los únicos que pueden hacerse preguntas sobre lo que les pasa. Así, y volviendo a la palabra trauma, lo etimológico siempre va a estar fuertemente arraigado con aquello que querramos contar. La palabra trauma no es azarosa. La palabra trauma no pretende ser solemne. La palabra trauma no está persiguiendo un objetivo ceremonioso. La palabra trauma está hablando, desde su origen griego, de una herida, herida que Schnitzler conecta con la traducción al alemán de otra palabra igual de relevante para su historia: sueño/traum. En consecuencia, lo que haría Kubrick con Eyes Wide Shut sería aferrarse a ambos conceptos, reforzando la atmósfera onírica con caminatas errantes donde William no parece estar tan solo, y muestra cómo la acumulación de heridas es algo que no debe desestimarse. Son las heridas las que pueden desencadenar una perversidad siempre latente. “Wounds can create monsters, and you, you are wounded, Marshal. And wouldn’t you agree, when you see a monster, you… you must stop it?” preguntan en Traumnovelle y pregunta Kubrick, a su modo, en Eyes Wide Shut. Cuando William observa a Alice, quien yace durmiendo con una máscara a su lado, nos posiciona en el lugar de quien desesperadamente busca certezas, como si sosteniendo la mirada se pudiera descubrir algo que antes resultó indeferente o imperceptible. William no es más (ni menos) que el arquetipo de esas almas desafortunadas sobre las que escribió Schnitzler y que son, claro, la gran mayoría. Las almas que nunca podrán detener en el péndulo que se mueve entre la incerteza y la seguridad, quienes a través de actos mundanos pretender llegar al fondo del problema, con la relatividad de su impacto. Esa búsqueda infructuosa del significado de la verdad del otro por lo general no está analizada dentro del único contexto posible: ¿cuánto me conozco a mí mismo? ¿Hasta dónde creo que soy consciente de esas heridas que bien pueden convertirme en ese monstruo? La imagen del otro está tan empañada como lo está la propia cabeza de uno. Schnitzler con Traumnovelle y Kubrick con Eyes Wide Shut no nos allanan el camino. Así como William vagabundea por Nueva York fútilmente queriendo indagar en esas pistas con las que se va topando (una contraseña escrita por un pianista, una chica que lo observa, la misma chica que muere), nosotros como espectadores estamos situados en un escenario igual de incómodo y bastante más sobrecogedor: cuestionándonos a nosotros mismos en vistas de la impredictibilidad del futuro, en vistas de lo que sea que se nos cruce por esa calle oscura. Así es como en Traumnovelle, aún con el componente de ensueño como forma de intoxicar aún más las percepciones, toma cualquier opinión del futuro desde un estadio irreductible. Para Schnitzler, al futuro no solo no hay que contemplarlo sino que hay que respetarlo. ¿Cómo se respeta algo que siempre está corriendo con ventaja? Fácil: no se lo subestima desde el hoy; y eso se hace mediante la evasión de los absolutos. “Forever, he wanted to add, but before he could say the word, she put a finger on his lips and whispered almost as if to herself, ‘Don’t tempt the future’” dicen sobre el final de Traumnovelle. Un acto análogo hace Alice en Eyes Wide Shut cuando le dice a su marido que lo más importante que tienen que hacer en ese momento no es cuestionar lo que sucedió en esa noche narcótica sino algo más vital y animal: coger. Así, el nunca y el futuro son conceptos que se anulan mutuamente.

“She felt no tears in her eyes; she felt no emotion, no dread; she did not even realize that she had walked over the dead, and that there beneath her feet he, who had once held her in his arms, had crumbled into dust”Arthur Schnitzler (Bertha Garlan)

“When I think of my wife, I always think of her head. I picture cracking her lovely skull, unspooling her brain, trying to get into it. The kinds of questions to any marriage. What are you thinking? How are you feeling? What have we done to each other?”. El hecho de que Gone Girl – la adaptación cinematográfica de David Fincher de la novela de Gillian Flynn, aquí responsable del guión – encuentre en ese plano de la cabeza de Amy Dunne (Rosamund Pike) y en las palabras de su marido Nick (Ben Affleck) el prefacio perfecto para lo que se desencadenará luego, ya nos está anunciando dos posturas que son cruciales para la manera en la que se abordará la película. Porque sabemos, a priori, que no se trata de una película sencilla de analizar. No por ser particularmente una obra compleja o con un entramado tal que requiera múltiples revisiones sino por todo lo que, casi siempre, reside por fuera de lo cinematográfico, empezando por el sacudón que implicó la novela de Flynn. La misma fue visitada y revisitada desde el feminismo, desde su visión del matrimonio, desde su prosa cautivante y acelerada hasta su original procedimiento de superposición de voces para que la verdad esté siempre incompleta (incluso hasta el mismo final) y su crítica a las percepciones, esas percepciones que en lo diario son tan burdamente escudriñadas por los medios de comunicación. Volviendo al prefacio y a sus implicancias, Fincher toma la decisión consciente de presentar Gone Girl como una película “importante”. A fin de cuentas, Nick se hace las mismas preguntas insondables que William en Eyes Wide Shut, aludiendo también a las inseguridades propias de la convivencia con otra persona, independientemente de sus grados de problemática. Posteriormente a ese plano, Fincher acompaña los créditos con imágenes del estado de Missouri deshabitado, uno de los pocos momentos en los que el realizador toma una decisión estética sobre el material de base (o en concordancia con éste). El dato no es menor. Fincher pasó de Cambridge/Palo Alto en The Social Network y de Estocolmo en The Girl with the Dragon Tattoo a un espacio mucho más pequeño, y lejos de adecuarse al microcosmos, se deja atentar por él, raramente jugando con el impacto visual, siendo la imagen de Amy en la pileta en un hotel de mala muerte otro de los pocos momentos inspirados del director. Al Gone Girl plantearse de ese modo y solidificar su primera hora/hora y media a partir de esa vertiente original (un thriller detectivesco que se desarrolla a través de pistas, las que deja Amy pre y post desaparición y aquellas en las que se detienen los investigadores) y la de otra que la secunda (el matrimonio como rompecabezas que se va conformando mediante las palabras y conductas de sus dos integrantes), Fincher no tiene mucho espacio para abrazar la veta inverosímil de la historia y, cuando lo hace, trastabilla en la interconexión. Así, Gone Girl es un desfile de personajes que parecen salidos de una película de los hermanos Coen (Rhonda Boney, interpretada con magnetismo por Kim Dickens en clave Marge Gunderson), otros que se meten de lleno en lo paródico (Tyler Perry en un gran papel secundario) y otros que, como la propia Amy, van de un lado a otro según la indecisión en el tono se los marque. El problema de Gone Girl no es que ambicione con ser un pulpo que quiera devorarlo todo con mayor o menor grado de voracidad. El problema de Gone Girl es que se traiciona a sí misma. Se resguarda de la crítica en contra bajo la postura de “si yo no me estoy tomando en serio, entonces ¿por qué deberías hacerlo vos?”, cuando en el fondo cree que todo lo que está diciendo contiene una sabiduría que está por fuera de discusión. Es decir, no es enteramente paródica no porque no haya una abundancia de escenas que circulen por ese carril. No es enteramente paródica porque cuidadosamente decide no reírse de sí misma, ya que, si ése hubiese sido el caso, la imagen del final (la misma del comienzo, que no funciona en cuanto a resignificación porque apunta solo a quienes no leyeron el libro, dejando a más del 50% de la audiencia afuera del efecto) no hubiese vuelto a cargar las tintas sobre el cuestionamiento del inicio.

En Fight Club, otra película de Fincher sobre el desdoblamiento en las voces y las verdades incompletas, Tyler Durden discurría sobre la imagen que proyectamos según los impulsos del ámbito en el que nos movemos: “We’ve all been raised on television to believe that one day we’d all be millionaires, and movie gods, and rock stars, but we won’t”. Algo similar ocurría en The Social Network, donde la opinión que se tiene de Mark Zuckerberg no es tan unívoca como parecía serlo: “you are an asshole” le dice Erica Albright al inicio; “you are not an asshole, you are just trying so hard to be” le asegura Marylin Delpy sobre el final. En Gone Girl/novela las apariencias y esas heridas que nos convierten en monstruos de las que hablaba Schnitzler están mostradas con un precisión tan alarmante que justifica la resonancia que tuvo la obra de Flynn. Es un thriller, sí. Con un whodunit que lo representa, sí. Pero Flynn es lo suficientemente astuta como para dotar a la historia de una elasticidad tal que sus personajes actúan en consecuencia de daños, culpas y temores que han arrastrado por diferentes circunstancias. En Gone Girl/película, en cambio, la construcción de personajes se simplifica en detrimento del efecto final. Para un film que tiene como uno de sus tópicos a las mencionadas apariencias y sus efectos, la contraposición entre la Amazing Amy, la Cool Girl Amy y la verdadera Amy no corroe tanto como en la novela, porque la exploración del vínculo tóxico con sus padres está resuelto de manera perezosa. Lo mismo sucede con un instante clave de la novela (el del quiebre, el de la revelación del plan de Amy para vengarse de Nick), en el que esa mujer pone sobre la mesa cómo su vida estuvo digitada por la percepción ajena. Así como para sus padres era Amazing Amy, para Nick era la “cool girl” (“Men always say that as the defining compliment, don’t they? She’s a cool girl. Being the Cool Girl means I am a hot, brilliant, funny woman who adores football, poker, dirty jokes, and burping, who plays video games, drinks cheap beer, loves threesomes and anal sex, and jams hot dogs and hamburgers into her mouth like she’s hosting the world’s biggest culinary gang bang while somehow maintaining a size 2, because Cool Girls are above all hot. Hot and understanding. Cool Girls never get angry; they only smile in a chagrined, loving manner and let their men do whatever they want. Go ahead, shit on me, I don’t mind, I’m the Cool Girl”). Sin embargo, en la película, los flashbacks de Amy cediendo ante la necesidad de Nick de esa mujer que no lo rete a más sino que lo acompañe con la complacencia como motor, son prácticamente inexistentes. Por ende, si no se vislumbra a Amy en su faceta “cool” o “amazing”, su trasfondo es absolutamente insustancial. Lo mismo – y en peor grado – ocurre con Nick y sus deseos de redimirse ante el pánico (por momentos justificado) de replicar a su agresivo y abandónico padre, una herida tan grande que nos revela el porqué de su pasividad sobre el final, cuando Amy le confiesa tanto el asesinato de Desi Collings (otro personaje complejo reducido a la robótica y breve interpretación de Neil Patrick Harris) como su propio embarazo, siendo esta última información la que lo impulsa a quedarse al lado de esa mujer ya desconocida. Sin embargo, para el espectador que no leyó la novela, el único monstruo del film es Amy, mientras que Nick es simplemente un marido cuyo único grado de responsabilidad fue el de engañarla algunas veces. Así, el pacto que forjan en los últimos minutos es menos perturbador y más irrisorio, con la paradoja de que ahí lo grotesco es accidental.

“Am I sure? Only as sure as I am that the reality of one night, let alone that of a whole lifetime, can ever be the whole truth” - Arthur Schnitzler (Traumnovelle)

“It’s a very difficult era in which to be a person, just a real, actual person, instead of a collection of personality traits selected from an endless automat of characters”. Si hay algo brillante de la novela de Flynn, es justamente ese pánico a convertirnos en almas vacías, en respuestas autómatas a las imposiciones (“and if all of us are play-acting, there can be no such thing as a soul mate, because we don’t have genuine souls”), en personajes más que en personas. Por lo tanto, cuando en Gone Girl/película Fincher se desata – como si estuviera jugando a disfrazarse de Brian De Palma en Dressed to Kill – apuesta al absurdo como en la secuencia en la que Amy llega a su casa cubierta por sangre y es abrazada por Nick para los flashes (gran momento en particular, discordante en líneas generales) o como en el asesinato de Dessi, donde Rosamund Pike repentinamente pasa a ser una villana grotesca salida del cine del director de Femme Fatale. En contraposición a los resultados que había obtenido con Zodiac (donde los actores captaban y dosificaban el humor, perfectamente conjugado con el pánico subyacente) e incluso con The Social Network y su precisa dirección actoral, si Fincher pretendía que el giro más importante del film (aquel que debería servirnos para su relectura) llegara con el mismo ímpetu aplastante de la novela, entonces su conocido perfeccionismo se tendría que haber traducido en la voz en off de Pike, acaso una de las principales problemáticas del film, ya que su falta de matices no consigue algo fundamental: que empaticemos inicialmente con Amy y su miedo a desaparecer ante la mirada de su esposo. No hay nada malo en oscilar entre varios géneros, en mezclar influencias (en este caso, Gone Girl es una cruza entre Eyes Wide Shut, Dressed to Kill y To Die For de Gus Van Sant; con toda la incompatibilidad del caso), el problema es cuando no hay consciencia de esto y cuando el salto de un tono a otro le resta fuerza al perturbador final de la historia, un final que acá carece del dramatismo y la oscuridad de la novela, en parte porque Fincher cedió a su principal y recurrente falla como cineasta: soltarle la mano al material en su última media hora. Como le había sucedido en The Girl with the Dragon Tattoo (una película que, sin embargo, logra estar en un escalón mucho más alto), en Gone Girl se atropella con esa sucesión de escenas de un minuto acompañadas de fundido a negro, que masacra por completo a la mejor interpretación del film que es la de Carrie Coon como Margo. Su llanto en la cocina, al no estar precedido por el diálogo con su hermano Nick sobre el miedo de éste a convertirse en su padre, le resta complejidad a las viñetas de Nick con Amy que vendrían después: las de un vínculo que se torna enfermizo porque sus integrantes sucumbieron al poder de los traumas de sus respectivos pasados.

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“Tampon commercial, detergent commercial, maxipad commercial, Windex commercial. You’d think all women do is clean and bleed” dice Amy en Gone Girl/novela con su distintivo estilo brutal. El único momento en el que Fincher – apuntalado por la música de Trent Reznor y Atticus Ross en su mejor forma – deja de disfrazarse de De Palma, de Kubrick, o de algo que no es (como ya lo había hecho con su peor película, The Curious Case of Benjamin Button) es cuando la muestra a Amy tan tajante como su locuacidad, a través de ese montaje acelerado donde el plan se desnuda, y donde la voz en off nos remite indefectiblemente a la de Mark de The Social Network narrando la génesis de Facebook hasta que Eduardo interrumpe su ritmo incansable (“like a StairMaster”) abriendo la puerta y escribiendo el algoritmo en la ventana. En Gone Girl, como en Benjamin Button, Fincher desaparece, y su verdad (su película, un componente más a su filmografía; es decir: su legado) termina siendo tan inacabada como la de sus personajes, con el peso de lo sombrío discurriéndose entre las manos no tanto con el espesor de la sangre que salpica a Amy sino con la liviandad del agua con la cual ella limpia su cuerpo.

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► [ESCENA] Ben Affleck y Rosamund Pike en Gone Girl:

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► [ESPECIAL] Un imperdible informe sobre la estética de David Fincher:

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► [ENTREVISTA] David Fincher, Gillian Flynn, Tyler Perry, Neil Patrick Harris, Carrie Coon, Kim Dickens, Ben Affleck y Rosamund Pike hablan sobre la película (las partes I & II están en YouTube):

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¡BUEN MARTES PARA TODA LA MUCHACHADA! Hoy la consigna es que hablemos exclusivamente sobre Gone Girl, la película de David Fincher basada en la novela de Gillian Flynn; ¿estuvo a la altura del libro o bastante lejos? ¿como película autónoma qué impresión les dejó? Asimismo, los invito a hacer un ranking de los mejores films de Fincher; espero que se arme un interesante debate; ¡los leo y nos reencontramos mañana! ¡buen martes!

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The Leftovers: El dolor de la ausencia

Hoy en Cinescalas escribe: Javier Correa Cáceres

“Lo que sentimos no es duelo, es una pérdida ambigua e infinita”Patrick Johansen en “Guest”, sexto episodio de The Leftvovers

En el prólogo del primer capítulo de The Leftovers, la serie creada por Damon Lindelof y Tom Perrotta para la cadena HBO basada en la novela de este último, se produce un hecho extraordinario. Sin explicación alguna desaparece de la faz de la tierra el 2% de la población del planeta al mismo tiempo, aproximadamente 140 millones de personas. No caen muertos, no ascienden a los cielos envueltos en luces brillantes, no son tragados por las profundidades de manera alguna. Simplemente desaparecen ante la mirada atónita de aquellos que los acompañan en ese momento. En un instante se encuentran frente a sus amigos, familiares o vecinos y al siguiente ya no. Así de simple e inexplicable. Viejos, niños, ricos, pobres. Famosos, desconocidos, bebés y maridos golpeadores. Simplemente ya no están.

Si bien se trata de un punto de partida sobrenatural y ciertos tópicos de la narración pertenecen al género fantástico, en el fondo el hecho es casi un MacGuffin, el elemento imprescindible y a la vez sin importancia del que hablaba Alfred Hitchcock, aquel que capta la atención del espectador en un primer momento pero en realidad no es más que una excusa para desarrollar los temas de interés para el realizador. El objetivo de los creadores de esta ficción – al menos en la primer temporada – es ambicioso y un tanto inusual para la televisión: explorar a fondo las reacciones humanas ante una pérdida y sus consecuencias posteriores.

Por supuesto que al leer la sinopsis de la serie se puede adivinar que muchos de los múltiples protagonistas lucharán por encontrar un sentido y una manera de lidiar con el acontecimiento de aquel 14 de octubre de tres años atrás, pero el primer acierto de los guionistas es expandir el concepto de pérdida. Así, por ejemplo, tenemos tanto a Nora Durst (Carrie Coon), que perdió a su esposo y sus dos niños pequeños aquella mañana, pero también a Matt Jamison (Christopher Eccleston), un pastor que se va quedando lentamente sin feligreses.

En el centro de todo está la familia Garvey: ellos no perdieron a nadie pero pagaron un alto costo tras el acontecimiento. Kevin Garvey Sr., el jefe de policía, enloqueció y está internado en un hospital local. Fue reemplazado por su hijo Kevin (Justin Theroux), que vio a su familia desintegrarse de a poco. Su hijo Tom huyó para seguir los pasos de Wayne, una suerte de líder espiritual que alivia el dolor de la gente con sólo darle un abrazo, un hombre carismático que parece conocer un importante secreto o quizás sea sólo un estafador. Su esposa Laurie lo dejó para unirse a The Guilty Remnant, una secta que se encarga de recordarles a todos lo que aconteció, que no quiere ni permite a nadie dejar atrás lo sucedido. Es únicamente su hija Jill quien vive todavía con él, pero apenas se dirigen la palabra. El dolor es para todos parece sugerir el guión. Y tal vez empezó hace un largo tiempo, mucho antes de ese 14 de octubre.

Todos los personajes mencionados habitan en Mapleton, un pequeño pueblo situado cerca de Nueva York, que funciona como muestra de lo que seguramente está sucediendo en el resto del mundo. Veremos a estos y otros habitantes lidiar con el dolor de la ausencia de diversas maneras. Como ya se dijo, algunos lo harán a través de la ayuda espiritual que les brinda una religión, una secta o un gurú; otros lo intentarán a través del dolor físico, el trabajo, la violencia o los manuales de autoayuda; y también habrá quienes pretendan seguir adelante simulando que nada sucedió. Otra gran virtud de los showrunners reside en la mirada que tienen sobre los caminos que toman sus personajes. Ninguno de sus intentos parece ser del todo adecuado, ninguna de las salidas que ensayan parece ser la definitiva y correcta, pero cada uno de ellos es tratado con respeto, todos son personas imperfectas haciendo lo mejor que pueden y no parece haber un sendero prefijado como única solución.

Por su gran ambición temática trabajada con precisión y sin solemnidad, con sus notables actuaciones (entre las que se destacan las de Ann Dowd y la mencionada Carrie Coon), por su poderosa música y la atmósfera enrarecida de sus mejores episodios, The Leftlovers parece ser una pariente lejana de otra serie de la misma cadena que trabajaba algunas temáticas similares en otro tono: Six Feet Under. Esperemos que, como aquella, siga creciendo con el correr de las temporadas. Mientras tanto, podemos disfrutar de una de las sorpresas del año.

 Por Javier Correa Cáceres

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► [ESPECIAL] Una mirada a la primera temporada de The Leftovers:

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¡BUEN COMIENZO DE SEMANA PARA TODOS! Arrancamos esta nueva semana del blog con dos consignas: 1. Los que vieron The Leftovers pueden explayarse sobre la serie de Damon Lindelof 2. A los que no vieron el programa – una de las sorpresas del año para Javi -, les pregunto, justamente, cuáles fueron las series que los sorprendieron en este 2014; espero sus comentarios y nos reencontramos mañana con el prometido post de GONE GIRL ¡Que tengan un excelente lunes feriado, muchachada! OFF TOPIC: Ayer conocí a Jared Leto en una suerte de Meet and Greet, luego de un año de mucha admiración (perdón, lo tenía que contar, sepan disculpar el evidente cholulismo); ¡saludos!

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—> La última vez escribió Ezequiel Saul sobre… SNOWPIERCER

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Adorable puente (se ha creado entre los dos)

“rest, v. and n.

Rest with me for the rest of this. 

That’s it. Come closer.

We’re here.”

David LevithanThe Lover’s Dictionary

En la tercera temporada de The Killing, Holder (Joel Kinnaman) entabla una peculiar y conmovedora amistad con Bullet (Bex Taylor-Klaus), una chica que vive en la calle y que le brinda información en el duro proceso de resolución de un caso no menos lúgubre. Tanto él como ella tiene tatuadas en el cuerpo palabras que operan como recordatorio de aquello que necesitan pero que no siempre encuentran. Él pide serenidad. Ella pide fe. Él está anhelando un momento donde su cabeza no esté invadida por el bullicio y ella está, por sobre todas las cosas, pidiendo a gritos que alguien crea lo que tiene para dar. Si bien Bullet no está presente en todas las temporadas de la relectura de Veena Sud de la creación danesa Forbrydelsen, sí aparece para poner en evidencia el aspecto más valorable de la serie: cómo el carácter de sus personajes, sus búsquedas y ambiciones, siempre se les notan en todo el cuerpo. Cuando los caminos de Holder y la detective Linden (Mireille Enos) convergen, el miedo que ella tiene a mostrarse vulnerable es reemplazado, paulatinamente, por una toma de conciencia de que nadie está exento de ser quebrado por las circunstancias. Así, ambos van entablando una de las amistades más sinceras (en relación al respeto de los tiempos de los personajes, en relación a su dinámica dentro de los whodunit a resolver) que ha dado la televisión dramática, donde la tensión romántica está en un plano casi imperceptible. The Killing, en una decisión que se asemeja a la primera temporada de Homeland, pone el foco en dos personas rotas que buscan recomponerse con muchos traspiés en el proceso. La imperfección de ese hombre adicto en recuperación y de esa mujer que fue internada en un psiquiátrico por su hipersensibilidad ante la oscuridad del mundo (explicitada en esos casos de los cuales le cuesta desapegarse) es lo que los acerca, lo que los define. La belleza intrínseca de The Killing brota cuando sus protagonistas comparten un cigarrillo, cuando ambos suben y bajan de un auto siguiendo pistas, cuando ambos se escupen verdades sobre sus recaídas (ella descuida a su hijo; él cede ante sus demonios) como diciendo esto me importa, como diciendo que el desequilibrio es, ante todo, fundamental para redescubrir esa serenidad que uno de ellos se autoimpone. Porque nada dice redescubrir como Holder pidiéndole a Linden que cierre los ojos y que mire la ciudad de Seattle – la misma a la que ella define como “la ciudad de los muertos” – con otra perspectiva. Esa mujer, la eterna itinerante que nunca tuvo un hogar donde crecer, logra salir de su espiral de ansiedad y compulsión al abandono para vislumbrar que hubo un momento (un gran momento) en el que, caminando por el borde de una autopista, salvó la vida de alguien. Salvó la vida de ese hombre, el que siempre se queda, el que una vez le dijo “you are my ride” sin saber que esa frase no sólo estaba aludiendo a la literalidad de que ella lo condujera en auto a todas partes. No. Esa frase iría a a decir mucho más. Esa frase sería un preámbulo a ese compartir, a ese acompañarse, a ese ayudarse de un modo tan profundo, visceral y melancólico. El preámbulo a una relación de esas que se gestan sin que uno se de cuenta, como casi sin quererlo, con los actos cotidianos como base y con la honestidad como virtud.

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► [COMPILADO] Una mirada a la relación entre Holder y Linden en diez minutos (¡atentos, hay spoilers!):

'Stay' - Linden & Holder, A Music Video Compilation 'The Killing' Season 1 thru Finale from Janna Elizabeth on Vimeo.

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► [ESPECIAL] Mireille Enos, Joel Kinnaman y la creadora de The Killing, Veena Sud, hablan sobre la serie:

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¡BUEN JUEVES PARA TODOS! Hoy volvemos a hablar de series con dos consignas: 1. Los fanáticos de The Killing (que acá son muchos) pueden explayarse largo y tendido sobre la serie y discutir sus cuatro temporadas 2. En relación a los momentos shockeantes de The Killing, al resto los invito a mencionar cuáles fueron las escenas/situaciones/giros de las series que más los han afectado (pueden ser comedias como dramas, la idea es rescatar grandes momentos; si son de series relativamente nuevas, poner un SPOILER ALERT + NOMBRE DE LA SERIE antes de escribir el comentario); en cuanto a esto, les recomiendo esta cuenta de Twitter que inmortaliza instantes inolvidables de series; ¡eso es todo muchachada! espero sus comentarios y los veo el lunes, finalmente el martes saldrá el post de GONE GIRL porque estos próximos días seguiré con trabajo vinculado al documental (les aseguro que la paciencia valdrá la pena); ¡que tengan un excelente día y un mejor fin de semana! ¡nuevamente gracias por esperarme!

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Snowpiercer: Todos a bordo

Hoy en Cinescalas escribe: Ezequiel Saul

Pueden venir cuantos quieran, 
que serán tratados bien. 
Los que estén en el camino, 
¡bienvenidos al tren! 
Sui Generis – “Bienvenidos al tren”

Primer vagón

Para poder hablar de Snowpiercer antes que nada hay que contextualizar un poco la película. En el año 2014, se suelta un químico en la atmósfera que va a hacer que la temperatura del planeta baje para así poder contrarrestar el calentamiento global. El experimento falla y todo el planeta queda, literalmente, congelado. Diecisiete años después, los pocos sobrevivientes permanecen en un tren que da la vuelta al mundo sin detenerse nunca.

Segundo vagón

Ahora que ya contamos brevemente la trama de la película, podemos pasar al siguiente vagón, porque no todos los habitantes del tren son iguales, ya que el mismo está dividido en clases. Los de la cola del tren son los pobres y los de adelante, la clase alta. Créanme cuando les digo que las diferencias entre los dos sectores son notorias. Los ricos se dan todos los gustos, tienen saunas, escuelas y boliches; los pobres sólo comen unas barras gelatinosas que es preferible no saber de qué están hechas. Los ricos usan a los pobres como si fueran sus esclavos, como si fueran parte de un bien propio del que pueden disponer cuando quieran. Antes de seguir avanzando en el tren quiero decirles algo: el creador y chofer de este ferrocarril es un hombre llamado Wilford, una figura mítica a quien todos veneran como a un dios.

Tercer vagón

Acá es cuando el tren se pone interesante. Los pobres, cansados de su situación, comienzan una rebelión y así avanzan vagón por vagón hasta llegar a Wilford, para poder cambiar las cosas. La película no solamente se vuelve más atractiva porque en este instante es cuando estalla el conflicto, sino también porque es cuando la historia empieza a tener varias capas. Una rama de la ciencia ficción contaba historias en sociedades de futuros lejanos pero a través de esas sociedades desnudaba los problemas de su actualidad y Snowpiercer hace precisamente eso: nos muestra la miseria, la desolación y la desesperación de la clase más baja y nos las compara con todos los rasgos de la superficialidad de la clase alta.


Cuarto vagón

En este vagón nos vamos a dedicar a observar el paisaje, que es hermoso, porque Snowpiercer no es una película que sólo tiene una buena historia, ya que visualmente es también increíble. La fotografía y la dirección de arte son sublimes, cada toma es una obra. Asimismo, el vestuario y la ambientación están muy bien trabajados, haciendo que una inocente escuela nos de miedo y que un grupo de soldados armados con hachas provoque aún más terror del que ya de por sí puede generar. Por lo tanto, les recomiendo que vean Snowpiercer con los ojos bien abiertos.

Quinto vagón

En este vagón está la lista de pasajeros (y qué pasajeros). El primero al que vamos a nombrar es a Curtis (Chris Evans), protagonista casi absoluto de toda la película y quien logra estar muy a la altura de las circunstancias. Otra pasajera que llama la atención es Mason, interpretada por Tilda Swinton, quien hace uno de esos rarísimos pero increíbles personajes a los que nos tiene acostumbrados. Por otro lado, el resto de los pasajeros también son importantes, desde una joven promesa como Jamie Bell hasta consagrados como John Hurt y Ed Harris.

Último vagón

Así como al final de Snowpiercer se encuentra Wilford, la persona responsable de que el tren está siempre en movimiento, acá está Joon-ho Bong al frente del film, un director que nos había dado otra película llena de una extraña belleza llamada The Host, un film excelente e inclasificable ya que por momentos parece cine catástrofe, luego comedia, después aventura y finalmente drama. Esta es la primera película estadounidense que él dirige y lo hace conservando su estilo, contando una gran historia de la mejor forma posible.

Yo les recomiendo que vean Snowpiercer. En serio: no dejen pasar este tren.

Por Ezequiel Saul 

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► [ESCENA] Uno de los grandes momentos de Snowpiercer:

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¡BUEN LUNES PARA TODA LA MUCHACHADA! Arrancamos esta nueva semana del blog con dos consignas: 1. Los que vieron Snowpiercer pueden explayarse sobre la misma (por mi parte, ya entró en mi Top Five del año) 2. Ezequiel les pregunta: ¿cuáles son las peores experiencias que han tenido viajando? Los invitamos a compartir sus anécdotas en este post; como siempre, ¡los leo! Que comiencen muy bien la semana, nos reencontramos el jueves con la sección SERIES y el viernes seguramente con un post de GONE GIRL; ¡buen lunes!

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—> La última vez escribió José Tripodero sobre… RELATOS SALVAJES

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