Un patova en las casas de cambios

Seguimos insistiendo con restricciones a la compra y venta de dólares y policías por la City para bajar el blue. Más allá de su autoritarismo, el problema fundamental de Moreno es su dificultad para comprender nociones bastante elementales de economía. Va la siguiente: restringir *operaciones* es *restringir al mismo tiempo la oferta y la demanda*. Si se restringen la oferta y la demanda en la misma proporción *no hay motivo para pensar que el precio va a cambiar*. No es muy difícil de entender.

¿No se podría castigar la compra de dólares sin castigar la venta o, incluso, premiando la venta? No quiero dar ideas, pero en todo caso lo que habría que hacer es dejar que las casas de cambio funcionen normalmente pero TENER UN PATOVA EN LA PUERTA (puede ser el propio Guillermo en alguna, como símbolo) que haga un cacheo del material con el que entran los clientes a las casas de cambio. Si el cliente entra con dólares, el patova les regala un chupetín, lo invita un café, algo; si en cambio el cliente entra solamente con pesos, *se les pega un par de chirlos*. De esa manera ingresarán más dólares al sistema, y a su vez habrá menos demanda por ellos.

Por supuesto que el “dólar casa de cambio” sería un poco más bajo que el “dólar blue verdadero sin recibir chirlos” (DBVSRC). (El DBVSRC es la inversa del precio de nuestra moneda, que obviamente depende de la oferta y demanda por esa moneda, fenómenos cósmicos que escapan a la lógica almaceneril). Recordemos que vivimos en un país que mantiene hace ya años el precio del Big Mac más barato que el de otras hamburguesas para figurar en la revista The Economist más competitivos de lo que en realidad somos. Con esos estándares, no veo por qué no sería un éxito lograr bajar el “dólar casa de cambio”. ¿Quién va a publicar el “dólar sin chirlos”?

Asignación No Universal al Déme Dos

Desde que nací (1973), todos los gobiernos dejan una bombita prendida o terminan con una que les explota: el Rodrigazo, la crisis de la tablita, la hiperinflación, el 2001, y este lento arrastrarse por un nuevo episodio de atraso cambiario, una bombilla alrededor de la cual Moreno va construyendo unos muros. Hasta que no se desactive (nada fácil, y quizá imposible para este gobierno) o no explote (unificación cambiaria, aumentos de tarifas, salto inflacionario) tendremos crecimento bajo. ¿O alguien pone su dinero al lado de una caja que hace tic-tac?

Quería resaltar un aspecto específico de este nuevo episodio de atraso cambiario.

En las anteriores encarnaciones del Déme Dos (la tablita, los noventa) la lógica de “viajemos mientras dure” tenía un componente de racionalidad cuestionable o, si se quiere, de expectativas erradas. En el 1 a 1, por ejemplo, mucha gente viajaba y gastaba sus dólares en el exterior, y lo hacía porque conseguir esos dólares le resultaba barato: como los salarios en dólares eran relativamente altos, no le costaba tanto conseguirlos. Ahora bien: explotado todo en 2001, y mirando retrospectivamente: ¿había sido razonable gastarse esos dólares a la ligera, siendo que de repente se valorizaban con la devaluación?

En idioma nerd: ¿tenía sentido gastar dólares con el argumento de que no eran muchos comparados con el ingreso corriente, cuando lo que en realidad debe importar es el flujo de ingresos a lo largo de tu vida? Con esos dólares gastados en Disney en los 90s te podías haber comprado medio departamento en la sombría Buenos Aires de 2002. Viajar en 2002 al exterior costaba los mismos dólares que viajar en 1997, y por lo tanto representaba una reducción idéntica de tu “riqueza intertemporal”: tantos dólares. Lo que nos dimos cuenta en 2002 es que nuestra “riqueza intertemporal”, nuestra capacidad de largo plazo de generación de dólares, había bajado bruscamente.

Se puede contra-argumentar, con razón: “Pero la opción era Disney o Mar del Plata; era España o San Martín de los Andres; como me iba a ir de viaje de todos modos, tenía más sentido elegir el destino relativamente abaratado” Es posible, aunque también discutible; si los argentinos hubiéramos sabido de antemano en los 90 que nuestra capacidad de generar dólares iba a disminuir mucho, deberíamos haber gastado menos dólares en total, cierto es que con un sesgo a no gastarlo en el país sino afuera.

Pero quería decir otra cosa: en la situación actual, viajar al exterior no sólo es más barato “porque la Argentina está cara en dólares”, como ocurrió con la tablita y con la convertibilidad, sino además por un factor extra: el mundo se abarató en dólares para los argentinos por el control de cambios. Creo que estoy diciendo de manera rara una cosa obvia, pero no importa. Lo que estoy diciendo es: viajar hoy al exterior *te resta menos dólares a tu riqueza* que los que te resta en cualquier momento normal (de tipo de cambio único) porque lo que vale un dólar en Miami en realidad te cuesta 1*5,70/9,20= 60 centavos de dólar. OK, con el impuesto a la tarjeta (que no es del todo un impuesto) es un poco más; digamos que promediando todo, promediando que quizás podés pedirle dólares a Moreno antes de viajar, podés ahorrar un 30%. Sí, el gobierno nos está diciendo: “Para vacaciones en el resto del mundo, descuento de 30%!”. La Gran Willy.

Por supuesto, el descuento no lo paga el mundo, sino los argentinos que no viajan a los argentinos que viajan. Estamos hablando de cifras escalofriantes: en el primer semestre del año los argentinos gastaron en el exterior 5400 millones de dólares. Supongamos 10.000 millones al año, y supongamos que se está dando un subsidio (redondeando) de 3 pesos a cada uno de esos dólares gastados. Son 30.000 millones de pesos. Si Pravda/12 está en lo cierto, en la Asignación por Hijo se gastan 18.750 millones al año.

Sí señores, la Asignación No Universal al Deme Dos es bastante más generosa que la Asignación Universal Por Hijo. Paradojas de la inclusión.

Moreno no es paleolítico

Para intentar bajar el blue, es decir, valorizar nuestra moneda, Guillermo Moreno usó la estrategia de prueba y error de manera perfecta: siempre que probó, erró. Y probó una numerosa cantidad de cosas raras, todas ellas igualmente ineficaces: inventó una entidad inclasificable y de existencia *a confimar* llamada CEDIN, presionó a las “cuevas” (y logró que Ámbito llamara “dólar cueva, histérico y especulativo” a la inversa del precio de mercado de nuestra moneda), persiguió arbolitos, prohibió que algunos bonos se usen como intermediarios entre pesos y dólares en el mercado local y varios etcétera.

Recordemos el objetivo inicial: estabilizar el valor de la moneda. ¿Es tan difícil lograrlo?

En nuestro club de lectura de la historia universal leemos sobre las actividades de los Natufianos, unos cazadores-recolectores, previos a la invención de la agricultura, que vivieron por el año -12.000 en Asia Menor. Entre otras cosas, tenían algo así como una política monetaria:

Para los Natufianos, puede ser que el control del sistema comercial de conchas marinas por cereales salvajes, nueces y carnes les diera riqueza y poder – y la clave para esto parece haber sido garantizar que un número limitado de conchas circularan dentro de su poblado. La manera más efectiva de conseguirlo era el retiro esporádico de grandes cantidades de conchas, que era enterradas junto a los muertos. Como las bóvedas de nuestros bancos, las tumbas de los Natufianos llenas de conchas era lo que garantizaba que la cantidad que permanecía en circulación mantuviera su valor [Steven Mithen, After the Ice].

Es como si los Natufianos, desde su Edad de Piedra, estuvieran diciendo: “es la cantidad de pesos, estúpido”.

Entre liberación o dependencia elegimos dependencia

Hace poco Claudio Loser fue contundente: “Argentina va derecho a una crisis de balanza de pagos“. ¿Qué es una crisis de balanza de pagos? Básicamente, que se acaban los dólares: porque entran pocos, porque se van muchos o por una combinación de ambas cosas.

La Argentina tiene prácticamente cerrada la puerta de entrada de la “cuenta capital” hace un par de años: como el que trae dólares los tiene que cambiar a un tipo de cambio ridículo, nadie ingresa un dólar a la Argentina. Y tampoco se pueden sacar dólares por la cuenta capital (la famosa y demonizada “fuga” de capitales”) salvo para pagos de deudas con el exterior.

De modo que lo que entra es básicamente por exportaciones. Y lo que sale es, en sus rubros principales, por: (i) importaciones, (ii) pagos de intereses y amortizaciones de la deuda, (iii) balance neto de turismo.

En resumidas cuentas: los dólares de exportaciones tienen que alcanzar para pagar importaciones, intereses y amortizaciones de la deuda y el balance neto del turismo. En una economía globalizada, no necesariamente tiene que ser así: un mal año de exportaciones, por ejemplo, podría compensarse con préstamos; y las amortizaciones de deuda normalmente se refinancian.

¿Cómo pinta la evolución de la Cuenta de Almacenero de los Dólares en este año y el que viene? Como tendencia, la apreciación cambiaria –el encarecimiento del país en dólares, el Big Mac entre los más caros del mundo– va complicando la cuenta, porque resta competitividad a las exportaciones y encarece la producción local frente a las importaciones. Para ir ajustando la Cuenta de Almacenero, cuanto mayor el encarecimiento del país, más hay que ajustar las importaciones (Moreno y las declaraciones juradas) o los gastos de Turismo (Echegaray y el impuesto al gasto con tarjeta).

Pero además de la tendencia está el ciclo: las exportaciones dependen bastante de los precios externos. Y ahí está asomando un problema grave para el año que viene: el precio de la soja. Fíjense la evolución del precio de la soja en los últimos años:

Desde 2010, siempre en 500 o más, salvo durante un pequeño lapso en 2011 (y no muy relevante porque no era en época de liquidación de cosecha). Hoy la soja está apenas debajo de los US500, y las proyecciones para el año que viene son de arededor de USD 450 (hay que multiplicar los USD 12,30 el bushel del mercado de Chicago por 36,77). ¿Por qué sería un problema, si convivimos antes de 2010, por momentos, con soja en esos niveles? Es un problema porque una cosa es la soja a 450 con un país que mantiene competitividad frente al mundo y otra bien diferentes es esa soja con una apreciación cambiaria que ya pone la balanza de pagos al borde del offside.

Por supuesto, la soja no es la única exportación; pero sumando soja y aceite de soja es bastante; y el resto de las exportaciones no tiene pinta de subir. En cantidades, las manufacturas de origen agropecuario bajaron 5% la primera mitad de 2013 respecto a igual período de 2012, las de origen industrial subieron 6% y las de combustibles bajaron 12%. Sin una gran recuperación brasileña (que de momento no se percibe) es difícil que haya aportes crecientes de divisas de estas fuentes.

En definitiva: si las cosas son como dicen los mercados de futuros, sería una epopeya mantener en 2014 el nivel de exportaciones de este año. Y sin más exportaciones no puede haber más importaciones. Y sin más importaciones (el 90% de las cuales son insumos, combustibles o maquinarias, todas cosas necesarias para producir) es difícil que pueda aumentar el producto.

Deberíamos aprovechar el Papa argentino para que rece por una sequía en Estados Unidos o algún otro hecho milagroso que cambie las perspectivas para nuestras exportaciones. De otro modo, parece difícil evitar nuevas complicaciones.

Moreno, dolarizá el CEDIN

El hecho de que el CEDIN sólo cotice en pesos, y no se pueda comprar con dólares en el mercado secundario, es una gran tontería del gobierno. En realidad es curioso: en algunos sitios como Cedinhoy.com la cotización se expresa en “tantos centavos de dólar”.

La posibilidad de comprar y vender CEDIN con dólares en el mercado secundario daría, creo, mucha más liquidez al instrumento. Desde el punto de vista del blanqueador, porque sólo tendrá que hacer dos operaciones para conseguir lo que quiere: entar dólares negros y llevarse dólares blancos. Dólar negro x CEDIN, CEDIN x dólar blanco. Hoy en cambio tiene que hacer: dólar negro x CEDIN; CEDIN x pesos; pesos x dólares en el “contado con liqui”. Lo mismo para un potencial comprador de propiedad que tenga dólares: dólares x CEDIN, CEDIN x propiedad, sin pasar por los pesos.

Claro que si se permiten transacciones de CEDIN por dólares se estaría formalizando aun más el desdoblamiento del mercado de cambios: para comprar dólares, por ejemplo, pesos x CEDIN en el mercado secundario, CEDIN x dólares en el mercado secundario. Pero en realidad ese desdoblamiento ya casi está ahí si empiezan a aparecer los CEDIN “aplicados”: pesos x CEDIN aplicado, CEDIN aplicado x dólares en el BCRA.

La legalización del intercambio de CEDIN por dólares en el mercado secundario no implicaría, entonces, una derrota simbólica del gobierno mayor de la que ya sufrió; pero creo que serviría para darle bastante más liquidez a esta cosa que está tratando de arrancar.

Controles: serán sovéticos o no serán nada

Supongamos que Mirar para Cuidar funciona y que realmente se puede controlar el precio en góndola de los 500 productos, incluyendo nuestro favorito “Rebozador Mamá Cocina paquete de 500 gramos“. Si hay inflación de costos (por ejemplo, por aumentos salariales) ¿cuál sería la reacción lógica de los otros precios? Obviamente, deberían subir. Ahora bien: a medida que los otros rebozadores se alejaran del Mamá Cocina, debería pensarse (esto se llama “regla del bien sustituto”) que la demanda por el Mamá Cocina iría aumentando.

¿Podrían los productores del Mamá Cocina seguir abasteciendo tanta demanda? Podrían, pero no sé si querrían. Si los costos subieron lo suficiente, producir Mamá Cocina ya no es negocio. De modo que las góndolas de los supermercados se quedarían vacías de Mamá Cocina. Los militantes irían a decirle a Moreno: “Guillote, no hay Mamá Cocina en el  Carrefour San Lorenzo”. Moreno llamaría a los dueños del súper, que le dirían: “Es que Mamá Cocina no está entregando rebozadores”.

Y ahí Moreno debería decidir entre: (1) aceptar que el control no funciona; (2) decirle a Mamá Cocina que produzca más rebozadores. En otras palabras: debería ejercerse no ya un control sobre los precios (que ha sido frecuente en la historia del capitalismo) sino un control centralizado sobre *precios y cantidades*, más parecido al que existía en los países del socialismo real. Debería asegurar que al precio establecido de $5,77 Mamá Cocina S.A. produce todos los rebozadores que le demandan. In extremis, Mamá Cocina S.A. debería optar entre seguir perdiendo plata y quebrar. Salvo que aparezca la Opción C: el gobierno subsidia la producción de Rebozador Mamá Cocina.

Inverosímil, ¿no? No: acá todo puede pasar. Recuerden, por ejemplo, que somos el único país de la historia que intentó exigir algo parecido a “equilbirio comercial externo –exportaciones igual a importaciones– en cada empresa”; el único que llevó vacas de muestra a Angola, el único cuya oficina estadística subestimó por alrededor de un 60% el índice de inflación durante seis años consecutivos. Sí, nos habituamos a todo esto. Pero algún día deberíamos volver al asombro.

La SuperCard y la “opción pública”

Supercard, la Argentina que levanta vuelo hacia el futuro

El debate sobre la SuperCard me recuerda a un punto específico de la discusión sobre la reforma de la salud de Obama. Krugman y otros decían que además de subsidiar la participación universal en el sistema privado de aseguradoras, debía establecerse una “public option”: una obra social estatal. El sentido era que, tratándose de un mercado no demasiado competitivo, la opción estatal proveía un estándar de comparación importante en precio y calidad respecto a las aseguradoras privadas.

Los críticos a la “public option” argumentaban que si la obra social estatal era deficitaria, entonces se trataría de un patrón de comparación engañoso: quizás cobraba precios muy bajos pero se financiaba con dinero de los contribuyentes; de modo que ponía una vara demasiado exigente para las proveedoras privadas (gran optimismo en este punto sobre las chances de una entidad pública de ser eficiente y atractiva).

El recuerdo de ese debate me lleva a una pregunta sobre la MorenoCard: ¿por qué hacerla excluyente, y no permitir que compita con las demás tarjetas en los supermercados? En ese caso, para que tuviera sentido la competencia, las operaciones de la MorenoCard no deberían ser deficitarias, porque de ser así le estaríamos dando un subsidio a los consumidores para  luego cobrarárselo a los contribuyentes: es decir, poniéndole a la gente plata en un bolsillo para sacársela luego del otro.

Desde luego que lo que vale para las aseguradoras de la salud y para las tarjetas de crédito también vale para otros mercados en los que la competencia no es perfecta: si hay una “opción pública”, que sea compitiendo sin ventajas financieras con los proveedores privados. Resalto la palabra “compitiendo”, que no es el caso, por ejemplo, de una Aerolíneas Argentinas.

No estoy diciendo que la opción pública sea mi ideal — mi impresión es que, si no está subsidiada, tiende a volverse irrelevante y rechazada por el consumidor porque a igualdad de otros factores los menores incentivos en la gestión pública llevan a costos mayores. Me encantaría que la realidad lo desmintiera; que existiera una empresa de celulares estatal no subsidiada con un combo precio-calidad muy atractivo, y que resultara elegida por el público para evitar las maniobras escandalosas de Personal, Movistar y Claro. Pero tiendo a pensar que no ocurrirá: sin incentivos se trabaja peor, y no veo por qué un administrador estatal tendría algún incentivo a ser eficiente. Como bibliografía pueden leer al Che Guevara quejándose de las burocracias.

Es decir: en los oligopolios naturales prefiero la regulación estatal de precios y calidades que la provisión pública. Exige menos habilidad de los administradores públicos que meterse en la microadministración de esas industrias.

Por lo demás, queda claro que la MorenoCard no es una política contra la inflación (definida como el cambio de los precios) sino contra el presunto nivel “abusivo” de los precios en los supermercados — la distinción a veces elusiva entre el nivel de una variable y su ritmo de cambio.

Jugando con el fuego de la inflación

El Banque Central du Congo (http://www.bcc.cd/) publica una inflación anual del 6,03%. En Etiopía, la inflación entre agosto de 2011 y 2012 fue de 20%, más baja que el 20,2% de julio gracias a tres meses de inflación cero. En Venezuela la inflación interanual de agosto fue 18%. En cuanto a Bielorrusia, una brusca estabilización llevó a un acumulado de 12,4% hasta agosto –anualizado de 19,1%­­­- cuando en 2011 había tenido 109%. A Venezuela el FMI le estimaba 33% para este año; Etiopía tuvo 38% en 2011; y el ex Congo belga había tenido en 2010 la inflación más alta del mundo.

En la lucha con los titanes de la inflación mundial, pues, estamos ganando. La página inflacionverdadera.com muestra una inflación interanual de 26,5%. Son datos creíbles: durante todo el período de intervención del INDEC, inflacionverdadera.com (a salvo de Moreno, porque tiene sede en el exterior y toma datos de precios de la web) coincidió con las inflaciones provinciales, que a su vez eran muy similares al IPC del INDEC antes de su intervención (ver cuadro). Pero cada vez menos provincias miden con honestidad la inflación. Falacia de autoridad adicional para creerle a inflacionverdadera.com: Krugman y el Economist la usan.

¿Somos el país con mayor inflación del mundo? Consuelo de tontos: la división del Sudán ha llevado a incertidumbre sobre la propiedad de los pozos petroleros, y sudaneses del norte y sur están padeciendo como consecuencia inestabilidad cambiaria y una inflación del orden del 40%. Como en otras disciplinas, este año debemos conformarnos con estar en el podio de la inflación mundial.

La obsesión de los economistas con la inflación puede provocar cierto cansancio en el ciudadano común. ¿No tenemos hace ya un lustro inflación de veintipico y seguimos vivos? ¿No está equivocada incluso la Presidenta cuando señala que con inflación de 25% o 26% (exactamente la que tenemos) estallaríamos por los aires? ¿No vivió la Argentina en el pasado con esta inflación de mediana intensidad sin estallar en el intento (por ejemplo: entre 1945 y 1967, trece años tuvieron una inflación entre 17% y 39%)?

El problema es que nuestra inflación no es neutral: no todo sube al mismo ritmo. El atraso cambiario y de las tarifas públicas provocados por nuestra inflación despareja están detrás de la mayoría de nuestros problemas económicos: controles de cambios y controles de importaciones para bloquear las consecuencias financieras y comerciales del encarecimiento en dólares, poca inversión en sectores exportables y de energía, problemas fiscales porque la inflación impacta de lleno sobre el gasto salarial y los subsidios pero no de igual modo sobre los ingresos, ya que las retenciones no están indexadas. Cada año de inflación de veintipico no es igual al anterior: la inflación agrava un poco más cada uno de estos problemas, que van impactando sobre la tasa de crecimiento económico.

En este contexto, el viceministro de Economía afirma en el Congreso que no es peligroso emitir mucho dinero, porque Europa y Estados Unidos lo hacen y allí no hay inflación. Podemos coincidir en que la inflación en la Argentina tiene hoy un componente fuerte de inercia que no depende de la emisión. Pero también leímos los manuales ortodoxos que Kicillof decidió saltearse: en el mundo desarrollado pudo crecer la base monetaria sin inflación precisamente porque la demanda del público por cash creció monstruosamente de la mano de los pánicos financieros; y la emisión es inflacionaria sólo cuando se emite más dinero que el que la gente desea.

¿Hay margen en la Argentina para empapelarnos de Evitas a casi el 40% (38,5% al 14-sept) sin que se acelere la inflación? Una parte alimenta un crecimiento económico de 2 o 3 puntos, pero el restante 35% es, en principio, inflacionario. El último año la transmisión a precios no fue total porque los controles cambiarios taponaron parcialmente la vía de escape más habitual de la emisión excedente. Pero fue un salto “de una vez” de la demanda de dinero: la pereza de ir al blue nos induce a mantener una proporción mayor de la riqueza en pesos, pero no necesariamente una proporción creciente.

En el régimen de controles, los excesos de emisión que buscan el dólar no vuelven al Banco Central, que no interviene; circulan por la economía hasta que los aumentos de precios inducen al público a demandarlos. Los mecanismos son varios: la suba del blue incrementa el precio en pesos de los activos, y por lo tanto de las rentas de la tierra y los bienes de capital usados, influyendo sobre los costos; los tenedores de dólares ven abaratarse –en términos de dólar informal­– bienes domésticos y los consumen más; los bienes durables resultan un refugio posible de valor. La combinación de subas de costos y de demandas es inflacionaria, y fogonea por lo tanto la inflación salarial.

La inflación es un problema grave que se está agravando. El escenario eventual de apertura de cepos es cada vez más temible a medida que se acumulan desequilibrios. Claro que podemos no estallar por los aires controlando aquí, emparchando allá, posponiendo en todos lados. Pero incluso los costos de esta inflación reprimida a martillazos son cada vez mayores. Negarlos cada dos días es una forma ­–ni muy sutil ni muy productiva– de ir admitiéndolos.

Sin comentarios

Moreno, hermano, aflojemos la mano

La secretaría de Moreno le inició un sumario a la ONG Consumidores Libres por difundir un índice de inflación de 17,53% entre enero y principios de agosto. Podemos ir a la data de inflacionverdadera.com a ver qué nos dice. 03-Ene: 232,4 (base 2007=100). 14-Ago: 272,97. Inflación acumulada entre principios de enero y mediados de agosto = 17,45%. Recordemos que inflacionverdadera se ha movido de una manera casi idéntica a la inflación de las (cada vez menos) provincias no alineadas con el INDEC, y que la inflación de esas provincias era igual a la del INDEC hasta el momento de la intervención. Felizmente inflacionverdadera no está hecho en la Argentina ni por personas que residan en la Argentina.

Recordemos también que esas mismas personas y con el mismo método estiman la inflación norteamericana, y que esas cifras son utilizadas, entre otros, por Paul Krugman. En suma: sancionamos a Consumidores Libres por dar a conocer datos de inflación que triplican al INDEC pero que coinciden con los datos obtenidos con la misma metodología y por las mismas personas que construyen los datos que usa el Premio Nobel más famoso del mundo.

Así estamos.

El Señor que nos infla

Sorprendente aumento en la inflación de canasta básica de acuerdo a la muy creíble www.inflacionverdadera.com. La anual es la más alta desde 2002:

La línea roja, que venía reduciéndose, volvió a acelerarse. Detrás de estos aumentos de la inflación está la disparada de precios del último mes. Fijaos la canasta básica y los alimentos en los últimos 30 días, comparados con los 30 anteriores:

¿Es esto pura estacionalidad o hay un efecto Moreno? O, tercera hipótesis: ¿se tratará del efecto de aumentos salariales? En principio, la Argentina es exportadora de alimentos y sería raro que restricciones a las importaciones aumenten sus precios. Pero me gustaría ver si no hay componentes importados (por ejemplo, en packaging) que encarecen los costos.

En todo caso, sea cual sea el motivo me acerca cada vez más a la interpretación de que la Argentina vivió este verano lo que en economía se llama un “cambio de régimen”. Hasta 2011 teníamos la idea de que los aumentos salariales complicaban la competitividad y que en algún momento tenía que enfrentarse el dilema del atraso cambiario con una combinación de dos posibilidades: devaluación y/o plan de estabilización. Este verano optamos por la Tercera Vía: puede seguir la inflación con dólar planchado (btw: la tasa de depreciación es la más baja en mucho tiempo) porque los aumentos salariales estarán compensados por restricciones a las importaciones.

Hay dos corolarios de la Tercera Vía. Uno es que tienden a –a igualdad de otros factores– acentuarse las expectativas de inflación. Cada vez más, la economía argentina se vuelve “no transable”; cada vez menos empresas compiten con el exterior y por lo tanto pueden trasladar a precios sus aumentos salariales. Claro que con una recesión fuerte la inflación va a ser más baja que con una en crecimiento; pero creo también que con este esquema la inflación es más alta que con uno de economía abierta.

El segundo corolario es que la Tercera Vía, en caso de profundizarse, irá condenando poco a poco a los sectores exportadores. Para ellos no es cierto que los aumentos salariales pueden trasladarse a precios. En este nuevo régimen la rentabilidad exportadora tiene una tendencia permanente al deterioro, de la que solo la puede salvar una serie interrumpida de plenos y martingalas en el precio de la soja.