Olor a chivo macroeconómico (para nerds)

Leemos hoy a Pablo Maas en Bloguín:

Aun más importante para la marcha de la economía argentina resulta el hecho de que, al conocerse la verdadera cifra del PBI de Brasil, la cotización del real contra el dólar se hundió a su nivel más bajo de los últimos tres años. El viernes, cayó 1,5%, a 2,13 reales por dólar. La devaluación del real se produjo porque los operadores especulan que la continua debilidad de la economía brasileña podría llevar al gobierno de Dilma Rousseff a permitir un mayor deslizamiento de su moneda para favorecer a los exportadores y, de esta manera, reactivar la economía. Lo que ocurra de ahora en más con el real “depende del Banco Central. Si no interviene para sostener la moneda, podría llegar a 2,15 contra el dólar en un par de días”, dijo un analista a la agencia Bloomberg.

Que yo sepa, el único manual básico de Macroeconomía que te explica esto moviendo unas curvitas (en lugar de divagar por IS-LMs no apropiados para economías abiertas, o por modelos neoclásicos no apropiados para ningún tipo de economía) es éste.

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Clásicos, keynesianos y nerds

Si algún nerd que ande por la zona quiere mirar y criticar este paper que escribimos con Pablo Schiaffino, encantados. Y si se alguien se copa chequeando el inglés y la matemática, mucho mejor. Título: “Agreeing to Disagree: the Classics, Keynes and the Keynesians in the Same Language”. Abstract traducido al castellano:

Presentamos un modelo microfundado simple de dos períodos que intenta capturar algunos puntos críticos de debate entre diversas tradiciones del pensamiento macroeconómico. Mostramos que algunas de las principales diferencias entre los distintos enfoques macroeconómicos surgen de creencias diversas sobre los parámetros de un mismo modelo, sin necesidad de contrastar metodologías o modelos diferentes. La solución al modelo para cada conjunto de supuestos incluye las típicas presentaciones de los modelos macro que habitualmente se enseñan: la “cruz” keynesiana, el modelo clásico del mercado de crédito, la trampa de la liquidez, IS-LM y el modelo de oferta y demanda agregadas.

La estupefacción de los nerds

Me voy a tomar el trabajo de traducir un par de párrafos que describen, a su modo, los problemas que hay en la enseñanza de la economía. No, no estoy de acuerdo con las tonterías que dice Boudou, el hombre que a sus 43 años usaba para las clases que dictaba el CEMA manuales ortodoxos, pero que a los 47 parece haber cambiado de opinión. Pero también me parece que la economía neoclásica que se enseña en algunos departamentos, si es lo único que se enseña, convierte a la macro en una disciplina aburrida y poco relevante. Van los párrafos:

A un estudiante de posgrado en una típica universidad americana o europea que aprenda macroeconomía le enseñarán que la macro puede ser descripta como un conjunto de consumidores y empresas representativas que de manera continua optimizan planes a lo largo de varios períodos; y que para hacerlo utilizan toda la información disponible, incluso la que está implícita en el model matemático en cuestión. Estos consumidores y empresas no sólo entienden perfectamente las complejidades de cómo funciona la economía; también conocen las distribuciones estadísticas de todos los impactos que pueden golpear a la economía. Por lo tanto, pueden hacer predicciones probabilísticas científicamente fundadas acerca de los futuros impactos. En este mundo de deidades no hay incertidumbre, sólo hay riesgo. No puede haber fallas de coordinación porque el “agente representativo” internaliza todas las externalidades posibles. Las bancarrotas de empresas y personas son imposibles. Las burbujas o los pánicos no ocurrirán jamás porque agentes racionales que utilizan toda la información disponible jamás dejarán que eso ocurra. El desempleo prolongado tampoco es posible excepto cuando los consumidores deciden tomar ratos más largos de ocio.

Habiendo aprendido a manejar los secretos de los Modelos Dinámicos de Equilibrio Estocástico (DSGE en inglés), nuestro brillante Ph.D. recién recibidos iniciará su carrera académica enseñando este mismo modelo a la siguiente generación de estudiantes de doctorado.

En el proceso de aprender las habilidades supremas de resolver los modelos DSGE, nuestro graduado del Ph.D. no habrá aprendido lo que es el multiplicador de la inversión, ni tendrá la menor idea de lo que significa la paradoja del ahorro. Habrá aprendido, en cambio, que por la ley de equivalencia ricardiana los déficits públicos no afectan el nivel de producto.

Y entonces llegó la crisis financiera.  ¿Le sorprenderá a los observadores neutrales que nuestro graduado del Ph.D. quede mudo y sólo sea capaz de sugerir que algún impacto no previsto debe haberle pegado a la economía?

Ese mismo observador debería considerar natural, también, que los hacedores de política económica no pidieran el consejo de este reciente Ph.D. capaz de manejar complejos modelos de DSGE. En cambio, quienes llevan adelante la política económica fueron directamente a las cosas que se enseñaban en los libros de macroeconomía hace 40 años, antes de que la escuela del Ciclo Económico Real y la revolución de las Expectativas Racionales capturaran a la profesión del macroeconomista. Aplicaron los principios keynesianos que se encuentran en esos libros de texto, aumentando masivamente los déficits fiscales e inundando los mercados monetarios con billones de dólares de liquidez. Cuarenta años de intrincado modelismo usando los paradigmas de Expectativas Racionales y Ciclo Económico Real se tornaron inútiles, incluso aquellos que tenían algunos matices neokeynesianos con rigideces de precios o salarios. Estos modelos no podían responder la pregunta de qué tenían que hacer las autoridades cuando la crisis golpeara. La razón fundamental por la que estos modelos no podían decir nada útil era que sugerían que las crisis del tipo que comenzó en 2007 no podían ocurrir. Por defecto, los hacedores de política económica recurrieron a Keynes para responder esta pregunta.

¿Exagerado? Creo que un poco sí. Me parece que de algo sirve pensar cómo funciona una economía como en los modelos macroeconómicos neoclásicos más extremos, aunque más no sea para detectar con mayor claridad dónde es que el mundo real se aparta de esos modelos. Pero es cierto que, tomados de modo más o menos literal, son una guía bastante pobre para entender la realidad, especialmente en tiempos como éstos.

 

Nuestro libro es un papelón, ¿o no?

Cuando escribimos Macroeconomía Argentina junto a Miguel Braun, se nos ocurrió poner como ejemplo de un impacto que genera una depreciación de la moneda del país un tsunami. El de 2004. Y ahora viene un tsunami a Japón y ¿qué pasa? En lugar de depreciarse, el yen se aprecia. Chan. ¿Cuál era la lógica detrás de la idea de que una catástrofe natural deprecia tu moneda? ¿Y qué estaba mal o no es aplicable al caso japonés?

Respuesta nerd: esencialmente, qué pase con el tipo de cambio real en el corto plazo depende de qué pase con la demanda. Si la demanda general de la economía sube, el país se hace más caro, y el Banco Central elige si será vía precios o vía una apreciación nominal. El principio es sencillo, y es más fácil pensarlo con tipo de cambio fijo: boom de demanda es más expansión de la demanda de trabajo, más salarios y niveles de precios más altos en los productos que no tienen precio internacional. El país se hizo más caro. El Banco Central podría contrapesar este efecto inflacionario dejando que la mayor demanda por dinero –resultante del mayor nivel de transacciones– aprecie en términos nominales la moneda.

Un tsunami tiene dos tipos de efectos sobre la demanda. En primer lugar: mucha gente afectada acaba siendo más pobre. Perdió su casa, se le arruinaron cosas, quizás no puede trabajar. Esto tira la demanda para abajo. Pero un segundo efecto sobre la demanda tiene que ver con la reconstrucción: en un país al que acaba de destruírsele infraestructura posiblemente va a aumentar la inversión pública durante un tiempo. Y si sos tan eficiente como los japoneses, eso va a pasar bastante rápido. Fíjense lo que hicieron:

japon

No creáis en toda esa historia de “entran los fondos para la reconstrucción”. En el mercado cambiario la expectativa es todo. La expectativa de una política fiscal expansiva que contrarreste con creces la caída de la demanda privada implicará inflación si no pasa nada con el precio del yen. Si todo el mundo sabe que Japón no querrá tener inflación, todo el mundo sabe que Japón necesita una yen más apreciado para evitar un salto inflacionario. Pero las noticias acerca del precio futuro del yen impactan hoy: es negocio comprar yenes. El yen sube.

EX-POST, aún más nerd: se me ocurrió una manera de explicar por qué está mal razonar nuestro mercado de cambios como resultado de la oferta y demanda de corriente de dólares: la idea típica de “entran los dólares de la soja, baja el dólar”. Aquí va, para el que tenga ganas. Los dólares son un stock, no son un flujo. Esto es: los dólares que se compran y venden hoy siguen estando en el mercado; y no todos los dólares que están en el mercado (los 150 mil millones que tenemos los argentinos) se compran y venden hoy. Es como las casas: el stock de casas, la “oferta” de casas, no son las que se están comprando y vendiendo hoy. Son todas las casas que hay. Imagínense que hay 10 millones de casas, pero que cada mes se negocian 10 mil. Si uno pudiera analizar el mercado de casas como un resultado de los flujos de oferta y demanda, la inmigración de 10 mil japoneses que buscan casas aquí huyendo del tsunami debería tener un efecto monstruoso en el mercado de casas: de un “mercado” de 10 mil, la demanda sube otros 10 mil. Pero sabemos que no es así. Sabemos que la oferta de casas no es la cantidad de transacciones de casas en un determinado período: es todo el stock de casas existentes.

En otras palabras: está muy mal analizar el precio de un stock como el resultado de la voluntad de transacciones en un determinado período. Error grave, que cometen el 90% de nuestros economistas. No: el precio del dólar, el tipo de cambio, es en realidad el precio de nuestra moneda, dicho al revés. Nuestro peso vale hoy 24 centavos de dólar. Si de repente queremos tener más pesos (más demanda) subirá su precio, a 25, 26 o 27 centavos; si de repente el Banco Central imprime más, bajará el precio de nuestra moneda, a 22 o 20 centavos de dólar (dólar de 5 pesos). Todas las variaciones en el tipo de cambio resultan de cambios en la oferta o en la demanda de nuestra moneda. ¿Pero no es cierto que si sube la soja se aprecia nuestra moneda? Claro que sí: si sube la soja, y creemos que el Banco Central no aumentará la oferta de pesos, el precio esperado para el futuro del dólar será más bajo, porque el mayor nivel de riqueza y de actividad implicará más demanda de dinero a futuro, y un precio menor del dólar (salvo que creamos que el Banco Central va a evitar esa baja). Pero si creemos que el dólar valdrá menos en el futuro –en realidad: que el peso valdrá más, medido en dólares– querremos más pesos hoy: sube la demanda de dinero, baja el tipo de cambio. Antes de que entre ningún dólar por la soja.

Lo sé, es complicado: pero es complicado porque es complicado.

Bibliografía obligatoria

El artículo de Krugman sobre el estado de los economistas y la economía (“How Did Economists Get It So Wrong?“) va derecho a la bibliografía de discusión. Son varias páginas y, como de costumbre, es un poco peleador de más, pero vale la pena. Lo más triste del asunto, que creo que Krumgan no dice, es que la renovación en los contenidos de la enseñanza procederá a velocidad geológica. Tendremos todavía un par de décadas de profesores respetados enseñando que cosas como la trampa de la liquidez, el desempleo involuntario y las burbujas financieras no son más que las fábulas de algún difunto economista.