Cuevana: todo lo bueno es correcto

Me cuentan que irritó mucho a varios abogados que la revista Brando dedicara su tapa a innovadores argentinos entre los que se encontraba el maravilloso sitio Cuevana.

Charlemos de Cuevana.

¿Por dónde empezar? Cuevana, las cuevas. Cuando vivíamos en las cuevas, si alguien cantaba una melodía, y el de al lado la copiaba, el que la había inventado se ponía contento. Nada más humano que crear, nada más humano que sentirse orgulloso de una creación. Las paredes de las cuevas tenían manos pintadas, o mamuts. El que las había pintado las mostraba. No cobraba entrada. Hace poco se descubrió el atelier del primer artista de la humanidad, en las entrañas de Sudáfrica. Qué maravilla.

Después vinieron los bardos, los juglares, los rapsodas. Iban dejando su música y su poesía por los pueblos. La gente los repetía, lloraba o reía con ellos. Después vinieron Bach, Mozart, Beethoven. Componían su música, y luego se tocaba. Qué héroes.

¿Y los libros? Los copiaban los copistas. Después llegó Gutenberg, imprimió muchas biblias. Cualquiera podía tomar el pedazo que quisiera y copiarlo. Era costoso, claro, pero nada lo impedía.

¿Y las ideas? Jesús de Nazareth predicó el amor, Galileo descubrió que la Tierra no era inmóvil, Newton la gravedad, Einstein la relatividad, Gandhi la resistencia pacífica. Lindas ideas. Que yo sepa, no cobraron un mango por todo eso.

Lo que quiero decir es: no me parece que haya ninguna intuición moral capaz de justificar los “derechos” de autor. No quiero decir que no tengan que existir esos derechos; luego vamos a ese punto. Pero la noción ética de que una idea no puede ser copiada es rarísima. Es artificial. Es una novedad de los últimos doscientos años. No hay, quiero decir, una justificación iusnaturalista de los derechos de autor, como si puede haberlo –en algún sentido probablemente anticuado de la palabra iusnaturalismo, que asocia ese término a nociones intuitivas de lo que es justo–  del derecho a la vida, o incluso a la propiedad material. ¿A alguien puede parecerle inmoral que yo me ponga a cantar una canción que hizo otro? ¿Inmoral? No. Puede ser ilegal. Pero discutamos si tiene que ser ilegal.

¿Tienen algún sentido los derechos de autor? Tienen sentido no por una justificación ética; tienen sentido si sus beneficios superan a sus costos. ¿Cuál sería, por ejemplo, la cuenta de costos y beneficios de legalizar definitivamente sitios de Internet que reproducen música? Los beneficios son clarísimos: 7 mil millones de personas pueden acceder gratis a música. ¿Los costos? Quizás nos perdemos alguna música, que deja de crearse por falta de incentivos económicos. ¿Cómo da el costo-beneficio, en términos netos? Creo que da muy a favor. Incluso: da positivo no sólo para la enorme mayoría de los no-músicos, sino incluso también para muchos músicos. Y para los músicos, como explica Mick Jagger, es una vuelta a la normalidad:

it is a massive change and it does alter the fact that people don’t make as much money out of records. But I have a take on that – people only made money out of records for a very, very small time. When The Rolling Stones started out, we didn’t make any money out of records because record companies wouldn’t pay you! They didn’t pay anyone! Then, there was a small period from 1970 to 1997, where people did get paid, and they got paid very handsomely and everyone made money. But now that period has gone. So if you look at the history of recorded music from 1900 to now, there was a 25 year period where artists did very well, but the rest of the time they didn’t.

¿Ha empeorado la música desde que se acabó la posibilidad de venderla masivamente? No lo sé; creo que venía empeorando desde antes, pero eso debe ser porque estoy viejo.

¿Y las películas? Si Cuevana y sus salieris siguen en pie, ¿morirá el cine? No lo creo. En primer lugar: la gente sigue yendo al cine. Mucho. En China la facturación se multiplicó por diez en la década, por dar un ejemplo extremo. En segundo lugar: si efectivamente el cine perdiera espectadores, ¿quién se perjudicaría? Los grandes perjudicados serían quienes ahora se llevan un pedazo muy grande de la torta; y esos no son solamente los estudios sino también los grandes actores. El cine de pochoclo, que seguramente es el que más factura, gasta mucho en sus estrellas. Si cada película pasara a recaudar menos, no dejarían de hacerse películas, incluso películas buenas. Los grandes directores y los grandes actores ganarían menos. Pero no creo que eso tuviera mucho efecto en sus incentivos a trabajar. Los salarios básicos, en cambio, no dependen de la demanda sino del costo de oportunidad: por el bolo en Hollywood te van a seguir pagando lo mismo que si sirvieras café en Beverly Hills.

¿Sufrirá el cine arte/indpendiente/no masivo? Lo dudo. Ese cine rara vez llegaba al video –que es lo que Cuevana copia– o lo hacía en una proporción bastante irrelevante económicamente. Sigue siendo cierto, como era antes de la Era Cuevana, que una película como “El Estudiante” logrará recaudar lo que junte en algunas semanas de exposición en salas.

A cambio de esos pequeños costos sociales (un poquito menos de dinero para los Tom Hanks de este mundo; alguna película independiente cuyo director se tenía fe para juntar grandes royalties en el video y eso le cambia la ecuación), 7 mil millones de personas pueden ver todo el cine de la historia. Gratis. No sé a Vd., pero a mí la cuenta de costo-beneficio me da claramente positiva: Cuevana es bueno. Y si es bueno no puede estar mal.