Porteñismos eran los de antes

 

Algunos párrafos de la furibunda y porteñísima “Muerte de Buenos Aires” de Eduardo Gutiérrez, un panfleto anti-Avellanedista, anti-Roquista y autonomista alrededor del 80. Va la escena de la llegada de los diputados del Interior. Gutiérrez trata de mostrar que Avellaneda buscaba una excusa para trasladar el Congreso desde Buenos Aires a un sitio más seguro (que acabará siendo “el pueblo de Belgrano”). Para ello envía unos inflitrados abucheadores, dice Gutiérrez, a generar –diríamos hoy– “sensación de inseguridad”:

Se sabía que aquella mañana debían llegar algunos de aquellos diputados de línea con que la Liga de Gobernadores contaba para hacer mayoría en el Congreso. Si en el mismo Buenos Aires se reclutaron tipos como los que el lector conoce, para integrar las Legislaturas de la Liga… calcule el lector lo que pasaría en las Provincias de la Liga.

Los tipos más ridículos habían sido desenterrados de sus sitios, para venir al Congreso y votar por lo que se les mandase. Así es que los diputados en cuestión, con todas las ínfulas de un verdadero padre de la Patria, ofrecían un espectáculos gracioso y ridículo.

Envueltos en sus enormes boas de vicuña, con sus sombreros de panza de burro y su ropa barateada en Córdoba, estos diputados eran un verdadero atentado contra la seriedad del transeúnte.

Los empeñados en provocar todo género de conflictos decidieron hacer algo que pudiera darles el pretexto de trasladar el Congreso a cualquier otro punto de la República… Al efecto dejaron en la Estación Central algunos grupos, encargados de pifiar a los primeros Diputados que llegaran…

Los que esperaban a los Diputados para silbarlos, un poco, por cuenta del Gobierno Nacional, desparramaron la voz, y el pueblo alegre, siempre dispuesto a reír, se puso de lado de los silbadores… La manifestación empezaba a tomar el verdadero carácter que se le había querido dar: entregar aquellos famosos diputados a la farsa del populacho más ruin, para que el pretexto fuera mayor.

El tren llegó por fin, conduciendo a los célebres Diputados. El primero que desembarcó traía una camisa a la Pompadour, y un paletó peludo, que en sus juventudes debió ser muy pasable. Fue sobre aquel que se descargó la primer andanada de rechiflas y palmoteos.

–¿Qué, iá han hecho la peleia?– preguntó el pobrete, más muerto que vivo, creyendo que Buenos Aires estaba en plena revolución.

Un puñado de harina, arrojado en plenas narices, fue la contestación de los silbadores oficiales.

–¡Pa la mala!– gritó el de la camisa Pompadour, arrinconándose contra un vagón– ¡Io no quiero que me maten! ¡No nos van a echar al riyo!

–¡Magre de los disámparados! –gritó el que venía detrás, recibiendo una lluvia de papelazos– ¡Nos van a comer!

Este infeliz, por mal de sus pecados, traía un sombrero de pelo largo, préstamo tal vez de algún amigo generoso, y una levita de largo descomunal.

Los Diputados, arrinconados contra los vagones, se encomendaban a Dios, creyendo llegado su último momento.

–¡Púcheros de hóbeja! ¡Púcheros de hóbeja!– gritaron los pilletes, como su última expresión de manteo vocal, y empezaron a reír de una manera desaforada.

Siendo el puchero de oveja el alimento de lujo entre la gente provinciana, nuestro buen pueblo, alegre siempre, los calificaba de esa manera, dando a la frase la misma entonación que ellos usan.

Finalmente llega el jefe de policía, para dejarle el paso libre a los diputados, y sigue Gutiérrez:

Los diputados entraron a la estación, creyendo fuera el Congreso.

En la primera oficina que entraron se les cuadró por delante un inglés que había presenciado toda la manifestación, a quien el calificativo de “púchero de hóbeja” había hecho una gracia estupenda, al extremo que cada vez que lo oía pronunciar reía como si le hicieran cosquillas.

–¿Qué buscan ustedes?– preguntó deteniéndolos. Esta oficina no es para el público.

–Nosotros somos diputados, y vénimos al Cóngreso.

–Esta no es la Congreso– replicó el inglés, medio descalabrado de risa. –Esto es un oficino de la ferrocarril.

–Éste es jel Cóngreso– gritó el del sombrero peludo –iá li he dicho que somos diputados.

–¡Ustedes son una bura!– gritó el inglés, ya cargado, cerrándoles la puerta en las narices.

–Es un estranjero loco– dijo uno de los Diputados al otro. –En la primer sesión voy a pedir que lo distituigan.

–¡Aoh!– gritó el inglés abriendo la puerta. –Usted una puchera de obeje y yo manda salir pronta…

La prensa oficial aseguró, al día siguiente, poniendo el grito en el cielo, que en Buenos Aires no había garantías para los Diputados nacionales y que era necesario sacar de aquí el Congreso, porque no tardarían en asesinarlos por las calles.