Quimeras canallas (11): Jesús y sus apóstolas

 

(Crónica número 11 de Santiago Llach, siguiendo el ahora exitosísimo derrotero –menudo oxímoron– de Central en su tercer intento por volver a Primera División).

Encandilad@s por Jesús

 + Fuimos a ver a Central contra Patronato, nuevo, triunfal capítulo de esta Gira de la Esperanza Canalla 2012/2013. Fuimos con mi hermano Lucas y dos queridas amigas, Julieta Mortati y Maga Etchebarne. Sobrevoló la ausencia notoria, justificada por distancia, primera en este tour, de mi hijo León.

 + Pongámonos de pie rapidito, como me puse rápido yo de pie durante el minuto de silencio por los chicos de Malvinas. Pongámonos de pie, resucitó Jesús Méndez: hagamos la anatomía de su gol.

+ Cada una de las cientas de jugadas criteriosas, inesperadas y desestabilizadoras que le veo hacer a Méndez desde hace un par de años cuajaron en esos cinco segundos en que transformó una jugada intrascendente por el costado en un golazo.

+ El gol, el segundo de un partido que era un triunfo consabido, fue una bomba de alivio para esas frustraciones acumuladas, convertidas en exigencia permanente, que producen los hinchas del Central de estas décadas.

+ Miro una y otra vez el video. Son tres toques: con la izquierda, Méndez para la trayectoria del pase de Medina y hace que la pelota vaya hacia atrás, con la derecha y con suavidad lanza la pelota, que pasa por abajo de las piernas del rival que le estaba encima y avanza diez metros en una línea perfectamente paralela a la de las rayas de fondo. Por último, después de correr haciendo una S para acomodarse y de mirar dos veces el arco, otra vez con derecha, con la parte superior de su botín, Méndez le pega fuerte, recto, bajo, y la emboca con precisión al lado del arquero.

+ El fútbol es un juego nervioso, táctico, un ajedrez físico y emocional. Igual que en la vida, hay momentos de genio de personas individuales que, con simpleza y visión, desarman el tablero social y lo vuelven a armar, producen un giro radical en un proceso lento, llevan la disputa a un nivel distinto, crean un nuevo escenario. En el fútbol, la gracia es resolverlo en segundos, corrido, mordido por los perros guardianes rivales. El aspecto cerebral es clave: el jugador, sobre todo el que hace un gol en jugada individual, es al mismo tiempo general y soldado: conjuga visión estratégica del juego y la habilidad y la concentración para llevar a cabo el plan con rapidez milimétrica. Esa hermosa ficción geométrica y muscular que es un gol bien hecho nos da algo más que la ilusión de un orden: nos da fe en la especie, la que proveen las grandes hazañas humanas. “Méndez”, además, como todo jugador que se sale del montón, es una marca, un héroe que produce identificación. La carrera de este mendocino que empezó a jugar en River y pudo lucir dos veces en Boca tiene la traza de una obstinación: jugar en Central, club al que volvió tres veces, en el que fue parte del proceso del descenso y al que ahora conduce al probable ascenso. La suma de decisiones propias y de condiciones externas a la que llamamos vida nos lleva a asumir una posición existencial, un lugar en el mundo: Central viene siendo el lugar en el mundo de este venido genial. El fútbol es un negocio, sí, es un entretenimiento, un espectáculo, pero es algo más. Es la vieja práctica del atletismo, el choque de la guerra y la cultura. Entre todas las especies, sólo los seres humanos son capaces de jugar a conciencia, sólo ellos pueden poner su físico al servicio de ciertas reglas. Pero el juego, el deporte, es también el abandono de la conciencia. Más allá incluso de esta ficción que es la fidelidad a un club de fútbol (la ficción tranquilizadora de repetir rituales y elegir colores arbitrarios), el deporte, atravesado por la contradicción tan humana entre la violencia y el goce, proporciona un tipo de ilusión eficaz y necesaria para asegurar la producción y la reproducción de la vida.

+ ¿Cómo desarmó Méndez la escena? Primero, haciendo que la pelota volviera unos centímetros hacia atrás. Curiosamente, ese retraso, ese echarse atrás, es una forma del ataque. En la jerga del fútbol, se le llama hacer una pausa. Aunque no los ve, porque está de espaldas, Méndez sabe que los perros de presa, volantes y defensores del rival, y también compañeros de atque, tienen que frenar su carrera desesperada; eso le da a él unos segundos de ventaja. Entonces, tras la pausa brevísima, la sorpresa: un toque en paralelo, hacia el costado. Con ese toque hace dos cosas: por un lado, hace un caño, sorprende y humilla al rival. Pero al mismo tiempo que ataca la autoestima enemiga, al mismo tiempo que enfurece y provoca, con el mismo movimiento cambia el plano: la jugada, concentrada en el flanco izquierdo, se traslada de repente hacia la derecha, obliga a los rivales a un nuevo movimiento, juega con ellos, como si fueran dominós. Cambia de repente el sentido del juego: si antes había que impedir que Central avanzara hacia el arco propio, ahora, para los pocos jugadores de Patronato que el giro sorpresivo dejó con vida, se trata de impedir, curiosamente, que Méndez siga corriendo hacia el lateral. Mientras la pelota recorre sus diez o quince metros en línea recta, el 8 de Central va hacia ella en S: primero con una inclinación hacia el arco contrario para esquivar al rival al que acaba de humillar, después traspasando hacia el arco propio la línea imaginaria por la que acaba de transitar la pelota, con dos objetivos: obstruir la corrida del otro volante que lo persigue, y acomodarse mejor para dar el tiro del final. En este, gira primero él su cuerpo hacia la izquierda y casi al mismo tiempo le pega, para hacer que la pelota gire su trayectoria en el mismo sentido, en un ángulo de unos 100 grados. Pausa, habilidad y fusilamiento de precisión en cinco segundos, firmadas por este artesano atlético que escala a la galería de los próceres del club.

+ Una hazaña nunca es solamente técnica: lleva con ella la pasión. En esos cinco segundos, en la cabeza de Méndez se jugó la historia de su vida. Un descendiente, tal vez, de indios pampas y de invasores moros: en su sangre, en su manera de jugar al fútbol, lleva al rastreador, al luchador y al asesino. Su mente de organizador se pierde a veces, enloquece, como la mente de Zidane la vez del cabezazo en la final del mundo, como cuando él, Jesús, casi hace un gol en contra desde 45 metros [contado acá].

+ Tiene el sino de alguien que pudo ser más, que puede, todavía, estar en la lista de 23 argentinos que jugarán el Mundial 2014. Un gol es una bella venganza, también: el año pasado, el ascenso de Central se trabó poco antes del final, en un partido contra el mismo rival, Patronato, en el que Méndez, líder y figura, fue inexplicadamente borrado del partido por el entrenador Pizzi, que lo mandó al banco.

+ Acá estoy yo otra vez, haciendo lo que sé, dijo el hombre que se besa las muñequeras, al que soñamos al lado de Messi en el Estadio Maracaná.

 + Últimos 16 partidos: 14 ganados y 2 empatados. El Central de Jesús alcanzó en eficacia al campeón de la B del 85, el Central de Pedro Marchetta, y camina derecho hacia la mitología.

 + Al término del partido, declaró Magalí Etchebarne: “Fue mi primera vez en una cancha. Estar en una cancha llena es como estar sentado adentro de la cabeza de un enamorado. Un espacio tremendo, estúpido y desesperado. Me parece bueno haber ido a la cancha por primera vez ahora, a mis 29 años, no antes. No en la inmediatez de la infancia ni en la indiferencia de la adolescencia. Ahora. A meses de cumplir 30. ¿Por qué las mujeres no tenemos una pasión así? Me pregunté eso todo el tiempo que estuve sentada ahí, oliendo transpiración de macho, oliendo mi olor a chivo que nunca antes había sido tan agrio. (…) (…) Mi familia es una familia con gran cantidad de mujeres, son la amplia mayoría, pero aun así los pocos hombres que hay las gobiernan. Un par de abuelos, tres tíos, mi padre. Son pocos pero se imponen. ¿Por qué? Mi madre me dijo una vez que un hombre es un animal pequeño que se siente inmenso. Jesús Méndez se fue del partido antes de que terminara el segundo tiempo. Había hecho un gol que consistió en patear la pelota desde bastante lejos y en condiciones muy defectuosas, ya que tenía a todos sus rivales encima. Pero le acertó al arco. Pregunté por qué lo sacaban, si era para cuidarlo. Santiago dijo que en parte era para cuidar su físico, y en parte para que lo aplaudieran. ¿Ves? Le hace bien a su autoestima. (…) El fútbol es un entrenamiento de carácter. Es una forma de medición, un duelo, un trauma ancestral. Las mujeres en la cancha somos animales que nos sentimos pequeños: nos protegen, nos cruzan brazos, nos enfocan con cámaras si somos rubias o tenemos tetas vistosas. Pero no lloramos, y sobre todo, todo el tiempo, sospechamos. Muchas de las canciones que se entonan ahí dicen la concha de tu madre y/o la concha de tu hermana. Estar en una cancha llena significa para ellos, para nuestros machos, sentimientos en corto, como acariciar la concha de sus madres.”

 + Declaró Julieta Mortati: “Empiezo a pensar en el amor como un campo de batalla. Creo que no hay nada que no sea personal. Quizás todas las batallas que aparecen en nuestras calles sean metáforas de un desamor. Lo que sigue va para nuestros soldados de la independencia enamorados. El amor cada vez se parece más a animarse a meter los pies en una laguna fría cuando afuera hace cuarenta grados de calor: te tienta al mismo tiempo que te genera escalofrío, y cuando finalmente te metés, recién después de un rato te largás a nadar. (…) La última vez que fui a ver un partido de fútbol a una cancha, fue en el Gasómetro, con mi primer novio. Era 2001 y San Lorenzo estaba por salir campeón. Mi novio, como era ateo -ahora es kirchnerista-, me hacía rezar en la tribuna. Yo lo hacía, un poco porque quería agotar todas las instancias antes de pasar por yeta y otro poco porque estábamos por cortar la relación. Nos separamos y San Lorenzo salió campeón. Ese día, me fui a San Juan y Boedo a ver si lo encontraba. Después me enteré de que había estado festejando con su padre en el Obelisco. (…) Me arriesgo a decir que los rubios más lindos de este país son hinchas de Central, y su cancha la más hermosa del mundo: ¿desde cuál, acaso, se ve un río plateado, un río de verdad? (…) Había mucha gente que había ido a ver el partido para estar sola. (…) El fútbol debe ser la única instancia de la vida en la que tirás la pelota afuera y te aplauden. Pero también te putean, ¡qué feo! ¿Cómo se siente? ¿Como un castigo divino? Empiezo a pensar que, en la cancha, los hinchas son los demiurgos que escriben la historia del partido. Cuando Lagos estaba por patear el penal, con Maga sabíamos que lo iba a errar. Así fue.”

 + Antes del partido, comimos boga a la parrilla, y ahí me di cuenta –perdón la cita literaria– que la boga es un poco mi magdalena proustiana. Proust, escritor francés más citado que leído, cuenta al principio de los siete tomos de su En busca del tiempo perdido que el sabor de una magdalena (una dona, en inglés americano) le hace acordar a su infancia, y ahí empieza a meterle dos mil páginas a los recuerdos. A mí la boga me trajo tantos recuerdos que no sé por dónde empezar. Me quedo, por el momento, con los recuerdos del presente.

En este link, el partido entero.

Y acá un resumen:

Para leer crónicas anteriores, *pulse* aquí.

  • robrufino

    Excelentes los comentarios de las chicas!!! Casi tan buenos como el gol de Jesús… A propósito, ya casi ni me despeino ni transpiro cuando voy al Gigante. Ojalá que siga la racha incluso en el próximo Torneo Inicial!!!

  • Genérico

    Nacho Scocco que viene a ser en esta historia?

    • Boogie_el_aceitoso

      ¿Scocco? Un alien en un planeta frío…