Arte ditelliano
Reabrirán la mítica fábrica de heladeras Siam en 2013. Un nuevo paso en la política de industrialización por sustitución de importaciones. Me toca de cerca: trabajo en la Univesidad Torcuato Di Tella, cuyo nombre honra al empresario fundador de Siam. Aquí un poquitín de la historia. Y aquí, un poco más largo, el excelente libro de Nicolás Cassese sobre esa familia.
La reapertura de Siam nos llena de nostalgia. Nos gusta la historia económica. También nos gusta la economía, y por lo tanto preguntarnos cuánto sentido tiene nuestra política industrial de la segunda década del siglo XXI, que se empieza a parecer al esquema que dominó en la Argentina en las décadas alrededor de mediados del siglo pasado. Tomemos aire porque el post es un poco largo.
La política de hoy parece ser la siguiente: protejamos todo lo que se puede proteger. Toda producción nacional es buena noticia. Por supuesto, el hecho individual de que una empresa genere puestos de trabajo no puede dejar de alegrarnos *en comparación con una en la que esos puestos de trabajo no se generan*. La pregunta relevante, creo, es si las actuales políticas son mejores que las alternativas en las dimensiones relevantes con las que podemos juzgar una política económica: empleo, crecimiento económico, distribución del ingreso, por nombrar algunas.
Una de las mejores críticas a la idea de “protejamos todo” la produjo Don Guido Di Tella a comienzos de los 70s, mucho antes de “la noche neoliberal” de la que el kirchnerismo se presenta como un amanecer. Guido Di Tella (por ese entonces, dueño de Siam) escribió La Estrategia del Desarrollo Indirecto (recomendable, puede conseguirse a 25 pesos aquí) distanciándose tanto del liberalismo agroexportador como de la industrialización cerrada. La Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI) hacía tiempo venía mostrando sus falencias; entre ellas sobresalían (1) las recurrentes crisis de balanza de pagos (por la dependencia que la industria tenía respecto a insumos y bienes de capital importados), (2) los enormes problemas de eficiencia que generaba la pequeña escala a la que trabajaban esas industrias para un mercado relativamente pequeño, como el argentino, y (3) las dificultades para una tasa de inversión respetable, siendo que las máquinas seguían siendo importadas y la industrialización cerrada no estimulaba la producción de dólares de exportación.
La propuesta de Di Tella, metafóricamente inspirada en las teorías del barón von Clausewitz, consistía en concentrar los esfuerzos industrializadores en unas pocas ramas que tuvieran chances de ser competitivas internacionalmente. Aun si ocurriera que, bajo condiciones de libre comercio, *ninguna* rama industrial lo fuera, siempre puede contarse con la ayuda estatal para estimular esos sectores. Y, crucialmente, ese estímulo no debería dirigirse a la producción para el mercado interno, sino de manera preponderante a la exporatación. La promoción de exportaciones industriales resolvería así casi todos los problemas de la ISI: la industria proveería divisas, o al menos no las “desahorraría”; y el mundo sería obviamente un mercado suficiente para conseguir la escala eficiente.
Volviendo ahora al debate argentino, un punto que debe resaltarse es que el proteccionismo no es neutral para la industria exportadora, sino claramente dañino. En primer lugar, por el efecto directo de la protección de los insumos sobre la competitividad. En segundo lugar, por el efecto que esa protección tiene sobre los precios relativos, aun en una economía sin insumos. Este punto no es tan obvio y requiere alguna explicación, aunque a riesgo de perder los pocos lectores que quedan.
Supongamos que en la situación de partida todos los precios relevantes son 100: el precio de la exportacíon tradicional pampeana (“soja”), el precio que enfrenta la industria exportadora (“vino”), el precio de la industria protegida (“textiles”) y los salarios. ¿Qué pasa si reducimos la protección, que representaba –supongamos– un 40% del precio local de los textiles? Realizado en términos nominales, el ejercicio puede engañar a favor de la posición proteccionista: los textiles bajan a 60; los salarios se reducen (supongamos, a 80) porque los textileros demandan menos empleo; los precios de los sectores exportadores (vino y soja) se mantienen en 100.
Queda menos claro qué pasó con el salario real. Esa ambigüedad es mas evidente si acompañamos la apertura con un aumento del 25% en el tipo de cambio, que teóricamente –y con los mismos supuestos– dejaría los precios así: soja y vino, 125; salarios nominales, 100; textiles, 75. El salario nominal no se movió, se abarató la ropa y se encarecieron los vinos y la soja. (En el combo apertura-devaluación el impacto inicial sobre el empleo es también diferente: los textileros demandan menos trabajo al salario nominal original, pero los sectores exportadores (industriales o no) demandan más). ¿Aumentó el salario real? ¿Bajó?
La teoría económica dirá que el efecto sobre el salario real dependerá de dos cosas: (1) cuánto más pesen en la demanda de trabajo los sectores “ISI” en comparación con los sectores exportadoras y (2) cuanto más pesen los productos de exportación –que se encarecen con la apertura– en la canasta de consumo, peor para los salarios reales. Con todo, debe enfatizarse que este laberinto es cada vez menos relevante en una economía en la que cada vez pesan más los servicios, tanto en la demanda de trabajo como en la canasta de consumo. En ese sentido, lo que le haga bien a la demanda por los sectores de servicios le hará bien al salario. En otras palabras: la política que genere más crecimiento será probablemente la que genere más salarios — otro debate que preferimos no abrir aquí.
En todo caso, volviendo a nuestro punto inicial: lo que sí queda claro del ejercicio anterior es que una política de apertura comercial es una política pro-exportadora. De ella se benefician los sectores exportadores actuales o potenciales, industriales (que no son pocos: alrededor de un tercio de nuestras exportaciones) o no. Se perjudican algunas industrias protegidas, aunque no todas: algunas ganan más por el abaratamiento de los insumos que por la reducción de la protección propia. Y se abaratan los bienes de inversión, en su mayoría importados.
Creo que la principal dificultad política del discurso anti-proteccionista es la misma que enfrentan casi todos los cambios en la vida: lo que perdemos si cambiamos lo vemos con claridad, lo tocamos, lo conocemos; aquello hacia lo que cambiamos es más inmaterial. Creo que es por ese motivo que en general subestimamos los beneficios de cambiar y sobreestimamos los costos: es nuestro miedo –muy humano, por cierto– el que nos hace conservadores.
PD: si alguno pone la palabra “noventas” o “dictadura” en los comentarios, recuerde antes que en ese momento convivieron la apertura comercial con un tipo de cambio apreciado. Coincidiremos en que esa combinación no es favorable.


