La hizo Don Eduardo Levy Yeyati: “¿Cuánta apreciación tolera la economía argentina?“. O, en su variante sensacionalista: ¿es posible/probable una corrida cambiaria, esto es, una situación en la que todo el mundo intenta convertir sus pesos físicos o electrónicos en billetes verdes, más o menos al mismo tiempo, obligando al BCRA a elegir entre perder reservas y devaluar la moneda?
Para no extenderme me defino en relación a la clarísima columna de ELY. Concuerdo en que “hay colchón” todavía: la Argentina podría ser un poco más cara que ahora y todavía funcionar más o menos bien. Incluso: podría ocurrir que la Argentina fuera tan cara que aún con precios internacionales favorables padeciera una escasez de dólares –por gastárselos en importaciones– y que así y todo no hubiera una corrida cambiaria porque esos dólares faltantes serían provistos por el mundo en forma de préstamos o inversiones.
Pero anoto dos puntos más pesimistas, que no sé si ELY comparte. La primera, obvia, es la cuestión de la dinámica. El escenario “inflación, somos-más-caros, tenemos-déficit, nos-prestan” no es uno estable: si nos prestan, sigue la fiesta; si sigue la fiesta, sigue la inflación; si sigue la inflación, tienen que prestarnos más todavía. La dinámica no es estable sin plan de estabilización. O sin un golpe de suerte que no se me ocurre cuál puede ser; quizás, paradójicamente, una crisis mundial cataclísmica que te permitiera devaluar o soltar el tipo de cambio sin demasiada inflación — pero esa oportunidad ya la perdimos.
Si no pasa nada de eso, la cosa termina o con una recesión porque nadie quiere gastar en una Argentina carísima –lo cual te ayuda a contener la inflación– o con una devaluación inflacionaria, o con alguna combinación de las dos cosas. Lo de Brasil o Chile o Uruguay o casi todo el mundo emergente, en cambio, no tiene esa dinámica: si nada cambia, nada tiene por qué empeorar. En la Argentina, si nada cambia las cosas empeoran. ¿Cuándo? Eso es otro precio. A mí me gusta decirlo así: esta economía aguanta un episodio más de aumento salarial de 30%, pero dos no.
A su vez, la percepción de que podríamos estar en una dinámica “inestable” juega en contra de la continuidad: si sabemos que a la larga la cosa se ajusta por algún lado y con alguna inestabilidad, es más difícil que lleguen esos préstamos o inversiones que ayudarían a posponer el día del juicio.
Un segundo matiz, de orden más teórico, tiene que ver con la noción de “tipo de cambio real de equilibrio”. Mirar las cuentas externas es un primer indicador de si nuestros precios en dólares son o no razonables. Pero en última instancia creo que un factor clave es ver si el tipo de cambio real vigente genera o no pleno empleo. Un poquito de matemática sencilla (abajo de este post, donde dice “Leer la entrada completa”, o aquí) muestra que cuanto más alto es el tipo de cambio real (cuanto más barato es el país), más bajo es el salario real, y viceversa. Si coincidimos que hay algún salario real “demasiado alto” al que no es redituable contratar trabajadores, estamos diciendo que hay un tipo de cambio real “demasiado bajo” –un nivel de precios en dólares del país suficientemente alto– que genera desempleo. Mi definición favorita de “tipo de cambio real de equilibrio” es precisamente la del nivel de precios en dólares que no tiende a generar inflación (como sí generó el tipo de cambio de 2003) ni desempleo (1999-2001). Volvamos, entonces: si el país se vuelve demasiado caro en dólares estará generando salarios reales –o, si querés, salarios en dólares– a los cuales el empleo se empieza a estancar.
Se alargó un poco. ¿Conclusiones? Sin plan de estabilización, la inflación no baja. Creo. Si no baja la inflación, en un momento la Argentina enfrenta al problema de precios en dólares altos que padeció la convertibilidad, con una desventaja y una ventaja. La desventaja es que no será tanta la confianza en el régimen económico vigente como para mantener por mucho rato un desequilibrio externo, ni tanto rato como para que ese encarecimiento en dólares lleve el desempleo a dos dígitos; la ventaja es que para mejorar la competitividad no hay que descabezar a un tótem sino tan sólo cambiar un 4 por otro número. En ese punto los caminos se abren de nuevo: hacer esa devaluación sin un plan de estabilización sí sería peligroso.
P: nivel general de precios
Pt: precio internacional de bienes “transables”, que se comercian con el mundo.
E: tipo de cambio nominal, pesos por dólar.
x: peso de los productos transables (el aceite y las camisas) en la canasta de consumo.
Pnt: precio de los productos que no se comercian. Depende de costos locales salariales (el mozo) y de insumos transables (el bifecito que ¿puede? exportarse, el vino que puede exportarse, el cafecito brasileño que se importa, el whiskacho que se importa).
e: tipo de cambio real (cociente entre precios internacionales y precios locales)
W: salarios nominales
W/P: salarios reales
P = x.E.Pt + (1-x).Pnt
Pnt = y.W + z.E.Pt
P = x.E.Pt + z.(1-x).E.Pt + (1-x).y.W
P = r.E.Pt + (1-r).W
Dividiendo todo por P,
1 = r.E.Pt/P + (1-r).W/P
W/P = 1/(1-r) . [1-r.e]
Si baja e –la Argentina se encarece– sube el salario real. Muy obvio. Y muy peronista.

