Nos lo tenemos merecido.
Si somos capaces de escribir la larga serie de ignorancias que nos propina Gustavo Sierra en su artículo sobre Brasil, qué sé yo, estamos como los aztecas cuando vieron llegar a Cortés y creyeron que era un dios: maravillarnos con un espejismo hace que nuestro sentimiento de inferioridad sea merecido aun cuando esté basado en un error. Sierra dice, por ejemplo: “De acuerdo al FMI, en la última década Brasil tuvo un aumento de un 163% en su renta per cápita.”. Esto implicaría una tasa de crecimiento anual del PBI per cápita de 10,2%, o sea algo así como 11,5% en PBI total si Brasil tuviera 1,3% de incremento demográfico. Una locura. Pero claro, está todo mal. El crecimiento del PBI per cápita no fue del 163% sino del 22% entre 1999 y 2009 (el de la Argentina, con crisis y todo, fue de 26%). El problema es que Sierra no mide cantidades sino valores en dólares, lo cual no tiene ningún sentido y depende de las volubles circunstancias cambiarias de cada país.
El error queda más patente en la comparación con la Argentina. Felizmente no está en la edición electrónica, pero créanme que había una infografía comparativa en la que la Argentina pasaba de 5000 a 7000 dólares entre 1979 y 2009 y Brasil pasaba de mil y pico a 9900. Claro, todos números nominales que no tienen ningún sentido, y lo único que dicen es que la Argentina tenía la tablita en el 79 –no era un país rico, pero era un país caro– y que Brasil disfruta ahora su propio proto-populismo cambiario. Me lo imagino a Sierra mirando la serie del PBI per capita en dólares en la Argentina y viendo cómo pasábamos de 2300 dólares en 1989 a 7700 en 1999 y pensando para sus adentros: “Che, en los 90 no nos fue nada mal, al lado de Menem Lula es un poroto”.
Y eso que Sierra es como una especie de Premio Pullitzer del monopolio.

