Keynesianos al revés

Un clásico sudamericano en Brasil: política expansiva en la parte favorable del ciclo y ahora que las papas queman empiezan los ajustes fiscales. Es decir: keynesianismo al revés. El keynesianismo es esencialmente contracíclico: subir el gasto cuando la economía cae, bajar el gasto cuando la economía crece demasiador rápido. Dilma ya se lamentó de “no haber hecho ajustes antes”, y ahora The Economist proyecta un déficit de entre 8% y 9% del PBI. (Los brasileños usan mucho el tramposísimo concepto de “superávit primario” o “déficit primario”, es decir, antes del pago de intereses; es como decir “Ahorro bastante plata, sin contar la cuota del seguro, el alquiler y las expensas”).

¿Cuándo vamos a aprender? ¿De quién podemos aprender? Como siempre, de Chile. Hace unos años, cuando el cobre volaba, hasta el propio Economist le pedía a Chile que no ahorrara tanto, que relajara una regla fiscal según la cual tiene un superávit de 1% en un año normal, pero si las condiciones son favorables tiene que tener un superávit mayor. Chile se benefició con esa regla. Cuando llegó la crisis internacional, pudo gastarse lo que había ahorrado.

Las reglas fiscales se pasaron de moda, pero creo que por los malos motivos. En la Argentina, por ser malas. Una buena regla fiscal no obliga a fijar el gasto nominal (como hacía una ley de 2000, que se violó) ni a fijar el gasto como % del PBI (como hacía la última ley, que también se violó). Una regla fiscal no obliga a ciertos niveles de gasto sobre PBI porque eso es pretender quitarle ideología a gobiernos futuros. Lo que tiene que decir una regla fiscal es que, si el año no es ni muy bueno ni muy malo, debe haber algo parecido a un equilbirio fiscal.

Nos vendría bastante bien.

Importaciones reemplazadas por aire

10 de enero de 2012. Un mes de la reasunción de Cristina. Decíamos en twitter:

Y acá mismo: “un señor te dirá si importarás mucho, poquito o nada“. Al poco tiempo hablábamos acá de La DISI: la desindustrialización por sustitución de importaciones. Intentar importar menos, en una economía argentina, no iba a resultar en mayor producción local (como había pasado, durante un breve período, con la ISI, la industrialización por sustitución de importaciones), sino en menor producción local. La industria argentina depende mucho, muchísimo, de insumos y bienes de capital importados. Menos insumos es menor producción.

Hace de esto ya tres largos años. Hoy leemos “Fiat abre un plan de retiros voluntarios… por los problemas del mercado en Brasil y la falta de disponibilidad de divisas para comprar insumos”. Y el INDEC nos muestra la evolución de la producción industrial desde los comienzos de la DISI:

Verón tiene razón

Verón: “El Gobierno podría invertir lo que gasta en el FPT en colegios y hospitales“.

Siempre defendimos el fútbol gratis. Por “gratis” entiendo lo siguiente: no tenés que elegir entre (a) darle un monto de dinero a alguien para tenerlo y (b) no dárselo para no tenerlo. Por supuesto, si lo ven todos alguien lo paga. Si la AFA va a recibir algo, alguien va a pagar algo. Y si “gratis” quiere decir “alguien transfiere un dinero a otro alguien”, nunca es gratis. Pero no seamos medievales. Borges decía “todos somos nominalistas ahora”, pero creo que era optimista. La gente sigue teniendo discusiones por querer aferrarse a definiciones.

 ¿Por qué creo que eso es mejor algún tipo de “fútbol gratis”, en el sentido en que lo definí, que libertad de los empresarios para hacer lo que quieran? Porque, si hacen lo que quieren, quizás les conviene ejercer un poder monopólico: que el fútbol se pague por separado, sea muy caro y lo vean pocos. Un gran derroche social, como explicaba acá con curvitas y todo. Se deja a una enorme proporción de la población sin ver fútbol cuando el *costo adicional* de que lo vean es exactamente cero.
¿Cómo debe financiarse el fútbol? Mi visión es: publicidad + cargo obligado a los abonados de televisión paga. Hagamos una pequeña cuenta. Hay 11 millones de hogares abonados a algún tipo de TV paga. El Presupuesto 2015 planea un gasto de $1600 millones en Fútbol para Todos. De modo que, con aumentar el abono a TV paga (todos los abonos) $12 pesos mensuales alcanzaría para cubrirlo. La regulación es muy simple: se obliga a todos los servicios de TV paga a pasar el fútbol; como las tarifas de TV paga están reguladas, se admite un aumento de esos $12 pesos, además del ajuste que se negocie por inflación. Al mismo tiempo, la TV por aire pasa el fútbol, de modo que realmente es para todos.

Si se cede la publicidad de los entretiempos a los emisores, entonces estarán dispuestos a pagar más que esos $12 por abonado, porque además podrán vender publicidad. Más dinero para la AFA; o, alternativamente, con un aumento del abono menor a $10 por mes puede financiarse el fútbol.

Dirá el intelectual anti-fútbol, dirá la señora que prefiere mirar Utilísima: ¿pero por qué tengo que pagarle el fútbol a los demás, si no lo veo? Respondo: ¿y por qué yo tengo que pagarte Utilísima o ese canal habitualmente mudo llamado Europa-Europa?

Hablemos de brechas

¿Le conviene al exportador liquidar su soja ahora o esperar?

Supongamos que las opciones son liquidar hoy (“período 1″) o de acá algunos meses (“período 2″); y que espera un precio internacional de la soja constante. En ese caso, tiene tres alterativas:

(1) Mantener la soja. Medido en pesos, el rendimiento que obtiene está dado por el ratio entre el tipo de cambio oficial esperado para mañana (llamámoslo O2) y el dólar oficial hoy (O1): O2/O1 es lo que aumenta su patrimonio sojero si no liquida.

(2) Liquidar la soja y mantener los pesos resultantes el sistema financiero nacional, con una tasa de interés influida por la política del banco central. En ese caso, su rendimiento es “i”, la tasa de interés.

(3) Liquidar la soja e invertir los pesos resultantes en dólares, via (por ejemplo) el “contado con liqui”. Llamemos a este dólar “paralelo”, y al rendimiento de esta opción P2/P1.

El problema es simple: hay que hacer lo que da más rendimiento. El exportador no liquidará si la opción 1 le gana a las opciones 2 y 3. Es decir: si la devaluación esperada del tipo de cambio oficial es mayor tanto a la devaluación que se espera del paralelo como a la tasa de interés.

Puesto al revés: para que el exportador liquide tienen que pasar cualquiera de dos cosas: que la tasa de interés sea mayor que la devaluación ofical (opción 2 le gana a opción 1) o que, aún si la tasa es baja, se espere una suba del blue mayor que del dólar oficial. Supongamos por un momento que el Banco Central no mantiene tasas tan altas como la devaluación esperada (hoy, la devaluación oficial esperada a un año es cercana al 50%)*. En ese caso, la comparación es entre devaluación del oficial con devaluación del paralelo.

¿Cómo influye en todo esto la brecha cambiaria? Con brecha muy alta (ahora es del 80% si se mide paralelo/oficial) probablemente se espera un achicamiento de la brecha; es decir, se espera que el oficial suba más que el paralelo. Es intiutivo pensar directamente la brecha como un impuesto a las exportaciones. Por cada 100 dólares que se exportan (pagando ya las retenciones), los dólares que el exportador obtiene son 100 * oficial / paralelo. Cuanto más alta la brecha, más alto el impuesto. Si hoy la brecha está alta, el impuesto es alto. Probablemente conviene esperar.

(*) Dejo de lado, además, la discusión de si en una economía con controles de cambio como la Argentina tiene que haber o no una “paridad de tasas”, eso eso, si la tasa tiene que reflejar la devaluación esperada. Mi impresión es que probablemente tiene que haber una paridad entre la tasa de interés, por un lado y, por otro, la devaluación del paralelo más otros riesgos implícitos en tener la plata en la Argentina. Si la tasa de interés fuera más alta que la devaluación esperada del paralelo (incluyo acá algún promedio entre blue y dólar-bolsa) y esos otros riesgos, deberían ingresar capitales via contado con liqui para aprovechar el diferencial, lo que tendería a reducir las tasas; y viceversa si la tasa fuera más baja. Si todo esto fuera cierto, entonces hay una sola comparación involucrada para definir si los sojeros liquidan: devaluación ofical versus la devaluación del paralelo, que depende de (aunque no es igual a) las tasas de interés.

Deuda: volverá y serán millones

Esta entrada sólo es para coincidir con la nota de Nicolás Dujovne: las opciones del gobierno son (a) seguir con sus banderas de desendeudamiento, con inflación acelerada y más recesión, sin recurrir a financiamiento externo, o (b) endeudarse, cueste lo que cueste, lo que le pemitiría emitir menos (por el menor agujero de financiamiento) y devaluar menos (porque no sería necesario tanto superávit de comercio al haber menos déficit de dólares en la cuenta capital).

Mi deseo, mi consejo desde hace tiempo y mi pronóstico es que el gobierno va a elegir el camino del endeudamiento, incluso sin acuerdo con los holdouts. Ya me ocupé de los beneficios económicos; quiero decir acá por qué políticamente el endeudamiento tiene mucho sentido para un gobierno que sólo pensara en sí mismo:

  • El kirchenrismo ha demostrado ser extremadamente flexible a la hora de definir sus banderas. OK, “desendeduamiento”. Pero ¿es reendeudamiento refinanciar vencimientos de deuda? Esto es todo lo que necesita el gobierno: pausar el desendeudamiento, no necesariamente aumentarlo. El gobierno podría seguir mostrando la tendencia al desendeudamiento (Deuda pública / PBI) a lo largo de su administración.
  • Pagar altos intereses inicialmente no parece un problema grave. A Chávez la pagamos con gusto. Además, por lo que dicen los precios de los bonos (riesgo país de 750) es el mejor momento de toda la segunda presidencia de Cristina para endeudarse. ¿Cómo no pagaríamos ahora los intereses que pagamos antes, si encima podemos decir “Culpa de los buitres pagamos más que lo que sería razonable”? En palabras mejores, el gobierno puede quedarse con el pan y con la torta; como dicen mis colegas Gerchunoff y Sandleris: épica y financiamiento.
  • Los beneficios “económicos” se convierten en beneficios políticos muy rápido. Como dice Dujovne: menor devaluación, algo de reactivación e incluso bajaría en seguida el riesgo país, cuando se advierta que el gobierno “llega” fácil a diciembre de 2015.

Por lo tanto: el único motivo que realmente podría llevar al gobierno a abstenerse de endeudarse es su propia incapacidad o, quizás, sus propios complejos para lidiar con algo al que instintivamente le temen, llamado “mercado”. Creo que las ventajas obvias de endeudarse le ganarán incluso a estas limitaciones.

Mulitplicadores desagradables

Cristina, on the record:

¿Qué cosas han aumentado en estos años 2389% [como el salario mínimo de junio de 2003 al primero de enero de 2015]?. Por cierto, podemos hablar de la inflación. Calculemos que la inflación hubiera sido 100% de inflación por año, o sea le sumamos la del Congreso Nacional más la del congreso de Chile, el de Paraguay, el de Bolivia y el de Brasil y llegamos a una inflación del 100% anual, bueno, nos estaría dando 1100%. Estamos con un salario que subió el 2389%. Esto para terminar con algunas discusiones…

Si fueran 11 años entre mediados de 2003 y mediados de 2014, la cuenta sería 2^11=2048. Al 100%, los precios se habría multiplicado 2048 veces, o sea que habrían subido un 204700%. Para llegar a 1100% bastaría una inflación de 25% anual.

¿Estoy cometiendo un esnobismo de economista? Puede ser. Pero creo que es importante para mostrar las grandes confusiones a las que lleva la inflación. Entre otras: escandalizarse por los aumentos patrimoniales de los funcionarios medidos en pesos; o hacer todo un tema con que Kicillof sea millonario (también en pesos).

Día 0: devaluame un poco, Dilma

¿Qué hace Brasil con un Big Mac de más de 5 dólares siendo, como es, un país pobre? El offside de Brasil es, creo, el más importante del mundo entre los países cubiertos por el Economist. Brazil está bastante lejos de la línea que indica cuál es un nivel apropiado de precios en dólares dada la productividad del país.

Además de salirnos más caro el planazo este de ir al Mundial, no sé si es lo que le conviene a Brasil. Intuyo que esa escasa competitividad es uno de los motivos del lento crecimiento que viene mostrando Brasil hace ya bastante tiempo:

Teóricamente, si un país está demasiado caro, crece poco y además tiende a un déficit externo. ¿Cómo anda la cuenta corriente brasileña? Mal:

Brasil tendrá en 2014, según el Economist, un déficit de cuenta corriente de 3,6% del PBI, unos 80mil millones de dólares. Sólo Estados Unidos e Inglaterra tienen déficits de cuenta corriente superiores (aunque en el caso norteamericano se discute si está bien medido); y sólo Ucrania y -atención- Perú tienen déficits más altos en comparación con su tamaño. Si me dijeras que la brasileña es, como la peruana, una economía que está teniendo un déficit pero que puede argumentarse que le ayuda a crecer (lo cual mejora la solvencia de la economía), OK. Pero Brasil no es ningún tigre.

Para peor: no es que el desequilibrio externo de Brasil pueda explicarse por “mala suerte” en sus precios. Aunque menos que otros sudamericanos, también Brasil está teniendo estos años los mejores términos de intercambio de los que se tenga memoria. Una lógica elemental indicaría que en los años de vacas gordas debería ahorrarse un poco. Al contrario, Brasil gasta lo que no tiene.

Siendo que una devaluación mejoraría la competitividad, quizás el crecimiento y ayudaría a lidiar con su problema externo, ¿por qué no la hacen? Por el mismo motivo que tardamos tanto en devaluar en la Argentina: el temor a la inflación. Brasil tiene una meta de 4,5% de inflación, con un margen de tolerancia de 2%. De los últimos 6 años, en 5 estuieron en la parte de arriba del margen de tolerancia, siempre al borde de 6%. Es difícil devaluar y mantenerse dentro de la franja.

Pero ¿por qué a Brasil le cuesta más conseguir su meta de inflación que a otros países? Se me ocurre una respuesta muy basada en la experiencia del kirchnerismo. Quizás la inflación de 6% tiene un componente de artificialidad: es la inflación que se obtiene atrasando el tipo de cambio. (E incluso subiendo menos los precios regulados que los no regulados, como dice el último informe de inflación del Banco Central). Quizás la inflación de Brasil evitando atraso cambiario es un poco más alta. Quizás las políticas expansivas de Lula obligaban a una política de atraso cambiario para cumplir la meta de inflación.

En todo caso: el Mundial está carísimo. Pero claro, vale la pena.

 

Las alarmas del doctor Thomas Piketty

La paz kicillofeana (ese otoño que ya concluye de estabilidad y atraso cambiarios, inflación de treintipico y recesión) me dio el respiro que necesitaba para encarar la lectura de mi Piketty. Su libro, El Capital — En el Siglo XXI, es el fenómeno de mayor multiplicación mediática e internética desde las selfies de los Oscars.

Un personaje este Thomas Piketty (con acento francés, en la última sílaba). El Capital… está salpicado de información autobiográfica, que con neutralidad podría resumirse aproximadamente así: “Soy francés, estudié un poco en Estados Unidos, era brillante y podría haberme quedado a enseñar ahí pero no me interesaba ese país en el que los economistas se dedican a detalles matemáticos y justifican enormes brechas de ingresos para legitimar sus altos salarios –cosa especialmente cierta entre profesores inmigrantes– así que me volví a París, a la París de la escuela de los Annales, de los Febvre y los Braudel, científicos sociales que admiro mucho más que a cualquier norteamericano. Y no me moví de París desde entonces, porque ahí soy feliz a pesar de que los departamentos cuestan mucha plata, por culpa de los capitalistas cada vez más ricos…”

Los capitalistas son cada vez más ricos. Ahí una de las virtudes de Piketty para el mercado editorial. Un académico respetado está explicando con rigor que el capitalismo conduce fatalmente, por un par de “leyes fundamentales”, a una concentración de la riqueza y el ingreso cada vez mayor en manos de los capitalistas. El homenaje obvio a Marx en el título no es una casualidad.

El libro de Piketty completa un conjunto de obras de los últimos años con que los economistas retornan, con éxito editorial, a las tres grandes preguntas de la economía, dejando a un lado por un rato las curiosidades algo ñoñas de la freakonomía. La obra de Piketty intenta responder la gran pregunta de la distribución de la riqueza, como el libro de hace un par de años “Por qué fracasan las naciones” de Acemoglu y Robinson formulaba una hipótesis buena o mala sobre las causas del crecimiento económico; y el blog de Krugman (una monumental obra transmitida en vivo) es el símbolo de la vuelta de la profesión a la pregunta sobre el pleno empleo.

El Capital… es economía de la que le gusta a la gente, esto es, escrita en inglés (próximamente en castellano), no en complejas ecuaciones matemáticas. Tiene incluso referencias a Jane Austen y Balzac (bastante largas y aburridas) para ejemplificar a las aristocracias decimonómicas británica y francesa e incluso (de pie, señores) a la película Titanic para ejemplificar el caso norteamericano. Anteúltima virtud: Piketty hace un culto de los datos, con un trabajo empírico monumental que abarca siglos y regiones.

Finalmente: Piketty tiene una explicación para el fenómeno que observa de aumento de la desigualdad en países ricos, y esa explicación comparte los rasgos de las ideas más influyentes en la historia de la economía, como las de Smith, Ricardo, Malthus o Keynes (con algunas de las cuales compara la suya): es simple, no es obvia y es relevante.

El fenómeno a explicar es la creciente concentración del ingreso en el mundo desarrollado especialmente a partir de los años 70, como prolegómeno de lo que puede ser la tendencia de distribución del ingreso a lo largo de este siglo. La explicación: la riqueza (en esencia, el capital físico de una economía) crece según el rendimiento del capital (“r”). Si “r” es mayor que “g” (la tasa a la que crece la economía), el capital será cada vez más importante como proporción de la economía. Y si el capital es cada vez más importante en relación al producto, el ingreso de los capitalistas (que es, precisamente, el rendimiento “r” que se obtiene del stock de capital) será una porción cada vez mayor de esa torta que es el ingreso total. En palabras de Piketty: “La Fuerza Fundamental de la Divergencia: r > g”.

¿No se entendió? Yo tampoco. Un problema con la tesis de Piketty es que, como la de Malthus, parece estar mal. El rendimiento al capital no es el aumento del stock de capital. Como sabe usted, lector, si vive de rentas, su capital del año que viene sólo será mayor que el de este año en la medida en que ahorre una parte de la renta de ese capital; y su capital crecerá más que el PBI sólo si la fracción ahorrada del rendimiento del capital –es decir, una vez restada la parte consumida-  es mayor al crecimiento económico. Por ejemplo: si su único ingreso anual consiste en un rendimiento anual (“r”) de 4% sobre un capital de 1.000.000 de dólares (40.000 dólares) y consume 30.000 dólares anuales, el año que viene tendrá 1.010.000 dólares, un 1% más. Si “g”, la tasa de crecimiento, es 2%, se cumple que “r>g”, pero usted de todos modos será un capitalista en decadencia, en comparación con el tamaño de la economía.

Podría argumentarse: “pero el capital crece más de lo que crece el capital de los originalmente capitalistas: también puede ahorrarse el ingreso del trabajo, que también se suma al capital de la economía”. La “fuerza fundamental de la divergencia” perdería ahí parte su potencia regresiva (los trabajadores se están convirtiendo en capitalistas) pero de todos modos tampoco en esa interpretación es cierto que r>g implica un mayor predominio del capital. De un año a otro, se suma al stock de capital la proporción s.Y, donde Y es el ingreso y s la tasa de ahorro (neta de depreciación) de la economía. Es decir que el capital crece a una tasa igual a s.Y/K si es el stock de capital. Si ese factor s.Y/K es mayor que g el capital estará aumentando más que el producto; y, suponiendo r constante (algo que Piketty considera una razonable aproximación) los ingresos de los capitalistas (iguales a r.K), estarían creciendo más que el producto. La desigualdad, pasando factores de un lado a otro, puede escribirse como s/g > k donde k=K/Y es el cociente capital/producto.

Nótese que aquí la tasa de retorno r no juega ningún papel. La economía se hace más capital intensiva si y sólo si la relación entre su tasa de ahorro y su tasa de crecimiento es más alta que la relación entre su capital y su producto. Esta, if any, sería la “ley fundamental de la divergencia”. El problema es que nunca se puede cumplir eternamente: si el ratio s/g es más alto que k, entonces va a crecer. Con lo cual al año siguiente va a ser más alto, y será más difícil que s/g lo supere. En algún punto se llegará a un “ratio de equilibrio” entre el capital y el producto y (si la tasa de interés es constante) a una distribución del ingreso entre trabajo y capital más o menos constante. La evolución de k durante el siglo XX (caída en los años terribles 1914-1950, recuperación desde entonces) puede entenderse como el resultado de una destrucción de capital en las guerras. La vuelta al predominio del capital con el correr de las décadas de posguerra era una consecuencia natural para cualquier valor más o menos habitual de g. Nada de qué preocuparse.

Los datos de Piketty muestran que en los últimos 200 años la participación del capital en el ingreso francés giró, con idas y venidas, alrededor de 30%, a pesar de que casi todo el tiempo se cumplió la “ley fundamental de r>g”. Es decir: como su idea es errada, pronostica un fenómeno inexistente. Su tesis de predominio del capital debería superar, adicionalmente, el escollo de que cuando el capital abunda tiende a bajar su rendimiento; del mismo modo que cuando se vuelve escaso, como ocurre tras las guerras, su rentabilidad tiende a subir.

Claro que en los últimos treinta años la distribución del ingreso en el mundo desarrollado empeoró, pero (como Piketty mismo argumenta) tuvo mucho más que ver el aumento de las desigualdades entre trabajadores. Aquí el aporte de su libro es sólido empíricamente, pero ya no hay una teoría original que tenga gracia. Ese fenómeno, muy reconocido hace tiempo, tenía ya sus hipótesis explicativas, algunas de ellas compartidas y en parte elaboradas por Piketty (como el ascenso de los “supermanagers”, particularmente incentivados a aumentarse ellos mismos sus remuneraciones cuando las bajas impositivas les permitían quedarse con el 60% y no con el 10% o el 5% de aquellas épocas en la que los Beatles cantaban “I’m the taxman, one for you, nineteen for me”); otras relativizadas por Piketty (el impacto desigual del cambio tecnológico, o digitial divide entre trabajadores capacitados y no capacitados para usar las nuevas tecnologías) y otras que sencillamente ignora: una predicción elemental de la economía tradicional es que en un mundo globalizado los salarios de los países ricos y los de los países pobres tienden a converger a un punto intermedio. Si India entra al mercado internacional, su abundancia de trabajadores no calificados le permite producir más barato particularmente los productos que usan intensivamente ese recurso (hace años o siglos, la industria textil; hoy, el montaje de electrónicos); las insutrias trabajo-intensivas del mundo desarrollado sufren esa caída y demandan menos empleo no calificado, lo cual contribuye a la desigualdad salarial en el Norte rico.

En el centro del cuadro sombrío aunque equívoco que pinta Piketty están las sociedades maduras de bajo crecimiento. Francia y los otros alpinos son las economías relevantes con menos crecimiento desde la caída del muro. Piketty dedica apenas un par de pinceladas marginales a “ellos”, los emergentes, sosteniendo al pasar que para 2050 todo el mundo salvo África subsahariana y Asia del Sur tendrá un nivel de ingreso similar al de los países más ricos. Si eso forma parte de una distopía, el capitalismo goza de una salud razonable.

El modelo desdibujado (parte III): la inversión

Estamos colapsados con las preparaciones para la Copa del Mundo, lo que nos impidió cumplir a tiempo con el post prometido sobre la tasa de inversión en la Argentina. Las nuevas series nos muestran que estuvimos invirtiendo, durante la era kirchnerista, menos de lo que creíamos que habíamos estado invirtiendo. Los nuevos datos parecen más acordes a la percepción de lo que tradicionalmente se llama populismo: pan para hoy, menos pan para mañana.

(en una versión anterior de este post la línea amarilla estaba incorrectamente etiquetada como “Precios corrientes, base 1993″)

Es curioso lo que muestran las diferentes medidas (este párrafo será aburrido). La inversión “a precios de 2004″ aparece como menor que “a precios de 1993″. Es curioso porque uno diría que los bienes de inversión, en el año 1993, estaban más baratos en comparación con el precio promedio del PBI (el “deflactor”), por la vigencia de un tipo de cambio más bajo. Por lo tanto, si hubiese tenido que adivinar habría dicho que a precios de 2004, con bienes de capital más caros, la inversión debería ser más alta y no más baja que a precios de 1993.

Sí es comprensible que la serie más baja, “a precios corrientes” evolucione por debajo que la evolución “a precios de 2004″. A medida que transcurría el kirchnerismo, subían todos los precios pero más aumentaban los productos para consumo que los bienes de inversión, que ya se habían encarecido con la devaluación post-convertibilidad. A un tipo de cambio más razonable (ie., más alto) que el de 2013 la inversión debería ser algo más alta de lo que aparece “a precios corrientes”, aunque posiblemente más baja que “a precios de 1993″.

En todo caso: dejando a un lado estas fluctuaciones cambiarias, sabemos ahora que somos un país que invierte menos de 20%. No es poquísimo, pero no es mucho. Es la tasa de inversión que tienen los países que crecen al 3% o 4% de manera tendencial. Con estas tasas de inversión, nuestra despedida a las “tasas chinas” de crecimiento no es temporaria: es permanente.

Las obviedades del señor Randazzo

El modelo

Una de las meneras de comprobar la mala calidad de nuestras políticas públicas en general es la cantidad de oportunidades que hay para mejorar que son de bajo costo y muy obvias. Los economistas llamamos a eso “situación no Paretiana“: estamos mucho peor de lo que podemos estar. Un ejemplo que me gusta poner: ¿por qué no hay pasos a nivel *en todos los lugares donde una calle se cruza con una vía*? Sí, mientras tanto hagamos túneles. Pero obviamente los cuellos de botella que son los cruces de barrera serían mucho más leves si hubiese barreras en todos lados. Y no, no es más peligroso; no es que si hay más barreras la gente va a cruzar más veces. Va a cruzar la vez que necesite por la barrera menos transitada.

En transporte, una medida de esas muy obvias es agregar estaciones elementales en algunas líneas de tren. En la que usaba en mi infancia, la Retiro-Tigre, siempre me pareció escandaloso que no existiera una estación entre Lisandro de la Torre y Retiro. Un caso obsceno de path-dependence: los ingleses pusieron Lisandro de la Torre allí para que les quedara cerca el golf y el tennis, con doble ene. De hecho, se llamaba “Golf”, hasta que el cáncer nacionalista cambia-nombres del siglo XX le puso el nombre de uno de nuestros estériles luchadores antiimperialistas.

Entre Belgrano y Lisandro de la Torre hay quince cuadras; entre Lisandro de la Torre y Retiro, 6,5km. Es decir, podría haber tres estaciones entre Lisandro de la Torre y Retiro y todavía estarían más distantes entre sí que Lisandro y Belgrano. Por ejemplo: Sarmiento, Palermo Chico y Callao. Le mejoraría mucho la vida a una cantidad de gente que quiere ir a algún lugar entre Lisandro de la Torre y Reitro, un trecho que tiene la longitud aproximada de una línea entera de subte. Sí, el viaje sería un poquitito más largo para algunos; sí, algún vecino de Palermo Chico se quejaría. Pero no creo que esos sean los obstáculos. Creo, en realidad, que es un problema de acción colectiva: no hay ningún individuo con interés y poder suficiente como para hacerlo. Si se los ocurre –menudo condicional– les da fiaca. Ennui. Se esgunfian. Vivimos en un país de gobiernos corruptos, pero también, y mucho más, de gobiernos onanistas.

Estas lamentaciones son en realidad el prolegómeno a una felicitación. Nos enteramos de que proponen tres estaciones nuevas en la línea Belgrano. Una de ellas, elemental, CONECTA (perdón las mayúsculas) NUESTRO PRINCIPAL AEROPUERTO INTERNO CON NUESTRA PRINCIPAL ESTACIÓN DE ÓMNIBUS. Otra de las estaciones estaría en la Panamericana en Pilar, como para la gente que vive en aquellos barrios lejanos pueda dejar el auto allí y tomarse el tren al centro, aliviando las tragedias de congestión en la Panamericana y la General Paz. Y otra está en el mejor parque público sobre el río más ancho del mundo: el Parque de los Niños.

Claro que el tren debería mejorar sus frecuencias y sus servicios, pero es un primer paso. Quién te dice, quizá algún día se pueda viajar como lo hace Don Draper de Mad Men entre su suburbio de Ossining y la Avenida Madison. A quien corresponda: felicitaciones.