El show republicano

Mientras acá discutimos si maniobras como apagar unas cámaras que controlan urnas justifican o no la suspensión de elecciones, anoche en Estados Unidos vimos la maravillosa costumbre del debate electral. Once debatientes del partido republicano (¡11!) e incluso un debate previo de cuatro candidatos “second-tier” (es decir: de segunda) que no llegan creo que al 1%.

¿Sirven los debates? Claro que sí. En parte, en una pequeña parte, para que cada uno cuente la visión ante diferentes problemas; lo que los americanos llaman “los issues”. Pero más importante que eso: la capacidad de una persona para convencer es *fundamental* para ejercer el poder, y es eso –en el fondo– lo que define quién ganó el debate. Se dirá: “Pero esos republicanos son unas bestias, discuten un muro con México, la eliminación del IRS (la AFIP norteamericana) o si las vacunas generan autismo“. Es cierto. Pero esas ideas reflejan aproximadamente el pensamiento de esa mitad aproximada de la sociedad que vota al Grand Old Party.

Es muy interesante lo que está pasando en el Partido Republicano. La gran estrella de los últimos dos meses (Donald Trump) y las dos estrellas menores, más recientes (el neurocirujano negro Ben Carson y la ex CEO de Hewlett Packard a quien Néstor dejó plantada hace unos años, Carly Fiorina) son completamente outsiders, no tuvieron cargos políticos. Hay acá algo de cambio cultural y tecnológico. En el mundo de hoy, totalmente conectado, resulta más posible que antes construir desde la nada, como Podemos en España, o desde casi nada, como Syriza en Grecia. Enfrentando a los outsiders, una gran cantidad de senadores y gobernadores, los insiders, liderados por Jeb Bush, hijo y hermano de presidentes.

Imposible pronosticar qué puede pasar. Anoche Trump fue el centro de atención pero no brilló. Quizá el mejor momento del debate fue cuando Carly Fiorina respondió a lo que había sido, hace unos días, un ataque de Trump sobre su apariencia física:

¿Mi impresión? A medida que se acerca concretamente la posibilidad de que uno presida la nación, empieza a pesar que cada candidato pueda mostrarse verdaderamente “presidential”. No sé si hay lugar para tantos outsiders más cerca de la elección. Creo que entre los outsiders el que más chances tiene es Trump: el hecho de ser un hombre de negocios exitoso puede brindarle a los votantes una cierta seguridad (que, siguiendo con la comparación, no tiene un Pablo Iglesias, el muchacho de Podemos). Pero es importante también quién de los “insiders” logra sobrevivir a estas mareas de carisma., porque hay un público que no va a querer outsiders. Creo que ayer Jeb Bush tuvo un buen desempeño. Imagino, de momento (con la misma seguridad que jugando al PRODE) una final Trump-Bush.

Año nuevo, con mucho hielo

No soy un escéptico del cambio climático, pero sí soy un observardor imparcial. Una cosa que claramente no está pasando es que esté cayendo la cantidad de hielo. Lo que sí pasa es un cambio de lugar. Cae el hielo en el Polo Norte, aumenta en la Antártida. Resultado neto (línea roja en el tercer gráfico): tendencia constante, aunque en este instante un poco más de hielo que lo normal. Los datos no son de climascépticos, sino de un sitio que sigue el hielo ártico, más bien simpatizante de la idea del derretimiento global.

 

“Podemos” ser como Argentina 2001

Estuve viendo la interviú de la bella y picante Ana Pastor a Pablo Iglesias, líder del partido neo-político Podemos, que ahora encabeza las encuestas en España. Pablo Iglesias, como Cristina Kirchner o el ministro Kicillof, “habla bien” pero lo que dice está casi todo mal. Con lo cual, en realidad, me pregunto si habla bien.

En particular, desde una mirada argentina la propuesta central de Podemos es de una peligrosidad monstruosa: revisar la legitimidad de la deuda (con una “auditoría ciudadana“) y decidir cuál se paga y cuál no, copiando (lo dice explícitamente) lo que hizo Rafael Correa en Ecuador. Los españoles deberían mirar la experiencia argentina para ver si eso es realmente lo que quieren. ¿Qué pasaría si España decide “revisar” unilateralmente su deuda?

En primer lugar: la mayoría de la deuda española está en bonos. No se puede diferenciar, en esos bonos, la legítima de la ilegítima (whatever that means). Otra parte son créditos de Europa, especialmente del Banco Central Europeo. En el centro de todo está el sistema financiero español, que está mantenido hace años por el respirador artificial del Banco Central Europeo. Si España “revisa” su deuda en bonos, los bancos (que tienen bonos) quedarán más cerca de la insolvencia. Si España “revisa” su deuda a Europa, los alemanes y sus aliados le cortarán el chorro. En ambos casos, la cosa termina igual: los depositantes corren a los bancos a sacar su dinero. Crisis financiera. Corralito. Cacerolazos. Parálisis.

¿Podría el Estado español financiar a los depositantes? No. El stock de depósitos de España en relación al PBI es mucho mayor al de la Argentina en 2001. ¿Línea de menor resistencia? Repartirle a los depositantes papelitos de colores: “Certificados de depósito” de bancos quebrados (aquí le llamábamos CEDROS) cotizando muy por debajo de la PAR; o emisión monetaria de parte del Estado español de algo que se viera y oliera como dinero. En el caso argentino primero fueron LECOPs; luego, una vez salidos de la convertibilidad, pesos.

Es decir: la revisión de la deuda, salvo que contara (como en el caso griego) con el aval de las autoridades europeas, llevaría a una crisis bancaria y monetaria en España, y a una pérdida nominal de la riqueza de los depositantes.

Si Podemos quiere hacer algo “revolucionario” pero en serio, debe intentar liderar una movida europea para políticas fiscales y monetarias mucho más expansivas. Por ejemplo: para que el Banco Central Europeo tenga entre sus obliigaciones igualar las primas de riesgo de todos los miembros del euro. Eso requeriría una inyección monetaria incluso mayor a la de ahora; cuanto más inflacionaria fuera, mucho mejor. (Estamos hablando de Europa, claro; hiperinflacionario sería, digamos, el 6% anual).

Como también sabemos los argentinos, licuar una deuda con inflación podrá ser menos ético, pero sin dudas es menos conflictivo y costoso que revisarla.

Nacionalismo es imponer tu nación a otros

Vargas Llosa ataca la autodetrminación como valor anti-liberal:

MVL: …En Europa, la resurrección de los nacionalismos pone en peligro todos los grandes progresos de la integración europea, la integración de la Europa oriental a la Europa occidental, tan positivos. El resurgir de los nacionalismos es sumamente preocupante, incluso en los países democráticamente más avanzados como Francia, donde si hubiera elecciones hoy día ganaría el Frente Nacional, un movimiento neofascista, la forma más extrema del nacionalismo.

P: Todo adobado dentro de un caldero en el que el populismo es un elemento fundamental.

MVL: El populismo es un ingrediente central del nacionalismo, pero, en una escala de problemas, en primer lugar está el nacionalismo, en distintas formas, porque el nacionalismo adopta distintas formas. Ha sido derrotado en Escocia pero está vivísimo en España donde es un problema mayor; ha pasado a ser primordial, no es ya la crisis económica, porque mal que mal está encontrando un camino de solución, con enormes sacrificios, pero está saliendo; del problema del nacionalismo no está saliendo, está ahí, es una fiera suelta que nadie sabe muy bien cómo lidiar con él, empezando por el Gobierno español. Hay una extraordinaria abdicación de lo que debería ser el enfrentamiento democrático al nacionalismo de una manera muy resuelta, con una gran convicción.

P: ¿Qué significa el nacionalismo?

MVL: Defendemos el valor y el nacionalismo representa el desvalor, esto en España desgraciadamente no se ve, son unos sectores muy minoritarios los que están en esa campaña. El Gobierno juega un poco a pensar que los problemas se resuelven solos, que es un problema artificialmente creado (también lo creo), pero se ha creado y es una realidad indiscutible. El problema está ahí y tiene un arraigo en sectores muy amplios de la sociedad. Otra cosa es si el que sea numeroso significa que sea legítimo, no lo creo, pero sí creo que es muy numeroso.

Nunca entendí el argumento conceptual de los liberales en contra de la autodeterminación. Entiendo, sí, el argumento histórico contra el nacionalismo. Muchos malvados y fascistas se autodefinieron como nacionalistas. Y, por supuesto, entiendo y comparto el argumento contra los nacionalismos neofascistas como puede ser el de Le Pen. Pero hablando de la discusión concreta de lugares como Catalunya, ¿es más liberal, conceptualmente, la posición españolista que la autonomista? No me parece. Me parece que al revés.

No gastemos tiempo en definir con demasiada precisión los términos para enfrentar la pregunta concreta: “si una mayoría clara de una población que vive desde hace tiempo en un territorio y comparte una cultura común prefiere tener un Estado propio que ser parte de otro Estado más grande, no es más respetuoso por las libertades individuales darle ese derecho?” Claro que acá la perfección es imposible. Algunos eligirán España, otros elegirán Catalunya, y será España o será Catalunya y unos estarán más contentos que otros. Pero si una mayoría clara elige Catalunya, ¿por qué es incompatible con la libertad otrogarle ese derecho? Es más: ¿no es incompatible con la libertad impedirle tener un Estado propio?

Probablemente es sólo un reflejo de las tragedias del siglo XX. Diría, incluso, de mediados del siglo XX. A la salida de la Primera Guerra la idea de autodeterminación era un ideal progresista, y era justamente un argumento liberal contra los peligros de los grandes imperios multinacionales. Y en lugares como los Balcanes tras el comunismo todo el pensamiento liberal estuvo a favor de las independencias que deterioraron el poderío futbolístico de Yugoslavia. ¿Por qué? Porque el “nacionalismo peligroso” era el de los serbios queriéndose imponer sobre otras nacionalidades.

No confundamos, entonces. El “nacionalismo peligroso” puede ser el de una nación que quiere imponerse sobre las autonomías (Saddam y los kurdos) o puede ser el de una nación que quiere levantarse contra otra que la domina (los rusos en Ucrania). Pero ese es otro asunto. El criterio de respetar la voluntad mayoritaria de una población para elegir si tener Estado propio o subsumirse a otro se acerca más a respetar las voluntades de los individuos (es decir: es más liberal) que cualquier otro. Puede serlo cuando gana o, como demostró ejemplarmente Escocia, cuando pierde.

Nacionalismo peligroso no es que una población quiera tener su propio Estado. Nacionalismo peligroso es querer imponerle tu Estado a otra nación, o a lo que considerás que es una región dentro de tu propia nación.

Más sobre el mito brasileño

Actualizamos uno de nuestros gráficos favoritos. El que señala el hecho más importante del siglo: la convergencia. Los países pobres crecen más que los países ricos, con una regularidad que no ocurrió jamás en la historia de la humanidad. De 58 países que tenían en 2000 una población mayor a 15 millones (y que cubren el 90% de la humanidad) la mitad rica creció al 1,95% en lo que va del siglo; la mitad pobre, al 3,3%.

Al pasar: ¡qué mito el milagro brasileño! Amamos a Brasil, y por eso mismo estamos muy en contra de todo el endiosamiento que se hizo de Brasil en la última década. Nunca lo creímos. Entre esos 58 países, Brasil ocupa el puesto 37 en crecimiento económico: 1,91% en producto per cápita, menos que el promedio de la mitad rica. La mayoría de los países a los que supera son del mundo desarrollado, que sufren el combo de crisis económica y de la natural ralentización del crecimiento en economías ricas.

Si se toma solamente los países no ricos se nota más claramente el mito del milagro de Brasil. La frontera entre ricos y pobres es clarísima: en el año 2000, en el puesto 13 estaba Korea (contando países de más de 15 millones) con 20.000 dólares; en el 14, Malasia con 13000. De los 45 países más pobres que Korea, Brasil ocupa, por su crecimiento en 2000-2014, el puesto 34. Sólo supera a Sudáfrica, Irak, Argelia, Kenia, Camerún, México, Venezuela, Costa de Marfil, Yemen, Madagascar y Siria.

Los milagristas de Brasil ven estas cifras pero se resisten. “Tiene que haber algo mal”, dicen. “Exportan aviones, tienen empresas enormes, buscan petróleo en alta mar”. Sí, pero todo eso habla en gran medida de (1) el tamaño de la economía brasileña y (2) el hecho de que, por ser un país relativamente pobre, es natural que esté más especializado en productos industriales.

Pero para crecer en serio Brasil tiene un problema grave de competitividad: es caro y no es muy productivo. Hasta que eso no cambie, seguirá esperando un milagro.

¿Cómo se reactiva un Brasil?

 Cristo pasó haciendo aladelta

El caso brasileño es un interesante ejercicio de macroeconomía. Inflación al borde de la meta; crecimiento bajo; tipo de cambio real, como mínimo, bastante atrasado (el precio del Big Mac sólo es superado por Noruega, Suecia, Suiza y Venezuela); nivel de empleo alto, con la tasa de desempleo todavía en sus mínimos del siglo. El desempleo bajo quiere decir que el problema de crecimiento no es tanto por que haya un problema de demanda baja para lo que puede producir Brasil, sino que el potencial está creciendo poco.

Por el bajo desempleo, cualquier política expansiva (monetaria o fiscal) implicaría, según los libros, un aumento en la tasa de inflación, y pondría en peligro el valiosísimo sistema de metas. Una política fiscal expansiva sin devaular el real encarecería todavía más a Brasil, empeorando su problema de competitividad. ¿Qué hacer?

Va a sonar ortodoxo, pero a veces lo ortodoxo es lo que corresponde, otras veces no: mi impresión es que lo que se necesita es política fiscal contractiva y política monetaria expansiva. Hay alguna mezcla posible de ese combo que tiene un efecto neutro sobre la demanda agregada: la contracción fiscal te tira para abajo la demanda; la baja de tasas o depreciación del real te la tiran para arriba. Pero la composición de la demanda es diferente. Aunque los libros a veces no lo acentúan, probablemente un tipo de cambio real más alto (una mejor competitividad) implica una mayor inversión. Y más inversión es lo que Brasil necesita para crecer más rápido.

Escocia no es España, Krugman

Krugman muy en contra de la independencia esocesa, porque -dice- no tiene mucho sentido ser independiente sin moneda propia. ¿Una prueba? El caso de España: moneda europea e independencia, receta para el desastre.

No estoy de acuerdo. El argumento de Krugman es: si sos Florida, o sos Escocia como parte del Reino Unido, está todo bien con usar la moneda de USA o UK respectivamente. Cierto es que no podés devaluar, que es lo que conviene cuando los tiempos son malos, pero si sos parte de una unión política, el poder central te compensa de alguna manera con gasto público en épocas de vacas flacas. Si, en cambio, sos España o Escocia independiente, en los años malos ni podés devaluar (como un país con moneda propia) ni recibís ayuda del poder central. Te quedaste sin el pan y sin la torta.

El argumento de Krugman ignora una pregunta previa que es clave para definir si le conviene a un país ser parte de un área monetaria mayor: ¿es posible que tu país tenga momentos malos (donde precise devaluar) que no coincidan con los momentos malos del emisor de la moneda, que por lo tanto tiene otras preferencias cambiarias? En este punto, el caso Escocia/Inglaterra es muy diferente que el de España/Alemania en el momento del euro.

En primer lugar, Inglaterra y Escocia tienen *niveles* de producto por persona similares, cosa que no era cierta respeto a los PIIGS y el resto de Europa al adoptar el euro. ¿Son importantes los niveles? Creo que sí: si (a) hay convergencia económica entre los miembros de una unión monetaria, es decir, los miembros pobres se van acercando en PBI per capita a los miembros ricos y (b) -como suele ocurrir- los países se van encareciendo a medida que se hacen más ricos, entonces (c) la unión monetaria puede ser un problema porque es razonable esperar inflaciones más altas en los países rezagados, mientras convergen. Por lo tanto, una meta de inflación regional de un cierto porcentaje (2%, digamos) puede obligar a los países de crecimiento más lento a inflaciones peligrosamente bajas (y quizás, a inflaciones más altas a los países inicialmente más pobres pero de crecimiento más alto). Este no es el caso de Escocia e Inglaterra.

En segundo lugar, pero más importante: los ciclos económicos son mucho más sincrónicos entre Escocia e Inglaterra que entre diferentes zonas del euro. Fijémonos en un dato que a la pista más concreta sobre si conviene o no devaluar: el desempleo. Un país con más desempleo es uno que tiene más incentivos para devaluar, para abaratarse en términos relativos y recuperar la demanda de trabajo. Escocia e Inglaterra:

Alemania y España:

Ya desde antes de la crisis había diferencias grandes de desempleo entre España y Alemania. Escocia e Inglaterra tienen desempleo más parecido y que evoluciona más o menos al compás.

En otras palabras: lo más probable es que si Escocia necesita devaluar su moneda Inglaterra también lo necesite. Por algo no oímos durante los últimos 300 años -que yo sepa- demasiadas protestas escocesas por carecer de moneda propia.

Que vivan las autonomías. Y olé.

¡Deflación!

Después de un año comparativamente calmo, las cosas parecen complicarse en Europa otra vez. O al menos eso creo. En octubre, España tuvo una leve deflación anual; la vez anterior que ocurrió algo así fue en marzo de 2009, cuando empezaba lo peor de la depresión. Grecia, en tanto, tuvo la deflación más pronunciada en medio siglo: los precios bajaron 2% en el útlimo año.

Sí, el asalariado de ingresos fijos puede gastar más; pero seguramente parte de la causa de la inflación es que está ganando menos. Y sí, la deflación puede ayudar a resolver el problema de competitividad de estos países. Pero no sólo es un camino lento y penoso. Además, genera sus propios problemas; en particular, la deflación es pésima para los deudores (públicos o privados) y una de las tragedias de estas economías es precisamente el endeudamiento. Con caída de precios, las deudas son más pesadas; más duro pagarlas; más recortes en los gastos si se pretende hacerlo.

Sigue siendo inverosímil que los europeos del sur no se quejen más de Alemania. Como está insistiendo Krugman estos días, la ganancia de competitividad de Alemania en los años del boom fue por tener una inflación más baja que en los países periféricos del euro, sin pasar por la deflación; deberían ahora tener una política monetaria más inflacionaria a nivel europeo, que levantaría unos puntos la inflación alemana pero le permitiría a los PIGS recuperar competitividad sin la miseria de la deflación.

No parece que vaya a ocurrir.

Maduro + Blatter puede ser razonable

Hablamos recién de los dislates de Maduro.

Ahora vamos a hablar de su racionalidad.

Supongamos verdadero (aunque no lo fuera) que algunas tiendas compran electrodomésticos al exterior con dólares oficiales y los venden localmente a “blue”. ¿Es posible que sea verdad? Si no hubiera restricciones cuantitativas a las importaciones, y una cierta competencia entre proveedores, no sería posible: otras empresas venderían los electrodomésticos a un precio más acorde al dólar oficial y ganarían plata.

Pero en Venezuela, como en Argentina, hay (no chequeé la web, pero vamos a suponerlo) restricciones cuantitativas, permisos para importar. No cualquiera puede comprar en el exterior los electrodomésticos que quiere. Imaginemos que sólo Frávega y Garbarino pueden hacerlo, y por cantidades limitadas. El precio local de los electrodomésticos se apartaría del precio de importación evaluado a dólar oficial más las “ganancias normales” de Frávega. A ese precio seguramente hay un exceso de demanda (si no lo hubiera, no tendría sentido poner permisos para importar) y por lo tanto el precio será mayor y las ganancias de Frávega y Garbarino más altas.

En otras palabras: con las restricciones a la importación el gobierno genera una renta; si deja precios libres a quienes tienen permisos, la renta se la queda quien tiene los permisos. Hay diversas maneras de socializar la renta: una es hacer una licitación por los permisos, y que el dinero obtenido se reparta al pueblo. En ese caso, la renta se divide entre todos los ciudadanos, y la pagan los consumidores de electrodomésticos.

Pero si uno quiere que no haya renta o, mejor dicho, que los beneficiarios de la renta sean los consumidores de electrodomésticos (no los vendedores, ni el pueblo en general) puede tener sentido el control de precios. El microondas entra a 100 dólares oficiales; se vende al consumidor a 100 x 6,29 = 629 bolívares, más la “ganancia normal” de los empresarios. Por supuesto, a ese precio hay exceso de demanda y se arman colas por los microondas. Ahí está mi crítica al sistema de socialización de renta de Maduro: en lugar de colas, debería hacerse un sorteo, estilo FIFA. Es una pérdida de tiempo la cola (en eso es peor que el sorteo) y también hay perdedores (en eso es igual que el sorteo).

Claro: ¿quién fiscalizaría el sorteo? ¿Cómo garantizar que el pueblo venezolano acceda a “precio justo” a los electrodomésticos importados? Si yo fuera Maduro y enfrentara las mismas restricciones, y el mismo afán por no pasar a un sistema económico sensato, establecería una Comisión Nacional de Sorteo de Electrodomésticos a Precio Justo. Le ofrecería encabezarlo a Henrique Capriles.

Maduro el nocaut

Las cosas que está haciendo Maduro en Venezuela me hacen entrar en crisis con mi profesión de docente, en particular, docente de economía. Miren las noticias:

Masiva vigilia por electrodomésticos en Caracas. En los establecimientos que el gobierno fiscalizó, decenas de personas pasarán la noche para ser los primeros en ingresar cuando este martes se abran las puertas.

Fiscalía procesa a 28 personas tras inspecciones a comercios. La Fiscal General de la República informó que han emitido 10 órdenes de captura y tres negocios se encuentran bajo ocupación temporal.

Uno dedica horas a sutilezas que nadie entiende mucho, y quizás lo importante es comunicar mejor dos o tres cosas simples. De esas tan simples que hasta un niño pueda entender. Creo que es posible explicarle a un niño con edad > a un dígito cuál es el problema de regalar (o vender a precios por debajo de los costos) mercadería. ¿Qué pasa cuando se acaba? ¿Cómo se repone? ¿Qué empresa comprará un microondas para estar obligada a venderlo luego a un precio que no compensa todos los costos y riesgos involucrados? Se lo expliqué una vez a una niña de 10, y creo que lo entendió.

Para ser franco, esta sorpresa mía se extiende hacia atrás en la historia a buena parte del siglo XX. ¿Cómo pudo creer tanta gente en el sistema socialista? ¿Qué clase de modelo de ser humano tenían en la cabeza? ¿Quién iba a trabajar y por qué en ausencia de incentivos? Porque no es que el poder de los incentivos se descubrió en el siglo XX. Recodemos al gran Adán: “No es la benevolencia del carnicero o del panadero la que los lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses…”. Eso fue escrito en el año del señor de 1776.

El Loco Guevara por lo menos era consciente de este problema, y creía que la cosa podía funcionar solamente si aparecía “el hombre nuevo socialista, un individuo fuertemente movido por una ética personal que lo impulsa a la solidaridad y el bien común sin necesidad de incentivos materiales para ello. En este sentido, el Che Guevara otorgaba un valor central al trabajo voluntario al que veía como la actividad fundamental…”. Casi te diría que la del Loco Guevara al menos era una concepción que lidiaba con el problema de los incentivos. Naive, quizá, pero al menos se daba cuenta de que había un temita ahí.

Quizás el Loco Maduro comparte la visión guevarista y en Venezuela se vuelven todos Hombres Nuevos: los empresarios empiezan a producir pensando en el bien común y no en sus ganancias, los trabajadores se esfuerzan por el bienestar de la revolución. Debo confesar, viendo las colas de gente haciendo un gran esfuerzo personal por conseguir primero (antes que los demás) un reproductor MP3 que mi primera impresión es que no. Ojalá me equivoque. Adoro cuando me sorprende la generosidad de mi propia especie. No me pasa nunca.