Un malentendido llamado Bitcoin

Apuntamos en otras oportunidades qué nos gustaba de Bitcoin, la moneda virtual, y qué no. Uno de los méritos es ser una moneda no estatal, menos proclive a las manipulaciones de los gobiernos. Otro, su carácter electrónico (que, en realidad, puede existir en cualquier otra moneda).

Las desventajas: (1) lo innecesario que es hacer trabajar a los “mineros”. Por sorteo podría conseguirse la misma emisión monetaria que con muchas computadoras gastando electricidad; (2) al tener la oferta monetaria fija, cualquier cambio en la demanda por bitcoin se refleja en cambios en los precios, lo que la hace intrínsecamente inestable. Una moneda de precio muy inestable no sirve como moneda. Sirve como timba.

Leemos hoy: “Comer y viajar en el país con bitcoin en el bolsillo“. Se habla de un “furor” que consistiría en “100.000 transacciones diarias a nivel mundial” y “8000 usuarios en el país”. Por supuesto, ambas cifras son infinitesimales. Si una persona hace 10 transacciones económicas en un día, 100.000 mundiales equivale a 10.000 personas *en el mundo* pagando todas sus transacciones en Bitcoin. Es decir: un 0,00013% de la población mundial. Pero más allá de esta publicidad engañosa, la nota me hizo advertir un tercer defecto de bitcoin: una unidad vale demasiado.

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Educación y desigualdad

En las últimas décadas del siglo XX hubo un aumento del “skill premium” en el mundo desarrollado: una brecha cada vez mayor entre trabajadores calificados y no calificados. Una de las explicaciones de ese fenómeno era tecnológica: mientras que las nuevas tecnologías mejoraban la productividad y por ende los salarios de los trabajadores más educados, el reemplazo de tareas manuales por máquinas reducía la demanda por trabajadores con menor educación. Por los dos motivos, la brecha de ingresos crecía.

Comenta Krugman citando este paper que esa tendencia está cambiando, tanto por motivos de demanda como de oferta. Algunas tareas “calificadas” también pueden ser reemplazadas por tecnologías (¿periodistas?; ¿contadores?) y además cada vez hay más gente educada: crece la oferta de habilidades, baja su demanda, el premio a la educación va cayendo. Y algunas tareas no calificadas son difíciles de reemplazar; como dice Krugman, “siempre vamos a necesitar mucamas y jardineros”.

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Redes para todos

Cuando discutíamos hace unos años la Ley de Medios, decíamos:

(En mi mundo ideal, el cableoperador sería sólo el dueño del hardware cableril y estaría obligado a alquilar el uso de esos cables a diversos proveedores de paquetes de canales compitiendo entre sí; no sé si es factible tecnológicamente).

Aparentemente, las nuevas regulaciones del gobierno implican aproximadamente eso: cualquier dueño de redes (“proveedores de servicios públicos”) puede dar contenidos; pero también tiene que estar dispuesto a ceder su red para que la usen terceros. En parte, como reflexionaba Lousteau el otro día respecto al kirchnerismo en general: “tiene segundas intenciones. Una parte de la sociedad mira las segundas intenciones y otra mira sólo las batallas…Puso el dedo sobre muchas cosas importantes, pero como ese dedo viene siempre sucio de otras intenciones, infecta lo que toca.” En este caso, obviamente, las sucias intenciones pueden ser perjudicar la situación competitiva de Cablevisión.

Anoche Lanata se quejaba por la obligación que tendrán los dueños de redes de proveer su servicio de transporte a terceros. Decía algo así como: “si cualquiera puede brindar contenidos sin poner la red, ¿qué incentivos va a haber para invertir en redes?”. La respuesta obvia es: el incentivo es que podés alquilar el uso de esas redes. Es más: quizás sería más razonable, para evitar conflictos de interés, que -como sostenía en el párrafo citado más arriba- el dueño de la red sea una empresa y los proveedores de contenidos sean otros. Claro que las tarifas de alquiler deberían regularse. Una red tiene características de “monopolio natural”, o al menos oligopolio: una vez que hay una construida, hay pocos incentivos para poner otra al lado. Librado a su propio arbitrio, el dueño de la red puede aprovechar su poder monopólico.

Fíjense lo que está haciendo Peña Nieto en México para el caso de una red de banda ancha:

Según el plan de reforma de Peña Nieto, la nueva red sería administrada como un “operador de operadores” independiente, y estaría disponible para cualquier proveedor de servicios móviles interesado, a costos regulados y no discriminatorios. El gobierno espera que eso se traduzca en precios más bajos en el servicio celular para los consumidores, y que anime a los proveedores a ingresar al mercado para ofrecer servicios de telefonía, Internet y datos en aparatos móviles.

“La idea es construir una nueva Telcel desde cero”, dijo José Ignacio Peralta, subsecretario de Comunicaciones de México. Potencialmente, la red podría ser usada por cientos de proveedores de servicios móviles, pero su operador tendría prohibido brindar servicios directamente a los consumidores para evitar cualquier conflicto de interés.

¿Qué le pasa a bitcoin?

Como moneda no le teníamos fe tampoco cuando subía. Sí, podía ser un activo rentable (como comprarte un bono indexado antes del 3,7% ponele) pero de gran inestabilidad. Y ahora la inestabilidad muestra su cara mala: Bitcoin baja. Está a la mitad de lo que estaba hace unos meses. Es decir: perdió más terreno incluso que el peso argentino, una de las dos o tres peores monedas del planeta:

Pero eso no es todo. Igual que el peso argentino, ya no hay un solo precio para el bitcoin. La moneda virtual se negocia en diferentes páginas web; hay una que fue víctima de un ataque (Mt Gox) donde bitcoin llegó a valer la mitad de lo que vale en otros lados, unos 300 dólares. Entonces: después de ponerse de moda, se desvalorizó más que la moneda argentina y ahora además tiene una enorme brecha cambiaria.

Una mala moneda. Llegó la hora de que Google saque la suya. Si yo fuera ellos, haría una canasta tipo la que proponía Cavallo. Sacaría la Goollar (el signito sería una G con dos palitos horizontales) cuyo valor fuera medio dólar más medio euro. Éxito instantáneo.

La Corte necesita un economista

¿A los jueces de la Corte les enseñan Law and Economics (a veces llamado aquí “Análisis económico del derecho”), ese entrecruzamiento entre la economía y el derecho que estudia las consecuencias de las leyes y los dictámenes judiciales? No parece. Acaban de rechazar un recurso de Mercadolibre contra una condena que obligaba a la página de compraventa de rodados, celulares, hornos ahumadores y afines a pagar 40.000 pesos porque unos muñecos compraron entradas para un recital de Cerati y resultó que eran falsas.

Corríjanme los especialistas, pero la mejor ley en este caso sería la que obligara a verificar la información sobre los productos vendidos a la parte que puede hacerlo a un menor costo.

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¿Velocípedos caros para todos?

Que la primera medida del nuevo equipo económico sea un proyecto de ley que incluye la palabra “velocípedos” no me parece promisorio. Velocípedo

es un término global para cualquier vehículo terrestre de propulsión humana con una o más ruedas. El tipo más común de velocípedo hoy es la bicicleta. El término fue acuñado por el francés Nicéphore Niépce en 1818 para describir su versión de los Laufmaschine, que fue inventado por el alemán Karl Draisen 1817. Sin embargo, el término «velocípedo» hoy en día, se utiliza principalmente como un término colectivo para los precursores de las diferentes monorruedas, la bicicleta, el triciclo y el cuatriciclo desarrollado entre 1817 y 1880.1

En realidad hay mil motivos para poner impuestos a los autos, e incluso con degradés según las características. Esos monstruos de transporte individual que ocupan más espacio público y suelen ser un intento por compensar la pequeñez de otros atributos de sus dueños deberían tener impuestos más altos; también los que consumen más combustible por la misma cantidad de kilómetros, porque (1) imponen costos a los demás por la vía de una mayor contaminación (2) el combustible está subsidiado, y me parece bastante ridículo que subsidiemos a gente que se compra autos de mayor consumo, habitualmente más caros.

Son discusiones típicas e importantes de la microeconomía; en Estados Unidos una medida así tendría unos 148 posts de discusión. Acá la macro se lo come todo. Lo único que vi fue un análisis de Andrés Chambouleyron, que sostiene que el impuesto a los autos “de lujo” acabará impactando también en modelos no afectados por el impuesto. Es un típico argumento sobre bienes sustitutos: si suben los precios de los modelos con precios mayores a $170.000, aumentará la demanda de sustitutos no alcanzados por el impuesto: los autos con precios cercanos pero menores a $170.000. Esa demanda aumentará el precio de estos modelo. El autor incluso dice que el precio *relativo* entre ambos modelos se mantendrá inalterado: si el de 170.000 pasa, con un recargo adicional de 50%, a 170.000 x 1,5 = 255.000, entonces el precio de un auto de 160.000 terminará también un 50% más alto.

Too clever. No podría estar más en desacuerdo. En bienes industriales, mucho más si tiene insumos que pueden importarse a precio aproximadamente fijo, las curvas de oferta no son verticales. Es muy probable que sean algo parecido a horizontales: más insumos pueden comprarse a precio fijo; y el precio del trabajo es también relativamente fijo (mucho más si está quedando sin trabajo en el sector automotriz gente dedicada a modelos mayores a 170.000). Por lo tanto: sí, aumentará la demanda de modelos menores a 170.000; pero mi pronóstico es que aumentará muchísimo la brecha entre el auto caro y el auto barato.

Lo bueno es que será muy fácil de verificar. Por ejemplo: en una concesionaria de Vicente López el Ford Focus S más barato cuesta 148.000; y el Nuevo Focus Titanium más caro cuesta 215.000. El precio relativo, antes de impuestos, es 215/148=1,45. Yo digo que, luego del impuesto, el precio relativo *antes de impuestos* no debería cambiar demasiado; y por lo tanto el precio relativo post-impuestos, sí. Por lo tanto –en mi pronóstico– van a cambiar mucho las cantidades: se van a vender mucho menos Titanium, casi ninguno, y mucho más “comunes”. En tres meses me fijo.

Bitcoin, o el error de Milton Friedman

Uno se pierde leyendo la entrada de Wikipedia de “bitcoin“. En particular, parece bastante difícil entender cómo diablos se consigue un bitcoin, la moneda virtual, salvo que hay computadoras y esfuerzo involucrados.

Bitcoin tiene una ventaja y dos desventajas. Auguro irresponsablemente su fracaso porque dos es mayor que uno.

La ventaja (hay aquí un fuerte pronunciamiento ideológico) es que es un intento por quitar el señoreaje de manos del Estado y dárselo a la comunidad. El señoreaje es la ganancia que obtiene el Estado por poder imprimir papelitos de colores y comprar cosas con ellos. Si todos usáramos, en cambio, una moneda que fabricáramos nosotros mismos, todos participaríamos directamente del benficio económico de emitir esa moneda. Por supuesto, no sería posible que cada uno emitiera su propia moneda. Pero si todos nos pusiéramos de acuerdo y dijéramos: “desde ahora se prohibe emitir pesos. Toda la moneda adicional será el pesín (homenaje al difunto CEDIN) y a cada argentino se le entregarán, cada año, 2000 pesines” estaríamos emitiendo más o menos lo que se emite ahora (80.000 millones de pesos anuales) pero la diferencia sería que el beneficio no se lo estaría quedando el Estado sino los privados. (Por supuesto, parte de ese beneficio sería compensado por la inflación que generaría esa emisión).

Hasta ahí, el bitcoin va bien: es una moneda cuyos primeros tenedores no son los amigos del vicepresidente sino los “mineros”, los que hacen cosas raras con la computadora gracias a lo cual obtienen un premio llamado bitcoin. Pero he ahí la primera desventaja del bitcoin: ¿a quién se le ocurrió la tonta idea de que haya que esforzarse para conseguirla? Por supuesto, lo hicieron porque si se consiguiera sin esfuerzo todos obtendrían muchos bitcoins, y habría inflación. ¿O no? ¡No! Podría distribuirse cada tanto una cantidad predefinida, con algún otro criterio. Por ejemplo, por sorteo. Cero esfuerzo, misma cantidad de bitcoins. O regalándole bitcoins a los argentinos el 9 de julio, a los yanquis el 4 de julio, y así sucesivamente O, más fácil: darle un cachitito muy chiquito de bitcoins a *todos* los que se anotaran en una lista. Mismo beneficio (la emisión), cero esfuerzo ¡Ah, la ética del trabajo, qué desgracia de la humanidad!

Por supuesto que para que la gente se anotara habría que hacerle creer que los bitcoins tendrían valor, pero por ejemplo ahora, que ya lo tienen: ¿por qué no pasar directamente al sistema de sorteo? ¿Para qué tener computadoras o gente trabajando para conseguir algo cuyo valor depende de cuánta demanda tiene, pero no de cómo se produjo? Misterio.

Segunda y más obvia desvenaja de bitcoin: la política monetaria. La cantidad de bitcoins no tiene una asociación directa con la cantidad de trabajo: no es que si todo el mundo quiere fabricar bitcoins sube más el número de bitcoins; el “salario” de los mineros, por lo que tengo entendido, tiene que ver con la relación entre cuánto esfuerzo hay por fabricar bitcoins en el mundo en un determinado lapso y cuánto se estipula que aumente la cantidad de bitcoins. El sendero de cantidad de los bitcoins está prefijado, hasta llegar a un máximo de 21 millones de bitcoins en el año 2140.

Esto es, desde luego, una pésima política monetaria. Fijar un sendero de cantidad para los bitcoins implica que, en cada momento, la oferta de bitcoins es fija. Por lo tanto, las fluctuaciones en la demanda por bitcoins se traducirán en variaciones de precios. Esa es una diferencia muy grande respecto a las monedas estatales: si todo el mundo se quiere sacar reales de encima, por ejemplo, el Banco Central brasileño puede decidir absorber esos reales sobrantes para evitar una gran desvalorización. Y al revés: si hay una Moda Brasil, y todos quieren reales, el Banco Central emite aAquí no: todos los movimientos de demanda se reflejan en movimientos en los precios.

No es sorprendente que, siendo así, el bitcoin haya flucturado mucho de precio. Gran aumento cuando se puso de moda, pero hoy está a la mitad de precio que en su máximo. Sí: en los últimos dos meses el bitcoin se debilitó incluso más que el peso argentino:

Obviamente una moneda que fluctúa tanto es una mala moneda: ¿quién va a publicar sus patas de rana usadas en Mercadolibre en bitcoins, si no tiene la menor idea de cuánto valdrán cuando concrete la venta?

Sin autoridad monetaria, es difícil resolver este problema de acomodar la oferta de dinero a la demanda para que el precio no fluctúe tanto. Sí lo podría hacer un Big Player, como Google. Por ejemplo, cada tanto regalar Gcoins a todos los que usan gmail y tener un fondo de reserva para que, en caso de caída de la demanda por Gcoins, sostener su precio. El Gcoin podría valer, por ejemplo, como cierta combinación de dólares, euros, yenes y yuanes. Ahora que pienso, sería una gran idea.

 

Discriminación en el fútbol, gran idea

No, no me refiero a los que le gritan cosas a los Ballotellis de este mundo. Me refiero a la idea del gobierno de cobrar por las versiones premium (HD) de Fútbol Para Todos. En la jerga de economistas, discriminación de precios: gratis para el pueblo, pago para el que está dispuesto a pagar por una versión de mayor calidad. Apurémonos a aclarar: si es cierto que estará disponible para todos los sistemas de TV paga *salvo* Cablevisión, ahí sí hay una horrible discriminación. Y, supongo, no tengo que aclarar que estamos en contra de los entretiempos goebbelsianos a los que nos someten.

Pero la idea general de cobrar gratis a algunos, porque no tiene costos que más gente vea el fútbol, y financiar los gastos fijos de producir Fútbol Para Todos con los pagos de los que lo ven por HD, combina los criterios de eficiencia (no tiene sentido que se quede gente sin ver fútbol cuando no tiene costo adicionar proveerlo) con equidad (en lugar de financiar el FPT con impuestos generales o emisión monetaria –otro impuesto general, el inflacionario–) que lo paguen los que lo usan.

No que le importe a nadie, pero desde el comienzo de Fútbol Para Todos venimos proponiendo algo similar: gratis para el que quiera, pago para el que quiera. Exhibit One, 12 de agosto de 2009:

Siempre está la posibilidad de una fórmula mixta, el famoso “monopolio discriminador”. Tratar de cobrarle a cada uno lo que puede pagar. Podría ser, imperfectamente, por geografía: en capital, primer cordón, zona norte, los barrios privados y las zonas pitucas de ciudades del interior, fútbol codificado. Salvás una buena parte de los ingresos. En el resto de país, gratis y con publicidad. Pueden verlo muchos de quienes no pueden pagar. O podría discriminarse por calidad: el gratuito con una sola cámara, sin repeticiones y con relatores y comentaristas de canal 7 (o Alejandro Fabbri); el pago, con Closs, JPV y toda la tecnología.

 Exhibit Two, 29 de junio de 2012:

¿Es razonable que exista un monopolio del fútbol, que maximice ingresos, cobrando a una minoría que lo contratará y dejando sin una pequeña felicidad dominguera a gente que no costaría nada, literalmente, proveerle el servicio? La respuesta seguirá siendo no.  ¿No sería mejor encontrar una manera de financiar colectivamente (con publicidad o con “impuestos a la TV cable” o con lo que fuera) ese costo y que puedan ver fútbol todos aquellos que lo valoran más que lo que cuesta? La respuesta seguirá siendo sí.

Jugar con fuego

Ni siquiera puedo empezar a entender cómo existe un debate acerca de la legalidad de que los ciudadanos porten armas. Soy bastante fundamentalista a favor de la prohibición. Intentaré atacar los dos principales tipos de argumentos a favor de cierto derecho para la portación de armas. Un tipo de argumento es principista; el otro, consecuencialista.

El principista parte de una idea liberal: la fabricación, venta y tenencia de armas son transacciones entre adultos conscientes que, en principio, no dañan a terceros. Por lo tanto, el Estado no tiene por qué meterse a regular. Claro que la parte de “no dañan” es la más problemática: las armas no dañan si no se usan; si se usan, dañan. Se podrá decir: “Pero entonces hay que castigar al que las usa, no al que las tiene”. Sería como permitir en el fútbol jugar con tapones en forma de clavos: sólo dañan si es foul, pero no vale hacer foul. Y no sólo tapones en forma de clavos: alfileres en los bolsillos, como usaba la camada de Carlos Salvador Bilardo para pinchar a rivales en el momento de saltar en el área. No: no vale llevar alfileres a la cancha porque su único uso imaginable es dañar.

Quizás una manera más sencilla de refutar esta versión principista es preguntarnos si vale la tenencia de armas atómicas. No creo que nadie lo sostenga. De modo que el argumento tiene que ser más refinado [EX-POST: me dicen en los comments que la diferencia es que es *imposible* usar armas atómicas sin cometer un delito, mientras que con armas convencionales es posible: como defensa propia y sin dañar a terceros. Buen punto, creo que me retracto de la comparación].

El argumento principista más refinado es que los ciudadanos deben tener derecho a portar armas para defenderse de una eventual tiranía. Tengo dos problemas con esa defensa de la portación de armas. Primero: ¿tiranía según quién? En la Argentina de 1973-1974 –al cabo, una democracia– había gente que portaba armas y consideraba que estábamos en algo así como una tiranía (lo decían con otras palabras: un gobierno que en el fondo seguía representando la dictadura del capital, o algo así). No fue muy beneficioso para el país. Segundo: si una gran cantidad de ciudadanos considera que se vive una tiranía, estará dispuesta a violar la ley (no sólo la de portar armas) para combatir contra ese Estado tirano. No me convence.

Me parece más interesante, aunque tampoco la comparta, la argumentación consecuencialista — la portación de armas como manera de defenderse ante la violencia de los otros. Claro que aquí enfrentamos diferentes escenarios: (a) la potencial víctima tiene armas y el criminal no (b) el criminal tiene armas y la potencial víctima no (c) los dos tienen armas (d) ninguno tiene armas. Creo que no hay dudas de que la opción (d) minimiza la violencia. Supongo que quienes creemos en la prohibición absoluta de la tenencia no policial de armas de fuego consideramos que es posible acercarse a la posición (d). Quienes defienden la portación posiblemente imaginan que es imposible (d), y que la prohibición conduciría más bien a un escenario tipo (b): los delincuentes tienen armas, las víctimas no.

Confieso que tiendo a ser un poco naive y creer que un buen Estado puede hacer más cosas que las que de hecho hace, al menos en la Argentina. Por ejemplo, retirar armas de mercado con buenos sistemas de recompra y un control férreo sobre importaciones y producción.

Pero incluso si no fuera totalmente exitoso, y si la prohibición pesara más sobre los usuarios defensivos de armas que sobre los usuarios ofensivos (naturalmente menos proclives a cumplir la ley), no me queda claro que la cantidad de muertes en un escenario parecido a (b), en que sólo los delincuentes tienen armas, sea mayor que en el escanario (c) en el que los dos tienen armas. Habría que comparar estadísticas de muertes en robos a mano armada con respuesta de armas de fuego (caso (b)) y sin ella (caso (c)). Mi intuición es que con los dos armados mueren no sólo más delincuentes sino también más víctimas de delito. Pero no lo sé. ¿Hay data?

Algunas preguntas sobre la Ley de Medios

Derecho a las preguntas:

1) ¿Tiene sentido que DirecTV pueda transmitir a todo el país pero ningún cableoperador pueda hacerlo? Entiendo el argumento legal: “uno es satélite, otro es cable, a uno le damos una sola licencia nacional, a otro le exigimos una licencia por localidad”. OK, pero ¿cuál es la lógica económica?

2) La destrucción de Cablevisión es inevitable, no sólo por incompatibilidades con otras licencias del Grupo del Mal sino también por el máximo de 24 licencias. Recordemos que los distritos del país estarán divididos de manera que se necesitarían centenas de licencias (no pude googlear cuántas) para una cobertura nacional. De modo que el gran “monopolio” del cable no será reemplazado por un gran mercado nacional competitivo, sino por muchos pequeños monopolios locales. Obviamente, habrá muchos problemas de escala en esos proveedores. En muchos casos, la provisión de servicios de cable será anti-económica, salvo que el cableoperador feudal reciba cuantiosos subsidios. Pregunto: ¿subsidios de quién y a cambio de qué? ¿O aceptaremos que algunos distritos no tengan servicio de cable, o que lo tengan en condiciones de calidad inferiores a distritos más poblados y con mayor escala?

3) Sería lógico que Cablevisión y otros proveedores con características de semi-monopolios naturales tuvieran regulación, tanto de precios como de obligaciones de incorporar (con algún criterio lógico) canales en su grilla. (En mi mundo ideal, el cableoperador sería sólo el dueño del hardware cableril y estaría obligado a alquilar el uso de esos cables a diversos proveedores de paquetes de canales compitiendo entre sí; no sé si es factible tecnológicamente). Ahora bien, la destrucción lisa y llana de empresas de cable de alcance nacional obviamente las deja en desventaja frente a (i) la televisión satelital y (ii) la provisión de televisión vía internet, que más temprano que tarde se extenderá. Evidentemente los feudocables no podrán ser un actor relevante en esta competencia. ¿Por qué queremos evitar esa competencia? Más aun: ¿por qué, en lugar de hacer todo esto, no optamos por destruir al Grupo del Mal permitiendo a las telefónicas dar señal de TV? ¿Por qué no quisimos tres actores compitiendo (satélite, cable y telefónicas) por un mismo servicio (dar tele) y en lugar de ello nos quedamos con un actor pleno en el presente -DirecTV- un actor minimizado -los feudocables- y un actor eventual -las telefónicas proveyendo vía Speedy o Arnet servicios de televisión?

Se agradecen respuestas en los comentarios.