Sobre la “E” de CONICET

Amanecí de derechas, hoy.

¿Por qué en Estados Unidos la gente que investiga (al menos en ciencias sociales) está en las universidades, en cambio en la Argentina no necesariamente? Paul Krugman (hoy quizás el intelectual más influyente en ciencias sociales) acaba de enseñar su semestre 76. Es muy difícil medir el impacto de la investigación en ciencias sociales. Yo lo desconozco. No sé quién lo podría juzgar. Hay Premios Nobel (Krugman es un ejemplo) que dicen que lo que hacen otros Premio Nobel (varios) está todo mal y no sirve para nada, y viceversa. Quizás tiene razón Krugman. Quizás los otros tienen razón. Quizás ambos tienen razón. Quizás ninguno tiene razón.

Dadas estas incertidumbres, ¿no sería más lógico que a la gente que investiga en ciencias sociales se le obligue a enseñar, como parte de sus deberes?

Seguir leyendo

Cuando la ley es literatura fantástica

Tengo al siguiente teoría: en nuestro país hay un círculo vicioso de incumplimento de la ley. Funciona así: como cumplimos poco las leyes, los legisladores las pueden hacer de cumplimiento muy difícil, total mucha gente no la cumplirá; y como las leyes son exigentes en exceso, se cumplen poco.

Ejemplos sobran: tasas impositivas altas generan más evasión; por lo tanto, hay que subir las tasas impositivas para recaduar lo necesario; por lo tanto, hay más evasión. Los límites de velocidad a veces son bastante ridículos, incluso en las calles internas de los countries. Todos sabemos que si le errás “por un poco”, no serás castigados. Entonces hay que poner las velocidades máximas muy bajas.

Por supuesto, el equilibrio de “incumplimiento de las leyes” (leyes sobre-exigentes que no se cumplen) es peor que el equilibrio con cumplimiento. En primer lugar porque es más justo que no queden como unos boludos los que cumplen. En segundo lugar, porque la ley sobre-exigente (la tasa impositiva alta, por ejemplo) nos aleja de la calidad: las inversiones que quieren cumplir con la ley se enfrentan a tasas más alta. Tecero: al instalarse la cultura de incumplimiento a la ley, incluso leyes buenas caen en la volada.

Con las leyes de empleo ocurre igual.

Seguir leyendo

La era K privatizó la educación superior

Al colega cientista social Javier Zelaznik le gusta argumentar con gráficos. Acá va la evolución de ingresantes a universidades públicas y privadas durante la pasada década:

No más preguntas, su Señoría.

Ingenieros, no; ingeniero, quizás

Aproximadamente en el séptimo tercio de su discurso (ah, no: si hay tercios son tres, si hay quintiles son cinco) dijo la Presidenta:

Por primera vez, en la UBA, tenemos más inscriptos en ingeniería que en carreras sociales…Hay más ingenieros porque estamos dedicando más de 50 millones de pesos en becas exclusivas para ingenieros…Por eso, por el modelo, es que tenemos más ingenieros

Hace pocos días había titulado este diario: “Por primera vez habrá más inscriptos en la Facultad de Ingeniería que en la de Sociales”. El colega cientista social Javier Zelaznik me acerca el siguiente gráfico:

¿Hace falta explicarlo? Creo que lo entienden los de sociales y los de ingeniería.

Verón tiene razón

Verón: “El Gobierno podría invertir lo que gasta en el FPT en colegios y hospitales“.

Siempre defendimos el fútbol gratis. Por “gratis” entiendo lo siguiente: no tenés que elegir entre (a) darle un monto de dinero a alguien para tenerlo y (b) no dárselo para no tenerlo. Por supuesto, si lo ven todos alguien lo paga. Si la AFA va a recibir algo, alguien va a pagar algo. Y si “gratis” quiere decir “alguien transfiere un dinero a otro alguien”, nunca es gratis. Pero no seamos medievales. Borges decía “todos somos nominalistas ahora”, pero creo que era optimista. La gente sigue teniendo discusiones por querer aferrarse a definiciones.

 ¿Por qué creo que eso es mejor algún tipo de “fútbol gratis”, en el sentido en que lo definí, que libertad de los empresarios para hacer lo que quieran? Porque, si hacen lo que quieren, quizás les conviene ejercer un poder monopólico: que el fútbol se pague por separado, sea muy caro y lo vean pocos. Un gran derroche social, como explicaba acá con curvitas y todo. Se deja a una enorme proporción de la población sin ver fútbol cuando el *costo adicional* de que lo vean es exactamente cero.
¿Cómo debe financiarse el fútbol? Mi visión es: publicidad + cargo obligado a los abonados de televisión paga. Hagamos una pequeña cuenta. Hay 11 millones de hogares abonados a algún tipo de TV paga. El Presupuesto 2015 planea un gasto de $1600 millones en Fútbol para Todos. De modo que, con aumentar el abono a TV paga (todos los abonos) $12 pesos mensuales alcanzaría para cubrirlo. La regulación es muy simple: se obliga a todos los servicios de TV paga a pasar el fútbol; como las tarifas de TV paga están reguladas, se admite un aumento de esos $12 pesos, además del ajuste que se negocie por inflación. Al mismo tiempo, la TV por aire pasa el fútbol, de modo que realmente es para todos.

Si se cede la publicidad de los entretiempos a los emisores, entonces estarán dispuestos a pagar más que esos $12 por abonado, porque además podrán vender publicidad. Más dinero para la AFA; o, alternativamente, con un aumento del abono menor a $10 por mes puede financiarse el fútbol.

Dirá el intelectual anti-fútbol, dirá la señora que prefiere mirar Utilísima: ¿pero por qué tengo que pagarle el fútbol a los demás, si no lo veo? Respondo: ¿y por qué yo tengo que pagarte Utilísima o ese canal habitualmente mudo llamado Europa-Europa?

El capitalismo es persistente

En el post anterior me quejaba de los descuentos, especialmente aquellos del tipo: “Hasta X% de descuento”. Google es omnipotente. Los robots se vuelven en nuestra contra, cuidado. Miren cómo se veía ese post hace un rato (prestar atención al ángulo inferior derecho):

¡Basta de descuentos!

 ¿Se ve el “hasta” arriba del signo menos? ¡Chantas!

Qué estrés los descuentos. Llegás a la caja del supermercado y “hoy con Comunidad Coto 15%, débito Santander 17,5% y crédito Banco de Calamuchita 21,8%”. Logran transmitirte la infelicidad de que estás gastando de más. Te ponés de mal humor. Tu mujer te dice: “te dije que sacáramos esa promo que había para la tarjeta del Calamuchita”. Se echa todo a perder.

Y, claro: un descuento no es un descuento no es un descuento.

Alguien lo paga, ¿o no? Si no dieran todos esos descuentos, podrían cobrar un poco menos. Banco Galicia te da todos sus beneficios que disfrutan los oligofrénicos de la propaganda de Quiero! pero te lo cobra por otro lado. Los “descuentos” son una vil publicidad, porque Banco Galicia sabe que si compite por precio ni te enterás. Si te muestra en cambio a Marcos y Claudia en un crucero, creés que pertenecer tiene sus privilegios. Ah, esa era otra. Y obviamente no es indiferente que te den algo por un lado y te lo saquen por otro. Hasta ahí sería un empate. Pero no: está la pérdida que tenés por dedicar horas y estrés a ver si comprar tal día, en tal lugar, con tal tarjeta. Una tortura.

En total, ¿estamos mejor? ¿Qué tal si prohibimos todo tipo de descuentos?

Me atrae la idea, pero sé que está mal. Algunos de los descuentos (que no la mayoría) tienen un sentido: cobrar menos cuando hay menos demanda, o cuando hay más oferta. Es lógico que te cobren menos por ir a un restaurant un lunes que un viernes y queda feo decir “te subo el precio el viernes”. Te lo bajo el lunes.

OK: prohibamos entonces todos los descuentos salvo los que tengan que ver con ciertos días y horarios. Pero nada más. Nada de “Club La Nación” (perdón, empleadores). Es un truco. Te la cobran por otro lado.

¿Convencido? Tampoco. Hay descuentos que tienen otra función, ya más polémica: la discriminación de precios. Así como el cine le cobra menos a jubilados (algunos de los cuales no irían a “precio pleno”) también los “descuentistas” son gente, en general, con menor capacidad de pago. Los ricos no están en Comunidad Coto. Aunque compren en Coto. Si el cine cobra a todos por igual al final quedan butacas vacías. Si le cobra un poco más a Fariña y un poco menos al cartonero Báez la sala se llena. Todos estamos un poquito mejor si aquellas empresas que tienen un cierto poder para definir su precio  (no lo tiene, por ejemplo, quien vende trigo) discriminan entre ricos y menos ricos. Incluso si para saber a quién favorecer usan el horrible -me puse de mal humor- truco de identificar al menos rico con el descuentista. Imperfecto, es cierto, pero es lo que hay.

Uno de los problemas en políticas públicas, a izquierda y derecha, es que llegado este punto nos da fiaca pensar. La derecha dirá: “eh, parala con el intervencionismo, a la larga es peor” aunque le demuestres con claridad que muchos de los descuentos son una pérdida de bienestar. O que las transmisiones de fútbol sin costo directo para el televidente mejoran el bienestar. Y la izquierda, ante la duda, sigue dudando. Duda porque perdió la Guerra Fría y desde entonces perdió un poco el criterio propio, no tiene un modelo de bienestar, sólo modera un poco lo que hace la derecha. Sólo se declara “estatista”, sin saber si quiere que la tierra sea pública y los casinos y el petróleo privados, todo lo contrario o nada de eso.

Pero acá somos “líberals” en el sentido americano del siglo XX. JohnStuartMillianos. Hacemos cálculos (vagos, imprecisos, seguramente errados) de ganancias y pérdidas. Y a mí la cuenta de ganancias y pérdidas me da lo siguiente: muchos de estos descuentos empeoran el bienestar de la sociedad. Por lo pronto, todos lo que implique “fidelización”. Lo que menos necesitamos en el capitalismo es la “fidelización”. Lo que más mejora al capitalismo es que en cada transacción elijas lo mejor. Te conviene, claro. Pero además, das una señal: al abstenerte de comprarle, le arruinás un poquito el negocio al ineficiente y le mejorás un poquito el negocio al eficiente. Si lo hacemos todos, terminamos mejor.

¿Hay que castigar la comida chatarra?

Rafael Correa está a favor. Juan Cabandié también.

Yo también. O, mejor dicho: estoy a favor de que la política tributaria sesgue los precios a favor de la comida saludable y en contra de la que hace mal. “Impuestos” suena mal, porque se mezclan inevitablemente el afán por recaudar con el propósito de dar un empujoncito para que se coma mejor.

Pensémoslo de otra manera: subsidio a la comida saludable (por ejemplo, a través de tarjetas, en particular de la Asignación Universal por Hijo). Todo subsidio debe ser financiado, claro; seguramente un 0,1% de aumento en el IVA alcance para bajar el precio de la comida saludable. En términos netos, el Estado no estaría ni aumentando ni bajando los impuestos: da por un lado lo que quita por otro.

¿Por qué, siendo liberales, estamos a favor de un sesgo pro-comida saludable en la política tributaria? Al menos cuatro motivos:

Seguir leyendo

¿Medicare u Obamacare para la Argentina?

Hace mucho que proponemos un sistema de salud más en la línea con Obamacare que nuestro sistema público: provisión privada o estatal, financiamiento público para los que lo necesitan. En la Argentina la manera más fácil de ponerlo en marcha sería via obras sociales/prepagas. Obligación de contribuir a prepagas/obras sociales (que podrían ser una misma cosa) para los empleados en blanco; obra social/prepaga pagada por el Estado para los que no tienen un empleo o informales. Incluso: una de las obras sociales podría ser estatal, para los que piensan que el Estado administra mejor que los privados. En total, la plata que hoy se gasta en salud pública alcanzaría para darle prepaga a todos los no cubiertos.

Buena columna de Krugman hoy discutiendo entre dos alternativas posibles de provisión privada con financiamiento público:

(1) Obamacare, que ahora está empezando, aunque el software para elegir aseguradora está andando mal (“Apology for ‘Debacle’ With Health Website“);

(2) Medicare. Medicare es el sistema usado en USA para mayores de 65 y personas con discapacidad, que también es en esencia una posibilidad de financiamiento público y provisión privada. Esencialmente, vas al médico y Medicare te lo paga. Pero no hay, entre medio, una obra social o prepaga.

En otras palabras: la diferencia es que en Medicare hay una única aseguradora de salud que es el Estado; en Obamacare, las aseguradoras compiten entre sí. ¿Cuál es mejor, pensando en una reforma para nuestro país?

Una diferencia que Krugman no menciona es que Medicare implica más pagos del Estado; pasar a un Medicare para todos en un país como el nuestro implicaría que el Estado debería sumar a sus gastos todo el dinero que hoy el sector privado aporta directamente al sistema de salud. Una parte de eso se financia fácilmente cambiando el destino de los aportes obligatorios que hoy van a las obras sociales, que pasarían a dirigirse hacia el Estado; pero no podría recuperarse el dinero que va voluntariamente a las prepagas.

Creo de todos modos que el problema más importante de un Medicare Para Todos es que el Estado tiene menos incentivos a aprobar proveedores eficientes que los que tienen las obras sociales/prepagas. Obviamente la aseguradora (privada o estatal) debería autorizar o no a proveedores. Con un sistema realmente competitivo de prepagas (cosa que no tenemos hoy, pero es otro tema), hay incentivos para contención de costos: elegir médicos buenos, sí, porque forma parte de tu atractivo como prepaga; elegir médicos con ratio caro/bueno muy alto, no. Mi impresión es que en El País de los Troqueles eso sería un poco más complicado con aseguradora única estatal: no hay ningún incentivo (salvo el cuidado del Tesoso público, que no suele ser de gran intensidad) para que el Estado contenga costos.

O será, quizá, el instinto de economista: no nos gustan los monopolios.

Medellín, del cartel al teleférico

Buen par de días en Medellín, Colombia. La gran atracción turística de la ciudad, la que mostró Lanata alguna vez: el teleférico villero o “Metrocable

Imaginen una ladera de una montaña cubierta de vivienda informal, de unos 4 km de altura, con acceso muy difícil. El gobierno local decidió facilitarle la vida a los más pobres construyendo un cablecarril que recorre toda esa ladera, desde el punto más alto hasta la estación del metro — de paso: el metro es un “sobreterráneo” (porque es un subte elevado) de construcción muy reciente, y que ni el colombiofóbico autor colombiano Fernando Vallejo puede evitar admirar en El Desbarrancadero.

Además del Metrocable, los alcaldes de Medellín decidieron concentrar sus esfuerzos financieros en las zonas más pobres, construyendo por ejemplo complejos culturales que incluyen bibliotecas muy modernas de acceso libre, con especial énfasis en los niños.

La sensación (limitada, parcial, turística) es que un barrio pobre puede convertirse en un lugar muy lindo con bastante poco: sentido común, prioridad por los más pobres, revalorización del espacio público. Seguramente ayudan el clima eternamente primaveral de estos valles y el buen humor de sus gentes. Pero esta fue, también, la tierra de Pablo Escobar.

No puedo evitar preguntarme qué hemos hecho, mientras tanto, los gobiernos argentinos de todos los niveles –más ricos, con terrenos más fáciles, con recursos extraordinarios en la última década– en cuestiones como vivienda, transporte y gestión de cultura popular. No mucho que se me ocurra. Quizás el loco Sarmiento tenía razón cuando decía que había que tomarse el trabajo de construir la capital en Martín García (pedregosa, pequeña, de difícil acceso) para que los argentinos aprendiéramos que no alcanza con la buena suerte de tener una pampa pródiga para vivir bien.