Algunas preguntas sobre la Ley de Medios

Derecho a las preguntas:

1) ¿Tiene sentido que DirecTV pueda transmitir a todo el país pero ningún cableoperador pueda hacerlo? Entiendo el argumento legal: “uno es satélite, otro es cable, a uno le damos una sola licencia nacional, a otro le exigimos una licencia por localidad”. OK, pero ¿cuál es la lógica económica?

2) La destrucción de Cablevisión es inevitable, no sólo por incompatibilidades con otras licencias del Grupo del Mal sino también por el máximo de 24 licencias. Recordemos que los distritos del país estarán divididos de manera que se necesitarían centenas de licencias (no pude googlear cuántas) para una cobertura nacional. De modo que el gran “monopolio” del cable no será reemplazado por un gran mercado nacional competitivo, sino por muchos pequeños monopolios locales. Obviamente, habrá muchos problemas de escala en esos proveedores. En muchos casos, la provisión de servicios de cable será anti-económica, salvo que el cableoperador feudal reciba cuantiosos subsidios. Pregunto: ¿subsidios de quién y a cambio de qué? ¿O aceptaremos que algunos distritos no tengan servicio de cable, o que lo tengan en condiciones de calidad inferiores a distritos más poblados y con mayor escala?

3) Sería lógico que Cablevisión y otros proveedores con características de semi-monopolios naturales tuvieran regulación, tanto de precios como de obligaciones de incorporar (con algún criterio lógico) canales en su grilla. (En mi mundo ideal, el cableoperador sería sólo el dueño del hardware cableril y estaría obligado a alquilar el uso de esos cables a diversos proveedores de paquetes de canales compitiendo entre sí; no sé si es factible tecnológicamente). Ahora bien, la destrucción lisa y llana de empresas de cable de alcance nacional obviamente las deja en desventaja frente a (i) la televisión satelital y (ii) la provisión de televisión vía internet, que más temprano que tarde se extenderá. Evidentemente los feudocables no podrán ser un actor relevante en esta competencia. ¿Por qué queremos evitar esa competencia? Más aun: ¿por qué, en lugar de hacer todo esto, no optamos por destruir al Grupo del Mal permitiendo a las telefónicas dar señal de TV? ¿Por qué no quisimos tres actores compitiendo (satélite, cable y telefónicas) por un mismo servicio (dar tele) y en lugar de ello nos quedamos con un actor pleno en el presente -DirecTV- un actor minimizado -los feudocables- y un actor eventual -las telefónicas proveyendo vía Speedy o Arnet servicios de televisión?

Se agradecen respuestas en los comentarios.

Sarlo, una opinión rara

Beatrice dixit:

No se trata de hablar mal de estos votantes, sino, simplemente, de señalar que existen: a ellos la política no los convoca y puede llamarles la atención una novedad recién desembarcada de los medios. Este perfil de votante es el gran desafío de la política no solamente en la Argentina. Hoy favorecieron a Miguel del Sel, agradeciendo simpatía, “cariño”, “sencillez” y lenguaje de llaneza invencible.

Sarlo, partidaria de Binner, atribuye la buena elección de Del Sel a gente a quien no le interesa la política. Las motivaciones del voto son muy complejas, pero es un poco aventurado lanzar esa proposición sin mayores evidencias. Además: ¿está tan claro que, como regla general, los “políticos tradicionales” de la Argentina son preferibles a los no tradicionales? Evidentemente la aparición de Del Sel le quitó votos a Rossi (por una mera cuestión matemática); de modo que gente que habría votado a Rossi eligió a Del Sel. ¿Eso quiere decir que le interesa poco la política? ¿Es tan obvio que el político-cómico es peor que el político tradicional que defiende a un gobierno comprobadamente mentiroso y percibido ampliamente como corrupto?

Más aún: ¿qué diablos quiere decir “la política no los convoca”? ¿A qué proporción de la población la “convoca” la política, y en qué sentido de la palabra? ¿Al más de un tercio de votantes de Binner lo convoca la política? ¿Al 60% que votó a Perón en 1973 lo convocaba la política?

Es complejo. Habría que empezar a hilar más fino. No es obvia la relación entre el origen profesional de un político, su calidad y los votantes que ese político convoca. Hay políticos tradicionales que son literalmente criminales, y a cuyos votantes no les interesa ni los convoca la política; y hay políticos no tradicionales que pueden ser valiosos, y votados por gente a quien la política convoca e interesa.

Mucha gente, por ejemplo, incluso gente a quien le interesa la política, prefiere al mediático Carlos Reutemann antes que al político profesional Néstor Kirchner. Creo que yo también. Con perdón de Beatriz Sarlo.

El monstruo de Noruega y el Fin de la Historia

Escribo estas líneas desde un tren que traspasa el primer aguerito que se abrió en la Cortina de Hierro. Por aquí, por esta frontera de alambre electrificado que el gobierno de Hungría empezó a desmantelar el 2 de mayo de 1989, se escaparon hacia Austria alemanes del este con destino final en Alemania Occidental. En poco tiempo se producía el derrumbe más sorprendente, más inesparado y –para la magnitud de la hecatombe política– más pacífico de nuestra era.

Francis Fukuyama declaraba el Fin de la Historia: el tránsito del Este Europeo y la URSS hacia la democracia y el capitalismo era un paso grande en el camino a su triunfo universal. El combo de capitalismo –con un grado variable de regulación y redistribución estatal– y democracia era estable hacia adentro y hacia afuera. Hacia adentro porque lograba proveer una dosis por lo menos tolerable de bienestar y representación política. Hacia afuera porque las democracias no guerrean entre sí: ¿cuál fue la última guerra entre democracias auténticas? La expansión de la democracia y el capitalismo haría del mundo un lugar políticamente estable: uno sin revoluciones internas ni guerras externas.

Pero a los doce años tenía lugar el Fin del Fin de la Historia: otro derrumbe sorprendente, inesperado y para nada pacífico – el de las Torres Gemelas. Y desde entonces todos los mega y micro eventos que conocemos: las guerras norteamericanas en Afganistán e Irak; revoluciones en los países árabes; atentados terroristas en todas partes, Argentina incluida. La última encarnación del sueño fukuyamista hecho trizas: en el país próspero y democrático por excelencia –Noruega– un señor educado pone una bomba, se toma un ferry vestido de policía y en una isla turística reúne a un grupo de adolescentes con la excusa de interrogarlos, pero cuando están en racimo a su alrededor empieza a dispararles.

¿Qué se hizo del Fin de la Historia? Sigue vigente, más que nunca. El Fin de la Historia no es el final de los eventos. En la tesis de Fukuyama, sólo los países democráticos y capitalistas son estables; las autocracias –como las islámicas, o China– son inherentemente inestables. Fukuyama predecía en 1992 que estarían expuestas a revoluciones “desde abajo”, esto es, motivadas por quienes no tienen derechos políticos o económicos. En las democracias, en cambio, la voz de los excluidos puede escucharse en las urnas con giros electorales hacia la izquierda. En cuanto al terrorismo, la mayoría está relacionada a luchas nacionales (como Chechenia o Palestina) cuya definición es una precondición para que allí también triunfe la democracia capitalista.

¿Y el monstruo de Noruega? A riesgo de sonar como un exégeta de quien para muchos intelectuales ni siquiera es uno de ellos: Fukuyama enfatizaba en su libro que, aunque a las democracias capitalistas no las acechaba la amenaza de una revuelta “desde abajo y hacia la izquierda” de quienes querían participar de la prosperidad y del poder, sí corrían el peligro de inestabilidad “desde arriba y hacia la derecha” de quienes ven en esa marea participativa un desafío igualitarista a sus posiciones comparativamente privilegiadas. Hace poco tiempo la New Yorker detallaba las actividades de la English Defence League, un grupo de choque nacionalista en rápido crecimiento en Inglaterra. El ciclo económico del mundo desarrollado –relacionado en parte a problemas estructurales como la deuda y la evolución demográfica– no ayuda a apaciguar esta violencia de derechas.

Con todo, parece probable que las grandes mayorías de los países ricos prefieran, antes que cualquier inestabilidad, la defensa de un nivel de confort que, estancado o incluso decadente, sigue siendo apacible.

Mi candidato a mayor artista de la historia

Seguimos de viaje, New York – New York en dirección oeste. Vamos por acá (se puede apretar en los alfileres para ver algunas fotos) y mañana arrancamos con destino a Budapest:


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De a poco, llegando a la vieja Europa, la vida de viajero (cruzar en auto Estados Unidos, o Siberia en tren) se va convirtiendo en vida de turista. Sé lo mal que suena, pero créanme que caminar ciudades en verano con obligaciones turísticas puede llegar a ser un duro trabajo. La solución es sencilla y no muy cara: bicicletas. San Petersburgo fue tanto más amable en bici que caminando.

Otro dilema del turista es el de los museos: ¿hay que ir a los museos? Por momentos, el museo se me hace la cosa más aburrida del mundo: me abruman la cantidad de objetos, mi incapacidad para apreciarlos y procesarlos. Me siento tan perdido y asediado como en la Feria del Libro. En Moscú estuve en el de “Historia Contemporánea” y comprobé lo que uno comprueba en todos los museos políticos del mundo: los museólogos son más nacionalistas que ideológicos. Se hablaba de las purgas de Stalin, pero no demasiado. No era el genocida que fue, ni mucho menos. Era un líder de los rusos que cometió algunos errores.

Mi excusa para evitar todo museo ya la sabía, pero le encontré legitimidad en la última película de Woody Allen. La mayor obra de arte posible no es una pintura o una escultura, y ni siquiera un edificio: la mayor obra de arte posible es una ciudad. Una ciudad tiene todo para ser una obra de arte revolucionaria: el artista es colectivo; la obra está viva; los contextos históricos y geográficos van dejando su marca. Voilá.

¿Quién es el artista de una ciudad? En general es difícil identificarlo. Salvo en esta ciudad. Si hubo un Creador, nada se le parece más en esta tierra que Pedro el Grande, creador de Petrogrado, aka Leningrado, aka San Petersburgo. Vio un pantano y dijo: voy a construir aquí mi capital. Está todavía, en alguna parte de la ciudad, la cabaña en la que vivió cuando dirigió los primeros trabajos. Como Brasilia, como Washington DC, como nuestra La Plata, ciudades que nacieron de la cabeza de alguien. Como muchas de las grandes obras de la humanidad, la construcción de San Petersburgo fue de lo más cruel.

La obra de arte de Pedro se ve muy bonita, seguramente mucho más que los 2.8 millones de obras de arte que están dentro del Hermitage, y que no tuve la suerte de contemplar. Y no sólo le salió muy bonita: además abrió la puerta de Rusia hacia Europa. En el siglo XVIII el transporte terrestre era mucho más lento que por agua, y San Petersburgo quedaba a un par de charcos de los puertos alemanes y dos o tres más de los ingleses y franceses: mucho más cerca que Moscú de la modernidad. Una pena que junto a la modernidad también llegara aquí, en ese tren de Finlandia, un grupo de hombres demasiado convencidos de ideas demasiado equivocadas. Pero esa es otra historia.

Que me manden a Siberia

Vamos por acá, ahora en Irkutstk tomando el tren a Tomsk:


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Debo fotos, esos pinchecitos amarillos.

El hall superior de la estación de tren de Irkutsk parece Versalles, pero con WiFi. Y gratis. Nos quedamos en lo de una señora llamada Lida Sclocchini. Me preguntaba yo que hacía un pariente de Colocha en Siberia. La historia es apasionante, está contada acá y se resume así: Lida era profesora de inglés en Moscú. Un militar americano, Silvio Sclocchini, la conoció de visita por Moscú en la época del detenté. Después de las citas más caras del mundo (él iba a visitarla a Moscú) se instalaron aquí en Siberia. Silvio alias Scotty era el único americano viviendo en Siberia, y para hacer buenas migas se afilió a la sede local de los ex-combatientes de la Segunda Guerra.

Puse el mapa porque quería comentar algo. Tres infiernos son en realidad tres paraísos. En Estados Unidos pasamos por el campo de concentración en el que, después de Pearl Harbor, Tío Sam confinó a los japoneses étnicos, un hecho que ahora consideran una gran mancha en su historia. El paisaje era maravilloso, casi sobre la ladera este de la Sierra Nevada, California, donde está la montaña más alta de los 48 estados contiguos. Otro infierno bien conocido, Alcatraz, queda en medio de la Bahía de San Francisco, con vista al Golden Gate. En cuanto a Siberia, imagino que en invierno será terrible, pero en verano el Lago Baikal es lo más parecido que conozco al paraíso. El programa consiste esencialmente en volver al paleolítico: tirarse en una playa de piedras a comer unos salmones que se llaman “omul” y que venden a unos 7 pesos argentinos, ya ahumados, acompañados por frutas y verduras de la región. No se necesita mucho más para ser feliz.

Para Filmus que lo mira por TV

(La Anchísima Bicisenda del Sol, la Armonía y la Felicidad del Universo)

Ensayo Fotográfico, Beijing, 2011


 

 

 

 

 

 


 

Encuentros cercanos del tercer tipo

Se viene Whan Dom Ingo Pedong

(Me solicita misia Lola Copacabana, a la sazón en la China, que le preste este espacio ya que no puede acceder a Blogger.com ni a Twitter.com debido a la censura del régimen. Recomendamos, de paso, la nota del New Yorker sobre el blogger y automovilista chino Han Han para tener una idea de las cosas aquí. Lo que sigue es Copacabana).

Del tabú del contacto, ese del que habla Canetti en el principio de Masa y Poder, y que está tan pero tan presente en USA que ha devenido tabú de mirar (en USA para mirar a otro hay que tener una muy buena excusa, una manera de saltearlo son las sonrisas gratuitas: te miraba para sonreírte, tontita, no lo ves, una sonrisa buena y antijudgemental y por sobre todas las cosas antierótica, soy un buen tipo, te aseguro, no quiero decir nada con mis ojos, mi boca, acá, te lo asegura) a los chinitos locos, que no sólo no lo tienen sino que consideran mucho más práctico, por ejemplo, darte un buen empujoncito para que te corras y los dejes acomodarse como corresponde, si al fin y al cabo es mucho más sencillo, mucho más directo, que el ‘permiso’.

Tardé siglos y un montón de viajes y un millón de teorías en entender por qué era que me vivía chocando con los yanquis. Mirando ropa en los bolichitos de Gap Kids (qué fácil y qué barato podemos tenerla las ‘petites’), en el supermecado, en la calle, en la fila para el cafecito, en todas partes.

Estos días y después de la última vueltita, ando convencida de que es mi inconsciente que me empuja, bang, a chocarme contra los tipitos esos, inconsciente rebelde way que no puede ni quiere resistirse frente a tanta hipocresía. Digo, porque en China no es que viva chocándome con todo el mundo. Algunos roces para subirse al subte (porque por más publicidad que metan, los chinos de Shanghai y los de Beijing se niegan a aprender que para subir tenés primero que dejar que los demás se bajen) o durante el viaje en colectivo, OK, pero nada de eso de pasarme cinco segundos amagando con cada ser humano que me cruzo en una vereda vacía, o con el suficiente espacio, para pum, terminar en embestida (como pasa inevitablemente en USA).

Teoría del momento, o experimento en mini ejecución: el tabú similar de los chinos, con lógica y razón, pasa por no sentarse, bajo ningún concepto, en las escaleras. Digo: obvio que no hay que sentarse en las escaleras. Pero si estás en situación, no sé: Facultad de Derecho o similar. Situación escalera CERRADA por una CADENA con escaleras mecánicas que suben y que bajan a veinte centímetros  de la escalera en cuestión. Y estás cansada. Y no hay asientos. Pues aparentemente tampoco.

Se ríen, los chinos. Se indignan un poco, te retan. O pasan en frente de tu hotel (la inmunidad del hotel propio, otra que el room of your own, la puerta del baño cerrada) y te miran, desconcertados, con tu latita de coquita light y el cigarrillo, a ver bien si hay una excusa, si hay alguna cosa entre tus manos, al lado tuyo en un descuido en el piso, que pueda darles una clave, pista, una señal, breve análisis semiológico, superficial, que pueda decirles algo sobre lo que -en realidad- estás tramando.

Lost in translation

Shanghai, babe

Esto es Shanghai. Algo así como otro planeta:

De ese lado del río, las construcciones empezaron recién en 1990. Sería como nuestro Puerto Madero, digamos.

Llegué a las 8 de la noche al hotel, que para mí eran las cuatro de la mañana. O algo por el estilo. Salís de Los Ángeles con el sol del mediodía, ves el sol durante todo el vuelo de China Eastern, y sin embargo cuando llegás te dicen que es el día siguiente. Todavía estoy tratando de entenderlo.

En realidad nadie te dice nada. Hablan mandarin, o algo parecido a eso aquí en Shanghai. Aunque cada vez más inglés. En un McDonalds cualquiera, la joven que te atiende sabe inglés. Y mucha gente con manuales de la lingua franca, digo anglo. Hoy, sin inglés, logré explicarle a un señor de una pseudo-ferretería que lo que deseaba era un cable de Internet de cuatro metros.

Llegamos en un momento importante: hace poquitos días se cumplieron 90 años de la fundación del Partido Comunista chino. La hoz y el martillo están en todos lados, cosa que ocurre solamente en países que no autorizan el uso de Twitter. Ayer en uno de los museos históricos le grité “Genocida” en la cara a una figura de Mao. No en mandarín, claro. Hoy estuvimos en la casa donde se fundó el PCCh. Hay figuras de cera alrededor de una mesa conmemorando la reunión. Parecen señores, en esas figuras, pero cuando te fijás las fechas de nacimiento, casi todos son de los 1890s, o incluso de la década de 1900. Y la reunión tuvo lugar en 1921. Un grupo de púberes forjando el destino de una cuarta parte de la humanidad.

En el ánimo festivo de este aniversario, la semana pasada se inauguró el tren más rápido del mundo, que hace Shanghai-Beijing (orden de magnitud: Buenos Aires-Bariloche) en menos de cinco horas. Y esta semana, para completar, se inauguró el puente sobre mar más largo del mundo.

Mi comida favorita es la pata de pato que venden por la calle, y de postre palitos chinos enchufados en un enorme pedazo de sandía. Dos patas y una sandía, unos 14 yuanes, o diez pesos de nuestra denominación.

Pero el calor, Dios. Me avisaron: no vaya a Shanghai en julio. Y fui a Shanghai en julio:

 

Van más o menos la mitad de los días en los que nos propusimos dar la vuelta al mundo. Hay que acelerar, porque recién vamos por acá:


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Descubriendo America

La papafrita es lo que más los está haciendo engordar, descubre America:

Blame the potato chip. It’s the biggest demon behind that pound-a-year weight creep that plagues many of us, a major diet study found. Bigger than soda, candy and ice cream.

Vengo taladrando a mis compañeros de viaje hace cinco mil kilómetros con este trascendente asunto. No puede ser que el acompañamiento básico de cualquier comida sea papas fritas. A veces te ofrecen elegir entre tres o cuatro tipos diferentes.

Mientras, yo hago mis saludables snacks con Jerky, nuestro charqui, cuya producción y exportación en la Argentina es mi próximo proyecto vital. Quiero ser como González Fraga: un economista con cierta onda con un proyecto productivo con bastante más onda. La Wikipedia explica: “The word “jerky” comes from the Quechua term charqui, which means to burn (meat).” ¿Es posible que nosotros, los grandes exportadorse de carne salada durante buena parte del siglo XIX, no comamos charqui y, mucho peor, no lo exportemos? Acá a veces ocupa varios estantes, en paquetes muy paquetes.

Por supuesto, no es del todo saludable: tiene bastante sal, pero absolutamente tolerable en calorías y grasas. Sobre todo: mucho mejor que el “snack” alternativo, que son las papas fritas o las galletitas dulces. Y muchísimo más rico: bastante parecido a nuestro salamín, pero más magro y sobre todo mucho más práctico para comprar y comer en una estación de servicio. OK, creo que ya he hablado de esto.

En San Francisco ahora; el plan es ir el sábado al Wiknic, un picnic en todo Estados Unidos de los nerds que nos gusta la Wikipedia; y al gay parade anual el domingo. Hoteles llenos. Precios caros. Terminamos en un motel de Daly City, que es a San Francisco más o menos lo que es Alto Comedero a San Salvador de Jujuy.

Cristina, de la 125 a la 305