“Mis marcas del bullying homofóbico y cómo salí adelante”

Este es el relato en primera persona de Alejandro Viedma que, en un texto sincero y sin victimizaciones, narra los episodios de bullying que lo acompañaron en su niñez y adolescencia. Fueron momentos que vivió con angustia y casi en soledad. “Tachaba cada día que pasaba y era un aliciente ver que faltaba menos para terminar las clases”, escribe en este texto rememorativo. El recorrido se extiende, también, hacia la adultez: Alejandro es Licenciado en Psicología por la UBA y, un ejemplo, de cómo salió adelante pese a todo.

La vida de Alejandro, según sus propias palabras 

Infancia:

Alejandro, abanderado de séptimo grado

Desde muy chico sentí que no formaba parte de lo que hacían y les gustaba a mis compañeritos varones. Mis intereses se diferenciaban cada vez más de los de ellos a partir de quinto grado, o sea, a mis diez años. Y no hablo de sexualidad, porque en esa época no tenía ni idea de lo que era el sexo. Pero sentía que no encajaba, que no pertenecía al grupo de pibes que se constituía por los que les gustaba jugar al fútbol o empezaban a admirar a ídolos que nunca fueron los míos, como Maradona o Soda Stereo, o denigraban al que parecía el más débil… Como empecé a juntarme más con mis compañeras, comenzaron las cargadas con palabras como “marica” o “nena”. Eso se fue acrecentando en sexto y séptimo grado y, al unísono, iba escuchando en la tele, en la misa a la que asistía los domingos, en el barrio, que ser homosexual estaba mal, que era pecado, que era sinónimo de ser enfermo, algo contranatural, con lo cual fui incorporando que yo era diferente y con algo a corregir.

Recuerdo que a los once varios de mis compañeros, los mismos que ya habían dejado de elegirme para jugar y habían dejado de invitarme a sus cumpleaños (algo horrible para mí), me esperaron en el aula luego de educación física donde empezaron con cánticos agresivos. No aguanté y me puse a llorar, me veía tan en desventaja frente a ellos, como con el pudor de quedarme desnudo públicamente y aún más humillado por mis lágrimas que fueron la descarga de tiempo acumulado de tensión.

A mediados de los ochenta tampoco había comprensión y por ende contención en las familias y uno se sentía muy solo. En paralelo siempre fui un alumno destacado, tal vez inconscientemente, me exigía mucho como para compensar lo que suponía que no iba a agradar a los demás: tenía las mejores notas porque eso no me costaba y me gustaba que mis padres estuvieran conformes con ese aspecto mío.

Adolescencia:

Lo peor fue a partir de la mitad del secundario -encima hice un comercial técnico en administración de empresas, es decir, que estuve seis años en aquel colegio-. Me acuerdo que en quinto año empecé a tachar los días que pasaban, se ve que ya me gustaban las agendas, así que quizás era como un aliciente ver que en el calendario faltaba menos para que terminaran las clases. Eso hacía menos insoportable todo: la mitad de mis compañeros había dejado de saludarme un año antes y, si bien nunca ejercieron violencia física sobre mí, sí fue muy fuerte para mí la simbólica, verbal, psicológica con referencias homofóbicas. Y eso no fue menos duro porque, aunque no lo hicieran mirándome a los ojos, las burlas, los insultos, los grafitis en las paredes dirigidos a mi nombre, las notas que me dejaban en mi carpeta me lastimaban mucho, yo sentía mucha vergüenza, miedo y así me fui encerrando cada vez más. Por suerte tenía tres amigas en mi división, no sé qué hubiera pasado sin ellas, con quienes al menos podía hablar… En sexto la situación lejos de mejorar empeoró, porque llegó el viaje de egresados a Bariloche y para mí fue una tortura en lugar de vivir una semana de diversión, porque dos de mis compañeros fueron por más, les dijeron a los pibes de otros colegios que yo era “re puto”, así que cuando me enteré me sentí tan expuesto, observado, evitado y mirado con sorna que lo único que quería era irme, estar en mi casa. Nunca me sentí tan aliviado como cuando terminé esa etapa.

Sentimientos/emociones rememorando esa etapa

Hoy no tengo rencor ni enojo con nadie. Hasta puedo comprender por qué la gente discriminaba: en los ’80s y ’90s estábamos en un contexto donde nos maleducaron respecto a lo que ahora se denomina diversidad sexual, sin leyes igualitarias, sin cuidarse de lo políticamente incorrecto, siendo parte de manuales de desórdenes mentales, así que no culpo a nadie aunque lo haya vivido con dolor. Pero, obviamente, no quisiera retroceder el tiempo para nada, por eso creo que hoy y mañana siempre es mejor, lo peor ya pasó.

No obstante, no olvido. En una de mis sesiones de terapia le decía a mi analista: “Recuerdo haber leído en Freud que de la guerra volvían más traumatizados los que regresaban ilesos que los que salían heridos o incluso habiendo perdido partes de su cuerpo… Los sueños eran más repetitivos en los que no tuvieron marcas corporales… Así que a veces la palabra que injuria lastima más que un látigo o una bala”. Y él me respondió: “Es que los oídos no tienen párpados, están sobreexpuestos, sin protección”, y me recordó una frase de Oscar Masotta: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”, es decir que no hay que quedarse callado ni permitir que la palabra que degrada provoque tanto daño. Quizá por eso es que pude hacer una transformación en positivo con esa parte de mi historia: sin habérmelo propuesto, empecé a trabajar escuchando a mis pacientes y a los integrantes de los grupos de reflexión para varones gay que coordino, brindándoles un espacio para que puedan historizar(se) a través de su discurso y sus recuerdos.

Lo que me ayudó a sobrellevar la secundaria

Empezar a conectarme con mis gustos, ir descubriéndome como gran oyente de música, por ejemplo. Y no solo me iban deslumbrando ciertas voces o melodías, sino que transcribía letras de canciones del rock nacional en un cuaderno, de artistas que hoy todavía admiro, como Charly, Celeste, Fito. En esa época además estudiaba Dibujo y Pintura y quizá la sublimación a través del arte también hizo que expresara cosas que no podía decir con palabras. Por otro lado, la gimnasia me gustó siempre. También empecé a estudiar inglés y con los años causalmente leí autores increíbles como Patricia Highsmith, Susan Sontag, Hermann Hesse. En paralelo iba investigando mi orientación sexual y mi identidad con lo que obtenía de información en revistas con artículos o entrevistas a referentes o miraba películas de temática gay. Después vinieron los recitales, los primeros boliches en donde me di cuenta de que no era el único “bicho raro”, que tenía pares, gente a la que le pasaba o sentía lo mismo que yo.

Facultad:

En 1993 me surgieron sentimientos que no había experimentado antes: entusiasmo por ir a cursar y la libertad de no estar presionado por tener que disimular algo. Y el plus de haber elegido yo la carrera que iba a seguir. No por casualidad en el CBC de Psicología pude tener mi primer gran amigo varón. Empecé a disfrutar de ir a leer al buffet de Ciudad Universitaria mientras me tomaba un café y observaba el río a través de esos ventanales enormes…

Yo no tenía idea de que me iba a dedicar a las diversidades sexuales. Se fue dando paulatinamente. Recuerdo que en cuarto año de aquel secundario tuve la materia Psicología y me encantó, así que de todo lugar negativo u oscuro, uno puede llevarse algo bueno.

Luego de más de quince años de haberme recibido, creo que es difícil atender a una persona gay, lesbiana, bisexual o trans si uno no ha sufrido esa u otra discriminación en carne propia. Creo que para abordar las diversidades sexuales hay que saber de los subtemas que conforman ese universo y, lamentablemente en el campo del psicoanálisis, aún falta apertura y actualización.

Algo para agregar:

Hoy estoy preparado para contar cosas que nunca hice públicas, cuestiones de mi vida, y lo hago porque tal vez mis palabras ayuden a alguien. Desde mi sinceridad y empatía con el otro y lejos de la victimización o de pararme en un lugar de ejemplo, no quiero ser ejemplo de nada ni quejarme de lo que viví, aunque tal vez aporte mi granito de arena para que idealmente nadie más transcurra lo que a mí me hirió tanto. En ese sentido sí quiero dejarles un mensaje a los adultos que ocupan cargos de mucha responsabilidad, a los docentes, a los profesionales de la salud, a los padres: les pido que no tengan una mirada indolente, insensible frente al sufrimiento de niños, niñas y adolescentes en general y, sobre todo al de los LGBT; es de suma importancia que estén atentos porque cuando te lastiman paulatinamente te vas cerrando, aislando y, cuanto menos un pibe hable y socialice, más problemas tendrá en su vida ya que su autoestima va decayendo.

En general un chico que no se percibe o no se va perfilando como heterosexual cree que no tiene un lugar porque está más en soledad y en silencio que otra persona de cualquier otra “minoría” discriminada, se va metiendo en el placard porque advierte que no puede compartir con su familia lo que siente y cómo está siendo violentado, agredido, y eso no sucede con por ejemplo niños o adolescentes judíos, afrodescendientes, de países limítrofes porque comparten la misma característica que sus padres, quienes pueden ayudarlos porque los entienden, contienen y defienden. Por tales motivos, la tasa de suicidios de adolescentes y jóvenes LGBT es mayor comparada con la de adolescentes y jóvenes heterosexuales.

En la actualidad todos los adultos somos responsables. No puede justificarse más la discriminación o la complicidad por ignorancia. En 2016 tenemos mucha información, leyes que protegen, despatologización y si alguien no sabe también es responsable por no informarse, que la falta de datos e ideas no camufle la maldad y la impunidad de herir al otro, cosas feas que lastimosamente todavía habitan en nosotros, los humanos.

 

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Entró a un grupo de boyscout “para sentirse normal” y se enamoró de otro chico

BoyScouts, la obra que acaba de estrenar Dennis Smith en el Centro Cultural San Martín, cierra la trilogía que inició con Negra y siguió con Dos hermanos, todas obras con un eje en su propia biografía. Digno de Dennis, con versiones hermosas de canciones atravesando y ensamblando la narración. Esta vez, se ve a un Dennis que entra a un grupo de BoyScouts “para sentirse normal”. También se ve a un muchacho que, en el medio del bosque, descubre el amor de otro muchacho, con todas las dificultades que el amor suele implicar y otras tantas dadas por el contexto.

En esta conversación con Boquitas pintadas, Dennis, que es además de actor, cantante, cuenta que escribió BoyScout pensando en el bullying, o acoso escolar. Todo nació allí, en esa idea. Ahora que acabo de estrenar se da cuenta de que trata sobre eso, pero sobre todo trata “sobre cómo la infancia es un período de gran vulnerabilidad y cómo es tan fácil lastimar profundamente a un chico y cómo debemos cuidarnos de hacer eso”.

- ¿Qué aspectos autobiográficos tiene la obra?


- Yo fui, como probablemente gran parte de la población, imagino, víctima de maltratos y burlas durante gran parte de mi infancia y adolescencia. Con el paso de los años, eso me sirvió, creo. En el fondo siento que lo más biográfico del asunto pasa por cierto sentimiento de búsqueda de justicia. Lo curioso de todo es que la forma de “hacer justicia” no es posible, no es viable en términos blanco/negro: no se puede “pagar con la misma moneda”, no se puede hacer “justicia por mano propia”, esa no es una solución para nadie, no da paz, claramente. Entonces uno piensa “no se puede buscar justicia, porque no se la va a encontrar”… y quizás lo que uno únicamente pueda hacer es aceptar lo que pasó y pensar “qué puedo hacer para que no pase más”.

- ¿Por qué un joven puede querer ingresar como boyscout para ser alguien “normal”?


- En el espectáculo uso el universo Scout como un símbolo del camino a la transformación, “superación” personal. Al leer las máximas del scoutismo, encontré un material óptimo para usar como referente de todo lo que es ser “normal” en cierto mundo de pulcritud absoluta. Imaginé que este chico, distinto, que no encaja en ninguna parte, siente que en este espacio podrá corregir lo que supuestamente está torcido. Podría haber dicho que se mete en la iglesia de monaguillo, lo mismo daba, las aspiraciones y “ventas” institucionales de los beneficios “de ser parte”, son prácticamente los mismos.

- ¿Qué concepción del amor y de la amistad se plasman en la obra?


-Viendo el espectáculo ya montado, entiendo que se habla todo el tiempo del mundo como un lugar de amenaza. La amistad y el amor no resisten a esto. Es bastante nihilista, lamentablemente. No fue algo buscado, pero leo el texto, veo la obra, y entiendo que el amor y la amistad no sobreviven a la violencia, se rompen, no aguantan.

- ¿Cómo se plantea el bullying en esta historia? ¿Qué efectos tiene en la psicología del personaje?


-Muchos terapeutas hablan en términos de “todos son víctimas”. Sin dudas en ciertos casos sí. En este caso, el rol “víctima/victimario”, quizá por una postura políticamente esperanzadora y aleccionadora, se alternan. En la vida real, en Estados Unidos, pasa con mucha frecuencia eso: que se intercambian los roles. En nuestra cotidianeidad, no creo que siempre sea tan así. Sin dudas quien funciona como victimario es víctima en otro entorno quizá sin advertirlo, pero en los hechos, quien funciona como “víctima” es doblemente víctima: en la escuela y seguramente fuera de ella.

- La obra forma parte de una trilogía: ¿qué planteo general se logra con la puesta de este último capítulo de la trilogía?

-Supongo que mis tres obras plantean que la vida es el disparador de todas las ficciones y nunca al revés. Que podemos disfrazarla con distintos nombres y escenarios, pero lo único que se siente vivo en el escenario es la vida misma, no otra cosa. La vida siempre supera a la ficción.

 

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“Papá, ya sabíamos que eras gay”

Juan González tiene 42 años. “Siempre me gustaron los chicos”, reconoce. Y eso le costó que desde pequeño le dijeran mariquita, maricón, entre algunos otros (des)calificativos. Hoy sabe que padeció de un bullying extremo, algo que antes se tomaba como algo propio de los chicos y adolescentes. A los 22 se enamoró de la mujer que fue su esposa y con quien tuvo tres hijos. “Supo toda mi historia, me amó y yo la amé. Juntos formamos una hermosa familia”, dice. “Pero uno es lo que es…”, agrega.

En ese “ser lo que uno es” lo llevó a separarse de su mujer y a vivir su homosexualidad. El recorrido no fue fácil. Pero la experiencia que comparte con Boquitas pintadas es una historia de amor y comprensión. Cuando les contó a sus hijos que era gay, ellos les dijeron que ya lo sabían. Pidieron tiempo. “Te amamos, te respetamos, pero no es fácil, muchos cambios en poco tiempo”, dijeron.

Hoy Juan tiene su pareja y, a la vez, una hermosa relación con sus hijos. Se dispuso a contar su historia porque cuenta que gracias a Boquitas Pintadas conoció virtualmente al Lic. Alejandro Viedma, que es “un gran obrero de su profesión”, como lo describe. “Y, en estos tiempos, gente buena onda y HUMANA es lo mejor”.

El cuenta que vive lejos de Buenos Aires -prefiere decir sólo el interior. “Me imagino contando mi historia de vida en el grupo de reflexión para varones gay que Alejandro coordina en la ONG Puerta Abierta. Como decía antes, no estoy en Buenos Aires y elijo contar mi testimonio en este blog. Veo que muchos lectores tienen en cuenta historias verdaderas y la mía puede aportar algo para que todos podamos seguir evolucionando”.

Esta es la primera de varias entregas en las cuales con distintos especialistas abordaremos la temática de las homoparentalidades y cómo hablarla con los niños, niñas y adolescentes.

Una postal del documental Familias por igual; Foto Facebook

“Soy Juan, gay y papá de tres hermosos hijos”

Por Juan Alberto González

Me llamo Juan, soy del interior del país y, como aquí no existe un grupo como el que modera Alejandro en Buenos Aires, que ayuda a que la gente se acepte y sea lo que sea, quisiera compartir parte de mi verdadera historia con ustedes.

Tengo 42 años, tuve una historia de vida muy dura. ¡Cómo a muchos nos toca vivir seguramente! Se sumó a todos los conflictos y situaciones traumáticas el tema de mi sexualidad. Siempre me gustaron los chicos, esto me pasó desde el jardín y corrobora lo que muchos hombres gay sostienen.

Crecí en mi entorno social y familiar con el mote y temores de: “MARIQUITA”, “MARICON” y otros más duros aún.

Tuve mis primeras experiencias homosexuales un tanto traumáticas y desagradables.

Me enamoré a los 22 de una mujer que supo toda mi historia, me amó y yo la amé. Juntos formamos una hermosa familia, pero uno es lo que es…

Sé que el amor es incondicional y muchas veces a esa paz y a esa felicidad uno las puede encontrar en una persona sin distinción de sexos, le puede pasar a cualquier hombre o mujer y en estos tiempos se ve mucho.

Tengo tres hermosos y maravillosos hijos, hoy ya adolescentes.

Estoy viviendo y asumiendo mi sexualidad, mi identidad desde lo más profundo de mi ser, preparándome física y emocionalmente.

Documental Familias por igual; Facebook

Documental Familias por igual; Facebook

Con mis hijos a lo largo de su vida fui marcando mi postura frente a temas como la homosexualidad, el travestismo, lo “diferente”, la discriminación y el sufrimiento de estas personas dentro de las cuales yo estaba también, puesto que padecí un bullying extremo, se podría decir que en mi adolescencia conocí lo que es el flagelo del bullying en mi propio cuerpo y en mi propia mente.

Un día, la pregunta llegó en medio de una crisis matrimonial de esas continuadas antes de mi separación: “¿Papá, sos bisexual, gay?”. Eso me dijo uno de mis hijos. Yo estaba en pleno tratamiento psicoanalítico y la respuesta fue sincera: “Sí, me gustan los hombres”. Fue como se dice en terapia: “Poner en palabras lo que circulaba en el aire”. Y eso que circula enferma, contamina las relaciones, provoca malestares a cada integrante de la familia.

Luego fue hablar con mis otros hijos. Les aclaré que nadie engañó a nadie, que eran fruto de una hermosa historia de amor. Su respuesta fue: “Papá, ya sabíamos que eras gay”.

Desde mi separación conocí hombres gays de doble vida, tapados, que me dijeron: “Sos loco, ¿cómo les vas a decir a tus hijos que sos gay?, yo nunca se los contaré a mis hijos ni a mi mujer”.

A mí mi cuerpo me dijo: BASTA, no podés seguir así, cada uno con su vida. Mi ser entero me pidió coherencia entre discurso y vida y así actué, nada fácil pero con la fortaleza y convicción de que todos nos merecemos vivir bien y gozar de salud física y mental; y creyéndome eso para mí también lo estoy logrando.

Hubo llantos. Uno de mis chicos me dijo: “Danos tiempo…te amamos, te respetamos, pero no es fácil, muchos cambios en poco tiempo…”.

Pasará por la cabeza y el corazón de cada uno procesar estas historias. Hoy puedo decirles a mis tres hijos que los amo y ellos me siguen respondiendo: “Nosotros también”.

 

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Alumnos que no se toman vacaciones: ¿cuánto se discrimina en tu escuela?

Estos jóvenes no se toman vacaciones. Más bien, conformaron la agrupación no gubernamental Capicüa para trabajar por escuelas libres de discriminación.

Una de las primeras gestiones será lanzar una encuesta en las aulas de todo el país para obtener datos concretos sobre los niveles de discriminación por orientación sexual e identidad de género.

El militante por los derechos de personas LGBT Facundo García, miembro de Capicüa, explicó a Boquitas pintadas que la agrupación surgió a principios de 2012 con el objetivo, entre otros, de trabajar con estudiantes en pos del respeto y la aceptación a la diversidad sexual. Lo que hicieron en un comienzo fueron visitas a las escuelas para ofrecer talleres sobre diversidad sexual. Con el cese de las clases la agrupación empezó a trabajar en dos encuestas elaboradas desde la sociedad civil que les permitirán monitorear la aplicación de varias leyes ligadas a los derechos humanos del colectivo LGBT como la Ley de Identidad de Género, la Ley de Educación Sexual Integral (ESI), la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes.

Algunos de los integrantes de Capicüa; Foto: Gentileza Capicüa

“Por un lado, se viene desarrollando una encuesta pensada por personas trans para conocer cuál es el acceso real de las compañeras en situación de prostitución a instancias de educación formal. Para esto, cada miércoles un grupo de jóvenes de Capicüa visita la zona de los bosques de Palermo, de Flores, de Constitución con el objetivo de hacer prevención, dialogar y encuestar a las compañeras que quieran colaborar con esta iniciativa”, informó García.

“Por otro lado, articulamos con sociólogos de la UBA para lanzar a principios de este año una encuesta nacional que nos brinde datos concretos sobre los niveles de discriminación por orientación sexual e identidad de género en las escuelas”.

Este último se trata de un modelo de encuesta de auto llenado que ya tuvo su prueba piloto con alumnos de la Escuela de Comercio N° 2 “Dr. Antonio Bermejo”, en la ciudad de Buenos Aires. “Nuestra intención es extender esta encuesta, en articulación con gremios docentes y centros de estudiantes, a escuelas públicas y privadas de todo el país”, precisó este activo militante.

La encuesta consta de tres partes: la primera busca indagar en los procesos discriminatorios que se suceden en los ámbitos educativos; la segunda monitorea la aplicación de la ESI; la tercera interpela a los/as estudiantes sobre su percepción de la población LGBT.

Un espacio valorado

Esta nueva organización, que trabaja por la igualdad de derechos de todas las personas, empieza a tener los primeros reconocimientos. El diputado nacional del Partido Socialista Roy Cortina convocó a este grupo para colaborar y aportar a la redacción del proyecto de ley que se presentó el año pasado en el Congreso de la Nación para legislar sobre prevención de acoso escolar por orientación sexual e identidad de género.

Además, el sindicato docente Ademys recibió a fin del mes pasado en su sede a varios miembros de Capicüa. Estuvieron Alicia Pérez (Area de la Mujer) y Gabriel Lubo (Area de Derechos Humanos) y jóvenes lesbianas, gays, bisexuales y trans nucleados en esta ONG con el objetivo de articular esfuerzos para la prevención de situaciones de acoso escolar por orientación sexual e identidad de género en la Ciudad de Buenos Aires.

Militancia en favor de la diversidad sexual; Foto: Facebook Facundo García

“A pesar de los avances que se han dado hacia la igualdad jurídica en nuestro país, principalmente a partir de la sanción de la ley de matrimonio igualitario y la ley de identidad de género, los índices de discriminación hacia niños/as y jóvenes LGBT no han mostrado grandes variaciones”, señala el comunicado elaborado para esa reunión.

Según las últimas investigaciones realizadas -entre ellas, de un estudio de Cogam en España y otra con idénticos resultados de The Trevor Project en EE.UU.-, este sector de la población tiene una propensión entre 3 y 4 veces mayor al suicidio en relación a sus pares heterosexuales.

En este sentido, Capicüa planteó “la necesidad de reclamar la implementación de políticas públicas activas en favor del ingreso y la permanencia del colectivo LGBT en el sistema educativo, el cese de los subsidios estatales a escuelas religiosas que estigmatizan a la diversidad sexual como una desviación de la naturaleza y la importancia de monitorear el cumplimiento de la Ley de Educación Sexual Integral”.

La mesa de trabajo contó con la adhesión de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y la participación de referentes de organizaciones de diversidad sexual con gran trayectoria como Lohana Berkins, Diana Sacayán y Lautaro Bustos Suárez. Todos/as ellos/as coincidieron en definir como estratégico y necesario el diálogo con los docentes que, día a día, se ponen al frente de las aulas para traducir la igualdad jurídica en igualdad real.

“El desafío de construir escuelas sin discriminación no es nuevo pero encontrará siempre mayores enviones cuanto más y más jóvenes participen”, señala el documento.

La intención de priorizar el activismo en ámbitos escolares –considera García- es fundamental por ser la segunda red de contención luego de las familias para niñx y jóvenes en proceso de formación y crecimiento. “Aún en muchos lugares, numerosos jóvenes sienten que constituyen una rareza, algo antinatural, por gustar de alguien de su mismo sexo o asumir una determinada identidad de género, y entonces, ante la carga social, no encuentran otra salida que la del aislamiento, el suicidio o la emigración de sus pueblos o ciudades”, recordó.

La habitualidad de situaciones como éstas determina nuevos desafíos para la militancia social y la política pública en torno al diseño de servicios y estrategias para un efectivo goce de los derechos consagrados en la legislación, consideran estos jóvenes activistas. García remató: “Si bien persisten obstáculos, propios de la cultura heterosexista, para que un joven pueda reconocerse a sí mismo, y ante los demás, como lesbiana, gay, bisexual o trans, cada vez somos más y más los/as jóvenes involucrados/as en la construcción de una sociedad más igualitaria”.

 

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