Un joven celebra su salida del clóset: ¡trece años de libertad!

Ángel Vallejos es un joven de 25 años. Estudia Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). Cuenta que, luego de leer varios post de Boquitas pintadas, decidió compartir su historia. Dice: “La semana que viene cumplo 13 años desde que descubrí que era gay y escribí un relato contando ese momento y un pequeño resumen de lo que pasó luego”.

Angel Vallejos

¡13 años de Libertad!

Corría el año 2004 cuando mi hermana mayor me invitó al cine, una salida de vacaciones de invierno junto a mis dos sobrinos, el que era su pareja en ese momento y el hijo de él. Ese día era el típico de esa época del año, frío, nublado y, a cada tanto lloviznaba. Salimos de su casa al mediodía, tomamos el colectivo, un viaje bastante largo desde Ciudad Evita hasta el microcentro.

Nos bajamos en Av. Corrientes y Av. 9 de Julio, y de allí nos fuimos caminando hasta Florida. Antes de ir al cine, entramos a un barcito, donde comimos hamburguesas. La idea era que mi hermana y mi sobrina fueran a ver “Erreway” y mi ex cuñado, su hijo, mi sobrino y yo a ver “El Hombre araña”. Sinceramente no me agradaba mucho ese plan, entonces luego de tomar coraje le dije a mi hermana que prefería ir a ver la película de Rebelde way y, por suerte, estuvo de acuerdo.

Cada grupo fue a su sala a ver su película, al terminar nos encontramos a la salida del cine. Ya era hora de regresar. Fuimos caminando hasta la parada, y cada vez lloviznaba más fuerte. Al tomar el colectivo, todos se sentaron atrás de todo y yo en último asiento de dos antes de llegar a los cinco del fondo… para que se imaginen bien la situación, el colectivo era esos que tiene puerta en el medio y no atrás.

Todo iba muy tranquilo hasta que algunas paradas después subió un hombre: digamos que de 30 años (soy muy malo indicando edades a las personas), estatura promedia, morocho, pelo corto, anteojos, traje y sobretodo.

Yo desde el fondo lo ví y sentí algo en la panza, algo que en ese momento no lo podía terminar de entender ni asimilar.  El joven sacó su boleto, se dirigió hacia el fondo y se sentó en el asiento de adelante mío.

¿Qué me estaba pasando? Entendía y a la vez no. Al llegar a Mataderos, se bajó en Zequeira y Lisandro de la Torre. A pesar de que ya no estaba igual seguía pensando en ese extraño, que vaya a saber cómo se llamaba. Al volver a mi casa mi cabeza no paraba, era toda una revolución.

Días después volví al colegio y el interés por los chicos iba aumentando, pero nadie podía saber. Ya de por sí me hacían bullying, no me quiero imaginar lo que me hubieran hecho si se enteraban de este secreto. Como dice la canción de Arjona: “Que no sepan los chicos en la escuela, que se le van los ojos en gimnasia”, o en mi caso en el recreo.

Con tan solo 12 años debía guardar este gran secreto sin poder confiar en nadie. En esa época no tenía amigos y obviamente con la familia siempre es más difícil de hablar de estos temas.

Al terminar noveno grado fui a otro colegio: borrón y cuenta nueva. En esta nueva escuela nadie me conocía, entonces intentaba relacionarme más con mis compañeros, en especial, con las chicas (siempre me he llevado mejor con las mujeres que con los hombres). En cuestión de semanas por fin podía decir que tenía amigas.

El 18 de abril de 2007, por primera vez, pude compartir mi secreto con dos de mis compañeras: Silvia y Mariel. No recuerdo cómo se los dije pero no tuve rechazo de ninguna de las dos. Al poco tiempo se los conté a Micaela y María Eugenia y así fui contándoles de a poco a cada una de mis compañeras. Con ellas, estaba todo bien pero no era lo mismo con mis compañeros, ellos preferían alejarse.

Luego de 3 años de silencio ya tenía mi grupo de amigas con las que podía hablar, compartir mis sentimientos, contarles de quién estaba enamorado y hasta mis miedos. Sin embargo debía dar otro paso en este camino, necesitaba ser libre en todos lados, no solamente en el colegio sino también en mi casa pero eso no era tan fácil.

Era el domingo 26 de agosto del 2007, una mañana fría y lluviosa. Me desperté y algo en mí me dijo: “Este es el momento”. Me levanté de la cama y me fui al comedor donde esta mi mamá. Me senté frente a ella… no me salía las palabras, movía la boca pero no emitía sonido. Hasta que salió: “Necesito contarte algo, pero no se como decírtelo”.

Después de varias idas y vueltas me animé a decirle: “Me gusta los hombres”. Ella respiró profundo y me contestó: “¡Ah! Era eso”, luego me dijo que lo pensara bien, que tal vez sea algo de la adolescencia y algunas cosas más. Al finalizar la conversación se fue a comprar para hacer la comida y yo aproveché para llamar a mis amigas y contarles lo que había pasado.

Desde ese día no hemos hablado más de ese tema, con el paso de los años lo fue aceptando pero no fue fácil. Luego de eso me costó contarles al resto de mi familia. Mi plan era hablarlo con mi mamá y luego con mis hermanas, pero ya no me animé… así que dejé que se enteraran solas mediante post y comentarios que hacía en Facebook. (a veces, escribirlo es más fácil que hablarlo cara a cara).

Algunos meses después me animé a hablarlo con mi sobrina, con la que había ido al cine y, al igual que con mis amigas, obtuve su aceptación.

Antes de terminar no puedo olvidarme de ellos: mis amados mal de amores.

Desde aquel invierno de 2004 hasta hoy, tantas veces me he enamorado, tantas ilusiones llevadas por el viento. Lamentablemente no he tenido suerte en el amor, siempre fijándome en el que no correspondía: en los que no son gay o en lo que sí lo es pero tiene pareja o directamente no se fija en mí.

Pero no me doy por vencido, sé que algún día aparecerá el hombre que me ame, mientras tanto escribo historias (cuentos y novelas cortas) con esas ilusiones que no se cumplieron.

Hace algunos días justamente le contaba a una amiga que las historias que escribo son producto de mis mal de amores, esa fue la forma que encontré para hacer “realidad” esos pensamientos que tenía con esas personas que quería hasta que descubría que no eran para mí.

Además, le comentaba que el día que encuentre el amor dejaría de escribir o, por lo menos, en ese género, ya que a esa historia la viviría en la realidad y ya no en mi imaginación.

En fin cada vez que paso por esa esquina de Mataderos me emociono y me pongo a pensar tantas cosas vividas, tantas anécdotas por contar, he reído, he llorado, he sido feliz y he estado triste pero fundamentalmente he sido libre… nunca he sentido vergüenza de ser gay. Hoy dejé de buscar la aprobación de la gente, solo busco estar en paz conmigo mismo y manejarme lo mejor posible en la vida, porque como le dijo el padre de Pepito Cibrián al enterarse que era gay: “Se es hombre en la vida, no en la cama”. Esa es mi frase de cabecera.

 

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Sin comentarios

“Mis marcas del bullying homofóbico y cómo salí adelante”

Este es el relato en primera persona de Alejandro Viedma que, en un texto sincero y sin victimizaciones, narra los episodios de bullying que lo acompañaron en su niñez y adolescencia. Fueron momentos que vivió con angustia y casi en soledad. “Tachaba cada día que pasaba y era un aliciente ver que faltaba menos para terminar las clases”, escribe en este texto rememorativo. El recorrido se extiende, también, hacia la adultez: Alejandro es Licenciado en Psicología por la UBA y, un ejemplo, de cómo salió adelante pese a todo.

La vida de Alejandro, según sus propias palabras 

Infancia:

Alejandro, abanderado de séptimo grado

Desde muy chico sentí que no formaba parte de lo que hacían y les gustaba a mis compañeritos varones. Mis intereses se diferenciaban cada vez más de los de ellos a partir de quinto grado, o sea, a mis diez años. Y no hablo de sexualidad, porque en esa época no tenía ni idea de lo que era el sexo. Pero sentía que no encajaba, que no pertenecía al grupo de pibes que se constituía por los que les gustaba jugar al fútbol o empezaban a admirar a ídolos que nunca fueron los míos, como Maradona o Soda Stereo, o denigraban al que parecía el más débil… Como empecé a juntarme más con mis compañeras, comenzaron las cargadas con palabras como “marica” o “nena”. Eso se fue acrecentando en sexto y séptimo grado y, al unísono, iba escuchando en la tele, en la misa a la que asistía los domingos, en el barrio, que ser homosexual estaba mal, que era pecado, que era sinónimo de ser enfermo, algo contranatural, con lo cual fui incorporando que yo era diferente y con algo a corregir.

Recuerdo que a los once varios de mis compañeros, los mismos que ya habían dejado de elegirme para jugar y habían dejado de invitarme a sus cumpleaños (algo horrible para mí), me esperaron en el aula luego de educación física donde empezaron con cánticos agresivos. No aguanté y me puse a llorar, me veía tan en desventaja frente a ellos, como con el pudor de quedarme desnudo públicamente y aún más humillado por mis lágrimas que fueron la descarga de tiempo acumulado de tensión.

A mediados de los ochenta tampoco había comprensión y por ende contención en las familias y uno se sentía muy solo. En paralelo siempre fui un alumno destacado, tal vez inconscientemente, me exigía mucho como para compensar lo que suponía que no iba a agradar a los demás: tenía las mejores notas porque eso no me costaba y me gustaba que mis padres estuvieran conformes con ese aspecto mío.

Adolescencia:

Lo peor fue a partir de la mitad del secundario -encima hice un comercial técnico en administración de empresas, es decir, que estuve seis años en aquel colegio-. Me acuerdo que en quinto año empecé a tachar los días que pasaban, se ve que ya me gustaban las agendas, así que quizás era como un aliciente ver que en el calendario faltaba menos para que terminaran las clases. Eso hacía menos insoportable todo: la mitad de mis compañeros había dejado de saludarme un año antes y, si bien nunca ejercieron violencia física sobre mí, sí fue muy fuerte para mí la simbólica, verbal, psicológica con referencias homofóbicas. Y eso no fue menos duro porque, aunque no lo hicieran mirándome a los ojos, las burlas, los insultos, los grafitis en las paredes dirigidos a mi nombre, las notas que me dejaban en mi carpeta me lastimaban mucho, yo sentía mucha vergüenza, miedo y así me fui encerrando cada vez más. Por suerte tenía tres amigas en mi división, no sé qué hubiera pasado sin ellas, con quienes al menos podía hablar… En sexto la situación lejos de mejorar empeoró, porque llegó el viaje de egresados a Bariloche y para mí fue una tortura en lugar de vivir una semana de diversión, porque dos de mis compañeros fueron por más, les dijeron a los pibes de otros colegios que yo era “re puto”, así que cuando me enteré me sentí tan expuesto, observado, evitado y mirado con sorna que lo único que quería era irme, estar en mi casa. Nunca me sentí tan aliviado como cuando terminé esa etapa.

Sentimientos/emociones rememorando esa etapa

Hoy no tengo rencor ni enojo con nadie. Hasta puedo comprender por qué la gente discriminaba: en los ’80s y ’90s estábamos en un contexto donde nos maleducaron respecto a lo que ahora se denomina diversidad sexual, sin leyes igualitarias, sin cuidarse de lo políticamente incorrecto, siendo parte de manuales de desórdenes mentales, así que no culpo a nadie aunque lo haya vivido con dolor. Pero, obviamente, no quisiera retroceder el tiempo para nada, por eso creo que hoy y mañana siempre es mejor, lo peor ya pasó.

No obstante, no olvido. En una de mis sesiones de terapia le decía a mi analista: “Recuerdo haber leído en Freud que de la guerra volvían más traumatizados los que regresaban ilesos que los que salían heridos o incluso habiendo perdido partes de su cuerpo… Los sueños eran más repetitivos en los que no tuvieron marcas corporales… Así que a veces la palabra que injuria lastima más que un látigo o una bala”. Y él me respondió: “Es que los oídos no tienen párpados, están sobreexpuestos, sin protección”, y me recordó una frase de Oscar Masotta: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”, es decir que no hay que quedarse callado ni permitir que la palabra que degrada provoque tanto daño. Quizá por eso es que pude hacer una transformación en positivo con esa parte de mi historia: sin habérmelo propuesto, empecé a trabajar escuchando a mis pacientes y a los integrantes de los grupos de reflexión para varones gay que coordino, brindándoles un espacio para que puedan historizar(se) a través de su discurso y sus recuerdos.

Lo que me ayudó a sobrellevar la secundaria

Empezar a conectarme con mis gustos, ir descubriéndome como gran oyente de música, por ejemplo. Y no solo me iban deslumbrando ciertas voces o melodías, sino que transcribía letras de canciones del rock nacional en un cuaderno, de artistas que hoy todavía admiro, como Charly, Celeste, Fito. En esa época además estudiaba Dibujo y Pintura y quizá la sublimación a través del arte también hizo que expresara cosas que no podía decir con palabras. Por otro lado, la gimnasia me gustó siempre. También empecé a estudiar inglés y con los años causalmente leí autores increíbles como Patricia Highsmith, Susan Sontag, Hermann Hesse. En paralelo iba investigando mi orientación sexual y mi identidad con lo que obtenía de información en revistas con artículos o entrevistas a referentes o miraba películas de temática gay. Después vinieron los recitales, los primeros boliches en donde me di cuenta de que no era el único “bicho raro”, que tenía pares, gente a la que le pasaba o sentía lo mismo que yo.

Facultad:

En 1993 me surgieron sentimientos que no había experimentado antes: entusiasmo por ir a cursar y la libertad de no estar presionado por tener que disimular algo. Y el plus de haber elegido yo la carrera que iba a seguir. No por casualidad en el CBC de Psicología pude tener mi primer gran amigo varón. Empecé a disfrutar de ir a leer al buffet de Ciudad Universitaria mientras me tomaba un café y observaba el río a través de esos ventanales enormes…

Yo no tenía idea de que me iba a dedicar a las diversidades sexuales. Se fue dando paulatinamente. Recuerdo que en cuarto año de aquel secundario tuve la materia Psicología y me encantó, así que de todo lugar negativo u oscuro, uno puede llevarse algo bueno.

Luego de más de quince años de haberme recibido, creo que es difícil atender a una persona gay, lesbiana, bisexual o trans si uno no ha sufrido esa u otra discriminación en carne propia. Creo que para abordar las diversidades sexuales hay que saber de los subtemas que conforman ese universo y, lamentablemente en el campo del psicoanálisis, aún falta apertura y actualización.

Algo para agregar:

Hoy estoy preparado para contar cosas que nunca hice públicas, cuestiones de mi vida, y lo hago porque tal vez mis palabras ayuden a alguien. Desde mi sinceridad y empatía con el otro y lejos de la victimización o de pararme en un lugar de ejemplo, no quiero ser ejemplo de nada ni quejarme de lo que viví, aunque tal vez aporte mi granito de arena para que idealmente nadie más transcurra lo que a mí me hirió tanto. En ese sentido sí quiero dejarles un mensaje a los adultos que ocupan cargos de mucha responsabilidad, a los docentes, a los profesionales de la salud, a los padres: les pido que no tengan una mirada indolente, insensible frente al sufrimiento de niños, niñas y adolescentes en general y, sobre todo al de los LGBT; es de suma importancia que estén atentos porque cuando te lastiman paulatinamente te vas cerrando, aislando y, cuanto menos un pibe hable y socialice, más problemas tendrá en su vida ya que su autoestima va decayendo.

En general un chico que no se percibe o no se va perfilando como heterosexual cree que no tiene un lugar porque está más en soledad y en silencio que otra persona de cualquier otra “minoría” discriminada, se va metiendo en el placard porque advierte que no puede compartir con su familia lo que siente y cómo está siendo violentado, agredido, y eso no sucede con por ejemplo niños o adolescentes judíos, afrodescendientes, de países limítrofes porque comparten la misma característica que sus padres, quienes pueden ayudarlos porque los entienden, contienen y defienden. Por tales motivos, la tasa de suicidios de adolescentes y jóvenes LGBT es mayor comparada con la de adolescentes y jóvenes heterosexuales.

En la actualidad todos los adultos somos responsables. No puede justificarse más la discriminación o la complicidad por ignorancia. En 2016 tenemos mucha información, leyes que protegen, despatologización y si alguien no sabe también es responsable por no informarse, que la falta de datos e ideas no camufle la maldad y la impunidad de herir al otro, cosas feas que lastimosamente todavía habitan en nosotros, los humanos.

 

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Una marcha de la diversidad para eliminar el código de faltas que criminaliza en Córdoba

Hace cuatro años que se marcha en Río Cuarto, la segunda ciudad en importancia luego de la capital de Córdoba. La marcha de la diversidad surgió, primero con un puñado de militantes en una sociedad descomprometida de estos temas “invisibles”, y ahora convoca a cientos de activistas y vecinos que intentan apoyar las políticas inclusivas.

Este año, la multitud -entre la que me incluí- marchó por la derogación de los códigos de faltas. “En consonancia con marchas que se hacen en todo el país empezamos a organizar la nuestra”, dice, bandera en mano, Walter Torres, presidente de la asociación civil Mesa de la Diversidad, coordinador de Derechos Humanos en la Municipalidad de Río Cuarto, y quien fuera compañero de militancia de la activista trans fallecida Eliana Alcaraz.

Esta marcha recibe el nombre de una luchadora por los derechos humanos, Susana Dillon, una maestra, Abuela de Plaza de Mayo, quien enarboló la lucha por la recuperación de derechos de todxs. La marcha se realizó un mes antes de la que se realiza este fin de semana en la ciudad de Buenos Aires.

El pedido de este año resulta básico y elemental para garantizar el fin de la persecución de gays y trans. “Pedimos la derogación del código de faltas de la provincia de Córdoba. Hoy en la provincia de Córdoba existen dos figuras que son trágicas para la ciudadanía: una es el tema del merodeo, las detenciones arbitrarias por estar caminando por la calle y lo que nosotros planteamos: que los pibes de los barrios no pueden llegar al centro de la ciudad. Son las detenciones por portación de cara”, define Torres. “Y también está el artículo que tiene que ver con la prostitución escandalosa. Las mujeres y los hombres que están en situación de prostitución son detenidas arbitrariamente en función de ese artículo. Hay un montón de otras cuestiones también que son inconstitucionales y por eso pedimos su derogación y generar normativas democráticas y participativas”.

Otro de los pedidos de la marcha, que se revelaba en la presencia de carteles con peticiones, es el de la implementación de la ley sexual integral. “Es necesario trabajarlo en todo el país. En algunas instituciones se trabaja, pero hay que profundizar en el trabajo de la educación sexual no sólo desde una mirada biológica sino teniendo en cuenta la diversidad, los derechos humanos, las situaciones de violencia y trabajar para erradicar la discriminación y la violencia. Esa es la mirada que nosotros creemos que tiene que haber”.

Entre los ejes que se propone la mesa de la diversidad, están: promover la igualdad de derechos y oportunidades para todos, concientizar sobre el respeto a que todos somos diferentes y luchar contra todo tipo de discriminación, reducir el estigma social y posicionar una agenda política sobre estos temas.

-¿Están yendo a colegios?

-Venimos trabajando con las instituciones educativas. Tenemos el documental Se dice de mi y la idea con él es salir y generar la discusión. En ese documental con mirada positiva de la cuestión trans la idea es mostrar que ser una persona trans no es simplemente estar parada en una esquina, ejercer la prostitución sino que hay una mirada diferente si uno le da posibilidades. Está el caso de Eliana Alcaraz, dirigente social y política que no llegó a ver el documental, María Belén, a quien se le dio la adopción de dos nenes, por ejemplo.

-¿Cuán abierta ves a la comunidad de Río Cuarto?

-Es muy difícil. Seguramente que si uno hace una encuesta hoy en la ciudad el 99% está en contra de la discriminación  y está a favor de la diversidad. Ahora: ¿cómo pasamos de lo discursivo a la acción concreta? ¿Qué hechos produzco yo para que se generen acciones de inclusión? Lo que le toca al Estado nosotros se lo vamos a exigir, se lo vamos a seguir pidiendo, pero también está lo que nos corresponde a nosotros como miembros de la sociedad. Preguntarnos: pese a que la mayoría dice no estar a favor de la discriminación, si yo hoy tuviera que tomar a una chica trans para ser niñera o secretaria, ¿la toma?

-¿Se está luchando para que haya un cupo laboral trans en la Municipalidad?

-Sí, desde la organización hemos presentado dos propuestas. Una que tiene q ver con una ley integral trans, que plantea la situación de salud, vivienda y empleo con el cupo de empleo municipal, que está en tratamiento en el Concejo Deliberante. También presentamos un proyecto a nivel provincial con similares características.

-¿Cuál sería el cupo?

-El 1%. En realidad, ponemos ese número de modo simbólico. Lo que necesitamos del Estado es un gesto. Cuando le pedimos a la sociedad que de un gesto, también se lo pedimos al Estado porque hay que educar con el ejemplo.

Se avanzó mucho, pero aún hay materias pendiente, motivos para seguir luchando: la ley de Prevención y Sanción de Actos Discriminatorios, la derogación del Código de Faltas, la declaración de emergencia provincial por violencia de género, la inclusión socio-educativa, laboral y salud para todos, la aplicación de la Ley de Educación Sexual Integral y un Estado laico.

 

Este sábado a las 16, sumáte a la Marcha del Orgullo en la Plaza de Mayo en Buenos Aires. Una de las consignas es ir con un cartel que reclame Justicia por Diana Sacayán: ¡Basta de travesticidios! 

ilustración Maia Venturini Szarykalo

 

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A 5 años de la ley de matrimonio igualitario: ¿Qué cambió en el diván?

A 5 años de la ley de matrimonio igualitario en la Argentina, 9423 parejas se casaron en el país. En la provincia de Buenos Aires, 2998; en la Ciudad, 2278; le siguen en importancia Córdoba, con 970; Santa Fe, con 895; Mendoza, donde se casaron 415 parejas. En todas las provincias argentinas se registraron bodas. Estas son cifras fueron brindadas por Esteban Paulón, presidente de la Federación Argentina LGBT, y se elaboró en función de los datos de las organizaciones que integran esta federación, ya que no todas las provincias llevan estadísticas desde que se puso en vigencia la ley, en julio de 2010.

Nos preguntamos, ¿qué revisiones planteó en los psicólogos, estos profesionales nodales en la salud de la población, la aplicación de esta ley que ya concretó casi 10.000 uniones antes ignoradas o minimizadas? ¿Revisó el psicoanálisis sus encuadres y posiciones? ¿Qué aprendizajes se incorporaron en el mundo académico y de la clínica?

Imágenes del picnic de la diversidad; foto: Federación Argentina LGBT; Facebook

La licenciada en Psicología Andrea Aghazarian considera que la implementación de esta ley puso en cuestión modelos que están caducos, de aquellas minorías profesionales agentes de salud que ajustaban su trabajo clínico con pacientes con métodos correctivos, que sólo llevaban a cambios momentáneos y, luego, a profundos estados depresivos, angustias desbordantes o la construcción de una vida paralela, en matrimonios forzados y prácticas sexuales contrarias a la verdad de cada sujeto.

“Nuestro trabajo intenta mantener al sujeto lo más cercano que se pueda a la salud, a la pulsión de vida, alejándolo así de la enfermedad, con su pulsión mortífera,  que en sus extremos lleva a la muerte. En particular a los psicoanalistas nos facilitó el trabajo: en estos 5 años las familias llegan al consultorio con conceptos elaborados por la sociedad, a propósito de la ley, hay una parte del camino que hacíamos nosotros, que lo hizo la sociedad en su conjunto”.

- ¿Qué aprendizajes se incorporaron en el mundo académico y de la clínica?

- En el mundo académico está la percepción que hemos socializado el conocimiento con el resto de la sociedad, que nuestro saber también ordena la sociedad y que debemos trabajar explicando, enseñando y construyendo una sociedad más justa.  Esperemos que se transforme en un área específica de nuestro trabajo y consigamos desde las distintas instituciones que nos representas y agrupan, emparejar derechos.

El licenciado y profesor en Psicología Diego Samara cree que el psicoanálisis se debe reformular según la subjetividad de la época -como sostenía Jacques Lacan- y que se expresa en términos de síntomas actuales y la dirección de la cura. “A mi parecer, el psicoanálisis es poco permeable a los fenómenos normativos y sociales, más bien se focaliza en la singularidad de cada sujeto y sus condiciones de goce, o sea, modos de desear, vincularse, amar o sufrir pero, como toda teoría, tiene sus limitaciones, como por ejemplo con respecto a las teorías de género y diversidad sexual. Me parece importante estar advertido en este punto para poder ir más allá de Freud, de Lacan y de la psicoterapia clásica, para así poder ser  más permeable a otras teorías; creo que es fundamental como profesional en salud mental el entrecruzamiento entre disciplinas, sobre todo entre el Psicoanálisis, la Filosofía y la Sociología, como por ejemplo el punto en el cual la corriente sociológica sobre  diversidad sexual distingue la orientación sexual de la identidad de género, a diferencia de lo que no hacen muchos psicólogos.  Por otro lado, es necesario señalar cuando un analista o psicoterapeuta tiene una concepción prejuiciosa, homofóbica, patologizante, lo  cual significa una cuestión grave”.

Y agrega: “Sumo una pregunta quizá molesta pero creo que debemos hacernos todos los psicólogos, terapeutas o psicoanalistas: ¿Permitimos al paciente desear, amar y vivir o, de lo contrario, restringimos o coartamos sus condiciones de vida, de goce? A mi criterio, con respecto a la diversidad sexual, la única dirección de la cura en este sentido es la primera opción y va acorde con la  posición ética del psicoanalista”.

La psicóloga Graciela Balestra, directora de la ONG Puerta Abierta, al ser consultada sobre el tema dice: “Hasta no hace mucho en algunas facultades de psicología se seguía enseñando que la homosexualidad era una enfermedad. Y muchos psicólogos seguían intentando curarla. Hoy podemos afirmar que eso es iatrogenia. En Puerta Abierta recibimos muchos pacientes que vienen de transitar numerosas terapias que solo acentuaban su sufrimiento. Y hace años brindamos en las supervisiones a los profesionales de la salud una capacitación sobre diversidad sexual porque ese tema no se ve en las universidades”.

“El hecho de instalar el tema y de la aprobación de la Ley obliga a re pensar muchos conceptos erróneos aprendidos y a deconstruir todo un sistema de creencias donde se instalaba la homofobia. Los profesionales de Puerta Abierta observamos que aún falta mucho camino por recorrer, a lo largo y ancho del país. De hecho estamos haciendo hace tres años capacitaciones en todas las provincias sobre diversidad sexual. Y lo que encontramos es una enorme necesidad de información”.

Picnic por la diversidad; foto Federación Argentina LGBT; Facebook

El licenciado Alejandro Viedma, también miembro de Puerta Abierta, se refiere al tema y menciona que nota más apertura, interés y respeto de parte de sus colegas de lo que percibía hace años. “He transitado por varios lugares de transmisión del psicoanálisis como posgrados, supervisiones, jornadas, etc. y fui escuchando opiniones de profesionales que expresaban sin prurito, por ejemplo, cosas del estilo: “Estoy de acuerdo con que los homosexuales se casen y tengan los mismos derechos, pero no que adopten chicos”, es decir, que opiniones de legos en la materia también se repetían en algunos terapeutas, lo cual me inquietaba bastante. En las instituciones y espacios Psi que acudo hoy ya no hallo esa tensión, esa incomodidad cuando por ejemplo superviso un caso en donde dos mujeres lesbianas se casaron el año pasado, cada una tiene un hijo de un matrimonio heterosexual anterior, y en la actualidad planean tener un bebe mediante inseminación”.

Y agrega que, de todos modos, hay trabajo por hacer. “Tenemos que seguir cuestionando esas fantasías que perpetúan la idea de familia única entendida como papá, mamá e hijos. Hay aún muchos supuestos que se sostienen a modificar y allí jugaríamos, los profesionales de la salud mental, un rol necesario, importante y responsable, yo diría ético. Porque a pesar de que los pacientes, más allá de su orientación sexual o identidad de género, según mi prática/casuística en la clínica de adultos, siguen demandando un tratamiento terapéutico por problemas de AMOR y de sexualidad, también se escucha habitualmente: “¿Dos mamás?, ¿dos papás?, ¿cómo va a salir ese pibe?”.

La licenciada en Psicología Adriana Sonis expresa: “Como psicoanalista la promulgación de la Ley de Matrimonio igualitario  me llevó a pensarla en relación a la neutralidad, a la renuncia por parte del analista de imponer sus deseos, pensamientos, prejuicios, moral, a sostener la incertidumbre por sobre las certezas, a habilitar la apertura de nuevos interrogantes por sobre lo inmutable de preguntas viejas”.

- ¿Sólo la neutralidad del analista o se revisa el posicionamiento del profesional en relación a su quehacer diario?

- Esta  ley inevitablemente se relaciona con la temática de adopción, entonces, me pregunto si ¿los efectos que provocan aquellos profesionales, tanto en la clínica como en lo jurídico, en ausencia de neutralidad, con posiciones apegadas a un pensamiento binario: hombre-mujer, salud-enfermedad, madre mujer- padre varón, respetan los Derechos del Niño a tener una familia? Mi respuesta es un categórico no. Y quisiera resaltar que la capacidad de ahijar no se relaciona con la genitalidad de los padres o de las madres.

Para el licenciado en Psicología Roberto Viñas esta ley planteó revisiones de las posiciones de los propios psicólogos. En algunos casos más notables, se trata de un cambio de posiciones frente a la clínica. “En algunos casos, ya estaba superado aquello de que la homosexualidad era un trastorno, pero no se alcanzaba a visualizar cómo era posible una integración plena como ciudadano, si ciertos derechos eran vulnerados sistemáticamente. En otros, la modificación ha sido en el plano de las posiciones oficiales, ya no es posible hablar del desarrollo de la sexualidad como se lo planteaba antes como la plenitud alcanzada en la complementariedad de ambos sexos. El desarrollo pasa por otro lugar. Probablemente, aún no alcancemos a vislumbrar las revisiones teóricas a las cuales asistiremos”.

 

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“Las mujeres son mucho más sinceras que los hombres”

La extraviada se presenta como una obra, para tomar palabras del poeta y dramaturgo Víctor Hugo, en la que lo sublime es una combinación de lo bello y lo grotesco. La historia se resume así: en un viejo teatro estatal se ensaya la ópera La Traviata. Mientras que en el escenario se oye la sublime música de Giusseppe Verdi, en los talleres de vestuario dos mujeres vestuaristas se enfrentan por un amor y un puesto de trabajo. Suenan, durante toda la obra, arias en vivo de la maravillosa ópera.

¿Qué llevó al director, Alejandro Viola, a contar esta historia que se ocupa de lo que transcurre detrás de un escenario, que indaga en lo que permanece oculto al espectador? ¿Qué mirada sobre el género introduce? “Las mujeres nos arrasan a los hombres en cuanto a todo, inteligencia fundamentalmente. Y también creo que son mucho más sinceras en lo que les pasa: en los sentimientos, en lo que piensan y manifiestan, en sus relaciones. Los hombres muchas veces vivimos en la comodidad que nos dio precisamente el género masculino”, expresa en este diálogo con Boquitas pintadas.

Actrices, en plena acción; foto Prensa Duche&Zarate

-¿Cómo surge la idea de La extraviada?

-Quería escribir una comedia, casi costumbrista. Y una vez hice una obra en un teatro oficial que tardó como dos años en estrenarse ya que siempre surgía algún conflicto sindical que paralizaba al personal. Paritarias, contratados de años que querían pasar con justicia a planta permanente, aumentos de sueldos, nombramientos que nunca llegaban, escalafones. Dentro del elenco surgían diferentes voces: estábamos los que nos solidarizábamos con el tema y sugeríamos esperar y también estaban los que decían “hagámosla igual, sin nada, para que todos entiendan que el teatro está por encima de todos estos conflictos tan terrenales”. Por supuesto que nada se hizo hasta que se resolvió el conflicto sindical. Los actores muchas veces sentimos que el sólo hecho de haber elegido esta profesión ya nos ubica en un lugar elevado espiritualmente y eso nos hace lindar con lo bizarro. Claro que tal vez es una manera loable de tratar de escapar de la mediocridad y acercarnos en realidad a la sabiduría de los maestros que nos inspiraron, como por ejemplo, Verdi.

Esa mezcla de lo bizarro con lo elevado del arte me resulta cómico y angustiante a la vez. No puedo explicarlo demasiado. Y sobre esa base escribí La extraviada.

-¿Qué tiene de particular el detrás de escena en el teatro, que te interesó develarlo?

-Alguien me dijo que le gustó mucho la obra porque no siempre se muestra el verdadero estómago del teatro. Me gustó la definición. Siento que a diferencia de otros ámbitos, en el teatro (o el cine), el público disfruta, se conmueve o se desilusiona luego de ver una obra terminada sin necesidad de plantearse cómo fue el proceso hasta llegar al estreno. Pero adentro todo es minucioso y, muchas veces, intenso desde todo punto de vista. Quise jugar casi con ese torbellino: grandes egos, envidias, gente muy divertida y solidaria, competencias, amores prohibidos, autores, actores, diseñadores de vestuarios que ganaron muchos premios, escenógrafos que sienten que sus realizaciones son lo más importante de una obra.

-¿Cómo está presente la cuestión de género en la obra?  

-En La extraviada hay dos protagonistas que representan a mujeres comunes, trabajadoras, cotidianas, que luchan por mantener a sus familias, que viajan cada día apretadas en los medios de transporte, aplastadas por una rutina y una falta de reconocimiento casi degradantes. Sin embargo, son fuertes, sienten carnalmente, en medio del remolino se enamoran y se ilusionan aunque el galán que les toca sea el más mediocre. Acá no importa el hombre, en este caso es un pusilánime representado maravillosamente por Roberto Romano, que no tiene la capacidad de darse cuenta de que con los sentimientos no se juega. Y las dos lo permiten, porque tal vez lo elevado en ellas está en el amor.

-¿Qué mirada propone la obra sobre lo femenino?

-Las mujeres nos arrasan a los hombres en cuanto a todo, inteligencia fundamentalmente. Y también creo que son mucho más sinceras en lo que les pasa: en los sentimientos, en lo que piensan y manifiestan, en sus relaciones. Los hombres muchas veces vivimos en la comodidad que nos dio precisamente el género masculino. Y estoy convencido de que las mujeres tienen un umbral más alto que nosotros en cuanto al dolor. Pero claro, hombres y mujeres no estamos ajenos a los intersticios de la locura y, a veces, como en La extraviada, en un segundo las cosas se van de las manos. Nos puede pasar a cualquiera.

Alicia Muxo, en escena; foto Prensa Duche&Zarate

-Hay un modisto gay: ¿no sentís que este personaje viene a reforzar un cliché social? ¿Cuál es tu intención con esta inclusión?

-El cliché social no ha sido el mostrar al gay amanerado sino mostrarlo perverso, resentido, vengativo, mediocre, casi despreciable. En la obra no estamos tratando de descifrar si ese personaje, Marcelo, tiene tal o cual elección sexual. Está clara. Lo que me interesaba era que fuese el personaje que representara la ilusión, que fuera el lazo con La traviata, que tomara carnadura en él esa verdadera magia del teatro: la de soñar. El es el único que escucha la música de Verdi, el que sueña con llegar a una París nevada como si fuese el paraíso, es el que tiene humor, el que no deja que el maltrato diario le quite lo que siente por el teatro. Creo que es el único que tiene claro, en medio de lo grotesco, lo elevado del arte. Y ahí hay mucho de lo que yo quiero que me pase día a día.

-¿Cómo lograste trabajar La traviata, de modo de ensamblarla en medio de la historia detrás de bambalinas?

-Es una ópera que me apasiona. Es realmente el comienzo de lo que sería la ópera moderna. Partamos de que su traducción podría ser La extraviada, La perdida o sencillamente La puta. La historia es de avanzada en el género: una prostituta de alto lujo, desbordante de amantes/clientes que se enamora de un hombre de clase media y que lo debe abandonar en medio de la pasión a pedido del padre de él, pues su familia está siendo señalada y condenada a la miseria por esta rebeldía del joven. Mientras tanto la tuberculosis va apoderándose de la protagonista, Violeta, hasta llevarla a la muerte. Está todo: la ilusión, el amor, el sexo, el desprecio, el lujo, la pobreza, una sociedad que juzga, la muerte.

Y yo sentía que en mi obra también estaban todos esos temas y que cualquiera de las protagonistas, Olga o Zulema, podían ser miradas de esa manera y por qué no, ellas mismas sentirse “las perdidas” por ese hombre, el jefe de escenario. Son mujeres que van al frente como la protagonista de La traviata. Las tres se juegan el todo por el todo. En medio de eso, las arias le cantan a la historia de amor de Rodolfo y Olga, o le dicen “Addío del passato” cuando las cosas se ponen más difíciles, o son parte de la conciencia de la protagonista como si ella misma gritara “Amami, Alfredo, quant`io t`amo…” o recuerdan París con la poesía que imagina Marcelo.

-La obra crea una atmósfera de música, tragedia y comicidad: ¿Por qué consideraste importante incluir el humor en esta propuesta?

-Desde hace más de 25 años dirijo el grupo Los amados, la banda que combina música latinoamericana con una puesta muy teatral. Allí el humor tiene el mismo peso que la excelencia musical. Es un tema que me interesa en la vida. Y como ya dije, mi idea era escribir una comedia. Pero mi concepto de comedia tiene que ver con que muchas veces lo trágico se entrecruza con lo patético y lo bizarro, llegando a un grotesco que nos hace reír. Los lectores de esta nota sabrán a qué me refiero.

 

Ficha técnica:

Para Viola, el elenco es lo que enaltece la obra. Ellos son Alicia Muxo, María Rosa Frega, Roberto Romano, Ariel Gangemi, Alejandra Ríos y Verónica Díaz Benavente (cantante lírica). Piano en off: Santiago Rosso.

Dramaturgia y Dirección: Alejandro Viola.

Domingos a las 17. Teatro Payró – San Martín 766 (Retiro) – Ciudad de Buenos Aires.

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Kilombo Queer, cinco veladas diversas

El actor y director de teatro Martín Marcou propone el ciclo Kilombo Queer, cinco veladas diversas. El capítulo 1 será Kilombo trans. Habrá teatro + performance + cumbia + barra + fiesta. Esto será el sábado 18 de julio a las 23 en el Espacio Tole Tole.

El artista cuenta que se trata de un ciclo que irá de julio a noviembre de este 2015.  La Producción general, artística y dirección es de Martin Marcou (Director Teatral); Charlee Espinosa  es actor  y performer, coordinador general del ciclo.

La propuesta es un ejercicio estilístico que tiene como objeto mostrar la evidencia de fragmentos de vidas devenidos en cuerpos performáticos. Trabaja sobre la actuación del momento, lo efímero, con el aquí y ahora. La idea es personificar conceptos como lo camp, lo bizarro, lo kitsch, lo trash y todo el amplio espectro que construyen singulares dentro del mundo de lo Queer.

Martín Marcou, foto, gentileza Marcou

La idea aspira a construir relatos del momento, que no funcionen como reportes, sino que a través de las presencias corporales de los protagonistas de cada velada, el público pueda agenciarse en las expresiones vivas de una experiencia única e irrepetible.

Luego del primero vendrán otros capítulos con las siguientes temáticas: Kilombo Torteril, Kilombo Bi, Kilombo Gay, Kilombo con mostras. El primero es con cumbia; el segundo, con rock; el tercero, con pop; el cuarto, música electrónica y el quinto, rejunte musical. Es decir, cada Kilombo viene acompañado por un género y en cada noche habrá performances, poesía, acústicos e intervenciones en el espacio.

Al Espacio Tole Tole Teatro, en Pasteur 683, lo lleva adelante el director teatral Martín Marcou y Gonzalo Pérez, ligado a las Artes Audiovisuales, director del documental próximo a estrenar “Se puso lindo Tres Lagos”, sobre la primera chica trans de la provincia de Santa Cruz en realizarse una cirugía de re asignación de sexo.

Tole Tole es un lugar multidisciplinario que alberga expresiones diversas. Funciona como una usina de experiencias donde confluyen las artes escénicas, la fotografía y las artes plásticas. Es interesante de conocer.

La intención del espacio es difundir la obra, tanto de creadores nóveles como de artistas de trayectoria, privilegiando la calidad en la búsqueda, en el lenguaje y en el contenido.

El espacio cuenta con una sala teatral para 40 espectadores, una Galería de Arte, que todos los meses sube una muestra vinculada con la fotografía o pintura. Durante 2014 se inauguraron 9 muestras. Tiene además una sala de ensayos para dictado de talleres y un Almacén de Vestuario que cuenta con más de 300 prendas para alquiler o venta. Este espacio es llevado adelante junto a Graciana Buldrini.

En este momento en el teatro, cada sábado a las 21, se presenta Reparto a domicilio, una obra de teatro donde la muerte canta.

Martin Marcou, el director, dice que la obra trata sobre lo indefensos que estamos frente a la realidad de la vida. Las malas pasadas que en un instante nos puede jugar la existencia. La muerte está presente y aparece de improviso, los que la desconocen le temen y los que la han conocido bailan casi sin sentimiento, como niños.

“Rodeado de muerte, de amenazas y a solas con mi cabeza calvario, mi cabeza infierno, entre la maleza, con poca visión, con la mirada rota, extraviada, castigada, llena de agua, pude escribir esta obra de teatro para salvaguardar el momento. Si me caigo me levanto y sigo en el camino hasta que se acabe la ruta. He aprendido a crear belleza del dolor. Sólo muere aquel que ha vivido.”

 

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“Recuerdo que a los 3 años me encantaba escuchar Chiquitita, de Abba”

Libertad, la primera palabra del título elegido por Ed, bien podría considerarse una abstracción y al mismo tiempo un objetivo real para su vida, meta casi del todo lograda gracias a su recorrido personal, ya que implica la idea de que no hay retorno, que la libertad es un camino de ida…

Ed hoy tiene 39 años y nos envía un texto que escribió para que lo compartamos con los lectores de Boquitas pintadas. Desde el año pasado integra el grupo de reflexión para varones gay que coordina el lic. Alejandro Viedma en la Asociación Civil Puerta Abierta. Desde entonces, tiene deseos de contar su experiencia de vida.

Este hombre escribe con sinceridad, desde el corazón, como suele decirse.
Arma este racconto de su vida describiendo la re-presión = mucha presión = muchaS presioneS que tuvo que sortear, y contextualiza sus represiones en paralelo con recortes histórico-político-económicos de la Argentina, ilustrando dichas sombras con el acompañamiento de determinadas canciones y ciertos juegos que dieron luz a despertares, esos que animaron a un deseo que hoy intenta plasmarse en una real y completa (auto)aceptación, en el placer, la salud, el orgullo, el compañerismo y el amor.

“Libertad: mi largo y sinuoso camino”

Por Ed

Represión a la vuelta de tu casa, decía aquel tema de Los Violadores de principios de los ochenta. Represión que imperaba por estas tierras desde principios de 1976. Apenas unos días antes del inicio del caos, se me dio por llegar al mundo. Quizás la situación de extrema oscuridad de ese momento haya influido de alguna manera en cómo, poco a poco, empecé a percibir la realidad. La nacional y la propia.

A lo largo de mi vida me resultó muy duro poder encontrarme cómodo con mi sexualidad. Por mucho tiempo hice oídos sordos a los pequeños indicios que iba notando respecto de mí y a la impresión de ser distinto de la mayoría de los mortales. Hice lo que pude a cada momento. Fue un duro y largo proceso el que tomó desandar el camino.

 

De pequeño solía escuchar música en soledad, algo que no ha cambiado demasiado. La dictadura censuró a grandes artistas. Durante años, por represión interna, yo también elaboré mi propia “lista negra” de melodías favoritas de mi primera infancia. A los demás, a mí mismo, solía decir que el primer disco que había escuchado era “Off the wall”, de Michael Jackson. Sin embargo, la verdad es que mis acercamientos iniciales a la música vinieron de la mano del disco simple de Abba, “Chiquitita”, que pasaba una y otra vez en el combinado de mi abuela cuando tenía 3 años. O las pegadizas canciones de Raffaella Carrá, que me hacían bailar cuando volvía del jardín de infantes. Son momentos de los cuales sentí vergüenza por mucho tiempo. Ahora, por fin, puedo reconocerlos con una mirada más amable.

 Con mis amigos jugaba a “policías y ladrones”,y era malo para los deportes. En casa, tenía un muñeco de la pantera rosa. Me costaba entender por qué, siendo macho, tenía ese color. Algo inconsciente me provocaba la tentación de travestirlo, pero ahí estaban mi madre y mi abuela para sugerirme que mejor no, que era un “pantero”, y estos no usaban pelo largo ni vestido. Ellas cubrieron el rol de mi padre, desaparecido por propia gana, y se encargaron de transmitirme lo que se podía y lo que no se podía hacer. Lo que estaba bien y lo que estaba mal. Lo que correspondía a un varón y a una mujer. Y yo me lo tomé en serio, muy en serio.

La Argentina vivía una guerra absurda que dolía en el sur, y yo empezaba primer grado. Ese nuevo ámbito, sumado a la fuerte influencia que por ese entonces tenía a través de la fe católica, y el hecho de ser producto de la crianza en una ciudad del interior bajo la atenta mirada de quienes condenaban a las madres solteras, paulatinamente me fueron dejando una impronta muy fuerte respecto del deber de cumplir con las expectativas que los demás tenían puestas en mí, como ser el mejor alumno, hacer lo que se debía y no lo que realmente quería. Represión de la que empezaba a ser consciente.

A fines de 1983 se empezaban a respirar aires más libres en el país. Sin embargo, tanto para Argentina como para mí, la verdadera liberación no llegaría de un día para el otro. Por esa época descubrí a Sandra Mihanovich. Su voz aterciopelada e irreverente fue determinante en mi vida. Sin saber muy bien por qué, escucharla me hizo sentir feliz, liberado. Al oír sus temas, sentía que podía hacer (y ser) cualquier cosa que me propusiera, aunque sea por 3 minutos.

Video de Sandra Liberock

“La represión no se banca/ Por eso yo la quiero combatir/ Si vas dejando que te anulen/ Terminarás dejando de existir/ Libertad, libertad, yo te busco/ Donde quieras que estás.”

En 1984, pude ver en mi televisor Philco blanco y negro el videoclip del tema “Smalltown boy” de Bronski Beat. La canción cuenta la historia de un joven oriundo de un pueblo inglés, quien debe irse de su casa al no ser aceptado por su familia a causa de ser “diferente”. Alguien me dijo que el cantante y protagonista del videoclip, Jimmy Somerville, era “gay”, término que jamás había escuchado. Le pregunté a mi madre qué significaba esa palabra. Me dijo que era muy chico para preguntar esas cosas. Yo tenía 8 años,y decidí hacerle caso. Reprimí la curiosa sensación de empatía que me provocaba el video.

 El temor y la represión empezaban a adueñarse de mis actos. Preferí hacer lo que correspondía: mirar el comercial de Hitachi con Adriana Brodsky en tanga.

A los 11, mientras Alfonsín lidiaba con rebeliones militares, yo estaba secretamente enamorado de mi amiga Ce. Un día, llegué a su casa y me atendió su padre, en slip. Recuerdo perfectamente la incómoda sensación que experimenté. Fue mi primera erección, algo que me dio mucha vergüenza, un leve dejo de gozo, y la certeza de que eso que sentía estaba mal, muy mal.

Ese mismo año hubo un hecho que marcó mi vida: en la escuela, la maestra me acusó injustamente de haber tirado un borrador, pero fue tan enfática en su reprimenda que me hizo llorar. Me sentí muy humillado por mostrarme de esa manera delante de ella y del resto de mis compañeros, que empezaron a llamarme “maricón”. Enjugué mis lágrimas, y me prometí solemnemente que jamás en la vida volvería a llorar. Recién hace poco tiempo he podido reconectarme con la aliviadora sensación de llorar.

Tenía 13 años, en tiempos de hiperinflación, cuando decidí que iba a reprimir todo aquello que me impidiera ser como los demás. Empecé a escuchar rock, a mirar chicas, a acercarme e incluso a salir o tener alguna forma de experiencia sexual con alguna. Sin embargo, percibía que algo no terminaba de satisfacerme. Tuve una fantasía recurrente: en ella iba a estudiar a la casa de Jota, mi compañero de segundo año, pero terminábamos masturbándonos y besándonos. Algo que nunca se concretó. Había indicios de que él sentía algo, que quería experimentar, pero jamás me permití avanzar.

Tanto empeño en ser “normal” tuvo sus consecuencias. Lentamente, me fui volviendo agorafóbico.

A los 17 años empecé mi primera y fallida experiencia en terapia. No estaba listo para aceptarme tal como era.

En 1996 vine a vivir a Buenos Aires, cuando aún existía la escenografía de cartón pintado de la convertibilidad, que lentamente comenzaba a descascararse. Empecé a estudiar en un taller de teatro. Hice algunos amigos. Poco a poco me di cuenta que sentía una enorme atracción por el ayudante del profesor de actuación. Fue la primera vez que tuve conciencia de sentir algo parecido al amor, junto a la atracción sexual, hacia alguien de mi propio género. Eso me angustió mucho. Recuerdo una noche estar desvelado, pensando en él. En la radio sonaba el tema “Don’t bring me down” de E.L.O., y aún me acuerdo de cómo, de modo muy claro, casi revelador, en mi cabeza apareció un pensamiento directo, sin filtros que decía: “Sos gay”. No pude soportarlo. Fue la primera vez que tuve un ataque de pánico.

Por esa época, empecé una nueva terapia. Cuando llegamos al punto donde yo sentía la barrera a superar, esa imposibilidad de poder vencer mi represión, mis miedos e inseguridades, y poder aceptar aquello que en ese momento era inadmisible, dejé la terapia. Cuán importante hubiese sido poder atravesar esa pared en ese momento, pero entiendo que realmente no estaba listo, todavía tenía que encontrarme con mi esencia, aceptarme, y eso tomaría un poco más de tiempo.

 

Me sentía muy triste, me costaba estar con chicas y, a la vez, sentía que estaba mal descubrirme atraído hacia otros hombres. Por esas cosas de la vida, consciente o inconscientemente, tal vez para estirar mi confusión, me enamoré perdidamente de Ve, una chica luminosa, la cual no sentía lo mismo por mí. Me rompió el corazón. Pero el sufrimiento por la no concreción fue suficiente para tranquilizarme y hacerme sentir que yo aún tenía “solución”, que no estaba perdido, condenado a ser un infeliz fuera de la norma.

A los 28 años, mientras Kirchner llevaba apenas unos pocos meses al frente de la primera magistratura, yo enfrentaba como podía mis desafíos, y la represión devino en severos ataques de pánico. Tan fuerte fue la sensación y el miedo a perder el control, que incluso pasé por una muy breve internación. Ahí pude hablar de mi sexualidad por primera vez con profesionales. Tuve una suerte de “epifanía”: sentí que era bisexual, y esa etiqueta me ayudó mucho a, muy lentamente y con muchas dificultades, ir aceptándome como podía. Existen bisexuales, claro está. Es sólo que yo no era uno de ellos… De todos modos, hasta ese momento, no había tenido ningún tipo de acercamiento concreto y real con un hombre.

A los 30, empecé una nueva terapia, que continúa hasta el día de hoy. A diferencia de las anteriores, en este espacio pude hacer un gran trabajo de autoconocimiento y autoaceptación, hecho que ha resultado muy fructífero y revelador. Pasé de sentir que la posibilidad de estar física o emocionalmente con otro varón era sencillamente inconcebible, a animarme a lo inimaginable. Eran tiempos de la primera mujer elegida por votación popular al frente del gobierno nacional, la crisis del campo, y la flamante Ley de medios. Y eran también tiempos de chat. Chat que ayudó mucho a ir animándome a hablar con otros hombres hasta que, por fin a los 33 años, estuve por primera vez frente a frente con otro varón. Todo sucedía en el ámbito de lo privado, yo no hablaba con nadie sobre esas experiencias, excepto con mi psicólogo. Era como si no pasaran. Si no lo verbalizaba ni exteriorizaba, eso no sucedía. Pero sí sucedía. Ya no tenía contacto de ningún tipo con mujeres, aunque sentirme bisexual me alivianaba la carga que en ese entonces sentía. Y la culpa.

La Argentina estaba a la vanguardia de las naciones que otorgaban legítimos derechos antes impensados, como el matrimonio igualitario, en tanto que yo, por entonces, no era capaz de siquiera pronunciar la palabra “gay” y, mucho menos, de asumirme como tal. Las consecuencias de tanto tiempo de represión habían dejado su rastro.

Todo cambió a mis 38, cuando conocí a Efe. Sin proponérmelo, de pronto me encontré enamorado. El era masculino, pero a la vez algo afeminado y con perfil muy alto. Muy diferente al tipo de hombres que hasta ese entonces me habían atraído. Pero me voló la cabeza. Besarlo era como sentir que estaba en casa. Siempre que fuera en la intimidad. Él quería que pudiéramos hacernos demostraciones de amor en público, que le presentara a mis afectos, que lo hiciera parte de mi vida.

De poco valió que yo fuera sincero con él, que le contara que no estaba listo para abrirme. No estoy orgulloso de cómo me comporté con él, pero hoy puedo ver que realmente no me acompañó ni comprendió en el duro proceso de aceptación que estaba experimentando. Poco a poco nuestra relación se fue llenando de discusiones e intolerancia mutua, y fue la excusa perfecta para que yo decidiera terminar la relación. Por él pude, por fin, recuperar mi capacidad de llorar a moco tendido. Sólo con el paso del tiempo pude asumir que lo amé como nunca antes amé a nadie. Que me cambió la vida. Que significó mi primera relación de pareja en serio. Y eso aceleró en mí un proceso de aceptación cabal de mi persona. Pude entender, finalmente, que no soy heterosexual ni bisexual, sino que soy gay, y que eso no tiene nada de malo, por el contrario. Poco a poco pude abrirme con buena parte de mi entorno, y entender que mis temores previos respecto de no ser aceptado, de ser dejado de lado si sabían lo que sentía, eran completamente infundados. Al día de hoy, nadie que me quiera me ha rechazado.

Aceptar mi sexualidad me llevó a repensar muchas cosas. Me di cuenta deque no tenía amigos gays, que no tenía una red de contención para hablar de ciertos tema que, por muy buena predisposición que tuvieran, mis afectos heterosexuales no entendían a fondo lo que yo sentía, y siento.

Fue ahí que, afortunadamente, apareció en mi vida el Grupo de Reflexión de Varones Gays que coordina el Lic. Alejandro Viedma. Alejandro no sólo escucha, contiene y orienta con toda la experiencia y la sabiduría de años de trabajo y especialización en temática LGBT, sino que, esencialmente, es una gran persona, con inquietudes artísticas y talentos varios. Este grupo es un ámbito donde podemos hablar con pares de temas que nos involucran, donde la red de contención grupal permite sentirse valioso, ávido de vivir la vida con ganas, de comprender, de ser abierto y compasivo con uno mismo y con los demás. Espero cada miércoles con enormes ansias para ir a nuestra reunión.

Parafraseando a un compañero del grupo, yo todavía sigo saliendo del clóset, luchando contra los resquicios de mi propia homofobia internalizada, viendo que en ciertos ámbitos aún me es difícil mostrarme tal como soy, como por ejemplo, a nivel laboral. No obstante, no quiero forzar nada, sé que poco a poco se irá naturalizando, como lo he logrado en otros espacios.

A los treinta y nueve, por fin, me decidí a vivir realmente mi vida lo mejor que pueda. He sentido que el tema de la “avanzada” edad en que finalmente asumí que me gustan los hombres y que empecé a vivenciarlo en la práctica, en general me ha dejado la impresión de sentirme “el peor de todos”. Sin embargo, a través de la experiencia y el paso del tiempo, he conocido a hombres que han asumido su condición sexual a edades más tardías y en contextos mucho más arduos que en mi caso. Es increíble cómo uno es capaz de ampliar su visión del mundo, relajarse, dejar el látigo a un lado, a medida que conoce más historias de vida ricas.

Quisiera que Efe hubiese podido darme la oportunidad de demostrarle que ahora estoy en condiciones de amar libremente a otro hombre. No pudo ser con él, pero no pierdo las esperanzas de encontrar a alguien con quien podamos construir una relación de pareja duradera y feliz. Me lo debo.

Los años duros de la represión por fin van dando paso a tiempos de mayor libertad. Tengo mucho por hacer. No quiero perderme ni un minuto de todo aquello que la vida (me) traiga. Sandra tenía razón: Soy lo que soy, mi creación y mi destino. Y a mucha honra!

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La bisexualidad en primera persona

La bisexualidad existe

Por Milagros Amondaray

Milagros Amondaray, periodista, crítica de cine

Recientemente, en una charla sobre mi primer noviazgo (y relación a secas) con una mujer, mi interlocutora me dijo que quizás no era necesario que me ponga etiquetas. Que si estaba enamorada de la chica en cuestión no tenía por qué ya ponerme sobre mí misma la nomenclatura de “bisexual”. Si bien concuerdo con el hecho de que poner las cosas bajo determinadas categorías no siempre es bueno, en este caso en particular me hace bien, me gusta, me parece pertinente definir mi orientación sexual de esta manera. ¿Por qué? Supongo que porque a quienes nos definimos de ese modo nos agrada el hecho de sentirnos representados. Recientemente también, y en relación a dicha representación, escuché a una directora de cine iraní – la talentosa Desiree Akhavan – hablar sobre su bisexualidad de una manera similar. Está bueno que el término exista porque está bueno que se nos reconozca. En su ópera prima, Appropriate Behavior, la realizadora pone en el centro de la historia (algo no muy frecuente en cine o televisión) a un personaje bisexual. No es una mujer decorativa ni alguien que está ahí para ser la mejor amiga de la protagonista. Por el contrario, ella es la que lidera su propia narrativa.

Mientras la escuchaba hablar a Desiree me resultó inevitable pensar en un sinfín de variables respecto a mi experiencia. La primera, claro, es si siempre fui bisexual y nunca lo supe. La respuesta llegó rápido. Sí, supongo que siempre lo supe. Después me pregunté por qué nunca hice nada al respecto. Esa respuesta también llegó rápido. Porque durante gran parte de mi vida tuve relaciones con hombres y nunca se me presentó la oportunidad de ver cómo me sentiría estando con una mujer. Sin embargo, algunas situaciones confusas, algunos episodios con personas de mi mismo sexo siempre dejaron latente el interrogante. No curiosidad. Eso es otra cosa. Corriéndome un poco de mi identidad sexual, quiero decir que yo, María Milagros Amondaray siempre fui, como persona, alguien que cree que las cosas llegan en el instante adecuado. Así como una película aparece en un momento de tu vida para echar luz sobre determinado tema, y así como un libro te saca de una mala situación o te acompaña en un buen presente, lo mismo sucede con las personas. Las personas cumplen, a su modo tan diverso, una función. ¿Quién no asocia a alguien a una situación particular? ¿Quién está exento de afirmar que una pareja los sacó de una etapa negativa? Siguiendo con esa línea de pensamiento, no me resulta casual que la mujer que me hizo explorar mi bisexualidad (porque no hay diplomas que nos certifiquen como bisexuales, lo somos cuando lo sentimos y no necesariamente cuando concretamos desde lo físico) haya aparecido también en el momento indicado, un momento en el que me permití construir una amistad que terminó en amor.

Vero, la dueña de este espacio, me preguntó si el vínculo con mi novia (quien también es bisexual) redefinió mis relaciones anteriores con hombres. Luego de un tiempo de pensarlo debo decir que no. Mis relaciones previas fueron lo que fueron y el estar con una mujer no les cambia la perspectiva con las que ya las había evocado antes. Fallaron por las mismas razones que pensé hace un año, y nunca porque yo no haya hablado de mi bisexualidad. Los motivos excedían mi orientación sexual.

Si hay alguien acá leyendo que se identifica como bisexual sabrá que hay muchos prejuicios que nos rodean. Veamos sólo tres:

1. “Los bisexuales son todos promiscuos”: seguramente haya alguna persona bisexual que disfruta del sexo sin restricciones, como también hay personas heterosexuales que lo hacen, como también hay gays que lo hacen, como también hay lesbianas que lo hacen. La idea de que el bisexual, por el hecho de sentirse atraído por personas de su mismo sexo y del sexo opuesto, va a estar dispuesto a tríos, orgías y noches promiscuas es acaso el prejuicio más difícil de erradicar. Yo ahora soy tan monógama como lo fui estando en pareja con un hombre, porque me encuentro en una relación de amor y respeto y porque no necesito estar con un hombre en simultáneo para validar que soy bisexual. Hoy, en este presente, soy feliz en una relación sentimental con esa mujer particular que me hace bien. Somos menos rebuscados de como nos quieren representar

2. “Ah, entonces debés tener el doble de sexo que una persona heterosexual u homosexual”: no, tampoco. Yo puedo reconocer que me siento atraída por ambos sexos y tener relaciones con ambos sexos pero eso no implica a) que por ser bisexual el doble de gente se sienta atraída hacia mí b) que yo quiera estar en relaciones (ocasionales o no) con personas de los dos sexos de manera constante. Recordemos que la bisexualidad es una orientación sexual que implica que te atraen personas del mismo u otro sexo o género, no necesariamente al mismo tiempo, no necesariamente de la misma manera y no necesariamente en el mismo grado o con la misma intensidad

3. “Decís que sos bisexual porque no querés reconocer que sos lesbiana o gay”: dentro de la comunidad LGBTQ, uno de los grandes problemas es la forma en la que el bisexual es “borrado” por medio de la bio-fobia. Lo que se conoce como “bisexual erasure” es una realidad que padece un alto número de gente que se identifica como bisexual. ¿Qué significa esto? Que muchos piensan que los bisexuales estamos yendo de a poco y que no nos animamos a contar nuestra verdadera orientación. Por ende, la mujer bisexual es en realidad una lesbiana que no quiere decirlo (como si eso fuera negativo también) y el hombre bisexual es gay y tampoco quiere decirlo. El hecho de que no se consideren los grises es un problema porque nos está erradicando la posibilidad de definirnos (otro error: considerar a los bisexuales como “fiesteros indecisos”, algo que lamentablemente sucede con frecuencia). Por lo tanto, vuelvo al comienzo: a mí me gusta definirme como bisexual porque es una orientación que es real, que existe y a la que es positivo nombrar para que quede instalada y no se convierta en un mito.

Los prejuicios, lamentablemente, no terminan ahí, en gran medida porque no se considera como opción que las personas bisexuales podamos entablar vínculos de una manera mucho más libre. Y por “libre” no me refiero a ese otro prejuicio de las fiestas y los tríos. Yo soy libre de elegir estar con un hombre o con una mujer de acuerdo a mis necesidades del momento. Hoy soy feliz en una relación con mi novia, y eso no hace que extrañe el vínculo con un hombre. Es decir, los hombres me atraen de la misma manera que me atraían antes de estar con una mujer solo que hoy en día no me interesa actuar en función de esa atracción

La libertad, entonces, tiene que ver con poder hablar de mi orientación sexual abiertamente (tanto mi familia como mis amigos lo aceptaron naturalmente, también creo que porque siempre me armé de un núcleo afectivo más abierto y comprensivo), con poder disfrutar de la relación que construí y con poder hablar de la bisexualidad como algo que una mujer experimenta porque le hace bien y no porque es “cool” decirlo para “ratonear” al hombre (otro prejuicio y van…). No. Yo como mujer bisexual puedo decir que si hoy comparto mi vida con una mujer es porque solo me interesa cómo me siento yo, cómo se siente ella y cómo nos sentimos ambas respecto a la otra. Es tan simple como vivir la vida que nos tocó y ser honestos con lo que nos pasa y con lo que somos, por más que los prejuicios ajenos hagan que eso tan simple y tan normal se vuelva tan confuso y complicado.

Por Milagros Amondaray

 

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Un mundo de sexualidad reprimida

En una casa de clase media devenida en cuarto hospitalario con vista al andén de una estación de tren, conviven una madre (Maiamar Abrodos) y su hijo (Emiliano Figueredo) recientemente trasplantados de riñón. Ambos se encuentran maltrechos, miserables, insomnes y son custodiados por una enfermera nocturna nueva (Jorgelina Vera). La enfermera descubrirá el extraño vínculo de amor y odio que comparten el hijo y la madre, a la vez que percibirá lo que sucede frente a la ventana, en el baño de la estación de trenes.

Es ese otro mundo, que sólo puede ser espiado, aquel baño de la estación de trenes que se percibe a través de la ventana, es donde los cuerpos de extraños comulgan, se conectan, se retuercen al aire libre y a la vista de quien quiera mirar. Será esta tensión entre lo interno y lo externo, entre el impulso y lo reprimido, lo que llevará a una decisión extrema a la enfermera y desencadenará en tragedia.

Este es el argumento de Las guardianas, una obra de Hernán Costa que dirige Pablo D’Elía, que se estrena este jueves 7 de mayo. En esta conversación con Boquitas pintadas, D’Elía cuenta por qué le interesó abordar la obra, cómo fue la búsqueda de los actores y qué significa la inclusión de una actriz trans en la puesta, si es que esto es algo particular para él.

Los actores en escena

-¿Por qué le interesó la obra de Costa?

-Me interesó la obra de Hernán Costa porque ambienta un mundo de sexualidad reprimida, de deseo sofocante, enfermedad, locura, desparpajo y la disfuncionalidad de una madre e hijo transplantados que, ante la visita de una enfermera nocturna nueva, intentan seducirla e introducirla al voyeurismo.

-¿A qué refiere el título?

-A los guardias de la estación de tren de enfrente, donde los cuerpos comulgan teniendo relaciones sexuales en el andén. Las guardianas son, de alguna manera, la enfermera y la madre, atentas al espectáculo.

-¿Cómo fue la búsqueda de los actores?

-En el caso de Emiliano Figueredo y Maiamar Abrodos los conocía previamente por haber trabajado con ellos y siempre había tenido ganas de hacer algo en conjunto por su energía y talento. Cuando leí la obra no me imaginé otros actores como madre e hijo. En cuanto a Jorgelina Vera había visto su trabajo en La viuda de Rafael con Maiamar Abrodos y la química de ellas me encantaba, tuvimos una reunión donde hablamos de la propuesta y coordinamos los primeros ensayos. Trabajar con ella por primera vez fue un muy lindo encuentro. Los tres son grandes actores, que proponen y laburan a la par.

-¿Por qué sumó a una actriz trans en la obra?

-No pienso en las actrices o actores como trans o no. Llamé a una actriz para trabajar el rol de madre. Creo que no debería haber distinción de géneros.

-Está en el papel de mujer: ¿Lo hizo adrede, como un modo de militancia?

-Está en el papel de mujer porque es una mujer. La elección fue a partir de su despliegue actoral. No hay nada en el trabajo que hacemos que tenga que ver con la identidad sexual. Es una actriz interpretando un papel.

-¿Nota en el teatro la inclusión de actrices y actores trans? ¿En qué papeles los ve?

-Lamentablemente, creo que todavía hay mucho prejuicio. Creo que si uno como director trabaja lo que el material propone, la hipótesis que extrae del texto, con el actor o actriz que elija para el personaje que convoque, el género debería quedar por detrás, cuestiones personales de la vida de cada uno. Si el trabajo actoral es sólido, nadie debería preguntarse nada por fuera de lo que sucede en el hecho teatral.

 

Estrena este jueves 7 de mayo en La Casona Iluminada, Corrientes 1979 / Tel 4953 4232. Va todos los jueves a las 23. ¡La recomendamos!

 

Ficha técnica: escenografía: Las Guardianas / Vestuario: Traipi / Iluminación y asistencia de dirección: Marcos Ribas / Fotografía: Lau Castro / Diseño Gráfico: Guadalupe Padilla / Prensa: Duche & Zárate

 

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¿Cuántos de nosotros vamos con nuestras parejas de la mano por la calle?

¿Cuántos de nosotros vamos con nuestras parejas de la mano por la calle? ¿Cuántos de nosotros besamos en los labios a nuestro ser amado en público? ¿Cuántos de nosotros expresamos abiertamente nuestra indignación cuando escuchamos comentarios y/o chistes homofóbicos insultantes? Estas y otras preguntas se hace Julio, un lector de Boquitas pintadas que reflexiona en este escrito sobre la “naturalización” del clóset para muchos gays, sobre todo mayores de 30. ¿Cuántos de nosotros vivimos plenamente nuestra orientación sexual?, pregunta y se pregunta.

Los invito a leer estas reflexiones suyas y a intercambiar ideas entre todos y todas. Gracias, Julio, por estas palabras; gracias a todos los lectores por acompañar y participar.

Discriminación, prejuicios y la naturalización del clóset

Por Julio F. Szanto

Hace unas semanas mientras estaba caminando por la calle alrededor del mediodía me sorprendió ver a una pareja de varones de unos de 20 años tomados de la mano.

Mi primera reacción fue de sorpresa, ya que no estamos acostumbrados a ver manifestaciones de cariño en público entre personas del mismo sexo. Me pareció algo muy tierno porque se notaba que había mucho afecto entre ellos. Me puse a observar las reacciones de la gente que estaba alrededor y ví como algunos se reían y otros miraban sorprendidos. Definitivamente provocaban alguna reacción en el entorno.

Esto hizo que me pregunte acerca de qué tan natural es para la comunidad “abiertamente” gay ejercer nuestros derechos en nuestra vida cotidiana.

Quizás la respuesta sea diferente dependiendo de qué generaciones tomemos en cuenta, tal vez los más jóvenes están más abiertos a aceptar las distintas identidades sexuales que los de más edad. Sin embargo, lamentablemente los prejuicios y la discriminación están a la orden del día y no diferencian entre generaciones o clases sociales.

No dejan de sorprenderme las historias que leemos en este blog y en otras publicaciones sobre chicos jóvenes que comparten los difíciles procesos que han tenido que atravesar para salir del closet. Una clara señal de que algo todavía no anda bien.

Durante siglos, y aún en muchos países en la actualidad, los gays hemos sido perseguidos, torturados, asesinados,  hemos sido objeto de burlas, vejaciones y la mayoría de las veces hemos sido borrados de los libros de historia. Esto aparentemente ha calado tan hondo en nosotros que hoy en día parecería que nos cuesta ejercer plenamente nuestros derechos como seres humanos libres. Estamos rodeados de prejuicios propios y ajenos. Es como si hubiésemos internalizado el hecho que no hay que mostrarse del todo, que está mal, que es vergonzoso ¡Recuerdo que hace poco dos chicas fueron echadas de un bar en Buenos Aires por besarse en público!

Afortunadamente las cosas han estado cambiando y hemos podido lograr grandes conquistas desde el punto de vista legal, pero el cambio social marcha más lentamente. Estoy convencido de que este cambio depende en gran parte del compromiso individual y social que cada integrante del colectivo LGBT asuma en su vida cotidiana.

Foto: Ignacio Lehmann; 100 World Kisses

Lamentablemente aun hoy persiste el concepto de que ser gay es algo “malo” o “perverso”. Hace unos meses estaba en el cumpleaños de una amiga y un hombre heterosexual, profesional universitario, casado y con hijos (es decir, el ejemplo a seguir en esta sociedad, jejeje) comentó: “Yo no tengo ningún problema con los putos, que hagan lo que quieran, pero eso del abuso sexual a menores me hace mucho ruido”. Si vemos un poco las estadísticas, la mayoría de los abusadores son  hombres heterosexuales y familiares directos de la víctima. Claramente esto es un ejemplo de cómo se repite sin pensar un prejuicio instalado entre nosotros. Otro comentario que escuché de una médica  respecto de la donación de sangre: “Los homosexuales no pueden donar sangre porque son muy promiscuos”.

Yo me pregunto, ¿esta profesional de la salud ha estado en la cama de cada uno de los donantes de sangre para aventurarse a semejante afirmación? Entonces el “macho” heterosexual que tiene sexo con cuanta mujer se le cruza ¿qué es? En nuestra sociedad es un ganador y por supuesto que puede donar sangre sin problemas. Otro comentario de un médico: “Yo no tomaría mate con un gay, a ver si tiene SIDA?”. Más allá de la ignorancia imperdonable en un médico respecto de cómo se contagia el virus del VIH ¿Por qué gay tiene que ser sinónimo de SIDA? A esta altura todos deberíamos saber que ninguna enfermedad discrimina ni por género ni por orientación sexual.

Lo más triste de todo son los comentarios de gays sobre otros gays: “viste como a mí no se me nota que soy gay y a él sí?”, “es una mariquita”, “mirá como camina, parece una mujer”, “esa es tan histérica que seguro es la mujer de la pareja” ¡Parecería que adjudicarle a un varón características femeninas fuese un insulto!

Y paso por alto los comentarios y chistes retrógrados y homofóbicos que se escuchan y se leen en los medios de comunicación, inclusive en aquellos que se autoproclaman como defensores de la diversidad.

Sin embargo, en lo que más quiero poner la atención es en lo que podemos hacer cada uno de los que integramos el colectivo LGBT para que este cambio social se produzca más rápido y más profundamente. Preguntémonos qué hacemos diariamente para no sentirnos discriminados y lo que es peor, para no sentirnos autodiscriminados. ¿Cuántos de nosotros vamos con nuestras parejas de la mano por la calle? ¿Cuántos de nosotros besamos en los labios a nuestro ser amado en público? ¿Cuántos de nosotros expresamos abiertamente nuestra indignación cuando escuchamos comentarios y/o chistes homofóbicos insultantes? ¿Cuántos de nosotros vivimos plenamente nuestra orientación sexual? ¿Cuántos de nosotros socializamos con personas afines a nuestro estilo de vida?

Cuanto mayor sea el número de respuestas afirmativas, tanto más rápido experimentaremos los cambios en la sociedad. Todavía falta un largo camino por recorrer. La clave es animarse y buscar pares en distintos ámbitos sociales. El estar unidos nos fortalece y nos naturaliza.

No elegimos nuestra orientación sexual, lo que sí elegimos es cómo vivirla y si no hacemos un esfuerzo desde nosotros para vivir plenamente, lamentablemente el clóset seguirá allí, formando parte de nuestras vidas. Tal vez mi pensamiento sea un poco utópico, pero definitivamente no hay que permanecer indiferentes.

Quizás algún día, cuando palabras como “puto”, “maricón” o “torta” dejen de ser usadas como broma o insulto y cuando nunca más sea necesario escribir sobre estos temas, seremos testigos de que la sociedad ha madurado.

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