“A los siete años me gustaba un amigo de mi equipo de fútbol”

Jerónimo tiene 21 años y escribe a Boquitas pintadas para compartir su experiencia con la homosexualidad, como él lo menciona. Dice que eligió escribir su historia para este espacio porque dice que este blog le ayudó a abrir la cabeza y a aceptarse tal como es.  “Soy gay. Nunca creí que lo iba a poder contar libre y públicamente y menos tan pronto”, empieza diciendo. “Desde que tengo memoria me sentí atraído por los chicos. Recuerdo que a los siete años me gustaba un amigo de mi equipo de fútbol”. Era un malestar insoportable cuando ese chico especial faltaba. Fueron los primeros signos del amor.

Recién a los 19 se animó a pensarse gay y empezó a entender que no había nada malo en él. “Logré entender que no era sólo mi sexualidad, si no que era mi identidad la que estaba camuflando”, cuenta en un tramo del relato que comparte con todxs nosotrxs.

 

Mi identidad

por Jerónimo

New York Gay Pride 2014 – Marcha orgullo Gay NYC 2014; 100 World Kisses, por Ignacio Lehmann

Tengo 21 años, soy gay, nunca creí que lo iba a poder contar libre y públicamente y menos tan pronto. Desde que tengo memoria me sentí atraído por los chicos. Recuerdo que a los siete años me gustaba un amigo de mi equipo de fútbol, cuando él faltaba, preguntaba  una y otra vez porque no vino.

Una vez con mis compañeros mirábamos una foto del equipo del año anterior,  él ya no jugaba pero al observar su imagen tenía ganas de hablar de él, de decir que me gustaba. Pero no lo decía, ya a los siete años escondía mis sentimientos.

En ese momento uno sentía pero no era consciente de lo que le pasaba, ni siquiera a los doce años cuando me gustaba el hermano de una amiga mía. Mi amiga era muy linda y jugábamos en la pileta pero yo me ponía contento y sentía algo especial cuando se acercaba su hermano y me abrazaba para lograr tirarme al agua. No pensaba que me gustaban los varones, sólo lo sentía.

En esa época, de chico, nos imponían la idea de que las parejas estaban formadas por  un hombre y una mujer  y cuando se veía a una pareja de homosexuales se los llamaba “putos” o “maricones”.  ¿Qué podía pensar? Se pregunta siempre si tenés novia, como ya dando por hecho que debemos tener una pareja heterosexual.

Así es cómo tuve mi primera novia a los doce, con quien la pasaba excelente, me divertía muchísimo pero no sentía esa química que debía sentir. Más allá de lo que la sociedad piense uno siempre seguirá sintiendo igual. A los quince años me daba cuenta de que este sentimiento hacia las personas de mí mismo sexo era constante. Ya me empezaba a preocupar, algo estaba mal en mí, pensaba. La atracción empezaba a ser más fuertes que mi voluntad de esconderlo. Lloraba a veces en la ducha, le rezaba a Dios todas las noches para que me convirtiera en heterosexual.

Pero esos sentimientos persistían. ¿Cómo no iba a ser así, si no había nada malo en mí? Sólo que yo no lo sabía.  Me horrorizaba la idea de que alguien se diera cuenta de mi homosexualidad, sentía mucha culpa, ¿por qué me pasaba esto a mí, una persona buena, inocente que nunca había hecho daño a nadie, al contrario? Pensaba que iba a tener que vivir una vida entera escondiendo esto.  Hasta que terminé el colegio sentí culpa y malestar con mi sexualidad, miedo a frustrar a mis seres queridos. Me fijaba siempre cómo actuaba, trataba de no estar mucho con chicas para que la gente no sospeche.

Pero a los 19 años decidí afrontar esto que me pasaba. Ya intuía que no había nada malo en ser gay  y empecé a investigar y a escucharme más a mí mismo. Ya empezaba en el 2010 a debatirse la ley de matrimonio igualitario. Escuché cientos de comentarios a favor y en contra, empezaba a crecer una idea dentro de mí: lo que sentía estaba bien. Miré cientos de veces una película que me ayudó a comprender aún más mi situación, Plegarias por Bobby (buenísima, la recomiendo), miré muchos videos en YouTube, leí cientos de artículos. Logré entender que no era sólo mi sexualidad, si no que era mi identidad la que estaba camuflando.

Con esta me refiero a mi forma de pensar, de ser y de sentir. ¿Por qué seguir escondiendo a la gente quien realmente era? ¿Por qué ocultar mi verdadera identidad?  No me permitía ser quien realmente soy por miedo a las críticas, al qué dirán. Estaba condicionado por haber tenido mala información desde chico y también por falta de ella. Una frase de una película me quedó grabada: “Si un chico nace sin un brazo y se le dice que eso está mal, ¿qué puede pensar?

Con el tiempo pude al fin sentirme seguro de mí mismo, entender que lo que sentía era normal, que no había nada malo en eso. Entendí que yo era así, que siempre lo fui y que siempre lo seguiré siendo. Si quería ser feliz debía escucharme, ser fiel a mis sentimientos, sino me estaría traicionando.

Así fue que empecé a conocer a otros chicos gays, derribé todo tipo de prejuicio que tenía, aun siendo gay, porque la sociedad me los había impuesto. Me sentí identificado con ellos, con sus historias, con sus sufrimientos y alegrías.  Ví que muchos de ellos empezaban a salir del clóset y eso los hacía felices. Así fue como empecé el proceso de contarle a mis seres queridos, a mis papás, mis hermanos, mis amigas mujeres y más tarde al resto de mi familia y mis amigos varones. Fue un proceso que viví con miedo, incertidumbre pero que me dio mucha paz y armonía.

La verdad es que recibí un apoyo incondicional. Ya no tenía nada que esconder, ni miedo a que sospecharan nada. Podía ser quien realmente era, conocer  y estar con quien realmente me gustara y eso me hace feliz. Sé que aún a alguna gente le cuesta hablar del tema o no se siente cómoda, yo los entiendo: me costó a mí entenderlo, cómo no les va a costar a los demás cuando no pasan por esto. Pero no es un tema muy ajeno a cualquiera, algún día conocerán una persona gay o uno de sus familiares les contará, quizás uno de sus hijo lo sea. Ahí se romperán los prejuicios,  verán que es normal.

Pero hay otras maneras de evitar los prejuicios, se logra informándonos, poniéndonos en el lugar del otro, escuchar su relato de vida. Sé que la sociedad ha cambiado y que ya hemos progresado infinitamente. Hoy me puedo imaginar formando  una familia con marido e hijos y me pone orgulloso. Orgulloso de vivir en un país dónde se respeta a las minorías y, donde gracias a eso, cientos de miles de personas desde su juventud pueden mostrarle al mundo su identidad, quiénes son realmente.

 

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Cuando ver porno gay era una odisea

Pablo escribió este texto en uno de los ejercicios del grupo de reflexión para varones gay que coordina el lic. Alejandro Viedma en la Asociación Civil Puerta Abierta. La consigna había sido: “Compartir con los compañeros algo que nunca habías contado”. Pablo tiene 37 años y recordó cómo fue la primera vez en la que vio una película gay porno, hace más de 20 años, época pre cibernética, pre Internet. Imaginemos aquellos tiempos que parecen tan lejanos. Hoy casi cualquier persona tiene acceso a la web y eso ayuda a que, por ejemplo, los adolescentes gay puedan asumirse como tales investigando su deseo más sencilla y tempranamente. Incluso sin salir de sus casas. Pero en los 90, y antes menos todavía, no era nada fácil.

Les comparto este relato que Pablo envió para que leamos todos en Boquitas pintadas.

“Barbita”

Por Pablo

Estaba en casa con mi familia, hace poco más de 20 años. El día estaba bastante feo, llovía y hacía mucho frío. Después de almorzar, decidimos ir al video club a alquilar algunas pelis.

Como siempre, ya en el local, mi mamá se instaló en la sección de películas románticas o de historias verídicas (aburridas para mí en ese momento), mi papá en la de acción o comedia (las películas de acción no me disgustaban tanto porque los actores casi siempre estaban buenos, y las comedias me gustan), mi hermana y hermano más chicos (como 10 años menores que yo) estaban eligiendo una de dibujos animados, y yo buscaba de suspenso y terror.

Pero ese día en el video club descubrí algo que siempre estuvo ahí y nunca me había dado cuenta. Entre zombies y vampiros, monstruos y hombres lobo, decidiendo con cuál de ellos pasar la noche, siento de pronto a lo lejos la risa de mi papá, esa risa pícara que lo deschavaba cuando se estaba mandando una de las suyas, y a mi vieja la noto sonrojada y escucho que le dice con una voz susurrante y vergonzosa que era un pelotudo. Y es ahí cuando descubro mi gran hallazgo, la fila de arriba de todo era la de las películas porno, que enriquecía mi vista deseosa de todo aquello que observaba, pero a la vez incómoda ya que tenía que mantener la vista hacia arriba, y esto hacía que las demás personas que estaban ahí se dieran cuenta de lo que estaba mirando.

Entre miraditas rápidas, que eran como flashes, porque los nervios y la vergüenza me invadían creándome el fantasma que los demás podían descubrir mis deseos ocultos, de pronto lo veo a él, increíblemente bello, con su pelo castaño, claro y brillante, una barba prolijamente cortada, sus ojos azules que te invitaban a mirarlo y sus dientes blancos que se asomaban a través de una sonrisa que vencía toda resistencia de no quererlo, de no desearlo. Y otra vez mi viejo interrumpiendo el momento, pero esta vez en forma directa preguntándome si ya había elegido una película; quería pagar y que nos fuéramos.

Ese día comencé a convencerme que tenía que ver esa película, en la que estaba ese hombre increíble que había poseído mi mente. El tema era que tenía muchas dificultades para hacerlo, como por ejemplo, que tenía que estar solo en mi casa, mis viejos no se tenían que enterar jamás, y lo más difícil era cómo iba a hacer para alquilar una película para adultos, teniendo 14 años.

Una semana después, mi mamá me dice que una de mis tías nos había invitado a comer a su casa el sábado, obviamente le dije que no iba a ir, no sólo por el hecho de aprovechar el momento, sino también porque las reuniones familiares no eran de mi agrado; mi mamá, sabiendo esto, no me insistió.

Fueron dos días de planear el encuentro con “barbita”, pensé de todo, todo malísimo y peligroso, como por ejemplo: falsificar una nota firmada por mi viejo dándome permiso para llevar esa película, o disfrazarme para parecer mayor, y hasta se me ocurrió sobornar al señor del video club pagándole el alquiler de la película a un valor mucho más elevado, pero por suerte rápidamente desistí de estas ideas.

Ya casi resignado a que no iba a poder hacer nada, de pronto se me ocurrió el plan “perfecto”, que era: aprovechar la promoción de 3 películas por $10 y poner el número de cualquier película de terror o suspenso (género que siempre llevaba) en la de “barbita” y que el número de “barbita” sea el de la película de terror o suspenso que supuestamente quería llevar y, si el señor del video club me decía que no podía alquilarme esa película porque era condicionada, le mencionaba las tres películas que quería ver y le mostraba de dónde había sacado ese número y todo pasaba a hacer un error de él.

Llegó el sábado y mis viejos con mis hermanitos se fueron. A la media hora de su partida yo voy hasta el video club. Por suerte cuando llego no había mucha gente y el señor del local estaba distraído hablando con alguien. Era el momento perfecto, me acerco hasta “barbita” y saco su número rápidamente, de la misma forma agarro el número de una película de terror y la pongo en el lugar del número de la película de “barbita”, me tomo mi tiempo para elegir las otras dos películas y también para desacelerar mi corazón que parecía que iba a explotar por los nervios que tenía. Ya más tranquilo y juntando valor, tomo aire y me acerco al mostrador y le doy al señor los tres números de las películas elegidas, el señor agarra los números y va hacia atrás a buscar las pelis; casi inmediatamente vuelve con las 3 cajas negras y las pone en una bolsa, le pago y anota en su hoja mi número de socio, los números de las películas y que las dejé pagas, nos saludamos y salgo rápidamente hacia mi casa.

Ya estando en casa, pongo la peli, la cual vi varias veces ese día, en ella había hombres bellos por todos lados que se tocaban, besaban, chupaban y demás cosas, pero lo mejor fue cuando apareció “barbita”… Verlo entero, con su cuerpo delgado y delicadamente marcado, tocándose, mirando y sonriendo provocativamente, en realidad, provocando a otro pero, para mí, en ese momento, me estaba provocando sólo a mí: me llamaba, me invitaba a pasar un momento maravilloso, y así fue.

Más tarde, ya sabiendo que mis viejos estaban próximos a regresar, escondo la película entre las cosas que están dentro de mi placard, dejando solamente las otras dos películas para ver.

El lunes temprano antes de ir a clases, voy a devolver las películas, llego al video club, se las entrego al señor que lo atiende, nos saludamos y me dirijo hacia la escuela.

Así finaliza la historia de cómo alquilé mi primera película porno gay.

 

Este miércoles 4 de marzo a las 20 se inicia la doceava temporada de este grupo de reflexión de varones gays en Puerta Abierta, en el barrio porteño de San Cristóbal. Para ingresar al grupo el lic. Viedma toma una entrevista previa, que podés concertar comunicándote al tel. 15-6165-4485.

Para conocer más sobre Alejandro Viedma

 

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“Me enamoré de un rubio con ojos más azules que el mar”, dice Jonatan

Jonatan tiene 20 años y vive en Pilar. Estudia Ecología en la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS) de Polvorines. Después de leer en Boquitas pintadas una historia de amor no correspondido, se sintió tocado y quiso compartir su historia con nosotros. “También pasé por algo así y quiero contarlo. Me encantó la historia”, dice. De algún modo fue sentirse menos solo.

El alemán que me enamoró

por Jonatan

Hola, soy Jonatan. Tengo 20 años, vivo en Pilar y estudio Ecología en la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS) de Polvorines. La verdad me encantó la historia. Y también pase por algo así.

Estoy en una ONG ambientalista, Patrimonio Natural, y desde hace cinco o seis años vienen chicos de Alemania a voluntariar por un año.

Cuando yo tenía 17 estaba terminando la escuela secundaria sin muchas ambiciones pero sí comprometido con lo que me gustaba. Mi vida era muy simple. Ese año, septiembre de 2011, llegó Malte, un alemán rubio de ojos más azules que el mar.

El vivió en la sede de la ONG, que es la casa de una voluntaria y es, también, donde se encuentra el vivero de plantas nativas, que es el lugar donde más se trabaja.

A mi me encantó siempre y me encantan desde los trece las plantas, el vivero, la naturaleza en sí.

Con Malte pasábamos tanto tiempo juntos, éramos casi inseparables. Yo iba donde él estaba, me escaba de mi casa para estar con él, nos divertíamos mucho, teníamos una gran química y nos entendíamos perfectamente uno al otro. Yo me enamoré desde el primer momento en que lo ví, pero tenía miedo de decírselo. Nunca le había dicho nada así a nadie y no tenía experiencia de relaciones o amistades con chicos.

Estaba muy confundido, todo el tiempo nos mirábamos a los ojos por un largo rato, me susurraba cosas dulces en el oído y cuando no nos veíamos por un par de días me llamaba o escribía diciéndome que me extrañaba, que me necesitaba, que le hacía mucha falta…

Foto: Ignacio Lehmann; 100 World Kisses

Pasamos por infinitos momentos, buenos y malos. Un día antes de que finalice el año tomé coraje, corrí a la casa y se lo dije. Sencillamente le dije que lo amaba. Pensé que ya no tenía nada que perder, total él se iba a ir de todos modos y yo necesitaba sacarme esa mochila tan pesada de mi hombro.

El lo aceptó y dijo que estaba admirado de que yo pudiera decirle cara a cara lo que sentía por él. Lamentablemente para mí, en ese momento me dijo que me quería mucho y me apreciaba pero sólo como amigo. Yo me desmoroné.

Entonces, me salió un viaje a lo de una amiga en San Luis y entre otros quilombos que tenía ni dudé en irme. Allá pude respirar aire fresco y pensar detenidamente todo, aparte de llorar casi cada noche.

Cuando volví al mes faltaban dos semanas para que él se fuera. Tomé la decisión de tratar de que lo nuestro quedara bien. Pasamos los últimos días muy juntos; él estaba tan contento de que nos hayamos podido ver antes de su partida. Y un 20 de agosto de 2012 se fue.

Llegué a la casa de mi abuela, que es donde vivo. Me encerré en mi cuarto y lloré hasta quedarme dormido. Fue muy duro.

Mis amigas se preocupaban de verdad y, realmente les agradezco mucho. Ellas eran las que mantenían mi cabeza fuera del agua y dibujaban una sonrisa en mi rostro. Tuve año recuperándome, haciendo terapia y tratando de entender lo que pasó y lo que de algún modo seguía pasando.

Prometimos escribirnos y cosas así, pero no pasaba seguido y distintas cosas provocaban odio, ira y enojo en mí. Hace como un año, comencé un cambio más espiritual y corté todo tipo de contacto con él. Ahora es sólo como un fantasma, es alguien que fue muy importante en mi vida pero que ahora se desvaneció en el aire. Puedo ver todo claramente y me di cuenta de que lo nuestro no iba a funcionar, de que él no era para mí.

Gracias a esa experiencia hoy me siento más seguro, me amo a mismo y tengo el corazón abierto otra vez.

¡Gracias por este espacio! Un abrazo

 

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“Mis amigas mujeres contribuyeron mucho a mi liberación homosexual”, dice Juan Pablo

En vísperas del Día del Amigo, comparto con ustedes el relato de Juan Pablo, un joven que escribe desde Salto, Uruguay. El aclara que su historia no tiene ninguna particularidad. “Desde pequeño supe que era gay, buena parte de mi vida traté de ‘administrar’ esa condición, suponía que con el tiempo me iba a ‘transformar’ en heterosexual”. Cuando terminó su secundario y pasó a la universidad comenzó a cambiar su actitud, esto también como consecuencia de que empezó a vivir solo. “De apoco me fui liberando, con los temores, obvio”, dice. En ese momento de liberación rescata la presencia de sus amigas. “En todo este período hice amistad con muchas amigas y comprobé que las mujeres son mucho menos prejuiciosas que los hombres en lo que respecta a la homosexualidad masculina, por eso contribuyeron mucho a mi liberación”

- ¿Cómo es que siempre supiste que eras gay?

- Soy de los que cree no es una condición adquirida, más precisamente creo que viene desde el nacimiento mismo. Desde que era chico ya tenía fantasías sexuales con hombres y siempre los observaba, me gustaban sus físicos, obviamente no me animaba a formular estas cosas. Recuerdo muy claramente cuando tenía doce años haberme sentado en la falda de un compañero de clase; además, me gustaba cuando estaba solo usar cosas de niñas. A los doce años me perforé la oreja para usar aritos. Es decir se desarrolló en mi conciencia una fuerte admiración por el género femenino.

- ¿Cómo fue ese tratar de “administrar” esa condición?

- Mucho más tarde una psicóloga mía describió mi homosexualidad vinculándola a mi admiración a la cosa de “mujer”. Ahí es cuando digo que siempre “administré” mi homosexualidad para que el ambiente no me agrediera. Trataba de ocultar toda “actitud” homosexual, procuraba consolidar una imagen heterosexual. Luego fui tomando conciencia de que mi condición de gay era irreversible. En el secundario me reprimí mucho. Me enamoraba de la belleza masculina pero no lo manifestaba.

Rostros de un Triunfo; fotografías de Javier Fuentes & Nicolás Fernández

- ¿Qué te pasó en la universidad?

- Cuando llegué a la universidad desarrollé otro tipo de vínculos. Al vivir solo me acerqué mucho a las mujeres, compañeras de clase y con ellas explicité mi condición gay. Las chicas siempre fueron muy comprensivas y me ayudaron. Tenía conversaciones sobre hombres con ellas. Las mujeres son muy comprensivas y están libradas de esas estúpidas ideas machistas. De hecho mis amistades íntimas son todas mujeres; las amo como amigas.

- ¿Qué sentís que ocurrió en Uruguay desde la aprobación del matrimonio igualitario?

- Respecto al matrimonio igualitario en Uruguay lo que ha cambiado es el status jurídico, pero seguimos siendo una sociedad machista y conservadora. No todo el mundo sabe que soy gay, es decir no lo digo abiertamente pese a que la ley me avale.

¡Feliz día a todos los amigos de Boquitas pintadas!

 

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“Yo soy gay, pero él no”, dice Manuel

Lo primero que Manuel dice es que “sólo sucedió”. Lo segundo, un pedido: “Tal vez a alguno de ustedes, lectores que son pertenecientes a estos temas le ha pasado una situación como esta. Si es así, compartan su experiencia pues el afrontarla con uno mismo es difícil de digerir”. Lo tercero que escribe es: “Todo se basa entre dos hombres que viven juntos en una casa de estudiantes y que, como el título lo dice, uno (yo) es gay, pero el otro no”.

En este relato, Manuel, un joven de 22 años, aclara que es gay pero que si lo viesen a lo lejos pensarían que es un “hombre tradicional”. Cree que no se le nota su orientación sexual (no tiene formas afeminadas) y lo aclara porque quizá esta sea una de las razones por las cuales un amigo suyo, alguien con quien comparte su casa, se dejó llevar.

Cuenta su historia así:

Estudio una carrera profesional a punto de terminar (gracias a Dios) y he convivido con muchas personas que me llenaron de experiencia y, sin duda alguna, mencionaría a Jorge. Él es uno de mis compañeros de casa, tiene 18 años a punto de cumplir 19 (lo sé, ¿la edad me lo ha dicho todo?), llevamos medio año de conocernos, pero en ese medio año nos hemos conocido de una manera muy buena.  Interactuamos por primera vez y diría que con el paso del tiempo, por mi comportamiento y actitud él infirió mi orientación sexual.

A pesar de ésto siempre me había tratado igual hasta el momento: hacíamos cosas juntos, salir a comer de vez en cuando, ir a su habitación y acompañarlo mientras se hacía los deberes, una que otra vez embriagarnos por diversión y ver películas. Entre este lapso de tiempo no puedo negar que sentía cierta atracción física por Jorge, salía por fuera de mis gustos o prioridades, entre éstas, la edad.

Antes de indagar más en esto permítanme describir a Jorge. Vive a tres horas de distancia de aquí en un pueblo donde el ambiente no es muy urbano y las mentes abiertas no abundan, entre hombres es vaya… machista y claramente si se pasa por allí un chico como yo con mis preferencias al descubierto, lo mínimo recibiría sería un golpe y palabras ofensivas. El vino de igual manera que yo y otros jóvenes a estudiar una carrera universitaria y eso con esfuerzos porque a este chico no le atrae mucho el estudio; si por él fuera dejaría de estudiar y trabajaría, vaya que si se le ve, pero para la habilidad de diseño que Dios (independientemente de la religió en ustedes lectores) tiene un buen desempeño, veo potencial en Jorge, sólo que la flojera lo empapaba.

Cuando él llegó a la casa, entre muchas historias de familia y amigos, relució su novia. En varios momentos me había comentado sobre la mucho que la quería, las chicas que había tenido, lo que le atraía de las mujeres y lo que ha pasado entre ellas. Mi reacción ante esto era normal, como un amigo sincero, nunca he visto a Jorge con más de estos ojos, nunca lo planee en mi vida o como acompañante de vida, era un amigo muy lindo que me había aceptado por lo que soy, por ser quien soy y ser el segundo hombre que me hablaba y me buscaba para divertirse. Es entonces cuando lo sentí como un hermano, me preocupaba por él, le ayudaba en los deberes de vez en cuando. A veces él me decía que parecía su mamá.

En nuestro período de vida y en los días cotidianos Jorge y yo teníamos cierto contacto que para él se podría traducir normal. Con esto me refiero a que cuando me pidió uno que otro masaje en la espalda, quizá para él fue normal, pero para mí fue el inicio de una atracción fuerte. Después de esto era el típico roce de manos que duraba segundos en cierta parte del cuerpo o abrazos que le daba y que eran del todo normales.

Debo destacar para esta historia que hubo varios momentos en los que hubo cierto contacto un poco más de lo normal por parte mía hacia él pero que nunca se puso un alto. Esto me daba vueltas en la cabeza, pues Jorge me dejaba ciertas puertas abiertas para pensar en él de maneras distintas, pero que a mi criterio supuse que ninguna de ellas iba a suceder hasta la fecha.

Después del último Año Nuevo y Navidad y de estar en comunicación por mensajes, regresamos a un nuevo período escolar y los planes de divertirnos entre compañeros de casa fluían de manera normal.  Es entonces cuando el vaso comienza a empañarse y el escribir esto me resulta triste de recordar, pero por eso lo hice, para poder reflexionar, para ver esto de otra manera y poder comprender lo que sucedió. Sobre todo para acercarme a la típica pregunta: ¿Y si no hubiera? o ¿Por qué?

Un día Jorge me dijo que se sentía mal, al parecer una gripa tremenda le había atacado. Yo comenzaba a despertarme y como siempre hacía cada día, me gritaba para ver qué planes íbamos a hacer y si tenía algo que le aliviase el malestar. Bajó a mi habitación y se acostó en mi cama como de costumbre al lado mío. Entre mis cosas encontré algo que le aliviaría y la charla comenzó de manera cotidiana. Para esto yo comencé a tocarle la espalda pues dijo que tenía ganas de un masaje. En la posición fetal en que se encontraba y dándome su espalda hacia mí, comencé en abrazarlo de manera “normal”.

Mi mano se volvió un poco insolente y necia y realizó movimientos que “no debía”. Empezó a pasar a su espalda, a recorrer su estómago y de ahí a la “zona prohibida”. Durante todo este desenlace, Jorge me recontaba los hechos de sus novias y lo que había pasado, entre otras historias de temas diferentes, pero no se movía de la posición que tenía. Acostados, en posición fetal y su espalda dándome en la cara sin poder observar que reacción tenía, sin ver sus ojos y ver lo que su mente pensaba. Mi cara estaba en su espalda y mis labios sobre su piel. Ya habíamos cruzado la línea, todo era cuestión de tiempo.

De manera paulatina mi mano bajó y dejo en sus mentes lo que sucedió. Pero dejo en claro que yo hice todo el trabajo. No puedo permitirme revivir este recuerdo otra vez, y no por lo pasó, sino por el efecto que ésto tuvo. Después del acto sucedido, él se levantó de la cama y se retiró a bañarse. Nos fuimos a la escuela juntos y de allí no supe nada más hasta que regresé a casa.

Durante mi mañana no puedo decir que me sentí realizado o feliz por lo sucedido. Una presión derribaba mi pecho y un sentimiento entre melancolía, tristeza, culpa y otras cosas que me provocan un vomito verbal, no desaparecían.

Otra de mis compañeras de estudio, después de unos días contarle lo que sucedió, me describió a Jorge con una actitud de apagado esa tarde y cuando mi presencia volvía a esta casa, cierta actitud ya era diferente en él. Después de actuar como un “nada pasó” me dispuse a hablar con él y sus palabras fueron: “No te preocupes, solo pasó pero no quiero que se vuelva a repetir”.

Mi respuesta fue, sin reacción: ¿Cómo puedo hacer que no pasó nada cuando sí paso? Quiero saber cómo te sientes, si estás bien. Jorge respondió: “Me sentí mal conmigo mismo, sólo hay que hacer como que no pasó nada y seguir igual”.

Mi reacción fue seca, no sabía qué hacer y un sentimiento de culpa y arrepentimiento me abordaba. La relación había cambiado y así se iba a quedar. Lágrimas cayeron al suelo cuando se fue y en la calle, cuando me dispuse a irme de la casa, antes fui con él y lo abracé diciéndole: “Perdón por haberte hecho sentir mal”.

Él era la víctima, no yo, yo sé quién soy, sé qué me gusta y qué no y tengo claras mis preferencias, pero para él fue un shock lo que en su interior accedió a hacer conmigo. Pasaron dos días y entre consejos de amigos sobre lo sucedido supuse que la mejor solución era aclararlo.

Era claro que no él quería abordar el tema, que no lo mencionara, pero no obedecí tal señal. En resumen le dije que mi amistad seguía en pie, que si necesitaba yo estaría aquí, que no quería que las cosas fuesen distintas. Entre mis palabras Jorge se distraía con objetos para distraerse y con palabras de: “A sí, no te preocupes, pues ya “x” ya paso, hay que pasar de hoja”. Lo que supuse que sería una larga charla de razonamiento y reencuentro, solo duró cinco minutos y con un “todo normal”.

Me levanté, le di un abrazo y me retiré de su habitación con el ánimo por el suelo y con tuve mi desahogo, que cada tanto vuelve.

Espero que no los haya aburrido con mi historia. Tal vez haya más cosas interesantes que ésto, pero creo que quizá pueda ayudar a alguien que pase por una experiencia similar. Si ustedes tienen un consejo para mí no lo desecharía por nada. Jorge sigue aquí; hoy se fue a la escuela, antes me habría llamado para ver qué hacíamos en el día; hoy sólo se lavó los dientes y se fue.

La historia sigue su curso y si algo mueve mi rumbo se los haré saber. Gracias por su atención.

 

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El amor es bisexual: ¿Acaso no amamos a nuestros amigos, varones o mujeres?

En el post anterior conversábamos sobre la posibilidad de que la bisexualidad sea innata a todas las personas. Tratamos a la bisexualidad desde el punto de vista sexual, es decir, definíamos bisexual a alguien que se involucraba sexo-afectivamente con personas de su mismo sexo o del contrario. El tema desarrollado por el Lic. Alejandro Viedma despertó un debate intenso entre posturas encontradas: además de los más de 350 comentarios en el blog, varias personas escribieron a Boquitas pintadas contando sus experiencias, que iremos compartiendo en este espacio.

La psicóloga y sexóloga Denise Regadío hizo un aporte que creo que suma una posibilidad de pensar desde otra perspectiva la bisexualidad: propone pensarla no desde lo sexual, sino desde el amor, en sentido amplio. Ella se centra en la amistad.

“Existe algo muy simple como la amistad para dar cuenta del componente bisexual presente en todos los seres humanos. Una gran amistad supone un gran amor”, postula la psicóloga. No se trata de un amor sexual, pero sí un amor profundo, cargado de historias, valores, sentimientos. “Si las personas fuéramos netamente heterosexuales, no existiría la capacidad de amar a nuestros amigos del mismo sexo, sencillamente se repelerían (visto desde el lado energético); sólo existiría la posibilidad de amar a un amigo del sexo contrario”, reflexiona.

Los dejo con esta pequeña introducción disparadora de un tema que quizá nos ayude a mirar el mundo, no en términos de blanco y negro, sino con la diversidad y la amplitud que el mundo y sus vínculos nos ofrece.

Foto: Alejandro Viedma

Bisexualidad: entre el amor y la amistad

Por Denise Regadío (*)

Existen varios niveles de análisis de los que derivan las diferentes formas de conceptualizar la bisexualidad, como por ejemplo: bisexualidad biológica, bisexualidad psicológica, bisexualidad conductual, bisexualidad cultural, entre otros.

Hoy les propongo abordar este concepto, no desde el lado sexual, sino desde el lado del AMOR, despojados de ideologías teóricas, religiosas o culturales. Veamos primero algunas definiciones etimológicas:

Heterosexual: del griego héteros (que significa “otros”) y del adjetivo latino sexualis, lo que sugiere una relación sentimental.

Homosexual: es un híbrido del griego homós (que significa «igual») y del adjetivo latino sexualis, lo que sugiere una relación sentimental.

Existe algo muy simple como la amistad para dar cuenta del componente bisexual presente en todos los seres humanos. Una gran amistad supone un gran amor. No caben dudas que muchos de los lectores de este artículo habrán experimentado sentimientos de amor hacia un amigo, no un amor sexual, pero sí un amor profundo, cargado de historias, valores, emociones vividas y sentimientos.

Entonces bien, si las personas fuéramos netamente heterosexuales, no existiría la capacidad de amar a nuestros amigos del mismo sexo, sencillamente se repelerían (visto desde el lado energético); sólo existiría la posibilidad de amar a un amigo del sexo contrario. Similares afirmaciones son válidas si las personas fuéramos puramente homosexuales, destinados a sentir amor sólo por las personas del mismo sexo.

Todo esto nos lleva a afirmar que, independientemente de la orientación sexual que cada individuo “elija” o asuma, el componente bisexual atraviesa a todos los seres humanos a lo largo de nuestras vidas.

¿Es posible imaginar una sociedad heterosexual en el sentido estricto de la palabra, donde no existiera la amistad entre personas del mismo sexo? ¿O una sociedad netamente homosexual, donde sólo existiera un grupo de hombres, distinto y opuesto a un grupo de mujeres?

Creo que la respuesta es NO, y considero que el amor es masculino y femenino, ni lo uno ni lo otro. Es un sentimiento que nos invade y nos llena de energía, tan pleno, tan grande, que no distingue entre géneros.  Entonces, si tuviera que definir qué orientación sexual tiene el amor, sin dudas…EL AMOR ES BISEXUAL.

Así debe ser entendida, según mi opinión, la bisexualidad: como la capacidad, o incluso el don del ser humano, de dar y recibir amor sin distinción de género, sexo u orientación sexual.

 

*Lic. en Psicología (UBA) y sexóloga, especializada en clínica psicoanalítica, forense y sexología

 

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Nahuel y Franco son amigos y se gustan: ¿Por qué no se animan?

Jonatan Olmedo es de Munro, provincia de Buenos Aires, tiene 25 años y es realizador audiovisual. Hace poco tiempo estrenó su primer corto: “Puertas adentro”. Además del esfuerzo profesional, la película le permitió indagar en un tema que le da vueltas en la cabeza desde hace tiempo: dos amigos, supuestamente heterosexuales, sienten que se gustan, que tienen ganas de estar juntos, pero pese a estar “todo bien” para que eso suceda, no se animan, no se lo permiten. ¿Por qué?

“De alguna manera, lo que me propongo es demostrar, a través de esta historia sencilla e intimista, que, aunque afortunadamente las condiciones para la comunidad LGTB a nivel nacional y mundial están cambiando a nuestro favor, todavía quedan generaciones a las que el peso cultural y la mirada condenadora de ciertos sectores sociales les pesan tanto que no le permiten vivir su sexualidad con libertad”, comenta a Boquitas pintadas. “No todo es tan fácil, aunque cada vez, claro, es menos difícil”.

Su corto fue filmado de manera independiente en 2012. Tuvo un recorrido en festivales y en algunas pantallas unders en Buenos Aires, pero Jonatan se quedó con ganas de mostrarlo más. Este es un modo de compartir su punto de vista con toda la comunidad de Boquitas. También puede verse a través de este link en Internet.

Cuando se le pregunta de qué trata el corto, él dice: es sobre dos chicos que pasan unos días de verano solos en la casa de uno de ellos y sienten deseos de estar juntos pero, a pesar de que las condiciones están dadas para que eso suceda, no logran permitírselo.

“Por otro lado, con este corto me propongo empezar una carrera -si las condiciones están de mi lado- en el cine con el objetivo de poner en crisis el estereotipo de gay que los medios han bastardeado durante muchos años y mostrarnos desde el punto de vista más humano: enamorados”, comenta.

¿Amigos seducidos?

Los personajes de Nahuel y Franco se presentan como amigos, a priori, heterosexuales. Pero en el ambiente se percibe hay una energía sexual entre ellos, que está siempre a punto de estallar entre juegos y peleas acuáticas que no tendrían nada de homosexual. O sí.

Comenta Jonatan: “Probablemente, Nahuel esté más seguro de hacerse cargo de lo que sucede, pero se queda en una actitud pasiva de espera, como midiendo a su amigo, para ver si realmente es todo parte de una sensación que tiene o si Franco va a hacer algo al respecto. Ocurre que él no está tan seguro de hacerlo. Tiene ganas, claro. Lo busca a Nahuel, por momentos lleva la delantera, lo seduce, tiene el poder. Pero a la hora de concretar se esconde, elude, se achica, no puede”.

“No es un hecho menor el que estén en la casa paterna de Franco. Si bien están solos, el peso del lugar (la cama matrimonial de sus padres, el consultorio de la madre…) funciona, de algún modo, como un ente represor para Franco. Se siente vigilado. Creo que por eso, a pesar de que las condiciones son ideales como para poder hacerlo sin que nadie los mire o juzgue, los fantasmas familiares, culturales y sociales están tan adheridos a ellos que da lo mismo que no haya nadie cerca o que todos los ojos caigan sobre ellos”.

Ser cineasta: una pasión de su infancia

Jonatan dice que desde su infancia juego a ser “director de cine”. Lo relata así: “Recuerdo que mi papá tenía una cámara VHS y yo desde los 12 ó 13 años la usaba, la investigaba y grababa cortos con primos y amigos. Incluso a los 14 enchufaba los dos reproductores de VHS que había en casa en el living para editar analógicamente mis videos y después exhibirlos con orgullo ante mis padres y abuelos”. Cuenta que a los 15 años usó los ahorros acumulados en sus cumpleaños y navidades y se compró su primera cámara digital. Entonces, aprendió a editar en computadora.

Con estos antecedentes, cuenta él, nunca dudó de qué era lo que quería hacer “de grande”. “Mis viejos me bancaron los estudios terciarios en el Centro de Investigación Cinematográfica porque sabían que yo estaba seguro de que eso era lo que quería hacer”, dice.

En ese camino anda Jonatan.

 

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El despertar homosexual, asfixiado en un pueblo

Nicolás tiene 17 años. Escribió a Boquitas pintadas con cierto tono de desesperanza. Vive en un pueblo del interior de Córdoba y confiesa que su vida lo “asfixia”. Salió del clóset con algunos amigos, pero no se siente libre de asumir públicamente su homosexualidad. Teme ser señalado, estar en boca de todos, no quiere exponerse. Cuenta que Internet es su vía de escape: chatea, lee este blog para conocer otras historias y sentirse menos desdichado. Pero dice que no es feliz, que no sabe cómo, que no puede.

Los dejo con su historia. Luego, espero comentarios. Nico cree que esto lo ayudará a sentirse más acompañado.

“No sé cómo llenar este vacío”

Por Nicolás

Tengo 17 años, soy gay, vivo en un pueblo en el interior de Córdoba. Vivir esta vida me asfixia. Saber que hay mucha gente que pasa por lo mismo o peor que yo no me llena el vacío. No puedo imaginar mi vida acá, tan monótona, tan aburrida. A través del monitor veo esa vida que quiero tener y no tengo. Sí, una vida llena de promiscuidad, de desencuentros, de cosas buenas y malas, pero aunque sea el formar parte ya te libera. Me gustaría conocer lo que es vivir la vida.

A través de esa misma pantalla veo gente de cuarenta y tantos, con cuerpos marcados, tratando de seguir llenando su vacío y, de alguna manera, desafiando la juventud, esa adolescencia sin Facebook, Twitter, Boquitas Pintadas, sin eso que a mi me mantiene vivo, con esperanza, con ganas. Pero son felices, entonces… ¿Cómo hicieron?

Con tanta tecnología no puedo hacerme la idea de “ser feliz”, “vivir una vida plena” porque acá no lo veo, acá de “nosotros” no se habla, acá si lo decís comenta todo el mundo. Si no lo decís, vivís esta vida a medias. Pero ellos pudieron y mi miedo es no poder, es no encontrar pareja, tener que callar esto toda la vida.

¿Cómo hicieron? Esa es la cuestión. Todo esto hace que me sienta inseguro, con miedo, perseguido. Mis amigos lo saben, mi familia no. Bah, “familia”: ni padres tengo: vivo con mi abuela.

Debería estar terminando el secundario, pero repetí y lo termino el año que viene. Tengo amigos y todos saben que soy gay, pero no me gustar salir porque los lugares que frecuentan ellos son “de pendejos” y siento que no hay lugar para mi. Tengo más afinidad con gente un poco más grande que yo. Además, como si fuera poco, me genera mucha incomodidad que, en vez de chicos, me encaren chicas. Entonces decidí juntarme con la gente que me hace bien y en lugares donde me sienta más cómodo.

El gran problema que tengo es que no me pasa nada, nada de nada. Mis días son rutinarios, de la escuela a mi casa. De más está decir que nunca tuve novio o algo con alguien, pero todos los hombres que me gustan son “mayores”. No me da culpa. Cuando mi mamá murió (era muy muy chico), mi papá rehízo su vida, tuvo otros hijos. Entonces siempre me faltó esa figura paterna, ese afecto. Pero no busco en hombres mayores lo que no tuve, me gustan y listo.

Marcha por el respeto a la diversidad sexual; Facebook Padres Madres Gay

Entonces, se me juntan muchas cosas. Obvio que lo que más quiero es irme a la gran ciudad y empezar desde cero, pero no tengo ningún tipo de certeza en que eso pase. Si a mi abuela le pasa algo, literalmente, me quedo en la calle. Ella sí que no sabe nada, lo supone, quiere saber la verdad pero no quiere escucharla. Le preocupa mucho el qué dirán y, como siempre viví con ella, las amigas me conocen…¡Mirá si se enteran de que soy gay!. Creo que me echa.

Últimamente discutimos mucho. Tengo una mente muy abierta, soy muy libre y ella no me entiende. Cree que mi vida tiene que ser como la de sus hijos (esposa-hijos-trabajo-no cuestionar nada) y eso me aterra; no quiero eso de ninguna manera. No sé como explicarle que no soy así, que no espere eso, que no puedo mentirme a mi mismo.

Me acuerdo de que a los 10 años más o menos, vi una peli que se llamaba “Los 120 días de sodoma”. Una película rarísima y en una de las primeras escenas, secuestran a dos chicos y para ver si son judios, les hacen bajarse los pantalones y ahí, en ese momento algo me paso. A partir de ahí supe no era como los otros, igual ya lo sabía desde antes, por eso nunca me costo asumirlo, sí decirlo. Chateo mucho buscando “novio” porque siento que en vez de 17 tengo 50 y me voy a quedar solo para siempre. Suena estúpido lo sé, pero ese es mi gran miedo; la soledad.

¿Qué hacer? ¿Cómo hacer que el miedo se vaya? ¿Cómo hacer para conocer a alguien que me traiga el desayuno a la cama y no caer en lo que caen esos hombres que veo, con más de 40, solos? ¿Y si me pasa lo mismo? ¿Y si nunca me pasa nada? ¿Y si tengo que vivir toda mi vida en un pueblo siendo gay?‏

Hace mucho que queria escribir pero no me animaba, no me salia, no sabia qué contar. Es tanto el miedo al miedo que ni escribir podia. Hoy pude, me siento mejor.

Nico

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“Los gays somos sadomasoquistas por naturaleza”

José escribe desde Chile, allí nació, en Santiago, hace 22 años. Cuenta que desde que lee este blog piensa en contar su historia, que refleja una gran experiencia pese a ser tan joven. “Quiero contarles lo que pasa en mi mente y en mi vida. Ojalá pueda ayudar a otras personas que estén pasando lo mismo”, dice, cuando se presenta.

En su relato surge una apreciación común entre varios otros de los publicados en Boquitas pintadas: la necesidad de vivir en una pose heterosexual para ser aceptado por su grupo de pares. “Tenía amigos, pero en realidad era una mentira; siempre actué diferente para ellos, ya sea para caerles bien o encajar en el grupo”, dice.

Primero fue esa necesidad de “encajar” entre sus amigos; cuando salió del clóset, quizá por culpa, baja autoestima, o quién sabe, se sintió sin derecho a exponer frontalmente sus sentimientos. “Soporté todo a cambio de un te quiero”, reconoce, ahora. Sobre el final, en este relato que es un recorrido reflexivo de su vida, concluye: “Los gays somos sadomasoquistas por naturaleza”.

Comparto su historia, luego conversamos.

Soportar y soportar a cambio de un “te quiero”,

Por José

Tengo 22 años, estudio cuarto año de Arquitectura, grupo social “estable”, dos parejas heterosexuales, dos homosexuales. ¿Por qué escribo esto? Para empezar vivo solo, estudio en otra ciudad (lejos de la familia), tengo una buena situación económica y, sin embargo, soy un desgraciado del amor.

Hasta los 15 creía que era heterosexual o, al menos, bisexual, que estaba confundido del mundo y que esto cambiaría paulatinamente. ¿El resultado? Perder la virginidad con una mujer que no me gustaba y sentirme obligado a tener una erección, tener mi primer beso casi obligándome a hacerlo; o sea, en pocas palabras, no me sentía bien haciendo eso. Tenía amigos, pero en realidad era una mentira, siempre actué diferente para ellos, ya sea para caerles bien o encajar en el grupo.

Al entrar a la universidad, el primer semestre tuve novia; ella, alemana de ojos verdes, los mismos gustos, guapa y divertida; qué puedo decir, la mujer perfecta, excepto por una cosa: yo era gay. La relación empezó bien, pero no pudo seguir; me sentía fatal porque sabía que la engañaba, no la quería realmente. Todo esto me llevó a darme cuenta de algo: “No estoy haciendo las cosas como realmente deberían ser”. Empecé a sentirme solo y con ganas de tener a alguien en mis brazos y poder decirle honestamente “te amo”.

Esa persona no llegó hasta terminar el primer año de la Facu. Buscaba en un chat gay y ¡lotería! lo encontré. El 29 años (para entonces yo tenía 20); abiertamente gay (cosa que no me gustaba para entonces), cuerpo normal y guapo. Empezamos a hablar y después, a salir. Todo muy bien, excepto por una cosa: él era “abiertamente gay” y yo me sentía incómodo con sus amigos; su mundo no me gustaba para nada y es entonces que me di cuenta de algo: parece un estereotipo, pero parecía que todos los gays eran iguales, algo superficiales, calientes a más no poder y muy lanzados.

Mural callejero; Foto: Alejandro Viedma

En el fondo sabía que el chico con el que salía era exactamente igual, sólo que me tapé los ojos con una banda (era la primera vez que me enamoraba). El resultado de caminar ciego fue terminar cornudo (me engañó con casi todos sus amigos). Lo peor de todo es que nunca terminó conmigo, simplemente un día se le ocurrió dejar de hablarme. Tardé más de un año en recuperarme, con altas y bajas, pude salir adelante. Luego, en vísperas de Navidad, se conectó al chat, empezó a hablarme y me dijo: Lo siento José, tengo VIH, por eso no puedo estar contigo. Lo primero que me apareció fue susto, luego angustia y pena.

En el fondo sabía que no tenía VIH. Al día siguiente me hice la prueba; resultado, negativo. Pero aún así me dio mucha lástima por ese hombre. Después al cabo de un año me dio igual, hasta pensé que se lo merecía. Simplemente dejé al hombre lejos de mi vida, a veces mantengo contacto con él (ahora sale con un veterinario y está feliz).

El hombre ¿perfecto?

Un día, sin buscarlo, encontré a esa persona que tanto quería: mi actual pareja; él 38 años (supuestamente), diseñador (yo estudiando arquitectura, un plus), le gustaba la música clásica, hacer ejercicio y era muy gracioso. ¡Genial! Empezamos a hablar y a conocernos; él entonces me dijo que era gay, pero que su familia no lo sabía y no tenía por qué saberlo; trabajaba en diseño de interiores y de mobiliario. Todo perfecto. Al finalizar el mes de conocernos, me propuso ser su novio. ¡Qué alegría! Era demasiado para ser cierto y lo era. Era demasiado perfecto para ser verdad.

Cartel callejero en Brasil; Foto: Alejandro Viedma

Pasó el tiempo, los dos enamorados, pero había algo que no cuadraba: llamadas a la oficina de alguien que trataba demasiado bien, no tenía Facebook y, a veces, me cortaba cuando hablábamos por teléfono. Como ya tenía la anterior experiencia, sabía que algo no estaba bien. Un día llamé a la oficina, hablé con él y todo bien, hasta que llegó la secretaria. Le decía: “No te darán el sueldo completo”; él estaba furioso y empezó a decirle: “Mi esposa está esperando el sueldo, este es tu trabajado, ¿qué le voy a decir a mi familia?”.

El no sabía que tenía el teléfono encendido, me vino un dolor en el pecho terrible. Corté la llamada, imaginé todo tipo de excusa a lo que acababa de oír y seguí como si nada hubiera pasado (patético de mi parte, pero estaba enamorado). Un día me dijo: “José, debo viajar donde está mi familia”. Ok. Hablamos por skype y vi que llevaba un anillo de casado. “Es de mi padre, falleció hace un año, lo tengo de recuerdo”. Ok, eso es creíble, pero aún así me sentía mal. Empezamos a pelear y le dije: “Dime toda la verdad, Ernesto. Me estás ocultando cosas, lo sé”. “Te las diré mañana, te sentirás mejor”.

Síntesis de la charla: “Estoy casado, tengo dos hijas casi de tu edad, tengo 49 y te amo”. Sigo con él. En fin, escribí esto porque quiero que las personas se sientan bien consigo mismas, no depender de alguien para ser feliz, aceptarse tal cual son. Ese es mi error, siento que mi vida no es nada sin ese alguien. Soportar y soportar todo el abuso a cambio de un simple “te quiero”. No vale la pena, pero así somos: sadomasoquistas por naturaleza.

¿Te sentís identificado con su experiencia?

 

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“Empecé terapia preguntándome si era lesbiana o no”

Dice Mercedes J. “Empecé terapia preguntándome si era lesbiana o no”. Su terapeuta, la Lic. Graciela Balestra, fue la que le sugirió integrarse al grupo de reflexión de mujeres de Puerta Abierta. “El día que entré sentí que, por primera vez en la vida, era Yo misma. Encontré mi lugar, me sentí identificada con cada una de las mujeres que hablaban de sus vivencias, me sentí cómoda como si hubiese ido toda la vida. Es inexplicable la sensación. Fue como decir: esta soy yo”.

El grupo de reflexión que menciona Mercedes existe en Buenos Aires desde septiembre de 1999. Además del espacio de mujeres lesbianas está el de varones gays, que coordina el Lic. Alejandro Viedma, un asiduo colaborador de este blog. La novedad es que esta ONG también tendrá su casa en Rosario desde el 22 de este mes.

Los tres coordinadores de Puerta Abierta en Buenos Aires: Silvina, Alejandro y Graciela

A Graciela Balestra, psicóloga y presidenta de la organización, le gusta decir que estos grupos son una puerta abierta a la diversidad, un lugar donde la soledad no tiene cabida. Ese es, justamente, un estado muy común entre las chicas lesbianas que recién llegan. Algunos relatos que acerca la terapeuta dan cuenta de esto: “Es frecuente escuchar en mujeres lesbianas el siguiente relato: ‘Me siento muy sola. Casi nadie sabe de mí, no hablo con nadie de mi homosexualidad porque tengo terror de perder los afectos. En el trabajo no lo saben y, en mi familia, tampoco. No conozco otras mujeres lesbianas, y aunque sé que no es así, siento que soy la única en el mundo”.

Según comenta, con frecuencia las mujeres pasan muchas horas de su vida ocultando su orientación sexual. “No pueden hablar ni siquiera nada de su vida cotidiana y esto es alienante para cualquier persona”, dice. Y sostiene que por este motivo son importantes los grupos de intercambio entre personas que atraviesan por experiencias similares. “La experiencia de más de trece años nos dice que en muy poco tiempo la gente mejora mucho más que sólo con terapia individual”.

Marcela M, una mujer que hace años asiste al grupo, cuenta así su experiencia: “Desde que llegué a Puerta Abierta me cambió la vida. Hacía ocho años que estaba sin pareja y tampoco tenía amigas. Estaba deprimida, sólo me dedicaba al trabajo y hasta había descuidado mi aspecto personal. Aquí, en pocos meses, encontré un grupo de pertenencia y conocí a mi pareja, con la que me casé hace dos años. Ahora seguimos las dos participando de las reuniones porque ya no queremos volver al aislamiento”.

Silvina y Graciela, las coordinadoras del grupo de reflexión de mujeres lesbianas, junto a dos de las chicas que asisten cada semana

Los varones, también…

Los hombres homosexuales también sufren el aislamiento del clóset. Aunque pareciera que ellos tienen más lugares donde encontrar pares: como boliches, saunas, cines, etc. muchos sienten la necesidad de un grupo de pertenencia donde poder conocerse y aceptarse a sí mismos y a sus pares, donde charlar tranquilamente sin el bullicio de la música y la noche. Hace diez años que en Puerta Abierta existe un grupo de reflexión de varones coordinado por el lic. Alejandro Viedma que, año a año, se consolida más.

Los adultos mayores gays también tienen su espacio en la ONG. Silvina Tealdi, una de sus creadoras junto a Balestra, explica: “La necesidad de los adultos mayores LGBT es urgente. Ellos no tienen más tiempo que perder. Necesitan unirse a otros que no los discriminen, que sientan como ellos y que quieran compartir sus vidas”.

Agrega: “La soledad en la vejez puede ser mortal. Por eso había que crear un espacio que los integrara. Así lo entendimos y por eso en 2009 creamos el primer centro de jubilados y pensionados para gays, lesbianas, bisexuales y trans”.  El centro tiene la particularidad de no aislar a los mayores; al contrario, los integra a todas las actividades con los más jóvenes.

Ahora, la experiencia de Puerta Abierta empieza a expandirse. Hace poco menos de una década dos mujeres que asistían al grupo en la ciudad de Buenos Aires se mudaron al Bolsón, en la provincia de Río Negro, y fundaron allí Puertas Abiertas al sur, donde trabajan activamente por los derechos LGBT.

Y, hace muy poco, dos mujeres de Rosario, Amalia y Stella, fundadoras de Bar Chavela -un hermoso espacio socio-cultural LGBT- se conectaron con las coordinadoras de Puerta Abierta interesadas en abrir una sede en su ciudad. Entonces, el 22 de marzo próximo se inaugura Puerta Abierta Rosario, que funcionará con un grupo de reflexión para mujeres lesbianas y será coordinado por Balestra y Tealdi. Las reuniones serán quincenales -los viernes de 19.30 a 21- en la esquina de Zeballos y Ayacucho.

 

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