Camila Sosa Villada y una manifestación pública de una vida que duele

 

Camila Sosa Villada, una actriz con la que conversamos en Boquitas pintadas hace un tiempo luego de que se hiciera conocida tras protagonizar la película Mía, publicó en su Facebook un escrito que es a la vez una manifestación pública de su sentir en este mundo, de lo vivido, de lo perdido, de lo dolido. Dice que no ha cambiado gran cosa en el tiempo, “sólo un par de cuestiones legales y un par de corazones menos duros”, aclara. Y sigue: “Pero de aquellos años en que todo parecía morirse cada tarde, tengo la certeza de que el dolor pasó por mí y fue a instalarse allá a los fondos de mi alma”.

Reproduzco este texto, que me envió Javier, un fiel lector de Boquitas, porque me resulta conmovedor y profundamente desgarrador. Leerlo y compartirlo quizá ayude a conocer desde la vida de Camila a otras vidas que pasaron por situaciones parecidas, dolores similares. Todos evitables.

Al final del post conversamos.

Camila Sosa Villada

7 de septiembre de 2015

Camila Sosa Villada; Foto Facebook

No sé muy bien a quién se le escribe una manifestación como ésta, pero me gustaría que al que le quepa el poncho, pues que se lo ponga. Últimamente, quizás hace un año, tengo una sensación a la que le he puesto nombre. Es sólo eso, siento que dentro de mí hay algo que me asusta y que ahora puedo nombrar y hasta describir.

Miren, durante años, durante muchísimos años, viví el daño que me hacían los demás, ya saben, no es necesario que hable otra vez de aquellos años, que son estos también, no es que ha cambiado demasiado, sólo un par de cuestiones legales y un par de corazones menos duros, pero de aquellos años en que todo parecía morirse cada tarde, tengo la certeza de que el dolor pasó por mí y fue a instalarse allá a los fondos de mi alma. Ese daño, hecho por todos, incluso por mis viejos, pasó por mí y se quedó dentro de mí sin identificarse, sin decir, soy esto a causa de esto y voy a hacer esto en tu corazón. No. No puedo decir que todo aquello me doliera. Cuando todo comenzó y yo supe que no habría otra manera de vivir más que esta, que francamente no se por qué lo decidí así, yo me anestesié. Puse el piloto automático, como quien dice. Esa adolescencia prácticamente perdida, esa primera juventud también perdida, viviendo lo que ellos querían que yo viviera, fue anestesiada. Podía intuir que eso que me estaba pasando, algún día podía hacerme mucho más daño todavía, pero en ese momento, yo creía vivir mi vida, y en realidad estaba viviendo lo que la mayoría me obligaba a vivir.

Hoy, a los 33 años, me doy cuenta que en esos años yo no le puse nombre a nada de todo lo que me lastimó. Decir sólo discriminación sería reducirlo todo a la ignorancia y la maldad de los demás. Fue algo peor. Pero como no tenía nombre, yo lo resistí. Lo absorbí como una esponja y lo dejé dentro de mí. Y ahora, que tengo una vida si se quiere menos disipada, me doy cuenta que todo ese daño, todas esas noches expuesta a toda la maldad del mundo, la mirada de los otros acusándome, todas las burlas, los golpes, el hambre, el frío, el peligro, la muerte y el miedo a la muerte, todo eso está saliendo de ese cajón de muerto donde lo puse y me punza, en el pecho, con un dolor que es muy similar a la cercanía de la huesuda.

Es decir que se acabó la ignorancia que me mantuvo con vida y alerta y finalmente, ahora viene mi pasado por mí.

Hace más de un año que siento que nada me es suficiente, que nada me alcanza, que nada les alcanza a los demás. Podría ponerme a cagar pepitas de diamante, transpirar perlas, llorar doblones y rubíes, y aún así, nada, nada nada nada nada, podría completar algo de todo este rompecabezas. Las piezas ya las perdí, de modo que si ahora una tarde, por puro aburrimiento y gusto yo me pusiera a armar el rompecabezas de mi vida, me faltarían tantas piezas que ese cuadro deforme que finalmente haría, sería tal y como es mi rostro: una deformación.

Ya no puedo pedirle más ayuda a mis amigos, no se si me comprenderán. Cómo pueden personas normales y plenas y hermosas como ellos, estar cerca de la desdicha. Las buenas personas no pueden estar cerca de la desdicha, y mucho menos por amistad. Siempre pienso en la amistad como cachorros mordiéndose y correteando en un llano por la mañana. Estar cerca de mí se ha vuelto como meterse a nadar en un pantano. Sólo tengo una salvación, una puerta para siquiera irme de este mundo con una valija pequeña donde yo elija que guardar. Y es decirlo todo: todo hasta lo más hondo y enraizado que me envenena el pecho.

Una y otra vez, decirlo hasta que se sepa por completo.

Decir mi verdad y mi historia para que la muerte sepa que se está llevando a alguien con nombre, apellido y lucidez.

Lo primero es que ya no puedo. No quiero. No puedo ayudarme más de lo que ya me ayudé, sin psicólogos, sin padres, sin contención, sin pares. Lo intenté todo, siempre con el mismo tesón. Siempre con la vocación de hacerlo bien, completo. Pero se me han acabado los víveres y las herramientas. Entonces ya no puedo conmigo misma. Tengo esta virtud: puedo ponerle palabras. Es tarde, pero puedo ponerle palabras y eso, si es que algún merecimiento me toca, es mi única salvación.

Yo quisiera amigos míos que nos fuera devuelta a las travestis, toda esa larga caravana de detalles perdidos que nos hacen estar incompletas. Que nos devuelvan la infancia y a nuestros padres. Que nos devuelvan la ternura, la protección, los cuidados, el entendimiento, la compañía, la mirada blanda de nuestros padres. Y que se las devuelvan a ellos. La posibilidad de ser una familia. Pero ustedes dijeron NO. Cómo los padres pueden aceptar un hijo travesti? Cómo los padres pueden aceptar semejante aberración, semejante pecado, semejante daño a dios? Entonces nuestros padres, no supieron que hacer. Se entregaron a esa ola y no nos perdonaron esta intención de vida. Qué culpa podían tener ellos? Qué clase de comprensión podían tener frente a un hijo que se traviste si todo el pueblo, todo el maldito pueblo se olvidó de nuestra edad, de nuestra pequeñez, de nuestra indefensión y pasamos a ser un monstruo que se pasea por las calles sin el menor pudor. Pobres mis viejos. Pobre mi viejo, miren, que no tuvo la culpa. Y encima de llorar la pérdida de un hijo, tuvo que aceptar ser el blanco de todas las burlas, de todos los desprecios, de todas las humillaciones por mi culpa. Mi viejo que es uno de los tipos más viriles que conozco. Tener que agachar la cabeza frente a los vecinos, los clientes, los amigos, cada día, por tener un hijo travesti. Pobre mi vieja, que amaba a su hijo, con locura y dulzura, tan cierto era su amor. Mi vieja que es huérfana, que conoció el desengaño, mi vieja que guardó silencio, que lloraba a oscuras y tragándose los suspiros para que nadie la oyera, mientras yo veía la brasa de su cigarro como única luz en esa casa que por mi culpa, se había vuelto nuestro infierno.

Pobres mis viejos que descubrían mis vestidos, mis polleras cosidas a manos con sábanas que no se usaban, mis pastosos maquillajes de oferta con los que aprendía a disimular mis rasgos de hombre. Pobres mis viejos que en las razzias para descubrir hasta qué punto estaba traicionándolos, descubrían que yo había iniciado el viaje del dolor y que no tenía intenciones de volver.

Camila Sosa Villada; Foto Facebook

A nosotros, como familia, quién nos devuelve todos esos años de pura amargura? Quién le devuelve a mis viejos la fortaleza para mirar al pueblo a los ojos y decirles que todo aquello no importaba, que en el fondo nos queríamos igual, que sólo era cuestión de tiempo llegar al fondo. Cómo les devuelvo a mis viejos la tranquilidad perdida de esos años? Cómo les pido perdón por toda la vergüenza y la pérdida y las noches con los ojos abiertos, y el odio que sentían hacia mí por querer travestirme en ese pueblo rancio donde era el monstruo popular? Cómo remonto ese río para llegar a su nacimiento y devolverles aunque sea un par de días sin odiarnos, sin juzgarnos, sin desear que todo se acabe?

Llegada la noche oscura, cómo me voy a despedir de ellos sin otra palabra en los labios más que perdón?

Cómo les explico que no fue nuestra culpa. Que la culpa es de otros, de la iglesia, de la fe, del cristianismo, de los políticos, de la hedionda costumbre y tradición anquilosada en el corazón de los otros lo que nos rompió como familia? Ellos no lo entenderían. A ellos también el dolor les está saliendo ahora.

También me gustaría que me devuelvan las horas de juego, las horas del recreo en que jugaba solita en algún rincón del patio porque los chicos me huían y las chicas me rechazaban por maricón.

Pero no era sólo maricón: era gordo, pobre y maricón.

Una tarde estaba jugando al elástico con unas chicas más grandes que yo, y la señorita René, gorda marimacho de pelo corto (no creo que ella sepa todavía lo bien que le vendría la tijereta), pero ahí estaba ella y ahí estaba yo,

Finalmente yo había logrado jugar con alguien al elástico y la señorita René, me tomó de la oreja y me sacudió de un lado a otro porque los varones no tenían que jugar al elástico. Con qué cuento podía salirle yo? Le iba a nombrar la disforia de sexo a la bruta esa? Sólo recuerdo mucha mucha vergüenza tiñéndome de rojo toda la cara y haberme ido al aula a llorar en silencio para que nadie me viera. Ese día fui noticia en toda la escuela. Finalmente, me habían castigado las mariconadas. Las chicas con las que jugaba al elástico no supieron que hacer.

A los maricones, en ese entonces, nadie los defendía.

Cómo remonto el acoso de los matones del grado, y de otros grados, que me obligaban a hacerles los deberes, tan sólo porque yo era maricón y eso equivalía al derecho al golpe y la humillación salvo que les manoseara el bulto en el baño de varones y todos los días antes de terminar la clase les hiciera los deberes que nos daba la maestra. A mí hacer la tarea no me costaba nada, era brillante, más brillante de lo que mis viejos se soñaron alguna vez, y así pasé la primaria. Sometida a los caprichos de los matones del aula.

Y yo quisiera saber, si tuviera intención de reclamar esas pérdidas, a quién se las reclamo? Quién se hace cargo de esa infancia?

Pero va más allá de ese maniqueo recuerdo de mí misma, y ustedes mi disculpan la autoindulgencia, va más allá de eso.

Quién va a resarcir las burlas, los dibujos en el pizarrón caricaturizándome y humillándome delante de todo el colegio, los apodos, los piedrazos, los escupitajos… cómo será de amargo, que tenía compañeros que no me dirigían la palabra. Tal era el desprecio que sentían por mí. Había un cabezón que había repetido de año, que nunca nunca en los dos años que compartimos en la secundaria, me dirigió la palabra. Y eso no es nada. El desprecio no requiere mucho esfuerzo. Pero el enorme esfuerzo, el titánico esfuerzo de algunos por aceptarme a pesar de todo, cómo lo voy a pagar?

Camila Sosa Villada; Foto Facebook

Algo no estaba bien entonces y sigue estando mal.

Miren, si por un momento, todas las travestis de ese entonces, y de antes, que debe haber sido muchísimo peor, nos levantáramos y reclamáramos todo lo que nos han quitado, no alcanzarían todos los tesoros del mundo, ni las joyas de Mirtha, ni las fortunas mal habidas de todos los millonarios del mundo, no alcanzarían leyes, ni placebos políticos, nada de lo que pudieran darnos, podría cicatrizar esos tajos en la carne que nos hicieron sistemáticamente día tras día.

Imagínense si por un momento reclamáramos el amor perdido, la posibilidad de ser amadas, la posibilidad de ser tomadas de la mano, abrazadas, cuidadas, queridas, si quisiéramos recuperar la ilusión de que alguien se enamore de nosotras libremente, sin prejuicios, si quisiéramos recuperar todos los amores que se fueron, los hombres que nos prometían los horóscopos, el i ching, el tarot, las runas, si quisiéramos tan sólo por un momento sentir que nos quieren sin ataduras, cómo van a pagarnos? Con qué? Si año tras año, día tras día, hora tras hora se dice lo que se dice y que es para todos cierto: cómo enamorarse de una travesti que no es ni hombre ni mujer y que tiene tal cabeza, que mejor dejarlas solas.

Y la cosa se pone más jugosa y además del amor romántico y ojo que aquí no estoy reproduciendo sistemas patriarcales ni amores de novela, estoy hablando de querernos… miren si además se nos ocurriera pedirle, por ejemplo, al estado, que nos devuelva el amor propio, la autoestima… Qué fondos internacionales van a tocar para pagar la pérdida de la autoestima, la posibilidad de querernos a nosotras mismas. La posibilidad de vernos hermosas sin someternos a la carnicería de las cirugías, sin necesidad de querer parecernos a una mujer que nació mujer y tuvo la genética y las hormonas de su parte. Cómo haríamos para resarcir la mirada que tenemos sobre nosotras, siempre machacada por los mandatos, otra vez, de la iglesia, de la publicidad, de Hollywood, de los productores y del público, claro?

Y si a este reclamo se sumaran los gordos? Y los bolivianos? Y los tullidos?

No les alcanzaría la vida para pagar el daño que han hecho.

Y si además, sólo por joder, se nos ocurriera que además de querer recuperar la infancia, la adolescencia, el vínculo con nuestros padres, queremos también a nuestros muertos. La infinita cadena de muertos que nos faltan: las asesinadas, las muertas en soledad y silencio, las muertas de sida, las muertas de frío, las muertas en vida, las muertas por mala-praxis, las suicidadas, las muertas por desidia, por negligencia médica, las muertas que sabiendo que estaban por morir no iban al médico porque es mejor morirse en una cama sola y apestada de pústulas y bichos de toda clase, que sufrir el maltrato de las instituciones públicas.

Qué hacemos con nuestras desaparecidas? Y con nuestra desaparición?

A veces me digo que no es justo hablar del pasado con tanta vehemencia siendo que en Siria la gente huye amontonada en gomones y un niño en la playa muere boca abajo tragando la sal del mar. Incluso me digo que no es justo hablar de todo esto cuando existe el cáncer y el hambre.

Pero cada mañana muero en la playa y un cáncer rojo e insaciable me devora por dentro y recuerdo el hambre, los años que no le dí a este cuerpito más que matecocido con pan porque no tenía cómo mierda comprar un pedazo de carne.

Pero tengo que decirlo todo, una y otra vez, hasta que algo cambie.

Y no se queden tranquilos que si tuviera que reclamarles los años en la calle, la violencia de los clientes, los golpes recibidos, el frío, las noches en vela, mal comida, mal dormida, mal abrigada, mal asesorada, sintiendo infinita vergüenza de mí misma. Si me pusiera a reclamarles los años, los 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27 años de andar como una perra por el mundo, mendigando cariño, mendigando dinero, mendigando una comprensión que muy pocas personas supieron darme, ustedes se harían pis en la cama, como criaturas. Porque la verdad del daño que han hecho los asustaría de tal modo que ni los esfínteres podrían controlar.

Y si reclamara los hijos negados? Porque una cosa no viene sin la otra. No es sólo: ay pobrecita! Está pidiendo que alguien la quiera… no, quiero lo mismo que todos, con las ventajas y las contraindicaciones. Quiero un hijo también… y con todo este daño, qué clase de madre podría ser? No sería una madre, sino un monstruo. Mi herida sangra, al punto de manchar a mi familia, a mis amigos…

Cómo les devuelvo a mis amigos las horas perdidas consolándome, diciéndome que algo de todo esto puede mejorar? Cómo les devuelvo el dinero prestado, las orejas prestadas, la paciencia frente a este querer morderme la cola como un perro tonto, todos los putos días de mi vida? A los amigos hay que darles mejores cosas que un llanto continuo. Porque se cansan también.

Y si los pierdo, por culpa de todo lo que enumeré antes, a quién se los voy a reclamar?

Ahora, a mis 33 años, estoy parada en un pasillo largo, este hotel es infinito. Abro la puerta de una habitación y el hombre que está ahí dentro no me puede querer, le parezco fantástica, inteligente, incluso, si se saca los anteojos y comienza a ver todo borroso, puedo parecerle hermosa. Pero los años de educación sistemática le han hecho creer que yo no soy un cuerpo digno de amor. Entonces se va, o permanece dándome migas de afecto que a mí me saben como una trompada de monzón en la boca porque lo que yo quiero es sentirme amada. Reposar con alguien que me abrace y me recuerde que existe la selva, que existe el mar y que siempre nos podemos salvar en la virgen exuberancia de la tierra. Y ustedes dirán que todo eso puedo hacerlo y sentirlo sola, pero los quiero veeeeeeeer! Compadres, los quiero ver armar este castillo de naipes en una terraza ventosa. Cierro esa puerta y abro otra y desde adentro un niño muy pequeño, con los ojos enormes, me mira y me pide auxilio. Y cuando intento sacarlo de ese cuarto de desamparo las manos se me vuelven líquidas y no puedo rescatarlo y se que ahí dentro se va a morir, algún día se va a morir y nadie le rendirá sus honores. Abro otra puerta y la veo a mi vieja hilando sus tristezas, cocinando su magia, con sus manos, las manos más lindas que ustedes se puedan imaginar porque todas las noches se las cuidaba usando bagovit-a, tratando como yo de zurcir ese pasado roto y no tengo corazón para decirle que estoy herida para siempre, y que incluso si muriera, mi alma sería un alma en pena, como quien dice, y se me escucharía llorar por encima del viento, porque nunca pude recuperar todo lo que he perdido. Y abro otra puerta y está mi viejo, luchando con sus dragones, edificando, siempre construyendo, siempre haciendo y manteniendo a raya a sus dragones, y le pido perdón, pero el rugido de sus bestias no deja que me escuche.

A veces me consuelo pensando que todo esto en algún momento colaborará con un mundo mejor. Que lo que hemos vivido entonces, es el cimiento para que otros no conozcan ESA pena. La pena es un excedente que no se puede evitar. Pero ESA pena, la nuestra, la de las travestis, nunca más.

A veces me culpo por no ser más ecuménica, más universal, hablar por todos y no por mi pequeño mundo, pero qué más da… es un mundo en el que todos estamos hablando de nuestro dolor. Incluso sin darnos cuenta.

Este dolor que se manifiesta ahora, ensombreciéndolo todo, opacándolo todo, poniendo una muralla delante del bosque que parece tan fácil de ver para todos ustedes, me tiene un poco cansada. También quiero ver el bosque y perderme en él.

Pero soy una carente, una carente patética que no se llena con nada.

Pero tenés una profesión! Tenés amigos que te quieren! La gente te aplaude de pie! Sos hermosa Camila! Imagínense lo hondo de este pozo que no se llena con nada. No hay un abismo peor ni más indolente.

Igual, creo. Creo en el movimiento zapatista, creo en determinadas comunidades y en determinada fe. Creo en las armas y en la muerte de todos los que hacen daño como un triunfo de la vida. Creo en las plantas que son agitadas por el viento. Creo en los nuevos héroes. En la poesía. En la música. Creo que sí, que algún día y después de mucha agua bajo el puente, algo va a cambiar. Y tal vez mi alma en pena se diluya como arena y deje de existir penando y penando y desaparezca tranquilamente mezclada en la playa. Tal vez sea mar.

Pero hoy, que recién empieza la semana, siento que es necesario saldar la deuda. Y en algún momento tendrán que pagar.

A los morosos los conocemos todos.

 

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