“La fantaseadora”: un relato de amor y erotismo

 

“La fantaseadora” inaugura un espacio de pura ficción en Boquitas pintadas: la intención es invitar a escritores/lectoresque tengan ganas de compartir relatos sobre diversidad sexual.

La autora de este cuento de amor y erotismo, Paula Irupé Salmoiraghi inventa un mundo de fantasía que enamora. “Ella amaba a los que eran felices con sus fantasías”, dice en un momento la protagonista de la historia.

No digo más…el relato encanta, llena de música, de poesía, de erotismo…los invito a leerlo, a comentarlo. 

LA FANTASEADORA

Paula Irupé Salmoiraghi

–Yo también te amo, Ferdi. “Hasta siempre, amor”–la letra del bolero acudió a la mente de ambos, ella sonrió con los ojos llenos de lágrimas y cerró la puerta detrás del hombre que se alejaba.

            Tenía media hora para cambiarse y cambiar el lugar. Apagó las velas y las ocultó en el armario. Encendió los reflectores del techo y los de la piscina. Corrió los pesados cortinados y abrió los postigos de madera. La luz de la luna no podía competir con la potente luz artificial. Perfecto: a Gastón no le gustaba la penumbra sino las luces de variados colores y los haces de luz blanca que le daban a su piel y a su ropa una iridiscencia deslumbrante. Se quitó el largo solero negro. Anduvo un rato en bombacha y corpiño y luego se calzó unos pantalones fucsia y su extraples plateado. Se quitó el maquillaje tenue y se cubrió la cara y los hombros con una crema con brillos tornasolados. Sombra, rubor, rimel negro, brillo labial con colágeno, mucho. Esmalte plateado en las uñas de los pies y de las manos.

            El timbre sonó puntualmente:

–Pasá, Gastón–gritó mientras sacudía los dedos para que el esmalte se secara más rápido. Recibió el beso del hombre que llegaba y, como siempre, bromearon sobre el gusto del labial y los labios de él con rastros de color rojizo. A él le gustaba, se miraba en el espejo y se limpiaba lentamente y volvía a besarla para volver a mancharse con su maquillaje.

             Tenían una hora y media para intercambiar besos y hacer el amor entre ropa femenina y masculina que se sacaban y ponían mutuamente. A él siempre le resultaba gracioso tener el mismo talle y comparar las similitudes y diferencias de las curvas de sus cuerpos. Gastón necesitaba que el sexo fuera un juego y que la iluminación de su casa transformara todo en un escenario gigante en el que rodaban y se miraban y repetían poses para ser vistos por el otro y para verse en los espejos.

 

–”Para enamorarse bien hay que venir al sur,

para enamorarse bien iré donde estás tú.

Sin amor ¿quién se puede consolar?

Sin amor esta vida es infernal.”–Gastón repetía su canción todos los días. Y nunca la cambiaba, no había con él mucha evolución, se había enamorado de esa imagen y, en tres años de relación, jamás había propuesto otra ni la había dejado caer en el olvido. Otros apenas cumplían con aquel requisito para entrar en la casa y luego ya no se ocupaban del tema. Había quienes cambiaban de bolero como de camisa: quienes crecían en intensidad y profundidad del sentimiento o simplemente cambiaban dentro del mismo tono, del mismo estilo.

            Ella recordaba que cuando se inició en el oficio estuvo casi siete días pensando en algo que diferenciara su casa de las otras casas de fantaseadoras que se alineaban en su calle. Siete días decidiendo si lo que la caracterizaría sería algo clave en la fachada, en el valor ( por alto o por bajo) de su tarifa, en la extensión de los turnos, en la variedad de sus servicios, en lo selectivo de su clientela, en su aspecto corporal. Conocía colegas que ofrecían disfraces, precio por grupo, comidas, cine, actores o animales según los días de la semana; colegas tiranas que decidían siempre ellas o sumisas que se sometían siempre. Había clientes para todas. Ella debía inventar algo que la identificara, quería algo que hiciera que sus amantes la eligieran de un modo particular y que, a la vez, le permitiera a ella elegirlos. Los cambios de vestuario y de decoración eran habituales: el cliente nuevo llenaba una ficha con sus preferencias en la que especificaba todos sus gustos y deseos, hasta los más mínimos, una ficha que podía ser modificada o ampliada en cada visita, como una historia clínica que el mismo interesado podía extraer de su casillero colocado en la entrada.

            Lo que a ella le molestaba era que siempre faltaba algún dato, no había modelo de ficha lo suficientemente detallista como para crear el clima deseado por el cliente. También había clientes que no sabían lo que querían o creían querer una cosa y luego, al verla concretada, la rechazaban. Se le ocurrió entonces lo de los boleros: para entrar en su casa sólo hacía falta escribir en la ficha la letra de un bolero o de un tango o de cualquier canción de amor, un fragmento, no más, le daba a ella pie para crear el resto. Y el pacto con el hombre era seguir agregando canciones o modificándolas durante los encuentros. Fue una idea fabulosa. Al principio los hombres se mostraban algo reticentes pero, presionados por ella, lograban que acudan a sus memorias las canciones salvadoras, esas que los hacían soñar con un tipo de mujer en especial, una mujer que dijera: “Quítame la vida, cuando quieras te la doy.” o “Quiero que me trates suavemente” o “Usted es el culpable de todas mis angustias, de todos mis quebrantos”. Y no importaba, entonces, si ella era rubia o morena, simpática o misteriosa, todo su aspecto y su personalidad, cuando estaba con este hombre, nacía de la canción elegida. Ella los creaba. Con esto podía sentirse libre, una artista, y el hombre flotaba en un mundo de ensueño. Para qué existían si no las fantaseadoras.

–Ocho treinta, tesoro.– susurró en el oído cubierto de crema con purpurina. Gastón siempre se iba feliz, otros lo hacían resoplando o hasta insultándola, pero era parte de la escena.

 

–”Te vas porque yo quiero que te vayas.

A la hora que yo quiera te detengo.

Yo sé que mi cariño te hace falta,

porque, quieras o no, yo soy tu dueño.”– le cantaba alguno y ella amaba a los que eran felices con sus fantasías. También se sentía complacida cuando le tocaba hacer el papel de sufridora o dar dolor al hombre que lo pedía. Cada uno fantasea con lo que se le antoja. Para eso le pagaban.

             Una ducha y a ponerse los ruleros y las pantuflas. Tenía en la heladera la torta que había comprado en la panadería y el aerosol con aroma a esencia de vainilla para perfumar la cocina. Apagar los reflectores, encender bombita común. Sentarse en la cocina con el mate y la pava semitibios. Tomás adoraba verla cocinar, le diría que acababa de terminar la torta y él sólo le pediría una sopita de arroz. Algo sencillo pero suficiente para verla ponerse el delantal y mover el culo delante de las hornallas de la cocina y secarse las manos con la rejilla pegajosa. ¡Qué distintos eran cada uno de sus hombres! Bueno, también estaba su experiencia y su astucia al asignar los turnos: con uno descansaba del otro y así hasta terminar la jornada.

            “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida”. Tomás venía todos los días a la hora de la cena, como un esposo fiel que llega a su hogar, sus tangos le hablaban de abandono, de soledad, de melancolía irreparable. “Y si vieras la catrera como se pone cabrera cuando no nos ve a los dos.” Ella le juraba y le perjuraba que jamás lo dejaría, que él era el hombre de su vida, que vivía para disfrutar con él esa hora y media diaria. Y Tomás le creía y se dejaba servir la sopa y la torta y le halagaba el pañuelo sobre la cabeza y la piel suave y sin maquillaje. Se iba silbando bajito y ella se prometía conseguir alguna vez un símil de adoquinado para extenderlo desde su puerta y que el cuadro de su partida fuera aún más patético. “Se me pianta un lagrimón”.

            Apenas cerraba la puerta ya empezaba a escuchar los gritos de Esteban desde la esquina. Conocía bien el horario que le correspondía y lo respetaba pero necesitaba envalentonarse en la vereda, gritar alguna grosería, tocar algo que no iba a pagar, dar o recibir alguna piña. Sólo cuando llegaba su hora exacta empujaba la puerta y la llamaba a los gritos. Le decía falsa, fingidora, traicionadora, mentidora, embaucadora. A ella no le molestaba, las de su oficio habían tenido siempre muchos nombres y siempre había habido hombres necios que las acusaran sin razón. El insulto es una forma de la impotencia. Pobre Esteban, le daba tanto trabajo: era como un chico tonto que se cree un hombre astuto, un perrito apaleado que actúa como lobo estepario. Ni aullar podía. Qué kilombo fue cuando tuvo que elegir su canción: no quería, el muy caprichoso. En vano ella le propuso ir a la casa de cualquier otra que utilizara el sistema tradicional. No, él la quería a ella pero no quería cumplir con las condiciones para tenerla, alegaba no conocer ninguna canción de amor. Y para qué si lo que él quería no era amor sino sexo.

–Bueno–dijo ella–entonces, una canción de sexo.

             Tampoco sabía ninguna. Se fue a las puteadas pero volvió a los dos días. Mirando el suelo y por única vez, de esto hacía año y pico, le cantó: “Lindo capullo de alhelí, si tu supieras mi dolor, correspondieras a mi amor y calmaras mi sufrir.” Ella se le rió en la cara. Le preguntó dónde estaba el sexo y él no dijo nada. Jamás volvieron a hablar de amor ni de sexo ni de canciones. Ella a veces le canturreaba el tema elegido y él la miraba profundamente a los ojos por un instante y luego volvía a su sarta de gritos y quejas e insultos. Era un hombre incomprendido, la sociedad estaba en contra suyo y no había lugar en este mundo para él. Casi no la miraba o si la miraba no la veía, con él no se preocupaba por encender ni apagar luces, por mover muebles ni preparar nada. No importaba tampoco cómo se vistiera ni se maquillara. Lo único que debía hacer era escuchar todas las maldades e injusticias que el universo había volcado sobre el pobre Esteban durante todo el día y luego dejarlo que se cansara yendo y viniendo por su cuerpo, que se convenciera de que era muy buen amante ( en verdad lo era) y que se fuera pateando y puteando como había venido.

            Cuando no tenía clientes revoleaba los zapatos hasta que golpearan el techo y se tiraba en el sofá o en la alfombra a mirar  telenovelas. ¡Cómo le gustaban los culebrones mexicanos! Eran sus preferidos: mucho macho musculoso, autoritario pero de corazón tierno, mucha mujercita desprotegida que cae, sorprendida, en los brazos del galán. ¡Qué graciosos! ¡ Qué cuerpos hermosos, qué rostros perfectos, qué sentimientos planitos, sin contradicciones! Ella lloraba o se calentaba según la escena, como corresponde, que para eso son los culebrones. Y cuando algún amante elegía un bolero o hacía algún gesto que le hacían acordar a la telenovela, ella sonreía llena de una alegría verdadera que el hombre se apropiaba, de la que creía ser la fuente y lo hacía sentirse feliz.

            No recordaba a todos los hombres. Había algunos que sólo la habían visitado una vez y no habían vuelto pero ella guardaba sus fichas y le gustaba releer las canciones elegidas: La típica de los que se sentían culpables:

“Yo no sé si este amor es pecado que tiene castigo,

sólo sé que me aturde la vida como un torbellino

que me arrastra, me arrastra a tus brazos en ciega pasión.”

            El clásico de los hombres que necesitan mucha explicación para acoplarse a su sistema:

“La mujer que al amor no se asoma

no merece llamarse mujer.”

(Daban por descontado que cuando se dice “amor” se habla del amor de uno de ellos. Ninguno se atrevía siquiera a pensar en otro tipo de amor, ni mucho menos a nombrarlo.)

“Es cual flor que no esparce su aroma,

como un leño que no sabe arder.

Una mujer debe ser soñadora, coqueta y ardiente,

debe darse al amor con frenético ardor

para ser una mujer.”

            Ya. ¿Y si una no quería entregarse a nadie, si una quería ser para sí misma, recibir de otros, dar algo a cambio pero jamás mostrarse completa, jamás bajar las defensas, jamás confiar ni decir “éste hombre es mi destino”? ¿Si una tenía otras cosas que hacer en la vida? ¿Qué?

            Había también boleros que elegían varios hombres a la vez y eso le ahorraba trabajo:

 ”No existe un momento del día

en que pueda olvidarme de ti.

El mundo parece distinto

cuando no estás junto a mí.

No existe melodía en que no surjas tú,

ni yo quiero escucharla si no la escuchas tú.

Es que te has convertido en parte de mi alma,

Ya nada me consuela si no estás tú también.

Más allá de tus brazos, del sol y las estrellas,

contigo en la distancia, amada mía, estoy”

             No es que compusiera a la misma mujer para todos ellos, sino que crear sobre una letra que ya la había inspirado antes, le daba más posibilidades, más datos, algo así como una nueva reescritura o una segunda o tercera versión de su creación.

            Si una se ponía a pensar, a sacar estadísticas con las fichas en la mano, se veía que había partes del cuerpo a las que se le dedicaba más atención. Los hombres no les escribían canciones a las tetas, los culos y las vulvas pero eran comunes los ojos y las miradas, por ejemplo, o la piel:

“Que se quede el infinito sin estrellas

o que pierda al ancho mar su inmensidad

pero el negro de tus ojos que no muera

y el canela de tu piel se quede igual.

Ojos negros, piel canela

que me llevan a desesperar”

o

“Yo vendo unos ojos negros

¿quién me los quiere comprar?

Los vendo por hechiceros,

porque me han pagado mal.”

            El tema de la hechicera, la bruja, la pérfida, la infiel, se repetía en la imaginación de los hombres. La mujer como demonio, la pecadora, el origen de todos los males:

“Mujer, si puedes tú con Dios hablar,

pregúntale si yo alguna vez

te he dejado de adorar.

Y tú quién sabe por dónde andarás,

quién sabe que aventuras tendrás,

que lejos estás de mí.”

             Los hijos de puta jamás recordaban, realmente no lo recordaban ( porque jamás lo habían notado, ni anotado, ni registrado en sus cabezas llenas de pedos) lo que habían hecho para que la pérfida se fuera, todas las boludeces que ella había aguantado hasta que se hartó o se encontró otro menos boludo o que tuviera un matiz nuevo de boludez que la entretuviera por un rato.

“¿Quién es ese hombre

que me mira y me desnuda?

Una fiera inquieta que me da mil vueltas

y me hace temblar pero me hace sentir mujer.”

             Típico. Autodefinirse por el efecto provocado en la dama. Ni siquiera podían definir qué es ser hombre y qué es ser mujer, o cómo quieren ser hombre o mujer. Hacer temblar y que la esencia de ella se defina por la sola presencia de él. Patético.

            Dejó de revisar el fichero: se estaba poniendo de mal humor. Su último cliente había dejado pasar su horario, ya se encargaría de cobrárselo la próxima.

“Reloj, no marques las horas

porque voy a enloquecer.

Ella se irá para siempre

cuando amanezca otra vez.”

            Juan no tenía arreglo. Si no salía rápido de la casa era capaz de llegar y tocarle el timbre y pretender que lo atendiera con cuarenta minutos de retraso. Y lloraría: “No más nos queda esta noche para vivir nuestro amor.” Pero ella ya se había desconcentrado y listo, se iba. Fin de la jornada de trabajo.

            Cerró la puerta de su domicilio laboral y vio como se encendía el cartelito luminoso que decía: “Mañana, nos veremos mañana”.

             Tenía cinco cuadras para caminar bajo la luna y entre los árboles, respirar aire sin perfume artificial, oir música sin letras y llegar a lo de su amiga una vez que se olvidara de todos esos pelmazos. Sonia sabía crear mundos como ella, pero sin partituras y sin fichas, de a dos, de igual a igual.

 

¿Te animás a compartir un relato?

boquitaspintadas@lanacion.com.ar

 

 

 

 

 

  • Laura Ponce

    Muy bueno. Felicitaciones, Paula :-)

  • Enrique Layna

    Me encanta el estilo de escritura de Paula, si le agregamos la rebeldía bien mezclada con la historia para no apabullar y el final sorpresivo, tenemos un cuento inolvidable.

  • Zoraida Martinez

    Sólo puedo decir que magnífico. Me encantó la parte del Esteban y por supuesto el final. Gracias por invitar a leerlo.

  • Alejandra

    Muy buena la mezcla de canciones, letras, sugerencias de ambientes; hubiera quedado mejor si lo corregian, porque es strapless y no extraples (o extra que?) y un poco mas marcado el final. Amiga, para mi es una amiga. Que tuviera una pareja del mismo sexo es otra cosa. A diferenciar los tantos porque cada vez que uno diga amigo o amiga, asi no vamos a saber si hablamos de un compañero de estudios o de la pareja o el novio o novia.

  • Carlos Anibal

    Creo que la narrativa es indiscutiblemente muy buena. Una lastima que apunte a la apolegetica de conductas objetivamente perversas, por culpa de eso se transforma en arte degenerado (entartete kunst, en el aleman original). Que desperdicio de talento!, que podria ser destinado al verdadero arte!

  • Ernesto Simón

    Excelente espacio, Verónica Dema. Soy escritor del interior del país. Quería mandarte un cuento breve. A qué mail lo puedo hacer.
    Gracias. Un beso.
    E. Simón

  • diderot

    una sola objecion : no escribas en español “neutro” . Idioma que no existe…Escribi lo mas normal que puedas. Pero con un lenguaje que recuerde al buen castellano.
    El cuento tiene destellos con buenas posibilidades. Segui trabajando , sin sentir que llegastes.

  • Ernesto Simón

    perdón, ya vi el mail que bgestia soy. lo mando a boquitaspintadas@lanacion.com.ar
    gracias

  • diderot

    por ejemplo : “culebrones ” en Argentina

    no quiere decir nada. En todo caso antes existia : telenovela.
    Como parece poco elegante , hoy le deben llamar con un nombre mas “culto”.

  • diderot

    No uses adjetivos de mas, y sobre todo no uses algunos rebuscados (que vos no usas a diario) ie : “iridiscentes”

  • Paula

    Qué comentarios!!! Muchas gracias a todos, voy a pensar en todo lo que me dicen.
    Sólo de dos cosas tengo respuestas: lo del “extraplés” fue un intento de castellanizar la palabra porque no me gusta usar palabras en su escritura extranjera sino como las hemos incluído en nuestra lengua. Precisamente para que no quede un “castellano neutro” contra el que siempre peleo. “Culebrones” me gusta, no es neutro, quizás no sea porteño pero me sirvió para dar la idea de novelón melogramático tipo novela venezolana. “Iridiscente”, mmm, a mí me gusta… Mi idea era imaginar este tipo de “servicio” en el futuro.
    El final me gusta así.

  • De Lautremont

    Verónica, gracias por compartir este cuento.
    Paula, me pareció excelente. Ni caso tiene hacer un análisis, por donde lo mire es redondo, contundente.
    Nick Riviera, no me parece pornográfico, eventualmente dudo que algún chico entienda de qué está hablando este cuento, es profundo y erótico, pero no se detiene en descripciones genitales. Tinelli es mucho peor.
    Carlos Anibal, no quiero caer en la ley de Godwin (es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_Godwin) pero ese término que utilizás, si mal no recuerdo, era el que aplicaba el nazismo al arte que no le gustaba a sus jerarcas (por ejemplo, Edward Munch). No se, en una de esas Walter Benjamin tiene ideas interesantes sobre el arte, te lo recomiendo (auch! los nazis también lo tildaban de degenerado a él, y a su amigo Paul Klee, no se si te va a gustar).

  • Tatiana K

    Perdón, esto era un taller de narrativa y yo no me enteré?Porque no dejan a la escritora en paz, en lugar de reescribir su historia? Los lectores de LN son lo menos, se creen todos Orsar Wilde.

  • Martin

    Hay algunos comentarios, como por ejemplo el 5, que parece nsacados del pequeño manual ilustrado del perfecto fascista.
    ¿Arte degenerado? ¿No era eso lo que decían los nazis del surrealismo?
    Muy bueno Paula, te felicito.

  • vvcielo

    Muy bueno el cuento, excelente la idea de incluir esta sección!

  • Paula

    Martín: por lo de “arte degenerado” yo casi me puse contenta.
    Tatiana: Oscar Wilde, síiiiiii, ojalá.
    VVcielo: A mí tb me parece excelente esta idea y un honor haberla comenzado.

  • silvia

    Qué cuentazo!!! por dios, un dejo de Ángeles Mastretta. Divino, divino. Hombres, lean por favor, revisen sus posturas, porque nos van a perder. ¿Quién dice que es pornográfico? Es puro amor, el lenguaje: preciso, el que el cuento quiere, FELICITACIONES A LA AUTORA

  • natalia

    maravillosa idea, la fantaseadora, un verosimil en el cual la prostituta es actriz y semiologa de las implicancias eroticas de boleros.Bello homenaje a Puig…y lo mas interesante es que invita a escribirlo de otras maneras, como dicen algunos lectores:Amante y no amiga,con menos adjetivos o menos perversiones, con otro final…o lo que cuernos sea…Es inquietante.muy bueno…

  • Chinchiya

    Bien Pau!!
    Uno de tus cuentos que más me gustan, para mí está muy bien logrado…
    Y a quién no le gusta ser creativa y al mismo tiempo ser objeto de deseo de alguien…
    Besos!
    Chyn