Eliana Alcaraz recibe a Boquitas pintadas en la oficina de Diversidad Sexual e Identidad de Género en la Municipalidad de Río Cuarto, en Córdoba. Se la nota cómoda en su espacio, firme en sus convicciones y dispuesta a dar pelea. No siempre fue así. Esta persona trans de 44 años cuenta que pasó por momentos incómodos cuando ingresó al Municipio para formar parte de la Dirección de Derechos Humanos, de la que depende el área que ella creó. Hace cuatro años de esto y aún sigue aprendiendo a abrirse un lugar.
Este espacio que conduce Eliana está pensado para que las personas trans y homosexuales de la ciudad tengan un lugar de contención social, de asesoramiento legal, de recepción de denuncias por discriminación o abuso policial. Unas 150 consultas semanales atienden Eliana y sus dos colaboradores. La persecución policial, que termina con chicas trans detenidas bajo el aval de figuras como merodeo, es una de las quejas más frecuentes.
“Cuando entré a la Municipalidad yo bajaba la cabeza porque muchos del personal de acá eran clientes míos. Iba a reuniones con funcionarios y me daba vergüenza encontrarlos de frente. Ahora no, aprendí a ver que estoy a la altura de ellos”, dice Eliana. Habla convencida. Sigue: “Fue un momento de necesidad de mi vida que tuve que trabajar en la calle y ellos me dieron un plato de comida porque me utilizaban. Ahora, ver el cambio mío, verme en el Municipio, que me invitan de todos lados a dar charlas sobre VIH y discriminación, mostrar que me gané el respeto me hace caminar con la frente alta”.
Como sabe -porque lo vivió en carne propia- que la falta de trabajo es la gran deuda con las chicas trans, su área se articula con la secretaría de Empleo local. Desde allí se destinan becas de capacitación para que cursen talleres de peluquería o gastronomía; también allí se dictan seminarios que las ayudan a pensar en temas como discriminación, VIH, identidad de género. “Tenemos compañeras que entraron a trabajar en peluquerías y en restaurantes y, otras, que abrieron sus propios locales”, cuenta la funcionaria. Sheila, una de ellas, es la primera que logró ingresar en la Universidad Nacional de Río Cuarto y estudia la carrera de Enfermería.
Son unas 50 las chicas trans visibilizadas desde el Municipio; algunas de ellas trabajan en la prostitución desde los 13 ó 14 años. La intención es realizar una encuesta para relevar la población trans y homosexual en situación de calle, conocer sus necesidades y trabajar en políticas públicas focalizadas. El HIV y la falta de vivienda están, también, entre los principales dramas.
Eliana es comprensiva y paciente. Sabe que los cambios no se dan de un día para el otro. “Hay que ir explicando a la sociedad y no sólo a las chicas. Sin escraches, golpeando puertas”, dice. Y ejemplifica: “Ahora, con la reciente ley de identidad de género, asesoramos para que tengan su nuevo DNI, pero sólo seis iniciamos el trámite porque no hay conciencia, hay dudas sobre lo que es la ley en sí, lo que representa un documento. Muchas no quieren hacerlo porque dicen que sus familias no quieren y piensan más en eso que en sí mismas”.
Ella es una de las que tramitó la rectificación de la partida de nacimiento. En pocos días, se acercará al registro civil para que en el DNI deje de figurar su Ariel, de nacimiento, por su verdadero nombre, el que la representa. También fue la única que, antes de que existiera la ley de matrimonio igualitario, se unió civilmente con su pareja de hace 24 años. La ceremonia se realizó en el Palacio Municipal. “Cuando tenga mi nuevo DNI me voy a casar con todas las pompas”, promete. Muestra el álbum de fotos de su enlace.
Su historia
Aunque ahora se la ve superada en muchos aspectos, Eliana no tuvo una vida fácil. No esconde su historia, al contrario, cree que contarla puede ayudar a otras jovencitas a no repetir algunos errores.
Ella nació en Moldes, un pueblo cercano a Río Cuarto; a los 6 años se mudó con sus padres a Mackenna, a pocos kilómetros de allí. Para entonces, ya sentía que su identidad de género no era de varón. “Yo siempre digo que estaba en un envase prestado”. Cuenta que a los cinco años era el dolor de cabeza de su mamá. “Iba al Jardín y era la maestrita ciruela; las pinturitas y los tacos eran míos, que nadie los tocara porque ardía Troya”. Aun recuerda que cuando su madre le ponía pantalones ella los rasgaba para convertirlos en pollera.
Entonces, relata una anécdota que le encanta. “Las primeras veces que me vestía de mujer me iba al cementerio a la noche y me disfrazaba. Suena cómico pero es real. Porque delante de mi mamá no me vestía de mujer, ni delante de mi papá. Entonces le robaba ropa a mis hermanas y me disfrazaba. Me acuerdo que, pobre Difunta Correa, que me perdone, pero en aquel tiempo iban las chicas a hacerle promesas y le ponían las trenzas; yo se las robaba, me las ponía y salía con unos rodetes hermosos. Salía de ahí, me iba por el pueblo o a la ruta a hacer dedo o me tomaba directamente el tren para irme a Buenos Aires.
- ¿Que sensación tenías?
- Yo me sentía única, no me importaba nada. Pasaba el pueblo de punta a punta y era yo. Por ahí a mi mamá le decían: ‘Andaba su hijo vestido de mujer’. Ella escuchaba, no decía nada pero ya sabía todo; no le oculté nunca nada, siempre fue mi amiga. Ahora vive conmigo y mi pareja. La tengo hace años a cargo mío
Eliana a los 15 años se fue del pueblo. “Me fui de casa por respeto a ellos. Volví ya realizada, con pechos, todo. Me fui a Buenos Aires”, dice. “¿Por qué me fui? En Mackenna pasaba el tren, entonces nos colábamos con una amiga que ya falleció y nos íbamos. Allá dormíamos en los vagones de Constitución o en Retiro. Comíamos lo que nos daba la gente. Hasta que empecé a prostituirme, a los 16 años”.
El teléfono de la oficina de la Municipalidad cada tanto la devuelve al presente. A veces, alguien llega por una consulta. Su compañero se ocupa. Ella no se intimida, no deja de relatar su vida. “Como era menor de edad me agarraba la policía, me llevaba a mi casa, me entregaba a mis padres; ellos firmaban la restitución y a la noche yo me disparaba de vuelta. Cuando el policía llegaba a Buenos Aires yo ya estaba presa de nuevo en la comisaría del menor. Hasta que mi mamá se cansó y pidió que me dejaran ahí. Un año estuve encerrada, hasta los 18”.
Cuando salió se operó. “Me puse los pechos en Neuquén. Fue en una noche de alcohol. Eramos seis y había cinco bidones de aceite de avión. Cola, cadera se iban poniendo. Quedaban tres litros y dijeron, ¿qué hacemos? Se los ponemos a la marica nueva. Me pusieron los pechos”.
Ella dice que se las controla cada tanto y que ahora está ahorrando dinero para sacárselas porque le aparecieron unos glóbulos. Calcula que con 14 mil pesos se las puede sacar y aplicarse prótesis con un profesional. “La ley de identidad nos ampara para la reparación reconstructiva y también para la reasignación de sexo, que es una operación que también tengo pendiente hace años”, dice.
Parece no molestarle que el camino recorrido sea el más largo. Aun tiene ganas de andar.
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