La primera experiencia sexual entre adolescentes

Tomás Vio escribió a Boquitas pintadas y contó que tiene 25 años, que es licenciado en Comunicación Social y que actualmente trabaja en el área de Relaciones Externas de una empresa importante en la ciudad de Buenos Aires. También se definió como actor y escritor. Según dijo, sus textos ficcionales por lo general tienen como protagonistas a personajes gays.

Tomás contó que es lector del blog y que quiere compartir con la comunidad de Boquitas algunos de sus textos. El primero que propone se llama Lucas y narra la primera experiencia sexual entre adolescentes. Para la segunda entrega, Maqueda, un relato que habla sobre el enamoramiento platónico en la época del colegio. ¿A ver qué les parece la primera historia?

Lucas

Por Tomás Vio

Una postal durante el desfile del Orgullo Gay del orgullo de Praga en el centro de la ciudad checa. Foto: EFE

Estaba caminando mareado y confundido por una de las tantas calles con nombres poéticos que hay en Pinamar. Acababa de mezclar por primera vez porro y alcohol.  Hacía horas que estaba en esa casa que parecía un Cotolengo donde todos balbuceaban y nadie hablaba. Ya habían pasado 6 días desde que habíamos llegado y todavía nos faltaban 7 noches más. Siete noches dónde iba a tener que seguir mezclando drogas y alcohol para evitar ser el ortiba de la casa.

Me fui de la casa sin avisarle a nadie. Pensaba llegar caminando hasta el centro y meterme a bailar en uno de esos antros  a los que a ninguno de mis amigos les gusta ir. Pero estaba perdido, había seguido de largo o no había doblado donde tenía que doblar. Llegué hasta la esquina de lo que pensé que era un descampado y casi de la nada apareció un chico que no debía tener más de 17 años, no mucho más chico que yo. Tenía puesta una remera de Pearl Jam y en la mano uno de esos vinos de colores raros. Estaba solo y me vio solo.

¿Querés?, me preguntó.

Bueno, le contesté. Y con asco tomé la décima bebida de la noche.

¿Qué es?

Vino con melón, ¿querés más?

Bueno.

¿Cómo te llamás?

Gastón y ¿vos?

Lucas. ¿Estás sólo?

Sí.

¿No querés que vayamos ahí abajo a sentarnos y seguir tomando?

Dale.

Nunca me había percatado, pero atrás nuestro había un gran pozo tapado por árboles, yuyos y pasto. Bajé intentando no tropezarme con nada. Nos sentamos en el medio del terreno, uno en frente del otro, con las piernas cruzadas, como dos chicos en el colegio.

Sentí como que entre los dos habíamos creado un mundo adentro del mundo habitado solo por nosotros, que no eramos más que dos desconocidos que teníamos en común el querer estar solos.

¿Querés más?, me dijo.

No, gracias.

Y los dos nos quedamos en silencio mirándonos.

¿Qué hacemos? Me preguntó Lucas.

Y yo que no quería entender lo que estaba pasando y que siempre tengo miedo le dije:

No sé, ¿querés que subamos?

Una postal durante el desfile del Orgullo Gay del orgullo de Praga en el centro de la ciudad checa. Foto: EFE

Y Lucas sin levantarse se acercó hasta estar bien pegado a mí y creo que sin pensarlo me dio un beso. Saqué la cabeza, lo miré fijo a los ojos y esta vez le di un beso yo. Nos tiramos en el piso, yo arriba de él. Le metí la mano adentro del pantalón y él me la sacó.

Pará, vení, acá nos van a ver, vamos para allá.

Me llevó de la mano hasta una casa de madera que había en el medio del descampado y que por suerte yo nunca había visto, porque si no, nunca me hubiera animado a estar sentado ahí. La casa estaba suspendida sobre unos pilotes de madera que dejaban un espacio de medio metro entre la casa y el pasto. Los dos nos metimos ahí abajo.

Seguimos besándonos como si fuera la primera y la última vez en que cada uno iba a besar a alguien. Apenas podíamos movernos. Con movimientos toscos y chocándome contra el piso de la casa le bajé los pantalones, le levanté la remera y empecé a chuparle la pija. Ni él ni yo podíamos creer lo que a cada uno le estaba pasando.

De repente, Lucas me corrió, se levantó el calzoncillo y me dijo:

Me tengo que ir.

¿A dónde?

Ya es tarde y mi mamá me va a empezar a llamar en cualquier momento.

¿Nos vamos a volver a ver? Dame tu teléfono.

No tengo, este es el celular de mi vieja.

 No importa, dámelo.

No me lo sé de memoria.

Llamame y me queda grabado.

Bueno, pero yo recién lo voy a usar a la noche para salir, no me mandes mensajes a cualquier hora.

Listo.

Y Lucas se levantó y se fue y yo me quedé tirado en el pasto durante 20 minutos intentando pensar que mierda había pasado.

Salí de debajo de la casa, subí hasta la calle, caminé dos cuadras y me encontré con uno de mis amigos.

¿Dónde estabas?

Me sentí mal y salí a vomitar.

Estamos yendo a bailar. ¿Venís?

Si, pero antes quiero entrar a un baño, me estoy meando.

Andá a ese bar, te esperamos acá.

Entré al baño del bar, me encerré en uno de los cuartitos que sólo tiene inodoros. Apoyé la mano contra la pared y empecé a masturbarme. Sabía que cuándo saliera de ahí Lucas, el vino y el descampado sólo iban a quedar en mi memoria.

Mirá más textos y fotos de Tomás 

 

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“Mis amigas mujeres contribuyeron mucho a mi liberación homosexual”, dice Juan Pablo

En vísperas del Día del Amigo, comparto con ustedes el relato de Juan Pablo, un joven que escribe desde Salto, Uruguay. El aclara que su historia no tiene ninguna particularidad. “Desde pequeño supe que era gay, buena parte de mi vida traté de ‘administrar’ esa condición, suponía que con el tiempo me iba a ‘transformar’ en heterosexual”. Cuando terminó su secundario y pasó a la universidad comenzó a cambiar su actitud, esto también como consecuencia de que empezó a vivir solo. “De apoco me fui liberando, con los temores, obvio”, dice. En ese momento de liberación rescata la presencia de sus amigas. “En todo este período hice amistad con muchas amigas y comprobé que las mujeres son mucho menos prejuiciosas que los hombres en lo que respecta a la homosexualidad masculina, por eso contribuyeron mucho a mi liberación”

- ¿Cómo es que siempre supiste que eras gay?

- Soy de los que cree no es una condición adquirida, más precisamente creo que viene desde el nacimiento mismo. Desde que era chico ya tenía fantasías sexuales con hombres y siempre los observaba, me gustaban sus físicos, obviamente no me animaba a formular estas cosas. Recuerdo muy claramente cuando tenía doce años haberme sentado en la falda de un compañero de clase; además, me gustaba cuando estaba solo usar cosas de niñas. A los doce años me perforé la oreja para usar aritos. Es decir se desarrolló en mi conciencia una fuerte admiración por el género femenino.

- ¿Cómo fue ese tratar de “administrar” esa condición?

- Mucho más tarde una psicóloga mía describió mi homosexualidad vinculándola a mi admiración a la cosa de “mujer”. Ahí es cuando digo que siempre “administré” mi homosexualidad para que el ambiente no me agrediera. Trataba de ocultar toda “actitud” homosexual, procuraba consolidar una imagen heterosexual. Luego fui tomando conciencia de que mi condición de gay era irreversible. En el secundario me reprimí mucho. Me enamoraba de la belleza masculina pero no lo manifestaba.

Rostros de un Triunfo; fotografías de Javier Fuentes & Nicolás Fernández

- ¿Qué te pasó en la universidad?

- Cuando llegué a la universidad desarrollé otro tipo de vínculos. Al vivir solo me acerqué mucho a las mujeres, compañeras de clase y con ellas explicité mi condición gay. Las chicas siempre fueron muy comprensivas y me ayudaron. Tenía conversaciones sobre hombres con ellas. Las mujeres son muy comprensivas y están libradas de esas estúpidas ideas machistas. De hecho mis amistades íntimas son todas mujeres; las amo como amigas.

- ¿Qué sentís que ocurrió en Uruguay desde la aprobación del matrimonio igualitario?

- Respecto al matrimonio igualitario en Uruguay lo que ha cambiado es el status jurídico, pero seguimos siendo una sociedad machista y conservadora. No todo el mundo sabe que soy gay, es decir no lo digo abiertamente pese a que la ley me avale.

¡Feliz día a todos los amigos de Boquitas pintadas!

 

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“Cuando me corté el pelo cortito volví a nacer”, dice Maxi, un varón trans

Maxi es un varón trans. Cuenta que hace un tiempo leyó que se iba a fijar un día de “reconocimiento a la lesbiana”. Recuerda que ahí se afirmaba que en los grupos LGBT las lesbianas son pocas. “Quisiera comentarles que en los grupos en que estuve en Tucumán pude ver que bien o mal lesbianas hay, pero me encontré más que discriminado como “trans” (me considero travestista, soy mujer biológicamente, no tengo intención de operarme y ser varón desde lo biológico, pero no me siento tampoco mujer). Me trasvisto porque quiero ser transgénero: ni hombre ni mujer”.

El agrega: “En el grupo donde estaba empezaron a comentar acerca de la falta de gente trans y de lo bueno que habría sido tener la opinión de unA (y subrayo la A porque se refieren siempre a las chicas transexuales) transgénero para poder debatir temas de esa problemática, como el de la exclusión laboral. Yo estaba ahí, sentado frente a toda esa gente que hablaba como si yo fuese invisible. Me sentí muy herido y tuve miedo de hablar, miedo de que me digan “vos no sos trans, sos tomboy, sos sólo una lesbiana masculina”. Es lo que me suele decir la gente. Y no me parece que sea justo que por no querer operarme me discriminen, me exijan ser mujer”.

“Hasta hay gente que cuando le pido que me llame Maxi (mi nombre de varón) se niega y sigue llamándome Nohely (mi nombre legal) y aunque no me molesta que de vez en cuando me traten como mujer (como dije, no pretendo ser hombre), me parece ofensivo que si le pido no tratarme como tal lo hagan igual. Además, aunque fuese operado y tuviese el cuerpo de un hombre, siempre se refieren a LAS transexuales, nosotros estamos en las sombras y nuestra voz no vale”.

Chicos trans activistas de ATTTA

Su historia

Para empezar a contar la historia de mi transformación debería empezar a los 5 años. Recuerdo cuando era una niña, veía la tele y siempre me quedaba fascinada por los cuerpos femeninos. A veces creo que nací así… Pero a pesar de que por mis adentros era obvio que me gustaban las chicas yo sólo sabía de la existencia de los gays, hombre y hombre, pero no sabía ni siquiera de la existencia de la palabra lesbiana. Hasta recuerdo que había un hombre travestista en la tele (en la tele italiana, porque yo vivía en Suiza en ese entonces), pero yo hasta mucho más tarde no supe que también había mujeres que se travestían de hombre. En mi inocencia solo sabía que yo era “distinta” y que no tenía que dejarlo saber a nadie.

A  los 10 años empiezo a descubrir que existe el sexo entre mujeres (aún no sabía que existía el amor entre mujeres) y empiezo a pensar que tal vez me gustaban tanto los chicos como las chicas. Esto fue hasta los 11, cuando tuve mi primer beso (pico) con un chico y me di cuenta de que no sentía absolutamente nada (pero aún no caía en la cuenta de que los chicos no me gustaban). Para esa misma época empiezo a darme cuenta de que me gusta la ropa de hombre, pero de la misma forma en que en mi infancia desconocía la existencia de las lesbianas, a esa edad desconocía la existencia de la transexualidad masculina, así que no veía nada raro en que me guste vestirme como un chico. Lo relacionaba más con el hecho de que casi todos mis amigos eran varones y yo quería verme y actuar como ellos para sentirme aceptada (cosa que, por cierto, funcionó: me sentí mucho más aceptada actuando como chico que como chica).

A los 13 años mis padres deciden que nos mudemos a la Argentina (hasta ese entonces mi vida trascurría en Suiza). Con el tiempo, saliendo de “el estirón” de la adolescencia, empiezo a ganar peso y mi ropa de chico ya no me anda. Tengo entonces que volver a vestirme como mujer, pero siempre me sentí incomoda, porque además sentía que me veía muy fea con esa ropa.

A los 16 años me enamoro perdidamente de una chica de mi curso y mi cabeza cae finalmente en la cuenta de que me gustan las mujeres. Además empiezo a vivir en un ambiente donde la palabra “lesbiana” se escucha más y eso tal vez me ayudó a aceptar ese hecho. En cuanto puedo admitirme a mi misma que soy homosexual decido contarlo a todos mis conocidos. Nunca tuve miedo a la discriminación, lo único que pensé fue que quien no me aceptara como yo era no valía la pena como amigo. Tuve suerte, creo, ya que al contrario de otros casos fui aceptada por todos, incluida mi familia. Los únicos con los que tuve algunos percances fueron las autoridades de mi escuela, a los cuales no les parecía que diga en público que me gustaban las chicas ya que a muchos padres podría no parecerles bien que hubiera un homosexual en el mismo lugar donde estaban sus hijos (como si fuese un virus contagioso).

Alejandro Iglesias, conocido por su paso en Gran Hermano, fue uno de los fundadores de ATTTA varones

Pasa el tiempo, yo ya asumida como lesbiana sigo vistiéndome como mujer. Entro al ambiente, empiezo a ir a discotecas “gays” conozco más gente como yo, etcétera. A los 17 empiezo a sentirme nostálgica, extraño a mi país, y por eso decido volver a ser la de antes y vestirme otra vez como chico. Ahí ya empiezo a sentir la discriminación de parte de algunos chicos gays, que me critican por no vestirme acorde a mi género. Me pareció muy raro porque pensé que iba a haber más aceptación entre los mismo LGBT. De todas formas, no me dejo llevar por lo que dice la gente, ya que, excepto por dos o tres chicos, la mayoría me acepta tal como soy.

Pasan 2 años más en los cuales simplemente me considero una lesbiana masculina (aunque con pelo largo, me llegaba más debajo de los hombros, a media espalda digamos) y como otras chicas masculinas se ponían nombres de hombre, empiezo a hacerme llamar Maxi, pero sólo por mi hermanito, que siempre fue el que más me apoyó en todo esto. Recuerdo que estaba constantemente preocupada porque no sabía cómo hacer que los demás me traten como chico, porque ya todos me conocían como mujer y eso me angustiaba un poco. Creo que fue en esa época en que empecé a sentirme incómodo con mi género biológico, pero no pensaba en cambiar mi cuerpo, sólo me vestía de chico y deseaba que me trataran como tal.

En ese mismo año, en agosto creo, o fines de julio, empiezan a haber cambios drásticos en mi familia. Sentía que todo alrededor mío cambiaba y decidí que necesitaba cambiar yo también para poder llevar adelante todo esos problemas. Y para “darle forma” al cambio interno decido cortarme el pelo. Había estado bastante tiempo pensando en hacerlo, pero nunca me había animado. Siempre había usado pelo largo, y siempre suelto, y me resultaba difícil verme de otra forma. Con el apoyo de mi hermanito vamos juntos a una peluquería, elijo un corte de varón y le pido a la peluquera hacerme ese corte. Si tuviese que elegir el momento más significativo en mi vida, sería ese, mientras los mechones caían al suelo, fue como ver por primera vez mi verdadero yo, ver por primera vez a Maxi y dejar atrás a Nohely (mi nombre de mujer). En ese momento volví a nacer, en todo sentido. Me volví una persona diferente y recuerdo que ese día me saqué la primera foto donde miro a la cámara y sonrío sintiéndome lindo (me vienen lágrimas a los ojos al escribir esto, fue muy emotivo para mí).

Todo el mundo aceptó mi nuevo look, aunque la mayor parte no me reconoció hasta que le dije quien era.  Y aquí fue que mi vida se volvió complicada… Fue hermoso poder ser yo, poder ser Maxi, me sentí increíblemente bien por dentro, pero nunca imaginé lo poco aceptados que eran los varones trans. Ahora que lucía más como hombre, pensé que me iban a empezar a tratar más como tal si se los pedía, pero no fue así. He pedido a mucha gente que me llame Maxi, y la reacción fue ignorame completamente y seguir llamándome Nohely. A pesar de todo  pude conseguir pareja y ella siempre me apoyó en todo. Me ayudó comprándome más ropa de hombre y una faja para que pueda ocultar mi pecho. Pero aún así la sociedad nunca me aceptó.

El primer gran problema con el que recuerdo haberme encontrado fueron los baños públicos. Ya que legalmente soy mujer, debo entrar al de mujeres, pero no faltaba la persona que me decía: “Mirá que este no es el baño de hombres”. Y yo con un hilo de voz debía decir: “Soy mujer”.  En ese entonces recuerdo que ya se había aprobado la ley de identidad de género, pero lamentablemente esa ley no me ayuda a mí, ni a la gente como yo. La sociedad puede que acepte un poco más a las personas transexuales, además ellos ahora pueden elegir su género, pero la gente como yo no. Yo no quiero alterar mi cuerpo, no me siento cómodo pensando en tomar hormonas o sometiéndome a cirugías. Ojo, no pienso que está mal, me siento feliz de saber que hay gente trans que puede lograr ser lo que quiere ser, pero yo no quiero eso para mí. Y eso es lo que me lleva a ser tan discriminado. La gente se niega a considerarme travestista o trans. “Vos no sos mujer, no estás operada”, “no, lo que vos sos se llama tomboy”, “sos sólo una lesbiana masculina”, “deberías operarte”, “¿por qué no tomás hormonas?”.

Esas son cosas que debo escuchar todas las veces que hablo de mi situación. Y uno pensaría que son opiniones de gente heterosexual, pero se equivocan: en el mismo ambiente LGBT  me siento discriminado. Lamentablemente el mundo parece que aún no está preparado para aquellos/as que nos salimos de las normas binarias de género.

Maxi

 

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El baño de los colegios, ¿lugar ideal para el bullying homofóbico?

Los baños, para muchos gays, son lugares que les remiten a placer o a los tiempos de resistencia al placer sexual cuando ser homosexual era reprimido en la Argentina. Esta es una historia distinta a aquellas. Para Luca, que hoy tiene 38 años y es un ex integrante del grupo de reflexión para varones gay que coordina el lic. Alejandro Viedma en la organización Puerta Abierta, el baño es sinónimo de padecimiento. Hoy comparte su historia: cuenta que cuando era adolescente no quería ir al baño de su colegio en los recreos por miedo a que “se notara” su homosexualidad y que esa fuera razón para que lo agredieran. Así llegó a pasar todo su colegio secundario sin ir nunca al baño en un recreo.

No es la primera vez que tocamos este tema. Les dejo un link con la historia que hace ya un par de años compartió Juane. “No podía entrar al baño de colegio porque me gritaban puto”. De este modo, podríamos preguntarnos: ¿El baño de los colegios es el lugar ideal para el bullying homofóbico?

“Durante todo el secundario evité ir al baño en el recreo”

Por Luca

Archivo LA NACION

Éste bien podría ser un cuento triste porque habla de violencia o de lo que hoy se conoce como bullying o acoso escolar, pero prefiero reconocer que lo que les contaré está basado en mi historia verídica, una novela real de impotencia, miedos, dolor y algo de vergüenza, o tanta que ni siquiera pude animarme a compartirla en el grupo de pares de Alejandro, tal vez porque necesité un tiempo más de elaboración y hoy me siento preparado para sacarla a la luz aunque no exponga mi verdadero nombre. Además, creo que seguramente otros se verán reflejados en lo que viví.

Durante todo el secundario evité ir al baño en el recreo, así que me aguantaba de hacer pis todo lo que podía o, si tenía alguna urgencia, le pedía al profesor de turno que me dejara ir en el horario de la clase.

Pensándolo ahora, el baño era (¿o sigue siendo?) hace veintipico de años para los varones adolescentes, el lugar en donde aflora el sexo: se lo muestra, se comparan los miembros en los mingitorios, se habla más abiertamente sobre todo acerca de los debuts sexuales o de las ganas de “comerse a tal minita”, se transgreden límites como el fumar, entre otras cosas, y se exacerba la masculinidad. A la vez es un lugar complicado para los gays o los sospechados de serlo, como también lo es el vestuario de los clubes o donde te hayan asignado para ir a hacer Educación Física, bah,  a jugar al fútbol, o al menos esa era la única opción para los varones que hemos transcurrido el Industrial a principios de los ‘90. Son lugares en donde más vulnerados, desprotegidos y desnudos están, literalmente, o hemos estado los homosexuales.

Recuerdo que algunos compañeros se bañaban luego de hacer gimnasia porque no volvían a su casa antes de entrar nuevamente al cole cuando teníamos doble turno. Así como los demás eso lo toman como algo natural sé que muchos gays ponen alguna excusa para que no llegue ese momento. Lejos de ratonearme con esas situaciones, a mí me ponían muy incómodo, me esforzaba en que no se notara mi homosexualidad o que no me gasten o agredan por alguna miradita que se me escapase.

Los baños, ¿lugar ideal para el acoso escolar?; Foto: Archivo

¿Por qué trataba de evitar situaciones de desnudez propia o ajena en vestuarios o baños? ¿Por pudor? ¿Por no identificarme o no encajar con los rituales comunes de los machos? ¿Para que no tengan un motivo para cuestionar mi virilidad? ¿Para no tener que aguantar los chistes homofóbicos y fáciles como por ejemplo “vos tenés ganas de que se te caiga el jabón”?

Así como los baños son terreno fértil para escribir anónimamente lo que no se dice de frente y se deja constancia de eso en forma de graffitis o dibujos obscenos, también los lugares en donde se hace Educación Física son menos vigilados que las aulas o los patios de los establecimientos escolares, será porque en esa materia lo físico, el cuerpo, los cuerpos están en juego: para jugar a la pelota o para que los machos te caguen a patadas, jugándote y juzgándote, para que te hagas macho. Allí el panóptico no es tan eficaz y entonces el hostigamiento escolar se presenta más cruelmente, sádicamente diría.

A veces no hay golpes pero me parece que el daño psicológico no es menor por los bardeos, por los comentarios denigratorios que te dejan heridas psíquicas, más que nada porque son como el pájaro carpintero que te quema el cerebro o como la gota de agua que si cae arriba de una roca por años, termina agujereándola, quebrándola. Son persistentemente molestos y atentan contra tu autoestima.

Hablando de imágenes o frases que sin firma transmitían agresión, y quizá refiriéndome a una violencia más invisible para todos, un día fui al baño antes de entrar al aula y ví en una pared algo que me hizo mucho daño. Dos compañeros míos y sus cómplices habían pegado fotos pornos de tipos con sus penes erectos con una dedicatoria para mí que decía “Rodríguez se la come”. En aquel momento despegué esas imágenes, las hice un bollo y borré lo escrito, lejos de comunicar lo sucedido en la dirección o sala de preceptores. No quería mandarlos al frente y menos aún verme más expuesto, me daba bastante vergüenza que las autoridades escolares supiesen lo que mis compañeros pensaban de mí.

En verdad pasé mis peores años en mi adolescencia, hubo varios episodios explícitos de bullying pero eso, si me animo, será para otro capítulo… Lo que sigue teniendo resonancia en mí es no poder comprender cómo se puede sentir placer en lastimar, dañar o hacer doler a un compañero, a alguien que es señalado como distinto, a quien se lo cataloga como diferente, tal vez por ser desestabilizador del orden “heterosexista”.

 

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“Yo soy gay, pero él no”, dice Manuel

Lo primero que Manuel dice es que “sólo sucedió”. Lo segundo, un pedido: “Tal vez a alguno de ustedes, lectores que son pertenecientes a estos temas le ha pasado una situación como esta. Si es así, compartan su experiencia pues el afrontarla con uno mismo es difícil de digerir”. Lo tercero que escribe es: “Todo se basa entre dos hombres que viven juntos en una casa de estudiantes y que, como el título lo dice, uno (yo) es gay, pero el otro no”.

En este relato, Manuel, un joven de 22 años, aclara que es gay pero que si lo viesen a lo lejos pensarían que es un “hombre tradicional”. Cree que no se le nota su orientación sexual (no tiene formas afeminadas) y lo aclara porque quizá esta sea una de las razones por las cuales un amigo suyo, alguien con quien comparte su casa, se dejó llevar.

Cuenta su historia así:

Estudio una carrera profesional a punto de terminar (gracias a Dios) y he convivido con muchas personas que me llenaron de experiencia y, sin duda alguna, mencionaría a Jorge. Él es uno de mis compañeros de casa, tiene 18 años a punto de cumplir 19 (lo sé, ¿la edad me lo ha dicho todo?), llevamos medio año de conocernos, pero en ese medio año nos hemos conocido de una manera muy buena.  Interactuamos por primera vez y diría que con el paso del tiempo, por mi comportamiento y actitud él infirió mi orientación sexual.

A pesar de ésto siempre me había tratado igual hasta el momento: hacíamos cosas juntos, salir a comer de vez en cuando, ir a su habitación y acompañarlo mientras se hacía los deberes, una que otra vez embriagarnos por diversión y ver películas. Entre este lapso de tiempo no puedo negar que sentía cierta atracción física por Jorge, salía por fuera de mis gustos o prioridades, entre éstas, la edad.

Antes de indagar más en esto permítanme describir a Jorge. Vive a tres horas de distancia de aquí en un pueblo donde el ambiente no es muy urbano y las mentes abiertas no abundan, entre hombres es vaya… machista y claramente si se pasa por allí un chico como yo con mis preferencias al descubierto, lo mínimo recibiría sería un golpe y palabras ofensivas. El vino de igual manera que yo y otros jóvenes a estudiar una carrera universitaria y eso con esfuerzos porque a este chico no le atrae mucho el estudio; si por él fuera dejaría de estudiar y trabajaría, vaya que si se le ve, pero para la habilidad de diseño que Dios (independientemente de la religió en ustedes lectores) tiene un buen desempeño, veo potencial en Jorge, sólo que la flojera lo empapaba.

Cuando él llegó a la casa, entre muchas historias de familia y amigos, relució su novia. En varios momentos me había comentado sobre la mucho que la quería, las chicas que había tenido, lo que le atraía de las mujeres y lo que ha pasado entre ellas. Mi reacción ante esto era normal, como un amigo sincero, nunca he visto a Jorge con más de estos ojos, nunca lo planee en mi vida o como acompañante de vida, era un amigo muy lindo que me había aceptado por lo que soy, por ser quien soy y ser el segundo hombre que me hablaba y me buscaba para divertirse. Es entonces cuando lo sentí como un hermano, me preocupaba por él, le ayudaba en los deberes de vez en cuando. A veces él me decía que parecía su mamá.

En nuestro período de vida y en los días cotidianos Jorge y yo teníamos cierto contacto que para él se podría traducir normal. Con esto me refiero a que cuando me pidió uno que otro masaje en la espalda, quizá para él fue normal, pero para mí fue el inicio de una atracción fuerte. Después de esto era el típico roce de manos que duraba segundos en cierta parte del cuerpo o abrazos que le daba y que eran del todo normales.

Debo destacar para esta historia que hubo varios momentos en los que hubo cierto contacto un poco más de lo normal por parte mía hacia él pero que nunca se puso un alto. Esto me daba vueltas en la cabeza, pues Jorge me dejaba ciertas puertas abiertas para pensar en él de maneras distintas, pero que a mi criterio supuse que ninguna de ellas iba a suceder hasta la fecha.

Después del último Año Nuevo y Navidad y de estar en comunicación por mensajes, regresamos a un nuevo período escolar y los planes de divertirnos entre compañeros de casa fluían de manera normal.  Es entonces cuando el vaso comienza a empañarse y el escribir esto me resulta triste de recordar, pero por eso lo hice, para poder reflexionar, para ver esto de otra manera y poder comprender lo que sucedió. Sobre todo para acercarme a la típica pregunta: ¿Y si no hubiera? o ¿Por qué?

Un día Jorge me dijo que se sentía mal, al parecer una gripa tremenda le había atacado. Yo comenzaba a despertarme y como siempre hacía cada día, me gritaba para ver qué planes íbamos a hacer y si tenía algo que le aliviase el malestar. Bajó a mi habitación y se acostó en mi cama como de costumbre al lado mío. Entre mis cosas encontré algo que le aliviaría y la charla comenzó de manera cotidiana. Para esto yo comencé a tocarle la espalda pues dijo que tenía ganas de un masaje. En la posición fetal en que se encontraba y dándome su espalda hacia mí, comencé en abrazarlo de manera “normal”.

Mi mano se volvió un poco insolente y necia y realizó movimientos que “no debía”. Empezó a pasar a su espalda, a recorrer su estómago y de ahí a la “zona prohibida”. Durante todo este desenlace, Jorge me recontaba los hechos de sus novias y lo que había pasado, entre otras historias de temas diferentes, pero no se movía de la posición que tenía. Acostados, en posición fetal y su espalda dándome en la cara sin poder observar que reacción tenía, sin ver sus ojos y ver lo que su mente pensaba. Mi cara estaba en su espalda y mis labios sobre su piel. Ya habíamos cruzado la línea, todo era cuestión de tiempo.

De manera paulatina mi mano bajó y dejo en sus mentes lo que sucedió. Pero dejo en claro que yo hice todo el trabajo. No puedo permitirme revivir este recuerdo otra vez, y no por lo pasó, sino por el efecto que ésto tuvo. Después del acto sucedido, él se levantó de la cama y se retiró a bañarse. Nos fuimos a la escuela juntos y de allí no supe nada más hasta que regresé a casa.

Durante mi mañana no puedo decir que me sentí realizado o feliz por lo sucedido. Una presión derribaba mi pecho y un sentimiento entre melancolía, tristeza, culpa y otras cosas que me provocan un vomito verbal, no desaparecían.

Otra de mis compañeras de estudio, después de unos días contarle lo que sucedió, me describió a Jorge con una actitud de apagado esa tarde y cuando mi presencia volvía a esta casa, cierta actitud ya era diferente en él. Después de actuar como un “nada pasó” me dispuse a hablar con él y sus palabras fueron: “No te preocupes, solo pasó pero no quiero que se vuelva a repetir”.

Mi respuesta fue, sin reacción: ¿Cómo puedo hacer que no pasó nada cuando sí paso? Quiero saber cómo te sientes, si estás bien. Jorge respondió: “Me sentí mal conmigo mismo, sólo hay que hacer como que no pasó nada y seguir igual”.

Mi reacción fue seca, no sabía qué hacer y un sentimiento de culpa y arrepentimiento me abordaba. La relación había cambiado y así se iba a quedar. Lágrimas cayeron al suelo cuando se fue y en la calle, cuando me dispuse a irme de la casa, antes fui con él y lo abracé diciéndole: “Perdón por haberte hecho sentir mal”.

Él era la víctima, no yo, yo sé quién soy, sé qué me gusta y qué no y tengo claras mis preferencias, pero para él fue un shock lo que en su interior accedió a hacer conmigo. Pasaron dos días y entre consejos de amigos sobre lo sucedido supuse que la mejor solución era aclararlo.

Era claro que no él quería abordar el tema, que no lo mencionara, pero no obedecí tal señal. En resumen le dije que mi amistad seguía en pie, que si necesitaba yo estaría aquí, que no quería que las cosas fuesen distintas. Entre mis palabras Jorge se distraía con objetos para distraerse y con palabras de: “A sí, no te preocupes, pues ya “x” ya paso, hay que pasar de hoja”. Lo que supuse que sería una larga charla de razonamiento y reencuentro, solo duró cinco minutos y con un “todo normal”.

Me levanté, le di un abrazo y me retiré de su habitación con el ánimo por el suelo y con tuve mi desahogo, que cada tanto vuelve.

Espero que no los haya aburrido con mi historia. Tal vez haya más cosas interesantes que ésto, pero creo que quizá pueda ayudar a alguien que pase por una experiencia similar. Si ustedes tienen un consejo para mí no lo desecharía por nada. Jorge sigue aquí; hoy se fue a la escuela, antes me habría llamado para ver qué hacíamos en el día; hoy sólo se lavó los dientes y se fue.

La historia sigue su curso y si algo mueve mi rumbo se los haré saber. Gracias por su atención.

 

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Un chat de hace diez años para revivir el final de una historia de amor lésbico

Maquimaiú (la dedicatoria) cuenta el final de una historia de amor entre dos mujeres: Maqui y Maia. Y lo cuenta sobre las tablas en una obra que se estrena este domingo. La obra pone en escena, con esa mezcla de humor y ternura que otorga revisar el pasado, los desencuentros y malos entendidos que se juegan a veces en el amor, en este caso, en la voz de dos mujeres.

En una obra inspirada en sus propios mails con su primer gran amor, Maia Muravchik, autora, directora y actriz, conversó con Boquitas pintadas sobre esta pieza que, desde las conversaciones virtuales con alguien que amó, reflexiona sobre los cambios en las relaciones en tiempos de hiperconexión. ¿Nos comunicamos más? ¿Cuánto hay de verdadero en ese intercambio virtual?

“De tanto escribirse horas y horas con una persona, uno termina escribiendo cualquier cosa. Pero, en algún momento del cansancio salta la verdad”, opina Maia.

Maia y Maqui, en escena

- ¿De qué trata la obra?

- MAQUIMAIU (La dedicatoria) cuenta la historia del final de una historia de amor. Algo tan absurdo como la dedicatoria de un disco hace que todo vuele por los aires. Habla de dos personas que se quisieron un montón pero que no pudieron escucharse por diversas razones: el orgullo, el miedo, la inexperiencia, el ego.

- ¿Por qué te interesó retomar una historia de amor desde el chat, un medio que en apariencia parecería sin mucha sustancia?

- Un domingo angustiada me puse a revisar viejos mails y chats que había tenido con quien fue mi primer amor, hace casi diez años. Las conversaciones virtuales y correos electrónicos habían formado parte fundamental de nuestra relación. En este chat en particular encontré un gran potencial  por lo absurdo, pero también porque había algo intenso y verdadero en esas incoherentes líneas. Había algo  bello y algo triste. Y el inevitable final. Entendí cómo en cierto momento ya empezábamos a decir cualquier cosa, como ocurre a menudo con los chats.

Me hizo reflexionar sobre los cambios que existen en las relaciones a partir de la irrupción de las nuevas tecnologías para la comunicación. Muchas veces, como en este caso, la hipercomunicación lleva a no comunicarse, a no escucharse. Y creo que eso fue en definitiva, lo que pasó.

Entonces armé como si fuera un guión. Lo leí una vez más y me puse a llorar. Lo llamé a Dennis Smith [director de la obra] quien aparte de ser mi entrañable amigo, es un artista talentosísimo, y le mandé el texto. Me llamó y me dijo “Amiga, estás re loca, no puedo parar de reírme”. Empezó a supervisar y proponer cambios para que la conversación pueda ser llevada a escena. Y llamamos a dos talentosísimas actrices para que se embarquen en esta locura virtual: Maqui Figueroa y Johanna Zambón.

El final de una historia de amor entre mujeres

- ¿Qué riqueza encontraste en ese medio?

- Justamente la riqueza radica en que, de tanto escribirse horas y horas con una persona, uno termina escribiendo cualquier cosa. Pero, en algún momento del cansancio salta la verdad.

El desafío fue hacer una obra con esto: generar ese chat en un espacio escénico, sin recurrir a lo obvio.

- ¿Te parecen importantes los pequeños detalles para abordar desde allí una historia amorosa? ¿Por qué?

- En su momento me volvió loca no estar en los agradecimientos del disco. Y tenía que ver lo cruda que había sido toda nuestra historia de amor, porque había sido realmente muy cruda. Yo pedía estar en los agradecimientos del disco porque necesitaba eso, una legitimación. Vivir oculta me parecía terrible. Hoy día lo puedo entender y agradezco no estar en la dedicatoria. Pero justamente lo que se ve en MAQUIMAIU es que lo de los agradecimientos es un disparador para conocer la intimidad de esa pareja, las locuras y los desencuentros.

- ¿Creés que tienen algo de particular las relaciones amorosas entre mujeres, a diferencia de otras de distinto sexo?

- No creo. La obra tampoco aborda ese lugar. Realmente en la obra no importa si son mujeres, hombres o mujer y hombre. Son dos mujeres, en verdad tres, pero no es lo más relevante de la historia. Lo que importa es lo que no fue y por qué no fue y ni eso queda demasiado claro.

Lo bueno de lo que está pasando hace un tiempo es que nos estamos empezando a dar cuenta de que la gente se encuentra o no se encuentra. Ya no importa si sos chico o chica y si el otro es chico o chica. Si te va bien, te encontrás. Si no te va tan bien, como en mi caso, adoptás dos gatas.

- ¿Qué te pasó a vos cuando terminaste de escribir esta obra? ¿Qué sentimientos te surgieron?

- Empecé a darme cuenta de que estoy loca y me empecé a preocupar. Es muy raro actuar de uno hace diez años. Al principio del proceso me defendía a mí misma, después llegué a odiarme un poco y finalmente aprendí a perdonarme. Hice lo que pude en mi primera relación. Y da cierta ternura haber sido tan inocente.

Creo que, al fin de cuentas, aprendí la lección.

 

MAQUIMAIU (la dedicatoria): Funciones: Desde el 23 de marzo, domingos a las 21. ElKafka Espacio Teatral –Lambaré 866

 

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“No me gustan las mujeres”, dijo ella y se quedó con su marido

Dice Soledad que hace poco tiempo empezó a incursionar en la comunidad gay “virtual”. Dice, también, que  Boquitas pintadas le resulta tan interesante como triste. Le resulta chocante -se explaya- ver el nivel de violencia de ambos lados.

Dice: “Sueño y ansío el momento en que ya no haya un nosotros y un ellos. Que seamos un Todos”.

Dicho esto, se explaya en el relato de su vida.

Tengo una historia que es para una película, pero sería una película de esas de tres horas. Por lo tanto sólo diré que no me enamoré. No. Yo sentí el amor porque amo; porque más que ceguera fue un gran destello de existencia envuelta en sentimiento. Porque el amor verdadero es aquel que trae consigo una verdad.

Diez años me lleva, pero una vida nos une. Tiene a cuestas varios años de divorcio y dos hermosuras llamadas hijas. ¿Yo? Yo soy gay desde que recuerdo, ella… bueno, nunca supe bien de qué va la cosa

Tantas cosas hizo, tanto me buscó, que ni el inadecuado contexto la detuvo. Tocarme todo el tiempo, abrazarme de la nada, decirme que yo tengo algo atractivo pero que debe entender que eso no es para ella… más que decirme a mí, a veces tenía la sensación de que hablaba consigo misma. Tantos “te quiero” de la nada, tanto pensamiento frecuente. Tanta gana refrenada y torpe.

¿Para qué? Para que cuando yo a mi manera bien directa y sin enrosque la increpé terminé oyendo esas frases poco originales y muy desgastadas en el psiquismo de negación homosexual: “No me gustan las mujeres, nunca me gustó una mujer. Nunca estaría con una mujer, una mujer no es alguien a quien yo elegiría”.

Me quedé queriendo sola.

Foto: Ignacio Lehmann; 100 World Kisses, en Colombia

Cómo duelen las maneras, ¿no? A veces es eso lo que llama al dolor. Su estilo en ese momento fue mezcla de indiferencia, distancia y aparente sorpresa. No había necesidad de repetirme las palabras “no” y “mujer” como tratando de que retumben en mi cabeza hasta derrotar el corazón. O tal vez esas afirmaciones eran dirigidas a su persona. Sí, así no queda ninguna duda por las dudas. No vaya ser que…

La vida tiene un sentido del humor muy sospechoso, porque hoy ella permanece al lado de alguien que, desde su vocación de terapeuta, promueve terapias de conversión. Por supuesto, él tiene un nivel de convicción religiosa de dudosos principios. Ella también es muy creyente. Hoy no sé dónde está la persona que conocí, o creí conocer. Me entristece que esté rodeada de esa clase de gente.

Hace meses soñé que ella me enviaba una carta, era muy larga, sólo recuerdo la frase: “No conocí el amor”.

Eso me inspiró a mí a escribir fervorosamente a lo [Jack] Kerouac. Expresar sin pensar… sólo lanzar imágenes, imágenes que revuelan mi interior y por momentos pinchan mi corazón hasta desinflar la ilusión.

 

Este es el escrito de Soledad:

“No conocí el amor”

Un presagio intermitente, falto de tolerancia, incrementa el rigor mental en ideas cobardes que componen el espíritu alterno de tu existir.

No sé si será real o el afecto falso me lo indica, sólo sé que pierdo el lugar protagonista… para siempre, para siempre seré y nunca estaré. Difícil mando de religiosidad, viniendo de vos es extraño el desparpajo tumultuoso de sinceridad. Soportá el efecto renovador de caridad sentimental, al igual que yo que provoco distancias paralelas a mi ser.

Disfrutá del entorno temporal tal vez, misma manera, mismo discurso. Lentamente, lentamente me creaste del duelo de perderlo todo en mi interior incapacitado. Febril me dejaste aquella vez en que me sentí un cerro partido. Comprende la urgencia.

Un sueño del ser para estar presente por si solo en una cama, en la cama diagonal con ternura aparente. Rendijas percibo… rendijas diviisorias, un logro desperdiciado por una manera inconveniente de erradicación de sentimientos verdaderos, viniste a mi y destrozaste el futuro idiota de querer lo que no está.

Foto: Ignacio Lehmann; 100 World Kisses

Falsa la idea de ser creada en el desconsuelo, en el descontento. Te dije que lloraras, te dije que largaras la pureza de lo exótico. El “nosotros” consternado, el decadente final para vos. Ilusa, sos una ilusa engañada en el perdón por días desgastados. Te ataste a tu pérdida eterna.

Sabiduría baja, en el suelo conforma un espíritu irremediable. Descalzo ya camina el amor, pobre de intento por aflorar para querer sin escape, sin disminuir el riesgo de celarte. Más no podré esperar el envión de olvidarte. Te gusto, justo cuando te busco. El imán irremediable del amor.

Vos viste lo que se escapó de mí, lo quisiste y lo tomaste. Yo te lo di. Quereme que me canso, de quererte yo me canso.

Olvida el suelo y venite conmigo, el vuelo sale temprano, acapararé tu cintura por encima de mi deseo. Irradias ahora amor del bueno. Más te busco, más te intento. Desprejuiciada voy hacia vos, verdadero el desencanto de perderte, no se puede permitir la libertad interrumpida de dolor.

Te busco, te amo. Te soporto y te abstengo. Te miro y me aflojo, te entiendo y difiero, te tengo y te vuelo. Te intento y rechazas. Un lugar perdido de refugio.

Decirte no me alcanza, ya serás feliz, en el tiempo equivocado reducís mi forma de quererte. Ignoro tu pedestal. Me comprometo a diluirte hasta mi final. Será en vano, te llevo dentro. Te estrujo dentro. Te aprieto con ganas de más. No llores más, volveré y te veré de nuevo, como el sol me lo pidió cuando esperábamos el refucilo de su intención.

Lameme, lamé mi dolor, el que provocaste algún día de sabiduría estúpida que creí tener. Volcame tu amor que así soy más de mí. No puedo perderte, el destino se puso incierto. Vuelve donde te espero. Ya sabré de tu dominio interior.

Clasifica tu mente mi amor, tal como te gusta. Mirá el desconsuelo de arriba tal como te gusta, mi amor revoltoso de espanto.

Intenta el Cristo que mejor te queda, lleválo sobre tu espalda al meterte en su mar de nombres insospechados de pecado… tal como te gusta a vos.

Voltéame un segundo hacia vos, mientras camino a mi lado. Desvísteme en refucilos internos que tan poco tienen para decir. Como yo, te amo. Y enviudé antes de tiempo por tu culpa indómita. Me dejaste sola, te odio por estar para vos. Para mí no hay resquebraje que valga un santo demonio de mi alma. A oscuras te quedaste. Más no estar te devuelve al ser interior. No estés mi amor, no te lleves ahí donde no te perteneces.

 

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“Era mi mejor amiga y nos saludábamos con un beso en la boca”

Se presenta así: “Mi nombre es Roma, tengo 21 años y sí, soy bisexual”. Sigue: “Considero que todo ser humano lo es. El tema es que mucha gente se encasilla. ¿Por qué? Porque vivimos en un mundo de estereotipos, discriminación, desigualdad”.

Roma cuenta en un mail a Boquitas pintadas que no bien vio el primer post sobre bisexualidad se detuvo: “Mis ojos se detuvieron en esa palabra. Faltaba mi nombre al lado”.

Entonces decidió contar su experiencia de vida segura de que hay miles de personas como ella.

“Soy bisexual”

Por Roma

A comienzos de mi adolescencia mi vida se trataba de chicos, sólo hombres. Estamos hablando de mi vida a partir de los… digamos 12 años. (Yo a esa edad me consideraba y tenía una mentalidad de alguien un poco mayor, como de 15). Salía con uno, conocía a otro, todo se trataba de jugar y sentir esas mariposas (con sólo besos, para el sexo tardé un poco más). En ese momento mi mejor amiga era Juli (nombre que marcó algo en mi vida).

A los 14 empecé a sentir cosas por Juli. No sabía ni qué cosas, ni cómo, ni si era a veces o siempre. Cosas que no entendía, ¿por qué? Porque era mi mejor amiga y de repente a esa edad nos saludábamos con un beso en la boca. No sé si para provocar a los chicos o para divertirnos. Además, algo más íntimo: nos duchábamos desnudas comparando cosas del cuerpo, teniendo la confianza de tocar, de dejar que la mano de cada una recorra libre. La cuestión es que al no entender lo que me pasaba no le prestaba la atención que quizá le di tiempo después.

Unos años más tarde volvíamos del campo en una 4×4, en la parte de atrás descubierta. Hacía frío y decidimos cubrirnos con una manta y maternos debajo. Fueron cinco horas interminables (no quería que terminen tampoco) y eternas. Infinitas. Comenzamos por acariciarnos las manos; esto nos llevó a tocarnos el cuello, el busto, a rozar con las yemas de los dedos nuestras bocas, a bajar al pecho, rápidamente bajar por el pecho y volver lento a la panza para caer en el ombligo. Cinco horas así. Quedé totalmente pelotuda.

No se habló del tema, como si nada hubiera ocurrido. Y no, estábamos en otro mundo, no era una camioneta, era el paraíso, era la paz.

Geraldine y Luisa en Perú, retratadas por Ignacio Lehmann

Me distancié de ella, no por eso sino porque (creo yo ahora, cinco años después) me estaba enamorando y presentía que me iba a lastimar si lo decía, incluso, si me lo decía a mí misma.

Esta atracción hacia una mujer no me volvió a pasar hasta los 19. A todo esto, a los 16 me puse de novia con un varón (digámosle Benjamín). Cinco años hermosos me dio. Hasta los 21 mi vida fue con él. Cada pensamiento y sentimiento. Hace no mucho cortamos y fue porque yo tenía cosas en mi cabeza que no podía controlar, no en una relación. Las hablé con él: Siento cosas por chicas, por mujeres, le dije. Al principio me dijo que no pasaba nada, que podía “experimentar” tranquila, que no lo consideraba como un engaño.

Conocí a una chica: la secretaria de mi psicólogo. No salimos mucho tiempo, ni tampoco pasó nada. Fue una especie de “experiencia”, como decía mi ex o “experimento”, diría yo. Pero fue suficiente para entender que al sentir cosas fuertes por mujeres, sentía que sí lo engañaba. Que no era una excepción simplemente porque era otro sexo, uno distinto al de él. Como decía en el artículo de Boquitas: “Me gusta la persona, no los genitales”. Entonces, corté con él.

Al poco tiempo conocí a otra mujer, unos 14 años más grande que yo. Me revolucionó los sentidos. Como cuando te cortas y eso provoca dolor. A veces sirve para decirse a uno mismo: estoy viva. Fue así. Mis poros se abrieron y mi piel respiró aire puro, limpio, trasparente. Estaba sintiendo algo que quise toda mi vida y nunca supe cómo o por qué. Salimos tres meses, poco tiempo, pero ese es otro tema. Ya es un miedo mío al compromiso que no me deja ser.

¿A qué voy con esto que cuento? A que hay que escucharse, sentirse. No sólamente quererse: el amor, a veces, no alcanza. Y no se aplica sólo en las relaciones con otros. Uno mismo vive en constante relación con uno mismo. Si uno vive tratando de eliminar sentimientos o inclinaciones por lo que piensen o vean los demás, va a terminar siendo una persona amargada e infeliz. No está bueno. La vida se trata de vivir. No de esconderse, de negarse. El que no lo entiende, mal por él.

Tengo amigos que vienen con dudas y me dicen que  no se imaginan estando con otros hombres, pero que quizá sí se excitan mirando o les tienta su boca…etc. Uno no puede imaginarlo bien hasta no vivirlo. Yo tampoco me imaginaba en la cama con alguien con mi mismo cuerpo o mis mismos genitales. No era rechazo, pero simplemente me costaba imaginarlo. La imaginación va más allá de la realidad y, a veces, con la realidad cambiamos esa imaginación.

Yo cambié. No me imaginaba con una mujer, acariciando su cuerpo, disfrutándolo. El hombre me gusta, sí. Pero hay una profundidad única en la mujer que no encuentro en el hombre. Ultimamente los encuentro hasta estúpidos, atractivos como para una noche y ya.

Si el día de mañana conozco a un hombre que me revolucione como mi ex no lo pienso dos veces. No elijo en función del sexo. Me gustan los dos.

¿Todos y todas somos bisexuales?

“Yo no me etiqueto. Puedo estar tanto con un hombre como con una mujer: no me enamoro de los genitales sino de la persona”. “Estoy mal porque no sé qué soy, necesito definirme para un lado o para el otro”. “El que dice que es bisexual en realidad es un gay no asumido del todo”.

Frases como éstas, reflejo de lo que se escucha en algunas sesiones de terapia, invitan a conversar sobre quienes alternan sus prácticas sexuales y afectivas homosexuales con las heterosexuales. Son personas llamadas bisexuales, es decir, que tienen relaciones emocionales y/o sexuales tanto con personas de su mismo sexo como con otras del sexo opuesto.

Para el austríaco Sigmund Freud hay una bisexualidad innata en los seres humanos, un rasgo psíquico inconsciente propio de toda subjetividad: venimos al mundo con disposiciones sexuales tanto masculinas como femeninas. Así, cualquier persona tiene la capacidad de involucrarse sexo-afectivamente con otra, más allá de su sexo o género.

La mayor visibilidad en los últimos años de las distintas sexualidades da cuenta de la diversidad que hemos sabido construir. Entonces, lo que antes operaba como fantasía o como algo experimentado esporádicamente o en la clandestinidad, hoy se concreta con menos temores, vergüenza y sin traumas.

"Segunda Parada de la Igualdad" en Asunción, Paraguay; Foto: Alejandro Viedma

“Segunda Parada de la Igualdad” en Asunción, Paraguay; Foto: Alejandro Viedma

No hay nada nuevo bajo el sol. El Banquete de Platón (diálogo que versa sobre el amor, compuesto hacia el año 380 a. C.) ya era un verdadero “mapa sexual humano” y, por otro lado, el padre del psicoanálisis en toda su obra también acogió lo diverso iluminándolo desde la infancia humana, especialmente a partir de Tres Ensayos sobre teoría sexual (1905).

En este post, el psicoanalista Alejandro Viedma, a partir de la experiencia clínica, desarrolla su mirada sobre la bisexualidad. “Hay muchas personas que se dan permiso de probar estar con alguien de su mismo sexo luego de una vida “hétero”, o viceversa, gente que en el pasado sólo tuvo relaciones homosexuales y después de décadas se enamora de alguien del sexo contrario. Me parece adecuado que el propio sujeto descubra, construya, experimente su sexualidad, sexualidad que en ningún caso es del todo fija o lineal”, sostiene.

 La bisexualidad en el consultorio

Por Lic. Alejandro Viedma

“Yo no me etiqueto”, me comentaba en una de sus sesiones un ex paciente al que llamaré Matías, y cuando le pregunté a qué se refería con eso, se explayó un poco más: “Puedo estar tanto con un hombre como con una mujer, yo no me enamoro de los genitales sino de la persona”.

Por otra parte, ¿por qué angustia la falta de etiquetas? Otro paciente me decía: “Estoy mal porque no sé qué soy, necesito definirme para un lado o para el otro”. También la angustia y los miedos pueden emerger desde la pareja de una persona bisexual, por ej., ese mismo paciente refirió: “Además pongo mal a mi novia porque le conté que sentía atracción también por algunos hombres y me dijo: ¿Y ahora cómo querés que me quede, si en cualquier momento me metés los cuernos con tipos?…”.

Etiquetas que, más que cerrar, abren interrogantes: ¿Alcanza mencionar un tipo de orientación sexual para definir a un ser humano? ¿Nominarse como hetero, gay, bisexual o trans abarca la totalidad de la sexualidad de un sujeto? ¿Hasta dónde limita o alivia rotularse con una preferencia sexual en particular?

¿Los bisexuales rompen con la tiranía de tener sí o sí una condición homo o heterosexual? Decirse bisexual: ¿Unifica a los bisexuales dentro del colectivo LGTB (lésbico-gay-trans-bisexual) o los segrega? ¿Es ese rasgo de nominarse bisexual (u otro modo de goce, al decir de Lacan) parte de un discurso entre pares para segregarse o segregar? Incluso también hay prejuicios internalizados dentro de la comunidad LGTB, ya que es común escuchar: “El que dice que es bisexual en realidad es un gay no asumido del todo”… ¿Es ese el motivo por el cual los y las bisexuales quedaron relegados en la visibilización del colectivo LGTB?

Hay tantos casos como personas, tanta diversidad incluso dentro de los y las bisexuales, lo que podría reflejarse modificando el singular por el plural y referirse a “las bisexualidades”.

Claudia es otra de las pacientes que me llamó para iniciar una terapia. Al momento de la consulta tenía 48 años, estaba en proceso de divorcio con su ex esposo, tenía dos hijos. Sufría de ansiedad: “Me pone muy ansiosa lo que vendrá, cuando mis más allegados se enteren que estoy con otra mujer… Más que nada me cuesta abrirme con los que me conocieron con una vida armada muy tradicional: marido, hijos y ahora un nietito en camino… No puedo contarles”.

Hay muchas personas que se dan permiso de probar estar con alguien de su mismo sexo luego de una “vida hétero” o viceversa, gente que en el pasado sólo tuvo relaciones homosexuales y después de décadas se enamora de alguien del sexo contrario. En ese sentido (si alguien se anima a concretar con otro de su mismo sexo luego de vivir una “vida heterosexual”) no creo ajustado concluir que es gay o toda la vida lo fue o que antes era hetero y ahora bisexual, o lo que sea, más bien me parece adecuado que el propio sujeto descubra, construya, experimente su sexualidad, sexualidad que en ningún caso es del todo fija o lineal. Y sólo esa persona revisará y sabrá por qué le cuesta tanto asumir el rótulo de gay, o si le es menos o más conflictivo asumirse como bi. En todo caso, mi rol será escucharlo, contenerlo y acompañarlo en ese proceso.

Desde mi posición de terapeuta, no segrego a un paciente que se presente con una identificación singular, sea cual fuere, con una elección SIEMPRE inconsciente y enigmática, puesto que esa singularidad se corresponde con su deseo, y no con una orientación sexual enfermiza per se. Soy inclusivo también con los que padecen porque aún no pueden salir del clóset en todos sus ámbitos.

Yo escucho lo que el analizante despliega, lo que dice que siente o su malestar o bienestar, qué dice cuando expresa que es homo, hetero o bisexual,  de igual manera con la identidad de género trans, cómo se presenta el sujeto, cómo se autopercibe, independientemente del sexo que le asignaron al nacer. Y al mismo tiempo estoy atento para no cristalizarme en esa solapa –sobre todo cuando es inamovible, contundente- que transmite el/la paciente, en una etiqueta o un rótulo que funciona a modo categorial.

Cada año hay más casilleros, más sujetos diferenciados en letras: LGTTBIQH… La letra I refiere a los intersexuales y la Q a los queer, yo agrego la H para mencionar también a los heterosexuales dentro de las diversidades sexuales. Pero todxs comparten algo: el SER. Y la capacidad de AMAR.

 

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Nahuel y Franco son amigos y se gustan: ¿Por qué no se animan?

Jonatan Olmedo es de Munro, provincia de Buenos Aires, tiene 25 años y es realizador audiovisual. Hace poco tiempo estrenó su primer corto: “Puertas adentro”. Además del esfuerzo profesional, la película le permitió indagar en un tema que le da vueltas en la cabeza desde hace tiempo: dos amigos, supuestamente heterosexuales, sienten que se gustan, que tienen ganas de estar juntos, pero pese a estar “todo bien” para que eso suceda, no se animan, no se lo permiten. ¿Por qué?

“De alguna manera, lo que me propongo es demostrar, a través de esta historia sencilla e intimista, que, aunque afortunadamente las condiciones para la comunidad LGTB a nivel nacional y mundial están cambiando a nuestro favor, todavía quedan generaciones a las que el peso cultural y la mirada condenadora de ciertos sectores sociales les pesan tanto que no le permiten vivir su sexualidad con libertad”, comenta a Boquitas pintadas. “No todo es tan fácil, aunque cada vez, claro, es menos difícil”.

Su corto fue filmado de manera independiente en 2012. Tuvo un recorrido en festivales y en algunas pantallas unders en Buenos Aires, pero Jonatan se quedó con ganas de mostrarlo más. Este es un modo de compartir su punto de vista con toda la comunidad de Boquitas. También puede verse a través de este link en Internet.

Cuando se le pregunta de qué trata el corto, él dice: es sobre dos chicos que pasan unos días de verano solos en la casa de uno de ellos y sienten deseos de estar juntos pero, a pesar de que las condiciones están dadas para que eso suceda, no logran permitírselo.

“Por otro lado, con este corto me propongo empezar una carrera -si las condiciones están de mi lado- en el cine con el objetivo de poner en crisis el estereotipo de gay que los medios han bastardeado durante muchos años y mostrarnos desde el punto de vista más humano: enamorados”, comenta.

¿Amigos seducidos?

Los personajes de Nahuel y Franco se presentan como amigos, a priori, heterosexuales. Pero en el ambiente se percibe hay una energía sexual entre ellos, que está siempre a punto de estallar entre juegos y peleas acuáticas que no tendrían nada de homosexual. O sí.

Comenta Jonatan: “Probablemente, Nahuel esté más seguro de hacerse cargo de lo que sucede, pero se queda en una actitud pasiva de espera, como midiendo a su amigo, para ver si realmente es todo parte de una sensación que tiene o si Franco va a hacer algo al respecto. Ocurre que él no está tan seguro de hacerlo. Tiene ganas, claro. Lo busca a Nahuel, por momentos lleva la delantera, lo seduce, tiene el poder. Pero a la hora de concretar se esconde, elude, se achica, no puede”.

“No es un hecho menor el que estén en la casa paterna de Franco. Si bien están solos, el peso del lugar (la cama matrimonial de sus padres, el consultorio de la madre…) funciona, de algún modo, como un ente represor para Franco. Se siente vigilado. Creo que por eso, a pesar de que las condiciones son ideales como para poder hacerlo sin que nadie los mire o juzgue, los fantasmas familiares, culturales y sociales están tan adheridos a ellos que da lo mismo que no haya nadie cerca o que todos los ojos caigan sobre ellos”.

Ser cineasta: una pasión de su infancia

Jonatan dice que desde su infancia juego a ser “director de cine”. Lo relata así: “Recuerdo que mi papá tenía una cámara VHS y yo desde los 12 ó 13 años la usaba, la investigaba y grababa cortos con primos y amigos. Incluso a los 14 enchufaba los dos reproductores de VHS que había en casa en el living para editar analógicamente mis videos y después exhibirlos con orgullo ante mis padres y abuelos”. Cuenta que a los 15 años usó los ahorros acumulados en sus cumpleaños y navidades y se compró su primera cámara digital. Entonces, aprendió a editar en computadora.

Con estos antecedentes, cuenta él, nunca dudó de qué era lo que quería hacer “de grande”. “Mis viejos me bancaron los estudios terciarios en el Centro de Investigación Cinematográfica porque sabían que yo estaba seguro de que eso era lo que quería hacer”, dice.

En ese camino anda Jonatan.

 

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