“Recuerdo que a los 3 años me encantaba escuchar Chiquitita, de Abba”

Libertad, la primera palabra del título elegido por Ed, bien podría considerarse una abstracción y al mismo tiempo un objetivo real para su vida, meta casi del todo lograda gracias a su recorrido personal, ya que implica la idea de que no hay retorno, que la libertad es un camino de ida…

Ed hoy tiene 39 años y nos envía un texto que escribió para que lo compartamos con los lectores de Boquitas pintadas. Desde el año pasado integra el grupo de reflexión para varones gay que coordina el lic. Alejandro Viedma en la Asociación Civil Puerta Abierta. Desde entonces, tiene deseos de contar su experiencia de vida.

Este hombre escribe con sinceridad, desde el corazón, como suele decirse.
Arma este racconto de su vida describiendo la re-presión = mucha presión = muchaS presioneS que tuvo que sortear, y contextualiza sus represiones en paralelo con recortes histórico-político-económicos de la Argentina, ilustrando dichas sombras con el acompañamiento de determinadas canciones y ciertos juegos que dieron luz a despertares, esos que animaron a un deseo que hoy intenta plasmarse en una real y completa (auto)aceptación, en el placer, la salud, el orgullo, el compañerismo y el amor.

“Libertad: mi largo y sinuoso camino”

Por Ed

Represión a la vuelta de tu casa, decía aquel tema de Los Violadores de principios de los ochenta. Represión que imperaba por estas tierras desde principios de 1976. Apenas unos días antes del inicio del caos, se me dio por llegar al mundo. Quizás la situación de extrema oscuridad de ese momento haya influido de alguna manera en cómo, poco a poco, empecé a percibir la realidad. La nacional y la propia.

A lo largo de mi vida me resultó muy duro poder encontrarme cómodo con mi sexualidad. Por mucho tiempo hice oídos sordos a los pequeños indicios que iba notando respecto de mí y a la impresión de ser distinto de la mayoría de los mortales. Hice lo que pude a cada momento. Fue un duro y largo proceso el que tomó desandar el camino.

 

De pequeño solía escuchar música en soledad, algo que no ha cambiado demasiado. La dictadura censuró a grandes artistas. Durante años, por represión interna, yo también elaboré mi propia “lista negra” de melodías favoritas de mi primera infancia. A los demás, a mí mismo, solía decir que el primer disco que había escuchado era “Off the wall”, de Michael Jackson. Sin embargo, la verdad es que mis acercamientos iniciales a la música vinieron de la mano del disco simple de Abba, “Chiquitita”, que pasaba una y otra vez en el combinado de mi abuela cuando tenía 3 años. O las pegadizas canciones de Raffaella Carrá, que me hacían bailar cuando volvía del jardín de infantes. Son momentos de los cuales sentí vergüenza por mucho tiempo. Ahora, por fin, puedo reconocerlos con una mirada más amable.

 Con mis amigos jugaba a “policías y ladrones”,y era malo para los deportes. En casa, tenía un muñeco de la pantera rosa. Me costaba entender por qué, siendo macho, tenía ese color. Algo inconsciente me provocaba la tentación de travestirlo, pero ahí estaban mi madre y mi abuela para sugerirme que mejor no, que era un “pantero”, y estos no usaban pelo largo ni vestido. Ellas cubrieron el rol de mi padre, desaparecido por propia gana, y se encargaron de transmitirme lo que se podía y lo que no se podía hacer. Lo que estaba bien y lo que estaba mal. Lo que correspondía a un varón y a una mujer. Y yo me lo tomé en serio, muy en serio.

La Argentina vivía una guerra absurda que dolía en el sur, y yo empezaba primer grado. Ese nuevo ámbito, sumado a la fuerte influencia que por ese entonces tenía a través de la fe católica, y el hecho de ser producto de la crianza en una ciudad del interior bajo la atenta mirada de quienes condenaban a las madres solteras, paulatinamente me fueron dejando una impronta muy fuerte respecto del deber de cumplir con las expectativas que los demás tenían puestas en mí, como ser el mejor alumno, hacer lo que se debía y no lo que realmente quería. Represión de la que empezaba a ser consciente.

A fines de 1983 se empezaban a respirar aires más libres en el país. Sin embargo, tanto para Argentina como para mí, la verdadera liberación no llegaría de un día para el otro. Por esa época descubrí a Sandra Mihanovich. Su voz aterciopelada e irreverente fue determinante en mi vida. Sin saber muy bien por qué, escucharla me hizo sentir feliz, liberado. Al oír sus temas, sentía que podía hacer (y ser) cualquier cosa que me propusiera, aunque sea por 3 minutos.

Video de Sandra Liberock

“La represión no se banca/ Por eso yo la quiero combatir/ Si vas dejando que te anulen/ Terminarás dejando de existir/ Libertad, libertad, yo te busco/ Donde quieras que estás.”

En 1984, pude ver en mi televisor Philco blanco y negro el videoclip del tema “Smalltown boy” de Bronski Beat. La canción cuenta la historia de un joven oriundo de un pueblo inglés, quien debe irse de su casa al no ser aceptado por su familia a causa de ser “diferente”. Alguien me dijo que el cantante y protagonista del videoclip, Jimmy Somerville, era “gay”, término que jamás había escuchado. Le pregunté a mi madre qué significaba esa palabra. Me dijo que era muy chico para preguntar esas cosas. Yo tenía 8 años,y decidí hacerle caso. Reprimí la curiosa sensación de empatía que me provocaba el video.

 El temor y la represión empezaban a adueñarse de mis actos. Preferí hacer lo que correspondía: mirar el comercial de Hitachi con Adriana Brodsky en tanga.

A los 11, mientras Alfonsín lidiaba con rebeliones militares, yo estaba secretamente enamorado de mi amiga Ce. Un día, llegué a su casa y me atendió su padre, en slip. Recuerdo perfectamente la incómoda sensación que experimenté. Fue mi primera erección, algo que me dio mucha vergüenza, un leve dejo de gozo, y la certeza de que eso que sentía estaba mal, muy mal.

Ese mismo año hubo un hecho que marcó mi vida: en la escuela, la maestra me acusó injustamente de haber tirado un borrador, pero fue tan enfática en su reprimenda que me hizo llorar. Me sentí muy humillado por mostrarme de esa manera delante de ella y del resto de mis compañeros, que empezaron a llamarme “maricón”. Enjugué mis lágrimas, y me prometí solemnemente que jamás en la vida volvería a llorar. Recién hace poco tiempo he podido reconectarme con la aliviadora sensación de llorar.

Tenía 13 años, en tiempos de hiperinflación, cuando decidí que iba a reprimir todo aquello que me impidiera ser como los demás. Empecé a escuchar rock, a mirar chicas, a acercarme e incluso a salir o tener alguna forma de experiencia sexual con alguna. Sin embargo, percibía que algo no terminaba de satisfacerme. Tuve una fantasía recurrente: en ella iba a estudiar a la casa de Jota, mi compañero de segundo año, pero terminábamos masturbándonos y besándonos. Algo que nunca se concretó. Había indicios de que él sentía algo, que quería experimentar, pero jamás me permití avanzar.

Tanto empeño en ser “normal” tuvo sus consecuencias. Lentamente, me fui volviendo agorafóbico.

A los 17 años empecé mi primera y fallida experiencia en terapia. No estaba listo para aceptarme tal como era.

En 1996 vine a vivir a Buenos Aires, cuando aún existía la escenografía de cartón pintado de la convertibilidad, que lentamente comenzaba a descascararse. Empecé a estudiar en un taller de teatro. Hice algunos amigos. Poco a poco me di cuenta que sentía una enorme atracción por el ayudante del profesor de actuación. Fue la primera vez que tuve conciencia de sentir algo parecido al amor, junto a la atracción sexual, hacia alguien de mi propio género. Eso me angustió mucho. Recuerdo una noche estar desvelado, pensando en él. En la radio sonaba el tema “Don’t bring me down” de E.L.O., y aún me acuerdo de cómo, de modo muy claro, casi revelador, en mi cabeza apareció un pensamiento directo, sin filtros que decía: “Sos gay”. No pude soportarlo. Fue la primera vez que tuve un ataque de pánico.

Por esa época, empecé una nueva terapia. Cuando llegamos al punto donde yo sentía la barrera a superar, esa imposibilidad de poder vencer mi represión, mis miedos e inseguridades, y poder aceptar aquello que en ese momento era inadmisible, dejé la terapia. Cuán importante hubiese sido poder atravesar esa pared en ese momento, pero entiendo que realmente no estaba listo, todavía tenía que encontrarme con mi esencia, aceptarme, y eso tomaría un poco más de tiempo.

 

Me sentía muy triste, me costaba estar con chicas y, a la vez, sentía que estaba mal descubrirme atraído hacia otros hombres. Por esas cosas de la vida, consciente o inconscientemente, tal vez para estirar mi confusión, me enamoré perdidamente de Ve, una chica luminosa, la cual no sentía lo mismo por mí. Me rompió el corazón. Pero el sufrimiento por la no concreción fue suficiente para tranquilizarme y hacerme sentir que yo aún tenía “solución”, que no estaba perdido, condenado a ser un infeliz fuera de la norma.

A los 28 años, mientras Kirchner llevaba apenas unos pocos meses al frente de la primera magistratura, yo enfrentaba como podía mis desafíos, y la represión devino en severos ataques de pánico. Tan fuerte fue la sensación y el miedo a perder el control, que incluso pasé por una muy breve internación. Ahí pude hablar de mi sexualidad por primera vez con profesionales. Tuve una suerte de “epifanía”: sentí que era bisexual, y esa etiqueta me ayudó mucho a, muy lentamente y con muchas dificultades, ir aceptándome como podía. Existen bisexuales, claro está. Es sólo que yo no era uno de ellos… De todos modos, hasta ese momento, no había tenido ningún tipo de acercamiento concreto y real con un hombre.

A los 30, empecé una nueva terapia, que continúa hasta el día de hoy. A diferencia de las anteriores, en este espacio pude hacer un gran trabajo de autoconocimiento y autoaceptación, hecho que ha resultado muy fructífero y revelador. Pasé de sentir que la posibilidad de estar física o emocionalmente con otro varón era sencillamente inconcebible, a animarme a lo inimaginable. Eran tiempos de la primera mujer elegida por votación popular al frente del gobierno nacional, la crisis del campo, y la flamante Ley de medios. Y eran también tiempos de chat. Chat que ayudó mucho a ir animándome a hablar con otros hombres hasta que, por fin a los 33 años, estuve por primera vez frente a frente con otro varón. Todo sucedía en el ámbito de lo privado, yo no hablaba con nadie sobre esas experiencias, excepto con mi psicólogo. Era como si no pasaran. Si no lo verbalizaba ni exteriorizaba, eso no sucedía. Pero sí sucedía. Ya no tenía contacto de ningún tipo con mujeres, aunque sentirme bisexual me alivianaba la carga que en ese entonces sentía. Y la culpa.

La Argentina estaba a la vanguardia de las naciones que otorgaban legítimos derechos antes impensados, como el matrimonio igualitario, en tanto que yo, por entonces, no era capaz de siquiera pronunciar la palabra “gay” y, mucho menos, de asumirme como tal. Las consecuencias de tanto tiempo de represión habían dejado su rastro.

Todo cambió a mis 38, cuando conocí a Efe. Sin proponérmelo, de pronto me encontré enamorado. El era masculino, pero a la vez algo afeminado y con perfil muy alto. Muy diferente al tipo de hombres que hasta ese entonces me habían atraído. Pero me voló la cabeza. Besarlo era como sentir que estaba en casa. Siempre que fuera en la intimidad. Él quería que pudiéramos hacernos demostraciones de amor en público, que le presentara a mis afectos, que lo hiciera parte de mi vida.

De poco valió que yo fuera sincero con él, que le contara que no estaba listo para abrirme. No estoy orgulloso de cómo me comporté con él, pero hoy puedo ver que realmente no me acompañó ni comprendió en el duro proceso de aceptación que estaba experimentando. Poco a poco nuestra relación se fue llenando de discusiones e intolerancia mutua, y fue la excusa perfecta para que yo decidiera terminar la relación. Por él pude, por fin, recuperar mi capacidad de llorar a moco tendido. Sólo con el paso del tiempo pude asumir que lo amé como nunca antes amé a nadie. Que me cambió la vida. Que significó mi primera relación de pareja en serio. Y eso aceleró en mí un proceso de aceptación cabal de mi persona. Pude entender, finalmente, que no soy heterosexual ni bisexual, sino que soy gay, y que eso no tiene nada de malo, por el contrario. Poco a poco pude abrirme con buena parte de mi entorno, y entender que mis temores previos respecto de no ser aceptado, de ser dejado de lado si sabían lo que sentía, eran completamente infundados. Al día de hoy, nadie que me quiera me ha rechazado.

Aceptar mi sexualidad me llevó a repensar muchas cosas. Me di cuenta deque no tenía amigos gays, que no tenía una red de contención para hablar de ciertos tema que, por muy buena predisposición que tuvieran, mis afectos heterosexuales no entendían a fondo lo que yo sentía, y siento.

Fue ahí que, afortunadamente, apareció en mi vida el Grupo de Reflexión de Varones Gays que coordina el Lic. Alejandro Viedma. Alejandro no sólo escucha, contiene y orienta con toda la experiencia y la sabiduría de años de trabajo y especialización en temática LGBT, sino que, esencialmente, es una gran persona, con inquietudes artísticas y talentos varios. Este grupo es un ámbito donde podemos hablar con pares de temas que nos involucran, donde la red de contención grupal permite sentirse valioso, ávido de vivir la vida con ganas, de comprender, de ser abierto y compasivo con uno mismo y con los demás. Espero cada miércoles con enormes ansias para ir a nuestra reunión.

Parafraseando a un compañero del grupo, yo todavía sigo saliendo del clóset, luchando contra los resquicios de mi propia homofobia internalizada, viendo que en ciertos ámbitos aún me es difícil mostrarme tal como soy, como por ejemplo, a nivel laboral. No obstante, no quiero forzar nada, sé que poco a poco se irá naturalizando, como lo he logrado en otros espacios.

A los treinta y nueve, por fin, me decidí a vivir realmente mi vida lo mejor que pueda. He sentido que el tema de la “avanzada” edad en que finalmente asumí que me gustan los hombres y que empecé a vivenciarlo en la práctica, en general me ha dejado la impresión de sentirme “el peor de todos”. Sin embargo, a través de la experiencia y el paso del tiempo, he conocido a hombres que han asumido su condición sexual a edades más tardías y en contextos mucho más arduos que en mi caso. Es increíble cómo uno es capaz de ampliar su visión del mundo, relajarse, dejar el látigo a un lado, a medida que conoce más historias de vida ricas.

Quisiera que Efe hubiese podido darme la oportunidad de demostrarle que ahora estoy en condiciones de amar libremente a otro hombre. No pudo ser con él, pero no pierdo las esperanzas de encontrar a alguien con quien podamos construir una relación de pareja duradera y feliz. Me lo debo.

Los años duros de la represión por fin van dando paso a tiempos de mayor libertad. Tengo mucho por hacer. No quiero perderme ni un minuto de todo aquello que la vida (me) traiga. Sandra tenía razón: Soy lo que soy, mi creación y mi destino. Y a mucha honra!

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La bisexualidad en primera persona

La bisexualidad existe

Por Milagros Amondaray

Milagros Amondaray, periodista, crítica de cine

Recientemente, en una charla sobre mi primer noviazgo (y relación a secas) con una mujer, mi interlocutora me dijo que quizás no era necesario que me ponga etiquetas. Que si estaba enamorada de la chica en cuestión no tenía por qué ya ponerme sobre mí misma la nomenclatura de “bisexual”. Si bien concuerdo con el hecho de que poner las cosas bajo determinadas categorías no siempre es bueno, en este caso en particular me hace bien, me gusta, me parece pertinente definir mi orientación sexual de esta manera. ¿Por qué? Supongo que porque a quienes nos definimos de ese modo nos agrada el hecho de sentirnos representados. Recientemente también, y en relación a dicha representación, escuché a una directora de cine iraní – la talentosa Desiree Akhavan – hablar sobre su bisexualidad de una manera similar. Está bueno que el término exista porque está bueno que se nos reconozca. En su ópera prima, Appropriate Behavior, la realizadora pone en el centro de la historia (algo no muy frecuente en cine o televisión) a un personaje bisexual. No es una mujer decorativa ni alguien que está ahí para ser la mejor amiga de la protagonista. Por el contrario, ella es la que lidera su propia narrativa.

Mientras la escuchaba hablar a Desiree me resultó inevitable pensar en un sinfín de variables respecto a mi experiencia. La primera, claro, es si siempre fui bisexual y nunca lo supe. La respuesta llegó rápido. Sí, supongo que siempre lo supe. Después me pregunté por qué nunca hice nada al respecto. Esa respuesta también llegó rápido. Porque durante gran parte de mi vida tuve relaciones con hombres y nunca se me presentó la oportunidad de ver cómo me sentiría estando con una mujer. Sin embargo, algunas situaciones confusas, algunos episodios con personas de mi mismo sexo siempre dejaron latente el interrogante. No curiosidad. Eso es otra cosa. Corriéndome un poco de mi identidad sexual, quiero decir que yo, María Milagros Amondaray siempre fui, como persona, alguien que cree que las cosas llegan en el instante adecuado. Así como una película aparece en un momento de tu vida para echar luz sobre determinado tema, y así como un libro te saca de una mala situación o te acompaña en un buen presente, lo mismo sucede con las personas. Las personas cumplen, a su modo tan diverso, una función. ¿Quién no asocia a alguien a una situación particular? ¿Quién está exento de afirmar que una pareja los sacó de una etapa negativa? Siguiendo con esa línea de pensamiento, no me resulta casual que la mujer que me hizo explorar mi bisexualidad (porque no hay diplomas que nos certifiquen como bisexuales, lo somos cuando lo sentimos y no necesariamente cuando concretamos desde lo físico) haya aparecido también en el momento indicado, un momento en el que me permití construir una amistad que terminó en amor.

Vero, la dueña de este espacio, me preguntó si el vínculo con mi novia (quien también es bisexual) redefinió mis relaciones anteriores con hombres. Luego de un tiempo de pensarlo debo decir que no. Mis relaciones previas fueron lo que fueron y el estar con una mujer no les cambia la perspectiva con las que ya las había evocado antes. Fallaron por las mismas razones que pensé hace un año, y nunca porque yo no haya hablado de mi bisexualidad. Los motivos excedían mi orientación sexual.

Si hay alguien acá leyendo que se identifica como bisexual sabrá que hay muchos prejuicios que nos rodean. Veamos sólo tres:

1. “Los bisexuales son todos promiscuos”: seguramente haya alguna persona bisexual que disfruta del sexo sin restricciones, como también hay personas heterosexuales que lo hacen, como también hay gays que lo hacen, como también hay lesbianas que lo hacen. La idea de que el bisexual, por el hecho de sentirse atraído por personas de su mismo sexo y del sexo opuesto, va a estar dispuesto a tríos, orgías y noches promiscuas es acaso el prejuicio más difícil de erradicar. Yo ahora soy tan monógama como lo fui estando en pareja con un hombre, porque me encuentro en una relación de amor y respeto y porque no necesito estar con un hombre en simultáneo para validar que soy bisexual. Hoy, en este presente, soy feliz en una relación sentimental con esa mujer particular que me hace bien. Somos menos rebuscados de como nos quieren representar

2. “Ah, entonces debés tener el doble de sexo que una persona heterosexual u homosexual”: no, tampoco. Yo puedo reconocer que me siento atraída por ambos sexos y tener relaciones con ambos sexos pero eso no implica a) que por ser bisexual el doble de gente se sienta atraída hacia mí b) que yo quiera estar en relaciones (ocasionales o no) con personas de los dos sexos de manera constante. Recordemos que la bisexualidad es una orientación sexual que implica que te atraen personas del mismo u otro sexo o género, no necesariamente al mismo tiempo, no necesariamente de la misma manera y no necesariamente en el mismo grado o con la misma intensidad

3. “Decís que sos bisexual porque no querés reconocer que sos lesbiana o gay”: dentro de la comunidad LGBTQ, uno de los grandes problemas es la forma en la que el bisexual es “borrado” por medio de la bio-fobia. Lo que se conoce como “bisexual erasure” es una realidad que padece un alto número de gente que se identifica como bisexual. ¿Qué significa esto? Que muchos piensan que los bisexuales estamos yendo de a poco y que no nos animamos a contar nuestra verdadera orientación. Por ende, la mujer bisexual es en realidad una lesbiana que no quiere decirlo (como si eso fuera negativo también) y el hombre bisexual es gay y tampoco quiere decirlo. El hecho de que no se consideren los grises es un problema porque nos está erradicando la posibilidad de definirnos (otro error: considerar a los bisexuales como “fiesteros indecisos”, algo que lamentablemente sucede con frecuencia). Por lo tanto, vuelvo al comienzo: a mí me gusta definirme como bisexual porque es una orientación que es real, que existe y a la que es positivo nombrar para que quede instalada y no se convierta en un mito.

Los prejuicios, lamentablemente, no terminan ahí, en gran medida porque no se considera como opción que las personas bisexuales podamos entablar vínculos de una manera mucho más libre. Y por “libre” no me refiero a ese otro prejuicio de las fiestas y los tríos. Yo soy libre de elegir estar con un hombre o con una mujer de acuerdo a mis necesidades del momento. Hoy soy feliz en una relación con mi novia, y eso no hace que extrañe el vínculo con un hombre. Es decir, los hombres me atraen de la misma manera que me atraían antes de estar con una mujer solo que hoy en día no me interesa actuar en función de esa atracción

La libertad, entonces, tiene que ver con poder hablar de mi orientación sexual abiertamente (tanto mi familia como mis amigos lo aceptaron naturalmente, también creo que porque siempre me armé de un núcleo afectivo más abierto y comprensivo), con poder disfrutar de la relación que construí y con poder hablar de la bisexualidad como algo que una mujer experimenta porque le hace bien y no porque es “cool” decirlo para “ratonear” al hombre (otro prejuicio y van…). No. Yo como mujer bisexual puedo decir que si hoy comparto mi vida con una mujer es porque solo me interesa cómo me siento yo, cómo se siente ella y cómo nos sentimos ambas respecto a la otra. Es tan simple como vivir la vida que nos tocó y ser honestos con lo que nos pasa y con lo que somos, por más que los prejuicios ajenos hagan que eso tan simple y tan normal se vuelva tan confuso y complicado.

Por Milagros Amondaray

 

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¿Cuántos de nosotros vamos con nuestras parejas de la mano por la calle?

¿Cuántos de nosotros vamos con nuestras parejas de la mano por la calle? ¿Cuántos de nosotros besamos en los labios a nuestro ser amado en público? ¿Cuántos de nosotros expresamos abiertamente nuestra indignación cuando escuchamos comentarios y/o chistes homofóbicos insultantes? Estas y otras preguntas se hace Julio, un lector de Boquitas pintadas que reflexiona en este escrito sobre la “naturalización” del clóset para muchos gays, sobre todo mayores de 30. ¿Cuántos de nosotros vivimos plenamente nuestra orientación sexual?, pregunta y se pregunta.

Los invito a leer estas reflexiones suyas y a intercambiar ideas entre todos y todas. Gracias, Julio, por estas palabras; gracias a todos los lectores por acompañar y participar.

Discriminación, prejuicios y la naturalización del clóset

Por Julio F. Szanto

Hace unas semanas mientras estaba caminando por la calle alrededor del mediodía me sorprendió ver a una pareja de varones de unos de 20 años tomados de la mano.

Mi primera reacción fue de sorpresa, ya que no estamos acostumbrados a ver manifestaciones de cariño en público entre personas del mismo sexo. Me pareció algo muy tierno porque se notaba que había mucho afecto entre ellos. Me puse a observar las reacciones de la gente que estaba alrededor y ví como algunos se reían y otros miraban sorprendidos. Definitivamente provocaban alguna reacción en el entorno.

Esto hizo que me pregunte acerca de qué tan natural es para la comunidad “abiertamente” gay ejercer nuestros derechos en nuestra vida cotidiana.

Quizás la respuesta sea diferente dependiendo de qué generaciones tomemos en cuenta, tal vez los más jóvenes están más abiertos a aceptar las distintas identidades sexuales que los de más edad. Sin embargo, lamentablemente los prejuicios y la discriminación están a la orden del día y no diferencian entre generaciones o clases sociales.

No dejan de sorprenderme las historias que leemos en este blog y en otras publicaciones sobre chicos jóvenes que comparten los difíciles procesos que han tenido que atravesar para salir del closet. Una clara señal de que algo todavía no anda bien.

Durante siglos, y aún en muchos países en la actualidad, los gays hemos sido perseguidos, torturados, asesinados,  hemos sido objeto de burlas, vejaciones y la mayoría de las veces hemos sido borrados de los libros de historia. Esto aparentemente ha calado tan hondo en nosotros que hoy en día parecería que nos cuesta ejercer plenamente nuestros derechos como seres humanos libres. Estamos rodeados de prejuicios propios y ajenos. Es como si hubiésemos internalizado el hecho que no hay que mostrarse del todo, que está mal, que es vergonzoso ¡Recuerdo que hace poco dos chicas fueron echadas de un bar en Buenos Aires por besarse en público!

Afortunadamente las cosas han estado cambiando y hemos podido lograr grandes conquistas desde el punto de vista legal, pero el cambio social marcha más lentamente. Estoy convencido de que este cambio depende en gran parte del compromiso individual y social que cada integrante del colectivo LGBT asuma en su vida cotidiana.

Foto: Ignacio Lehmann; 100 World Kisses

Lamentablemente aun hoy persiste el concepto de que ser gay es algo “malo” o “perverso”. Hace unos meses estaba en el cumpleaños de una amiga y un hombre heterosexual, profesional universitario, casado y con hijos (es decir, el ejemplo a seguir en esta sociedad, jejeje) comentó: “Yo no tengo ningún problema con los putos, que hagan lo que quieran, pero eso del abuso sexual a menores me hace mucho ruido”. Si vemos un poco las estadísticas, la mayoría de los abusadores son  hombres heterosexuales y familiares directos de la víctima. Claramente esto es un ejemplo de cómo se repite sin pensar un prejuicio instalado entre nosotros. Otro comentario que escuché de una médica  respecto de la donación de sangre: “Los homosexuales no pueden donar sangre porque son muy promiscuos”.

Yo me pregunto, ¿esta profesional de la salud ha estado en la cama de cada uno de los donantes de sangre para aventurarse a semejante afirmación? Entonces el “macho” heterosexual que tiene sexo con cuanta mujer se le cruza ¿qué es? En nuestra sociedad es un ganador y por supuesto que puede donar sangre sin problemas. Otro comentario de un médico: “Yo no tomaría mate con un gay, a ver si tiene SIDA?”. Más allá de la ignorancia imperdonable en un médico respecto de cómo se contagia el virus del VIH ¿Por qué gay tiene que ser sinónimo de SIDA? A esta altura todos deberíamos saber que ninguna enfermedad discrimina ni por género ni por orientación sexual.

Lo más triste de todo son los comentarios de gays sobre otros gays: “viste como a mí no se me nota que soy gay y a él sí?”, “es una mariquita”, “mirá como camina, parece una mujer”, “esa es tan histérica que seguro es la mujer de la pareja” ¡Parecería que adjudicarle a un varón características femeninas fuese un insulto!

Y paso por alto los comentarios y chistes retrógrados y homofóbicos que se escuchan y se leen en los medios de comunicación, inclusive en aquellos que se autoproclaman como defensores de la diversidad.

Sin embargo, en lo que más quiero poner la atención es en lo que podemos hacer cada uno de los que integramos el colectivo LGBT para que este cambio social se produzca más rápido y más profundamente. Preguntémonos qué hacemos diariamente para no sentirnos discriminados y lo que es peor, para no sentirnos autodiscriminados. ¿Cuántos de nosotros vamos con nuestras parejas de la mano por la calle? ¿Cuántos de nosotros besamos en los labios a nuestro ser amado en público? ¿Cuántos de nosotros expresamos abiertamente nuestra indignación cuando escuchamos comentarios y/o chistes homofóbicos insultantes? ¿Cuántos de nosotros vivimos plenamente nuestra orientación sexual? ¿Cuántos de nosotros socializamos con personas afines a nuestro estilo de vida?

Cuanto mayor sea el número de respuestas afirmativas, tanto más rápido experimentaremos los cambios en la sociedad. Todavía falta un largo camino por recorrer. La clave es animarse y buscar pares en distintos ámbitos sociales. El estar unidos nos fortalece y nos naturaliza.

No elegimos nuestra orientación sexual, lo que sí elegimos es cómo vivirla y si no hacemos un esfuerzo desde nosotros para vivir plenamente, lamentablemente el clóset seguirá allí, formando parte de nuestras vidas. Tal vez mi pensamiento sea un poco utópico, pero definitivamente no hay que permanecer indiferentes.

Quizás algún día, cuando palabras como “puto”, “maricón” o “torta” dejen de ser usadas como broma o insulto y cuando nunca más sea necesario escribir sobre estos temas, seremos testigos de que la sociedad ha madurado.

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Los reyes de la primavera, la primera novela gay para chicos

Osvaldo Osorio tiene muchos títulos para exhibir y una vasta experiencia en educación con pequeños. Es licenciado y Profesor en Ciencias de la Educación (UBA) y Master en Aprendizaje y Psicología Cognitiva (Flacso/Universidad Autónoma de Madrid). Trabajó durante dieciséis años como maestro de grado y en la actualidad se desempeño como Profesor de Prácticas y Residencias en tres escuelas normales de la Ciudad de Buenos Aires. Visita escuelas y está en contacto con niños y niñas en edad escolar en forma permanente y tiene a su cargo la formación de futuros maestros y maestras.

Tiene publicado un libro, que costeó por sus propios medios La Tetera  (Editorial Dunken). La novela estuvo entre los diez finalistas del “Primer Certamen de Novela Joven. Fundación Aerolíneas Argentina”. También tiene otras novelas escritas, aunque no publicadas.

Esta vez, Osorio se dispone a publicar “Los reyes de la primavera”, una novela gay para chicos. “Entiendo que en nuestro país no se ha publicado ninguna novela gay para chicos y chicas. He leído textos publicados en el exterior, pero en esos casos los personajes no son reales, con problemas que les pasan a niños y niñas de acá”, dice en diálogo con Boquitas pintadas. Aclara que con “problemas” no se refiere a lo gay, sino a problemas con el estudio, con las relaciones entre pares, con los juegos, las rivalidades, las competencias, los chismes, etc.

“Mi intención era llenar el vacío existente y que la historia pudiera llegar a niños y niñas como tantas otras historias de amor que leen, y que disfruten, se emocionen, que genere debate”, dice.

La novela trata el amor entre dos niños desde la naturalidad, y no desde el conflicto de “qué me pasa que me enamoré de un chico”, “que tal o cual persona es gay”. La historia transcurre en la escuela que está ubicada frente al Parque Rivadavia en Caballito.

En este post de Boquitas pintadas adelantamos el primer capítulo de este libro, aún inédito. Osorio cuenta  que está en búsqueda de un editor que se interese por su idea. En ese camino es que se la presentó al Subsecretario de Equidad y Calidad Educativa, Lic. Gabriel Brenner. También se contactó con la Directora del Plan Nacional de Lectura para ver si se avanzaba en la publicación, pero aún no se concretó la iniciativa. El libro, por este motivo, no está disponible para su lectura.

Capítulo 1

La ciudad de Buenos Aires tiene un barrio que se llama Caballito. Caballito tiene un parque que se llama Rivadavia. Frente al parque hay una avenida que también se llama Rivadavia y cruzando la avenida hay una escuela que se llama Primera Junta. En la Escuela Primera Junta hay un sexto que se llama “C”. Y en sexto, como en otros sextos, hay alumnos que usan sus nombres y otros que prefieren que los llamen por otros nombres.

En sexto “C” de la Escuela Primera Junta del barrio de Caballito de la ciudad de Buenos Aires, todos saben que Leandro sale con Dennís, que Lola sale con Mariano, que Tomás gusta de Marianela, que a Soledad le gustaría salir con Leandro, que Clara está muerta por Cristóbal y que a Cristóbal le gusta Tatiana y que algunos no gustan aún de nadie. Pero lo que nadie sabe, ni siquiera el propio Pancho, salvo Romina, es que Pancho gusta de Thiago. Pero ¿cómo es que Pancho no sabe lo que Romina sabe? O mejor dicho ¿cómo Romina sabe que Pancho gusta de Thiago si Pancho no sabe que gusta de Thiago? Fácil: porque se le nota.

—¡¿Qué?! ¿Qué a mí me gusta Thiago? ¡Vos estás loca!

—Claro que sí.

—A ver, decime por qué…

—Porque se te nota y punto —y cuando Romina dice “punto” es punto, y es cuando se calla y no dice nada más y a Pancho, que la conoce, se le quedan montones de cosas por decir pero no dice nada porque por más que diga algo va a ser como si no dijera nada y eso lo hace poner rojo de la bronca, como si las palabras que quedan apiñadas en su garganta le cortaran la respiración.

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“A los siete años me gustaba un amigo de mi equipo de fútbol”

Jerónimo tiene 21 años y escribe a Boquitas pintadas para compartir su experiencia con la homosexualidad, como él lo menciona. Dice que eligió escribir su historia para este espacio porque dice que este blog le ayudó a abrir la cabeza y a aceptarse tal como es.  “Soy gay. Nunca creí que lo iba a poder contar libre y públicamente y menos tan pronto”, empieza diciendo. “Desde que tengo memoria me sentí atraído por los chicos. Recuerdo que a los siete años me gustaba un amigo de mi equipo de fútbol”. Era un malestar insoportable cuando ese chico especial faltaba. Fueron los primeros signos del amor.

Recién a los 19 se animó a pensarse gay y empezó a entender que no había nada malo en él. “Logré entender que no era sólo mi sexualidad, si no que era mi identidad la que estaba camuflando”, cuenta en un tramo del relato que comparte con todxs nosotrxs.

 

Mi identidad

por Jerónimo

New York Gay Pride 2014 – Marcha orgullo Gay NYC 2014; 100 World Kisses, por Ignacio Lehmann

Tengo 21 años, soy gay, nunca creí que lo iba a poder contar libre y públicamente y menos tan pronto. Desde que tengo memoria me sentí atraído por los chicos. Recuerdo que a los siete años me gustaba un amigo de mi equipo de fútbol, cuando él faltaba, preguntaba  una y otra vez porque no vino.

Una vez con mis compañeros mirábamos una foto del equipo del año anterior,  él ya no jugaba pero al observar su imagen tenía ganas de hablar de él, de decir que me gustaba. Pero no lo decía, ya a los siete años escondía mis sentimientos.

En ese momento uno sentía pero no era consciente de lo que le pasaba, ni siquiera a los doce años cuando me gustaba el hermano de una amiga mía. Mi amiga era muy linda y jugábamos en la pileta pero yo me ponía contento y sentía algo especial cuando se acercaba su hermano y me abrazaba para lograr tirarme al agua. No pensaba que me gustaban los varones, sólo lo sentía.

En esa época, de chico, nos imponían la idea de que las parejas estaban formadas por  un hombre y una mujer  y cuando se veía a una pareja de homosexuales se los llamaba “putos” o “maricones”.  ¿Qué podía pensar? Se pregunta siempre si tenés novia, como ya dando por hecho que debemos tener una pareja heterosexual.

Así es cómo tuve mi primera novia a los doce, con quien la pasaba excelente, me divertía muchísimo pero no sentía esa química que debía sentir. Más allá de lo que la sociedad piense uno siempre seguirá sintiendo igual. A los quince años me daba cuenta de que este sentimiento hacia las personas de mí mismo sexo era constante. Ya me empezaba a preocupar, algo estaba mal en mí, pensaba. La atracción empezaba a ser más fuertes que mi voluntad de esconderlo. Lloraba a veces en la ducha, le rezaba a Dios todas las noches para que me convirtiera en heterosexual.

Pero esos sentimientos persistían. ¿Cómo no iba a ser así, si no había nada malo en mí? Sólo que yo no lo sabía.  Me horrorizaba la idea de que alguien se diera cuenta de mi homosexualidad, sentía mucha culpa, ¿por qué me pasaba esto a mí, una persona buena, inocente que nunca había hecho daño a nadie, al contrario? Pensaba que iba a tener que vivir una vida entera escondiendo esto.  Hasta que terminé el colegio sentí culpa y malestar con mi sexualidad, miedo a frustrar a mis seres queridos. Me fijaba siempre cómo actuaba, trataba de no estar mucho con chicas para que la gente no sospeche.

Pero a los 19 años decidí afrontar esto que me pasaba. Ya intuía que no había nada malo en ser gay  y empecé a investigar y a escucharme más a mí mismo. Ya empezaba en el 2010 a debatirse la ley de matrimonio igualitario. Escuché cientos de comentarios a favor y en contra, empezaba a crecer una idea dentro de mí: lo que sentía estaba bien. Miré cientos de veces una película que me ayudó a comprender aún más mi situación, Plegarias por Bobby (buenísima, la recomiendo), miré muchos videos en YouTube, leí cientos de artículos. Logré entender que no era sólo mi sexualidad, si no que era mi identidad la que estaba camuflando.

Con esta me refiero a mi forma de pensar, de ser y de sentir. ¿Por qué seguir escondiendo a la gente quien realmente era? ¿Por qué ocultar mi verdadera identidad?  No me permitía ser quien realmente soy por miedo a las críticas, al qué dirán. Estaba condicionado por haber tenido mala información desde chico y también por falta de ella. Una frase de una película me quedó grabada: “Si un chico nace sin un brazo y se le dice que eso está mal, ¿qué puede pensar?

Con el tiempo pude al fin sentirme seguro de mí mismo, entender que lo que sentía era normal, que no había nada malo en eso. Entendí que yo era así, que siempre lo fui y que siempre lo seguiré siendo. Si quería ser feliz debía escucharme, ser fiel a mis sentimientos, sino me estaría traicionando.

Así fue que empecé a conocer a otros chicos gays, derribé todo tipo de prejuicio que tenía, aun siendo gay, porque la sociedad me los había impuesto. Me sentí identificado con ellos, con sus historias, con sus sufrimientos y alegrías.  Ví que muchos de ellos empezaban a salir del clóset y eso los hacía felices. Así fue como empecé el proceso de contarle a mis seres queridos, a mis papás, mis hermanos, mis amigas mujeres y más tarde al resto de mi familia y mis amigos varones. Fue un proceso que viví con miedo, incertidumbre pero que me dio mucha paz y armonía.

La verdad es que recibí un apoyo incondicional. Ya no tenía nada que esconder, ni miedo a que sospecharan nada. Podía ser quien realmente era, conocer  y estar con quien realmente me gustara y eso me hace feliz. Sé que aún a alguna gente le cuesta hablar del tema o no se siente cómoda, yo los entiendo: me costó a mí entenderlo, cómo no les va a costar a los demás cuando no pasan por esto. Pero no es un tema muy ajeno a cualquiera, algún día conocerán una persona gay o uno de sus familiares les contará, quizás uno de sus hijo lo sea. Ahí se romperán los prejuicios,  verán que es normal.

Pero hay otras maneras de evitar los prejuicios, se logra informándonos, poniéndonos en el lugar del otro, escuchar su relato de vida. Sé que la sociedad ha cambiado y que ya hemos progresado infinitamente. Hoy me puedo imaginar formando  una familia con marido e hijos y me pone orgulloso. Orgulloso de vivir en un país dónde se respeta a las minorías y, donde gracias a eso, cientos de miles de personas desde su juventud pueden mostrarle al mundo su identidad, quiénes son realmente.

 

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Cuando ver porno gay era una odisea

Pablo escribió este texto en uno de los ejercicios del grupo de reflexión para varones gay que coordina el lic. Alejandro Viedma en la Asociación Civil Puerta Abierta. La consigna había sido: “Compartir con los compañeros algo que nunca habías contado”. Pablo tiene 37 años y recordó cómo fue la primera vez en la que vio una película gay porno, hace más de 20 años, época pre cibernética, pre Internet. Imaginemos aquellos tiempos que parecen tan lejanos. Hoy casi cualquier persona tiene acceso a la web y eso ayuda a que, por ejemplo, los adolescentes gay puedan asumirse como tales investigando su deseo más sencilla y tempranamente. Incluso sin salir de sus casas. Pero en los 90, y antes menos todavía, no era nada fácil.

Les comparto este relato que Pablo envió para que leamos todos en Boquitas pintadas.

“Barbita”

Por Pablo

Estaba en casa con mi familia, hace poco más de 20 años. El día estaba bastante feo, llovía y hacía mucho frío. Después de almorzar, decidimos ir al video club a alquilar algunas pelis.

Como siempre, ya en el local, mi mamá se instaló en la sección de películas románticas o de historias verídicas (aburridas para mí en ese momento), mi papá en la de acción o comedia (las películas de acción no me disgustaban tanto porque los actores casi siempre estaban buenos, y las comedias me gustan), mi hermana y hermano más chicos (como 10 años menores que yo) estaban eligiendo una de dibujos animados, y yo buscaba de suspenso y terror.

Pero ese día en el video club descubrí algo que siempre estuvo ahí y nunca me había dado cuenta. Entre zombies y vampiros, monstruos y hombres lobo, decidiendo con cuál de ellos pasar la noche, siento de pronto a lo lejos la risa de mi papá, esa risa pícara que lo deschavaba cuando se estaba mandando una de las suyas, y a mi vieja la noto sonrojada y escucho que le dice con una voz susurrante y vergonzosa que era un pelotudo. Y es ahí cuando descubro mi gran hallazgo, la fila de arriba de todo era la de las películas porno, que enriquecía mi vista deseosa de todo aquello que observaba, pero a la vez incómoda ya que tenía que mantener la vista hacia arriba, y esto hacía que las demás personas que estaban ahí se dieran cuenta de lo que estaba mirando.

Entre miraditas rápidas, que eran como flashes, porque los nervios y la vergüenza me invadían creándome el fantasma que los demás podían descubrir mis deseos ocultos, de pronto lo veo a él, increíblemente bello, con su pelo castaño, claro y brillante, una barba prolijamente cortada, sus ojos azules que te invitaban a mirarlo y sus dientes blancos que se asomaban a través de una sonrisa que vencía toda resistencia de no quererlo, de no desearlo. Y otra vez mi viejo interrumpiendo el momento, pero esta vez en forma directa preguntándome si ya había elegido una película; quería pagar y que nos fuéramos.

Ese día comencé a convencerme que tenía que ver esa película, en la que estaba ese hombre increíble que había poseído mi mente. El tema era que tenía muchas dificultades para hacerlo, como por ejemplo, que tenía que estar solo en mi casa, mis viejos no se tenían que enterar jamás, y lo más difícil era cómo iba a hacer para alquilar una película para adultos, teniendo 14 años.

Una semana después, mi mamá me dice que una de mis tías nos había invitado a comer a su casa el sábado, obviamente le dije que no iba a ir, no sólo por el hecho de aprovechar el momento, sino también porque las reuniones familiares no eran de mi agrado; mi mamá, sabiendo esto, no me insistió.

Fueron dos días de planear el encuentro con “barbita”, pensé de todo, todo malísimo y peligroso, como por ejemplo: falsificar una nota firmada por mi viejo dándome permiso para llevar esa película, o disfrazarme para parecer mayor, y hasta se me ocurrió sobornar al señor del video club pagándole el alquiler de la película a un valor mucho más elevado, pero por suerte rápidamente desistí de estas ideas.

Ya casi resignado a que no iba a poder hacer nada, de pronto se me ocurrió el plan “perfecto”, que era: aprovechar la promoción de 3 películas por $10 y poner el número de cualquier película de terror o suspenso (género que siempre llevaba) en la de “barbita” y que el número de “barbita” sea el de la película de terror o suspenso que supuestamente quería llevar y, si el señor del video club me decía que no podía alquilarme esa película porque era condicionada, le mencionaba las tres películas que quería ver y le mostraba de dónde había sacado ese número y todo pasaba a hacer un error de él.

Llegó el sábado y mis viejos con mis hermanitos se fueron. A la media hora de su partida yo voy hasta el video club. Por suerte cuando llego no había mucha gente y el señor del local estaba distraído hablando con alguien. Era el momento perfecto, me acerco hasta “barbita” y saco su número rápidamente, de la misma forma agarro el número de una película de terror y la pongo en el lugar del número de la película de “barbita”, me tomo mi tiempo para elegir las otras dos películas y también para desacelerar mi corazón que parecía que iba a explotar por los nervios que tenía. Ya más tranquilo y juntando valor, tomo aire y me acerco al mostrador y le doy al señor los tres números de las películas elegidas, el señor agarra los números y va hacia atrás a buscar las pelis; casi inmediatamente vuelve con las 3 cajas negras y las pone en una bolsa, le pago y anota en su hoja mi número de socio, los números de las películas y que las dejé pagas, nos saludamos y salgo rápidamente hacia mi casa.

Ya estando en casa, pongo la peli, la cual vi varias veces ese día, en ella había hombres bellos por todos lados que se tocaban, besaban, chupaban y demás cosas, pero lo mejor fue cuando apareció “barbita”… Verlo entero, con su cuerpo delgado y delicadamente marcado, tocándose, mirando y sonriendo provocativamente, en realidad, provocando a otro pero, para mí, en ese momento, me estaba provocando sólo a mí: me llamaba, me invitaba a pasar un momento maravilloso, y así fue.

Más tarde, ya sabiendo que mis viejos estaban próximos a regresar, escondo la película entre las cosas que están dentro de mi placard, dejando solamente las otras dos películas para ver.

El lunes temprano antes de ir a clases, voy a devolver las películas, llego al video club, se las entrego al señor que lo atiende, nos saludamos y me dirijo hacia la escuela.

Así finaliza la historia de cómo alquilé mi primera película porno gay.

 

Este miércoles 4 de marzo a las 20 se inicia la doceava temporada de este grupo de reflexión de varones gays en Puerta Abierta, en el barrio porteño de San Cristóbal. Para ingresar al grupo el lic. Viedma toma una entrevista previa, que podés concertar comunicándote al tel. 15-6165-4485.

Para conocer más sobre Alejandro Viedma

 

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Dafne y su historia como crossdresser

Dafne cuenta que tiene 36 años y cuenta, también, que tiene un hobby: es varón pero desde los 18 años se viste con ropas de mujer. Cuando puede usa uñas postizas, se maquilla y se depila. A veces, lo hace en su casa; otras veces, sale producida así a alguna fiesta.

No da su nombre de varón, prefiere definirse como crossdresser (CD) y contar esta experiencia en Boquitas pintadas. Como comentamos en un post de este blog, las crossdresser son hombres a los que les excita o fantasean con vestirse como una mujer, cultivan la femineidad como valor en la estética visual y tienen el fetiche de las ropas de mujer en el cotidiano.

El investigador de Conicet Carlos Figari dijo hace un tiempo en Página 12: “Se definen como hombres que se sienten mujeres, y que incluso, muchas veces su objeto sexual son también otras mujeres. Cuando la pareja de una CD es una mujer y esta acepta su condición transgenérica es denominada S/O (supportive other) es decir, aquella que conoce su peculiaridad, la acepta y la apoya. Ser CD no implica asumir públicamente una identidad social femenina”.

La introducción apunta a comprender mejor el relato que Dafne comparte con nosotros.

Algo más que una fantasía

Por Dafne

Una crossdresser que posó para la empresa Crossdressing Buenos Aires; Foto: Facebook

Tengo 36 años y desde los 18 que me visto con ropa femenina, desde lencería hasta ropa informal. Me produzco lo mejor que puedo, uñas, maquillaje y depilación. Soy delgado, por lo que no tengo mucho problema en conseguir la talla justa.

Empecé tímidamente en casa cuando no había nadie, usando algo de la ropa de mi hermana, dos años mayor. Ambos tenemos más o menos la misma contextura, por lo que me resultó mucho más fácil producirme seguido. Después empecé a comprarme algunas prendas: bombachas, portaligas, medias de red y hasta minis tableadas. Siempre me gustó la onda punk, entonces me producía como una chica con ese estilo.

Una noche de sábado con mi novia en casa (mis padres se habían ido a Pinamar) empecé a preguntarle sobre fantasías. Lo tomó muy mal creyendo que le iba a proponer un trío, sexo anal o filmarla. Le expliqué que no pero le insinué si podía usar yo su bombacha, le pareció tan gracioso que no tuvo problemas. Esa misma noche le pedí que me esperara en el living sin moverse. Accedió y un rato más tarde aparecí vestida y producida como Dafne. Creo que esa noche tuve el mejor sexo con ella. No se asustó y fue ella quien se sorprendió lo sensual que yo podía ponerme como mujer. Esa noche también fue la primera vez que alguien me penetró con sus dedos.

Después de esa primera vez empezamos a buscar cosas nuevas juntos, tuve la suerte de ser acompañado por una persona que me aceptó tal cual soy. Me disfrutó tanto como yo a ella. Habíamos empezado a ir a sex shops para encontrar juguetes que pudiesen darnos placer. Ella, me confesó que penetrarme con un pene de goma le pareció una experiencia excitante y que eso la llevó a querer experimentar en ella.

La relación duró un par de años, pero terminó. Después me costó dar a conocer a Dafne a otras personas. Ella fue mi primera experiencia con una mujer, tuve otras desde que empecé a salir producido a fiestas de disfraces y a bares gay.

La realidad es que me hace sentir sensual, sexy y, además, me excita muchísimo. Me gusta sentir la textura de la lencería y producirme. Verme al espejo me excita, la ropa en mi cuerpo. Al ser delgado, con el corte de la ropa, veo que me queda muy bien, bueno, es mi opinión, claro. No tengo senos pero siempre se puede improvisar algo para el relleno.

Foto: Facebook Crossdressing Buenos Aires

Me visto cuando puedo. A veces me produzco en casa al volver de la oficina cuando de alguna manera quiero relajarme; me gusta sentirme una nena mientras hago cosas en casa.

Un par de veces salí producida a boliches gay, donde no tuve ningún problema y la pasé genial. Realmente disfruté de ver el resultado de sentirme y verme femenina y deseada por quienes quisieron acercarse a mí, hombres mayormente. Terminé yéndome con otra chica como yo.

Después de ella, tuve algunas relaciones con chicas, pero me costó mucho abrirme a ellas. A veces uno tiene miedo de perder a la persona que tiene al lado. Intenté llevarlas a contarles que usaba ropa femenina pero no tuve éxito, como que no había lugar para Dafne en el medio. Así que terminé las relaciones y sigo buscando quien me entienda y quiera por cómo soy.

No he encontrado muchas chicas abiertas a una relación con una chica cross, o es sólo un par de encuentros sexuales y nada más. Con hombres no estuve por el simple hecho de que no me gustan los hombres heterosexuales o bisexuales, sí otra chica cross igual de producida y que actúe como una lady como yo. Eso de un tipo con tanga y listo, me parece una falta de respeto a las mujeres y a nosotras las cross.

No tuve tantos encuentros como quisiera por el simple hecho que busco relaciones duraderas. Para sexo exprés, me produzco en casa y disfruto conmigo mismo.

Esa es la experiencia que quería compartir con ustedes.

Daf

 

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“Vos estás enfermo”, le dijo el sacerdote a Gonzalo cuando supo que era gay

Gonzalo es un joven con fe. Desde pequeño creyó en Dios y cuando tuvo edad empezó a dar un curso de Confirmación en la parroquia de su barrio en el Gran Buenos Aires. Allí conoció a Lucas, de quien se hizo muy amigo. Hasta entonces, nunca había sentido atracción por otra persona de su mismo sexo. Lucas fue quien le dijo a él que le gustaban los chicos y ahí le instaló la duda; luego, por culpa, su amigo decidió hablar con el sacerdote de la iglesia esto que le pasaba. “Vos estás enfermo, te tenés que curar”, fue lo que le dijo el cura y que le trasladó a Gonzalo.

Desde ese momento, cuenta Gonzalo a Boquitas pintadas, a él se lo relegó de su rol de coordinador. “Me quedó muy claro que no me querían por mi sexualidad”, dice. “Hay menores, vos no podés seguir coordinando”. En este relato, Gonzalo cuenta acerca de su vida y de cómo vivió esta situación.

La vida de Gonzalo

Foto: Alejandro Viedma

Amoroso mural. Foto: Alejandro Viedma

Mi historia arranca en el seno de una familia común en la zona norte del Gran Buenos Aires. Hijo único con dos padres muy presentes y cariñosos que decidieron incorporarme a su familia con mucho amor, ya que mi madre no podía quedar embarazada. Fui adoptado por ellos en 1992, año en que nací.

Mi infancia transcurrió sin muchos sobresaltos. Fui al jardín, al colegio y jugué al fútbol como cualquier pibe de esa edad; me embarré todas las veces que fui a lo de mis amigos.

A los 12 años, falleció mi padre. Un hombre de profundas convicciones y con una loable predilección y entrega por su mujer y su hijo. Ese fue el primer sacudón, la primera vez que la vida no me fue presentada con un tamiz de por medio. Estaba vivo yo, pero no me lo creía. Estaba vivo.

Pasados ya varios años, la vida volvía otra vez a su curso normal. El colegio era una actividad placentera. Buenas notas y muchos amigos. Detrás de todas mis sonrisas y mis logros estaba mi madre. Luchadora, que lucha y no se cansa. De luchar no se cansa ni se cansó. Con tres trabajos encima, la sonrisa que siempre portaba y contagiaba era más, podía mucho más. Sublime canto a la vida cada día que ella despertaba y salía a trabajar con tanto amor.

Terminado el colegio, empecé a estudiar y decidí empezar a dar un curso de confirmación en una parroquia. Coordiné mi primer grupo y fue un gran ejemplo de fe para mí y un gran salto cualitativo de fe en mi vida. Al segundo grupo lo empecé con más confianza, pero éste me sorprendería después de cierto tiempo. A mitad del curso de este grupo, mi madre entró en coma por un cáncer. Mis tíos y amigos salieron en mi auxilio inmediatamente. Pero fue alguien particular quien me sorprendió. Uno de los chicos del grupo me insistía con mensajes de esperanza, de confianza en Dios. Así fue que leí sus mensajes una y mil veces. Mañana iba a haber otro mensaje y pasado otro, y el calendario iba a estar completo. Al cabo de un tiempo el chico (al que voy a llamar “Lucas”) decidió pedirme si yo quería ser su padrino de confirmación, una suerte de guía en la fe y acompañante en el camino. Lo dudé. Lo pensé. Lo acepté. Empezamos una relación de amigos en la que había mucho en común. La fe, el mismo sueño de carrera, el entorno social y de amistades. Lo que nunca pensamos fue que en ese montón de cosas en común, se sumaría la sexualidad.

“Lucas, ¿qué onda con las chicas vos?”, fue mi pregunta luego de meses de relación de muy buenos amigos. Amigos que se veían todos los días y se hablaban a toda hora. Amigos.

“No sé, no me entiendo”, fue la respuesta de Lucas entre lágrimas. El de 16, yo de 20.

“¿Sos gay?” “Sí, creo que sí”. Entre tantas lágrimas de Lucas no reparé en pensar más que en esto que él me estaba contando. “Nunca me vas a entender”, fueron sus palabras. Me dolió. Yo sí lo entendía.

Pasaron varias semanas de confusión. Yo nunca supe si contarle o no, si aceptarlo o no. Llegó el día: “No quiero seguir más con mi vida. Este sufrimiento es insoportable”. “Lucas yo sí te entiendo”. Su cara de sorpresa quedó impregnada en mi memoria. Era así. Casi que podríamos decir que Dios nos puso a cada uno en el camino del otro. Que lo puso en mi camino y que me puso en el suyo. La relación cambió. Decidimos encararlo como dos personas que se quieren. No le pusimos títulos, no creíamos en las formalidades. Creíamos en el amor por sobre todas las cosas. Yo creía (yo creo) en el amor por sobre todas las cosas.

Mural callejero. Foto: Alejandro Viedma

 

Transcurridos unos meses, Lucas empezó a dudar de ciertas cosas y fue así que un día decidió hablar con un sacerdote a modo de consulta respecto de qué hacer con la relación, de qué hacer conmigo. La consulta parecía como si uno llamara a un fumigador o a un médico para deshacerse de algún mal. Y así fue. Tomó el discurso del sacerdote y lo hizo propio. “Vos estás enfermo, te tenés que curar”. Nunca más hablamos bien. Nunca más volvió el a dirigirme la palabra. Este sacerdote también me mandó a curarme y me pidió que este tema no se tocara más. Me aguanté las lágrimas por días que eran infinitos. Seguí trabajando en esa parroquia.

Pasado un año y medio desde aquel episodio y siguiendo yo adentro de la parroquia, me cerraron la puerta a seguir como coordinador de confirmación. Yo que ya había asumido mi condición y lo decía públicamente, no podía seguir, pero Lucas que no lo admitía y lo mantenía en secreto (con pleno conocimiento del sacerdote), iba a entrar en mi reemplazo. Me quedó muy claro que no me querían por mi sexualidad. “Hay menores, vos no podés seguir coordinando”. La equivalencia usada por el sacerdote: gay = abusador.

Reclamé mi lugar pero no me lo dieron. Dos meses después falleció mi madre. “Luchá por eso. Creé en vos y en Dios. Nunca dejes de luchar”, me dijo mi madre. Nunca dejó de luchar ella. A eso lo aprendí de ella.

Me pusieron en lugares mucho menos visibles “al público”. En la oscuridad operamos los gays en la parroquia.

Esta es un poco mi historia. Creo en la lucha por el amor. En que Dios ama a todos como son y nos crea para amar y ser amados. Para darnos al prójimo y entregarnos a las causas nobles. Quizás la pregunta sea: ¿es el amor una causa noble hoy en día? ¿O es otro bien de mercado? “Solo el amor convierte en milagro el barro”.

 

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“Me enamoré de un rubio con ojos más azules que el mar”, dice Jonatan

Jonatan tiene 20 años y vive en Pilar. Estudia Ecología en la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS) de Polvorines. Después de leer en Boquitas pintadas una historia de amor no correspondido, se sintió tocado y quiso compartir su historia con nosotros. “También pasé por algo así y quiero contarlo. Me encantó la historia”, dice. De algún modo fue sentirse menos solo.

El alemán que me enamoró

por Jonatan

Hola, soy Jonatan. Tengo 20 años, vivo en Pilar y estudio Ecología en la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS) de Polvorines. La verdad me encantó la historia. Y también pase por algo así.

Estoy en una ONG ambientalista, Patrimonio Natural, y desde hace cinco o seis años vienen chicos de Alemania a voluntariar por un año.

Cuando yo tenía 17 estaba terminando la escuela secundaria sin muchas ambiciones pero sí comprometido con lo que me gustaba. Mi vida era muy simple. Ese año, septiembre de 2011, llegó Malte, un alemán rubio de ojos más azules que el mar.

El vivió en la sede de la ONG, que es la casa de una voluntaria y es, también, donde se encuentra el vivero de plantas nativas, que es el lugar donde más se trabaja.

A mi me encantó siempre y me encantan desde los trece las plantas, el vivero, la naturaleza en sí.

Con Malte pasábamos tanto tiempo juntos, éramos casi inseparables. Yo iba donde él estaba, me escaba de mi casa para estar con él, nos divertíamos mucho, teníamos una gran química y nos entendíamos perfectamente uno al otro. Yo me enamoré desde el primer momento en que lo ví, pero tenía miedo de decírselo. Nunca le había dicho nada así a nadie y no tenía experiencia de relaciones o amistades con chicos.

Estaba muy confundido, todo el tiempo nos mirábamos a los ojos por un largo rato, me susurraba cosas dulces en el oído y cuando no nos veíamos por un par de días me llamaba o escribía diciéndome que me extrañaba, que me necesitaba, que le hacía mucha falta…

Foto: Ignacio Lehmann; 100 World Kisses

Pasamos por infinitos momentos, buenos y malos. Un día antes de que finalice el año tomé coraje, corrí a la casa y se lo dije. Sencillamente le dije que lo amaba. Pensé que ya no tenía nada que perder, total él se iba a ir de todos modos y yo necesitaba sacarme esa mochila tan pesada de mi hombro.

El lo aceptó y dijo que estaba admirado de que yo pudiera decirle cara a cara lo que sentía por él. Lamentablemente para mí, en ese momento me dijo que me quería mucho y me apreciaba pero sólo como amigo. Yo me desmoroné.

Entonces, me salió un viaje a lo de una amiga en San Luis y entre otros quilombos que tenía ni dudé en irme. Allá pude respirar aire fresco y pensar detenidamente todo, aparte de llorar casi cada noche.

Cuando volví al mes faltaban dos semanas para que él se fuera. Tomé la decisión de tratar de que lo nuestro quedara bien. Pasamos los últimos días muy juntos; él estaba tan contento de que nos hayamos podido ver antes de su partida. Y un 20 de agosto de 2012 se fue.

Llegué a la casa de mi abuela, que es donde vivo. Me encerré en mi cuarto y lloré hasta quedarme dormido. Fue muy duro.

Mis amigas se preocupaban de verdad y, realmente les agradezco mucho. Ellas eran las que mantenían mi cabeza fuera del agua y dibujaban una sonrisa en mi rostro. Tuve año recuperándome, haciendo terapia y tratando de entender lo que pasó y lo que de algún modo seguía pasando.

Prometimos escribirnos y cosas así, pero no pasaba seguido y distintas cosas provocaban odio, ira y enojo en mí. Hace como un año, comencé un cambio más espiritual y corté todo tipo de contacto con él. Ahora es sólo como un fantasma, es alguien que fue muy importante en mi vida pero que ahora se desvaneció en el aire. Puedo ver todo claramente y me di cuenta de que lo nuestro no iba a funcionar, de que él no era para mí.

Gracias a esa experiencia hoy me siento más seguro, me amo a mismo y tengo el corazón abierto otra vez.

¡Gracias por este espacio! Un abrazo

 

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El olor de tu remera, relatos y poemas trash para leer este verano

Facundo Soto o Porno Soto, como eligió firmar en su último libro: El olor de tu remera. Este prolífico autor volvió a publicar bajo la editorial Eloísa Cartonera. Esta vez deleita con poemas y ensayos “superautobiográficos”, según él mismo lo define.

Soto cuenta a Boquitas pintadas que el libro surgió porque su amigo Cucurto le propuso publicar a través de su sello Eloísa Cartonera. “Yo había hecho de antólogo para Vivan los putos y al toque me pidió que hiciera otra antología. Ahí convoqué a los escritores que me gustan y armé el libro que acaba de salir. Se llama Fetiche y quedó buenísimo”, dice.  En un principio era doble, pero ahora metieron los dos tomos en uno. “Lo copado es que son re baratos”.

El dibujo que abre El olor de tu remera

Entonces, empieza a enumerar que seleccionó un texto de Adrián Melo que le gusta; está  Mariana Enriquez y hasta Pedro Lemebel, que se copó con el proyecto y envió un texto. También está Gabriela Cabezón Cámara, Laura Ramos, Susy Sock, Marianito Blatt, Peter Pank, entre otros.

“Al toque me pidió un libro mío, que me encantó dárselo para que lo armara Cucurto. Como tengo confianza me gustó entregarle el material. Era un libro de 15 ó 20 cuentos, para que él eligiera algunos”, comenta Soto. Ése fue el comienzo de El olor de tu remera., el último libro suyo que recomendamos desde Boquitas. “Cucu había leído Plastilina, un libro mío que es una rareza, difícil de conseguir, yo digo que es mi libro fantasma. Y  de ahí sacó uno o dos textos”, cuenta.

“Como él es re queer y no cree en los géneros, le gusta hacer cambalaches, mezcolanzas, deformar, entonces no hizo un libro de relatos, sino de relatos y poemas al final. Y me encantó cómo quedó. Le hizo ilustraciones y todo”.

La portada de Vivan los putos, con edición y prólogo de Soto

Ahora las pinturas de Cucurto están exhibidas en un festival en Portugal, también participa de una muestra en una galería donde Soto tiene su Laboratorio de Literatura Gay Queer. Después de esto van a viajar a un museo de Rosario. “O sea, todo un halago que él ilustre el libro”, dice Soto, admirador de este proyecto literario cooperativo.

La primera ilustración se llama Soto Porno y es la que abre el libro. Cuenta él que el libro no tiene sólo situaciones sexuales sino que hay climas muy tiernos. Por ejemplo, de un chico que conoce a otro bajo la lluvia, el día que apareció la supuesta nube de mercurio en Puerto Madero y fue caótico. Hay una fantasía del protagonista con el chico que lo cubre con el paraguas y este lo lleva a un descampado de zona norte donde parece que va a pasar algo, envueltos en una nube de neblina; sin embargo saca una notebook y le dice que ahí está el alma de todas las personas muertas y el protagonista habla con su padre muerto. “Después hay poemas que son medio inconseguibles, que habían salido como plaquetas en Proveedora de drogas, hace un par de años”, agrega.

Los invito a leer dos de los textos del libro

 

En invierno me cuesta salir de la cama

Estoy calentito ahí, envuelto entre las sábanas y frazadas como si fuese un canelón; me cuesta salir de la cama. Pienso que a la noche voy a volver a un lugar parecido, a la cama de mi novio, para ver los últimos capítulos de Six Feet Under, y me pongo contento. Estamos identificados con los personajes de la serie: uno es un policía negro, y el otro un sepulturero rubio. De a ratos uno es el negro y el otro el blanco. Después cambiamos, según nos convenga la situación. Nos decimos cosas a través de ellos. El café está oscuro. Lo revuelvo. Mientras los granos de café me explotan en la boca pienso que mi cafetera no es express, como la de mi novio. Me lavo los dientes y salgo. Cuando estoy cerrando la puerta vuelvo para asegurarme que apagué la tele. El informativo repite las mismas noticias de la noche, sin ninguna investigación ni desarrollo. Camino por el pasillo de mi casa. Paso al lado de Stan, el grafiti de South Park, que hice con aerosol, y me río. Mi hija se enoja cuando hablo con ellos. Dice que estoy loco. Yo le digo que ellos son mis amigos.

En el subte intento leer Mármol, de César Aira. Tiene una tapa cool, pero el texto no me engancha. Me distraigo mirando a los chicos que viajan parados. Me gusta contemplarlos y desearlos. Los imagino desnudos. Cuando estoy por bajar, una mujer me empuja y quedo atrás de un chico. Se me para la pija al toque, y él se la calza en el culo, haciendo un movimiento mínimo. Después se reclina un poco para atrás y siento su culo duro como una piedra y su agujero otra vez buscando mi verga.

Al mediodía, mientras como arroz con calamares, escribo sobre Divine, la actriz fetiche de John Waters. Me acuerdo que estuve en la puerta de su casa, en Maryland, Estados Unidos, cuando viajé con el equipo de fútbol. Me saqué una foto debajo de su árbol. Escribo y corrijo el artículo para el diario, aunque, probablemente, nunca salga publicado. El actor es una mujer, pero descubro que de joven era un hombre flaco y masculino. Después, cuando se hizo travesti se volvió obesa. Al  final de la película Pink Flammingos, Divine come caca de perro. Googleo y aparece una película sobre su vida. La veo. Hablan del trauma que le dejó hacer comer caca recién cagada por un perrito.

En mi trabajo entrevisto gente. A algunos los escucho; a otros los miro como si los escuchara, pero pienso en otra cosa. Se me ocurren ideas para escribir. Imagino sus vidas. Algunos chicos me gustan, otros me aburren. Postergo llamar a Francisco y decirle que, como renunció a su trabajo no corre el aumento que le habíamos anunciado. También postergo la reunión con mi jefe para pedirle unos días libres.

El día se me pasa volando, pensando en lo que voy a hacer después. Cuando estoy en la cama, tapado hasta el cuello, con el café al lado y medio chocolate Shot en la mano (la otra mitad está en la boca de mi novio), prendo la tele. Meto el DVD de Six Feet Under, y otra vez nuestras vidas parecen tener sentido.

 

Los pibes feos son los más lindos

Me gustan que tengan cara de malos. Y si huelen mal,

Mejor. Uno adentro del otro. Dos mundos girando.

Rotando sobre su eje. Los dos para el mismo lado.

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