Hembra, la biografía de Cris Miró que la rescata del olvido y la discriminación

Hembra, vivir y morir en un país de machos, el libro de Carlos Sanzol (Editorial Milena Caserola), es un recorrido biográfico de Cris Miró, la primera persona trans que triunfó como vedette en la Argentina, y cuya vida estuvo marcada a fuego por la discriminación. El libro de Sanzol, un “perfil” tal como lo entiende la cronista Leila Guerriero, reconstruye la historia de esta artista a partir de entrevistas con quienes formaron parte de su entorno durante su apogeo y decadencia, hasta su muerte. Al leer su libro uno siente que se le hace justicia a este ser sensible, adorable y doliente que enfrentó con su cuerpo la transfobia y el machismo de su tiempo.

Portada del libro Hembra, de Carlos Sanzol

En esta entrevista con Boquitas pintadas, el periodista de LA NACION y autor del libro, Carlos Sanzol, revela los motivos que lo llevaron a abordar este personaje y cómo logró investigar la vida de Cris Miró.  

- ¿Por qué te interesó la vida de Cris Miró?
- Tenía ganas de escribir sobre un personaje que hubiese sido un símbolo de algo. Y Cris Miró apareció en ese contexto, mientras estaba haciendo una nota para Espectáculos de LA NACION sobre las vedettes de antes y de ahora. Y en ese listado de nombres de la revista porteña surgió el nombre de Cris como la primera vedette trans que tuvo la Argentina. En ese momento de la nota, 2010, también se estaba discutiendo la ley de matrimonio igualitario. Y de alguna manera, empezó a tener mucho más sentido escribir sobre Cris. También, yo estaba atravesando una crisis sobre quién era y hacia dónde iba. Entonces, volvió a aparecer Cris: ella debió atravesar también una crisis, mucho más grande que la mía, porque además de preguntarse por quién era, debió indagar en su identidad sexual. Así, concluí que lo que iba a escribir era sobre la historia de Cris, que, en realidad, era algo mucho más grande: la historia de un símbolo de la construcción de la identidad en una época plagada de homofobia y machismo.

- ¿Cómo fue el acercamiento a esa vida, a sus afectos, a quienes la conocieron?
- La primera entrevista que tuve para el libro fue con el hermano de Cris, Esteban Virguez, en 2010. Cuando terminé la entrevista quedé bastante conmovido porque me encontré con una historia que tenía varios dejos de tristeza y de conflictos irResueltos. La aprobación familiar fue una de las cuestiones que Cris llevó a lo largo de toda su vida.
Encontrar a las fuentes que nutren el libro fue bastante complicado porque muchas personas que estaban en el entorno de Cris habían desaparecido sin dejar rastros. Su muerte golpeó a muchas personas y provocó un antes y un después en su entorno. Por ejemplo, a uno de sus asistentes logré encontrarlo dos años después de comenzada la investigación.

- ¿Qué fue lo más difícil de lograr en el libro, lo que más te costó, y por qué?
- El libro trata sobre una tragedia: es la historia de una persona que debió luchar contra sus propios fantasmas y los prejuicios sociales para construir su identidad. Y en ese camino, Cris atravesó muchas circunstancias de discriminación: desde el rechazo cotidiano por ser una persona trans hasta el de vivir con VIH en una sociedad que estigmatizaba a la enfermedad.

- ¿Qué papel jugó Flor de la V en la vida de Cris Miró?
- En 1997, Cris estaba en la obra “Más pinas que las gallutas”. El 2 de junio de ese año, cuando terminó la función de la obra, se empezó a sentir mal. Fue hasta su casa, que compartía con su madre, y desde allí la trasladaron en ambulancia al hospital Fernández. En el hospital, le dieron un diagnóstico: neumonía. Mientras estuvo internada, Florencia de la V la reemplazo en la obra. Fue tal la repercusión que tuvo en el teatro, que cuando Cris se reincorpora a la obra, los productores le escriben un papel a Florencia. Las dos debieron convivir en escena. A Cris esta actitud le dolió y lo sintió como una cierta traición. De todas maneras, se llevó bien con Florencia. Ambas compartieron camarín. Hablaban, pero Florencia recuerda que Cris siempre fue una persona distante. No fueron nunca amigas. Sólo compañeras de trabajo. Florencia, después, logró encontrar un rol que ocupar: el de la capocómica. Mientras que Cris cultivó más el de la vedette. Cris fue la pionera, es decir, la persona trans que logró abrir el camino en el mundo del espectáculo a las que vinieron después.

- ¿Cuánto creés que tuvo que ver el machismo de la sociedad en su muerte?
- ¿De qué murió Cris? Esa una de las preguntas que recorre todo el libro. Cris murió de un cáncer linfático, una enfermedad oportunista del VIH. En esa época, 1999, muchas personas lograban sobrevivir al VIH. Sin embargo, Cris se descuidó: dejó de lado el tratamiento médico. Sobre todo, porque ella no podía decir públicamente que era portadora. La estigmatización en ese momento era terrible: para la sociedad argentina, la enfermedad seguía siendo un patología propia de gays, como lo fue en sus inicios en 1982. Había toda una sociedad que silenciaba el VIH. Ni siquiera la madre de Cris supo que su hija vivía con el VIH.
El subtítulo del libro es “Vivir y morir en un país de machos”, justamente, porque en todo su recorrido biográfico, Cris debió enfrentar la discriminación. Fue una persona valiente desde el momento en que se dio a conocer como una travesti, en una época en que las personas trans eran apresadas, maltratadas e, incluso, asesinadas. Hasta 1999, en la ciudad de Buenos Aires rigieron los edictos policiales, suerte de contravenciones. Uno de ellos, el de Escándalo, decía que se detendrá a toda persona que vista en la calle las ropas de su sexo opuesto. Ese edicto, que se mantuvo desde mediados de los 50 hasta 1999, persiguió a las travestis y permitió que se las detuviera. De hecho, ellas podían podían pasar un total de cinco días a la semana presas.

- ¿Por qué creés que ayuda a descifrar su vida de los años 90? ¿Y de hoy?
- Sólo pasaron 17 años desde la muerte de Cris. Es un tiempo muy corto en términos de cambios culturales. Sin embargo, hubo fuertes avances en términos de aceptación a las personas LGBT. De hecho, la ley de identidad de género es, quizás, el mayor avance. La manera en que eran tratadas las personas LGBT en los noventa era tremenda. Por ejemplo, en los programas de TV, cada vez que se entrevistaba a una persona trans se le preguntaba obsesivamente sobre sus genitales.

 

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Sin comentarios

“Mis marcas del bullying homofóbico y cómo salí adelante”

Este es el relato en primera persona de Alejandro Viedma que, en un texto sincero y sin victimizaciones, narra los episodios de bullying que lo acompañaron en su niñez y adolescencia. Fueron momentos que vivió con angustia y casi en soledad. “Tachaba cada día que pasaba y era un aliciente ver que faltaba menos para terminar las clases”, escribe en este texto rememorativo. El recorrido se extiende, también, hacia la adultez: Alejandro es Licenciado en Psicología por la UBA y, un ejemplo, de cómo salió adelante pese a todo.

La vida de Alejandro, según sus propias palabras 

Infancia:

Alejandro, abanderado de séptimo grado

Desde muy chico sentí que no formaba parte de lo que hacían y les gustaba a mis compañeritos varones. Mis intereses se diferenciaban cada vez más de los de ellos a partir de quinto grado, o sea, a mis diez años. Y no hablo de sexualidad, porque en esa época no tenía ni idea de lo que era el sexo. Pero sentía que no encajaba, que no pertenecía al grupo de pibes que se constituía por los que les gustaba jugar al fútbol o empezaban a admirar a ídolos que nunca fueron los míos, como Maradona o Soda Stereo, o denigraban al que parecía el más débil… Como empecé a juntarme más con mis compañeras, comenzaron las cargadas con palabras como “marica” o “nena”. Eso se fue acrecentando en sexto y séptimo grado y, al unísono, iba escuchando en la tele, en la misa a la que asistía los domingos, en el barrio, que ser homosexual estaba mal, que era pecado, que era sinónimo de ser enfermo, algo contranatural, con lo cual fui incorporando que yo era diferente y con algo a corregir.

Recuerdo que a los once varios de mis compañeros, los mismos que ya habían dejado de elegirme para jugar y habían dejado de invitarme a sus cumpleaños (algo horrible para mí), me esperaron en el aula luego de educación física donde empezaron con cánticos agresivos. No aguanté y me puse a llorar, me veía tan en desventaja frente a ellos, como con el pudor de quedarme desnudo públicamente y aún más humillado por mis lágrimas que fueron la descarga de tiempo acumulado de tensión.

A mediados de los ochenta tampoco había comprensión y por ende contención en las familias y uno se sentía muy solo. En paralelo siempre fui un alumno destacado, tal vez inconscientemente, me exigía mucho como para compensar lo que suponía que no iba a agradar a los demás: tenía las mejores notas porque eso no me costaba y me gustaba que mis padres estuvieran conformes con ese aspecto mío.

Adolescencia:

Lo peor fue a partir de la mitad del secundario -encima hice un comercial técnico en administración de empresas, es decir, que estuve seis años en aquel colegio-. Me acuerdo que en quinto año empecé a tachar los días que pasaban, se ve que ya me gustaban las agendas, así que quizás era como un aliciente ver que en el calendario faltaba menos para que terminaran las clases. Eso hacía menos insoportable todo: la mitad de mis compañeros había dejado de saludarme un año antes y, si bien nunca ejercieron violencia física sobre mí, sí fue muy fuerte para mí la simbólica, verbal, psicológica con referencias homofóbicas. Y eso no fue menos duro porque, aunque no lo hicieran mirándome a los ojos, las burlas, los insultos, los grafitis en las paredes dirigidos a mi nombre, las notas que me dejaban en mi carpeta me lastimaban mucho, yo sentía mucha vergüenza, miedo y así me fui encerrando cada vez más. Por suerte tenía tres amigas en mi división, no sé qué hubiera pasado sin ellas, con quienes al menos podía hablar… En sexto la situación lejos de mejorar empeoró, porque llegó el viaje de egresados a Bariloche y para mí fue una tortura en lugar de vivir una semana de diversión, porque dos de mis compañeros fueron por más, les dijeron a los pibes de otros colegios que yo era “re puto”, así que cuando me enteré me sentí tan expuesto, observado, evitado y mirado con sorna que lo único que quería era irme, estar en mi casa. Nunca me sentí tan aliviado como cuando terminé esa etapa.

Sentimientos/emociones rememorando esa etapa

Hoy no tengo rencor ni enojo con nadie. Hasta puedo comprender por qué la gente discriminaba: en los ’80s y ’90s estábamos en un contexto donde nos maleducaron respecto a lo que ahora se denomina diversidad sexual, sin leyes igualitarias, sin cuidarse de lo políticamente incorrecto, siendo parte de manuales de desórdenes mentales, así que no culpo a nadie aunque lo haya vivido con dolor. Pero, obviamente, no quisiera retroceder el tiempo para nada, por eso creo que hoy y mañana siempre es mejor, lo peor ya pasó.

No obstante, no olvido. En una de mis sesiones de terapia le decía a mi analista: “Recuerdo haber leído en Freud que de la guerra volvían más traumatizados los que regresaban ilesos que los que salían heridos o incluso habiendo perdido partes de su cuerpo… Los sueños eran más repetitivos en los que no tuvieron marcas corporales… Así que a veces la palabra que injuria lastima más que un látigo o una bala”. Y él me respondió: “Es que los oídos no tienen párpados, están sobreexpuestos, sin protección”, y me recordó una frase de Oscar Masotta: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”, es decir que no hay que quedarse callado ni permitir que la palabra que degrada provoque tanto daño. Quizá por eso es que pude hacer una transformación en positivo con esa parte de mi historia: sin habérmelo propuesto, empecé a trabajar escuchando a mis pacientes y a los integrantes de los grupos de reflexión para varones gay que coordino, brindándoles un espacio para que puedan historizar(se) a través de su discurso y sus recuerdos.

Lo que me ayudó a sobrellevar la secundaria

Empezar a conectarme con mis gustos, ir descubriéndome como gran oyente de música, por ejemplo. Y no solo me iban deslumbrando ciertas voces o melodías, sino que transcribía letras de canciones del rock nacional en un cuaderno, de artistas que hoy todavía admiro, como Charly, Celeste, Fito. En esa época además estudiaba Dibujo y Pintura y quizá la sublimación a través del arte también hizo que expresara cosas que no podía decir con palabras. Por otro lado, la gimnasia me gustó siempre. También empecé a estudiar inglés y con los años causalmente leí autores increíbles como Patricia Highsmith, Susan Sontag, Hermann Hesse. En paralelo iba investigando mi orientación sexual y mi identidad con lo que obtenía de información en revistas con artículos o entrevistas a referentes o miraba películas de temática gay. Después vinieron los recitales, los primeros boliches en donde me di cuenta de que no era el único “bicho raro”, que tenía pares, gente a la que le pasaba o sentía lo mismo que yo.

Facultad:

En 1993 me surgieron sentimientos que no había experimentado antes: entusiasmo por ir a cursar y la libertad de no estar presionado por tener que disimular algo. Y el plus de haber elegido yo la carrera que iba a seguir. No por casualidad en el CBC de Psicología pude tener mi primer gran amigo varón. Empecé a disfrutar de ir a leer al buffet de Ciudad Universitaria mientras me tomaba un café y observaba el río a través de esos ventanales enormes…

Yo no tenía idea de que me iba a dedicar a las diversidades sexuales. Se fue dando paulatinamente. Recuerdo que en cuarto año de aquel secundario tuve la materia Psicología y me encantó, así que de todo lugar negativo u oscuro, uno puede llevarse algo bueno.

Luego de más de quince años de haberme recibido, creo que es difícil atender a una persona gay, lesbiana, bisexual o trans si uno no ha sufrido esa u otra discriminación en carne propia. Creo que para abordar las diversidades sexuales hay que saber de los subtemas que conforman ese universo y, lamentablemente en el campo del psicoanálisis, aún falta apertura y actualización.

Algo para agregar:

Hoy estoy preparado para contar cosas que nunca hice públicas, cuestiones de mi vida, y lo hago porque tal vez mis palabras ayuden a alguien. Desde mi sinceridad y empatía con el otro y lejos de la victimización o de pararme en un lugar de ejemplo, no quiero ser ejemplo de nada ni quejarme de lo que viví, aunque tal vez aporte mi granito de arena para que idealmente nadie más transcurra lo que a mí me hirió tanto. En ese sentido sí quiero dejarles un mensaje a los adultos que ocupan cargos de mucha responsabilidad, a los docentes, a los profesionales de la salud, a los padres: les pido que no tengan una mirada indolente, insensible frente al sufrimiento de niños, niñas y adolescentes en general y, sobre todo al de los LGBT; es de suma importancia que estén atentos porque cuando te lastiman paulatinamente te vas cerrando, aislando y, cuanto menos un pibe hable y socialice, más problemas tendrá en su vida ya que su autoestima va decayendo.

En general un chico que no se percibe o no se va perfilando como heterosexual cree que no tiene un lugar porque está más en soledad y en silencio que otra persona de cualquier otra “minoría” discriminada, se va metiendo en el placard porque advierte que no puede compartir con su familia lo que siente y cómo está siendo violentado, agredido, y eso no sucede con por ejemplo niños o adolescentes judíos, afrodescendientes, de países limítrofes porque comparten la misma característica que sus padres, quienes pueden ayudarlos porque los entienden, contienen y defienden. Por tales motivos, la tasa de suicidios de adolescentes y jóvenes LGBT es mayor comparada con la de adolescentes y jóvenes heterosexuales.

En la actualidad todos los adultos somos responsables. No puede justificarse más la discriminación o la complicidad por ignorancia. En 2016 tenemos mucha información, leyes que protegen, despatologización y si alguien no sabe también es responsable por no informarse, que la falta de datos e ideas no camufle la maldad y la impunidad de herir al otro, cosas feas que lastimosamente todavía habitan en nosotros, los humanos.

 

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¿Cómo seducir a un hombre hétero?

Julián se define como aprendiz de todo. Tiene 25 años, nació en Bogotá en el ’90 y vivió cerca de 5 años en Buenos Aires. Dice que el universo conspiró a su favor para permitirle encontrar a una de esas personas que te hacen cambiar el rumbo o la vida: Alejandro Viedma, su ex terapeuta, su maestro, quien ahora siente su amigo.
Lo contactó a través de su blog y, a partir de lo que escribía en relación a los grupos de varones que coordina en Puerta Abierta, dice que pudo encontrar este espacio.
                                                                
Entre el respeto por el ser y las sábanas
Por Julián Benavídez
 

Beso apasionado en Buenos Aires; Foto de Ignacio Lehmann; proyecto 100 World Kisses

Hace un par de días leía en una revista colombiana de moda, belleza y vida moderna un escrito que se preguntaba  ¿Cómo un gay se levanta a un heterosexual?, en el cual encontré cinco tips para lograr el cometido. Describía que el homosexual debe acercarse lentamente a su presa sin mostrar las plumas y mucho menos poniéndose en evidencia, que debía hacer actividades que le atrajeran a los heterosexuales como practicar un deporte extremo o jugar videojuegos; recomendaban para el primer encuentro algo casual, neutral, por ejemplo tomarse un café.
Sé que no se puede esperar mucho de una revista de farándula y cotilleo,  pero realmente creía que esos espacios estaban más “amigados con la comunidad libre pensadora”, pero me equivoqué, realmente este escrito sólo es el reflejo de una colectividad de personas que siguen reforzando estereotipos “gays” y peor aún, intimidando a los heterosexuales a que sean más precavidos al momento de relacionarse con los gays.
No solamente me llamó la atención este texto, sino que al seguir navegando también encontré varios otros artículos, incluso hallé algunos videos de youtubers. En todos se repetía lo mismo, se colocan etiquetas, se nos divide entre cazador y presa, y nunca hay ni un solo atisbo de referencia a la diversidad y mucho menos al respeto. 
Pero vayamos punto por punto:
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Presa y cazador
En uno de los videos de YouTube son más específicos con los tips, invitan a ganar la confianza del heterosexual, a no pasar la línea de la insinuación y  comparan esta acción con una trampa para animales: “Si a un animalito le pones comida y esperas a que venga a comer, si en vez de darle en la mano se la tiras en la cara, el pobre animalito se va ir corriendo y no va a volver nunca”.
Las metáforas y sus usos no son relevantes, lo que percibí con estos tips es que hay un impulso nuestro por ver las relaciones como algo ágil, debe ser el tiempo en el que vivimos donde todo lo queremos inmediatamente, nos pasa igual con las relaciones, no nos detenemos a preguntar(nos), nos guiamos sólo por gustos exteriores y en nuestra vida veloz queremos tener ya al lado a ese alguien que convertimos en presa, como si las relaciones humanas hubieran llegado a la penosa medida de ser un simple ejercicio de atrapar.
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Respeto
Queremos ser respetados, queremos poder andar por la calle con nuestra pareja (cualquiera que hayamos elegido), queremos que ser gay ya no sea un tema anormal, queremos ser entendidos, y no tenemos respeto por lo diferente, por lo no homosexual.
Mi punto no es el de decir “pobres heterosexuales, tan perseguidos por nosotros”,  porque considero que nuestras historias son terriblemente diferentes, a ningún heterosexual le ha tocado pasar por lo que a un joven homosexual. Mi llamado es a que seamos respetuosos de las preferencias de los otros, si queremos ser respetados por lo que somos.
Seguramente estarán pensando en que uno no decide de quién se enamora, y apoyo en parte esa afirmación, no decidimos quién nos gusta, pero sí podemos decidir cómo “tiramos los galgos”, me ha pasado de gustar de un amigo muy cercano, me ha pasado de querer atraerlo, pero también he optado por respetar sus decisiones y su ser, le he dicho que me gusta, él también me ha hecho saber que yo a él no. Yo he sabido desistir y alejarme, pero no todos somos iguales y de ninguna manera voy a servir de consejero, sólo pretendo enviar un mensaje de respeto por lo diferente.
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Aceptación y voto por la diversidad
Se nos está olvidando que somos personas que aman y son amadas, este escrito es precisamente para recordar que somos todos hombres y mujeres completos y también incompletos, con nuestras búsquedas y promesas, sueños y miedos, alegrías desiguales, pero unidos bajo un mismo cielo, por un tiempo y un espacio iguales, vivámonos sin tanto papeleo, que eso es rico.
El escrito que se menciona al principio es del 27 de septiembre de 2013, ya han pasado más de dos años y en varias materias la comunidad gay en Colombia ha podido dar avances, ejemplo de esto es la ley que condena la discriminación, ley por la que se siguen haciendo grandes esfuerzos en la Argentina. 
¡Sigamos luchando!
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Camila Sosa Villada y una manifestación pública de una vida que duele

Camila Sosa Villada, una actriz con la que conversamos en Boquitas pintadas hace un tiempo luego de que se hiciera conocida tras protagonizar la película Mía, publicó en su Facebook un escrito que es a la vez una manifestación pública de su sentir en este mundo, de lo vivido, de lo perdido, de lo dolido. Dice que no ha cambiado gran cosa en el tiempo, “sólo un par de cuestiones legales y un par de corazones menos duros”, aclara. Y sigue: “Pero de aquellos años en que todo parecía morirse cada tarde, tengo la certeza de que el dolor pasó por mí y fue a instalarse allá a los fondos de mi alma”.

Reproduzco este texto, que me envió Javier, un fiel lector de Boquitas, porque me resulta conmovedor y profundamente desgarrador. Leerlo y compartirlo quizá ayude a conocer desde la vida de Camila a otras vidas que pasaron por situaciones parecidas, dolores similares. Todos evitables.

Al final del post conversamos.

Camila Sosa Villada

7 de septiembre de 2015

Camila Sosa Villada; Foto Facebook

No sé muy bien a quién se le escribe una manifestación como ésta, pero me gustaría que al que le quepa el poncho, pues que se lo ponga. Últimamente, quizás hace un año, tengo una sensación a la que le he puesto nombre. Es sólo eso, siento que dentro de mí hay algo que me asusta y que ahora puedo nombrar y hasta describir.

Miren, durante años, durante muchísimos años, viví el daño que me hacían los demás, ya saben, no es necesario que hable otra vez de aquellos años, que son estos también, no es que ha cambiado demasiado, sólo un par de cuestiones legales y un par de corazones menos duros, pero de aquellos años en que todo parecía morirse cada tarde, tengo la certeza de que el dolor pasó por mí y fue a instalarse allá a los fondos de mi alma. Ese daño, hecho por todos, incluso por mis viejos, pasó por mí y se quedó dentro de mí sin identificarse, sin decir, soy esto a causa de esto y voy a hacer esto en tu corazón. No. No puedo decir que todo aquello me doliera. Cuando todo comenzó y yo supe que no habría otra manera de vivir más que esta, que francamente no se por qué lo decidí así, yo me anestesié. Puse el piloto automático, como quien dice. Esa adolescencia prácticamente perdida, esa primera juventud también perdida, viviendo lo que ellos querían que yo viviera, fue anestesiada. Podía intuir que eso que me estaba pasando, algún día podía hacerme mucho más daño todavía, pero en ese momento, yo creía vivir mi vida, y en realidad estaba viviendo lo que la mayoría me obligaba a vivir.

Hoy, a los 33 años, me doy cuenta que en esos años yo no le puse nombre a nada de todo lo que me lastimó. Decir sólo discriminación sería reducirlo todo a la ignorancia y la maldad de los demás. Fue algo peor. Pero como no tenía nombre, yo lo resistí. Lo absorbí como una esponja y lo dejé dentro de mí. Y ahora, que tengo una vida si se quiere menos disipada, me doy cuenta que todo ese daño, todas esas noches expuesta a toda la maldad del mundo, la mirada de los otros acusándome, todas las burlas, los golpes, el hambre, el frío, el peligro, la muerte y el miedo a la muerte, todo eso está saliendo de ese cajón de muerto donde lo puse y me punza, en el pecho, con un dolor que es muy similar a la cercanía de la huesuda.

Es decir que se acabó la ignorancia que me mantuvo con vida y alerta y finalmente, ahora viene mi pasado por mí.

Hace más de un año que siento que nada me es suficiente, que nada me alcanza, que nada les alcanza a los demás. Podría ponerme a cagar pepitas de diamante, transpirar perlas, llorar doblones y rubíes, y aún así, nada, nada nada nada nada, podría completar algo de todo este rompecabezas. Las piezas ya las perdí, de modo que si ahora una tarde, por puro aburrimiento y gusto yo me pusiera a armar el rompecabezas de mi vida, me faltarían tantas piezas que ese cuadro deforme que finalmente haría, sería tal y como es mi rostro: una deformación.

Ya no puedo pedirle más ayuda a mis amigos, no se si me comprenderán. Cómo pueden personas normales y plenas y hermosas como ellos, estar cerca de la desdicha. Las buenas personas no pueden estar cerca de la desdicha, y mucho menos por amistad. Siempre pienso en la amistad como cachorros mordiéndose y correteando en un llano por la mañana. Estar cerca de mí se ha vuelto como meterse a nadar en un pantano. Sólo tengo una salvación, una puerta para siquiera irme de este mundo con una valija pequeña donde yo elija que guardar. Y es decirlo todo: todo hasta lo más hondo y enraizado que me envenena el pecho.

Una y otra vez, decirlo hasta que se sepa por completo.

Decir mi verdad y mi historia para que la muerte sepa que se está llevando a alguien con nombre, apellido y lucidez.

Lo primero es que ya no puedo. No quiero. No puedo ayudarme más de lo que ya me ayudé, sin psicólogos, sin padres, sin contención, sin pares. Lo intenté todo, siempre con el mismo tesón. Siempre con la vocación de hacerlo bien, completo. Pero se me han acabado los víveres y las herramientas. Entonces ya no puedo conmigo misma. Tengo esta virtud: puedo ponerle palabras. Es tarde, pero puedo ponerle palabras y eso, si es que algún merecimiento me toca, es mi única salvación.

Yo quisiera amigos míos que nos fuera devuelta a las travestis, toda esa larga caravana de detalles perdidos que nos hacen estar incompletas. Que nos devuelvan la infancia y a nuestros padres. Que nos devuelvan la ternura, la protección, los cuidados, el entendimiento, la compañía, la mirada blanda de nuestros padres. Y que se las devuelvan a ellos. La posibilidad de ser una familia. Pero ustedes dijeron NO. Cómo los padres pueden aceptar un hijo travesti? Cómo los padres pueden aceptar semejante aberración, semejante pecado, semejante daño a dios? Entonces nuestros padres, no supieron que hacer. Se entregaron a esa ola y no nos perdonaron esta intención de vida. Qué culpa podían tener ellos? Qué clase de comprensión podían tener frente a un hijo que se traviste si todo el pueblo, todo el maldito pueblo se olvidó de nuestra edad, de nuestra pequeñez, de nuestra indefensión y pasamos a ser un monstruo que se pasea por las calles sin el menor pudor. Pobres mis viejos. Pobre mi viejo, miren, que no tuvo la culpa. Y encima de llorar la pérdida de un hijo, tuvo que aceptar ser el blanco de todas las burlas, de todos los desprecios, de todas las humillaciones por mi culpa. Mi viejo que es uno de los tipos más viriles que conozco. Tener que agachar la cabeza frente a los vecinos, los clientes, los amigos, cada día, por tener un hijo travesti. Pobre mi vieja, que amaba a su hijo, con locura y dulzura, tan cierto era su amor. Mi vieja que es huérfana, que conoció el desengaño, mi vieja que guardó silencio, que lloraba a oscuras y tragándose los suspiros para que nadie la oyera, mientras yo veía la brasa de su cigarro como única luz en esa casa que por mi culpa, se había vuelto nuestro infierno.

Pobres mis viejos que descubrían mis vestidos, mis polleras cosidas a manos con sábanas que no se usaban, mis pastosos maquillajes de oferta con los que aprendía a disimular mis rasgos de hombre. Pobres mis viejos que en las razzias para descubrir hasta qué punto estaba traicionándolos, descubrían que yo había iniciado el viaje del dolor y que no tenía intenciones de volver.

Camila Sosa Villada; Foto Facebook

A nosotros, como familia, quién nos devuelve todos esos años de pura amargura? Quién le devuelve a mis viejos la fortaleza para mirar al pueblo a los ojos y decirles que todo aquello no importaba, que en el fondo nos queríamos igual, que sólo era cuestión de tiempo llegar al fondo. Cómo les devuelvo a mis viejos la tranquilidad perdida de esos años? Cómo les pido perdón por toda la vergüenza y la pérdida y las noches con los ojos abiertos, y el odio que sentían hacia mí por querer travestirme en ese pueblo rancio donde era el monstruo popular? Cómo remonto ese río para llegar a su nacimiento y devolverles aunque sea un par de días sin odiarnos, sin juzgarnos, sin desear que todo se acabe?

Llegada la noche oscura, cómo me voy a despedir de ellos sin otra palabra en los labios más que perdón?

Cómo les explico que no fue nuestra culpa. Que la culpa es de otros, de la iglesia, de la fe, del cristianismo, de los políticos, de la hedionda costumbre y tradición anquilosada en el corazón de los otros lo que nos rompió como familia? Ellos no lo entenderían. A ellos también el dolor les está saliendo ahora.

También me gustaría que me devuelvan las horas de juego, las horas del recreo en que jugaba solita en algún rincón del patio porque los chicos me huían y las chicas me rechazaban por maricón.

Pero no era sólo maricón: era gordo, pobre y maricón.

Una tarde estaba jugando al elástico con unas chicas más grandes que yo, y la señorita René, gorda marimacho de pelo corto (no creo que ella sepa todavía lo bien que le vendría la tijereta), pero ahí estaba ella y ahí estaba yo,

Finalmente yo había logrado jugar con alguien al elástico y la señorita René, me tomó de la oreja y me sacudió de un lado a otro porque los varones no tenían que jugar al elástico. Con qué cuento podía salirle yo? Le iba a nombrar la disforia de sexo a la bruta esa? Sólo recuerdo mucha mucha vergüenza tiñéndome de rojo toda la cara y haberme ido al aula a llorar en silencio para que nadie me viera. Ese día fui noticia en toda la escuela. Finalmente, me habían castigado las mariconadas. Las chicas con las que jugaba al elástico no supieron que hacer.

A los maricones, en ese entonces, nadie los defendía.

Cómo remonto el acoso de los matones del grado, y de otros grados, que me obligaban a hacerles los deberes, tan sólo porque yo era maricón y eso equivalía al derecho al golpe y la humillación salvo que les manoseara el bulto en el baño de varones y todos los días antes de terminar la clase les hiciera los deberes que nos daba la maestra. A mí hacer la tarea no me costaba nada, era brillante, más brillante de lo que mis viejos se soñaron alguna vez, y así pasé la primaria. Sometida a los caprichos de los matones del aula.

Y yo quisiera saber, si tuviera intención de reclamar esas pérdidas, a quién se las reclamo? Quién se hace cargo de esa infancia?

Pero va más allá de ese maniqueo recuerdo de mí misma, y ustedes mi disculpan la autoindulgencia, va más allá de eso.

Quién va a resarcir las burlas, los dibujos en el pizarrón caricaturizándome y humillándome delante de todo el colegio, los apodos, los piedrazos, los escupitajos… cómo será de amargo, que tenía compañeros que no me dirigían la palabra. Tal era el desprecio que sentían por mí. Había un cabezón que había repetido de año, que nunca nunca en los dos años que compartimos en la secundaria, me dirigió la palabra. Y eso no es nada. El desprecio no requiere mucho esfuerzo. Pero el enorme esfuerzo, el titánico esfuerzo de algunos por aceptarme a pesar de todo, cómo lo voy a pagar?

Camila Sosa Villada; Foto Facebook

Algo no estaba bien entonces y sigue estando mal.

Miren, si por un momento, todas las travestis de ese entonces, y de antes, que debe haber sido muchísimo peor, nos levantáramos y reclamáramos todo lo que nos han quitado, no alcanzarían todos los tesoros del mundo, ni las joyas de Mirtha, ni las fortunas mal habidas de todos los millonarios del mundo, no alcanzarían leyes, ni placebos políticos, nada de lo que pudieran darnos, podría cicatrizar esos tajos en la carne que nos hicieron sistemáticamente día tras día.

Imagínense si por un momento reclamáramos el amor perdido, la posibilidad de ser amadas, la posibilidad de ser tomadas de la mano, abrazadas, cuidadas, queridas, si quisiéramos recuperar la ilusión de que alguien se enamore de nosotras libremente, sin prejuicios, si quisiéramos recuperar todos los amores que se fueron, los hombres que nos prometían los horóscopos, el i ching, el tarot, las runas, si quisiéramos tan sólo por un momento sentir que nos quieren sin ataduras, cómo van a pagarnos? Con qué? Si año tras año, día tras día, hora tras hora se dice lo que se dice y que es para todos cierto: cómo enamorarse de una travesti que no es ni hombre ni mujer y que tiene tal cabeza, que mejor dejarlas solas.

Y la cosa se pone más jugosa y además del amor romántico y ojo que aquí no estoy reproduciendo sistemas patriarcales ni amores de novela, estoy hablando de querernos… miren si además se nos ocurriera pedirle, por ejemplo, al estado, que nos devuelva el amor propio, la autoestima… Qué fondos internacionales van a tocar para pagar la pérdida de la autoestima, la posibilidad de querernos a nosotras mismas. La posibilidad de vernos hermosas sin someternos a la carnicería de las cirugías, sin necesidad de querer parecernos a una mujer que nació mujer y tuvo la genética y las hormonas de su parte. Cómo haríamos para resarcir la mirada que tenemos sobre nosotras, siempre machacada por los mandatos, otra vez, de la iglesia, de la publicidad, de Hollywood, de los productores y del público, claro?

Y si a este reclamo se sumaran los gordos? Y los bolivianos? Y los tullidos?

No les alcanzaría la vida para pagar el daño que han hecho.

Y si además, sólo por joder, se nos ocurriera que además de querer recuperar la infancia, la adolescencia, el vínculo con nuestros padres, queremos también a nuestros muertos. La infinita cadena de muertos que nos faltan: las asesinadas, las muertas en soledad y silencio, las muertas de sida, las muertas de frío, las muertas en vida, las muertas por mala-praxis, las suicidadas, las muertas por desidia, por negligencia médica, las muertas que sabiendo que estaban por morir no iban al médico porque es mejor morirse en una cama sola y apestada de pústulas y bichos de toda clase, que sufrir el maltrato de las instituciones públicas.

Qué hacemos con nuestras desaparecidas? Y con nuestra desaparición?

A veces me digo que no es justo hablar del pasado con tanta vehemencia siendo que en Siria la gente huye amontonada en gomones y un niño en la playa muere boca abajo tragando la sal del mar. Incluso me digo que no es justo hablar de todo esto cuando existe el cáncer y el hambre.

Pero cada mañana muero en la playa y un cáncer rojo e insaciable me devora por dentro y recuerdo el hambre, los años que no le dí a este cuerpito más que matecocido con pan porque no tenía cómo mierda comprar un pedazo de carne.

Pero tengo que decirlo todo, una y otra vez, hasta que algo cambie.

Y no se queden tranquilos que si tuviera que reclamarles los años en la calle, la violencia de los clientes, los golpes recibidos, el frío, las noches en vela, mal comida, mal dormida, mal abrigada, mal asesorada, sintiendo infinita vergüenza de mí misma. Si me pusiera a reclamarles los años, los 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27 años de andar como una perra por el mundo, mendigando cariño, mendigando dinero, mendigando una comprensión que muy pocas personas supieron darme, ustedes se harían pis en la cama, como criaturas. Porque la verdad del daño que han hecho los asustaría de tal modo que ni los esfínteres podrían controlar.

Y si reclamara los hijos negados? Porque una cosa no viene sin la otra. No es sólo: ay pobrecita! Está pidiendo que alguien la quiera… no, quiero lo mismo que todos, con las ventajas y las contraindicaciones. Quiero un hijo también… y con todo este daño, qué clase de madre podría ser? No sería una madre, sino un monstruo. Mi herida sangra, al punto de manchar a mi familia, a mis amigos…

Cómo les devuelvo a mis amigos las horas perdidas consolándome, diciéndome que algo de todo esto puede mejorar? Cómo les devuelvo el dinero prestado, las orejas prestadas, la paciencia frente a este querer morderme la cola como un perro tonto, todos los putos días de mi vida? A los amigos hay que darles mejores cosas que un llanto continuo. Porque se cansan también.

Y si los pierdo, por culpa de todo lo que enumeré antes, a quién se los voy a reclamar?

Ahora, a mis 33 años, estoy parada en un pasillo largo, este hotel es infinito. Abro la puerta de una habitación y el hombre que está ahí dentro no me puede querer, le parezco fantástica, inteligente, incluso, si se saca los anteojos y comienza a ver todo borroso, puedo parecerle hermosa. Pero los años de educación sistemática le han hecho creer que yo no soy un cuerpo digno de amor. Entonces se va, o permanece dándome migas de afecto que a mí me saben como una trompada de monzón en la boca porque lo que yo quiero es sentirme amada. Reposar con alguien que me abrace y me recuerde que existe la selva, que existe el mar y que siempre nos podemos salvar en la virgen exuberancia de la tierra. Y ustedes dirán que todo eso puedo hacerlo y sentirlo sola, pero los quiero veeeeeeeer! Compadres, los quiero ver armar este castillo de naipes en una terraza ventosa. Cierro esa puerta y abro otra y desde adentro un niño muy pequeño, con los ojos enormes, me mira y me pide auxilio. Y cuando intento sacarlo de ese cuarto de desamparo las manos se me vuelven líquidas y no puedo rescatarlo y se que ahí dentro se va a morir, algún día se va a morir y nadie le rendirá sus honores. Abro otra puerta y la veo a mi vieja hilando sus tristezas, cocinando su magia, con sus manos, las manos más lindas que ustedes se puedan imaginar porque todas las noches se las cuidaba usando bagovit-a, tratando como yo de zurcir ese pasado roto y no tengo corazón para decirle que estoy herida para siempre, y que incluso si muriera, mi alma sería un alma en pena, como quien dice, y se me escucharía llorar por encima del viento, porque nunca pude recuperar todo lo que he perdido. Y abro otra puerta y está mi viejo, luchando con sus dragones, edificando, siempre construyendo, siempre haciendo y manteniendo a raya a sus dragones, y le pido perdón, pero el rugido de sus bestias no deja que me escuche.

A veces me consuelo pensando que todo esto en algún momento colaborará con un mundo mejor. Que lo que hemos vivido entonces, es el cimiento para que otros no conozcan ESA pena. La pena es un excedente que no se puede evitar. Pero ESA pena, la nuestra, la de las travestis, nunca más.

A veces me culpo por no ser más ecuménica, más universal, hablar por todos y no por mi pequeño mundo, pero qué más da… es un mundo en el que todos estamos hablando de nuestro dolor. Incluso sin darnos cuenta.

Este dolor que se manifiesta ahora, ensombreciéndolo todo, opacándolo todo, poniendo una muralla delante del bosque que parece tan fácil de ver para todos ustedes, me tiene un poco cansada. También quiero ver el bosque y perderme en él.

Pero soy una carente, una carente patética que no se llena con nada.

Pero tenés una profesión! Tenés amigos que te quieren! La gente te aplaude de pie! Sos hermosa Camila! Imagínense lo hondo de este pozo que no se llena con nada. No hay un abismo peor ni más indolente.

Igual, creo. Creo en el movimiento zapatista, creo en determinadas comunidades y en determinada fe. Creo en las armas y en la muerte de todos los que hacen daño como un triunfo de la vida. Creo en las plantas que son agitadas por el viento. Creo en los nuevos héroes. En la poesía. En la música. Creo que sí, que algún día y después de mucha agua bajo el puente, algo va a cambiar. Y tal vez mi alma en pena se diluya como arena y deje de existir penando y penando y desaparezca tranquilamente mezclada en la playa. Tal vez sea mar.

Pero hoy, que recién empieza la semana, siento que es necesario saldar la deuda. Y en algún momento tendrán que pagar.

A los morosos los conocemos todos.

 

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A 5 años de la ley de matrimonio igualitario: ¿Qué cambió en el diván?

A 5 años de la ley de matrimonio igualitario en la Argentina, 9423 parejas se casaron en el país. En la provincia de Buenos Aires, 2998; en la Ciudad, 2278; le siguen en importancia Córdoba, con 970; Santa Fe, con 895; Mendoza, donde se casaron 415 parejas. En todas las provincias argentinas se registraron bodas. Estas son cifras fueron brindadas por Esteban Paulón, presidente de la Federación Argentina LGBT, y se elaboró en función de los datos de las organizaciones que integran esta federación, ya que no todas las provincias llevan estadísticas desde que se puso en vigencia la ley, en julio de 2010.

Nos preguntamos, ¿qué revisiones planteó en los psicólogos, estos profesionales nodales en la salud de la población, la aplicación de esta ley que ya concretó casi 10.000 uniones antes ignoradas o minimizadas? ¿Revisó el psicoanálisis sus encuadres y posiciones? ¿Qué aprendizajes se incorporaron en el mundo académico y de la clínica?

Imágenes del picnic de la diversidad; foto: Federación Argentina LGBT; Facebook

La licenciada en Psicología Andrea Aghazarian considera que la implementación de esta ley puso en cuestión modelos que están caducos, de aquellas minorías profesionales agentes de salud que ajustaban su trabajo clínico con pacientes con métodos correctivos, que sólo llevaban a cambios momentáneos y, luego, a profundos estados depresivos, angustias desbordantes o la construcción de una vida paralela, en matrimonios forzados y prácticas sexuales contrarias a la verdad de cada sujeto.

“Nuestro trabajo intenta mantener al sujeto lo más cercano que se pueda a la salud, a la pulsión de vida, alejándolo así de la enfermedad, con su pulsión mortífera,  que en sus extremos lleva a la muerte. En particular a los psicoanalistas nos facilitó el trabajo: en estos 5 años las familias llegan al consultorio con conceptos elaborados por la sociedad, a propósito de la ley, hay una parte del camino que hacíamos nosotros, que lo hizo la sociedad en su conjunto”.

- ¿Qué aprendizajes se incorporaron en el mundo académico y de la clínica?

- En el mundo académico está la percepción que hemos socializado el conocimiento con el resto de la sociedad, que nuestro saber también ordena la sociedad y que debemos trabajar explicando, enseñando y construyendo una sociedad más justa.  Esperemos que se transforme en un área específica de nuestro trabajo y consigamos desde las distintas instituciones que nos representas y agrupan, emparejar derechos.

El licenciado y profesor en Psicología Diego Samara cree que el psicoanálisis se debe reformular según la subjetividad de la época -como sostenía Jacques Lacan- y que se expresa en términos de síntomas actuales y la dirección de la cura. “A mi parecer, el psicoanálisis es poco permeable a los fenómenos normativos y sociales, más bien se focaliza en la singularidad de cada sujeto y sus condiciones de goce, o sea, modos de desear, vincularse, amar o sufrir pero, como toda teoría, tiene sus limitaciones, como por ejemplo con respecto a las teorías de género y diversidad sexual. Me parece importante estar advertido en este punto para poder ir más allá de Freud, de Lacan y de la psicoterapia clásica, para así poder ser  más permeable a otras teorías; creo que es fundamental como profesional en salud mental el entrecruzamiento entre disciplinas, sobre todo entre el Psicoanálisis, la Filosofía y la Sociología, como por ejemplo el punto en el cual la corriente sociológica sobre  diversidad sexual distingue la orientación sexual de la identidad de género, a diferencia de lo que no hacen muchos psicólogos.  Por otro lado, es necesario señalar cuando un analista o psicoterapeuta tiene una concepción prejuiciosa, homofóbica, patologizante, lo  cual significa una cuestión grave”.

Y agrega: “Sumo una pregunta quizá molesta pero creo que debemos hacernos todos los psicólogos, terapeutas o psicoanalistas: ¿Permitimos al paciente desear, amar y vivir o, de lo contrario, restringimos o coartamos sus condiciones de vida, de goce? A mi criterio, con respecto a la diversidad sexual, la única dirección de la cura en este sentido es la primera opción y va acorde con la  posición ética del psicoanalista”.

La psicóloga Graciela Balestra, directora de la ONG Puerta Abierta, al ser consultada sobre el tema dice: “Hasta no hace mucho en algunas facultades de psicología se seguía enseñando que la homosexualidad era una enfermedad. Y muchos psicólogos seguían intentando curarla. Hoy podemos afirmar que eso es iatrogenia. En Puerta Abierta recibimos muchos pacientes que vienen de transitar numerosas terapias que solo acentuaban su sufrimiento. Y hace años brindamos en las supervisiones a los profesionales de la salud una capacitación sobre diversidad sexual porque ese tema no se ve en las universidades”.

“El hecho de instalar el tema y de la aprobación de la Ley obliga a re pensar muchos conceptos erróneos aprendidos y a deconstruir todo un sistema de creencias donde se instalaba la homofobia. Los profesionales de Puerta Abierta observamos que aún falta mucho camino por recorrer, a lo largo y ancho del país. De hecho estamos haciendo hace tres años capacitaciones en todas las provincias sobre diversidad sexual. Y lo que encontramos es una enorme necesidad de información”.

Picnic por la diversidad; foto Federación Argentina LGBT; Facebook

El licenciado Alejandro Viedma, también miembro de Puerta Abierta, se refiere al tema y menciona que nota más apertura, interés y respeto de parte de sus colegas de lo que percibía hace años. “He transitado por varios lugares de transmisión del psicoanálisis como posgrados, supervisiones, jornadas, etc. y fui escuchando opiniones de profesionales que expresaban sin prurito, por ejemplo, cosas del estilo: “Estoy de acuerdo con que los homosexuales se casen y tengan los mismos derechos, pero no que adopten chicos”, es decir, que opiniones de legos en la materia también se repetían en algunos terapeutas, lo cual me inquietaba bastante. En las instituciones y espacios Psi que acudo hoy ya no hallo esa tensión, esa incomodidad cuando por ejemplo superviso un caso en donde dos mujeres lesbianas se casaron el año pasado, cada una tiene un hijo de un matrimonio heterosexual anterior, y en la actualidad planean tener un bebe mediante inseminación”.

Y agrega que, de todos modos, hay trabajo por hacer. “Tenemos que seguir cuestionando esas fantasías que perpetúan la idea de familia única entendida como papá, mamá e hijos. Hay aún muchos supuestos que se sostienen a modificar y allí jugaríamos, los profesionales de la salud mental, un rol necesario, importante y responsable, yo diría ético. Porque a pesar de que los pacientes, más allá de su orientación sexual o identidad de género, según mi prática/casuística en la clínica de adultos, siguen demandando un tratamiento terapéutico por problemas de AMOR y de sexualidad, también se escucha habitualmente: “¿Dos mamás?, ¿dos papás?, ¿cómo va a salir ese pibe?”.

La licenciada en Psicología Adriana Sonis expresa: “Como psicoanalista la promulgación de la Ley de Matrimonio igualitario  me llevó a pensarla en relación a la neutralidad, a la renuncia por parte del analista de imponer sus deseos, pensamientos, prejuicios, moral, a sostener la incertidumbre por sobre las certezas, a habilitar la apertura de nuevos interrogantes por sobre lo inmutable de preguntas viejas”.

- ¿Sólo la neutralidad del analista o se revisa el posicionamiento del profesional en relación a su quehacer diario?

- Esta  ley inevitablemente se relaciona con la temática de adopción, entonces, me pregunto si ¿los efectos que provocan aquellos profesionales, tanto en la clínica como en lo jurídico, en ausencia de neutralidad, con posiciones apegadas a un pensamiento binario: hombre-mujer, salud-enfermedad, madre mujer- padre varón, respetan los Derechos del Niño a tener una familia? Mi respuesta es un categórico no. Y quisiera resaltar que la capacidad de ahijar no se relaciona con la genitalidad de los padres o de las madres.

Para el licenciado en Psicología Roberto Viñas esta ley planteó revisiones de las posiciones de los propios psicólogos. En algunos casos más notables, se trata de un cambio de posiciones frente a la clínica. “En algunos casos, ya estaba superado aquello de que la homosexualidad era un trastorno, pero no se alcanzaba a visualizar cómo era posible una integración plena como ciudadano, si ciertos derechos eran vulnerados sistemáticamente. En otros, la modificación ha sido en el plano de las posiciones oficiales, ya no es posible hablar del desarrollo de la sexualidad como se lo planteaba antes como la plenitud alcanzada en la complementariedad de ambos sexos. El desarrollo pasa por otro lugar. Probablemente, aún no alcancemos a vislumbrar las revisiones teóricas a las cuales asistiremos”.

 

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“Recuerdo que a los 3 años me encantaba escuchar Chiquitita, de Abba”

Libertad, la primera palabra del título elegido por Ed, bien podría considerarse una abstracción y al mismo tiempo un objetivo real para su vida, meta casi del todo lograda gracias a su recorrido personal, ya que implica la idea de que no hay retorno, que la libertad es un camino de ida…

Ed hoy tiene 39 años y nos envía un texto que escribió para que lo compartamos con los lectores de Boquitas pintadas. Desde el año pasado integra el grupo de reflexión para varones gay que coordina el lic. Alejandro Viedma en la Asociación Civil Puerta Abierta. Desde entonces, tiene deseos de contar su experiencia de vida.

Este hombre escribe con sinceridad, desde el corazón, como suele decirse.
Arma este racconto de su vida describiendo la re-presión = mucha presión = muchaS presioneS que tuvo que sortear, y contextualiza sus represiones en paralelo con recortes histórico-político-económicos de la Argentina, ilustrando dichas sombras con el acompañamiento de determinadas canciones y ciertos juegos que dieron luz a despertares, esos que animaron a un deseo que hoy intenta plasmarse en una real y completa (auto)aceptación, en el placer, la salud, el orgullo, el compañerismo y el amor.

“Libertad: mi largo y sinuoso camino”

Por Ed

Represión a la vuelta de tu casa, decía aquel tema de Los Violadores de principios de los ochenta. Represión que imperaba por estas tierras desde principios de 1976. Apenas unos días antes del inicio del caos, se me dio por llegar al mundo. Quizás la situación de extrema oscuridad de ese momento haya influido de alguna manera en cómo, poco a poco, empecé a percibir la realidad. La nacional y la propia.

A lo largo de mi vida me resultó muy duro poder encontrarme cómodo con mi sexualidad. Por mucho tiempo hice oídos sordos a los pequeños indicios que iba notando respecto de mí y a la impresión de ser distinto de la mayoría de los mortales. Hice lo que pude a cada momento. Fue un duro y largo proceso el que tomó desandar el camino.

 

De pequeño solía escuchar música en soledad, algo que no ha cambiado demasiado. La dictadura censuró a grandes artistas. Durante años, por represión interna, yo también elaboré mi propia “lista negra” de melodías favoritas de mi primera infancia. A los demás, a mí mismo, solía decir que el primer disco que había escuchado era “Off the wall”, de Michael Jackson. Sin embargo, la verdad es que mis acercamientos iniciales a la música vinieron de la mano del disco simple de Abba, “Chiquitita”, que pasaba una y otra vez en el combinado de mi abuela cuando tenía 3 años. O las pegadizas canciones de Raffaella Carrá, que me hacían bailar cuando volvía del jardín de infantes. Son momentos de los cuales sentí vergüenza por mucho tiempo. Ahora, por fin, puedo reconocerlos con una mirada más amable.

 Con mis amigos jugaba a “policías y ladrones”,y era malo para los deportes. En casa, tenía un muñeco de la pantera rosa. Me costaba entender por qué, siendo macho, tenía ese color. Algo inconsciente me provocaba la tentación de travestirlo, pero ahí estaban mi madre y mi abuela para sugerirme que mejor no, que era un “pantero”, y estos no usaban pelo largo ni vestido. Ellas cubrieron el rol de mi padre, desaparecido por propia gana, y se encargaron de transmitirme lo que se podía y lo que no se podía hacer. Lo que estaba bien y lo que estaba mal. Lo que correspondía a un varón y a una mujer. Y yo me lo tomé en serio, muy en serio.

La Argentina vivía una guerra absurda que dolía en el sur, y yo empezaba primer grado. Ese nuevo ámbito, sumado a la fuerte influencia que por ese entonces tenía a través de la fe católica, y el hecho de ser producto de la crianza en una ciudad del interior bajo la atenta mirada de quienes condenaban a las madres solteras, paulatinamente me fueron dejando una impronta muy fuerte respecto del deber de cumplir con las expectativas que los demás tenían puestas en mí, como ser el mejor alumno, hacer lo que se debía y no lo que realmente quería. Represión de la que empezaba a ser consciente.

A fines de 1983 se empezaban a respirar aires más libres en el país. Sin embargo, tanto para Argentina como para mí, la verdadera liberación no llegaría de un día para el otro. Por esa época descubrí a Sandra Mihanovich. Su voz aterciopelada e irreverente fue determinante en mi vida. Sin saber muy bien por qué, escucharla me hizo sentir feliz, liberado. Al oír sus temas, sentía que podía hacer (y ser) cualquier cosa que me propusiera, aunque sea por 3 minutos.

Video de Sandra Liberock

“La represión no se banca/ Por eso yo la quiero combatir/ Si vas dejando que te anulen/ Terminarás dejando de existir/ Libertad, libertad, yo te busco/ Donde quieras que estás.”

En 1984, pude ver en mi televisor Philco blanco y negro el videoclip del tema “Smalltown boy” de Bronski Beat. La canción cuenta la historia de un joven oriundo de un pueblo inglés, quien debe irse de su casa al no ser aceptado por su familia a causa de ser “diferente”. Alguien me dijo que el cantante y protagonista del videoclip, Jimmy Somerville, era “gay”, término que jamás había escuchado. Le pregunté a mi madre qué significaba esa palabra. Me dijo que era muy chico para preguntar esas cosas. Yo tenía 8 años,y decidí hacerle caso. Reprimí la curiosa sensación de empatía que me provocaba el video.

 El temor y la represión empezaban a adueñarse de mis actos. Preferí hacer lo que correspondía: mirar el comercial de Hitachi con Adriana Brodsky en tanga.

A los 11, mientras Alfonsín lidiaba con rebeliones militares, yo estaba secretamente enamorado de mi amiga Ce. Un día, llegué a su casa y me atendió su padre, en slip. Recuerdo perfectamente la incómoda sensación que experimenté. Fue mi primera erección, algo que me dio mucha vergüenza, un leve dejo de gozo, y la certeza de que eso que sentía estaba mal, muy mal.

Ese mismo año hubo un hecho que marcó mi vida: en la escuela, la maestra me acusó injustamente de haber tirado un borrador, pero fue tan enfática en su reprimenda que me hizo llorar. Me sentí muy humillado por mostrarme de esa manera delante de ella y del resto de mis compañeros, que empezaron a llamarme “maricón”. Enjugué mis lágrimas, y me prometí solemnemente que jamás en la vida volvería a llorar. Recién hace poco tiempo he podido reconectarme con la aliviadora sensación de llorar.

Tenía 13 años, en tiempos de hiperinflación, cuando decidí que iba a reprimir todo aquello que me impidiera ser como los demás. Empecé a escuchar rock, a mirar chicas, a acercarme e incluso a salir o tener alguna forma de experiencia sexual con alguna. Sin embargo, percibía que algo no terminaba de satisfacerme. Tuve una fantasía recurrente: en ella iba a estudiar a la casa de Jota, mi compañero de segundo año, pero terminábamos masturbándonos y besándonos. Algo que nunca se concretó. Había indicios de que él sentía algo, que quería experimentar, pero jamás me permití avanzar.

Tanto empeño en ser “normal” tuvo sus consecuencias. Lentamente, me fui volviendo agorafóbico.

A los 17 años empecé mi primera y fallida experiencia en terapia. No estaba listo para aceptarme tal como era.

En 1996 vine a vivir a Buenos Aires, cuando aún existía la escenografía de cartón pintado de la convertibilidad, que lentamente comenzaba a descascararse. Empecé a estudiar en un taller de teatro. Hice algunos amigos. Poco a poco me di cuenta que sentía una enorme atracción por el ayudante del profesor de actuación. Fue la primera vez que tuve conciencia de sentir algo parecido al amor, junto a la atracción sexual, hacia alguien de mi propio género. Eso me angustió mucho. Recuerdo una noche estar desvelado, pensando en él. En la radio sonaba el tema “Don’t bring me down” de E.L.O., y aún me acuerdo de cómo, de modo muy claro, casi revelador, en mi cabeza apareció un pensamiento directo, sin filtros que decía: “Sos gay”. No pude soportarlo. Fue la primera vez que tuve un ataque de pánico.

Por esa época, empecé una nueva terapia. Cuando llegamos al punto donde yo sentía la barrera a superar, esa imposibilidad de poder vencer mi represión, mis miedos e inseguridades, y poder aceptar aquello que en ese momento era inadmisible, dejé la terapia. Cuán importante hubiese sido poder atravesar esa pared en ese momento, pero entiendo que realmente no estaba listo, todavía tenía que encontrarme con mi esencia, aceptarme, y eso tomaría un poco más de tiempo.

 

Me sentía muy triste, me costaba estar con chicas y, a la vez, sentía que estaba mal descubrirme atraído hacia otros hombres. Por esas cosas de la vida, consciente o inconscientemente, tal vez para estirar mi confusión, me enamoré perdidamente de Ve, una chica luminosa, la cual no sentía lo mismo por mí. Me rompió el corazón. Pero el sufrimiento por la no concreción fue suficiente para tranquilizarme y hacerme sentir que yo aún tenía “solución”, que no estaba perdido, condenado a ser un infeliz fuera de la norma.

A los 28 años, mientras Kirchner llevaba apenas unos pocos meses al frente de la primera magistratura, yo enfrentaba como podía mis desafíos, y la represión devino en severos ataques de pánico. Tan fuerte fue la sensación y el miedo a perder el control, que incluso pasé por una muy breve internación. Ahí pude hablar de mi sexualidad por primera vez con profesionales. Tuve una suerte de “epifanía”: sentí que era bisexual, y esa etiqueta me ayudó mucho a, muy lentamente y con muchas dificultades, ir aceptándome como podía. Existen bisexuales, claro está. Es sólo que yo no era uno de ellos… De todos modos, hasta ese momento, no había tenido ningún tipo de acercamiento concreto y real con un hombre.

A los 30, empecé una nueva terapia, que continúa hasta el día de hoy. A diferencia de las anteriores, en este espacio pude hacer un gran trabajo de autoconocimiento y autoaceptación, hecho que ha resultado muy fructífero y revelador. Pasé de sentir que la posibilidad de estar física o emocionalmente con otro varón era sencillamente inconcebible, a animarme a lo inimaginable. Eran tiempos de la primera mujer elegida por votación popular al frente del gobierno nacional, la crisis del campo, y la flamante Ley de medios. Y eran también tiempos de chat. Chat que ayudó mucho a ir animándome a hablar con otros hombres hasta que, por fin a los 33 años, estuve por primera vez frente a frente con otro varón. Todo sucedía en el ámbito de lo privado, yo no hablaba con nadie sobre esas experiencias, excepto con mi psicólogo. Era como si no pasaran. Si no lo verbalizaba ni exteriorizaba, eso no sucedía. Pero sí sucedía. Ya no tenía contacto de ningún tipo con mujeres, aunque sentirme bisexual me alivianaba la carga que en ese entonces sentía. Y la culpa.

La Argentina estaba a la vanguardia de las naciones que otorgaban legítimos derechos antes impensados, como el matrimonio igualitario, en tanto que yo, por entonces, no era capaz de siquiera pronunciar la palabra “gay” y, mucho menos, de asumirme como tal. Las consecuencias de tanto tiempo de represión habían dejado su rastro.

Todo cambió a mis 38, cuando conocí a Efe. Sin proponérmelo, de pronto me encontré enamorado. El era masculino, pero a la vez algo afeminado y con perfil muy alto. Muy diferente al tipo de hombres que hasta ese entonces me habían atraído. Pero me voló la cabeza. Besarlo era como sentir que estaba en casa. Siempre que fuera en la intimidad. Él quería que pudiéramos hacernos demostraciones de amor en público, que le presentara a mis afectos, que lo hiciera parte de mi vida.

De poco valió que yo fuera sincero con él, que le contara que no estaba listo para abrirme. No estoy orgulloso de cómo me comporté con él, pero hoy puedo ver que realmente no me acompañó ni comprendió en el duro proceso de aceptación que estaba experimentando. Poco a poco nuestra relación se fue llenando de discusiones e intolerancia mutua, y fue la excusa perfecta para que yo decidiera terminar la relación. Por él pude, por fin, recuperar mi capacidad de llorar a moco tendido. Sólo con el paso del tiempo pude asumir que lo amé como nunca antes amé a nadie. Que me cambió la vida. Que significó mi primera relación de pareja en serio. Y eso aceleró en mí un proceso de aceptación cabal de mi persona. Pude entender, finalmente, que no soy heterosexual ni bisexual, sino que soy gay, y que eso no tiene nada de malo, por el contrario. Poco a poco pude abrirme con buena parte de mi entorno, y entender que mis temores previos respecto de no ser aceptado, de ser dejado de lado si sabían lo que sentía, eran completamente infundados. Al día de hoy, nadie que me quiera me ha rechazado.

Aceptar mi sexualidad me llevó a repensar muchas cosas. Me di cuenta deque no tenía amigos gays, que no tenía una red de contención para hablar de ciertos tema que, por muy buena predisposición que tuvieran, mis afectos heterosexuales no entendían a fondo lo que yo sentía, y siento.

Fue ahí que, afortunadamente, apareció en mi vida el Grupo de Reflexión de Varones Gays que coordina el Lic. Alejandro Viedma. Alejandro no sólo escucha, contiene y orienta con toda la experiencia y la sabiduría de años de trabajo y especialización en temática LGBT, sino que, esencialmente, es una gran persona, con inquietudes artísticas y talentos varios. Este grupo es un ámbito donde podemos hablar con pares de temas que nos involucran, donde la red de contención grupal permite sentirse valioso, ávido de vivir la vida con ganas, de comprender, de ser abierto y compasivo con uno mismo y con los demás. Espero cada miércoles con enormes ansias para ir a nuestra reunión.

Parafraseando a un compañero del grupo, yo todavía sigo saliendo del clóset, luchando contra los resquicios de mi propia homofobia internalizada, viendo que en ciertos ámbitos aún me es difícil mostrarme tal como soy, como por ejemplo, a nivel laboral. No obstante, no quiero forzar nada, sé que poco a poco se irá naturalizando, como lo he logrado en otros espacios.

A los treinta y nueve, por fin, me decidí a vivir realmente mi vida lo mejor que pueda. He sentido que el tema de la “avanzada” edad en que finalmente asumí que me gustan los hombres y que empecé a vivenciarlo en la práctica, en general me ha dejado la impresión de sentirme “el peor de todos”. Sin embargo, a través de la experiencia y el paso del tiempo, he conocido a hombres que han asumido su condición sexual a edades más tardías y en contextos mucho más arduos que en mi caso. Es increíble cómo uno es capaz de ampliar su visión del mundo, relajarse, dejar el látigo a un lado, a medida que conoce más historias de vida ricas.

Quisiera que Efe hubiese podido darme la oportunidad de demostrarle que ahora estoy en condiciones de amar libremente a otro hombre. No pudo ser con él, pero no pierdo las esperanzas de encontrar a alguien con quien podamos construir una relación de pareja duradera y feliz. Me lo debo.

Los años duros de la represión por fin van dando paso a tiempos de mayor libertad. Tengo mucho por hacer. No quiero perderme ni un minuto de todo aquello que la vida (me) traiga. Sandra tenía razón: Soy lo que soy, mi creación y mi destino. Y a mucha honra!

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La bisexualidad en primera persona

La bisexualidad existe

Por Milagros Amondaray

Milagros Amondaray, periodista, crítica de cine

Recientemente, en una charla sobre mi primer noviazgo (y relación a secas) con una mujer, mi interlocutora me dijo que quizás no era necesario que me ponga etiquetas. Que si estaba enamorada de la chica en cuestión no tenía por qué ya ponerme sobre mí misma la nomenclatura de “bisexual”. Si bien concuerdo con el hecho de que poner las cosas bajo determinadas categorías no siempre es bueno, en este caso en particular me hace bien, me gusta, me parece pertinente definir mi orientación sexual de esta manera. ¿Por qué? Supongo que porque a quienes nos definimos de ese modo nos agrada el hecho de sentirnos representados. Recientemente también, y en relación a dicha representación, escuché a una directora de cine iraní – la talentosa Desiree Akhavan – hablar sobre su bisexualidad de una manera similar. Está bueno que el término exista porque está bueno que se nos reconozca. En su ópera prima, Appropriate Behavior, la realizadora pone en el centro de la historia (algo no muy frecuente en cine o televisión) a un personaje bisexual. No es una mujer decorativa ni alguien que está ahí para ser la mejor amiga de la protagonista. Por el contrario, ella es la que lidera su propia narrativa.

Mientras la escuchaba hablar a Desiree me resultó inevitable pensar en un sinfín de variables respecto a mi experiencia. La primera, claro, es si siempre fui bisexual y nunca lo supe. La respuesta llegó rápido. Sí, supongo que siempre lo supe. Después me pregunté por qué nunca hice nada al respecto. Esa respuesta también llegó rápido. Porque durante gran parte de mi vida tuve relaciones con hombres y nunca se me presentó la oportunidad de ver cómo me sentiría estando con una mujer. Sin embargo, algunas situaciones confusas, algunos episodios con personas de mi mismo sexo siempre dejaron latente el interrogante. No curiosidad. Eso es otra cosa. Corriéndome un poco de mi identidad sexual, quiero decir que yo, María Milagros Amondaray siempre fui, como persona, alguien que cree que las cosas llegan en el instante adecuado. Así como una película aparece en un momento de tu vida para echar luz sobre determinado tema, y así como un libro te saca de una mala situación o te acompaña en un buen presente, lo mismo sucede con las personas. Las personas cumplen, a su modo tan diverso, una función. ¿Quién no asocia a alguien a una situación particular? ¿Quién está exento de afirmar que una pareja los sacó de una etapa negativa? Siguiendo con esa línea de pensamiento, no me resulta casual que la mujer que me hizo explorar mi bisexualidad (porque no hay diplomas que nos certifiquen como bisexuales, lo somos cuando lo sentimos y no necesariamente cuando concretamos desde lo físico) haya aparecido también en el momento indicado, un momento en el que me permití construir una amistad que terminó en amor.

Vero, la dueña de este espacio, me preguntó si el vínculo con mi novia (quien también es bisexual) redefinió mis relaciones anteriores con hombres. Luego de un tiempo de pensarlo debo decir que no. Mis relaciones previas fueron lo que fueron y el estar con una mujer no les cambia la perspectiva con las que ya las había evocado antes. Fallaron por las mismas razones que pensé hace un año, y nunca porque yo no haya hablado de mi bisexualidad. Los motivos excedían mi orientación sexual.

Si hay alguien acá leyendo que se identifica como bisexual sabrá que hay muchos prejuicios que nos rodean. Veamos sólo tres:

1. “Los bisexuales son todos promiscuos”: seguramente haya alguna persona bisexual que disfruta del sexo sin restricciones, como también hay personas heterosexuales que lo hacen, como también hay gays que lo hacen, como también hay lesbianas que lo hacen. La idea de que el bisexual, por el hecho de sentirse atraído por personas de su mismo sexo y del sexo opuesto, va a estar dispuesto a tríos, orgías y noches promiscuas es acaso el prejuicio más difícil de erradicar. Yo ahora soy tan monógama como lo fui estando en pareja con un hombre, porque me encuentro en una relación de amor y respeto y porque no necesito estar con un hombre en simultáneo para validar que soy bisexual. Hoy, en este presente, soy feliz en una relación sentimental con esa mujer particular que me hace bien. Somos menos rebuscados de como nos quieren representar

2. “Ah, entonces debés tener el doble de sexo que una persona heterosexual u homosexual”: no, tampoco. Yo puedo reconocer que me siento atraída por ambos sexos y tener relaciones con ambos sexos pero eso no implica a) que por ser bisexual el doble de gente se sienta atraída hacia mí b) que yo quiera estar en relaciones (ocasionales o no) con personas de los dos sexos de manera constante. Recordemos que la bisexualidad es una orientación sexual que implica que te atraen personas del mismo u otro sexo o género, no necesariamente al mismo tiempo, no necesariamente de la misma manera y no necesariamente en el mismo grado o con la misma intensidad

3. “Decís que sos bisexual porque no querés reconocer que sos lesbiana o gay”: dentro de la comunidad LGBTQ, uno de los grandes problemas es la forma en la que el bisexual es “borrado” por medio de la bio-fobia. Lo que se conoce como “bisexual erasure” es una realidad que padece un alto número de gente que se identifica como bisexual. ¿Qué significa esto? Que muchos piensan que los bisexuales estamos yendo de a poco y que no nos animamos a contar nuestra verdadera orientación. Por ende, la mujer bisexual es en realidad una lesbiana que no quiere decirlo (como si eso fuera negativo también) y el hombre bisexual es gay y tampoco quiere decirlo. El hecho de que no se consideren los grises es un problema porque nos está erradicando la posibilidad de definirnos (otro error: considerar a los bisexuales como “fiesteros indecisos”, algo que lamentablemente sucede con frecuencia). Por lo tanto, vuelvo al comienzo: a mí me gusta definirme como bisexual porque es una orientación que es real, que existe y a la que es positivo nombrar para que quede instalada y no se convierta en un mito.

Los prejuicios, lamentablemente, no terminan ahí, en gran medida porque no se considera como opción que las personas bisexuales podamos entablar vínculos de una manera mucho más libre. Y por “libre” no me refiero a ese otro prejuicio de las fiestas y los tríos. Yo soy libre de elegir estar con un hombre o con una mujer de acuerdo a mis necesidades del momento. Hoy soy feliz en una relación con mi novia, y eso no hace que extrañe el vínculo con un hombre. Es decir, los hombres me atraen de la misma manera que me atraían antes de estar con una mujer solo que hoy en día no me interesa actuar en función de esa atracción

La libertad, entonces, tiene que ver con poder hablar de mi orientación sexual abiertamente (tanto mi familia como mis amigos lo aceptaron naturalmente, también creo que porque siempre me armé de un núcleo afectivo más abierto y comprensivo), con poder disfrutar de la relación que construí y con poder hablar de la bisexualidad como algo que una mujer experimenta porque le hace bien y no porque es “cool” decirlo para “ratonear” al hombre (otro prejuicio y van…). No. Yo como mujer bisexual puedo decir que si hoy comparto mi vida con una mujer es porque solo me interesa cómo me siento yo, cómo se siente ella y cómo nos sentimos ambas respecto a la otra. Es tan simple como vivir la vida que nos tocó y ser honestos con lo que nos pasa y con lo que somos, por más que los prejuicios ajenos hagan que eso tan simple y tan normal se vuelva tan confuso y complicado.

Por Milagros Amondaray

 

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Cristian Camilo, un tanguero por la inclusión

Boquitas Pintadas entrevistó al cantante Cristian Camilo, ya que este sábado 23 de mayo, a las 21, se presentará en Puerta Abierta Teatro. En esta nota Cristian cuenta sobre su pasado, presente y futuro profesional y el importante significado que adquiere para él dejar un mensaje claro en torno a lo inclusivo y a lo igualitario dentro del tango, un ambiente varonil y, muchas veces, homofóbico.

“Nuestro objetivo artístico principal es lograr sellar un mensaje de igualdad e inclusión, del mundo lejano del arrabal a nuestro tiempo presente, en el que la lucha por alejarnos día a día de la desigualdad se hace más fuerte”, dice en un tramo de la charla que compartimos con ustedes.

Cristian Camilo, en una actuación en Recoleta, Buenos Aires

Boquitas: ¿Cómo empezaste en esta profesión del canto?

Cristian: Tuve formación académica en la Escuela Nacional de Música de la ciudad de Rosario, en la carrera de Cantante de Cámara, luego me desempeñé como tenor solista en el coro Pablo Casal.

B: ¿Y cuáles fueron tus primeros pasos como profesional?

C: Fui becado por la ONU; hice una serie de conciertos barrocos de la ONU en Manhattan. Durante varios años desarrollé un repertorio internacional, abarcando varios géneros musicales.

B: ¿Cómo llegaste al tango?

C: Inesperadamente hizo contacto en mí y me afloró una gran pasión cuando interpreté, en un show en Rosario, el tango “Pasional”, dentro de un repertorio variado y, al ver la reacción estimulante del público luego de mi interpretación, empecé a indagar sobre este género que se convirtió en mi gran amor, representando hoy mi repertorio exclusivo. Después, en 2013, fui seleccionado como el “Cantante Revelación” en la gran tanguería “Esquina Homero Manzi”. Además, me eligieron entre cien cantantes de tango de todo el país, luego de varias pruebas con diferentes interpretaciones, para actuar en el programa televisivo del gran conductor e ícono tanguero,  el señor Silvio Soldán.

Estás todos invitados a escuchar a Cristian

B: ¿Qué hacés en la actualidad?

C: Actualmente, mientras vengo preparando un show completo para este sábado 23 de Mayo en Puerta Abierta Teatro, soy el cantante principal de un importante espectáculo en el corazón de Recoleta, “Grandes éxitos del Tango”, con orquesta en vivo y bailarines. Y otra pasión que tengo es la enseñanza: doy clases de técnica de canto a un amplio staff de alumnado.

B: ¿De qué se tratará el show en Puerta Abierta Teatro?

C: Será un TANGO-SHOW, un espectáculo dinámico que evoca diferentes épocas y estilos, desde los tangos más clásicos hasta los más contemporáneos, para poder cubrir así los gustos del público. Estamos armando un show intenso, vistoso, con mucho brillo, mucho sentimiento, escenas, mucha estética en su puesta teatral y mucha pasión de tango. Tendré una cantante invitada, Mirta Seijo, y a los bailarines Cristina Cóppola y Astor Molina. El show será presentado como espectáculo inclusivo.

B: ¿A qué te referís con eso?

C: Que nuestro objetivo artístico principal es lograr sellar un mensaje de igualdad e inclusión, del mundo lejano del arrabal a nuestro tiempo presente, en el que la lucha por alejarnos día a día de la desigualdad se hace más fuerte.

B: ¿Tendrá alguna especificidad, algún condimento respecto a la inclusión y la igualdad?

C: Habrá sorpresas, pero les adelanto que tendremos a un maestro de ceremonia de lujo: le propuse con mucha alegría al Licenciado Alejandro Viedma ser él quien marque la apertura del espectáculo, ya que nadie mejor que Alejandro, referente y símbolo para muchos y muchas, para plasmar con sus ideas claras, firmes y su trabajo constante orientado a seguir transformando las mentes rígidas y separatistas, apuntando con su labor profesional al gran reto de que la palabra DIVERSIDAD haga desaparecer cualquier diferencia entre cada uno de los seres que formamos parte de esta única existencia.

B: Te notamos muy entusiasmado con esta presentación: ¿tiene algún significado especial para vos?

C: Sí, estoy  emocionado por varias razones, ya a mis 43 años he transitado muchos escenarios, muchas tanguerías, varias compañías de tango, muchos shows, canté en el exterior, pero Puerta Abierta Teatro representa mi primera sala teatral como protagonista de un espectáculo de tango, ese es uno de los motivos de mi entusiasmo. La otra razón que me estimula mucho es que es mi primera presentación en una sala inclusiva orientada a la diversidad sexual y la finalidad más importante para mí que es, en definitiva, la IGUALDAD. Por eso también la entrada será accesible.

 

Así canta Cristian

 

Bonus track: El Tango Diverso, por el Lic. Alejandro Viedma

En Historia de la homosexualidad en la Argentina, Osvaldo Bazán investiga, entre muchas cuestiones, cómo surgió el tango en Buenos Aires. En sus comienzos se lo bailaba entre varones, en la zona sur de la ciudad, donde fueron abandonados, por la fiebre amarilla, aquellos caserones que eran de la burguesía.  Uno de los barrios mencionados es San Cristóbal, además de San Telmo, Monserrat y La Boca, franja en donde nacían, a finales del siglo XlX y como identidad colectiva, el lunfardo y el tango. Cuenta además Bazán, que a los compadritos se los tildaba de narcisistas, relajados, amorales, amariconados, histéricos y afeminados por bailar en cafés exclusivos para hombres y por su excesivo arreglo personal.

Más de un siglo después, estamos hablando de cuestiones similares y diferentes.

El del 23 será mucho más que un Show de Tango, casual o causalmente en el barrio de San Cristóbal, y en un lugar que reformula la importancia de la equidad real pues es, Puerta Abierta Teatro, la primera sala teatral por y para la Diversidad, que apunta a la igualdad de derechos, luchando particularmente contra la discriminación hacia el colectivo LGBT.

Será un honor para mí acompañar a este cantor que va mostrando el tango a la comunidad, englobando una idea de no-gueto, haciendo una verdadera inclusión del arrabal con nuestro mundo actual unificado, en pos de desmitificar al tanguero “macho” porteño, el tipo que no debe llorar pero, en definitiva, la postura histórica del cantante de tangos varón es, en las letras de las canciones, femenina en cuanto al preconcepto de pasividad, porque sufre por haber sido abandonado por un amor no correspondido, porque es dejado, es engañado y ahoga sus penas en el alcohol en la casa de sus padres, a la cual regresa ya de grande.

Por eso considero que este show servirá, no sólo para escuchar a un artista que canta muy bien y por eso gusta, sino también porque quedará un mensaje, que se lo podría enmarcar dentro de las cuestiones socioculturales de Género, ya que el tanguero varón, en algún punto, hace estallar las estandarizaciones de género, puesto que desde una visión prejuiciosa sería “el macho que se la banca”, quien no llora, aunque justamente desde su voz grave expresa todo lo contrario.

Cristian, de este modo, juega un papel valioso, aporta su grano cultural de arena a favor de la integración del tango, de la diversidad, dentro de un submundo y un género musical que no acepta sin resquemores la diferencia, a la mujer, etc.

Camilo porta una voz potentemente cautivante pero con variados matices, colores que llegan a emocionar, como la vida misma. Altamente recomendable.

¿Dónde y cuándo? Sábado 23 de mayo a las 21 hs en Alberti 1052 (entre Humberto Primo y Carlos Calvo), barrio de San Cristóbal, CABA. Capacidad limitada.

¿Cuándo la burla se vuelve un problema?

En el Día Internacional de Lucha Contra la Homofobia y la Transfobia, que se conmemora el 17 de mayo, Julián Benavides, un lector de Boquitas pintadas, manda un texto alusivo al hito de 1990, año en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió retirar la homosexualidad de la lista de enfermedades. Julián tiene 24 años, es colombiano y vía mail dice: “Me siento muy contento de poder volver a aportar mis escritos a Boquitas y a la vez me siento afortunado de que me puedan dar este espacio”. Desde aquí respondemos: Muchas gracias a vos, Julián, y a todos los que nos envían sus historias para compartir.

Palabras sobre la homofobia

Por Julián Benavides

Foto de Alejandro Viedma

¿Cuándo la burla se vuelve un problema? Se cumplen 25 años desde que la Organización Mundial de la Salud decidió sacar de su lista de enfermedades mentales a la homosexualidad. Ya son 25 años en los que millones de gays han marchado, han discutido, se han organizado y desorganizado, han  construido historias, discursos, han entregado el alma y en los casos más duros la vida.

Nos han dicho putos, maricones, gays, pervertidos, enfermos, travestis, mujercitas, aputazados, raros, culos rotos y otro sinfín de títulos; nos han castrado, mutilado, agredido, relegado, retado, desaparecido, golpeado, marginado, encarcelado, amedrentado y, en los casos más graves, ¡nos han matado!.

Han pasado tantos años y aún seguimos discutiendo sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo no aceptable, lo moral y lo inmoral, lo normal y lo anormal. Es gracioso que nosotros propongamos un mundo de colores mientras el mundo sigue viendo en blanco y negro, mientras ellos que están allá lejos (o acá cerca, acechándonos) nos señalan como creando dos polos, dos mundos, dos formas, como si la realidad se pudiera partir en dos. Nosotros los raros, hablando de amor, los otros, los “cuerdos” hablando de rechazo.

Un día, mientras comía entre un grupo de personas, fui llamado puto y mi progenitora fue señalada de haberme convertido en tal y la burla continuó porque luego, cuando yo hablé de dolor, me dijeron que debería saber de dolores, haciendo una alusión al momento del coito anal, como si la homosexualidad terminara en la cama, como si todo lo homosexual se pudiera resumir en el culo o como si nuestra forma de hacer el amor fuera excremental, como lo pudo señalar un prolífico creador de palabras absurdas que tiene por título el de procurador de los colombianos. 

Voy a ser sincero, nunca me disgustó reírme de lo homosexual, de lo gay, porque creo que cuando se acude a la risa podemos quitarle el tabú a lo gay, digamos hacerlo “normal”, creo que por eso me río con algunos chistes que solo pueden representar la ignorancia de la mayor cantidad de seres vivientes, de sus prejuicios, de sus falsos saberes.

Sergio Urrego; Foto: Archivo

Sin embargo, lo que me impulsó a escribir estas líneas no fue únicamente la rabia, ni el orgullo, fue más bien la angustia, el miedo, porque no deseo para mí ni para los míos estar en un mundo lleno de tonterías. Y la razón y la pasión, porque creo firmemente que mis sentimientos no son ni enfermos ni pecaminosos sino que, como diría Sergio Urrego, mi sexualidad no es mi pecado, es mi propio paraíso.

Para quedar claros, lo molesto no es que usted, señor homofóbico, le diga gay a alguien que le atraiga o ame a una persona de su mismo sexo, porque al fin y al cabo eso es lo que es, no hay problema, el problema lo crea usted cuando utiliza esos términos de forma peyorativa, es decir, si usted desde su odio le dice a alguien gay o una serie de insultos para herirlo, para causarle un daño en su estima.

El centro del problema es entonces convertir las palabras en navajas cortantes. Ese malestar que usted siente, ese desagrado por los que no sienten igual que usted es su problema, resuélvalo, vaya al psicólogo, controle sus ansiedades, haga yoga, escriba un libro, pero en definitiva entienda que lo diferente no es el problema, el problema es no aceptar al mundo tal cual es; entienda que hay gente de pelo rojo, hay gente bajita, hay gente con crespos, hay múltiples creencias, y convivimos con siete mil millones de formas distintas.

Pablo y Ramón celebran la diversidad

Reírnos no está mal, hacer chistes sobre los otros es algo que todos hemos hecho, pero mídase, sepa cuando el chiste es transgresor y se convierte en arma que apuñala, que intoxica, que no construye porque no hace reír, sino que se convierte en veneno, en destrucción para los otros.

Ojalá en algún momento paremos con la bobada y dejemos de criticar y señalar la diferencia porque al fin y al cabo todos somos diferentes, entonces si todos somos diferentes, ¿qué es lo que usted tiene que andar viendo -y juzgando- de la vida del otro?

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Qué es ser tolerantes

¿Una persona tolerante? ¿Qué significa tolerar a otro? ¿Aguantarlo? ¿Soportarlo pese a ser distinto que uno? En algunas de estas preguntas hace pie el lic. Alejandro Viedma al elaborar esta crítica de la obra Un judío común y corriente, que protagoniza Gerardo Romano en el Maipo Kabaret. Viedma se ocupa de encontrar los puntos de contacto entre las emociones de un judío alemán que reside en Alemania y alguien -también común y corriente- de la comunidad gay.

La obra es excelente. Desde este espacio la recomendamos.

¿Una persona tolerante?

Por Lic. Alejandro Viedma

Lo primero que pensé cuando leí el título de esta obra que protagoniza Gerardo Romano fue: seguramente se tratará de alguien nada común, de un hombre muy especial. En cierto modo es así y por otro lado no lo es.

También me pregunté qué pertinencia tendría la presente reseña en un blog que aborda y celebra la diversidad sexual.

Vamos por partes. Este unipersonal relata lo que desencadena una invitación de parte de un profesor para que un judío alemán que reside en Alemania de una charla a sus alumnos. El dilema nace porque esos alumnos, después de estudiar el nazismo, desean conocer a un judío, cuestión que a éste le genera una revisión de varios tópicos personales y sociales, psicológicos e histórico-político-culturales.

Lo que comanda, lo que le invade al convocado es el estado de un notable enojo, una bronca que permite, en cierto sentido, descargar algo de lo que la población judía ha sufrido y ante lo cual en el pasado no pudo rebelarse ni revelarse. Es por ello que el protagonista describe cómo y por qué tuvo que construirse un caparazón para recubrir una piel sensible, lo que por otra parte lo hizo más fuerte, por y ante la discriminación sufrida.

Y aquí empiezan las coincidencias dadas en el interior de una colectividad específica, puntos comunes y corrientes que comparte con cualquier otra comunidad convertida en minoría estigmatizada, perseguida, excluida, vulnerada.

Es entonces cuando una persona homosexual podría fácilmente sentirse identificado con tal contenido, que anima a sentimientos convergentemente similares, un dolor y una ira que se disparan y actualizan cuando se tiene que dar cuenta de algo inenarrable, inentendible y, por ende, inexplicable, intransmisible y por eso sigue operando con marcas contundentes y hasta mortíferas.

Lo que más cuestiona y lo enerva al expositor es la supuesta o falsa tolerancia, subrayando su rechazo a la acepción del término que refiere a la asimetría, a tener que aguantar al otro en su diferencia. Un homosexual –para volver a la analogía- también sabe de qué se trata esa tolerancia que algunos promueven.

Y al personaje de Romano también lo ofusca el rótulo que se le coloca; como si, por el sólo hecho de ser judío debiera someterse a observaciones y estudios cual animalito o especie en extinción. Como si, haciendo una comparación con lo gay, la “condición” de homosexual definiera toda la singularidad de un sujeto, como si esa etiqueta justificara el tratamiento y la forma de vincularse con una rareza.

El texto es la vedette de la puesta, es potente, fuerte, desde donde danzan frases como: “Reglas que atan y atrasan”; “Ocultar en el clóset”; “No encajar, no querer ser”; “Una nueva religión es necesaria y urgente, ya que todas ellas fracasaron; son homofóbicas y misóginas”.

Cabe destacar que el protagonista se mueve en el escenario como si estuviera en su casa (en un tramo hasta canta y toca el piano), deambula las tablas cómoda y eficazmente, de hecho la escenografía recrea el interior de un hogar.

En síntesis, Romano es un gran y completo actor y parece “encajar” perfectamente en el libreto, factores que se conjugan para dar luz a un monólogo efectivo, crudo en lo dramático aunque con toques de humor, compacto y que en realidad a lo que invita es a reflexionar y conmoverse.

La obra va de miércoles a viernes a las 20 y los sábados a las 21 en Maipo Kabaret

 

Ficha técnica: Autor: Charles Lewinsky / Versión en español: Lázaro Droznes / Dirección: Manuel González Gil / Música: Martín Bianchedi / Prensa en Facebook: duchezarate

 

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