Un joven celebra su salida del clóset: ¡trece años de libertad!

Ángel Vallejos es un joven de 25 años. Estudia Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). Cuenta que, luego de leer varios post de Boquitas pintadas, decidió compartir su historia. Dice: “La semana que viene cumplo 13 años desde que descubrí que era gay y escribí un relato contando ese momento y un pequeño resumen de lo que pasó luego”.

Angel Vallejos

¡13 años de Libertad!

Corría el año 2004 cuando mi hermana mayor me invitó al cine, una salida de vacaciones de invierno junto a mis dos sobrinos, el que era su pareja en ese momento y el hijo de él. Ese día era el típico de esa época del año, frío, nublado y, a cada tanto lloviznaba. Salimos de su casa al mediodía, tomamos el colectivo, un viaje bastante largo desde Ciudad Evita hasta el microcentro.

Nos bajamos en Av. Corrientes y Av. 9 de Julio, y de allí nos fuimos caminando hasta Florida. Antes de ir al cine, entramos a un barcito, donde comimos hamburguesas. La idea era que mi hermana y mi sobrina fueran a ver “Erreway” y mi ex cuñado, su hijo, mi sobrino y yo a ver “El Hombre araña”. Sinceramente no me agradaba mucho ese plan, entonces luego de tomar coraje le dije a mi hermana que prefería ir a ver la película de Rebelde way y, por suerte, estuvo de acuerdo.

Cada grupo fue a su sala a ver su película, al terminar nos encontramos a la salida del cine. Ya era hora de regresar. Fuimos caminando hasta la parada, y cada vez lloviznaba más fuerte. Al tomar el colectivo, todos se sentaron atrás de todo y yo en último asiento de dos antes de llegar a los cinco del fondo… para que se imaginen bien la situación, el colectivo era esos que tiene puerta en el medio y no atrás.

Todo iba muy tranquilo hasta que algunas paradas después subió un hombre: digamos que de 30 años (soy muy malo indicando edades a las personas), estatura promedia, morocho, pelo corto, anteojos, traje y sobretodo.

Yo desde el fondo lo ví y sentí algo en la panza, algo que en ese momento no lo podía terminar de entender ni asimilar.  El joven sacó su boleto, se dirigió hacia el fondo y se sentó en el asiento de adelante mío.

¿Qué me estaba pasando? Entendía y a la vez no. Al llegar a Mataderos, se bajó en Zequeira y Lisandro de la Torre. A pesar de que ya no estaba igual seguía pensando en ese extraño, que vaya a saber cómo se llamaba. Al volver a mi casa mi cabeza no paraba, era toda una revolución.

Días después volví al colegio y el interés por los chicos iba aumentando, pero nadie podía saber. Ya de por sí me hacían bullying, no me quiero imaginar lo que me hubieran hecho si se enteraban de este secreto. Como dice la canción de Arjona: “Que no sepan los chicos en la escuela, que se le van los ojos en gimnasia”, o en mi caso en el recreo.

Con tan solo 12 años debía guardar este gran secreto sin poder confiar en nadie. En esa época no tenía amigos y obviamente con la familia siempre es más difícil de hablar de estos temas.

Al terminar noveno grado fui a otro colegio: borrón y cuenta nueva. En esta nueva escuela nadie me conocía, entonces intentaba relacionarme más con mis compañeros, en especial, con las chicas (siempre me he llevado mejor con las mujeres que con los hombres). En cuestión de semanas por fin podía decir que tenía amigas.

El 18 de abril de 2007, por primera vez, pude compartir mi secreto con dos de mis compañeras: Silvia y Mariel. No recuerdo cómo se los dije pero no tuve rechazo de ninguna de las dos. Al poco tiempo se los conté a Micaela y María Eugenia y así fui contándoles de a poco a cada una de mis compañeras. Con ellas, estaba todo bien pero no era lo mismo con mis compañeros, ellos preferían alejarse.

Luego de 3 años de silencio ya tenía mi grupo de amigas con las que podía hablar, compartir mis sentimientos, contarles de quién estaba enamorado y hasta mis miedos. Sin embargo debía dar otro paso en este camino, necesitaba ser libre en todos lados, no solamente en el colegio sino también en mi casa pero eso no era tan fácil.

Era el domingo 26 de agosto del 2007, una mañana fría y lluviosa. Me desperté y algo en mí me dijo: “Este es el momento”. Me levanté de la cama y me fui al comedor donde esta mi mamá. Me senté frente a ella… no me salía las palabras, movía la boca pero no emitía sonido. Hasta que salió: “Necesito contarte algo, pero no se como decírtelo”.

Después de varias idas y vueltas me animé a decirle: “Me gusta los hombres”. Ella respiró profundo y me contestó: “¡Ah! Era eso”, luego me dijo que lo pensara bien, que tal vez sea algo de la adolescencia y algunas cosas más. Al finalizar la conversación se fue a comprar para hacer la comida y yo aproveché para llamar a mis amigas y contarles lo que había pasado.

Desde ese día no hemos hablado más de ese tema, con el paso de los años lo fue aceptando pero no fue fácil. Luego de eso me costó contarles al resto de mi familia. Mi plan era hablarlo con mi mamá y luego con mis hermanas, pero ya no me animé… así que dejé que se enteraran solas mediante post y comentarios que hacía en Facebook. (a veces, escribirlo es más fácil que hablarlo cara a cara).

Algunos meses después me animé a hablarlo con mi sobrina, con la que había ido al cine y, al igual que con mis amigas, obtuve su aceptación.

Antes de terminar no puedo olvidarme de ellos: mis amados mal de amores.

Desde aquel invierno de 2004 hasta hoy, tantas veces me he enamorado, tantas ilusiones llevadas por el viento. Lamentablemente no he tenido suerte en el amor, siempre fijándome en el que no correspondía: en los que no son gay o en lo que sí lo es pero tiene pareja o directamente no se fija en mí.

Pero no me doy por vencido, sé que algún día aparecerá el hombre que me ame, mientras tanto escribo historias (cuentos y novelas cortas) con esas ilusiones que no se cumplieron.

Hace algunos días justamente le contaba a una amiga que las historias que escribo son producto de mis mal de amores, esa fue la forma que encontré para hacer “realidad” esos pensamientos que tenía con esas personas que quería hasta que descubría que no eran para mí.

Además, le comentaba que el día que encuentre el amor dejaría de escribir o, por lo menos, en ese género, ya que a esa historia la viviría en la realidad y ya no en mi imaginación.

En fin cada vez que paso por esa esquina de Mataderos me emociono y me pongo a pensar tantas cosas vividas, tantas anécdotas por contar, he reído, he llorado, he sido feliz y he estado triste pero fundamentalmente he sido libre… nunca he sentido vergüenza de ser gay. Hoy dejé de buscar la aprobación de la gente, solo busco estar en paz conmigo mismo y manejarme lo mejor posible en la vida, porque como le dijo el padre de Pepito Cibrián al enterarse que era gay: “Se es hombre en la vida, no en la cama”. Esa es mi frase de cabecera.

 

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Sin comentarios

¿Cómo fue contarles a mis amigos que soy gay?

Los amigos son ese envión necesario para casi todo en la vida. Cuando la decisión es salir del clóset, son el puntal poco menos que esencial. Así lo vivieron Tito y Nicolás, dos lectores de Boquitas pintadas que comparten su coming out y ponen especial énfasis en la importancia de los amigos que, en ambos casos, acompañaron sus procesos sin juzgarlos.

Me detengo especialmente en el testimonio de Tito, para quienes sus tres mejores amigas son las únicas que conocen su “secreto” porque, pese a reconocerse gay desde hace años, aún no pudo contárselo ni a sus padres, ni a sus compañeros de trabajo. Sin sus amigas estaría solo con su ser en el mundo.

Después de las historias de Tito y Nicolás, dos ex integrantes del grupo de reflexión que coordina el lic. Alejandro Viedma en la organización Puerta Abierta, el psicólogo Adrián Barreiro reflexiona sobre la liberación y el alivio de quien logra salir del clóset, contarle al mundo lo que verdaderamente es, dejar de “vivir a medias”. Y hace hincapié en lo importancia de contar con amigos…el mejor “refugio”.

Foto: Facebook Cesar Augusto Freire

Foto: Facebook Cesar Augusto Freire

 

Las amigas, testigos del gran secreto, por Tito

 

Cuando decidí por primera vez comentar que soy gay fue a mis mejores amigas de la facultad. Las invité a ir a la casa que tiene mi familia en La Pampa y en el viaje paré al lado de la ruta para decirles, muy nervioso, que les quería contar que a mí me gustaban los chicos y que me costaba mucho la situación por tener padres judíos ortodoxos.

Todas me dieron su apoyo y me dijeron que se habían dado cuenta que venía la mano por ahí, y que si me hacía feliz que le diera para adelante con el tema; después, en el fin de semana que vivimos en la casa de Santa Rosa, hablamos mucho.

Recuerdo que en la previa estuve ansioso y preocupado, intranquilo, pero creo que en el fondo sabía que no me encontraría con un rechazo de ningún tipo, de hecho todas las personas allegadas a las cuales les conté me aceptaron bien, nunca me rechazaron, ni nada por el estilo.

Será que uno elige bien a quién confiarle este “secreto”, porque hoy en día aún no pude hablarlo con nadie de mi familia y, al ser profesor de dibujo y pintura de niños y adolescentes, obviamente no puedo compartir esto en los colegios en donde trabajo.

 

 

Ese amor incondicional, por Nicolás

 

Un fin de semana largo de abril de 2006, nos juntamos a tomar algo con mi mejor amigo, en la casa de mi abuela en Zárate. Estaba algo nervioso porque sabía que era el momento de hablar con alguien sobre mi orientación sexual. Por ese entonces tenía 17 años.

Ya hacía tiempo que había decidido que ese “alguien” fuera mi mejor amigo, a quien había conocido cuando estábamos en 2º grado. Habíamos ido construyendo en el día a día una amistad como pocas. Realmente necesitaba compartir esto que me estaba sucediendo, que no podía seguir negando y que me movilizaba tanto.

Cuando finalmente logré poner en palabras “Soy gay”, él se puso de pie, acercándose a mí con los brazos abiertos para estrecharnos en un fraternal abrazo. Me dijo al oído: “Gracias por confiar en mí. Sabés que te apoyo y siempre voy a estar para que cuentes conmigo”. Palabras que han quedado grabadas en mí.

Creo que ese fue uno de los mejores momentos de mi vida porque sentí cerca mío un amor realmente incondicional, el amor fraterno.

 

 

La salida del clóset y los amigos
por el Lic. Adrián Barreiro *

 

Mucho se habla acerca del salir del clóset o del armario y poco se dice acerca de lo que significa estar dentro de él. Esta expresión tan coloquial remite a una experiencia vital que marca un antes y un después en la vida de algunas personas. Salir del clóset es ni más ni menos que dar a conocer quién un@ es,  hacia quién dirige su deseo, a quién ama o con quién se erotiza, todo ello en una integración armónica. Esta salida es algo que no le pasa a las personas heterosexuales, motivo por el cual es una vivencia, se podría decir, privativa de las lesbianas, los gays, los bisexuales y las personas trans.

Estar en el clóset es vivir a medias, una vida en parte real y en parte de ficción, aparente…es tristeza, soledad, negación, engaño, depresión…

Existe, no obstante, una salida del clóset primordial, única, irreversible que es aquella que tiene que ver con uno mismo, la de la habilitación interna, con la aceptación de quién se es, de cómo se ama y de su realidad. Es la realidad de asumirse, de integrarse.

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A partir de allí, surge la necesidad de contarlo al mundo, pero también surgen los temores y las ansiedades, ¿me seguirán queriendo?, ¿me aceptarán?, ¿qué va a pasar de ahora en más? Pueden coexistir sentimientos contradictorios, emociones ambivalentes. Pero, sin duda, esa persona estará más liviana y más libre.

Y ahí, en ese primer lugar de libertad, se necesita mucho a los amig@s. A esos otros, esos pares que serán la primera red de contención, de aceptación por fuera de un@, de reconocimiento e incondicionalidad. Son los que harán posible que el secreto pueda circular, se aliviane y que ser quién un@ es ya no sea tan secreto. Ayuda muchísimo tener un primer terreno seguro en donde caminar, ese terreno que brindan los amigos y que prepara para el desafío de avanzar en la salida del clóset para con esas personas primarias significativas, primordiales: las que forman parte de la familia. Y esos amigos serán también el refugio en el caso de destierro, cuando la familia, no apruebe, rechace o expulse.  Sin los amigos tal vez habría tanta soledad dentro como fuera del armario.

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Sin embargo, sabemos que no se sale del armario de una sola vez. Se sale de a poco, a través de un proceso, y, dependiendo del ámbito social, del contexto histórico, se puede salir parcial o totalmente. Pero hay una salida que es única y es aquella en la que una persona se puede fundir en el abrazo de un amig@, se pueden sostener en la mirada de sus ojos y se pueden mostrar sin temor las lágrimas de pacificación, de liberación y de alegría.

* adrianfbarreiro@hotmail.com

 

¿Cómo fue para vos contarle a un/a amigo/a? ¿Qué pasó después?