Sandra Russo: “El patriarcado es un sistema de castración para todos y todas”

 

La escritora y periodista Sandra Russo, esta vez, se anima a un libro que, en diferentes registros, reflexiona sobre “lo femenino”. En vísperas de la marcha por #NiUnaMenos, en diálogo con Boquitas pintadas habla de los orígenes de esta obra en la que viene trabajando con variados apuntes desde hace mucho tiempo.

Alejada de la perspectiva que suelen ofrecer los libros de autoayuda acerca de las mujeres, Russo lanza preguntas sobre la feminidad en textos que hablan del malestar de lo femenino a partir de un relato personalísimo centrado en la vida de su madre, de los diferentes tipos de patriarcado y, también, de los femicidios que se cometen cuando las mujeres toman la decisión de separarse.

Además, en su libro hay una historia de vida transexual que aborda un tema muchas veces tocado en este blog: la posibilidad de alguien de asumir su propia identidad de género y vivir en consecuencia. En este libro diverso también se incluye un ensayo que es un contrapunto político y estético entre Cristina Kirchner y Ángela Merkel, para problematizar el tema del sexismo en la política.

 

Lxs invito a la entrevista y, también, al libro. Especial para estos días de reflexión sobre violencia de género #NiUnaMenos #VivasLasQueremos.

-¿Cómo surge la idea de este libro?

-Como se puede ver a través de su lectura, este libro consta de apuntes que fui tomando a lo largo de mucho tiempo sobre cuestiones acerca de lo femenino. Fui pensando en esos temas, que a veces eran pliegues de otros temas sobre los que trabajaba en los últimos años, porque naturalmente es una temática que me interesa, me atrae, deviene de muchas preguntas que cualquier mujer se hace sobre su propia feminidad. Sobre mujeres suele haber muchos libros en el registro autoayuda, o de humor, o directamente de psicoanálisis. Yo quería encontrar otra cuerda para tocar. En cierta manera, todo el libro habla de un malestar de lo femenino, abordado desde diferentes puntos de mira.

-¿Por qué combinar estos 6 textos de registros tan diversos? ¿Qué trama buscabas con esos “hilos” de tan distinto espesor?

-Si bien trabajé en radio y en televisión, mi trabajo de hace más de treinta y cinco años se sostuvo en la gráfica. Para mí la escritura siempre es la base del pensamiento. Y a lo largo de tanto tiempo, exploré en diferentes la laburos distintos registros que quise usar como herramientas. Por ahí a un lector le funciona más un registro que el otro, pero creo que en todos está mi voz. Hay un relato muy personal, sobre mi madre y su locura, que se entremezcla con un ensayo sobre la abnegación femenina, un segundo ensayo sobre los bonobos y los chimpancés, donde uso bibliografía de primatología, pero lo intervengo con reflexiones políticas. Otro ensayo tiene que ver con una exposición sobre diferentes tipos de patriarcado y sobre los femicidios que se cometen porque las mujeres toman la decisión de separarse. Hay una historia de vida transexual, que llevó a Eduardo Alemán a convertirse en María Laura. Hay un contrapunto político y estético entre CFK y Angela Merkel. Y hay un cuento, pura ficción, que habla de las viudas en las tragamonedas. Todo junto yo creo que da un abanico de temas interesantes que espero que sean de lectura honda pero entretenida.

-¿Cómo explicás la cuestión de que lo cultural desarrolla (y habilita) un tipo de feminidad predominante? ¿Por qué esa manera de ser puede funcionarnos como un latigazo, un malestar en ciertas mujeres? ¿Qué viene a decir el relato de tu madre en relación a esto?

-Bueno, ésa es una de las preguntas del libro. Porque no se trata sólo de la cultura judeocristiana. Cando hablamos de patriarcado a veces pensamos todo desde nuestra propia cultura. Pero a las chinas les quebraban los pies para que fueran un fetiche cultural, y a las mujeres africanas, en varios países todavía, les cortan el clítoris sus propias madres. Ahí se ve más claramente como en los distintos patriarcados y a través de distintos mecanismos las mujeres en tanto madres somos replicadoras e instructoras del pensamiento patriarcal. Si estamos bajo la influencia completa de esos pensamientos dominantes, que nos asignan a las mujeres no sólo engendrar y parir a los hijos, que es lo que surge de nuestra biología, sino además criarlos y permanecer con ellos en el ámbito privado, el  malestar es inevitable. Hace dos segundos históricos que las mujeres nos pensamos a nosotros mismas como seres autónomos. Venimos de siglos y siglos de aceptar el rol cultural asignado como parte de nuestra esencia femenina. Y no lo era. Se podía ser mujer de otro modo. En la figura de mi madre yo leí esa frustración, esa contradicción interna que no pudo resolver, pero si hablo de ella es porque no creo que sea una historia demasiado singular, aunque yo le doy mucho volumen a su historia. Creo que ella representa a muchas mujeres de su generación y de generaciones anteriores que nunca se preguntaron honestamente sobre sus deseos.

Sandra Russo, en un espacio de militancia

-¿Por qué creés que aún hoy hay que aclarar que a quienes no sienten el deseo de ser madres no les “falla” nada? ¿Ese es como el “mandato de los mandatos” en relación a lo femenino?

-Por lo mismo que te decía antes. El patriarcado nos toma primero como criaturas que alcanzan la satisfacción sólo con la penetración real y simbólica de un hombre. Para el patriarcado el sexo es solamente reproductor. De eso de desprende que las mujeres buscamos en la relación sexual, indefectiblemente, un hijo. Y cuando el hijo llega, solos quienes nos ocupamos del maternazgo, esto es: es nuestra responsabilidad criarlo, educarlo, ser el contacto y el nexo entre ese hijo y el mundo. No hay nada en nuestra biología que indique que una crianza compartida con el varón o con la comunidad sea menos “femenina” que la que lleva adelanta la madre con exclusividad. Por supuesto, si una mujer, bajo esta óptica, no siente el deseo de ser madre, no cumple con los requisitos de la feminidad esperada. Y en ese caso no es un problema de la mujer, son de la cultura.

-¿Qué rescatás como aprendizaje entre primates y esas alianzas que tejen entre las hembras?

-Como a todos los que se enteran de su existencia, los bonobos me fascinaron. Viven en una armonía que desconocemos, y que desconocen también los chimpancés. Con ambas especies compartimos el 98 por ciento de nuestro ADN. Los bonobos no violan a las hembras, no cometen infanticidio, no llegan al derramamiento de sangre. El sexo, que es bisexual, es el regulador de la vida de la comunidad. Pero tanto en bonobos como en chimpancés hay empatía. Esto me importa mucho. Las dos especies registran su capacidad de ponernse en el lugar del otro y hacer algo para evitarle dolor. Esto significa que no es la cultura, ni la “humanidad” lo que creemos “humanitario”, sino una pulsión a veces más fuerte que la hostilidad, que hace que necesitemos ser solidarios, es una energía biológica. Es un capítulo con mucha información y muchas preguntas que se hacen también los primatólogos en relación a la violencia. Las hembras bonobo, por su parte, tejen alianzas permanentemente para controlar la violencia de los machos, y saben cómo apaciguarlos. Los chimpancés, por su parte, son capaces de matar por celos. Los bonobo no. Entre otras cosas, porque las hembras bonobo no exudan ningún olor cuando ovulan, de modo que no habría manera de que los machos se disputen a una hembra en celo para fecundarla y prolongar un linaje. Entre los bonobo no existe esa tensión.

Lo femenino, de Sandra Russo

-El contrapunto político y estético entre Cristina Kichner y Ángela Merkel, ¿qué te permitió concluir en relación al sexismo?

-Básicamente, que no hay una “feminidad del poder”. No importa si una mujer con poder político tiene el pelo largo o corto, si es coqueta o no, si usa tacos altos o no, si sabe cocinar o no. El entramado mediático, que responde a un lineamiento patriarcal, no se detiene en ningún rasgo femenino para exaltarlo o criticarlo por sí mismo. Lo que importa es qué políticas aplica esa mujer. A partir de eso, que es lo único que importa, decide si un zapato sucio significa mal gusto y dejadez personal, o si significa preocupación por las cuestiones de Estado y contracción al trabajo. Es decir, el sexismo existe, por supuesto. Pero es un ariete. Una herramienta que se usa al servicio de cuestiones más permanentes que el alto de un taco. Como trataron los medios a CFK ya lo sabemos. A Merkel la  gran prensa europea hasta le perdona que sea una mujer, como sucedió muchos años antes con Thatcher.

-¿Qué vinculación encontrás entre la violencia de género -expresada en extremo en miles de femicidios- y el patriarcado hoy vigente?

-Todas las vinculaciones posibles. Decía antes que un alto porcentaje de los femicidios se dan cuando la mujer decide poner fin a una relación. El patriarcado, dice en alguna parte el  libro, lo primero que nos quita a las mujeres es el poder de decisión. Muchos varones no terminan de aceptar psíquicamente que las mujeres no son cosas que poseen y de las que no pueden despojarlos nadie, ni siquiera la propia mujer. Y me parece interesante también la idea que el patriarcado no es un partido entre varones y mujeres, sino un sistema de castración para todos y todas. El patriarcado es cruel con las mujeres, pero no hace felices a los hombres.

-La historia de transición de la identidad de género de Eduardo en María Laura, ¿Qué te permite pensar de lo femenino? ¿Más allá de esta historia en particular, en qué sentís que colabora socialmente la visibilización de esta realidad históricamente negada?

-La de Maria Laura es una historia fabulosa porque ella no tiene un tipo de feminidad previsible. No quiere ser una mujer hermosa, ni flaca, ni con tetas, ni nada de eso. Ella quiere ser la mujer que es. Hace no muchos años era un hombre que jugaba al rugby y era padre de tres hijos. Hoy sigue siendo padre de esos hijos, pero es una mujer que dirige coros infantiles y canta sus canciones, que no tiene mucho pelo pero lo tiene decolorado como siempre le gustó, y que transmite la paz que haber luchado contra sí misma y contra los demás, y haber logrado llegar a su propia identidad. Es una mujer totalmente admirable.