Marta Dillon, sobre Albertina Carri: “Juntas soñamos la familia que tenemos”

 

Marta Dillon; foto: Alejandra López

El libro Aparecida, de la escritora y periodista Marta Dillon, es la historia de la búsqueda de su madre desaparecida y es, también, una historia de amor. El amor de una hija a su madre, con la que compartió sólo los años de su infancia, pero que la convirtieron en la mujer que es hoy. “Siento que me parezco a mi madre en su garra por vivir, por amar, por consolar, por reírse, por desafiar lo impuesto”, dice Dillon a Boquitas pintadas.
El libro, esta mezcla de autobiografía, crónica, investigación y relato poético, es también la historia de amor de esa mujer, Marta Dillon, y su hija Naná, con quien transitó esta búsqueda del cuerpo de su madre desaparecida. “Mi hija supo decirme que mi mamá no es sólo mía, que también es su abuela, por ejemplo. Siempre encuentra -o encontró- maneras de aliviarme y a la vez de ponerme en mi lugar”, cuenta la autora.
El libro también es, por qué no, la historia de amor de Marta Dillon y de su compañera, la cineasta Albertina Carri, con quien se casó y tuvo un hijo, Furio, que acaba de conseguir una triple filiación y ya tiene su partida de nacimiento con los apellidos de sus dos mamás y de su papá. Albertina Carri aparece desde la primera página hasta la última: “Es la compañera con quien comparto la vida, las decisiones, las alegrías, las tristezas. Juntas soñamos la familia que tenemos, juntas nos apañamos, juntas hicimos las exequias para mi madre”.
Aparecida es un libro conmovedor, angustiante y bello a la vez, quizá por esa búsqueda desde el lenguaje que emprendió Dillon. En esta entrevista con Boquitas pintadas la autora se explaya acerca de ésta, su nueva obra.
- ¿Cuál fue tu intención con este libro?

- No sé si un libro se escribe con alguna “intención”, al menos yo no podría ubicarla en tanto “a priori”. Sí puedo decir que este libro se impuso, que a la vez que buscaba lo que quería escribir sobre mi madre buscaba también el lenguaje, la escritura. Creo que hay algo que se aprende en la relación con la madre y que da como fruto la lengua, esa miel que permite invitar a otrxs a saborear lo que una paladea. No quisiera ser rebuscada, pero se trata de eso, de ir al encuentro de ella y a la vez de ir al encuentro de la escritura. Siempre sentí que TENIA que escribirlo, para poder después pasar a otra cosa, otra cosa que ya se verá.

- Tu búsqueda como hija mujer, ¿cómo se diferenció de la de tus hermanos? ¿Cómo lo viviste vos como mujer y como la mayor de todos?

- Ser la mayor me dio más tiempo de convivencia con mi madre, me permitió una memoria más consciente de ella, me dejó guardar conversaciones, olores, discusiones, enojos, juegos; me permitió verla embarazada y amamantando, sufrir por amor y volver a enamorarse. Me permitió verla en la alegría por la militancia. Mi búsqueda fue de ella pero también de un clima que viví con ella, un clima en el que los compañeros y las compañeras eran parte de la familia, en que ese concepto de “familia elegida” que tanto circula ahora tuvo un valor cuando yo era chica, en el que desear más de lo que nos era dado no sólo era posible si no algo parecido a un deber vital. Por eso creo que parte de mi vida tal como es ahora fraguó en esa búsqueda. Y me da mucho orgullo. Ser mujer, supongo, me dio un vínculo distinto con ella pero también una añoranza más profunda de su cuerpo, de reconocerme en su cuerpo; me acuerdo que de chica veía a amigas o primas tener cierta complicidad con sus madres y la observaba con una nostalgia incalculable.
Portada del libro Aparecida, de Dillon; editorial Sudamericana

Portada del libro Aparecida, de Dillon; editorial Sudamericana

- ¿Cómo fue compartir la búsqueda de tu madre y su “aparición” con tu hija Naná?
- Con mi hija Naná hemos pasado de todo, desde los tiempos de la impunidad más absoluta, después del indulto y a principios de los 90, cuando se formó HIJOS y ella me acompañaba a las asambleas y se quedaba dormida entre discusiones hasta la posibilidad de que me tome de la mano en los momentos en que yo más lo necesitaba, cuando por fuerza de esta aparición de los restos materiales volví a sentirme solamente hija. Ella tiene una claridad que yo no tengo. Así como cuando era chica me dijo una vez que tenía miedo de que volvieran los militares y yo trataba de convencerla de que eso no iba a pasar y entonces ella me descerrajó: “¿Y por qué no van a volver si hicieron de todo y no les pasó nada? ¿o no dicen ustedes -por HIJOS- que los asesinos caminan muy tranquilos por la calle?” También es capaz de llamarme a silencio, de reclamarme cuando hago las cosas sin participarla, de decirme que mi mamá no es sólo mía, también es su abuela, por ejemplo. Maneras que encuentra -o encontró- de aliviarme y a la vez de ponerme en mi lugar. Esto -todo esto- no me pasó a mí, nos pasa a todas y a todos. Y a la vez, la que puso el cuerpo es mi madre y yo tuve que aprender a ponerlo a salvo, también por la presencia de mi hija Naná.
Marta Dillon tiene, además un hijo, Furio, con su esposa Albertina Carri. Hace pocos días lograron que se lo reconociera con el triple apellido: el de las dos mamás y el del papá, el diseñador Alejandro Ros. La triple filiación de Furio Carri Dillon Ros es la primera que se consiguió en la ciudad de Buenos Aires.

- Desde la primera página nombrás a tu compañera Albertina, ¿por qué fue importante para vos dejar sentada su compañía desde desde el principio al final del libro?

- Bueno, es mi compañera, la compañera con quien comparto la vida, las decisiones, las alegrías, las tristezas. Además de que ella sabe de qué se trata, su papá y su mamá están desaparecidos. Sabemos también de elegir la vida que queremos más allá de lo que se espera de nosotras, sabemos de gozar tanto como de caer en pozos de profunda tristeza. Juntas soñamos la familia que tenemos, juntas nos apañamos, juntas hicimos las exequias para mi madre. Siempre nos preguntan qué hubieran pensado nuestros padres, qué pensarían de nuestra relación, del matrimonio igualitario, etc. Y no lo sabemos, intuimos por el modo en que compañerxs de esa época están siempre cerca alentándonos que él -Roberto Carri- y ellas -Ana María Caruso y mi mamá, Marta Taboada- hubieran sido felices con nosotras. A lo mejor es una manera de contestar a esa pregunta insistente. Pero sobre todo, si está en el libro, es porque somos una pareja creativa, trabajamos juntas a veces, soñamos juntas siempre, elaboramos nuestras vidas en largas noches robadas a las rutinas cotidianas. Somos una pareja y también un equipo.

- El libro también deja ver el recorrido de los diferentes momentos de relación de ustedes; entre éstos, el casamiento: ¿Cómo fue vivir ese momento en medio de la reconstrucción que estabas atravesando?¿Qué dudas, qué certezas, que sentimientos se fueron mezclando?

- Sobre el dolor, el deseo. Sobre el dolor, saber que estoy viva. Sobre el dolor, todo lo que vamos construyendo como certeza de que hay red para caerse y volver a saltar. De algo de todo eso se trató. Es cierto que yo vivía una realidad paralela mientras nos ocupábamos de ver qué dar de comer y beber a lxs invitadxs, pero nunca dudé de que tenía que haber fiesta. De alguna manera, mamá llegó para la boda. Y era un triunfo casarnos en el sentido de que habíamos arrancado un imposible más de ciertas listas; aun cuando tal vez nunca me hubiera casado en una relación heterosexual, en nuestro caso aportaba otro sentido a ese rito, a esa institución. Y además era la posibilidad más cierta de convertirme también para el Estado en la madre de mi hijo menor, así que era una fiesta con una dimensión política importante. Y para mí era todo un homenaje a la “aparecida”, aunque de a ratos sintiera culpa o sintiera que debería estar haciendo otra cosa y no probándome vestidos negros para ese día.

- ¿En qué sentís que te parecés a tu madre? ¿Qué aprendiste del tiempo con ella? ¿Y del tiempo sin ella?

- Siento que me parezco a mi madre en su garra por vivir, por amar, por consolar, por reírse, por desafiar lo impuesto. En el tiempo con ella aprendí el valor de la amistad, aprendí las caricias, aprendí una manera de amar tal vez desprolija, tal vez demasiado arrebatada o apasionada -aunque no sé por qué digo tal vez, si me gusta. Aprendí a hacer polenta, a cuidar a los más chicos, aprendí que la injusticia es una garra en el pecho que hace sangrar, aprendí a hacer pan con manteca y azúcar, aprendí a avergonzarme de mis privilegios y también a gozar de mis privilegios. Aprendí a compartir. Y también aprendí lo que era un asalto, esas fiestas bailables en las que todos y todas llevan algo. 
Del tiempo sin ella aprendí la nostalgia, aprendí a hacerme fuerte, aprendí a luchar con otros y otras por las mismas causas, a inventar causas por las que pelear, aprendí que no hay dolor ni miedo que no pueda convertirse en acción. Qué se yo, mi vida sin ella es tanto más larga que la vida con ella que supongo que aprendí a ser quien soy, aunque para eso la presencia y la ausencia de la madre tallaron cada una lo suyo. 

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  • mara

    familia? mmmmm

    • wally

      tenés razón, familia no hay cómo la heterosexual del odontólogo barreda!!!!!!!!!

    • Juan Diamante

      Si, Familia.

  • Carolina Fairstein

    siempre que leo a marta dillon me emociono hasta las lagrimas, son unas genias ella, albertina nana, furio y toda esa familia ampliada de la que dan muchas ganas de formar parte! ya me estoy comprando el libro. mil gracias por todo