Alejandro Modarelli, sobre su libro La noche del mundo: “Nace de un trauma gozoso”

 

La noche del mundo, de Alejandro Modarelli, “nace de un trauma gozoso”, dice su autor. “La experiencia del coma inducido puede resultar más poderosa que una ficción”, dice. Y así comienza este diálogo con Boquitas pintadas acerca de este libro de crónicas que ya inició su recorrido por la Argentina y que hoy se presenta en Chile.

Alejandro Modarelli

-¿Por qué escribir La noche del mundo?

-La noche del mundo nace de un trauma gozoso, un neumotórax en vuelo entre Bogotá y Buenos Aires. Dejó una herida pulmonar que se convirtió en la vía regia para irme a otros mundos posibles de visita, incluso de visita sexual. No la pasé tan mal. La experiencia del coma inducido puede resultar más poderosa que una ficción. Cada vez que me despertaba, mientras hacían el intento de desconectarme de una máquina de respiración asistida, le pedía a mi hermana Constanza que recordase lo que le iba contando de esa noche del mundo. Me gustaría que la lectura del libro funcionara un poco, al menos, como La ventana de los sueños, de Fogwill. Si todo se abre con el descenso a un infierno, se cierra más adelante con la resurrección de la carne en Egipto, un país que a lo largo de estos años es la manera que encontré de nombrar el deseo. Obviamente, porque ahí los excesos lípidos son bienvenidos y ya ves lo gordo que estoy; creo que es así en todo el mundo árabe, donde no ha triunfado el modelo del maricón, el gay asimilado a una estética y un modo de vida celebrados y confortables, en el que no encajo. Podrías pensar que escribo desde el resentimiento, y tendrías razón. Pero el resentimiento también es un prisma provocador y fuente de inspiración.

-¿Por qué elegiste el registro de crónica?

-La crónica me permite darle un orden supuesto a una mente como la mía que se dispara para cualquier loma o cualquier pozo. Supongo que además se corresponde con la experiencia de la época, lo fragmentario, el cruce, la frontera. Me encuentro cómodo en la crónica, me divierto incluso inventando al pie de página una batalla permanente entre autor y editor. Alguien me dijo: pero cómo permitís que el editor te menosprecie de esa manera…y es que ese editor en realidad es un vigía interior que pone de resalto mis dudas, mi esquizofrenia. Claro que la crónica urbana como yo la concibo nada tiene que ver con ¨tomar el pulso a la ciudad”, como dice el lugar común, sino más bien con tomarla de la bragueta. La ciudad se ofrece de un modo o de otro bajo la forma de un eros. Y hay que dar testimonio de ese eros. Incluso cuando pareciera que no corresponde. Si vamos a hacernos los desentendidos con el sexo, nos quedaremos siempre encerrados en los barrios más solemnes.

-¿Cómo trabajás  el lenguaje para que los textos combinen un estilo erótico, pasional, onírico, irónico?

-El estilo emerge de un cruce de influencias, creo, que no es consciente de sí mismo. Se va estabilizando y, a la vez, opone resistencia. Por otra parte, es la manera que uno encuentra de habitar el lenguaje del mismo modo que uno vive, cree o quisiera vivir. Soy trágico y soy cómico, una zorra y un monje budista, en cierta forma todos lo somos. Alcanza con un cambio de posición frente a las cosas y aparece sobre las ruinas la ironía, y bajo el calzoncillo la tanga; sobre un mundo que desaparece, interno, externo, qué otra cosa mejor que ponerse a bailar sobre el volcán. En mi escritura, el trabajo es sobre los materiales y de modo obsesivo sobre el lenguaje. Los destellos que pudieran emerger son consecuencia de la lectura de autores barrocos maricones. Que caminan por el desfiladero de lo cursi, sin nunca caerse.

Portada de La noche del mundo

-¿Hay una intención de homenaje a personajes como Lemebel, Perlongher, Chavela?

-Imaginate que una sección del libro se llama Necrofilias, que no son necrológicas, sino textos apasionados sobre personajes inmensos que tuvieron sobre mí tremenda influencia. Por lo revoltosos, por inadecuados, por vivir su sexualidad con libertad en épocas en que había que bancarse el insulto cotidiano, pasar el trapo por el piso de las comisarías o callarse incluso cuando el propio cuerpo gritaba lo que eras. Para quien busca un lugar en ese sitio de desborde, de inadaptación al régimen estético y bancarizado que triunfa, no está nada mal dejarse llevar por esas biografías, hacerlas de alguna manera parte de uno, y celebrarlas con esa intensa liturgia con que en México, por ejemplo, se celebra y se conversa con los muertos amados.

-¿Hay cierta melancolía de tu parte por los espacios de la homosexualidad perdidos? (estoy pensando en los cines xxx, por ejemplo?

-Hay toda una generación que añora la política amorosa de las calles. Esa economía desarrollista del deseo: en todas partes, en la ciudad, se levantaban fábricas de sexualidad. Bajo los puentes, en los cines porno, en los baños de estaciones ferroviarias. Esa aventura era rica en posibilidades de reconocimiento propio y del otro. Las cosas no se descifraban de antemano, con esa sobrecodificación de los objetos sexuales pretendidos. Hoy las aplicaciones de Internet para encuentros sexuales plantean un malentendido: una foto que es un simulacro de un simulacro. Si en la calle alguien posa de algo, puede que te mienta pero a la vez te seduce, pone el cuerpo animado y la voz en un contexto. Ya sabemos que es un simulacro, pero bien logrado. En las aplicaciones o en la cam hay un efecto de descreimiento de antemano. Si dice tal edad, hay que sumarle diez años; si dice morrudo, es que es gordo. Si se le ve el pito, la toma seguro que es desde una posición que lo aumenta de tamaño. Quizá sea eso lo que hace tan complejo el levante ahora. Como si fuese imposible, por falta de fe, encontrar lo buscado, en un paraje desierto y a la vez superpoblado. En ese sentido, y dadas las condiciones de la mercancía que pongo en juego, no me queda sino el recurso de la melancolía y el resentimiento creativo. En un universo erótico donde todos se reclaman divinos, nadie quiere ser el primero en enamorarse porque cree que pierde la competencia olímpica.

-En el libro se lee un tono de rebeldía: ¿contra qué te rebelás en estos relatos?

-Me revelo, entonces, contra un modelo gltbi que se globalizó y del que, extrañamente, todos dicen sentirse afuera. Extrañamente debería leerse como extraña-miente. No les creo. Si hay algo que hemos visto estos últimos años es que más fuerte que la fraternidad en la identidad sexual o de género, es la clase. Yo quisiera que la homosexualidad tuviese algo más interesante que ofrecer que el wedding planner, el crucero gay, Chueca, el peluquero de mascotas, un espacio refrigerado en los centros culturales o dos estantes de estudios de género o literatura de pequeños amores homosexuales en las librerías cancheras. Creo que es posible que quede algo todavía revolucionario en la homosexualidad, que interpele a la sociedad y ponga el cuerpo adelante de lo establecido, como sabemos hacer las locas. La fertilización asistida de lesbianas, por ejemplo, interpela todo el andamiaje de las políticas tradicionales sobre la reproducción. La verdad travesti, al provenir en su mayoría de la periferia, es un don que no puede ser del todo fagocitado por la compasión democrática liberal.