Aquella mañana estaba decidido a reencontrarme con vos. Desperté adolorido; los huesos gastados por el tiempo me reclamaban un descanso. Pero ya habría oportunidad para eso. En ese momento estaba empecinado en ir a verte.
Nuestra hija insistía en acompañarme; pero con la autoridad de padre que pareciera perderse con los años, le dije que me dejara solo.
Estaba tan desorientado sin vos, mi viejita. Pensar que pasamos por tantas cosas juntos y en tantas cosas fuiste más que una amante: fuiste amiga, fuiste hermana… hasta fuiste madre…
Hacía frío. Tal vez yo lo sentía más. Los años alimentan el alma de recuerdos pero también hacen vulnerable al cuerpo.
Yo sólo observaba… tratando de encontrarte en algún lugar entre la tierra húmeda y el cajón de madera escondido en ella.
Soy duro para llorar, pero en un descuido dejé caer algunas lágrimas de tristeza.
Me preguntaba por qué. Por qué se nos castigó con esta distancia tan intangible que no puede cortarse con una carta o una llamada telefónica.
Recuerdo aquel día en la clínica cuando me preguntaste si te iba a extrañar. No supe qué decirte, aunque la respuesta fuera tan obvia: lo que sucedía era que yo no quería extrañarte, si estabas al lado mío siempre, extrañarte era imposible.
Debiste haber notado mi expresión de temor al saber que pronto te irías lejos. Porque me tomaste la mano y me dijiste con una calma casi insoportable:
- Cuanto todo esto pase, volveremos a estar juntos-
Yo me limité a sonreírte, aunque no me causó demasiada gracia.
Me sequé las lágrimas y caminé hacia el parque. Di unas cuantas vueltas hasta cansarme. Contemplé aquel pequeño lugar con sauces llorones, escasos pero gigantes. El suelo estaba cubierto por una capa de césped verde y brillante que desprendía una fragancia que tranquilizaba el espíritu.
Me senté en uno de los pequeños y blancos banquitos que estaban distribuidos por el lugar y seguí recordando tus palabras aquella tarde en la clínica. Eran tan parecidas a lo que solías decirme en nuestra juventud:
- Cuando volvamos a vernos, me prepararás el desayuno y después me llevarás a la feria y allí elegiré las flores que más me gusten. Vos me las vas a comprar; así, cada vez que sienta su perfume, me voy a acordar de vos- repetías con tu voz ya abrazada por los años y la enfermedad que, sin embargo, no perdía su dulzura.
Descubrí entonces que me hacías tanta falta. Necesitaba esa jovialidad infinita tuya que me animaba a hacer las tareas de cada día con ganas y que me alentaban a despertar cada mañana.
Cuando enfermaste, la rutina se volvió pesada y aburrida. Si no iba a verte, entonces me desanimaba y todo me costaba el doble.
En ese momento de meditación me di cuenta de que la vida había perdido total sentido si no te tenía a mi lado; y las palabras que me habías dicho aquella tarde en la clínica comenzaban a descubrir la respuesta a mi incertidumbre…
Parecías tan emocionada, tan ansiosa; en tal magnitud que por un momento llegué a pensar que sentías verdadera alegría por morir.
La soledad en aquel parque comenzó a sofocarme; así que me encaminé al hogar en donde compartí los años más dichosos de mi vida en tu compañía.
Cuando llegué, el teléfono estaba sonando. Me apresuré cuanto mis piernas me lo permitieron para atenderlo. Era nuestra hija. Me preguntó si estaba bien (no, no estaba bien) y si me hacía falta algo (sí, vos me hacías falta). Yo le contesté que no se preocupara, que todo marchaba bien; que no me hacía falta nada. Producto de un inexplicable impulso que me apretaba el pecho y ahogaba mis pulmones, le dije que la amaba y que estaba orgulloso de ella.
Luego corté. El sueño invadió mi anciano organismo y por eso me dirigí a nuestro dormitorio. Me senté en la cama y observé el enorme ropero de madera oscura con sus dos puertas talladas rústicamente y aquel espejo incrustado en el medio donde solías mirarte siempre… te gustaba mirarte en el espejo… A mí me gustaba mirar cómo te mirabas…
Me dirigí al ropero. Abrí una de sus puertas y, apenas lo hice, percibí tu perfume. Un aroma a jazmines y dulce vainilla.
Aún conservaba tu vestido de novia. Lo saqué y lo abracé con fuerza, apretándolo a mi pecho, para inundarme de tu esencia. Luego lo tendí en la cama, en la mitad en donde vos dormías y, del otro lado, me acosté yo.
Cerré los ojos y soñé con el momento en el que nos casábamos. Cuando el cura pronunciaba la frase: “hasta que la muerte los separe”…
¿Hasta que la muerte nos separe? pensé; me pregunté si era posible que mi testarudez y yo permitiéramos que la muerte me alejara de la mujer que fue hecha para mí.
Qué mágico… Cuando abrí los ojos, te encontré a mi lado. Fresca y joven como los primeros días de haberte conocido. Tu piel blanca y suave, aterciopelada… tus mejillas con ese tenue rubor natural.
Dormías. Podía escuchar tu respirar pausado y profundo…
Con cierto temor a que desaparecieras levanté lenta y temblorosa mi mano y con una caricia aparté el mechón de color azabache que te cubría el rostro. Entonces, lentamente, comenzaste a abrir tus grandes y redondos ojos. Me miraste de soslayo y clavaste tu mirada en mí. Me sonreíste delicadamente.
Levantaste tu mano y acariciaste mi cara. El miedo congeló mis extremidades al sentir tu piel rozando la mía. Entonces, tus finos labios color escarlata se separaron para dejar asomarse el sonido que había esperado escuchar desesperadamente desde que tus ojos se cerraron para siempre en esa desolada clínica.
Era tu dulce voz que me preguntaba casi en nivel de susurro y con picardía:
-¿Acaso no vas a prepararme el desayuno?
Luciana Ast
lucybunny_48@hotmail.com
14.09.2011
12:34 pm
Conferencia 02
elgranenganio.wordpress.com
EL NUEVO ORDEN MUNDIAL – PARTE 2 DESCARGALO EN ALTA CALIDAD – MEGAUPLOAD
Importante video paea ver quien maneja el mundo. Masones. chip 666. Quienes participan en la tercera guerra mundial. Todas las respuestas.
04.12.2011
7:53 pm
Muy bueno su relato señora Luciana, simple y conmovedor. Muchos escritores de renombre desearían poseer algo de su estilo. Saludos
06.12.2011
8:53 pm
Que bella historia, emotiva y esperanzadora. Qué lindo saber escribir así.
08.02.2012
5:51 am
Wow!!!