La Menesunda, el DiTella y un modelo de país

 

 

Para el libro de Dara 2015 (Decoradores Argentinos Asociados) escribí hace unos meses este texto que cobra vigencia con la apertura ayer de la Menesunda de Marta Minujin, en la que nos topamos de frente con la tevé Zenith y el último modelo de la heladera salida de los talleres de DiTella. La industria nacional, en esa coyuntura genial que tuvo como motor a Jorge  Romero Brest, supo unir el arte y la industria nacional cuando un modelo de país desarrollistaprometía darle tregua al esquema agroexportador. Hay que revisar la historia del arte de ese momento para entender de qué modo los acrílicos de Polesello, los artefactos domésticos de Minujin y la esculturas de Iommi sentaban las bases de un fenómeno único en el país. No se volvió a repetir. Hoy seguimos reeditando con nostalgia aquel momento en el que el deseo, la ilusión y el sueño de dirigentes visionarios pudieron haber dado vuelta la historia. No alcanzó.

Arte, industria e identidad nacional

Por Alicia de Arteaga

 

En vísperas del Centenario de la República, el presidente Figueroa Alcorta designó a Eduardo Schiaffino, fundador en 1896 del Museo Nacional de Bellas Artes, como enviado oficial de la presidencia en viaje de compras a Europa para celebrar la magna fecha. Obviamente, en la shopping list de Schiaffino estaban los grandes nombres del momento, la firmas radiantes de la pintura europea que capturaban la atención, y los pesos , de los coleccionistas argentinos en etapa de formación. Desde los impresionistas, en el modelo hegemónico de Antonio y Mercedes Santamarina, hasta los petites maitres , la pintura española de la luz y la francesa de boudoir.

Eran los tiempos en que Sorolla y Boldini determinaban la pertenencia a un mundo exquisito, selecto y , sobre todo, construido a imagen y semejanza de la París de la Belle Epoque. No demasiado diferente del sueño americano de los señores Vanderbilt, Mellon y compañía que elegían retratos de salón firmados por John Singer Sargent, el más europeo de los pintores norteamericanos; al igual que el sueco Zorn elegido por diplomáticos y clientela cosmopolita.

Argentina era un país que se miraba en el espejo parisino y promovía una manera de vivir y de ambientar los interiores acorde con los tendencias impuestas por grandes firmas como Jansen y Puiforcat, mientras se disputaban los muebles recargados de Link, las volutas de las lámparas de Daum y Nancy, y las tapicerías de Aubusson.

La belle epoque argentina, que se extendió hasta los treinta tras con el golpe de Uriburu, marcó el récord de cincuenta años de prosperidad económica en un país en el que estaba todo por hacer. Coincidió con el período de entre guerras que sometía al Viejo Mundo a un compás de espera en el camino hacia el abismo… que finalmente llegó en 1939. De este lado de Atlántico la fiesta continuaba acorde con el modelo agroexportador que enriquecía las arcas de los argentinos ciudadanos del mundo.

El intercambio comercial y cultural con Inglaterra  y Francia, grandes compradores de nuestras materias primas, sentó las bases de lo que se conocería como “gusto argentino” o más precisamente porteño. Un mix entre los exteriores franceses, influencia de la Ecole de Beaux Arts donde se formaron muchos de nuestros notables arquitectos, cuando la carrera todavía no había sido incorporada a los claustros académicos. La piedra Piedra París fue marca registrada del hotel particulier, en tanto los interiores a la inglesa estaban definidos por el comedor Regency, Queen Anne o Chippendale.

La sintonía entre el gusto por la pintura europea del XIX, la idealización de un mobiliario de raíces lejanas demoraban la asimilación de un estilo nacional. Curiosamente, las ciudades del interior, como Córdoba, Salta y Tucumán, estaban más cerca del Camino del Alto Perú que del puerto. Las grandes familias decoraban sus casas en el modelo español adaptado a un espíritu criollo, las consolas y cómodas que hasta el día de hoy se conservan en las casas tradicionales son de legítima herencia hispana, deudoras de la conquista y del virreinato, y, en paralelo, una pintura de cuño religioso poblada de ángeles arcabuceros y vírgenes coronadas.

El gran quiebre en el gusto vernáculo llegará con los primeros atisbos de una industria nacional en el modelo desarrollista y establece una directa conexión entre el arte y el interiorismo. Quizá el mejor ejemplo lo constituye  la Bienal de IKA (Insdustrias Káiser Argentina) que convirtió a la ciudad de Córdoba en una meca de los artistas del momento, muchos de ellos ligados a la abstracción e influidos por la tecnología, los cambios en la percepción y la aparición de nuevos materiales. Basta pensar en el cinético venezolano Jesús Soto y en el mendocino Julio Le Parc, luego ganador en la Bienal de Venecia, cuya obra tenía el germen de un cambio. Por primera vez la figuración pasaba a cuarteles de invierno, se establecía la abstracción como un lenguaje contemporáneo en sintonía con lo que se producía en el mundo.

A la Bienal de Córdoba , discontinuada acorde con un mal argentino que suele matar las buenas ideas, le sucedió , en buena hora, el Instituto DiTella. Un foco de creación imbatible, sin igual, hasta el día de hoy. A la Menesunda de Minujin y las plataformas de Puzzovio  les sucedieron diseños de muebles geniales como los de Alberto Churba. El sillón cinta presentado en CH Diseño y luego exhibido en el Victoria and Albert de Londres y en el MoMA de Nueva York hizo época y marcó el origen de una dinastía de diseñadores que tiene hoy un epígono impar en el talentoso  Martín Churba.

Por primera vez la burguesía naciente formada por jóvenes profesionales, muchos de origen judío, comenzaba a comprar arte argentino para las paredes de sus casas y a imaginar una disposición del mobiliario acorde.

No otra fue la premisa de dos seres expecionales como Guido y Nelly DiTella cuando encargaron el proyecto de su casa a Clorindo Testa, original e iconoclasta, al margen de los mandatos tradicionales. En esa misma línea la escultora Noemí Gerstein experimentaba con elementos y piezas industriales de Acíndar para crear obras sorprendentes que hoy integran grandes colecciones. Mario Roberto Alvarez proyectó el edificio Somisa, un mecano de acero que fue el primer edificio en su tipo en el mundo, íntegramente soldado. Y para rubricar su desplante estético Alvarez levantó un edificio moderno en la calle Posadas, reinado absoluto de la Piedra París. Un gesto.

Algo había comenzado a cambiar en la Buenos Aires de mediados del siglo XX.  Los argentinos encontraron un adn propio para su gusto, presente en la famosa BKF, en las sillas de Janello y en almas batalladoras como la gran Ruth Benzacar,  dispuesta a vender pintura argentina a los tradicionales coleccionistas  de arte europeo en un departamento de Caballito.

La epopeya de los Madi y el Arte Concreto fue la nota saliente del arte nacional. Cuando se monta la muestra de estos innovadores el mayor coleccionista de arte de nuestro país compra la exposición íntegra a puertas cerradas por consejo de Laura Buccellato.

 Tomás Maldonado, un visionario genial, viaja a Europa, cuando cruzar el Atlántico era un viaje de un mes, y regresa con revistas y libros con las últimas tendencias. Reúne a la crema del arte y comparte experiencia, estética y proyectos con Lozza, Iommi, Kosice y Lidy Prati.

Ignacio Pirovano Lezica Alvear será el taste maker que acelere la transformación. Por un lado contrata para la casa Comte al francés Jean Michel Frank, pionero exquisito del mueble minimal, y por el otro proyecta diseños de raigambre criolla para el Llao Llao y el Hotel Salta con la invalorable colaboración de Celina Pirovano, decana de los decoradores argentinos, por décadas, una mujer de personalidad arrolladora que tapizaba los muebles franceses con barracanes criollos.

El  nuevo gusto “nacional” encuentra en los artistas a los principales agentes del cambio. Son los primeros dispuestos a experimentar con los materiales que la industria coloca en sus manos; acrílico, plexiglás, formica…. La esculturas de Kosice, las puertas e Polessello, hasta Alpargatas encarga diseños para sus textiles.

Ese tren motorizado por el made in Argentina parecía imparable, pero se detuvo por años.

Habrá que esperar hasta fines del siglo XX cuando iniciativas como Casa FOA, DArA y arteBA vuelven a crear las condiciones para que el diseño, el arte y el interiorismo con identidad propia encuentren una vidriera de difusión .

Publicado en la edición 2015 del libro DarA. Por iniciativa del arquitecto Julio Oropel.