Martín Saráchaga subasta en pesos

 

Hasta mañana se puede visitar en Rodríguez Peña 1778 la exposición previa a la subasta que organiza Martín Saráchaga.Un retrato muy belle époque (ver arriba) de Teresa Landívar con sus hijas bien píntado por Antonio Ortíz Echagüe llega a la sala de ventas en un momento muy oportuno. El artista español, que terminó sus días en la pampa argentina, tiene el reconocimiento del gran público tras la inauguración de la muestra en el Museo Fernández Blanco. Acorde con los tiempos que corren la subasta será en pesos. Martín Saráchaga transmite optimismo por los resultados. Entre los lotes destacados, se cuenta el retrato de la chica de Berni (arrriba) y una marina de Justo Lynch de cuño impresionista y buena luz. Hay un lindo Thibon de Libian (arriba) de pequeño formato. Es una vista de la avenida de mayo que bien podría ser París. Será rematada con un estimado de 130.000 a 220.000, la misma cifra se apunta para el retrato melancólico de Berni. Muebles y platería completan la subasta que comienza el jueves 29 a las 18.30.

Acá va blogueros la nota que publiqué sobre los Ortiz Echagüe. en adn

Los hermanos sean unidos: Ortiz Echagüe  apellido con arte

Si el caballero elegante y sonriente que lleva a su mujer del brazo por la calles de Biarritz no fuera Fernando Ortiz Echagüe, bien podría ser Humphrey Bogart en una escena de Casablanca. Periodista y escritor, corresponsal de LA NACION, el hombre de las dos guerras y los tres fracs representa “la palabra” en la muestra que el Museo Isaac Fernández Blanco consagra a los hermanos Ortiz Echagüe, a partir del martes próximo, tras cuatro largos años de investigaciones.

Un merecido homenaje a tres hermanos fuera de serie. Antonio, el pintor, que terminó sus días en la pampa sureña, luego de pasar por la Academia Julien, por la École de Beaux Arts y por la beca romana, digno final en la formación de todo artista de la época. A José, el fotógrafo, ajeno a las convenciones, inventor de técnicas y veladuras, que le dio vuelo plástico a las imágenes, cuando la foto estaba todavía atada a su condición de registro de lo inmediato. Y a Fernando, corresponsal de guerras, presentado en el catálogo de mano por José Claudio Escribano, quien define al periodista nacido en España en 1893, “como el más grande, el más versátil, el que accedió con impecable naturalidad a las más reservadas fuentes informativas de la Europa de las dos grandes guerras. Se lució como nadie en la pléyade de corresponsales en el exterior de los diarios argentinos del siglo XX”. Fernando Ortiz Echagüe fue capaz de llevar en la palma de su mano el pulso de la contienda cuando en Europa sonaba el toque de queda para la Belle Époque.

A Jorge Cometti, director del Fernández Blanco, le fascina la historia de los Ortiz Echagüe. Esa mezcla de espíritu aventurero y ADN artístico que animó la vida de los hermanos nacidos entre Guadalajara y Logroño, dos puntas de la vida nómada impuesta por un padre ingeniero militar y profesor de la escuela con base en la ciudad gallega. El puro talento parece haber sido un don que Fernando, Antonio y José descubrieron al explorar el mundo (literalmente), su propio espíritu y el de su tormentoso tiempo; probando la aventura de volar; fotografiando el gesto y el carácter; escribiendo y publicando en el periodismo sin concesiones desde los frentes de guerra y registrando el clima amable de los salones en la pintura soleada, bellamente mediterránea y también íntima. Españoles de nacimiento, vivieron, amaron y trabajaron en nuestro país.

Moro al viento, carbón fresson, de José Ortiz Echagüe.
Fueron, cada uno a su manera, artistas, testigos y protagonistas. Los textos -desde la portada de este diario- firmados por Fernando Ortiz Echagüe son un signo de los tiempos, como lo son las pinturas de su hermano Antonio. Un álbum de retratos y escenas costumbristas: la joven bañista de esquivo recato, la odalisca audaz de piel blanquísima y los interiores holandeses, casi obvios de tan severos. El artista había mirado sin duda la pintura de Sorolla, de Rusiñol y de Anglada Camarasa, según lo confirma el vuelo modernista de algunas de sus telas y esa fascinación por los paisajes exóticos, destino de viajeros impenitentes.
La modelo de siempre es Elizabet, su mujer, rubia y espigada, a quien conoció cuando ella tenía once años y él, que le llevaba veinte, era ya un hombre hecho y derecho. Ya estaba asegurada su carrera de pintor y la clientela. Se casaron en 1919. Continuarían años más tarde la aventura de la pampa patagónica iniciada por el padre de Elizabet, Federico Smidt, formado en las finanzas, que trabajó en la Compañía Manchester y fundó el Banco Holandés Unido. Smidt compró el campo de 20.000 hectáreas donde hoy se levanta La Holanda. La estancia, que forma parte del circuito turístico patagónico, tiene el atractivo único del pabellón-museo, estilo colonial americano, de paredes blancas y techos de tejas, donde se exhiben, desde 1998, las obras de Antonio Ortiz Echagüe, ahora de visita en el Museo Fernández Blanco.

En Viejas estancias de la Patagonia, Yuyú Guzmán relata en primera persona sus viajes y sus escalas con datos y precisiones, producto de sus conocimientos genuinos del tema. La estancia La Holanda, dirá, “es la casa de un pintor. Cuadros por todos lados, pinturas, acuarelas, dibujos”. La casa está a 112 kilómetros de Santa Rosa y ha sido el punto de encuentro de una familia de dos mundos; entre los salones europeos y el horizonte infinito de la pampa.

Los cuadros permiten trazar el derrotero de la vida del pintor. La escenas de playa, las vistas de Marruecos, el mercado y sus gentes, que inspiran las telas más logradas. Como Boldini, Sorolla y Zörn, Ortiz Echagüe fue un retratista de salón y pintó, entre muchos otros, los retratos de Jorge Newbey y de Enrique Larreta. El catálogo de sus pinturas, señala Marcelo Marino en el prólogo, es un “ejercicio de autobiografía”.

Carmen en la playa, óleo sobre tela, de Antonio Ortiz Echagüe.
La luz, el color y la palabra será una muestra atípica, además de la ocasión para visitar el Museo Fernández Blanco tras meses de trabajo en su infraestructura. Con montaje de Patricio López Méndez, las salas de planta baja lucen una atractiva paleta de colores y están rodeadas por un jardín que es único en Buenos Aires. El patio español, donde un año atrás el intendente de Tigre Sergio Massa presentaba con Hernán Lombardi el libro sobre la vida y la obra del gran arquitecto que fue Paul Pater, merece una escala si el clima ayuda.
Entusiasta por naturaleza y haciendo honor a un apellido de estirpe en la fotografía, Leila Makarius recuerda que el proyecto de la exposición nació con la idea de continuar el ciclo de grandes muestras de fotografía, medulares todos estos años en el calendario de exhibiciones temporarias del museo de la calle Suipacha. Hubo marchas y contramarchas, luego del primer contacto con España. El cruce epistolar y las mejores intenciones no bastaron para llevar el proyecto a buen puerto: las obras del legado fotográfico estaban en la Universidad de Navarra y no fue posible conseguir el préstamo. En eso estaban los curadores cuando -¡Eureka!- las investigaciones condujeron a los hermanos Ortiz Echagüe, a la estancia de la pampa, al archivo familiar y al tesoro que será exhibido desde el martes: una selección de 36 fotografías, realizadas por el propio artista, que muestra el vuelo pictórico de una cámara que no conoce límites. Es un conjunto excepcional de imágenes vintage de José Ortiz Echagüe conservadas en el archivo familiar, que fueron realizadas con la técnica carbondir o carbón fresson.

El acervo, custodiado amorosamente por las familias Ortiz Echagüe y Belcher, será una verdadera caja de sorpresas. Son bellísimas tomas de tratamiento pictórico. Van como ejemplo Moro al viento, Taller de costura, Procesión en Ibiza, Viento y sol, muchas de ellas incluidas en el libro España, pueblos y paisajes, de 1939. El inmortal Pescador, de perfil y decisión férreas, resume la pasión de Ortiz Echagüe por retratar la identidad de un pueblo.

José Ortiz Echagüe llegó a Buenos Aires en 1912. Por sus conocimientos fue nombrado en la oficina de urbanismo de la Municipalidad, donde trabó amistad, casi de inmediato, con Jorge Newbery. Lógico: ambos eran ingenieros y amaban los aviones. Soñaban con volar. Newbery era presidente del Aeroclub Buenos Aires, piloto de avión y navegante de dirigibles. Dato curioso que aportan los curadores es el lazo creado entre el conde de Artal, famoso por sus salones de pintura y de gran influencia en la comunidad española en Buenos Aires, y José Ortiz Echagüe. El conde reunió los fondos para comprar tres aviones que serían destinados a las escuadrillas españolas en África. De esta forma el arte y la aventura se acercaban una vez más. Ortiz y Newbery fueron parte de la epopeya, y hasta volaron en tiempo récord de París a Madrid. El fotógrafo aventurero fue editor de sus propios libros, hecho que le permitió aplicar inéditas técnicas de impresión que el espectador disfrutará la semana próxima en el Museo Isaac Fernández Blanco.

ADN

Palacio Noel

En 1947, la colección de arte hispanoamericano donada por Isaac Fernández Blanco se trasladó al palacio de Suipacha 1422, y sumó la colección colonial reunida por el dueño de casa, Martín Noel. En 1963, el MIFB acrecentó su patrimonio con el legado de Celina González Garaño, más de 700 piezas del colonial americano y un conjunto de abanicos que se exhibe en el primer piso. En 1972, su cuñada “Marieta” Ayerza de González Garaño (la modelo del retrato de Anglada) cedió parte de su colección de arte jesuítico-guaraní. Enriquecen el conjunto donaciones de Ricardo Braun, Max von Buch, Mario Hirsch y el generoso legado de las hermanas Castellano Fotheringham.

Museo Isaac Fernández Blanco . La luz, el color, la palabra, obras de Antonio, José y Fernando Ortiz Echagüe. Curadores: Jorge Cometti, Leila Makarius y Patricio López Méndez. Suipacha 1422.
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