Adiós al gran Niemeyer

 

Si hay una medida para comprender la titánica y única obra del arquitecto Oscar Niemeyer es la sucesiòn de rampas en espiral que conforman el pabellón Ciccillo Matarazzo sede de la Bienal de San Pablo en el parque de Ibirapuera. Tiene, como el Guggenheim de Frank Lloyd Wright en la Quinta Avenida, la inquietante y sensual repetición de la curva como constante. Un desafío para los curadores cuando quieren colgar obra, pero la opotunidad de caminar por una escutlura para el visitante. En Ibirapuera he vivido algunos de los momentos más felices de contemplación de la obra de arte. Allì se exhibireron, de la mano de Ruth Benzacar, los  vestidos y abrigos de simil piel humana de Nicola Costantino. Allí, Paulo Herkenhoff, cuando fue director de la Bienal,  enriqueció el espacio con una selección de cuadros de Bacon realmente conmovedora. Este pabellón le otorga dimensón y espesor teórico no solo a la obra de Oscar Niemayer,  el maestro que había nacido en 1907 y que con la misma intensidad que destestaba volar en avión amaba las curvas, sino a la política cultural del vecino país. Fue el presidente Juscelino Kubitschek, quien tuvo la visión de crear la ciudad del futuro y darle rienda suelta a la imaginación de Niemeyer para proyectar y construir Brasilia. Solo quien cree en el futuro puede tomar tamaña determinación que cambiaría el mapa de Brasil. Del mismo modo, fue la creación de la Bienal de San Pablo en los años cincuenta, por iniciativa del coleccionista y millonario Ciccillo Matarazzo, la oportunidad de ubicar a una ciudad que vivia el despertar industrial en el mapa global de las artes visuales. Matarazzo quería una plataforma como la que imaginó Umberto de Saboya para Venecia a fines del siglo XIX , y lo logró. Hoy el poder legitimador del pabellón “rampante” de Niemayer se mide de igual a igual con los Giardini o los Arsenales venecianos. Es dificil pensar en Oscar Niemayer sin darle el crédito a un país generoso capaz de instrumentar la Ley Rouannet de Mecenazgo y estimular un coleccionismo vigoroso que ha mutiplicado las cotizaciones de los artistas hasta cimas impensadas, como los 2 millones de dólares pagados pocas semanas atrás por una obra de Beatriz Milhazes, una artista carioca que tiene la misma edad que el argentino Guillermo Kuitca. La vida de Niemeyer se apagó pero ha dejado encendida para siempre la antorcha de la fe en el futuro, esa voluntad imperiosa por hacer hoy el mañana. Siempre he pensado que no hay un paseo más grato y delicioso que caminar por las veredas de Copacabana con el dibujo envolvente de Burle Marx, un paisajista formidable que fue estrecho colaborador de Niemeyer y de Lucio Costa en la concepción estética de Brasilia. Con días de duelo despedirá Brasil al artista y arquitecto, cuyo trabajo, para decirlo con las palabras de lord Norman Foster, hoy en El Paìs de Madrid, “marida excepcionalmente arte y arquitectura para guiarnos en una hipnótica procesión por sus edificios, dotados de un extraordinario sentido monumental y una gracia fuera de lo común. Incluso los más pesados parecen flotar, pasar de puntillas por la tierra y mezclarse generosamente con el paisaje”.