¿El último samurai?

 

El martes 12 de marzo de 1974, los lectores de La Nación se sorprendieron por la aparición de la sorprendente historia de Hiroo Onoda, un soldado japonés que en las selvas filipina había estado jugando a las escondidas en una guerra personal contra los Aliados, sin darse por aludido acerca de la rendición de Japón, en septiembre de 1945.

Todavía marcial, el viejo soldado se rindió en regla y fue objeto de un trato respetuoso por parte del dictador filipino Ferdinando Marcos. Hubo luego otros casos insólitos de soldados japoneses que salieron del limbo de la Historia para ganar las primeras planas de los diarios por esos años.

Lo que nadie podrá establecer con precisión jamás es cuantos de estos solitarios y envejecidos guerreros del Imperio del Sol Naciente habrán desafiado el pedido del emperador Hirohito de rendirse y terminado sus días olvidados y famélicos, vestidos con andrajos, escondidos en ruinosas trincheras en solitarios islotes de los atolones del Pacífico dónde se libraron las sangrientas batallas en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.