El Buenos Aires de Daniel Balmaceda

El historiador Daniel Balmaceda nos tiene acostumbrados a sus libros fascinantes donde revive esa figura tan esquiva como atractiva que suele estar ausente en las obras contemporáneas de Historia, es decir, el mismo Hombre, con sus pecados domésticos, su existencia cotidiana, sus excentricidades personales.

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Traffic modelo 70 en La Nación


El 16 de agosto de 1970, la revista dominical de La Nación editaba una estupenda nota sobre la banda británica de rock Traffic, que se había rearmado tras una breve separación y volvía a retomar el camino del éxito. El artículo, que estaba firmado por F.L. (o sea, el querido colega y estupendo crítico Fernando López) aventuraba la posible evolución de este genial grupo de rock que en 1967 había impactado al ambiente musical londinense con su sofisticada combinación de psicodelia, folk, jazz y rock progresivo.

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Los Gatos en LA NACION

Corría el año 67, y los pibes de primer año del secundario, turno tarde, del Colegio Mariano Acosta nos ocupábamos sólo de tres cosas: las chicas, el fútbol y (a veces en primer término) lo que llamábamos por entonces, música Beat.

Para nosotros, música Beat era todo sonido más o menos armónico (y muy ruidoso, por supuesto) salido de cuatro (o a veces cinco) melenudos que tenían flequillos espesos, botitas, saquitos idénticos y algo “cortinas” y guitarras eléctricas, y que repetían dos o tres pasitos del saludo copiado literalmente de los amados Beatles.

Se trataba, claro, de melenudos versión local, porque en aquellos años de la era pre-videoclip, salvo dos o tres imágenes de Los Beatles desgañitándose como locos en el Shea Stadium (o de algún viejo noticiero que mostraba una gira de los Stones), todo lo que podíamos ver en TV en el legendario programa “La escala musical”, era a conjuntos locales que jugaban (a veces bastante dignamente) a parecerse a los Beatles.

Por supuesto, que esa música Beat debía ser cantada en inglés, aunque los cantantes lo hablaran como Tarzan y vinieran de González Catán o de Montevideo (si había suerte, como en el caso de los geniales Shakers, auténticos Beatles del Río de la Plata). Cualquier otra cosa nos parecía una herejía. Casi como escuchar un tango cantando en alemán.

Pero una tarde que nos rateabamos en un bar de la calle Urquiza, a pocas cuadras del Colegio (no éramos muy imaginativos, me parece), se apareció un amigo entrañable de siempre, el “ruso” Eduardo Berezán, el “quinto Beatle” como le decíamos, personaje talentoso y pintón que tenía en su casa una batería como la de Ringo (que tocaba bastante bien, además) y cuyo domicilio en la calle Rosario se había convertido en la Meca de peregrinaje de aspirantes a pelilargos cuando consiguiera, meses antes de la edición local, una copia del album “Rubber Soul” de los Beatles, nada menos.

Como decíamos, con semejantes antecedentes Beatlemaníacos, nos resultó sorpresivo que Berezán nos hiciera el ardoroso elogio de un nuevo grupo argentino de música Beat que cantaba, auténtica rareza, en castellano. Se trataba, por supuesto, de Los Gatos, que estaban por lograr un gran éxito con su hit “La Balsa”.

Con la suficiencia característica de un adolescente de cualquier época, le retrucamos que eso era imposible, que Los Gatos no podían ser tan buenos. Más aún, que era una mersada cantar rock en castellano.

De todas maneras, el querido amigo Berezán (hoy un veterano y talentoso periodista que ha perdido algo de su clásica melena, eso sí), nos contagió una enfermedad que nos dura hasta hoy y que básicamente consiste en amar al rock en cualquier idioma en que se cante, incluso el nuestro.

Recordando aquellos tiempos de juventud y descubrimiento, comparto con los amigos de El Archivoscopio esta nota del huecograbado de La Nación del 11 de febrero de 1968 que rescataba los primeros tiempos de la legendaria banda de Litto Nebbia, para la que por entonces, anticipaba el diario, “su actuación en “Sábados Circulares” marcará un acento de este movimiento joven “beat”.

Como bonus, ahí va también un video de Los Gatos en su cara más psicodélica: “Cuando llegue el año 2000”.

Por desgracia, llegó, pero seguramente no era lo que Nebbia y Los Gatos se imaginaban allá por 1968, cuando grabaron ese tema y filmaron el corto que lo acompañaba.

¿El último samurai?

El martes 12 de marzo de 1974, los lectores de La Nación se sorprendieron por la aparición de la sorprendente historia de Hiroo Onoda, un soldado japonés que en las selvas filipina había estado jugando a las escondidas en una guerra personal contra los Aliados, sin darse por aludido acerca de la rendición de Japón, en septiembre de 1945.

Todavía marcial, el viejo soldado se rindió en regla y fue objeto de un trato respetuoso por parte del dictador filipino Ferdinando Marcos. Hubo luego otros casos insólitos de soldados japoneses que salieron del limbo de la Historia para ganar las primeras planas de los diarios por esos años.

Lo que nadie podrá establecer con precisión jamás es cuantos de estos solitarios y envejecidos guerreros del Imperio del Sol Naciente habrán desafiado el pedido del emperador Hirohito de rendirse y terminado sus días olvidados y famélicos, vestidos con andrajos, escondidos en ruinosas trincheras en solitarios islotes de los atolones del Pacífico dónde se libraron las sangrientas batallas en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.

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The Chieftains, el eco de la vieja Irlanda

Cuando a fines de los años 60, el grupo instrumental irlandés The Chieftains revivió los sonidos de la tradición celta de su bella y misteriosa tierra (mientras The Dubliners hacían lo mismo desde un trabajo vocal bellísimo impregnado de la atmósfera  alcohólica de los más oscuros pubs) el ambiente musical británico (sobre todo el que provenía de la vertiente del folk-rock de grupos como Fairport Convention o Pentagle) lo tomó como inspiración y las más importantes estrellas de rock de entonces buscaron a The Chieftains y su set de música celta envuelta en un denso cóctel de cuerdas, gaitas, flautas (y de toda una parafernalia de instrumentos tradicionales de la música folklórica), como teloneros de sus shows.

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¿El fin del libro?

Demostrando que no hay nada nuevo bajo el sol, rescatamos este viejo artículo de La Nación, publicado el 9 de septiembre de 1971, en el que ya se registraba el preanuncio del fin del libro, en este caso, desplazado por el todavía novedoso videocassette.

Lo rescatamos porque aún hoy, más de 40 años después, el final del libro es vaticinado por los defensores de los nuevos soportes digitales. ¿Quién tendrá la razón sobre este tema? ¿Será el libro de papel, simplemente un item del pasado? Como no nos gusta ser agoreros, y amamos el papel (y el libro que podemos tocar, y hasta oler en su encuadernación), esperamos que estos títulos periodísticos no sean más que una burda apuesta futurista.

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¿ La primera paseadora de perros?

Hace muchos años, Octavio Hornos Paz, un gran periodista de este diario (poseedor de una cultura verdaderamente enciclopédica y una contundente humanidad que nos hacía recordar al gran Chesterton) nos decía que en lo posible, como redactores, debíamos olvidarnos de insistir en las notas que señalaban al primero en haber hecho tal o cual cosa, haber logrado alcanzar tal o cual récord, o haber cumplido tal o cual hazaña.

“Nene –nos decía por entonces, cuando nos merecíamos ese término- hay que evitar ese tipo de comentario enfático y definitivo. Siempre hay alguien que hizo algo importante antes del que se atribuye el récord, o la hazaña, y por supuesto, estará dispuesto a mandarnos una carta de lectores para corregirnos”.

Dando la razón el querido amigo Hornos Paz, descubrimos hoy en un ejemplar del diario del 15 de octubre de 1967 la reseña de varias jóvenes que se ofrecían para pasear perros en el área de Barrio Norte. Un oficio insólito por entonces, que en la actualidad no asombra a nadie.

Registrando entonces que La Nación ya mencionaba la existencia de paseadoras de perros a fines de los años 60 (pero a la vez recordando al bueno de Hornos Paz, sin atribuirles ninguna prioridad en el asunto), compartimos con los amigos del Archivoscopio esta curiosa nota publicada por La Nación en su ya lejana edición del 15 de octubre de 1967.

Había una vez…Harry Nilsson

 

 

Bicho raro, si los hubo, en el panorama de la música pop de fines de los años sesenta y comienzos de los 70, Harry Nilsson era el cantante de voz de registro amplísimo que conquistó a los Beatles y que terminó producido por John Lennon con su garganta destruida por toda clases de excesos (algunos compartidos por el propio ex beatle).

Compositor brillante de pequeñas historias de soledades ciudadanas, de melancolías varias, a veces tamizados por un humor feroz, como cuando hizo cantar a un coro de ancianos de un asilo geriátrico un estribillo en el que exaltaba el beneficio de estar muerto antes que estar enfermo y “mojar la cama”; alcanzó la fama precisamente con sus versiones de temas ajenos como “Everybody’s talkin”, del genial Fred Neil.

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Chesterton en LA NACION

Hace muchos, muchos años, charlando en su despacho con un genial periodista de este diario, Octavio Hornos Paz, mientras éste se mesaba su grueso bigote y alternaba su risa socarrona con su carraspeo habitual, se puso de pié y lanzó una de sus categóricas e inapelables sentencias: “Hay que leer a Chesterton”.

Inmediatamente, apoyado en su viejo y grueso bastón y con la generosidad que lo caracterizaba, buscó un rato en su biblioteca para terminar obsequiándome un ejemplar de “El hombre que fue jueves”.

Confieso que por un tiempo no le hice mucho caso al bueno de Hornos (prefería por entonces las deslumbrantes y cínicas ironías de un Oscar Wilde o los sombríos relatos de terror de Edgar Alan Poe).

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Mondo Rabioso, una Meca para los coleccionistas de Rock

Dibujo realizado por Luis Alberto Spinetta

Sergio Coscia (54 años, porteño), es un fenómeno. Rockero viejo que pasó su infancia y adolescencia en Saavedra y Villa Maipú, conoce y ama el Rock (de aquí, de allá y de todas partes) y lo difunde entre el número creciente de clientes que se agolpan en su negocio, la ya insustituible disquería Mondo Rabioso (Galería Corrientes Angosta, avenida Corrientes 753, local 33, TE: 15-5316-5007)), una especie de Meca de los coleccionistasde rarezas discográficas, que en su repleta vidriera muestra exquisiteces como las lujosas Box de grupos de culto del folk-rock británico de comienzos de los años 70 como Pentagle, Fairport Convention, Caravan o Steelye Span, junto a ediciones lujosas e inusuales de trabajos de los Beatles, los Kinks, los Byrds o del gran Donovan (juglar por antonomasia de los años 60).

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