La llegada a Buenos Aires del Graf Zeppelín

 

 

 

Reposar en una plaza de Buenos Aires me hace bien, lo hago seguido. Me siento sobre la lona que extiendo sobre el pasto junto con mi libro y el inseparable mate. Pero aquel  día tenía ganas de relajarme y me acosté mirando el cielo que era limpio y celeste. Fue entonces cuando usé mi imaginación para ver lo que habían visto los porteños cuando el Graf Zeppelín navegó sobre nuestra ciudad. Así fue como surgió la idea de armar esta nota para el blog.

Llegué al Archivo y busque las crónicas de ese día y esto fue lo que encontré.

Comenzó el día 30 de junio de 1934 en Buenos Aires. Hacía frío, pero no estaba nublado, había buena visibilidad a pesar de no haber amanecido aún. Los ciudadanos se levantaron temprano aquel sábado para ver por primera y única vez aquella mole de 236 metros de largo por 30,5 de circunferencia máxima, surcar el cielo porteño.

Los preparativos para recibir a este tan asombroso visitante fueron arduos. Hubo que acondicionar un terreno de 900 metros de ancho por 900 metros de largo en Campo de Mayo, adiestrar a cientos de conscriptos para el amarre del Graf Zeppelín.

El dirigible venía desde Brasil y a las 7,40 horas sobrevoló la Casa de Gobierno ¿Se imaginan esa mole sobre la Rosada?.

El cronista de La Nación describió el hecho de esta manera:

“En el cielo infinito pálidamente azul, el Graf  Zeppelín era en ese instante algo imponente, hasta lo indescriptible. No habrá fotografía que pueda dar idea de la impresión subjetiva que produjo al público que, con la cabeza en alto, le vio pasar”

 

 

El majestuoso aparato se dirigió al Congreso Nacional, y sobre el edificio, “la pompa de jabón” cabeceo pronunciadamente, el visitante saludaba a su anfitrión, la ciudad de Buenos Aires.

Siguió su itinerario hacia los barrios de Recoleta, Palermo y Belgrano, luego se dirigió al sur llegando a La Boca, viró a la altura de la avenida Independencia y se encamino hacia Campo de Mayo, pasando por los barrios de Caballito, Villa Crespo y Chacarita,  hasta aparecer sobre las copas de los árboles de Campo de Mayo donde  gracias a la ayuda de los miles de conscriptos (que tardaron una hora en su trabajo) quedo firme y seguro amarrado sobre suelo argentino.  Las autoridades de la nave y del país realizaron los trámites de inmigración y de aduana correspondientes, para luego dejar paso a la mantención de la nave. Los bomberos comenzaron a cargar los tanques de la aeronave con cuatro mil litros de agua. Por otra parte los empleados del Correo recogieron las sacas con correspondencia proveniente de Brasil y cargaron las que debían ser transportadas hacia aquel país.

El comandante del dirigible, doctor Hugo Eckener, dejó subir a los invitados, entre ellos al cronista del diario La Nación, que al ver el gran confort que tenía para sus pasajeros, sus pisos y paredes revestidos de alfombras, la luz eléctrica y los sillones de descanso,  lo llamó “hotel flotante”.

Hubo intercambio de pasajeros. Algunos bajaron para quedarse y otros 4 subieron con destino a Río de Janeiro.

El Graf Zeppelín se posó plácidamente en tierra a las 8,45 hs y a las 9,47 hs comenzó su ascenso para irse. El dirigible agradeció a los conscriptos por su buen desempeño con un gran chorro de agua que fue recibido, por aquellos, con gran algarabía a pesar del frió que hacia en ese momento.

La aeronave volvió tras sus pasos, para despedirse de la ciudad que lo había recibido a todo sol y alegría. Sobrevoló otra vez Plaza de Mayo. Eran las 10,10 horas de la mañana y la población era más densa ahora que a su llegada.

A las 10,30 horas y a la altura de la Avenida Belgrano se adentro en el río rumbo a Montevideo. Despidiéndose de la Argentina con los saludos de los pasajeros, tripulantes del dirigible. A las 11 horas el público porteño comenzó a retirarse de la Avenida Costanera y a retener en su memoria aquel incomparable día. Ya que el Graf Zeppelín, que había prometido volver, nunca más lo hizo.

Los invito entonces a que se vayan un día a una plaza y se recuesten sobre una lona y miren el cielo y se imaginen como sería ver hoy ver pasar a esa imponente mole sobre sus cabezas. Los dejo soñar. Hasta la próxima aventura.

  • Alejandro

    Pourtale

  • Alejandro

    Muy buena nota y muy ilustrativa con fotos y la página del diario.
    Mis felicitaciones

  • lucia

    te felicito teresa!! cuanta informacion, cuanta historia… un verdadero suceso argentino..El trabajo de archivo es exelente… y vamos por mas.

  • Bordel

    Falta información ya publicada en numerosas notas anteriores y por otros medios: antes de volar sobre la ciudad de Buenos Aires pasó por el delta. Antes de llegar a la zona céntrica se detuvo a la altura de Congreso y Estomba y arrojó volantes de salutación para el personal alemán de la fábrica Sedalana, que además vivía en la zona. Luego se detuvo un momento a la altura de Bauness y Monroe; Hugo Eckener había estado antes en Buenos Aires en dos oportunidades; etc, etc.